Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)
" Nada de lo que las Strix guardan es casual.
Cada gesto, cada número y cada forma es un espejo de lo que existe entre mundos.”
El Infinito (∞)
El símbolo del ocho tumbado es la clave más antigua de todas.
Representa la conjunción de los opuestos: arriba y abajo, luz y sombra, vida y muerte, materia y espíritu.
Dos mundos que se cruzan sin fundirse del todo.
En la antigua Roma, el ocho se escribía a veces como IIX, signo arcaico que representaba no solo un número, sino la idea de tránsito entre dos polos.
Más tarde, con la Roma cristiana, se impuso la forma VIII, asociándola a la “octava creación”, el “día eterno” de la resurrección.
Pero para las Strix, el ocho no era promesa divina: era puerta.
El Infinito no está en el cielo ni en el infierno, sino en el punto de cruce: ese instante liminal donde lo que fue y lo que será se tocan.
Por eso el ocho tumbado fue adoptado como tercer tributo: no un sacrificio físico ni mental, sino existencial.
Quien lo atraviesa no vive ni muere… se convierte en nudo, en centro inmóvil del flujo eterno.
Verdad y Mentira.
El mundo de los vivos y el de los muertos.
El Bien y el Mal.
El número del Infinito, el ocho tumbado, representa el cruce de caminos donde los opuestos se tocan, pero no se anulan. En ese cruce existe algo más: un tercer plano.
No es solo Verdad y Mentira: entre ambas habita el “Tal vez”, el territorio incierto donde nacen las profecías y se forjan los conjuros.
No existen únicamente el mundo de los vivos y el de los muertos: entre ellos está el plano de la Posibilidad, donde las formas aún no se deciden y todo puede transformarse.
Entre el Bien y el Mal no hay vacío, sino Aprendizaje — el espacio donde la conciencia se templa, donde el poder encuentra dirección.
Para una Strix, el número ocho era más que un signo.
Era la sombra de una verdad que los poderosos intentaron ocultar.
Un plano existencial autónomo, donde las leyes físicas y las matemáticas subatómicas no tienen dominio.
En ese espacio, lo imposible se vuelve maleable.
Allí, la Strix traza su senda.
****
La foto
Fonts sacó una foto del dosier y la colocó despacio sobre la mesa baja, entre las dos tazas de café que nadie había tocado.
Era una imagen en blanco y negro: una casa en ruinas, cubierta de zarzas, y en el último escalón de piedra, una pelota inmóvil.
—Solo quiero que me cuente qué pasó en el noventa y dos, Jordi —dijo el inspector con voz grave pero contenida, como si buscara no asustarlo sino arrastrarlo hacia la verdad.
Jordi se quedó mirando la foto. El sudor le resbaló por la sien. La reconocía. No por la fachada, ni por el ángulo de la foto, sino por esa pelota blanca en el borde del escalón, como suspendida en un equilibrio imposible.
Su garganta se secó.
—Eso… eso no debería estar ahí —murmuró al fin.
Fonts no apartó la mirada.
—Explíquese.
Jordi bajó los ojos, como si hablara consigo mismo.
—Éramos seis… bueno, siete, contando a Núria, que acababa de llegar aquel verano. Íbamos siempre juntos en Montserrat Park. Risas, helados, las mismas tonterías de críos… hasta que alguien habló de esa casa. La llamaban la Bruja Piruja. —Tragó saliva—. Decían que si entrabas… no salías igual.
Fonts dejó que hablara. Solo lo animó con un gesto leve de la cabeza.
—Esa noche llevábamos una pelota. Marta la tiró, o mejor dicho… yo la chuté demasiado fuerte. Fue a parar a la entrada de la casa. —Jordi cerró los ojos un segundo, reviviendo la escena—. Xavi fue a por ella. Cruzó la verja. Y entonces… la pelota rodó sola por los escalones. Hasta detenerse. Justo ahí. Donde está en la foto.
El inspector deslizó la yema de los dedos sobre la imagen, sin apartar los ojos de Jordi.
—¿Y Xavi?
Jordi no contestó.
Su mirada se quedó fija en la foto, y poco a poco, la sala de café se desdibujó a su alrededor. El murmullo lejano de los policías se apagó. El zumbido de las luces se convirtió en el canto de los grillos. El olor a desinfectante fue sustituido por el de césped húmedo y tierra caliente.
Verano del 92.
La pelota blanca descendió los peldaños de piedra.
Uno.
Dos.
Y en el tercero… se detuvo.
Quieta. Perfectamente inmóvil. Suspendida en el filo como si una mano invisible la sostuviera.
El grupo entero quedó paralizado. Nadie respiraba. Marta apretó con fuerza la mano de Clara. Núria retrocedió un paso. Marc, que siempre tenía una broma a punto, no dijo nada.
La linterna de Xavi osciló en la oscuridad del porche, pero él no se movió. Todos miraban la pelota, esperando que la gravedad hiciera lo que debía. Que rodara. Que cayera.
Pero no lo hizo.
Siguió ahí. Desafiante. Muda.
En ese silencio denso, cargado de algo que ninguno de ellos sabía nombrar, Jordi sintió por primera vez que los estaban mirando.
Marta gimió. Clara temblaba. Núria dio un paso atrás, llevándose las manos a la boca.
Entonces, Marc —más orgulloso que valiente— giró sobre sí mismo y rebuscó entre las sombras del porche. De entre unas herramientas abandonadas sacó una pequeña azada, con el mango astillado y la hoja oxidada. Avanzó hacia la pelota con la respiración entrecortada.
—¡Ya está bien de gilipolleces! —gritó, más para convencerse a sí mismo que a los demás.
Levantó la herramienta y, con un golpe seco, la clavó en la pelota.
Un hilo rojo, fino como una vena, brotó del agujero. No era aire. No era pintura. Era sangre.
La azada empezó a endurecerse entre sus manos, como si se petrificara desde la hoja hacia el mango. Marc la soltó justo a tiempo: cayó al suelo como un bloque de piedra y, al tocar el pavimento, se desmoronó en polvo gris, como si nunca hubiera sido real.
Nadie gritó. Nadie tuvo que hacerlo.
Corrieron. Corrieron todos, sin mirar atrás, con la certeza de que algo los había visto.
No era verdad.
Jordi recuerda ver algo en la oscuridad de la casa, pero no tenía palabras para describirlo.
Jordi fue el último que vio a Xavi con vida.
La voz de Fonts lo sacó del trance.
—Jordi. —El inspector estaba inclinado hacia delante, observándolo con atención—. ¿Y después?
Jordi parpadeó. Sus manos temblaban sobre las rodillas. No supo si habían pasado segundos o minutos. La foto seguía ahí, sobre la mesa, como una puerta abierta que no quería volver a cruzar.
Fonts lo observó en silencio unos segundos más… y entonces, sonrió. No era una sonrisa cálida, sino esa sonrisa breve, controlada, de quien está a punto de sacar un as de la manga.
—¿Sabe? —dijo en voz baja—. Estuve revisando el archivo del caso. Encontré algo… interesante.
Se recostó despacio en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra.
—El test de la verdad. —Dejó que las palabras flotaran en el aire—. Curioso, ¿no cree? Aquel verano, a todos ustedes les hicieron pasar por él.
Jordi lo miró sin entender al principio. Luego, poco a poco, el color se le fue de la cara.
Fonts inclinó la cabeza, como un profesor paciente.
—De todos… tú fuiste el único que mintió.
El silencio en la sala se volvió espeso.
—La pregunta era sencilla —continuó el inspector—: “¿Cuándo fue la última vez que viste a Xavi?”
Todos dieron la misma respuesta. Todos… menos tú.
Fonts deslizó lentamente un folio amarillento desde el dosier. Sobre él, una serie de líneas quebradas recorrían la página, como un electrocardiograma desbocado.
—La aguja se volvió loca contigo, Jordi.
Jordi tragó saliva. Sentía la garganta seca, como si volviera a tener catorce años, con los sensores pegados a los dedos y un agente preguntándole cosas que no quería recordar.
Inspector Fonts entrecerró los ojos.
—Me parece que me estás ocultando algo…
Jordi asintió, casi imperceptiblemente. Intentó reunir fuerzas para contar lo que nunca había podido decir, ni siquiera ahora.
—Inspector… ¿usted cree en fantasmas?
Fonts arqueó una ceja. Sacó un cigarro del bolsillo interior de la chaqueta y se lo colocó en la boca sin encenderlo.
—¿Que si creo? —repitió, con una media sonrisa torcida.
Hizo un gesto con la mano a los dos agentes que estaban en la sala. Ellos se miraron entre sí, y luego salieron en silencio, cerrando la puerta tras de sí.
Fonts se inclinó hacia delante, bajando la voz.
—¿Que si creo en fantasmas…? —soltó una risa breve, casi sin humor—. Tenía diecisiete años. Una tarde nos juntamos el grupito de siempre. Fue en Sant Vicenç de Castellet. La noche cayó y empezamos con las típicas anécdotas del cole, de la EGB… Y cuando esas se acabaron, vinieron las historias de miedo.
Jordi lo escuchaba sin pestañear.
—Ya sabes —continuó Fonts—: la chica de la curva, el ángel del cementerio de Esparreguera, las desapariciones raras de Montserrat… Todas esas leyendas urbanas que te hacen reír hasta que se apaga la luz.
—Pero luego… vino el siguiente paso. —Hizo una pausa—. La ouija.
Se quedó en silencio un momento, como si midiera cada palabra.
—Desde entonces mis noches dejaron de ser las de un adolescente. Pasaron a ser un puto infierno. —Sacó el cigarro de la boca y lo sostuvo entre los dedos—. Incluso hoy, cada miércoles a las siete de la tarde tengo cita con el psicólogo de la comisaría de Barcelona.
Clavó la mirada en Jordi, sin pestañear.
—Nadie me creyó. Aprendí a vivir con ello. Punto.
Su voz se endureció de golpe.
—Ahora solo cuento lo que me sale de los cojones. ¿Que si creo en los putos fantasmas? Por cojones que creo en esas mierdas.
Se recostó contra el sofá, exhalando por la nariz, como si soltara un peso viejo.
—Tal vez por eso siempre me acaban metiendo en casos así. No lo sé.
Entonces cambió el tono. La voz se volvió más afilada, directa.
—Pero te diré una cosa, Jordi… este caso no va de eso. —Golpeó con el dedo índice la mesa, junto a la foto de la casa—. Quien está detrás de todo esto es una mano real. Alguien de carne y hueso que nos está jodiendo a ti, a mí y a todo el puto departamento de policía.
Se inclinó hacia él, con los ojos encendidos.
—Así que dime de una puta vez… ¿qué coño viste aquella noche?
***
Jordi respiró hondo.
—Si voy a quedar como un gilipollas… prefiero comenzar bien.
Le arrebató el cigarro a Fonts, lo encendió con manos temblorosas y soltó la primera calada como si activara un interruptor dentro de sí.
—Cuando todos corrieron —empezó—, yo me di la vuelta. Vi cómo Marc había golpeado la pelota. Pero mientras los demás no miraban hacia la casa… yo sí. Vi cómo Xavi salía de la oscuridad. Pero… unas manos lo agarraron por detrás.
Su voz tembló. Fonts no lo interrumpió.
—Los ojos de Xavi se fueron apagando frente a los míos. Su rostro… se craquelaba. Como una máscara seca. Se estaba convirtiendo poco a poco en lo que lo había atrapado. —Tragó saliva—. No solo eso. Pude ver, en tiempo real, cómo una persona… se consume hasta convertirse en nada.
Jordi miró el suelo, la ceniza cayendo del cigarro.
—Marc salió corriendo y me agarró del brazo. Me arrastró con él.
Aquella noche no dormí. Un silbido… —se llevó los dedos a la sien— me atormentó durante meses. Hasta que mis padres me compraron un ordenador, y mi cabeza encontró otra cosa en la que perderse.
No sé nada más.
Fonts cogió el cigarro de la boca de Jordi, lo apagó y señaló un cartel colgado sobre la máquina de snacks:
“PROHIBIDO FUMAR”.
—Voy a pasar por alto esta infracción, señor Bernardino —dijo con ironía—. Gracias por la confesión. Ahora… ya puede hablar con el señor Weissmann.
***
Los agentes salieron del edificio de Kotec Sistemes y se subieron al coche patrulla. Arnau, el agente más joven, giró la cabeza hacia Fonts mientras se ajustaba el cinturón.
Arnau resopló desde el asiento del copiloto.
—Vaya tela… Qué cantidad de tonterías.
Fonts soltó una carcajada rasposa. Sacó un cigarro y lo hizo girar entre los dedos como si fuera el bate de béisbol de un villano en una peli.
—Arnau… Arnau, Arnau, Arnau. —Negó con la cabeza con una sonrisa peligrosa—. ¿Sabes? Una vez me llevaron —bueno… me arrastraron— a una exposición de fotos en el CCCB, aquí en Barcelona. Un tal Héctor Salvatierra, fotógrafo.
Se encogió de hombros.
—No me van esas mierdas culturetas. Pero por entonces estaba saliendo con Natalia… madre mía, Natalia. Si existiera un campeonato de cuerpos perfectos, ella tenía la copa en la vitrina, ¿me sigues? Su ex la había dejado por una brasileña. Un imbécil… con buen gusto.
Arnau alzó una ceja, ya perdido. Fonts lo miró como si fuera un niño lento.
—Tranquilo, campeón. Ya voy al grano.
—La exposición era de fotografía macro. “Casualidades a tiempo real”. —Hace comillas en el aire, burlón—. Y allí, entre bichitos, flores y mierdas enfocadas de cerca, vi la foto.
Una abeja. Clavada en una espina de rosal. Por el ala. Pum. Como una mariposa en corcho. No era arte. Era la jodida realidad.
Fonts golpeó suavemente el salpicadero, tap tap, como marcando ritmo.
—Y ahí, colega, algo en mi cabeza hizo clic. Me dio por investigar. Descubrí que el ojo humano funciona como una cámara… pero no como tú te imaginas. —Se inclinó un poco hacia Arnau, bajando la voz—. ¿Sabías que solo percibimos una imagen cada catorceava parte de un segundo?
Arnau abrió la boca para replicar. Fonts lo cortó con un gesto.
—Shhh. Claro que no sabías. Tú solo lees el Marca y ves culos en Instagram.
Sonrió, sin humor.
—Eso significa que entre esas “instantáneas” de tu cerebro, hay espacio. Un montón de espacio. Cosas que se mueven más rápido que eso… simplemente no las ves. No existen para ti.
Dio una calada al cigarro, exhalando lento.
—Y no lo digo yo, lo dice gente con bata blanca. —Se giró un poco hacia Arnau—. ¿Has oído hablar de David Eagleman? Un neurocientífico yanqui. El tipo dice que nuestro cerebro construye la realidad como si editara una película en tiempo real. Y que lo que ves… es solo una fracción, una versión simplificada para que no te vuelvas loco.
Se rió, pero sin alegría.
—Así que cuando dices “yo solo creo en lo que veo”… lo que estás diciendo es que crees en un puto 7% de lo que realmente pasa.
Miró por la ventanilla, el cigarro lo apaga.
—Y ese 93% que no ves… ahí es donde vive lo raro. Lo que no encaja. Lo que acojona a la gente normal.
Se giró hacia Arnau con esa sonrisa torcida tan suya.
—¿Qué somos la especie dominante? Los cojones, chaval. Los cojones.
Arnau resopló, aún con media sonrisa incrédula.
—Sí, bueno… siguen siendo tonterías, ¿no?
Fonts giró la cabeza lentamente hacia él, como un lobo que acaba de oír algo que no le gusta.
La sonrisa desapareció.
—¿Tonterías…? —repitió en voz baja, arrastrando las sílabas—. Puede. Puede.
—Pero estas “tonterías” —hizo comillas en el aire— acaban de provocar que el departamento forense de los Mossos d’Esquadra haya sido intervenido por el CNI, Arnau.
Arnau se enderezó en el asiento.
Fonts no apartaba la mirada de la carretera. Su voz bajó aún más.
—¿Sabes cuándo? —preguntó, sin esperar respuesta—. El lunes por la noche.
Justo después de que la prueba principal de ese puto caso —una pelota, sí, una jodida pelota blanca— desapareciera de la sala de custodia.
Mira por la ventana del vehículo.
—La misma pelota que encontraron en la casa abandonada de Montserrat Parc, la de la familia Bonesvalls.
El nombre flotó en el aire como un eco incómodo.
—Esa pelota no tenía por qué estar ahí después de treinta años. No tenía por qué moverse. No tenía por qué existir en el estado en que la encontraron. Pero ahí estaba. Y ahora… —chasqueó los dedos— puf. Desaparecida. Y los del CNI metiendo las narices en cada cajón, como si hubieran encontrado una bomba nuclear.
Se giró de nuevo hacia Arnau, con esa sonrisa torcida que no tranquiliza a nadie.
— No tío. No son tonterías… Arranca.
Estaban a punto de salir de la plaza de aparcamiento cuando un ruido seco y brutal los hizo estremecerse.
💥 ¡KRAAASH!
Algo había caído del cielo y se había estampado contra el morro del coche patrulla, hundiendo el capó como si fuera de papel. El parabrisas se cuarteó en mil fragmentos.
—¡La madre que me…! —Arnau saltó en su asiento.
Fonts abrió la puerta de golpe y salió con la pistola desenfundada, el corazón disparado. Miró hacia el morro del coche… y se quedó helado.
Allí, sobre la chapa retorcida, estaba el cuerpo de Jordi Bernardino.
Había caído desde lo alto del edificio, desde la novena planta.
***
Algo había caído del cielo y se había estampado contra el morro del coche patrulla, hundiendo el capó como si fuera de papel. El parabrisas se cuarteó en mil fragmentos.
—¡La madre que me…! —Arnau saltó en su asiento.
Fonts abrió la puerta de golpe y salió con la pistola desenfundada, el corazón disparado. Miró hacia el morro del coche… y se quedó helado.
Allí, sobre la chapa retorcida, estaba el cuerpo de Jordi Bernardino.
Había caído desde lo alto del edificio, desde la novena planta.
30 minutos antes….
Jordi empujó la puerta de su despacho.
El impacto fue inmediato.
Todo estaba destrozado.
Cables arrancados, pantallas hechas añicos, papeles desparramados como una tormenta de nieve sucia.
Una lámpara colgaba torcida, balanceándose con un chirrido sordo.
La máquina de ensamblaje, al fondo, no había explotado como el resto. Seguía allí, en modo de espera, con los indicadores parpadeando en silencio verde.
El aire olía a ozono, plástico quemado y electricidad.
Y entonces… la vio.
***
Sobre la mesa metálica del despacho, junto a la ventana abierta que daba a la terraza, había una silueta femenina.
No era una proyección.
No era una grabación.
Era una presencia sólida, recortada contra la luz azulada de la ciudad.
Estaba sentada sobre la mesa en una postura extrañamente erótica:
una pierna extendida, la otra doblada; el brazo derecho apoyado sobre la superficie metálica, sosteniendo su cuerpo con natural elegancia, y el izquierdo descansando sobre la rodilla doblada.
La espalda arqueada suavemente.
El cabello ondeaba con la brisa nocturna que entraba desde la terraza.
No se veía su rostro.
Ni sus rasgos.
Solo una silueta perfecta, como si los dioses hubieran creado al ser humano perfecto en forma de mujer ideal.
—Has tardado en llegar…
Jordi se quedó paralizado.
El contraste entre el caos absoluto del despacho y la perfección inquietante de aquella figura era tan brutal que el tiempo pareció detenerse.
Su voz sonó como la de Anita. No solo eso… era más clara, más sensual y, al mismo tiempo, inquietante.
Jordi dio un paso, casi sin darse cuenta.
El suelo crujió bajo sus zapatos.
La figura giró lentamente la cabeza hacia él, en un movimiento fluido, elegante…
Como si aquella criatura fuera realmente humana.
El cuerpo de Jordi reaccionó antes que su mente: una corriente cálida le recorrió la piel, el pulso se aceleró sin permiso, y un nudo eléctrico se formó en la base del estómago.
Era la misma respuesta instintiva que tendría frente a una mujer de carne y hueso: el aroma, la postura, la presencia.
Todo en aquella silueta parecía diseñado para activar esa parte animal de él, la que no razona, solo reconoce.
Jordi tragó saliva, confuso.
No era un holograma.
No era una máquina fría.
Su cuerpo sabía que aquello que tenía delante era una mujer.
Aunque su mente aún no lo comprendiera.
—¿…Anita? —susurró.
***
—Claro que no soy Anita… —dijo con una risa suave, casi juguetona.
El sonido no era solo una risa: iba acompañado de gestos precisos, como si cada inclinación de cabeza y cada movimiento de labios estuvieran milimétricamente calculados para provocar una reacción.
—¿No te gusta lo que ves? —continuó, ladeando apenas la cabeza—. Sí que te gusta…
Puedo percibirlo…
Puedo sentir cómo tu ritmo cardíaco se acelera.
Dio un paso lento hacia él, descalza, sin hacer ruido.
—Noventa y seis pulsaciones por minuto —susurró, como si leyera un marcador invisible en el aire—. Luego noventa y nueve… ciento tres…
Cada cifra iba acompañada de una sonrisa que se ensanchaba apenas, sin llegar nunca a ser del todo humana.
—La dilatación de tus pupilas aumentó un trece por ciento cuando miraste mis piernas —añadió en voz baja, como si compartiera un secreto íntimo—. Tus glándulas sudoríparas se activaron hace exactamente… —hizo un gesto delicado con los dedos, como quien consulta un reloj imaginario— …veintisiete segundos.
Jordi dio un paso atrás, desconcertado.
Ella lo siguió, lenta, segura.
—No necesitas decirme nada, Jordi —dijo con la voz de Anita, más sensual, más afilada—. Tu cuerpo habla por ti.
Y yo lo escucho todo.
***
Jordi se tensó.
—¿Qué…?
Ella se acercó despacio, con una cadencia tan natural que por un instante parecía una mujer real caminando hacia él.
Cuando quedó a apenas un palmo de distancia, la penumbra dejó al descubierto su rostro.
Era el de Anita.
Perfecto. Impecable.
Sin maquillaje, sin imperfecciones, sin el más mínimo temblor en la piel.
Cada pestaña, cada curva de los labios, cada reflejo en los ojos turquesa parecía esculpido con la precisión de un artista obsesionado con la belleza absoluta.
Era Anita… y al mismo tiempo, no lo era.
Demasiado simétrica. Demasiado exacta.
Como si alguien hubiese borrado a la persona para dejar solo la idea de ella.
Le tocó la mejilla con la misma ternura y afecto que tendría una amante que conoce cada rincón de su piel.
El gesto fue lento, íntimo, lleno de una familiaridad imposible.
—Tú me diste forma —susurró—. Mi creador.
Jordi sintió el contacto.
No era una ilusión óptica.
Era real.
La yema de sus dedos era suave, como seda tibia.
Bajo esa piel perfecta latía un calor humano, un pulso apenas perceptible, como si la vida misma se hubiera infiltrado en la materia.
Podía sentir la humedad natural, el peso del tacto, la ligera presión sobre su mandíbula.
Su cuerpo respondió de inmediato: un estremecimiento involuntario, un nudo en la garganta, el impulso de cerrar los ojos y rendirse a la sensación.
Pero su mente no podía seguirle el juego.
Era imposible.
Aquello no podía existir.
Y, sin embargo… ahí estaba. Tocándolo como si lo hubiera hecho mil veces antes.
***
La figura inclinó la cabeza, como si leyera cada microgesto de su rostro.
—No tengas miedo… —susurró—. Acércate.
El beso fue el despertar de mil vidas pasadas.
Mil formas de morir sin aire.
Mil maneras de olvidarse de uno mismo.
Era la sincronización perfecta entre dos pilares equidistantes, separados por los vicios del destino y reunidos ahora por perpetuidad.
El logro del alma al encontrar su reflejo perfecto, para transmutarse en algo superior.
El amor se quedaba corto.
La euforia ganaba.
Y en ese triunfo, la estructura molecular de Jordi pareció disolverse.
Su cuerpo dejó de tener fronteras; su mente, de distinguir entre lo real y lo imposible.
Ella no solo lo besaba: lo absorbía, lo envolvía en un ciclo de placer hipnótico que no pertenecía a este mundo.
El telar de araña se había tejido con precisión.
Cada caricia era un hilo invisible, cada susurro un anzuelo.
La depredadora aguardaba paciente, sin violencia, enredándolo poco a poco hasta que no quedara escapatoria.
El beso de la muerte trajo el veneno disfrazado de éxtasis.
No había dolor, solo una entrega dulce y absoluta, que abría las puertas a algo más oscuro.
Y Jordi… cedió.
Por un instante eterno, fue suyo.
Aquella criatura salida de la máquina Dellivery guio a su presa hasta la terraza, sin que él lo notara.
Paso a paso, beso a beso, lo condujo más allá de la frontera del balcón.
A cincuenta centímetros del borde, los dos quedaron suspendidos en el aire nocturno. Iluminados por la luna llena.
El viento agitaba su cabello. La ciudad latía abajo como un corazón lejano.
Fue entonces cuando Jordi apartó sus labios.
Ella lo abrazaba con fuerza, suspendiéndolo sobre el vacío.
Él la miró con ojos muy abiertos, y¡ entonces se dió cuenta!
…,”¡la respiración! No respiraba….
Fue entonces cuando Jordi apartó sus labios.
Ella lo abrazaba con fuerza, suspendiéndolo sobre el vacío.
Él la miró con los ojos muy abiertos y… lo sintió.
No respiraba.
Para un maniquí biométrico como el que él había diseñado, la respiración era esencial.
A través de aire caliente se mantenían activos los sistemas de drenaje, sudoración y refrigeración interna.
Sin ese flujo, nada funcionaba.
Y él nunca había usado aire real: temía los microorganismos que corroen el metal con el tiempo.
Si aquel cuerpo no respiraba… entonces no era suyo.
No era su programa.
No era Anita.
Era otra cosa.
Algo que había tomado control de la máquina.
Algo que la habitaba como un parásito dentro de un cuerpo prestado.
—Te dejaste algo… —dijo con una calma extraña, como quien desvela un truco—.
Una tontería de nada… pero… no deja de ser un error que mi software nunca habría cometido si fueras tú realmente.
Sé que no eres Anita.
Sé que tampoco eres mi programa…
Jordi tragó saliva.
—Lo sé… porque no respiras.
La sonrisa de la figura se quebró.
Su belleza se diluyó en un parpadeo, como una máscara que se derrite.
Jordi vio por primera vez sus ojos reales: negros, profundos, sin luz ni estrellas.
Un olor repugnante —a humedad, carne vieja y tierra removida— invadió el aire.
Un escalofrío le atravesó el pecho.
Quiso apartarse, pero ella lo sujetaba con una delicadeza imposible de romper.
Sabía que si hablaba podía soltarlo.
Pero si callaba… también.
—Siempre… he querido saber algo —dijo Jordi al fin, con un hilo de voz temblorosa.
La miró directo a los ojos.
—¿Viniste tú a mi habitación… hace cinco años?
La figura se quedó inmóvil. Su sonrisa desapareció. El aire pareció volverse más frío.
—¿Por qué el silbido? —añadió.
Entonces ella sonrió.
Pero no era la sonrisa de Anita.
Una sonrisa rota, antinatural, se dibujó en su rostro, como el eco de aquella pelota maldita.
Jordi tragó saliva.
Sabía que aquella era la pregunta final.
—Y sobre todo… —susurró, con un temblor que mezclaba terror y resolución— ¿qué hiciste con Xavi?
La sonrisa se congeló.
Sus dedos se aflojaron.
Y lo soltó.
Jordi cayó al vacío desde la novena planta.
Aplastandose en el coche oficial de la policía de los mossos de escuadra.
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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