Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII


Nemoshyne:
"Metanoia "

Es una forma de pensamiento que renace desde el caos.
Una revolución interior.
El instante en que, tras una experiencia intensa,
una persona despierta y ve el mundo de otra manera.

Es el sacrificio por un bien común,
donde el ser abraza el dolor, lo acepta.
Acata su horrible destino.

Uno de los actos más antiguos del alma.
Muy parecido a amar de verdad a alguien:
con sus defectos, con sus virtudes,
con todo lo que ese otro ser representa.

Y aun así, ser rechazado.
Amonestado.
Señalado como una monstruosidad.
Apartado de la sociedad
por considerarse indigno o indigna
de coexistir con el resto.


Este sacrificio
solo se vuelve transformación
si se honra.
Si se abraza.
Si sigue amando,
apartando todo tipo de odio o rencor.

La aceptación de la circunstancia,
sin miedo.
Sin venganza.
Sin remordimiento.

Solo entonces el alma
adquiere otra vibración.


Pandora confrontó al titán más coloso del tiempo: Kronos.
Y perdió.

Pero su estela encendió el pensamiento filosófico del Kairós-Theum:
el instante sagrado en el que lo imposible se vuelve posible.

> "Incluso el más frágil puede cambiar las cosas."

Cuando Kuore se quitó el corazón…
cuando lo sostuvo entre sus manos temblorosas
y se lo entregó a los moribundos del Hades…
se quedó vacía.

Y ese vacío…
no se puede disimular.

No se llena con frases bonitas.
Ni con nuevas promesas.
Ni con rutinas que distraen.
Ni siquiera con mundos mágicos.
Ni con promesas por cumplir.

El vacío es la posibilidad.
El umbral.

Es la grieta por donde se cuela la luz.
Es la puerta del renacimiento.
Es el silencio necesario para escucharse por primera vez.

Sentirse vacío no es el final.
Es el inicio de una verdad más íntima.
Más honesta.
Más libre.

Es el anuncio de una nueva versión de uno mismo:
más auténtica.
Más madura.
Más sabia.

***

Pero no solo los mortales sufren la metamorfosis del alma.
No solo los humanos conocen el peso del vacío… También los dioses, cuando cruzan los límites de su propósito, cuando desafían las leyes del tiempo y del destino, se enfrentan a su propia Metanoia.

Porque incluso el más poderoso…
en algún momento duda.
Y para encontrar las respuestas adecuadas más allá de lo permitido, de cambiar drásticamente para sumergirse en los lugares más oscuros la tierra. 

Fue entonces, cuando la historia cambió su curso. Cuando uno de ellos descendió…no por deber, sino por miedo.

Y así comienza esta otra historia. Un dios que se disfrazó para preguntar lo que temía escuchar.

***


Hay un lugar en el mundo... donde incluso los dioses contuvieron el aliento.
Algunos lo llaman “ el Tártaro” del océano.
Es un pliegue.
Una grieta.
En las profundidades de las fosas de las Marianas, hay algo imposible:
una burbuja de aire, atrapada bajo kilómetros de océano,
donde ni la presión más abismal puede entrar.
Un lugar sin tiempo.
Sin gravedad.
Sin dios.

Los antiguos la llamaban Eurýchoros,
el Espacio Ancho,
donde no hay arriba ni abajo,
donde lo que entra… y nada sale.

Allí viven “las Moiras”, las que tejen la vida de los dioses. Las que dictan el destino de Zeus, de Poseidón, de Hades…. y de todos los Olímpicos.

No son mujeres.
No son humanas.
No tienen ojos.
Ni carne.
Solo patas largas, de marfil, que danzan sobre hilos de oro negro.

Son Arañas del Principio, suspendidas en la cúpula de esa cámara hueca, como si el universo se hubiese quedado sin suelo.

Y fue allí donde Zeus descendió.
No como rey.
No como dios.
Sino como impostor.

Drogó a su hermano con vino de Dioniso,
le robó el tridente, y descendió con su forma y su nombre al averno de los inmortales.

****


Los antiguos la llamaban Eurýchoros,
el Espacio Ancho,
donde no hay arriba ni abajo,
donde lo que entra… y nada sale.

Allí viven “ las Nephelys “(“las Moiras”), las que tejen la vida de los dioses. Las que dictan el destino de Zeus, de Poseidón, de Hades…. y de todos los Olímpicos.



Nemoshyne:

> Mucho antes de que Zeus alzara su rayo,
mucho antes de que los nombres de los dioses fueran invocados por los mortales,
existieron aquellas que no tenían rostro ni voz:
las Nephelys, tejedoras del destino divino.

No eran hijas de Gaia ni de Uranos.
No nacieron del amor ni del odio, sino del error del Chaos.
Cuando el universo aún era un murmullo sin forma,
y los primeros dioses —los Ael.los y los Thymon— despertaron como pensamiento y fuerza,
el Chaos, temeroso de perder el control, dio a luz a Kronos.
Y Kronos, en su voluntad de contener el tiempo de los inmortales,
forjó a las Nephelys con hilos de oro puro y aliento vital.

Ellas no tejían el destino de los hombres,
pues esa era labor de las Moiras.
Ellas tejían el de los dioses:
inmortales de cuerpo, pero limitados por las decisiones que hilaban estas entidades sin nombre.

Pero cuando Pandora, una Thymon, se rebeló contra Kronos,
negándose a vivir atada a un hilo que no había elegido,
nació un pensamiento prohibido:
el Kairos-Theum, la filosofía del instante divino,
en la que incluso un dios podía cambiar su destino si encontraba su verdadero propósito.

Las Nephelys fueron acusadas de haber permitido esa grieta en el telar eterno.
Y por ello fueron perseguidas por los titanes, los dioses del caos y el mismo Kronos.

La guerra estalló.
Y en medio del conflicto, Ada, el artista inmortal, se quebró.
Su caída no fue física, sino espiritual.
Su corazón contaminado de dolor y duda se disolvió en el mundo,
y en el lugar donde su esencia tocó la tierra,
nació la Laguna Estigia.

Las Nephelys lo vieron todo.
Y entendieron que ni siquiera los inmortales estaban libres del dolor de existir.
Comprendieron que el destino no podía ser una línea recta.
Y que incluso los dioses debían ser libres… o perecer en su propia eternidad.

Por ese pensamiento, por esa grieta que permitió el libre albedrío entre los dioses,
las Nephelys fueron desterradas al rincón más profundo de la creación:
el reino de Néfel, en el corazón de las Fosas de las Marianas,
donde el Tártaro se funde con el agua oscura del universo.

Pero para comprender esto, antes debo relataros qué es el Códex Nepherion.

***
Códex Nepherion 


En la antigüedad perdida, los dioses llamaban a ese abismo acuático:

“Néphél-Ahna”,
la hondonada de las tejedoras del destino.

En lengua sagrada, Néphél significaba hilo divino sumergido,
y Ahna era el susurro de lo que no puede volver.

Con el paso de los siglos, los navegantes del Mediterráneo confundieron el eco de esa palabra con los relatos de una diosa madre olvidada:
Mari-Ahna,
una figura de las profundidades marinas a la que se ofrecían plegarias para evitar tormentas.

De Néphél-Ahna
nació la deformación fonética:
“Marianas”.

Y así, lo que el mundo llama Fosas de las Marianas
no es sino el nombre velado de un lugar sagrado:
el reino oculto de las Nephelys,
tejedoras del destino de los dioses.


---

Mucho antes de que el códex fuese sellado,
cuando los Titanes aún esparcían el caos sobre la tierra,
Ada —a quien los hombres más tarde llamarían Hades—
se negó a levantar la espada contra sus enemigos.

No por cobardía, sino por compasión.

Mientras los dioses planeaban la guerra contra los Titanes,
Ada descendió al mundo mortal
y protegió en secreto a los humanos,
creando para ellos refugios subterráneos,
cavernas sagradas
donde ni los Titanes ni sus bestias podían entrar.

Pero Kronos, el señor del tiempo,
no toleraba que nada escapara a su dominio.

Y al descubrir que los mortales comenzaban a vivir sin miedo,
envió sobre ellos un castigo invisible:
una enfermedad del alma,
una desaparición sin rastro.

No era muerte.
No era sueño.
Era la desintegración del tiempo en los cuerpos humanos.

Ada, desesperado, comprendió que debía romper el equilibrio.

Y entonces creó un lugar.

Un lugar maravilloso,
fuera del tiempo y del dolor,
donde las almas, grandes y pequeñas, pudieran descansar sin ser tocadas por el miedo.
Lo llamó Adara:
un santuario sagrado donde la existencia era memoria pura.

Pero Kronos, al descubrir ese acto de desafío,
envió a Tifón,
el devorador de forma y espíritu,
para destruirlo todo.

Ada se enfrentó a él.

Y en esa batalla imposible,
Tifón hirió mortalmente al dios compasivo.

Su cuerpo cayó.
Pero su eidolon —el espíritu imperecedero que habita en los dioses—
emergió, puro y sin tiempo.

Y entonces ocurrió algo que jamás había pasado.

Las Nephelys,
antiguamente conocidas como las Moiras,
las primeras tejedoras del destino de los dioses,
observaron en silencio el acto de Ada.

Un dios dispuesto a morir por los mortales.
Un dios que desafiaba las leyes del Olimpo y del Tártaro.
Un dios diferente.

Y en secreto, tejieron un hilo.
No de oro,
sino de aurelen,
la sustancia sagrada anterior a la luz.

Con ese hilo invisible,
ataron el eidolon de Ada al equilibrio del universo,
y le otorgaron la fuerza para hacer lo impensable:

Confrontar a Tifón.
Confrontar a Kronos.

Y en esa grieta del tiempo,
donde ya nada tenía forma ni nombre,
el eidolon de Ada pronunció el primer decreto del Códex Nepherion:


---

“Anábasis”

No era cielo.
Tampoco infierno.
Era un lugar entre ambos.
Un umbral. Un reflejo.

Anábasis no tenía muros ni puertas,
pero toda alma que llegaba allí
debía atravesarse a sí misma.

No había guardianes.
No había castigo.
Solo el eco de lo que uno fue.

Las sombras caminaban junto a las luces,
como si siempre hubieran sido parte de la misma silueta.
Los susurros del pasado flotaban en el aire,
sin juzgar, sin olvidar.

Allí el tiempo no avanzaba.
Se plegaba.
Se repetía hasta que el alma decidiera en qué forma quería permanecer.

Había quienes veían campos de flores.
Otros, un abismo de espejos rotos.
Y había quienes no veían nada,
hasta que decidían mirar.

Porque eso era Anábasis:
la tierra donde cada alma se encontraba consigo misma
y, por fin, podía decidir
quién deseaba ser…
por toda la eternidad.


---

Los mortales, dioses y titanes del bien
escogieron el amor, la verdad y el perdón.
Y las maravillas iluminaron la oscuridad eterna.

Los mortales, dioses y titanes del mal
escogieron la negación, el odio, la ira, la soberbia y el ego.
Y un agujero de sombra se abrió,
y todos fueron arrastrados a él.

Ese abismo sería llamado el Tártaro.

Y entonces las Nephelys comenzaron a tener sentido.
Ahora había un propósito:
tejer no con hilo de oro ni del destino,
sino con el material sagrado con el que fue creado el eidolon de Ada: “Aurelen”.

Desde entonces,
todo ser que deja el mundo de los vivos
tiene otro propósito en el Hades:
el destino del Anábasis,
el destino del alma.

Este es el Códex Nepherion.
El secreto que ni los dioses olímpicos conocían.
Hasta ahora…

***
Allí, olvidadas por todos excepto por el tiempo,
las Nephelys vigilan los hilos divinos que ya nadie se atreve a recordar.
Allí espera Zeus,
con el tridente de Poseidón en una mano
y la cazaca de plumas del ave sagrada sobre los hombros,
porque sabe que, si quiere entender su papel en el cosmos,
deberá bajar a donde ni la luz del Olimpo alcanza.

***Las Nephelys***

Las aguas se rasgan como un velo. Una figura majestuosa se sumerge con violencia en la oscuridad del océano. Su tridente lanza destellos. Su porte es imponente, coronado de algas y conchas. Es Poseidón, dios de los mares…
…o al menos, eso pretende ser.

Pero bajo las escamas y la corona de coral, su esencia traiciona su disfraz.
No hay sal en su aliento. No hay marea en su pecho.
Solo rayos ocultos, silenciados por el disfraz.


---

POSEIDÓN (Zeus disfrazado) (voz solemne)
—He descendido a este abismo por voluntad propia.
He cruzado dominios donde ni los dioses se atreven a mirar.
Vengo a consultar el destino.

---

Todo se detiene.
La presión del océano desaparece.
No hay más fondo. No hay más gravedad.
El dios cae.

Un remolino de sombras lo engulle. Su cuerpo es arrojado como una piedra. Hasta que… una gigantesca telaraña traslúcida surge de la penumbra y lo detiene con violencia.
Es tensa, inmóvil, como si fuera un fragmento congelado del tiempo.

Un sonido se arrastra por los bordes de la red: el roce de patas duras, húmedas, un coro de crujidos y clics.
La sinfonía de los arácnidos del Tártaro.


---

VOZ 1 (etérea y resonante.)
—¿Un dios ha caído en la trampa…
…o solo un eco mal disfrazado?

Desde lo alto desciende una figura. Primero es una silueta blanca. Luego se revela: torso de mujer luminosa, mirada lechosa, y bajo su cintura… un cuerpo arácnido inmenso, cuyos filamentos se extienden por toda la red.

NEPHÉLY 1 – LIRA
—No hueles a sal.
Ni traes contigo la voz del océano.
Tu esencia… chispea.

(Lira roza un hilo con sus dedos. El hilo emite un pequeño resplandor eléctrico, casi un susurro de trueno atrapado.)

POSEIDÓN (recobrando compostura)
—¿Así recibís a los dioses que buscan respuestas?
He venido con respeto.
Mi intención es comprender lo que se avecina para los nuestros.


LIRA (mirando con lástima y burla al mismo tiempo)
—¿Respuestas?
Deberías comenzar por hacer la pregunta correcta.

***

Las tres criaturas se deslizan lentamente sobre la telaraña como sombras líquidas. Sus ojos, sin pupilas, lo observan como si ya conocieran su final.

NEPHÉLY 1 – LIRA(con voz suave y antigua, como un eco desde antes del tiempo)
—Qué raro…
Un olímpico…
y no conoce la historia del comienzo.

“ En el principio la oscuridad lo gobernaba todo…

Un vacío sin tiempo, sin dirección.
Un soplo celestial.
Un instante.
Un eco suspendido en la inmensidad…

( El arácnido sigue hablando y se acerca sigilosamente mientras Poseidón ( Zeus) intenta despegarse de la trampa mortal. Ahora casi puede tocarlo…pero no lo hace…)

NEPHÉLY 1 – LIRA:
“...Chaos gobernaba el universo: 
infinito, majestuoso, sin forma ni rostro.
Un abismo suspendido entre lo que nunca fue y lo que jamás será…. y sin embargo, existió, existe y seguirá existiendo….
Y fue ahí,
en ese orden perfecto,
donde ocurrió lo improbable….
…Una hebra que se escapó del telar cósmico.

( La Nephely le rodea saboreando la esencia esquisita que tiene ante su paladar. Mientras habla, quiere tocar los músculos del pecho, y de los brazos con sus manos de dedos alargados como agujas de costura. Ella sabe que solamente con rozarlo, por muy inmortal que fuera, lo acabaría desangrando como a un lechón. Por eso “quiere “, pero no puede tocar…)

NEPHÉLY 1 – LIRA
….Y ….entonces surgió lo grande… y lo pequeño…Lo que todo lo sabía, y lo que nada comprendía…
….El maestro y el aprendiz…
….La verdad y la mentira….
…La luz… y la sombra…

Otra aparece por la parte de abajo. Como si de un espectro que surge del lecho y crece oculta entre las sábanas de un cómodo lecho de satén, pero en vez de sábanas de seda son telas de araña.

NEPHÉLY 3 – ERIS:

….y con la rebelión de los grandes…nosotras fuimos despojadas de nuestra labor.

( La seda cae y revela un rostro femenino muy seductor. Ella se aproxima lentamente acercándose al abdomen de Poseidón si apoyar sus patas afiliadas en sus escamas. Se acerca, lentamente. Seductora….)

…Amonestadas. Discriminadas. Repudiadas y confinadas al lugar más oscuro del universo. Donde el silencio impera y la soledad es la anfitriona de un mundo solitario. Una errante en el gran firmamento. Sin propósito. Ni destino….

( Está llega a tocarle la barba. Incluso saca su lengua bífida para captar la esencia del extrañadado sabor de la carne de los celestiales…)

NEPHÉLY 3 – ERIS: ( sus ojos eran el reflejo de la nada) …hasta que finalmente acatamos servir a los Olímpicos…



NEPHÉLY 2 – CHORA (moviéndose por la parte superior de la red, dejando caer hilos brillantes desde sus patas)
—Tampoco conoce el destino de caer en nuestra red. ( Dice mientras se posiciona en la parte de atrás de Poseidón. Y en voz baja le susurra al oído…)
—¿No te enseñaron en el Olimpo a no jugar con lo que no puedes comprender?


NEPHÉLY 3 – ERIS (relamiéndose con una sonrisa torcida)
—Tengo hambre…
Y hace mucho que no pruebo el sabor de un olímpico.
Dicen que los dioses del trueno crujen por dentro.


POSEIDÓN (Zeus, tenso, pero aún arrogante)
—¡Soy vuestro rey y vuestro anfitrión!
Comportaos como dicta la jerarquía de los inmortales…
…o probaréis el filo de mi furia divina.


---

(Por un instante, todo queda en silencio… ellas hablan un idioma extraño. Chismes. …y luego, una carcajada. Primero una. Luego dos. Luego las tres.
Una risa que no tiene compasión.
Una risa que no teme ni al trueno, ni al mar, ni a los nombres sagrados.)


LAS TRES NÉPHEL (hablando a la vez, en un coro armonioso y cruel)
—¡Es cierto!
No lo sabe.

ERIS (más cerca, con una mirada gélida)
—Estúpido, engreído, insensato…



CHORA (dando vueltas en círculo sobre la red)
—Aquí no hay tronos.
Aquí no hay reyes. Nuestro palacio? La trampa!. Nuestra corona? El hambre! Y nuestros súbditos? El edor a muerte!

( Las tres hablan. Juegan moviéndose por encima, por debajo…caprichosas ante un elogio ofrecido por el mismo kronos. Un presente que esperan antes de catar la deliciosa carne de un celestial)

LIRA (alzando la voz con fuerza luminosa)
—¡Nephel es nuestra casa!
Y aquí, las normas se acatan tras caer al abismo.


---

(Los hilos se tensan como cuerdas vivas. Se iluminan débilmente con destellos de otras almas atrapadas, otras voces, otros dioses quizás. En esta red, incluso los inmortales son vulnerables.)

CHORA (deteniéndose frente a él)
—¿De verdad creíste que podías entrar aquí sin pagar un precio?

ERIS
—Has descendido buscando respuestas… estúpido! Insensato! Que quiere un Dios del destino de los condenados?

Poseidón (Zeus):
(Gira la cabeza, con dificultad. Traga saliva. Y finalmente lo dice.)

—Necesito saber.
Necesito… encontrar a una reina.
Una futura reina.
Una que pueda ser escogida.

(Silencio. Como si el mar mismo contuviera el aliento.
Las Néphélys se detienen al instante.)


CHORA (abriendo mucho los ojos, como si acabara de oír un disparate cósmico)
—¿Lo ha dicho… en serio?

ERIS (tapándose la boca como si no pudiera contener la risa)
—¡Busca una reina!
¡Una futura reina!
¡Entre los escombros del destino!


LIRA (con sonrisa contenida, girando lentamente en su eje)
—No lo sabe.
De verdad…
no lo sabe.

CHORA
—¿No conoce el destino de los olímpicos?

ERIS
—¿No sabe que no hay corona?
¿Que no hay trono?
¿Que no queda más que polvo y traición para los suyos?


LIRA (mirándolo directamente a los ojos, con compasión cruel)
—No sabe que el tiempo del Olimpo…
ha terminado. ( Una pata toca una ebra. Está tiembla y toda una red se desace. Toda, menos una: el destino de Zeus.)

(Cuchichean entre ellas. Voces rápidas, ondulantes, como susurros entre patas de araña. Una risa leve se mezcla con un suspiro antiguo. Como si la idea misma de una reina fuera absurda… o peor aún, peligrosa.)

CHORA (con ironía)
—Tal vez…
podríamos decirle que es ella.

LIRA: 
— Absurdo! El amor verdadero no existe en el Olimpo.

CHORA:
— Aún así…su hilo no cayó. Y cuando eso pasa…

LIRA: 
— …cuando eso pasa es que está predestinado a una…mmm…

ERIS: 
—...¿Como es posible?. Estamos hablando de Zeus…

( Las tres miran a Posesión.)

CHORA: 
— Aún así el destino le tiene algo reservado…

ERIS (alzando una ceja, divertida)
—¿Ella?
¿Marae?

CHORA
—Sería tan perfecto, ¿no?
Una ninfa rota.
Una sirena exiliada.
Una corona vacía…
…y una ilusión que aún flota en el fondo del mar.


(El silencio tras su pregunta aún flota en la red. Las tres Néphélys se observan entre sí. Algo ha cambiado. El tono juguetón se ha vuelto más… afilado. Las tres se deslizan sobre la red con lentitud, como si tejieran una idea venenosa entre sus cuerpos.)


---

CHORA (fingiendo sorpresa, con una sonrisa torcida)
—¿Una reina para las aguas…?

ERIS (burlona, mientras acaricia un hilo que vibra)
—¿Una digna de estar a tu lado, gran Poseidón?
Qué petición más… antigua.

LIRA (murmurando, como si recordara un secreto olvidado)
—Y sin embargo…
tal vez exista una.

(Se hace un pequeño silencio. Luego las tres se acercan un poco, rodeándolo, envolviéndolo con palabras.)

CHORA
—Una criatura nacida del abismo…
que nunca ha tocado la tierra.

ERIS
—Una voz que canta y nadie oye.
Un corazón que late… y nadie ha reclamado.


LIRA
—Marae.

(La red tiembla ligeramente al oír ese nombre. Como si el océano mismo recordara quién es.)

POSEIDÓN (Zeus) (frunciendo el ceño)
—¿Quién es Marae?


CHORA (girando en el aire)
—Una ninfa condenada… o quizás… esperada.

ERIS
—No puede subir. No debe subir.
Y por eso mismo… es perfecta.
Una reina que nunca abandonará el mar.

LIRA (casi susurrando)
—No pisará la tierra. No buscará poder.
No mirará a otros hombres.
No hablará más que contigo, si tú se lo permites.


(Las tres se alejan un poco, dejando que la idea repose en la mente del dios disfrazado. Entonces… una sonrisa aparece en sus rostros. La sonrisa de las que saben más de lo que dicen.)

CHORA (dirigiéndose en voz baja a las otras, sin mirar a Zeus directamente)
—Claro… él no lo sabe.
Ni siquiera sabe quién es él ahora…


ERIS (mordiendo suavemente un hilo, como si saboreara una trampa bien tejida)
—Y menos aún sabe lo que hará cuando la vea.
¿Tú crees que podrá resistirse?

LIRA (con mirada brillante, sin apartarla de Zeus)
—No podrá.
Y entonces… ella subirá.

CHORA
—Y cuando pise la tierra…

ERIS (casi cantando, como una nana cruel)
—…el mar tendrá espuma nueva.

(Las tres ríen suavemente. El eco se mezcla con el crujir de los hilos.
El dios no lo comprende aún… pero ellas han sellado el principio del fin.
No le han mentido. Solo han omitido la verdad fatal:
Marae está maldita.
Y él la llevará directo a su destino.)

***

POSEIDÓN (mirando hacia abajo, voz profunda y directa)
—Una última pregunta…
¿Quién es kuore?


(Las vibraciones de la telaraña se detienen al instante.
Como si el mar mismo se congelara.)


CHORA (ya no se ríe)
—¿Qué…?

ERIS (dando un paso atrás involuntario)
—¿Cómo sabes ese nombre?

LIRA (los ojos se le ensombrecen)
—No puedes… sab…¿Lo sabe?


POSEIDÓN (insistiendo, observando cada reacción)
—¿Es miedo lo que oigo?
¿Qué oculta ese nombre que ni vosotras osáis tejerlo?


CHORA (furiosa, pero desorientada)
—¿Quién te ha hablado de ella?
¿Tu abuela?
¿Gea te lo ha dicho?


ERIS (mordiendo una de sus uñas de cristal, nerviosa)
—¿Se lo ha dicho?
¿Lo sabe Gea?
¿Lo ha revelado, al fin?

LIRA (casi en un susurro, mirando hacia el fondo del océano, no hacia Zeus)
—No debería recordarlo.
No debería existir.

(Un temblor sacude la telaraña. Algo más profundo que la telaraña misma se ha agitado. Un eco muy antiguo. Algo que ni siquiera las Néphélys parecen controlar.)


POSEIDÓN (más serio que nunca)
— ¿Quién es kuore?!


CHORA (con voz envenenada, pero rota)
— ya no estamos interesadas en ti…puedes irte… Veniste a por una reina. Marae es tu destino.

ERIS (con odio)
—Y si ella recuerda quién es, no habrá dios que detenga lo que viene.

LIRA (finalmente alzando la voz)
—¡Vete ya, Zeus! ¡Ahora!


(La red lanza un pulso y lo empuja con violencia hacia a fuera de la telaraña. Atraviesa la burbuja de la fosa de las Marianas. Poseidón queda suspendido en la profundidad del océano con unas preguntas sin respuestas)

¿Quién es kuore?
¿Quién es Marae?

***

Nemoshyne:

El destino…
Qué palabra tan importante.
La única que, en realidad, nunca nos engaña.
Y, sin embargo, la olvidamos fácilmente…
cuando la euforia nos cala los huesos.

El destino aparece cuando nos perdemos.
Se insinúa en los márgenes del dolor.

Y a veces… sentimos su calor,
como una certeza dulce,
cuando creemos estar al lado de esa persona especial.

No hablo de poseer.
No hablo de dominar ni de perderse en delirios románticos.
Hablo de la verdad compartida.
De la certeza del corazón.
Del respeto.
De la autenticidad de los sentimientos.
Hablo de la apertura ancestral del ser,
cuando se encuentra en comunión con la persona escogida.
Pero también…
de ese momento incómodo, necesario,
cuando olvidamos lo que la otra persona desea.
Y es ahí donde el sabor amargo de la verdad oprime nuestros deseos.

Entonces, para anestesiar esa herida,
recurrimos a una palabra casi tabú:
“Destino.”

Como si fuera un juez invisible,
dictando sentencia sobre lo que sentimos en ese instante.

Aunque no aceptemos su veredicto.
Aunque lo ignoremos.

El destino es como un poder celestial:
abraza con la verdad, o la arranca de cuajo.
Ilumina…
o hunde.

Porque a veces, esa persona que parecía predestinada…
en realidad nunca lo fue.
O sí. Pero no del todo.

El destino es contradictorio,
no porque mienta,
sino porque nos muestra lo que aún no sabemos ver.
Es un maestro silencioso.
La verdad encarnada en la razón más profunda del propósito.

Por eso, ni las Moiras, ni los dioses,
ni los símbolos, ni los oráculos,
tienen poder sobre aquello que, por derecho,
ya nos pertenece. Porque, lo que es nuestro… lo es por destino.


Es la tierra quien sabe de estas cosas.
La misma que pisas.
La que sostiene tus pasos cuando estás perdido… o perdida.

Ella conoce la verdad…
De la muerte, y de la vida.

Sabe lo que perdura,
y sabe lo que decaerá.

El destino no es una línea recta, ni una cadena que arrastramos.
Es una serie de elecciones.

A veces, basta con recoger un puñado de arena…y mirarlo bien. Allí están las impurezas.
Y también, la autenticidad. Todo es arena.
Lo áspero y lo fino.
Lo oscuro y lo claro.
Como nuestras decisiones.

No hay error que no forme parte del camino.
No hay elección que no nos acerque —de una forma u otra— al deseo primordial.

Ese que no siempre se nombra,
pero que siempre ha estado ahí.

Nuestro destino.

Porque lo que aprendemos durante el camino del ahora… nos prepara para el sendero del futuro.
No uno cualquiera… Sino el auténtico.
Sino el verdadero.
El deseado.
El auténtico.
…y en eso no hay poder humano ni sobrenatural que pueda arrebatarse.

¿No creen?


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