Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. Parte 13. El peso de lo irreversible.


Nemoshyne:

La noche no es enemiga; es un filtro.
Quien sobrevive aprende a respirar despacio cuando el mundo corre,
a esconder el pulso cuando todos lo exhiben.

He visto siglos pasar como miradas que no se sostienen.
La supervivencia no es fuerza: es elegancia bajo presión.
Es saber cuándo morder y cuándo desaparecer.
Cuándo amar sabiendo que el amor también caduca.

Los humanos creen que vivir es avanzar.
No. Vivir es permanecer sin oxidarse.
Cambiar de piel antes de que el tiempo la reclame.
Aceptar que el deseo es una promesa rota,
pero aun así beber de ella.

Sobrevivir es un arte oscuro:
no ganar,
no brillar siempre,
sino seguir cuando la luz se apaga y el cuerpo recuerda.

Yo he sobrevivido porque entendí la regla final:
nada es eterno,
excepto el hambre.

***
Año vigésimo del reinado de Ciro, Rey de Reyes
Expedición a Asharim-Tala
Campamento de: Ramir ad Luan 


El olor se acumulaba en un extremo del campamento.
Un olor pesado, húmedo, casi dulce…
el olor de la carne enferma.

Las amputaciones —las inevitables— se arrojaban cada noche
a una zanja cavada deprisa y mal,
junto a la Carpa de los Enfermos.
Allí se mezclaban vendas manchadas, restos de tejidos,
y pedazos que ningún hombre podía ya reclamar.

Antes de que aquel cúmulo de desperfectos humanos se convirtiera en un imán para los carroñeros,
los soldados empezaron a levantar fogatas por todo el campamento.
Las piras ardían con madera, brea, matorrales secos
y lo que quedaba del horror del día.

Al caer la noche, las hienas aparecían igualmente en grupos pequeños:
figuras bajas y tensas,
con ojos que reflejaban el fuego de las hogueras como espejos rotos.
Se acercaban sigilosas,
olisqueando el aire,
apretando el paso cuando creían que nadie las miraba.

Los guardias lo sabían.

Cada cierto tiempo, una flecha silbaba desde alguna de las torres improvisadas.
No para matar, sino para ahuyentar.

Las hienas retrocedían con gruñidos cortos,
pero siempre volvían minutos después,
hambrientas y tercas.

***

En torno a una hoguera pequeña —una de esas que se encienden más para ahuyentar sombras que para dar calor—
cuatro figuras se arremolinaban, fingiendo normalidad.

Varad Al-Muadīn escupió al suelo, arrugando su ojo bueno.

—Huele fatal… —gruñó, tapándose medio rostro con el antebrazo.

—Esto me recuerda a la posada de Samarcanda —dijo Kashir, acomodándose la capa—. ¿Os acordáis? La vez que tuvimos que perseguir a aquellos ladrones…

Arven levantó la cabeza como si fuera un perrito asustado.

—¡Sí! ¡La zurra que les dimos! Hasta que tuvimos que salir corriendo porque el sultán puso precio a nuestras cabezas.

—Sí, claro —murmuró Varad—. Qué valiente estabas tú cuando el sultán gritó “¡Atrapen al rubio flaco!”
—No soy rubio —replicó Arven, ofendido.
—Eras el único con cara de haber nacido ayer. ¿Qué esperabas?

Kashir chasqueó la lengua, teatral.

—La gente no valora nuestras contribuciones históricas… ni nuestra velocidad.

Varad se dejó caer en una piedra, gruñendo por la rodilla mala.

—Escuchadme bien, y que mi madre me dé dos sopapos desde el otro mundo si miento:
esos no eran ladrones sin más.
Eran unas mujeres que nuestro amigo aquí presente —señaló a Kashir— conoció en la posada de Susa.

Kashir abrió la boca, indignado.

—¡Exageración infame! Yo solo les pedí fuego para la lámpara…

—Y acabaste encerrado dentro de un barril —recordó Arven, divertido.

Varad levantó un dedo, solemne.

—Tuvimos que llevarnos cuatro barriles vacíos. Aunque… creo que el cuarto estaba medio lleno. ¿O medio vacío? No recuerdo. Pero sí recuerdo el olor. Eso sí que olía a demonios. ¡Por unas calzas!

—¡Mentira! —protestó Kashir—. ¡No eran cuatro barriles, eran cinco!
—¿Ves? —resopló Varad—. ¡Yo siempre digo que exageras!

Arven se rió, aunque un poco nervioso.

—Y tres barriles nos los bebimos como si los dioses fueran a apagar el mundo esa noche…

Por un momento hubo risas.
No grandes carcajadas.
Sino esas risas tensas que nacen para cubrir un miedo que nadie quiere nombrar.

***

Todos tenían miedo.
El campamento entero temblaba en silencio bajo el viento seco de Darashgat, la última frontera antes de internarse en Rig-e Azhdahâ, el Desierto de la Serpiente.

Las leyendas de Darashgat siempre contaban lo mismo:
cuerpos mutilados al amanecer, hallados después de una noche de tormenta de arena.
Por eso nadie con sentido común se atrevía a cruzar la Roca de Darashgat;
quien lo hacía, lo hacía solo una vez.

Algunos decían que los culpables eran espíritus del desierto,
otros juraban que eran dīw o díjjinn, enfadados por antiguos sacrilegios.
Y unos pocos —los más viejos, los más supersticiosos— hablaban en voz baja de la Maldición de Darashgat, una condena tan antigua que ni los sacerdotes de Susa se atrevían a escribir su nombre en tablillas.

Pero todos coincidían en lo mismo:
cruzar esa roca era aceptar una muerte segura.

***

Kashir miró a Varad con una sonrisa torcida
y le guiñó un ojo como quien descubre un secreto recién nacido.
Los demás, contagiados por ese gesto,
se callaron y clavaron la mirada en el joven Emir.

Arven, incapaz de soportar el silencio, carraspeó.

—Tú no pareces soldado… —dijo inclinando la cabeza—.
¿Qué te trae por aquí?

Emir no respondió al instante.

Contemplaba el fuego como si intentara leer algo en él.
Su turbante cubría la mitad de su rostro,
dejando ver solo unos ojos oscuros, absortos, casi melancólicos.
Con una rama fina movía las brasas,
no para avivarlas, sino como quien hace espacio a un recuerdo.

El chisporroteo de la hoguera iluminaba su mirada fija:
una mirada que no estaba allí,
sino lejos… muy lejos.

Aquel gesto —esa quietud, esa forma de sostener el silencio—
no pertenecía a un muchacho perdido,
sino a alguien que había aprendido a observar el mundo
como si cada detalle pudiera salvarle la vida.

Y en ese instante, mientras el fuego bailaba en sus ojos,
había otra imagen superpuesta:
la de una mujer de pasos lentos y sonrisa suave,
la de Mir,
agachándose para mostrarse a su altura cuando él no era más que un niño,
señalándole cómo una hormiga transportaba una semilla
cien veces más grande que ella.

“Lo pequeño revela lo grande.
Siempre observa, Emir.
Siempre.”

El fuego rugió al devorar un tronco y él parpadeó,
volviendo al presente, aunque no del todo.

Kashir chasqueó la lengua, encantado con lo que veía.

—Oh, sí… —dijo muy bajito, dramático—.
Reconozco esa mirada a leguas.
Oíd, chicos, creo que tenemos a un corazón roto en nuestras filas…

Varad bufó, sin quitarle el ojo a Emir.

—¿No sabéis quién es?
Algunos dicen que tiene manos más finas que las de un joyero…
otros que es un mago con la madera…
Pero lo único que importa es esto:
él abrió la caja negra de Anshara.

El silencio cayó como un telón pesado.

Las llamas crujieron.
Las hienas callaron.
Incluso el viento pareció contener la respiración.

Arven abrió la boca.

—¿La caja… la imposible…?

Varad asintió con gravedad exagerada,
como si estuviera narrando una profecía.

—La misma. La que hizo llorar a los artesanos de Babilonia.
La que ningún maestro de Ecbatana pudo abrir.
Esa.
Y cuando la abrió, el mismísimo Ciro lo escogió para esta expedición.
No por gusto… —entrecerró su ojo bueno—
sino porque si vuelve sin los tres sellos, lo cuelgan en la muralla.

Kashir soltó un silbido largo, melodioso.

—Ay, compañero… —dijo mirando a Emir—
esa cara que llevas no es de héroe elegido.
Es de hombre que carga un peso…
uno muy pesado.
Uno que te dobla por dentro.

Emir no negó.
No afirmó.
Solo siguió moviendo las brasas,
haciendo que el rojo vivo formara un remolino pequeño.

Arven, sin entender del todo, sonrió con cierta timidez.

—Yo… recuerdo haber estado enamorado una vez…
Bueno… no sé si era amor…
quizá era solo… —miró el fuego, buscando palabras—
una sensación en el estómago, como cuando comes algo que no deberías.
Pero… bonita.
¿Sabes?

Kashir se rió.

—Si eso era amor, chaval, estabas enamorado del cocinero.

—¡No! —protestó Arven, rojo—. ¡Era una chica de Susa!

—¿Segura que no era el cocinero? —preguntó Varad, serio—.
Tenía un encanto peculiar.

Arven abrió los brazos, indignado.

—¡No era el cocinero!

Las risas —suaves, contenidas—
flotaron un momento sobre la hoguera.
Pero cuando disminuyeron,
la mirada de todos volvió, inevitablemente,
a Emir.

A su silencio.
A su peso.
A su fuego interior.

Y por primera vez desde que lo conocían,
Emir levantó la vista y habló con una voz baja, frágil, verdadera:

—No es un corazón roto.
Los corazones rotos duelen… pero sanan.
Lo mío es otra cosa.

Nadie habló.
Nadie respiró fuerte.

El fuego crujió.
Y algo, lejos del campamento,
gruñó en la oscuridad.

***
Varad soltó un resoplido grave y bebió un sorbo de su odre vacío, como si aún quedara algo dentro.
—No te preocupes, chico… —dijo sin mirarlo—. Ya nada puedes hacer…

Arven asintió con un gesto tímido.
—Sí, amigo… ya estás en la expedición.
Y de aquí… muy pocos volveremos a casa.

Kashir levantó un dedo, solemne.
—Eso es, eso es… mira a tu alrededor.
O enfermas…
o te devora la arena…
o…

Varad no lo dejó terminar.
Su ojo bueno brilló reflejando la llama.
—O te despedaza la maldición de Darashgat.

Arven puso los ojos en blanco.
—Ya estás otra vez con eso…

—Yo no quería decirlo —interrumpió Kashir, muy ofendido—.
Pero ya que lo ha mencionado el venerable maestro de las tragedias…
pues sí, podría ser muy probable que los espíritus nos lleven al otro lado antes de que cante un gallo.

Se acomodó en la manta, se aclaró la voz dramáticamente
y adoptó la postura de cuentacuentos profesional.

—En mis tiempos de mozo —empezó con tono grave—, he escuchado historias que harían temblar las pantorrillas de un guerrero curtido…
Y no hablo de cachorrillos mimosos y tiernos que lamen los callos de las manos hasta dejarlos suaves como el culito de un recién nacido.
¡Oh, no, no, no!

Se inclinó hacia el fuego, con los ojos abiertos de par en par.

—Hablo de algo muchísimo peor que el mal genio del comandante Ramir ad Luan…
y más misterioso que lo que duerme dentro de la Carpa Carmesí.
Si la oscuridad tuviera ojos, uñas y garras envueltas en pañales sucios…
¡ese sería el Saitán de Darashgat!

Arven parpadeó.
—¿…pañales?

—¡Sí, pañales! —insistió Kashir, ofendido—.
¿Acaso no has visto nunca un bebé hambriento?
La naturaleza es cruel, muchacho.

Varad se llevó una mano a la frente.
—Kashir…
céntrate.

Pero el narrador ya estaba imparable.

—El Saitán, digo… —alzando una ceja—
es una sombra más negra que la roña de un mercader de Sirusa,
más rápida que dos buenos sopapos de una madre babilonia,
y más silenciosa que un ladrón sin dedos.
Dicen que cuando aparece,
las antorchas se encogen,
las sombras huyen,
las hienas guardan silencio…
y hasta los muertos se tapan con la manta por si acaso.

Arven se removió, incómodo.
—¿Y quién te contó eso?

—¿Quién?
—Kashir se golpeó el pecho—.
¡Los sabios!
Grandes eruditos de Susa, Nippur y Ecbatana.
Y también un borracho ciego que vivía en un barril,
pero ese hombre sabía cosas que no quiero repetir ni aunque me paguen.

Varad sacudió la cabeza.
—Todo exageraciones…

—¿Exageraciones? —Kashir lo miró con teatralidad—.
¿Acaso tus piernas no tiemblan cuando escuchas un gruñido en la noche?
¿O es artritis?

Varad abrió la boca…
y la cerró.
Demasiado digno para responder.

Kashir sonrió, satisfecho.

—Pues eso.
El Saitán existe, muchachos.
Puede estar en cualquier colina…
en cualquier zanja…
o justo detrás de esa tienda de ahí —señaló la oscuridad—
mirándonos con esos ojillos amarillos suyos…
como dos monedas ardiendo en el vacío.

El fuego crujió.
Las hienas callaron.
Y un viento frío cruzó el campamento como una advertencia.

Por un instante,
nadie habló.

***


Varad escupió al suelo con un gesto brusco,
como si quisiera expulsar también el miedo.

—¡Bobadas! —gruñó—.
Historias para mantener a los soldados quietos en su posición.
Miedo para obligar a obedecer al capataz, nada más.
Cuentos de viejas para evitar que un mocoso salga a mear fuera del campamento y se lo meriende una serpiente.

Hablaba con desdén, con ese tono áspero de quien quiere sonar valiente.
Pero ni siquiera él parecía convencido.

Sus dedos tamborileaban contra la empuñadura de su cuchillo.
Un gesto nervioso, casi imperceptible.
El tipo de gesto que hacía un hombre que SÍ ha visto cosas.
Cosas que preferiría no recordar.

Kashir abrió la boca para replicar,
pero se detuvo al ver algo en la cara del veterano:
una sombra muy fina
pasándole por el ojo bueno,
como un recuerdo que se enciende sin permiso.

Una grieta, apenas un segundo.
Pero Emir la vio.

Con su silencio habitual, Emir levantó por fin la mirada.
Dos ojos oscuros, observadores, se clavaron en los de Varad.
Y durante ese instante, ninguno de los dos respiró.

Porque ambos sabían la verdad.

Varad mentía.

O, mejor dicho, quería mentirse a sí mismo.

Su herida en la cara lo delataba:
una cicatriz torcida, irregular,
demasiado profunda para ser causada por una simple hiena,
demasiado precisa para ser obra de un arma humana.

Era una marca como hecha por colmillos
con la intención de morder más allá de la carne:
morder el alma.

Aquella no había sido una pelea.
Había sido un encuentro.

Y Varad había sobrevivido
por casualidad, por instinto
o porque la criatura decidió no terminar el trabajo.

Emir sintió que el aire se espesaba a su alrededor.
Los signos estaban ahí,
claros como runas grabadas en la misma arena:

El olor a muerte extendiéndose por el campamento.
La desconfianza entre los soldados.
La tormenta que había destruido la mitad de las defensas.
La carpa de los enfermos con su vientre lleno de fiebre y mal presagio.
Las hienas callando, una por una, en la distancia.

Todo eso era un anuncio.
Un aviso.

El momento perfecto para que algo mucho más peligroso que unos carroñeros
se acercara.

Y él lo sabía.

Llevó instintivamente una mano al interior de su túnica
y apretó contra su pecho la pequeña caja:
la joya del tiempo,
Zafira al-Zamān.

La caja que, en las manos correctas,
podía hacer retroceder el mundo unos instantes.
O detenerlo.
O acelerarlo.

Pero solo eso.
Un instante.
Un suspiro.
Un latido.

Nada más.

Mir —su mentora, su guía, su misterio—
había sido muy clara:

> “No se puede cambiar el destino de las cosas, Emir.
Para manejar el tiempo debes conocer primero el mundo diminuto.
Porque cada elección…
trae el peso de lo irreversible.”



Había repetido ese mantra durante años.
Pero ahora, rodeado por el olor a muerte,
por el miedo que rezumaba de los soldados,
por la tensión que hacía vibrar hasta las telas de las tiendas…

Emir comprendió realmente lo que significaban esas palabras.

Por un instante
su mente lo traicionó.

Vio —con una claridad insoportable—
cómo algo saltaba desde la oscuridad
como una flecha negra lanzada por un dios enfermo.

Vio garras enormes desgarrando vientres.
Vio colmillos hundiéndose en carne humana
con una furia tan personal, tan antigua,
que parecía odio encarnado.

Vio los cuerpos de los cuatro soldados partidos como muñecos de barro.
Vio sangre.

Y vio
dos ojos amarillos
cargados de una ira
que no pertenecía a ninguna bestia conocida.

Los vio tan cerca
que sintió el calor del aliento.
Sintió el peso del destino sobre él.
Sintió el final.

Pero no era real.
Era un pensamiento.
Un reflejo del miedo.
La imaginación de alguien que conoce demasiado bien
lo que podría estar acechando en la noche.

Y aun así…
lo aceptó.

Cedió como un lechón indefenso.
Como una gacela que reconoce a su depredador
y baja la cabeza para ofrecer su carne
para que los demás escapen.

Porque en ese momento,
Emir comprendió una verdad brutal:

Que aunque conociera los secretos del mundo diminuto,
aunque pudiera manipular engranajes imposibles,
aunque sostuviera entre sus manos el tiempo mismo…

en realidad no sabía nada.
En realidad no poseía ningún talento frente a aquello.
En realidad era tan frágil como todos los demás.

Y esa certeza
lo atravesó
como un cuchillo.

***


Miriam

Esa misma noche, no muy lejos de donde se encontraba Emir…

En todos los ejércitos del rey Ciro, había hombres que portaban lanzas,
otros que levantaban escudos,
otros que escribían tablillas,
y otros que cavaban tumbas.

Pero solo un grupo sostenía la vida de toda la expedición sin empuñar arma alguna:

las Saqītu,
las portadoras de agua.

Ningún ejército podía avanzar si ellas caían.
Ningún comandante podía dar una orden si ellas fallaban.
Porque en el desierto, donde un día sin agua equivalía a una sentencia,
ellas eran la frontera entre la supervivencia y la muerte lenta.

Las Saqītu conocían los pozos antiguos, los wadis que aún guardaban humedad,
las grietas donde la tierra filtraba agua como un secreto.
Sabían distinguir el agua maldita de la que podía beberse,
o cuándo una fuente anunciaba tormenta, enfermedad…
o algo peor.

Calculaban cuánta agua necesitaba cada hombre, cada animal, cada fogón,
y con la precisión de un astrónomo, decidían
si el campamento podía seguir vivo hasta el siguiente amanecer.

No se les levantaban estatuas.
No recibían honores.
Pero cuando una Saqītu caía,
todo el campamento temblaba.

Porque en el desierto,
moría primero quien llevaba el agua.

Y cuando un pozo se encontraba demasiado cerca del monolito maldito de Darashgat,
hasta las Saqītu más veteranas
sentían cómo algo invisible respiraba tras sus pasos.

Aquella noche,
cuando Namtara reunió a las jóvenes a su alrededor,
todas sabían que la orden que iba a pronunciar
podía equivaler a un funeral no declarado.

Y aun así,
guardaron silencio.
Porque ese era el deber de una Saqītu.

***

Namtara se volvió hacia ellas.

—Aruma. Samtu. Yara —ordenó con su voz ronca, esa voz que sonaba como madera vieja al partirse—.
Necesito que una de vosotras recoja agua del pozo.

La palabra pozo cayó entre las jóvenes como una piedra lanzada al fondo de un estanque.

Todas se quedaron quietas.

Todas sabían por qué.

Las Saqītu, las portadoras de agua del campamento,
no eran simples muchachas con cántaros.
Eran una unidad indispensable en toda expedición larga, formada por mujeres jóvenes, ágiles, con buena memoria y paso firme, entrenadas para caminar largas distancias, para identificar agua en territorios desconocidos y para cargar hasta el doble de su peso sin derramar una gota.

Cada campamento tenía sus Saqītu.

Pero muy pocos conocían su protocolo.

Eran las primeras en levantarse.
Las últimas en dormir.
Y si caían enfermas o desaparecían…
nadie preguntaba demasiado.
La vida en campaña no permitía sentimentalismos.

Pero también existía un protocolo no escrito:

Cuando una Saqītu caía en desgracia,
otra debía ocupar su lugar sin vacilar.
Una cadena rota podía significar la muerte del campamento entero.

Namtara lo sabía.
Todas lo sabían.

Pero aquella noche…
aquella noche nadie quería decir “yo”.


***


El pozo.

Para los soldados era solo un agujero en la tierra.
Para las mujeres del campamento, en cambio,
era el lugar donde la vida se iba sin hacer ruido.

Las Saqītu le temían con una mezcla de superstición y lógica, porque allí, alrededor de la humedad, se reunían las criaturas que nadie quería nombrar:

las serpientes de piel de bronce, las arañas del desierto que caminaban como pensamientos oscuros, los escorpiones que parecían sombras con aguijón, y las hienas…
esas que no temían a nada,
salvo a lo que habitaba más cerca del monolito de Darashgat.

Los relatos antiguos decían que donde había agua en Darashgat,
las sombras bebían primero.

Las tres jóvenes mantuvieron los ojos bajos. Yara apretó los labios. Samtú tragó saliva. Aruma sostuvo la mirada un instante,
pero se quebró enseguida.

Ninguna quiso ir.

Namtara lo vio todo sin que ninguna palabra se pronunciara.

Las Saqītu tenían su protocolo para situaciones extremas, y aquella noche lo exigía:

Si todas dudaban, la mayor debía elegir.
Si la mayor dudaba… debía sacrificar a la que más posibilidades tuviera de sobrevivir.

Y las tres lo sabían. Por eso temblaban sin moverse. Temblaban sin hablar.

Namtara respiró hondo, como una madre a punto de partir en dos su propio corazón.

La carpa vibró con un soplo de viento. Un presagio. Un aviso.

El destino pedía un nombre.

Y Namtara…
tenía que decirlo.

***
Namtara

Namtara respiró hondo.
Era una mujer madura, curtida por un mundo que no perdonaba ni a las madres ni a las niñas.

A sus treinta años parecía más vieja,
pero no por debilidad…
sino por haber sobrevivido.

Se había casado a los catorce.
Había parido seis hijos.
Había enterrado cuatro.

“Para traer criaturas al mundo,” solía decir,
“hace falta más fuerza en la mente que en las caderas.”

Y las suyas…
eran anchas, sólidas, como un trono cansado.
En ellas descansaban generaciones enteras de dolor y empuje.

Namtara no tenía espacio para caprichos.
Ni para ternuras públicas.
Ella era madre antes que cualquier otra cosa.

Y quien es madre en el desierto,
aprende a levantar a sus hijas a golpes,
pero también a llorarlas en silencio cuando el destino se las arrebata.


***


La dureza de las recogedoras de agua

Namtara odiaba la gandulería.
Las chicas lo sabían.

Quería que fueran eficaces, rápidas, disciplinadas,
porque cada salida podía ser la última.

Las recogedoras de agua en un campamento como aquel
no eran simples sirvientas:
eran supervivientes obligadas.

Sabían que su vida valía tanto como una vasija llena.
Ni más.
Ni menos.

Cada vez que una de ellas no regresaba,
Namtara la lloraba encerrada en su carpa,
como una loba que no quiere que nadie la vea sangrar.

Por eso mismo…
no toleraba debilidad en vida.
Pero en muerte…
se le rompía el alma.


---

La Carpa Carmesí

Llegó un mensajero.
El médico de la Carpa de los Enfermos reclamaba a una de sus chicas.
Y la SinSamu de la Carpa Carmesí…
también.

Pero Namtara lo tenía claro:

—Mis niñas no son monedas para vuestras camas.

La Carpa Carmesí era un lugar de secretos, jadeos y contratos implícitos.
Lo que allí ocurría no se contaba.
Los hombres entraban, los nombres se borraban, las miradas se evitaban al amanecer.

Namtara siempre había jurado que, mientras ella respirara,
ninguna de las suyas entraría allí para ser usada.

Pero ahora…
la moral del campamento estaba rota.
La expedición pendía de un hilo.
Los oficiales comenzaban a exigir presencia femenina para “calmar los ánimos”.

Y Namtara sabía que, si no obedecía,
otro lo haría por ella.


---

El reparto cruel

Respiró hondo,
como quien traga veneno para proteger a otras.

—Aruma, irás tú a recoger agua esta noche.
—Samu, tú… a la Carpa Carmesí.
—Yara, aún no. Seguirás bajo mi techo un poco más.

Tres destinos trazados en un solo aliento.
Tres vidas quebradas en un segundo.

Ellas replicaron.
Lloraron.
Suplicaron.

No querían ser una más de las mujeres que cruzaban la cortina carmesí para no volver a mirar a nadie a los ojos.

Namtara las fulminó con la mirada.

—Callad.
Recordad dónde estamos.
Recordad cuál es vuestro lugar.
Aquí ninguna decide nada.
Ni siquiera yo.

Y las palabras se clavaron en sus pechos como piedras calientes.


---

Miriam

Entonces, Namtara alzó la barbilla y señaló a la más silenciosa.

—Tú, Miriam.
Vendrás conmigo.
Te llevaré a la Carpa de los Enfermos.

Miriam, que apenas había alzado la voz en días, se tensó.
Sus ojos reflejaron algo entre miedo y intuición.

Namtara la observó un segundo más de lo necesario.
En Miriam había algo extraño, delicado, casi fuera de lugar.

Miriam no respondió.
Tomó su manto.
Se colocó el pañuelo.
Y caminó detrás de Namtara sin hacer ruido…

Como si ya supiera que esa noche
no era solo un traslado.
Era un punto de cruce en su destino.

***

La Carpa de los Enfermos parecía un vientre oscuro que respiraba dolor.
La lona, hinchada por el viento, se tensaba con un gemido bajo,
como si también ella padeciera la fiebre.

Dhavar alzó la cortina de entrada y pasó dentro.

El olor lo golpeó primero.

Aceite rancio.
Sangre seca.
Sudor pegajoso.
Hierbas quemadas que no habían surtido efecto.
Y un olor metálico, como el de las tormentas que dejan algo roto detrás.

El suelo era un mosaico triste de mantas empapadas.
Los hombres se retorcían sobre ellas como ramas secas doblándose al fuego.

Algunos murmuraban nombres que no pertenecían a ningún soldado.
Otros hablaban con muertos.
Otros pedían agua aunque ya habían bebido hasta el límite permitido.

—Tranquilo… —susurró Dhavar a un joven que temblaba como si la nieve le creciera en los huesos—.
Respira… respira…

Pero el joven no lo oía.

Sus ojos estaban vidriosos.
La piel, tensa como cuero mojado.
Las venas del cuello hinchadas, marcadas como si algo intentara abrirse paso desde dentro.

La fiebre subía rápido.
Demasiado rápido.
Como una bestia impaciente por llegar al cerebro.

Dhavar pasó al siguiente.
Y al siguiente.
Ungüento tras ungüento.
Raíz amarga.
Aceite de mirra.
Compresas frías.
Vino hervido.

Nada funcionaba.

La enfermedad era una sombra sin forma ni frontera.
Una presencia que impregnaba a los enfermos desde dentro,
transformando la carne en un territorio enemigo.

—¿Qué eres? —murmuró Dhavar, inclinándose sobre un hombre
que ya había perdido el sentido—.
¿Qué clase de enemigo se mueve por la sangre… así?

La Carpa respondió con un gemido largo,
sacudida por el viento,
como si el propio desierto hubiese escuchado la pregunta
y preferido no responderla.

***

Dhavar 

En la época del rey Ciro I, los escribas y médicos itinerantes llevaban consigo lo más valioso que podía transportarse sin escolta militar:
un rollo de papiro egipcio, ligero, flexible y resistente al calor seco de las caravanas.

El papiro llegaba por rutas que conectaban el Nilo con Fenicia.
Primero se cortaban las tiras del tallo, luego se prensaban, se secaban,
y finalmente se pulían con piedra lisa para obtener una superficie suave, apta para la escritura.

La tinta, en cambio, era un secreto de cada escriba.
Algunos la hacían con hollín y agua de dátiles;
otros, como Dhavar, mezclaban ceniza fina de cedro,
agua hervida tres veces
y una resina amarga que evitaba que la tinta se corriera en la humedad del desierto.

El instrumento, el cálamo,
era una caña afilada con un corte oblicuo en la punta
que se sumergía en tinta y podía trazar líneas tan precisas
como la hoja de un cuchillo recién afilado.

Escribían de derecha a izquierda,
siguiendo la tradición persa y el influjo de las culturas elamitas y mesopotámicas.

Y bajo la luz temblorosa de un candil,
esas herramientas —papiro, tinta y cálamo—
eran suficientes para desafiar a la muerte
dejando palabras que el viento no podía borrar.


***

Año 5 de la era del monarca de Persia.

Campaña hacia Asharim-Tala.
Informe del día.**

«En nombre de la luz que aún arde sobre estas tierras,
dejo constancia de lo que mis ojos han visto.

El tesoro más preciado en el desierto
no es el oro de los reyes,
ni la plata de los comerciantes,
ni la corona que intenta dominar la arena.

El tesoro verdadero es la sangre,
porque cuando se derrama, jamás regresa.

El tesoro verdadero es la carne,
porque sin ella el espíritu no tiene morada.

El tesoro verdadero es el respeto,
porque quien no respeta al desierto
es devorado por él.

He visto hombres fuertes quebrarse como tallos secos.
He visto jóvenes perder sus nombres en la fiebre.
He visto al viento llevarse los últimos suspiros
de aquellos que creyeron poder desafiar la sed.

Que estas palabras sean memoria y advertencia.
El agua se gana.
La vida se negocia.
Pero el respeto…
el respeto es lo único que puede salvarnos.»


---

En la Carpa de los Enfermos del campamento de Ramir ad Luan,
la pequeña llama del candil iluminaba el rostro cansado de Dhavar.
La sombra de su mano se movía sobre el papiro
como si fuese una criatura que escribiera junto a él.

En ese momento, Dhavar, escucho gemidos…
—otra vez… esto se parece más a una campaña militar en medio de una guerra… parece que estemos luchando contra los dioses…

Pero entonces, algo extraño ocurrió.

Su mano —que tantas veces había suturado heridas,
calmado fiebres,
y devuelto hombres de la muerte—
comenzó a temblar.

No era cansancio.
No era frío.
No era miedo.

Era un temblor profundo,
como si un hilo invisible dentro de él
hubiera empezado a romperse con lentitud.


Un mal sin nombre.
Un desgaste silencioso,
que siglos después tendría estudio y definición,
pero que en aquel tiempo no era más que
tarva:
la niebla del pensamiento.

Una sombra que se comía la memoria
mientras el cuerpo seguía vivo.

Dhavar miró su propia mano temblorosa…
y no la reconoció del todo.

Por primera vez,
el médico temió no solo por sus pacientes,
sino por aquello que estaba empezando a olvidarse dentro de él.
Un nombre que huye.
Un recuerdo que se esconde.
Un pensamiento que se deshace antes de llegar a la lengua.

Dhavar tragó saliva.
El candil tembló con él.

Dhavar:
—…necesito algo que me pueda dar un respiro…


***


La cortina de entrada se movió.
Apenas un sonido, apenas un susurro de tela.
Pero Dhavar levantó la vista.

Una figura se recortó contra la luz de las hogueras:

Namtara.

La mujer tenía los hombros anchos, el rostro endurecido por años de desierto,
y la mirada de quien ha criado hijos
y enterrado a demasiados.

Entró sin pedir permiso
—Namtara nunca pedía permiso—
y cerró la tela de un tirón brusco,
como si quisiera dejar fuera a la arena…
y a los espíritus que rondaban esa parte del campamento.

Traía a alguien consigo.

Una muchacha delgada, ojos grandes, oscuros,
la respiración contenida como si el propio aire la pesara.
Miriam.
Una saqītu en formación.
Una de esas niñas que aún no eran mujeres
pero cargaban tareas de mujeres sin posibilidad de negarse.

Namtara avanzó entre los cuerpos enfermos
con pasos seguros, acostumbrados al sufrimiento ajeno.

—Dhavar —dijo sin saludar—.
Esta niña te ayudará esta noche.

El médico apretó los labios.
Estaba agotado, y su paciencia era ya un hueso sin carne.

—Namtara… no puedo ocuparme de una novata ahora.
No en este estado.

La mujer clavó en él una mirada de piedra.
Una mirada que no se discutía.

—No es una novata —bufó, casi con desprecio—.
Es la única que aún tiene las manos firmes.
Haz con ella lo que debas: limpia, vigila o manda por agua.
Pero úsala bien.

Miriam bajó la cabeza.
No temblaba… pero sus dedos estaban rígidos, tensos,
aferrando su túnica como si fuera lo único que podía sostener.

Dhavar se dio cuenta entonces:

esa niña también tenía miedo.
Pero estaba allí.
De pie.
Sin retroceder.

Una rareza en noches como aquella.

—Ven —dijo Dhavar al fin, señalando una vasija con agua hervida y hierbas—.
Limpia las frentes.
No presiones demasiado.
Solo… baja la fiebre lo suficiente para que no se los lleve tan rápido.

Miriam asintió.
No dijo una palabra.
Tomó la vasija con ambas manos
como si contuviera un alma frágil.

Y empezó a caminar entre los enfermos.

Namtara la siguió con la mirada.
No con cariño.
Con evaluación.
—No la rompas —advirtió con voz seca—.
O te envío con Samu a la Carpa Carmesí.

Después hizo un leve gesto con la cabeza.
Un gesto que no pedía obediencia…
la exigía.

Miriam, obedeció de inmediato.

***
Miriam no sabía por dónde empezar.
El poder de Pyraustes, Las habilidades de la serpiente emplumada Phylax Mir y sobretodo la capacidad de curar y sanar de Mir, le había abandonado al cruzar el umbral de la muerte. Ahora, Miriam ,era mortal. Con pensamientos humanos. Toda sabiduría, se había borrado en un momento. Solo recordaba algunas cosas, lo suficiente para saber qué nada podía hacer para salvar a esos jóvenes que no cesaban de sufrir.
Oh.. tal vez si…

La carpa estaba viva de gemidos, respiraciones rotas y sombras que parecían moverse solas con la fiebre.
El olor la golpeó otra vez: agrio, caliente, metálico…
como si la vida se estuviera evaporando en aquel espacio.

Miró a Dhavar, buscando una indicación.
No la obtuvo.
El médico estaba inclinado sobre un soldado inconsciente,
los labios apretados, la mano temblorosa.

Así que decidió por sí misma.

Si Miriam hubiera nacido como lo hacen los humanos, hubiera aprendido el arte de las Saquitu.

observar primero.
Cada enfermo hablaba un lenguaje distinto:

el que temblaba sin control, con los dientes golpeando como piedras,
era fiebre extrema: podía esperar unos minutos, siempre que no dejara de respirar.

el que vomitaba, ya apenas consciente,
estaba en peligro de deshidratación severa;
había que limpiar su rostro, elevarle la cabeza, evitar que se ahogara en su propio estómago.

el mutilado, el que miraba al vacío,
tenía la mente perdida entre dolor y trauma;
ese necesitaba manos suaves, movimientos lentos,
no por compasión, sino para que su cuerpo no entrara en shock.


Miriam tragó saliva. Tenía miedo. Era una sensación de temor humano.
Tenía apenas dieciséis años.
Pero en aquella carpa no existían las edades. Ni los dioses antiguos, ni si quiera la sabiduría ancestral de la hija del kairos-Theum.

Solo existían los vivos… y los que podían dejar de serlo demasiado pronto.

Atender solo a los que puedan salvarse.
Pero para Miriam, todo ser humano debía de ser salvo. Sin tretas. Sin distinción social.

Respiró hondo.
Necesitaba conectar con ella misma. Con la verdadera Mir humana. Pero dentro de aquella masa de carne y huesos, no había ninguna alma. Solo ella. Una intrusa con una vida que nunca fue la suya.
Miraba al sanador médico.
Este lo miraba a ella seriamente.
Miriam tenía que moverse ahora. Sino quería tener serios problemas…

Cerro los ojos. Intentando encontrar un vínculo de sabiduría que solo los celestiales poseen… pero nada. Nada de nada. Miriam sentía un vacío en su interior tan profundo, que las manos le comenzaron a sudar.

Y entonces….
Alguien le cogió la mano.
Era el médico Dhavar.

***

Dhavar veía a una niña detrás de la buena presentación que había hecho Namtara.
Estaba atendiendo al joven Bobequer, de infantería.

—Doctor… ¿podré volver a ver a mi madre, verdad? —preguntó el muchacho, con voz rota.

¿Cuál era la verdad?
¿Un “no” rotundo?
¿O decirle que la volvería a ver… pero que tendría que olvidarse de su pierna derecha para siempre?

Había una solución.
Una operación tan precisa que, en aquella época, significaba casi una muerte segura.
Pero Dhavar ya lo había hecho en peores ocasiones, y aquella podía ser una manera de sanear la sangre podrida del muslo sin tocar la vena femoral.

Solo era imposible.
Imposible si actuaba solo.

Necesitaba a alguien que no temiera la sangre.
Necesitaba unas manos precisas y firmes, capaces de apretar durante la intervención sin desmayarse.

Miró a Miriam.
Desorientada.
Una niña en medio de un enjambre de enfermedad y pestilencia.

El médico volvió a observarla con detenimiento.
Había algo curioso en ella:
a pesar del hedor y la peste, no se había cubierto la nariz ni la boca con ningún pañuelo.
Todas las saqītu lo hacían por costumbre, por protección, por puro instinto.
Pero ella no.
Y, aun así, no parecía afectada.

No se movía, no retrocedía.
Aguantaba aquella atmósfera sin problema alguno.

Dhavar sintió entonces un presentimiento.

Así que caminó hacia ella.

Miriam había cerrado los ojos un instante para recomponerse cuando sintió que alguien le tomaba la mano.

—Ven… —dijo Dhavar, con voz baja—. Miriam, ¿verdad?

Los dos avanzaron entre los cuerpos enfermos.
Dhavar la llevó a un espacio un poco más amplio, un pequeño claro entre mantas, jarras y trapos.

—¿Ves a ese de allí? —preguntó el médico.

Miriam asintió.

—Límpiale la boca. Humedécele los labios con agua. Solo sorbos, poco a poco.
Luego… ¿ves a ese del otro lado? El que está empapado.
Límpiale el pecho con esta agua mezclada con hierbas. Recuerda: la frente primero… y luego el pecho.
Cuando termines, ve al que está detrás de esa lona, como una cortina.
Cambia los trapos sucios y limpia las saturaciones y los cortes sin tocar directamente la herida.
Después, ponle estas telas limpias debajo.

***

Miriam obedeció en silencio.

Se acercó al primer enfermo:
el joven con la boca reseca y los labios rotos por la fiebre.

Se inclinó con suavidad, como si temiera romperlo.
Humedeció un paño y lo pasó por las comisuras,
limpiando la saliva ácida que irritaba su piel.
Luego acercó el cucharón a sus labios.

—Despacio… —susurró, sin darse cuenta de que hablaba.

El muchacho tragó un sorbo.
Luego otro.
Sus ojos, que estaban nublados, se movieron ligeramente,
como si reconocieran en Miriam algo parecido a la esperanza.

Ella no sonrió.
Pero sintió un calor extraño en el pecho.

Pasó al segundo:
el que estaba empapado, con la piel brillante por la fiebre que hervía desde dentro.

Miriam empapó el paño en la mezcla de hierbas.
Lo pasó por su frente,
lentamente,
como lo hacía Mir con ella cuando era niña…
cuando aún tenía alas invisibles en el alma.

El soldado respiró más despacio.
Las manos dejaron de temblar.

Siguió con el tercero:
detrás de la lona,
entre sombras y susurros delirantes.

Las telas estaban duras por la sangre seca.
Miriam las cambió con un cuidado casi maternal,
elevando un poco el torso del enfermo,
colocando las limpias debajo,
limpiando las costras sin tocar la herida abierta.

Su movimiento tenía algo antiguo,
algo aprendido sin haberlo vivido,
como si la memoria de Mir siguiera guiando sus manos
aunque su poder hubiese desaparecido.

Dhavar, a pocos metros, apenas la miraba.
No tenía tiempo.
Su día estaba lleno de muertes que debía retrasar,
de vidas que intentaba arrancarle al desierto.

Pasaron las horas.
La noche avanzó.
La carpa se volvió un templo silencioso de respiraciones rotas.

Miriam llegó al siguiente enfermo:
un soldado cascarrabias llamado Ardashir,
famoso por insultar incluso mientras dormía.

Ahora no podía ni hablar.
Su pecho subía y bajaba con dificultad.

Miriam sintió un pulso dentro de ella.
Un latido distinto.

Algo despertaba.
Una intuición.
Un impulso.

Ella estaba salvando vidas.
Era su deber.
Su propósito.
Eso creía.

***
Sin pensarlo, colocó las manos sobre el pecho de Ardashir,
igual que hacía cuando ella era Mir, cuando sanaba a mortales, como a seres pequeños como animales del desierto:  
Recordaba el poder del corazón de Ada Dili-Surkh, cuando curo a la madre de la familia de los Tuareg, o cuando sano las llagas del niño Emir, exhausto en medio del desierto y deshidratado… la sensación de que la vida respondía cuando ella la llamaba.

Esperó sentir la luz.
El calor.
La chispa sanadora de Pyraustes.
El legado de Mir.

Esperó.
Esperó.
Esperó…

Pero no ocurrió nada.

Ni un brillo en las palmas.
Ni un murmullo en los huesos.
Ni un temblor de poder bajo la piel.

Nada.
Solo… un vacío antiguo.
Un vacío que dolía más que cualquier herida física.
Un vacío que le recordó, con una violencia insoportable,
que ya no era Mir,
que ya no pertenecía al lugar del que venía,
que ahora no era más que una niña humana intentando hacer el trabajo de un dios.

El cuerpo de Ardashir se arqueó.
Los músculos se tensaron como cuerdas a punto de romperse.
La respiración dejó de ser respiración:
se convirtió en un jadeo roto, en un sonido áspero que anunciaba el final.

Estaba entrando en shock.

—No… no, por favor… —susurró Miriam, presionando su pecho, intentando robarle segundos al destino—. ¡Por favor… por favor!

El soldado convulsionó.
Una vez.
Otra.
La tercera fue más suave, casi un suspiro.

Y después…
nada.

Se apagó como una antorcha sin aceite,
como si alguien hubiera cubierto su alma con un manto oscuro.

El silencio que siguió fue brutal.
Un silencio lleno de miradas.

Porque varios enfermos despiertos la habían visto.
La vieron inclinarse sobre él,
colocar las manos como si fuera a invocar algo…
algo que nunca llegó.

—¿Qué has hecho? —susurró uno con los ojos abiertos de par en par.
—¡La ha matado! ¡Lo habéis visto! —gritó otro, sudando fiebre y miedo.
—No… no ha hecho tal cosa —dijo un tercero—. Simplemente… no ha hecho nada.
—¡No sirves para nada! —escupió otro, con voz rota.

Un soldado, delirante, se incorporó un segundo y murmuró:
—No dejéis que me toque… esa niña trae la muerte en las manos…

Uno escupió al suelo.
Otro apartó la mirada como si Miriam fuese un mal presagio.
Otro se cubrió el rostro como si el verla pudiese contagiarle una desgracia.

Cada palabra era un golpe.
Cada mirada, una herida.
La culpa le cayó encima como una losa,
como si de pronto su pecho se llenara de piedras.

Culpa.
Remordimiento.
Vergüenza.
Temor.

Sintió que todo lo que era —lo que había sido como Mir, lo que intentaba ser como humana—
se rompía dentro de ella.

Se sentía estúpida.
Inútil.
Como si hubiera permitido la muerte.
Como si hubiera abierto las puertas del desierto para que los depredadores entraran y devoraran al hombre ante sus ojos.

El aire se volvió irrespirable.
Sofocante.
La carpa… demasiado pequeña.
Demasiado oscura.
Demasiado llena de acusaciones.

Miriam sintió que el aire la expulsaba de la carpa,
como si las paredes mismas la rechazaran.

Tropezó con una jarra, apartó una manta,
y salió casi corriendo,
con el llanto rompiéndole la garganta antes incluso de alcanzar la noche.

***


Salió sin pensar.
La tela se cerró detrás de ella con un latigazo de viento.

La noche la recibió con un frío seco,
con el murmullo de las hogueras,
con las hienas que, asustadas por su irrupción, retrocedieron entre gruñidos bajos.

Miriam cayó de rodillas en la arena.
Y gritó.

—¡¿Qué me has hecho?! —su voz se quebró como un cántaro viejo—. ¡¿Por qué me trajiste aquí?!

Golpeó el suelo con las manos.
La arena se pegó a sus palmas húmedas de sudor y lágrimas.
Lloraba de rabia…
de impotencia…
de desposesión.

Lloraba como llora alguien a quien le han arrebatado una vida que no era suya,
como llora una semilla que los dioses plantaron en un suelo de cristal:
donde la humedad se evapora,
donde el agua rebota,
donde nada puede echar raíz.

Una semilla condenada a pudrirse en silencio,
cuando podría haber sido un árbol
firme, inmenso,
de frutos tan dulces como la ambrosía.

—¿Por qué me quitaste lo que era mío…?
Devuélveme mi vida…
¿por qué me arrancaste lo que yo era?… —su voz se deshiló en sollozos.

El viento tomó sus palabras y las llevó hacia el vacío.
Hacia la nada.
Nadie podía entender ese dolor:
un dolor condenado a permanecer quieto,
a no ser nada,
a vivir encerrado en un cuerpo mortal en una época donde las mujeres eran propiedad,
eco, sombra,
una voluntad aplastada bajo un mundo hecho por manos de hombres.

—Rabia… —susurró entre respiraciones rotas—.
Rabia que me apagas la sed,
que no me dejas ser…
que me tapas la boca con tus manos cuidadosas para no molestar a quienes crecen…

Pero nadie la escuchaba.
El silencio gobernaba con el sigilo del viento nocturno,
una melena de seda invisible que solo hacía danzar las llamas de las hogueras,
como si una música callada siguiera tocando,
como si la vida —injusta, implacable— continuara su camino sin mirar atrás.

Nadie la escuchaba…
excepto quizá los dioses antiguos.
Y esos, ya no la oían.

Miriam lloró hasta quedarse sin voz.
Hasta que sintió algo posarse sobre sus hombros.
Una manta.

***

El médico estaba allí.
Había salido sin hacer ruido.
Había escuchado más de lo que debía,
pero menos de lo que hacía falta para comprender la verdad.

Se sentó a su lado.
No la tocó más allá de la manta.
No dijo nada durante un buen rato.

Luego habló, con una voz que no usaba con nadie más.

—Sé lo que sientes. He perdido más vidas de las que puedo contar. He fallado tantas veces… que hay noches en que aún oigo sus voces cuando cierro los ojos.

Su mano tembló.
Aquel temblor que escondía,
aquel que anunciaba el mal de la memoria.

—Las personas como tú y como yo… —dijo lentamente—
no tenemos el privilegio de rendirnos.
Si podemos hacer algo, aunque sea pequeño…
tenemos la obligación de hacerlo.

Miró a Miriam, esta vez de verdad.

—Tú has dado agua, calma, alivio y tiempo a muchos hoy.
Un día más de vida puede significar un milagro.
Y tú… has sido ese milagro.

Miriam apretó la manta entre los dedos.

Dhavar concluyó:

—Tal vez no seas un dios.
Tal vez no seas una tamaharet del desierto.
Pero escuchas. Ayudas.
Y actúas.
Eso —señaló el campamento—
salva más vidas que cualquier poder perdido.

Dhavar se levantó.

—No sé de dónde vienes, pequeña…
Estoy seguro de que nunca fuiste una saqītu.
Una portadora de agua jamás habría entrado en la carpa sin un burka o un paño en la boca.
Eres torpe. Como si nunca hubieras cargado peso… ¿A tu edad? Imposible.
Tratas a los enfermos como si fueran ramas secas de un rosal: evitas las espinas, limpias las fisuras con una delicadeza como si la planta sufriera por cortarle lo que no puede alimentar.

En tu acto hay amor, pequeña.
Y si hay algo que las saqītu no poseen, es esa empatía con las cosas pequeñas e insignificantes, esos detalles que pasan desapercibidos.

—No me sirves, niña… —hizo una pausa, y la miró a los ojos—
…para limpiar y retirar orines.
Ven. Te necesito para una tarea.

Cuando entraron dentro, Bobequer estaba desnudo y estirado.
Los instrumentos —muy raros para aquella época— estaban bien posicionados y ordenados por secuencia de uso.

Dhavar señaló:

—Ponte ahí.

Miriam tenía miedo.
¿Qué pretendía aquel hombre que ella hiciera?

Dhavar tomó lo que en el futuro se llamaría escalpelo.
Lo sostuvo un momento y levantó la mano para mostrárselo.
El pulso le temblaba.

—¿Lo ves? Yo no puedo.
Necesito tus manos esta noche.
Necesito que creas en mí…
y que sigas mis palabras, como lo has hecho durante toda la tarde con el resto de los enfermos.

Miriam no entendía del todo.
Pero tomó el bisturí.

En ese instante, pudo sentir cómo su destino cambiaba, otra vez, para siempre.

Dhavar añadió:

—Si logramos salvarlo, te prometo que voy a enseñarte todo cuanto sé.

***

Nemoshyne:


Dicen los antiguos tuaregs del Ténéré que el destino de los hombres es volátil e impredecible,
como los granos de arena que surcan el viento sin dejar rastro.

El individuo sin propósito es solo polvo errante
y se pierde en el inmenso abismo del silencio.

Pero aquel que escucha su corazón
y aprende también el arte de la precisión
inicia un camino de error y aprendizaje:
un diálogo muy antiguo
que consiste en construir al ser celestial que habita en su interior.

El mundo material es el lugar del devenir.
Mientras estamos encarnados,
hacemos, erramos, aprendemos y corregimos.

El mundo inteligible es el lugar del ser.
Después de la muerte,
el alma ya no deviene:
permanece en el estado que ha cultivado.

El alma se lleva consigo la forma que ha adquirido en vida.

Eres lo que decidiste ser.
Eres lo que decidiste tocar.

En las tradiciones órficas
y en muchos textos iniciáticos antiguos,
la vida es una prueba,
el cuerpo es un instrumento,
y el más allá no es un lugar,
sino un estado.

En vida tenemos manos
porque todavía estamos aprendiendo a ser;
cuando ya no las necesitamos,
somos aquello
que las manos nos enseñaron...
...¿No creen?


***

© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.







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