Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 5)¿Qué deseo le pide Tarik al Safir al Dijnn ?



Phylax -Mir 

Nemoshyne:

“Solo el silencio puede contener al Rey de los Tiranos.
Cuando todo el cosmos guarda un propósito común,
el tiempo mismo se repliega… y el Caos queda ciego.
Porque el Caos no puede romper la ley primogénita de la Creación:
la libertad sagrada de cada ser de seguir su destino.
Está vedada a la oscuridad cuando esta intenta reclamar la luz.”


En los albores de la creación, cuando Pandora comenzaba a ser reconstruida con el hilo dorado de Aurelen, Gea —la abuela de los dioses— contempló algo que ningún celestial había previsto.
Algunos fragmentos de Pandora no brillaban como los demás.
Estaban manchados… impregnados por la sustancia oscura del Caos.

Cuando Pandora explotó, hubo piezas que cruzaron la frontera de la oscuridad, vagando por la Nada… y allí, en ese abismo sin forma, absorbieron la radiación primigenia que solo la oscuridad emite para dominar la luz.
En el interior de esos fragmentos, algo dormía.

Una estirpe antigua… anterior incluso a los titanes.
Los Djinn.
Entidades tan viejas como el abismo, portadoras de una fuerza devastadora.
Dormían congeladas en el tiempo, viajando a la deriva por el vacío… pero Gea comprendió que si alguna vez despertaban, el universo entero sucumbiría a una noche sin retorno.

Ella no gritó.
No convocó a los Ael.los ni a los Thymon.
No buscó consejo.
Gea calló.

Porque sabía que ningún dios podía conocer este secreto.
Y en silencio… empezó a trazar su plan.


“¿Dónde se esconde un tesoro que no debe ser hallado jamás?”, se preguntó.

Para contener la amenaza, Gea ordenó el silencio del cosmos.
A los Ael.los les prohibió cantar.
A los Thymon, hablar.
Las estrellas mismas detuvieron sus coros.
Y por un instante… el universo contuvo el aliento.

Mientras tanto, Gea observaba la danza del Sol y la Luna.
Alineó la Tierra recién formada entre ambos, tejiendo un instante de traición:
un kairos-Theum, una grieta sagrada en el tiempo.
Y así, en un susurro, nació Asharim Tala.

Pero cuando intentó cruzar la lágrima… la abuela de los dioses no pudo.
La lágrima suspendida rechazó su presencia.
Ni siquiera Gea, madre de titanes y dioses, podía franquear el umbral.
Porque solo un Eidolon podía entrar.

La frustración resonó como un trueno antiguo.
Gea comprendió que no podría sellar por sí sola a los Djinn…
y que el tiempo corría en su contra.

***
Hefestos 

La revelación fue un golpe seco en el corazón de la diosa.
No podía cruzar la lágrima.
No podía encerrar a los Djinn en Asharim Tala.
Y, peor aún… no podía confiar en nadie más.

***

Así que descendió a las forjas estelares, donde el fuego no tiene origen ni fin, y el eco de los martillos resuena en la médula del cosmos.
Allí, entre ríos de magma celeste y yunques suspendidos en el vacío, encontró a su hijo: Hefestos.

El dios de la fragua no siempre fue el ingeniero perfecto que los himnos recuerdan.
Antes de las grandes obras, muchas de sus creaciones quedaban a medio hacer:
Constelaciones sin forma, nubulosas descromatizadas y orbes errantes sin determinar su órbita…
Eran cicatrices silenciosas de su deseo insaciable de ser reconocido. 

Cuando Gea apareció, el fuego tembló.
Ella no venía como madre… sino como fuerza primigenia.

—Hefestos —dijo con voz que hacía vibrar el metal—.
Construye un cofre que ningún dios pueda abrir.
Que ningún inmortal pueda forzar.
Que ni la mirada de Kronos pueda penetrar.

Hefestos, sorprendido por la magnitud del desafío, arqueó una ceja ennegrecida por el hollín.

—Eso es imposible, madre.
Todo cerrojo es, tarde o temprano, un candado posible de abrir.

Gea no parpadeó.

—Entonces hazlo posible.

Hefestos, henchido de orgullo, lanzó su primer desafío:
—Tres años —dijo—. Tres años y será perfecto.

—No —respondió Gea—.

—Tres meses. Mucho para un simple encargo…

—No. Demasiado tiempo.

—Tres semanas.

—Tampoco. No puedo esperar tanto…

Finalmente, ella clavó su mirada como raíces hundiéndose en la roca.
—Tienes tres días.
Y, si lo logras, tendrás una esposa para la eternidad.

El silencio cayó como una campana en las forjas.
Hefestos: Tres días…, ni uno más.

Hefestos apretó los puños.
Sus ojos ardieron como crisoles recién encendidos.
Y sin pronunciar otra palabra, descendió a la fragua más profunda.
Allí, entre el estruendo de los yunques y el aliento de los volcanes, comenzó la obra.
Martillo tras martillo, golpe tras golpe, el metal de las estrellas tomó forma.
Su creación sería distinta a todo lo que había forjado antes:
una prisión sin cerradura, una fortaleza sellada por el propio tiempo.


Gea se hizo una pregunta: ¿ Donde puedo contenerlos durante tres días?

****

El primer día.

Gea tenía que crear una zona Liminal. Un lugar donde el tiempo se contuviera.
Para ello necesitaba un fragmento de esencia de kronos. 
¿Pero, entonces, como acercarse al devorador de los destinos? Como mantenerse sin ser fulminada en un abrir y cerrar de ojos ante el poder supremo del tiempo?…como se puede persuadir al principal paladín del caos?

Gea recogió todo el Aurelen que pudo y se creó un vestuario idóneo para el evento camicace.

En las honduras donde el cosmos pierde su forma y la luz se curva sobre sí misma, Gea descendió. Allí, en el límite donde el abismo devora el tiempo, moraba Kronos, no como un rey encadenado, sino como un núcleo oscuro que todo lo atrae: una oscuridad palpitante, un remolino que mantiene unida la urdimbre de los días y el destino de todas las cosas.

Su presencia no tenía rostro ni voz; era una gravedad antigua que obligaba al universo a girar.

Gea se acercó sin miedo. Se inclinó sobre el vacío y ofreció su trato. 
— Ofreceme una porción de tiempo de tres días. Una tregua, de tres amaneceres….

kronos:
— Necia insensata. No tienes escapatoria algúna, voy a deleitarme de tu esencia lentamente, y saborear cada menguante de tu existencia. 

Gea:
Atrás ! Bestia de los aranceles de las sombras! Aparta de mi tus tentáculos, ser arrogante, cínico y orgulloso! O no podrás tener el inframundo de nuevo en tus garras.

(Silencio)
Kronos:
Astuta eres… primogénita de los Thymon y los Ael.los… ¿A caso me entregarías a tu nieto Hades? 
Gea: ¿Hades? Porque iba a ofrecerte a un EiDolon? Cuando sabes muy bien que nada podría capturarlo y menos ofrecerte lo… te propongo otra entidad mucho más jugosa…

Kronos:
…Por qué debería entregarte una arma que podría muy bien ser utilizada por tus nietos Olímpicos encontrá de mis voluntades? 

Gea: por qué si la tienes a ella. Todo los seres de todas las cosas volverían al caos.


Kronos escuchó sin palabras. La negociación no se selló con gestos, sino con un estremecimiento en las capas del mundo. Entonces, del centro oscuro surgió un destello verde, como una estrella comprimida. Era un fragmento de tiempo solidificado, una gema irregular y verdosa que latía en silencio.

Kronos.
¡Aquí tienes! Te entrego Anamke , Dicho poder. Con este fragmento podrás controlar durante tres amaneceres, el tiempo.


Gea tomó la gema —Anamke— y el cosmos tembló brevemente. Durante tres días, y sólo tres, ese fragmento le permitiría suspender el fluir de los instantes en el lugar que eligiera.

En cuanto regresó a la superficie, Gea activó el poder de la gema. La arena del desierto de Emiria quedó inmóvil, el viento detenido en pleno giro, los granos suspendidos en el aire como si el mundo contuviera el aliento. 
En medio del desierto más antiguo, Gea abrió la tierra y condensó el silencio en forma de agua. Allí, en un charco que no conocía reflejo ni viento, sumergió el fragmento impregnado de Caos. Del fondo brotaba un único hilo de Aurelen, dorado y tenso, como si el universo entero respirara a través de él. Nadie sospecharía que aquel pequeño estanque contenía el pulso más peligroso de la creación.”

“Un charco de agua en medio del desierto de Emiria “

***
En el segundo día.


En el amanecer detenido por la gema del tiempo, Gea convocó a Zeus y Poseidón a un banquete en un claro entre montañas, allí donde la tierra respira sin testigos. Ellos acudieron sin demora, atraídos por la voz de su anciana madre primordial. Al llegar, no encontraron manjares ni copas rebosantes, sino una única mesa de piedra, vasta y antigua, tallada en la roca viva.

En el centro de la mesa reposaba una granada perfecta, su piel roja y tersa brillando bajo la luz inmóvil. Era la única ofrenda visible, y su presencia tenía algo de desafío y de presagio. Gea los recibió en silencio, y cuando se sentaron frente a la mesa vacía, les anunció la prueba:
quien antes tomara la granada y la devorara, recibiría un don.

Los dos hermanos aceptaron. El orgullo y la competencia entre cielo y mar eran tan antiguos como ellos mismos. Zeus desplegó una sonrisa de rayo; Poseidón golpeó el suelo con el pie, impaciente. Pero Gea no se quedó al margen. Se sentó en el tercer extremo de la mesa, sus manos apoyadas sobre la piedra, como si siempre hubiera ocupado ese lugar.

Su gesto los desconcertó. La prueba no era entre dos, sino entre tres. Entonces, sobre la mesa colocó Anamqué, la gema verdosa que contenía el poder del tiempo detenido. Su luz tembló como una respiración contenida.

A cambio de su participación, exigió un precio:
Zeus dejó a un lado su casaca de plumas, fuente de sus metamorfosis y disfraces celestes. Poseidón depositó su corona marina, la que gobernaba sobre las criaturas abisales. Ambas piezas descansaron sobre la piedra, brillando con la autoridad de sus portadores.
El premio prometido era el poder de Anamqué: tres días de dominio sobre el fluir de los instantes, un regalo que ningún dios había poseído jamás.

Los tres quedaron en sus posiciones. La granada parecía palpitar, como si contuviera algo más que semillas. Zeus, rápido como el rayo, midió la distancia. Poseidón, sólido como la marea, tensó su cuerpo. Gea, inmóvil, observaba.

Entonces, sin aviso, comenzó el desafío.

Cuando Gea dio la señal, el aire pareció contener la respiración. Zeus tensó el cuerpo como un relámpago a punto de caer; Poseidón, firme como la ola que se repliega antes de golpear, midió la distancia. La granada brillaba en el centro de la mesa, tentadora y perfecta.

Y entonces, antes de que ninguno de los dos pudiera moverse, Gea ya la tenía en sus manos. Partió la piel roja con la calma de quien conoce el desenlace desde el principio y comió de sus semillas dulces y densas. Zeus y Poseidón quedaron inmóviles, incrédulos. Ninguno de sus sentidos divinos había detectado el instante en que ella se había adelantado.

Perplejos, exigieron repetir la prueba. Para eliminar toda sospecha, Zeus apartó la gema del tiempo y la colocó lejos, sobre una roca aislada. La segunda prueba comenzó. Otra vez la granada en el centro. Otra vez el silencio expectante. Y otra vez Gea fue más veloz que ambos, como si el tiempo mismo se inclinara ante ella.

La sorpresa se transformó en desconcierto. Poseidón, suspicaz, se inclinó hacia Zeus y compartió su sospecha. Si el poder de Gea dependía de la gema, bastaría con lanzarla al confín del mundo para cortar su vínculo. Zeus aceptó el plan.

Alzando su rayo, atrapó la gema en una corriente de luz cegadora y la lanzó al firmamento; la piedra verdosa surcó el cielo como un meteorito detenido y cayó al océano más profundo, más allá de las rutas de los navíos, en un lugar donde ni los dioses suelen mirar. Allí quedó perdida entre corrientes abisales, a millones de millas de la mesa de piedra.

Entonces Gea, serena, volvió a colocarse en su sitio. No protestó ni pidió nada. La tercera prueba comenzó. Y, como antes, la granada apareció de repente en sus manos. Los hermanos quedaron sin palabras; sus rostros se oscurecieron de rabia divina.

Zeus, acostumbrado a que nada le superara, sintió la punzada de la humillación. Poseidón golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar las montañas. No podían comprenderlo: la gema estaba fuera de su alcance, y aun así Gea vencía.

Fue entonces cuando ella habló con calma ancestral. No pedía dominio eterno ni tronos celestes, sólo declaró que necesitaba la casaca y la corona durante un amanecer. Al cabo de ese plazo, prometió, ambas reliquias les serían devueltas intactas.

Los dos hermanos, aún desconcertados y con el orgullo herido, aceptaron. No comprendían cómo había vencido, pero no podían negar el resultado de las tres pruebas. Así, Gea obtuvo los dos objetos sin arrebatar, sin guerra ni engaño abierto: los ganó en un juego que ellos mismos aceptaron.

Al terminar. Poseidón miro a su abuela mientras le entregaba la corona de los mares y océanos.

Gea: se lo que piensas….¿Como es posible?

Gea se inclinó hacia Poseidón con una calma que no pertenecía a ese momento. Su voz no era un sonido, sino una vibración que atravesaba la piedra y el aire.

 “Tú y Zeus nacisteis cuando Kronos ya giraba, y por eso os mueve su corriente.
Yo nací antes de Kronos, cuando no había corriente alguna.
¿Cómo puede una ola alcanzar la orilla si la orilla existía antes del mar?”



En ese instante, la sala se fracturó en reflejos imposibles.
Decenas de Geas aparecieron alrededor, cada una en un punto diferente, todas reales, todas presentes. Unas estaban quietas, otras ya se habían movido antes de que Poseidón parpadeara. Era como si el tiempo se hubiese desdoblado para mostrar lo que él nunca podría ver: ella no avanzaba, simplemente era en todos los lugares posibles a la vez.

Gea volvió a hablar, su voz resonando desde todas las figuras al unísono:

 “Querido nieto…como comprenderás..
Tu realidad, no es la misma que la mía.”

***
El tercer día 

Gea con la casaca de Zeus y la corona de Poseidón, se introdujo en las aguas del charco del desierto de Erimia. Allí dejo salir un hilo dorado de Aurelen. Un anzuelo y una trampa para la primera persona curiosa que se atreviera a desafiar el místerio del charco en el desierto.

Y en su interior… Gea selló a los Djinn,
las criaturas indómitas que podían alterar el destino de los dioses y devorarlo todo.




***
Tarik y el corazón eterno. Dili-Surkh 


“Voz (femenina, seductora, antigua):
—Si yo te hiciese una pregunta…
Oh, gran Califa de los Ladrones…
Si yo te preguntase…
¿qué es lo que más deseas en este mundo?
¿Qué me responderías?”



El aire se densificó. Las aguas de la laguna comenzaron a temblar como si respiraran.
Entre reflejos y escamas líquidas, una forma emergió del centro del estanque: un ser hecho de corrientes y luz, con escamas doradas y perladas.

El Dijnn del Agua se alzó lentamente. Su rostro era bello y terrible, y en su mirada había océanos enteros.

Tarik retrocedió un paso, su mano aún suspendida sobre el rubí.

—No sé quién eres… —dijo con voz contenida—, pero al parecer me conoces tanto como Pyraustes, el vigilante de Asharim-Tala.

La advertencia de la reina Omotonoke resonó en su mente:
“No hables con el Dijnn. El agua no tiene boca, pero devora todo lo que nombra.”

Pero el Dijnn prosiguió, su voz tan suave como el rumor de la lluvia:
—Pide, Tarik al Safir. Pide, y verás que incluso el tiempo puede ser robado.

El Califa de los Ladrones lo miró fijamente.
Un brillo astuto cruzó sus ojos, mezcla de desafío y temor.
El pensamiento le atravesó la mente como un cuchillo: Es tentador…
Aun así, permaneció callado.

El Dijnn se inclinó un poco, moviendo sus escamas que relucían con tonos de oro y nácar.
—¿No hablas? Entonces quizá ya sabes lo que deseas —dijo, con una sonrisa líquida.

Tarik dio un paso al frente, esquivando la mirada del espíritu.
Sus dedos rozaron el aire sobre el altar y, mientras tomaba el rubí palpitante, murmuró en voz baja:

—Llegar a tiempo…

El Dijnn lo oyó.
Su sonrisa se ensanchó, como la superficie de un lago bajo tormenta.

—¿A dónde, Califa de los Ladrones? —susurró—.
¿Cómo es posible que quien saqueó reinos desde Sarmarcanda hasta Tombuctú precise de prisa?

Tarik cerró la mano sobre el Dili-Surkh, y el corazón rojo brilló como un sol líquido.
Una onda de calor recorrió el aire.


Tarik sostenía un rubí de un rojo incandescente: una estrella escarlata que brillaba como la brasa de un crisol a fuego vivo.
Pensaba que aquella entidad le procuraría un deseo incuestionable.
¿Pero cuál?
¿Qué pedir cuando todo está atado y bien amordazado?

—Tú podrías hacer que llegara, antes de que el amanecer asome por el horizonte, a Harzaban, ante la presencia de la reina Omotonoke, en un abrir y cerrar de ojos… ¿verdad?

Dijnn:
—Oh, Tarik, rey de los ladrones… Mi poder no solo puede hacer eso, sino más. ¡Mucho más! Pero… percibo que algo te inquieta…

Tarik:
—Prometí el rubí a Pyraustes, pero temo que, cuando se lo entregue, esta me encierre aquí para siempre.

Dijnn:
—Oh, Tarik… no solo eres astuto, sino también inteligente —sonrió—. Me gustas.
El Califa de los Ladrones no conoce las verdaderas intenciones de la reina Omotonoke.
El veneno que yace en tus entrañas está a punto de llegar al corazón y, de ahí, al resto de tu cuerpo —rió, dejándose ver—.
No existe antídoto para la toxina de la Ananta, Tarik al Safir. Yo podría ayudarte con eso llegado el momento.
Además, estás en lo cierto. ¿Acaso crees que Pyraustes te dejará ir sin más? —rió suavemente—.

El aire se tensó

Tarik levantó el rostro con incredulidad.
La silueta del Dijnn se ondulaba entre las aguas como humo líquido; su belleza era tan terrible que dolía mirarla.

—¡El gran Tarik al Safir…! —susurró con ironía—. No conoce la ley de los antiguos.

El Dijnn sonrió con lentitud mientras caminaba desnuda; su piel, de escamas doradas y perladas, brillaba con el reflejo de las riquezas.

—¿Acaso crees que la guardiana de la lágrima te permitirá irte? Ella custodia el paso entre mundos; no lo concede.
A Pyraustes la ata un pacto inquebrantable. Su naturaleza la obliga a acatar la ley de los dioses…
Y tú has prometido la gema escarlata, Dili-Surkh, el corazón de la entidad que gobierna el mundo de los muertos.
Pero tú eso ya lo sabías, ¿no es cierto, Tarik al Safir? —coqueteó con él, girando entre vapores—.Si se lo entregas, Asharim-Tala se cerrará contigo dentro.
Serás su huésped eterno… una pieza más en su ostentosa cámara de tesoros.

El corazón de Tarik se agitó como un tambor de guerra.
Comprendió entonces que cada promesa en aquel lugar era una trampa, y que incluso la salvación podía ser un anzuelo.

El silencio cayó como una losa.
El peso del veneno reptaba por sus venas como un fuego helado; sentía cómo su espíritu se debilitaba dentro del Eidolon.
Su cuerpo, proyectado más allá de lo real, comenzaba a resquebrajarse.
Los ecos de su alma vibraban en la superficie del agua, deformando su reflejo.

Tarik se arrodilló. El rubí rodó de su mano y cayó al suelo con un sonido hueco.
—Entonces… ¿nunca tuve ninguna posibilidad? —susurró.
Miró a sus hombres, congelados por el tiempo y la maldición de Asharim-Tala.
Los veía inmóviles, cubiertos de polvo de oro, como estatuas vacías.
—Además… he condenado a mis hombres por mi codicia —dijo, y su voz se quebró.

Por un instante, el Califa de los Ladrones pareció un niño perdido.

El Dijnn, desnudo y brillante, recogió el rubí del suelo.

Dijnn:
—Déjame a mí, Tarik, Califa de los Ladrones… Yo puedo ayudarte.
Pero a cambio —lo miró fijamente a los ojos—, quiero algo de ti.

(Silencio.)

—No le entregarás el rubí a Pyraustes.
A cambio, te concederé la cámara más ostentosa que haya existido jamás.
Asharim-Tala será solo tuya.
Y para que puedas ser su nuevo anfitrión, tu vida debe proseguir su destino.
Te ofreceré el antídoto del veneno de Ananta.
Le entregarás de nuevo la Gema del Tiempo a la reina de Harzaban.




Dijnn:
—Cuando salgas, no entregarás el rubí a Pyraustes.
A cambio, le ofrecerás esto.

(Le entrega una caja completamente lisa.)

—Dile que Hades metió aquí dentro su corazón.
No te preocupes: Pyraustes no sabe que el corazón del Emperador del Inframundo fue depositado en una caja con la marca de Hefestos, o que simplemente Hades lo dejó sobre el altar de piedra.
Cuando vea la caja, lo entenderá.
¿Quién, si no su hermano, podría forjar un sarcófago para el corazón de Hades?
Confía en mí, no sospechará…

—Pero cuidado, Tarik: lleva esa caja sin tocar las aristas.
Están envenenadas con un maleficio de tierra, fuego y aire.
Solamente el primer ser que las toque sufrirá su castigo.
Cuando se la entregues, apártate y dirígete al charco con el hilo dorado; entonces tira de él.
Solo así me liberarás…
y luego accederé a Zafira al-Zaman, en un abrir y cerrar de ojos.

***

Y así fue.

El Eidolon de Tarik al Safir salió con la caja maldecida por el Dijnn de la lágrima suspendida en el tiempo.
Cuando Pyraustes lo vio volver con ella, su luz se elevó en júbilo.
El aire del oasis se inflamó con destellos dorados; las alas de la mariposa de fuego giraron sobre él como pétalos encendidos.

Tarik volvió a su cuerpo y, al despertar, se acercó al charco del hilo dorado de Aurelen.
Tiró con fuerza, y de allí comenzó a resurgir lentamente el Dijnn: una silueta femenina con escamas doradas y perladas.

Mientras tanto, Pyraustes contemplaba la caja como si fuera un regalo ofrecido a una diosa niña.

—Has cumplido tu palabra, hijo del desierto —susurró la voz de Pyraustes dentro de su mente—.El corazón eterno regresa al fuego.

Extendió las alas y posó sus zarcillos ígneos sobre la caja.
Y al tocar las aristas… su brillo se quebró.
Las flamas se apagaron una a una, como velas bajo la lluvia.
El aire trajo la arena, y la envolvió en un terrible conjuro.

Pyraustes alzó el rostro: comprendía tarde que había sido traicionada.
Su voz se tornó humana y desgarrada:
—¿Qué has hecho, Tarik…?

Sus alas se contrajeron, transformándose en escamas y plumas blancas.
El fuego que la rodeaba se extinguió en un torbellino de agua y ceniza.
Donde antes ardía la guardiana, emergió Philax-Mir, una serpiente emplumada.
Su grito estremeció el oasis, un sonido de dolor insoportable.
Chocó contra el suelo una y otra vez, tratando de escapar de su propio cuerpo.

Entonces el Dijnn, riendo, emergió del estanque.
El agua cubrió la arena mientras la lágrima Asharim-Tala tocaba, al fin, el suelo.


---

Dijnn:
—Y ahora… te llevaré ante la reina Omotonoke.

Tarik:
—¿Y mi tesoro? —preguntó, mientras cubría su cuerpo con una manta.

Dijnn:
—Ah, Tarik al Safir, Califa de los Ladrones… el mortal que carece de fe.

(La Dijnn le toma la mano derecha. De la hoja de la palmera brota una nueva lágrima, pura y dorada. El agua vibra, y el aire se curva como un espejo líquido).

—Mira, Califa —susurra—, el ciclo no se rompe, solo cambia de dueño.

Ella mueve la mano de Tarik en círculos, y un vórtice de luz se abre sobre la arena.
Un portal hacia Asharim-Tala renace, resplandeciente.

Tarik cruza el umbral, ya no como un Eidolon, sino como un mortal.
Y en ese instante, todos sus hombres despiertan; salen del lugar riendo y llorando, alabando su nombre como si hubieran estado mil años dormidos.

El ladrón mira a su alrededor: montañas de oro, copas de plata, perlas que ruedan como soles diminutos.
Extiende las manos y hunde los dedos en la riqueza infinita.

Dijnn (en voz baja):
—Aún no entiendes, Tarik al Safir…
Asharim-Tala es ahora parte de tu colosal tesoro.
El Alijo… digno… de un emperador.

***
Nemoshyne:


“Lo que parece que es no siempre es lo que es.”

Lo aprendí mirando demasiado tiempo a los demás... y a mí misma.
La gente cree que ve con los ojos, pero los ojos solo muestran el brillo de la superficie.
La verdad —la que duele y redime— habita más abajo, donde la luz no llega tan fácil.

El reflejo del puro no es tan distinto al reflejo del monstruo.
Ambos aman... pero lo hacen de maneras opuestas, casi irreconciliables.

En el devenir de las épocas, muchos acuden a las aguas de la Estigia,
donde la voz es solo una imagen proyectada en las temblorosas aguas del inframundo.
Miran con miedo, porque llegan despojados de todo,
y aun así guardan un secreto aferrado al corazón.
Y el corazón... no sabe mentir.

Todos ellos vienen tras interpretar un papel en el mundo de los mortales,
sin comprender que pudieron explorar mucho más de lo que los ojos alcanzan a ver.
Pero el corazón —terco y transparente— no miente.
No sabe hacerlo.

Y ese anhelo, ese deseo, queda adherido al alma como una simple y sinuosa pregunta:
“¿Y si…?”
Esa es la condena.
El verdadero juez que decidirá si la nueva vida será un infierno… o un lugar para transformarse.

Porque, al final, monstruo o puro de corazón, todos debemos aceptar,
ante las aguas eternas de la laguna Estigia,
la única pregunta que alguna vez importó:

“¿Y si…?”

(Pausa. Una sonrisa tenue.)
¿No creen?

***


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.



Comentarios