Bruja Piruja. Capitulo 10. Eikon Alatheias, El cuento de los 4 Búhos.



Eikon Aletheias .

“ El búho que no mira.
El búho que no habla.
El búho que no oye.
El búho que no tiene rostro" 

En la persecución del credo sobre las Strix, las auténticas Brujas o sacerdotisas del conocimiento de las sabias antiguas, los asesinatos entre ellas fueron más atroces que la misma sede de la santa inquisición.
Durante el periodo del siglo XVIII, multitud de brujas fueron perseguidas y asesinadas en silencio, mientras el mundo insistía en creer que los gobernantes custodiaban el mundo.

Domina Mantheia ( la verdad revelada) se expresaba en ciertos pasajes de libros de brujería que las mismas ( algunas Strix) Strix comenzaron a seguir de manera oculta dentro del aquelarre Strix. Las hojas malditas eran señaladas por el símbolo de la luna cuarto creciente y un sol de siete rayos.

Durante la gran caza de brujas, las Strix —guardianas de su propia doctrina basada en el equilibrio— consideraron los textos de Mantheia peligrosos.
Porque su sabiduría rozaba lo que ellas llamaban el punto de inversión:

> cuando el poder deja de ser conocimiento y se convierte en creación.



Así, copiar o leer los fragmentos de Mantheia era un acto hereje incluso dentro de la propia hermandad.
Pero hubo algunas Strix que lo hicieron en secreto, convencidas de que Mantheia había alcanzado la comprensión última del universo.
A esas se las llamó las Seguidoras del Sol de Siete Rayos.

Este credo era clandestino.
Sus textos no predicaban adoración, sino imitación del proceso:
la fusión del alma humana con las leyes del cosmos.

Por eso, el símbolo del sol dentro de la luna se convirtió en una advertencia, persecución y muerte.
Las Strix originales servían a la Doctrina del Equilibrio (Synkrasis, Didakandont, Eikón Alētheías).
Para ellas, el universo debía mantenerse en armonía.

Pero el Credo Mantheico enseñaba algo diferente:

“El equilibrio es una prisión. Solo quien lo rompe descubre la forma real de la creación.”



Por eso, dentro de las Strix, las seguidoras de Mantheia fueron consideradas disidentes, apóstatas o incluso peligrosas.
Sin embargo, muchas de sus fórmulas y símbolos sobrevivieron escondidos entre grimorios y tratados alquímicos, disfrazados de notas marginales.

Los siete rayos 
No son simples “poderes” o “virtudes”, sino emanaciones de su conocimiento, los siete aspectos de la fusión entre luz y oscuridad que solo ella logró dominar.


(Traducción del Codex Mantheiae Obscura, folios prohibidos conservados en fragmentos por las Strix errantes)

 “Siete son los Rayos que alimentan al Sol de la Soberana.
Siete son los pasos hacia el poder sin retorno”.



I. La Sangre Recuerda
 “La sangre es vida; en ella duerme la memoria del mundo.”


II. Lo Inofensivo Hiende

“Lo inofensivo es un arma que el sabio blande sin ruido.”

III. El Árbol Asciende
“ Solo en la copa arde el fruto del poder.”

IV. La Soga 

“ La vida es una soga trenzada, entre Destino lineal, el sacrificio voluntario y la transformación reciproca." 

 
V. La Carne se Transmuta

“La materia obedece a quien deja de pertenecerle.”

VI. El Tiempo se Pliega
“Nada ocurre una sola vez.”

VII. El Vacío Reina
 “La oscuridad puede ser dominada.”


                           ( Grimorio de Niska Cree, Strix)


***

Eikon Alatheias
El cuento de los 4 Búhos.

 “¿Cómo se vence al mal?”

Entre montañas cubiertas de niebla había un pueblo que no aparecía en los mapas.
Los pastores decían que allí el aire pesaba, que los perros no ladraban,
y que las sombras no esperaban al anochecer para moverse.

En lo profundo de los Cárpatos, ese pueblo maldito aguardaba.
Quien entraba en él, no volvía jamás.

Las Strix, al llegar a los trece años, debían afrontar la Prueba del Umbral —la ceremonia que marcaba su paso de aprendices a guardianas del bosque.
Aquel año, la sacerdotisa llevó consigo a cuatro jóvenes.
Esa sería su prueba final:
pasar una noche en el lugar donde el mal dormía.

Cuando llegaron, el viento no soplaba, pero las campanas sonaban igual.
Las casas parecían vacías, aunque se escuchaba una respiración leve en los marcos de las puertas.
El mal no tenía forma, ni rostro, ni nombre;
pues el tiempo allí era esclavo de los condenados.

Cruzaron un puente de piedra donde la niebla era el río,
y el otro lado, una cortina de humo translúcido.
El miedo se les caló en los huesos a aquellas niñas asustadas.

Llegaron a una fuente sin agua.
Al tocar el borde, las gotas que caían del cielo se detuvieron.
Caminaron por callejuelas estrechas,
y en cada fuente que pasaban, el agua dejaba de fluir.
Solo cuando alcanzaron la pequeña plazoleta en lo alto del pueblo,
una fuente seguía brotando.

La sacerdotisa se detuvo y dijo:
—Pasaremos la noche aquí.


Entraron en una casa sucia, abandonada, con el aire pesado.
El silencio era tan espeso que casi podía tocarse.

—El mejor ataque —dijo la sacerdotisa— es una buena defensa.
La Gran Madre nos enseñó el arte de la servidumbre:
ser gentil con los demás,
y tratarlos como te gustaría que te trataran a ti.
“Quien domina su interior, domina su destino.”

Las muchachas se pusieron a trabajar.
Una tomó la escoba, otra despejó el comedor;
las demás rompieron la madera vieja para encender fuego.

Cuando la primera llama se alzó, la sacerdotisa habló de nuevo:

—No existe el bien ni el mal.
La energía es como una gota que cae en un cuenco lleno de agua.
Al agua no le importa si eres depredador o presa;
el agua da de beber a ambos.

Hizo una pausa, y su mirada se posó en el fuego recién nacido.

—Pero si lo que buscamos es no tener miedo... —dijo mientras encendía una yesca—
...entonces debemos asegurarnos de que este lugar esté gobernado por la luz.

El fuego crepitó, y por un instante, las sombras retrocedieron.

“Y con el calor, resurge el hogar.”

***


A menudo olvidamos que los años no perdonan a quien los carga durante demasiado tiempo.
Llega un instante en que los recuerdos y las verdades se vuelven difusos,
se adormecen como hojas bajo la nieve.

Lo mismo ocurre con las casas encantadas.
No están malditas: están cansadas.
Son el reflejo de una energía emocional mal encauzada,
asfixiada,
que ansía ser liberada.

Pero antes…
debe ser escuchada, sentida y comprendida.


Cuando el cansancio doblegó los párpados de las aprendices en plena madrugada,
el pueblo despertó por completo.

Las sombras se alzaron, hambrientas de emociones —el único elixir que los vivos pueden ofrecer a los que perdieron toda esperanza.

Las ventanas golpeaban solas.
Las puertas se abrían y cerraban como si respiraran.
Y en los pasillos, pasos de niños resonaban sin cuerpo.

La sacerdotisa, ya despierta, observó cómo las demás se incorporaban,
los ojos abiertos por el miedo.

> —Parece que la calma perturba la energía de este lugar…
El hambre reclama su tributo, y aquí hay suficiente para saciar su ansiedad.



Se volvió hacia ellas con voz firme:

> —Tú y tú, id al cobertizo y traed leña para un fuego más vivo.
El resto, reforzad las puertas con los muebles viejos.
Si al mal no lo invitas a entrar, no tiene motivos para quedarse.



Cuando el fuego volvió a encenderse, su luz osciló sobre los muros agrietados.
El aire pareció calmarse, pero el miedo seguía dentro de ellas.

Entonces la sacerdotisa pronunció la orden:

> —Coged madera, hijas mías, y tallad un tótem.
La temática será una sola: cómo vencer al mal.
Al alba, hablaremos de los resultados.




---

La noche se estiró como un hilo tenso entre el miedo y la creación.
Afuera, los pasos seguían.
Dentro, las cuchillas rozaban la madera en silencio.
El mal aguardaba,
pero las manos ya habían empezado a transformarlo.”

Trabajar entre cosas que se movían y susurros en la noche era toda una tarea.
Las niñas, con las manos temblorosas y las uñas ennegrecidas por el hollín,
seguían tallando bajo la luz vacilante del fuego.

A su alrededor, el aire se llenó de murmullos rotos, como si el viento hablara en voces humanas.
De las esquinas brotaban sombras con forma de manos,
largos dedos de niebla que intentaban sujetar sus brazos o torcerles el cuello,
pero al rozarlas se deshacían en humo.

Entre los tablones rotos de las paredes,
aparecían ojos encendidos, del color del hierro al rojo vivo.
Eran ojos de bestias sin cuerpo,
que las observaban desde detrás de las zarzas y de los cristales rotos.
A veces, los veían parpadear y desaparecer,
como si estuvieran dentro de la madera, mirando desde el otro lado.

Una de las aprendices gritó cuando una silla salió despedida contra la pared.
Otra vio cómo los cubiertos se alzaban del suelo,
flotando unos instantes antes de lanzarse hacia ellas
como si una fuerza invisible jugara a la guerra.

El miedo era un animal, y estaba aprendiendo a hablar con su voz.

Pero la sacerdotisa, sentada en silencio junto al fuego, no se movía.
Su rostro permanecía sereno,
sus ojos fijos en la llama que danzaba dentro del cuenco de arcilla.
Era como si ella estuviera mirando algo más allá del miedo,
como si supiera que lo que estaba ocurriendo
no era un ataque, sino una lección.

> —Queridas y futuras Strix —dijo al fin, sin levantar la voz—,
no dejéis que os manipulen con trucos de feria barata.
El mal es torpe cuando no lo miras.
Concentrad vuestros pensamientos,
mantened la mente en la tarea y el corazón en la calma.
Recordad: lo que se mueve fuera, se alimenta de lo que tiembla dentro.



Las niñas respiraron con fuerza.
Una a una, fueron retomando su labor.
Las cuchillas siguieron raspando la madera.
El sonido del metal contra el roble se mezcló con los gemidos de la casa,
y poco a poco, el miedo empezó a confundirse con el trabajo.

La oscuridad, al ver que no lograba distraerlas, se impacientó.
Las sombras golpeaban los muros con furia,
los vidrios estallaban sin motivo,
y una voz profunda —más vieja que la montaña— rugía desde los cimientos.
Pero la sacerdotisa no cedió.
Solo levantó la mano y pronunció en voz baja una frase olvidada en el idioma de las Strix:

> “Quien habita en el centro del silencio,
no puede ser alcanzado por el eco del miedo.”



Entonces, la tormenta espiritual comenzó a desvanecerse.
El fuego crepitó con fuerza por última vez.
Y fuera, el cielo empezó a tornarse gris pálido.

Con los primeros hilos del alba,
los fantasmas retrocedieron,
como si la luz los recordara a sí mismos.
Volvieron a hundirse en los objetos que los contenían:
en las grietas del muro,
en los retratos carcomidos,
en la porcelana rota,
en las maderas hinchadas por el tiempo.

Los espíritus malditos regresaron a su sueño mineral.
Las figuras que antes se agitaban quedaron inmóviles,
reducidas a polvo y eco.

El pueblo, que durante siglos había respirado con la angustia de sus muertos,
se volvió a quedar quieto.
Solo se oía el crujido del fuego y el ritmo constante de las cuchillas,
tallando la última forma del miedo.

Y así,
la noche se rindió.

***

El Amanecer y la Verdad

El primer rayo de sol se filtró entre las rendijas del techo, y con él, el silencio.
El pueblo, agotado de su propia pesadilla, dormía otra vez bajo la luz.
Solo quedaban las muchachas, el fuego y las figuras que habían tallado con las manos entumecidas.

La sacerdotisa se incorporó lentamente.
Su sombra se alargó sobre las paredes, dibujando la silueta del búho grabado en su amuleto.
Sus ojos —profundos como pozos antiguos— miraban una a una a sus aprendices.

> —Novicias —dijo con voz firme—,
presentad lo que habéis trabajado en toda la noche.



Las cuatro muchachas se miraron entre sí.
El cansancio les temblaba en los brazos,
pero también había orgullo en sus miradas.
Dieron un paso al frente, con las figuras de madera aún tibias por el roce de sus dedos.

La primera habló, apenas conteniendo la emoción.

> —Yo he creado un ser con las orejas cubiertas.
Porque quien no oye el mal puede seguir su camino sin perturbar su paz.
Si el mal susurra y tú no escuchas, su voz se apaga.



La sacerdotisa asintió en silencio.

La segunda levantó su figura.

> —El mío no tiene ojos.
Si no ves el mal, no puede alcanzarte.
La ignorancia, a veces, es una forma de descanso.
Si no lo miras, no existe.



La tercera, de rostro pálido por la falta de sueño, habló con voz baja:

> —El mío tiene la boca sellada.
Porque si el mal no se nombra, no puede crecer.
El silencio es un muro más alto que cualquier exorcismo.



La sacerdotisa entrecerró los ojos.

La cuarta permaneció en silencio más tiempo que las demás.
Cuando habló, su voz era temblorosa,
como si temiera pronunciar algo que no comprendía del todo.

> —Yo hice un ser sin ojos, ni boca, ni oídos.
Sin sentidos.
Porque si nunca hubiéramos entrado aquí,
el mal no habría tenido poder sobre nosotras.
Tal vez la única defensa es no existir ante él.



Un largo silencio siguió a sus palabras.
El fuego chisporroteó una última vez.

La sacerdotisa recorrió con la mirada las cuatro figuras.
Luego habló, sin levantar el tono,
pero con una calma que helaba el aire.

> —Toda la noche habéis creído tallar madera —dijo—,
pero lo que habéis tallado es vuestro propio miedo.
Cada golpe de cuchillo fue un pensamiento,
cada astilla que cayó al suelo fue una idea que aprendió a morir.


Caminó hacia la puerta, mirando el amanecer a través de la neblina.
Por un momento, la luz parecía limpiar las paredes, borrar el peso de la noche.
Pero al girarse, una sonrisa extraña se dibujó en su rostro —una sonrisa tensa, antinatural, demasiado lenta para ser humana.

Las novicias se miraron entre sí, exhaustas, esperando oír las palabras que marcarían el fin de la prueba.
“Ya podemos irnos”, pensaban.
Pero nada de eso ocurrió.

> —Lo siento, hijas mías… —dijo la sacerdotisa, sin volverse del todo—.
Pero todas conocéis la maldición de este lugar.
Nadie que entra en él… puede salir.



La voz sonó hueca, como si hablara desde dentro de un pozo.
Las muchachas dieron un paso atrás.
Una dejó caer el tótem que tenía entre las manos.
El aire cambió: lo que antes era amanecer se volvió gris plomizo, pesado, con olor a tierra húmeda y hierro.

La cuarta aprendiz fue la primera en comprender.
No dijo nada. Solo miró alrededor y notó algo que las demás no habían percibido:
el suelo estaba lleno de marcas, huellas viejas de pasos pequeños, demasiado regulares para ser de animales.
Había más cuerpos antes de ellas.

La muchacha se inclinó sobre el tótem caído.
No eran simples figuras talladas; durante la noche, las habían unido con resina de árbol y ensamblado entre sí con un machihembrado firme, el mismo que los carpinteros del norte del Rin usaban para las vigas de los templos antiguos.
Cada pieza encajaba con precisión, como si hubieran sido pensadas para formar un solo cuerpo.
El Tótem de los Cuatro Búhos.

Mientras lo sostenía entre sus brazos, la sacerdotisa giró finalmente hacia ellas.
Sus ojos ya no eran humanos: dos círculos opacos, como lunas eclipsadas.
Su piel se tensó, agrietándose como madera vieja;
de su boca salió un aliento oscuro que olía a tierra y a tumba.

> —¿Tú… no eres una de nosotras? —susurró la primera, retrocediendo.
—Siempre me pregunté —dijo otra, temblando— por qué este pueblo seguía maldito…
—¡Strigae! —gritó la tercera, justo antes de que la sombra la envolviera.



El grito se perdió en la niebla.

La cuarta corrió.
Saltó sobre una mesa caída, rompió la ventana con el codo y salió al aire frío del amanecer.
Detrás de ella, la casa vibraba como si respirara.
La niebla se alzaba como cortinas vivas, y dentro de ellas, la silueta de la sacerdotisa —ahora transformada en algo híbrido, mitad humana, mitad bestia alada— la observaba sonriendo.

> —No puedes salir —dijo la Strigae, con una voz doble, como si hablasen dos bocas a la vez.



La muchacha apretó el tótem contra su pecho y siguió corriendo.
Las calles se torcían sobre sí mismas; los tejados parecían inclinarse para cerrarle el paso.
De los muros salían manos de sombra, largas, viscosas, que trataban de atraparla.
Pero ella no se detuvo.

Corrió hasta el puente de piedra, el mismo que había cruzado al llegar.
 
La cuarta niña corrió hasta alcanzar la mitad del puente de piedra.
Solo un poco más, pensó, solo un esfuerzo más y saldría de aquel lugar maldito.

Pero la sacerdotisa, transformada en Strigae, emergió de la niebla unos metros más adelante, bloqueando el paso.

 —No puedes salir —dijo, con una sonrisa que no era humana.



La niña retrocedió un paso, luego otro.
Detrás de ella, las sombras se agolpaban: espectros de formas quebradas, rostros torcidos por el hambre de lo que una vez fueron.
El puente entero crujía bajo sus pies.

Estaba atrapada:
delante, una bruja antigua con un poder sobrenatural;
detrás, una multitud de espíritus sedientos de vida;
debajo, un abismo de veinte metros que la invitaba al olvido.

Con un grito, la niña lanzó el tótem hacia la Strigae.
El objeto la atravesó sin resistencia, disipándose entre la niebla como si nunca hubiera existido.
El eco del golpe se perdió en la nada.

Solo quedaba una salida.

Miró el cuchillo que aún llevaba, el mismo con el que había tallado la madera.
Lo sostuvo entre las manos con firmeza, como si fuera su última salvación.

> —¿Cómo confrontar al mal…? —susurró.

El mundo se volvió negro.

***

Dicen que en el siglo VI, en la Roma bizantina, las Strix recibieron a una niña con el don más puro. La llamaron Alatheias: la sorda, la muda,
y la ciega.

La única Strix que confrontó a la suprema de las brujas, Domina Mantehia. 


***

© 2026 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.
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