Hija de Marae o Marehia



Nemoshyne Scrolls:
> “Hay historias que todos conocemos. O creemos conocer. Las llamamos sirenas.
Decimos que cantan, que hechizan, que nadan en aguas profundas con colas de escamas y miradas de luna.
Pero lo que no solemos decir, lo que nadie enseña en los cuentos para dormir, es que las sirenas no son lo que parecen.


En algunas islas remotas, donde la bruma no deja ver la costa y el agua susurra nombres que nadie ha dicho en siglos, las llaman Hijas de Marae.
 No envejecen. No Cambian.

Y cuando una de ellas emerge del océano, no es por casualidad. No es por accidente. Es por una razón que aún no entiende del todo, pero que la consumirá si no la descifra a tiempo.

Esta es la historia de una de ellas.
Y de lo que ocurre cuando una Hija de Marae se olvida de quién es… y empieza a parecerse demasiado a nosotros.”

***
Figueres, 1990.

El sol aún dormía tras las montañas cuando Elías cargó las redes en su barca.
No era gran cosa, aquella embarcación, pero era suya. Un llaüt de madera blanca con el nombre Luna Segunda, pintado a mano por su mujer.

Le había costado años de esfuerzo y salitre, pero flotaba. Resistía.
Y eso era más de lo que podía decir de sí mismo.

Era lo último que le quedaba de ella.

Elías era pescador, como lo habían sido su padre, su abuelo y su bisabuelo.
Salía a la mar cada madrugada con la esperanza de llenar las cajas y vaciar la cabeza.

Pero esa mañana no había nada que vaciar.

Estaba cansado. Muy cansado.
Cansado de la vida de su padre.
De la vida de su madre.
De la vida de su abuelo.
Y, sobre todo, de la suya.

Su mujer, Marta, había muerto hacía una semana. Estaba embarazada de su primera hija cuando el coche se salió de la carretera entre Figueres y Roses.

Desde entonces, Elías no hablaba.
Ni con el mar.
Ni con Dios.
Ni consigo mismo.

El silencio fue su único consuelo.

La gente del pueblo le saludaba al pasar, pero él no respondía. Caminaba en silencio, con la gorra calada, la barba por hacer, las manos en los bolsillos.
Avanzaba despacio por el muelle de madera hasta su barca.
Y al subir a Luna Segunda, se perdía en el mar.

Cuando una persona está rota por dentro, el mundo ya no le devuelve el eco.
La comida no tiene sabor.
Los colores no vibran.
Y el tiempo se convierte en una broma larga y cruel.

El corazón de Elías se había encogido tanto que ya no sabía si seguía allí.
Pero seguía adelante. Porque el trabajo era lo único que le quedaba.

No quería pensar.
Había aceptado su destino:
Siempre iba a estar solo.

Elías solo encontraba algo de paz en el movimiento del agua bajo su barca.
Era lo único que no le exigía explicaciones.

Aquel día, el mar estaba quieto. Demasiado quieto.
Ese tipo de silencio que parece estar esperando algo.

El sistema de pesca que usaba Elías era antiguo: el arte del trasmallo.
Lanzaba la red al agua con calma, encendía su pipa y esperaba.
Horas, si hacía falta.
El mar hablaba con quien sabía escuchar.

Y es que, a veces, aunque nos cueste creerlo, el destino coloca frente a nosotros una barrera invisible. Porque hay momentos en los que la realidad y la fantasía no están separadas por kilómetros, sino por una sola ola.

Y cuando esa ola rompe…
todo puede entrar.

Incluso aquello que creías imposible.

***


Elías apagó la pipa con un gesto lento y sereno.
Bebió un sorbo de agua de una vieja garrafa de plástico que siempre llevaba a bordo. Agua dulce. Solo un trago.
El día seguía sin viento y el mar, inmóvil, parecía un espejo que no reflejaba nada.

Era hora de subir la red.

Había lanzado el trasmallo antes del amanecer, como hacía siempre.
Y ahora, como otras veces, se disponía a izarlo. Pero esta vez, algo era distinto.

La red venía pesada. Más de lo habitual.
Demasiado para sus brazos, que ya no eran los de antes.

Encendió el carrete hidráulico, una pequeña grúa con motor de polea que tenía instalada a babor.
Era una máquina modesta, pero eficaz. Su viejo Yanmar 15CV resopló con fuerza mientras la red subía, mojada, chorreando sal y arrastrando el misterio desde el fondo.

Primero aparecieron peces. Muchos. Una buena pesca.
Lubinas, doradas, sargos... un festín.
Pero entonces, entre la maraña de escamas y cuerda, emergió una figura que no encajaba con nada que conociera.

No era un pez.

Tampoco era exactamente humana.

Era lo más parecido a una mujer joven, de unos veintidós años.
Estaba dormida.
O inconsciente.
O simplemente... otra cosa.

Elías se quedó inmóvil, con las manos en los costados, la boca ligeramente abierta.
El mar nunca le había devuelto algo así.
Durante un instante no pensó. Solo observó.

Después reaccionó como habría hecho cualquier marino viejo ante un cuerpo rescatado del agua.

Bajó al camarote, buscó una manta —una manta de cuadros que aún olía a sol y a tiempo— y volvió a cubierta.

La figura había comenzado a moverse. Se incorporaba con torpeza. Parecía aturdida. Asustada.

Estaba desnuda, pero Elías no desvió la mirada hacia su cuerpo.
La cubrió con la manta con un gesto lento, tranquilo.
Sin invadir. Sin mirar. Sin decir palabra.
Solo cubrió. Solo cuidó.

Aquella mujer, o lo que fuera, tenía la piel recubierta de una sustancia extraña:
una papilla espesa, como algas trituradas mezcladas con salmuera.
El cabello negro le caía pegado al rostro, cubierto también de aquella mezcla marina que olía a fondo oceánico.

Afortunadamente, en Luna Segunda había instalado hacía años una pequeña ducha en cubierta, conectada a un depósito de agua dulce.
Era un lujo que solo usaba en verano, cuando el sol caía fuerte y se permitía enjuagarse la sal antes de dormir.

La condujo hacia allí sin decir palabra. Ella lo entendió, como si lo hubiera sabido ya.

Mientras ella se duchaba, Elías fue hacia el antiguo baúl de su camarote.
Dentro, aún guardaba algunas ropas de Marta. No las había tocado desde que ella murió.
Eran prendas suaves, de lino, de verano.
Blusas claras. Un vestido azul que le gustaba ponerse los domingos.

Al acercarse al baúl, sintió que le golpeaban en el centro del pecho.
Como si una mano invisible le apretara el alma.

Y entonces escuchó la voz de Marta.
Recordó su risa.
El modo en que decía su nombre al atardecer.
Las promesas hechas bajo las estrellas, en silencio, sin juramentos.
Promesas que la muerte había congelado.

La puerta de la ducha se abrió y ese hechizo se rompió.

Elías despertó.
Tomó el vestido con manos temblorosas y se lo entregó.

Ella lo recibió con una leve reverencia, aún sin pronunciar palabra.
Se vistió sin prisa.
Y cuando Elías la miró de nuevo, no pudo evitar quedarse atrapado en sus ojos.

Eran verdes.

Verde esmeralda, como si dos gemas vivas hubieran sido arrancadas del fondo del océano.
Su cabello, ya limpio, era negro como la noche sin luna.

Elías no supo qué decir.
Le preparó algo de comida: sopa caliente, pan, un poco de vino.
Era su propia cena, pero se la ofreció.

Ella no probó bocado.
Ni bebió agua.
Cuando acercó el vino a su nariz, lo rechazó de inmediato, con un gesto casi agresivo, como si le ofendiera el olor.

Fue entonces cuando Elías, apoyado en la mesa del camarote, por fin preguntó:

—¿Quién eres…? ¿Qué hacías en el mar? ¿Te has caído?

Ella no respondió.
Pero tampoco pareció sorprendida.

Intentó hablar, pero no salió sonido alguno.

Solo gestos.
Solo labios que se movían sin voz.

Era muda. O no sabía hablar.
O quizás el lenguaje humano aún no era parte de ella.

***

El puerto de Figueras lo recibió en silencio, bajo una noche espesa y sin estrellas. Nadie esperaba a Elías, nadie preguntaba por él. Así le gustaba.

No quiso levantar sospechas.

Por eso, ocultó a la joven. No la mostró. La cubrió con cuidado, ayudándola a ocultarse en el interior de una carretilla de transporte que solía usar para el pescado. Antes de llegar, durante la travesía de regreso, Elías se había detenido a limpiarla a fondo con esmero, usando agua de mar y lejía vieja que siempre llevaba a bordo. No quería que el olor a pescado la envolviera. Tampoco quería preguntas.

La camufló entre lonas y cajas vacías. Nadie la vio.

Cuando el motor de su viejo Renault se encendió, ella ya estaba dentro. Se alejaron del puerto como dos sombras.

Su casa, a las afueras del pueblo, era humilde, pero amplia. Una casa de pescador, de las de antes. Sin vecinos cerca. Sin nadie que mirase por las ventanas.

Nada más entrar, Elías encendió una lámpara de mesa y marcó un número de teléfono que conocía de memoria.

Tomás.

Un viejo amigo, trabajador sociosanitario en una institución de la comarca, acostumbrado a tratar con personas sordomudas. Elías confiaba en él. Y más que en nadie, en su discreción.

Tomás llegó pasadas las once. Su andar era ligero, su carácter jovial. Pero al cruzar el umbral y ver a la joven, su rostro cambió. Se detuvo.

Ella estaba sentada en el sofá, envuelta aún en la manta. La piel pálida, casi luminosa. Los cabellos negros y húmedos, cayéndole por los hombros como hilos de tinta. Los ojos… Esos ojos verdes como esmeraldas talladas en hielo.

Tomás se quedó sin palabras.

Intentó comunicarse. Usó señas, gestos simples, suaves. Pero ella no respondía. No entendía. Ni parecía intentar entender.

El tiempo pasó despacio esa noche.

Ninguno de los tres durmió. El reloj dio la una. Luego las dos.

Finalmente, Tomás se puso de pie con un suspiro cansado.

—Me tengo que ir —dijo—. Mañana tengo que levantarme temprano. Escucha, Elías… tráetela mañana a la institución. Le abriremos ficha, veremos cómo está, si necesita atención médica. Pero ahora… déjala descansar.

Antes de marcharse, Tomás le dio un último consejo:

—Haz que coma algo. Un poco de caldo, aunque sea. Estará deshidratada. No la dejes así, insístele un poco. Tiene que comer.

Y se marchó.

Elías quedó solo con ella en aquella casa silenciosa.

Intentó seguir el consejo. Le calentó un poco de sopa, le ofreció pan. Pero ella no aceptó nada. No comía, no hablaba, apenas se movía.

Le señaló el pasillo y le ofreció una habitación.

Era el cuarto que había preparado, tiempo atrás, para su futura hija.

Nadie había dormido allí. Hasta ahora.

Ella dudó. Se quedó en el umbral, con el cuerpo tenso. Parecía desconfiar. No de Elías, sino del lugar, de todo. Pero al observar los peluches, los dibujos en la pared, la cuna vacía… algo cambió en su expresión.

Su cuerpo se relajó.

Se volvió hacia Elías, caminó hasta él sin decir palabra… y le puso la mano en el pecho.

Elías se tensó. No por miedo, sino por respeto. Era demasiado íntimo. Demasiado extraño.

La apartó con delicadeza.

Ella volvió a acercarse, con un gesto suave, como queriendo consolarlo. Le volvió a poner la mano en el pecho, como si pudiera leer lo que había dentro.

—No… —susurró él.

Ella retrocedió, y por primera vez, su rostro mostró tristeza.

—Lo siento —dijo Elías, con la voz quebrada—. Estoy pasando por un mal momento… Espero que duermas bien esta noche.

Ella no respondió. Solo lo miró.

Él bajó las escaleras, con el peso del día sobre los hombros. Se sirvió una copa de vino que no terminó. En su habitación, aquella cama grande y solitaria lo esperaba como siempre. Fría. Vacía.

No pensó en ella. No fantaseó con nada.

Se tumbó sobre el lado izquierdo, donde dormía Marta. Abrazó la almohada que aún guardaba su olor, y con un suspiro tembloroso, se dejó llevar por el sueño.

Un sueño sin imágenes.

Solo la luna lo vigilaba desde la ventana.

Grande. Llena. Enorme como nunca.

Y arriba, en la habitación que nunca fue usada, una extraña con mirada de océano seguía de pie, sin cerrar los ojos, contemplando la puerta por donde Elías había desaparecido.

Sin moverse.

Sin dormir.

***

> ¿Qué se puede esperar de una estirpe que fue traicionada tiempos atrás?
¿Qué se puede esperar de una estirpe olvidada, ocultada, y condenada a vivir en las profundidades de la oscuridad?

Cuando un corazón vive en la completa oscuridad… tarde o temprano reclama luz.
Y la busca en el lugar más improbable. En la herida abierta de otro corazón.



Dicen los antiguos que Merea fue traicionada por el mismísimo Zeus, en los días en que los dioses aún caminaban sobre la tierra disfrazados de hombres. Fue en el Templo de Kirón, cuando se decidió el destino del mundo. Aquel sabio centauro pidió a los tres grandes —Poseidón, Hades y Zeus— que trajeran consigo una mujer casta y pura. No por su cuerpo, sino por la pureza de su voluntad. Una que no deseara poder, ni riqueza, ni venganza. Pero Zeus, astuto como la tormenta, no trajo a nadie. Se disfrazó él mismo de lo que nunca había sido: inocencia. Y sedujo a Merea.

Ella concibió hijas. Hijas del mar y del dolor. Y desde entonces, cada una de ellas fue marcada por el silencio, la nostalgia y una sed infinita que no era solo de agua.

Y esta historia… esta historia comienza cuando una de esas hijas caminó en tierra firme.

La mujer que Elías encontró aquella noche no era solo una náufraga. No era solo una joven perdida. Era algo más. Y él, sin saberlo, la había llevado consigo a casa, como quien lleva una estrella de mar pensando que es sólo una concha vacía.

Esa noche, cuando la luna llena parecía más grande que nunca y Figueres dormía profundamente, Elías cayó por fin en un sueño pesado, aferrado a la almohada que había sido de Marta. La habitación, fría y silenciosa, guardaba el peso de la ausencia.

Pero entonces, algo cambió.

Desde la planta superior, unos pasos.
Lentos.
Silenciosos.
Como si el tiempo les obedeciera.

Bajaba ella.
La hija del mar.
La hija de Merea.

Se detuvo un instante frente a la puerta abierta de la habitación de Elías.
Él abrió los ojos.
Ella entró.

Los pasos que dio sobre el suelo eran suaves, felinos. Como si pisara sobre bruma. Como si el aire mismo cediera a su voluntad. Subió a la cama, sin emitir sonido alguno, y se acercó a Elías. El pescador estaba paralizado: no por el miedo... o quizás sí. Pero no era un miedo simple. Era un miedo mezclado con asombro. Con deseo. Con algo ancestral que no sabía nombrar.

No hubo beso.
Solo la mano de ella, otra vez, sobre su pecho.

Y entonces ocurrió.
Elías, sin moverse, miró hacia la ventana.
La luna, inmensa, se reflejaba en sus pupilas.
Y justo bajo su mirada… sintió algo penetrar su cuello.

Dos colmillos.
Finísimos.
Fríos.

Como el primer mordisco del mar.


Pero el destino, a veces, juega a sorprendernos cuando creemos que todo está escrito.

Tomás —sí, el alegre, el buen amigo Tomás— había olvidado su cartera. Estaba sobre la mesa, justo donde se habían reunido los tres esa noche. Y como tenía que fichar temprano en la institución al día siguiente, regresó.

Al llegar, encontró la puerta entreabierta.
No era propio de Elías.

Entró.
Silencio.
Un silencio que no era humano.
Era el tipo de silencio que se escucha cuando todo lo vivo ha sido detenido.

Y al acercarse a la habitación, lo vio.

Allí, sobre la cama, la figura de Elías… y aquella cosa encima de él. Ya no era del todo la joven de mirada de esmeralda. Su rostro se había tensado. Su espalda se arqueaba como un animal que saborea su alimento. Y sus ojos… sus ojos brillaban con un fulgor antinatural, de un verde que no existe en esta tierra.

Cuando Tomás la miró, ella giró el rostro hacia él.

No con vergüenza.
No con miedo.
Sino con molestia.

Como lo haría un gato que ha sido sorprendido bebiendo leche que no era suya.
Y sin moverse más que un centímetro, le advirtió con la mirada: no interfieras.

Y volvió a beber.

Aquella criatura no era humana.
Era una hija de Merea.
Nacida del mar y de la traición.
Criada en silencio.
Alimentada por la pena.
Y destinada a amar…
como solo aman las criaturas que jamás han sido amadas.

***

> Hay historias que comienzan con una red…
Y otras que nunca terminan, porque la marea no devuelve todo lo que se lleva.



El mar lo guarda todo.
Los secretos.
Los nombres olvidados.
Las promesas rotas.
Incluso las sombras de los que alguna vez amaron más allá de lo permitido.

Elías ya no despertó aquella noche.
No como antes.
Dicen que su rostro tenía una expresión de paz, como quien ha visto algo terrible… y al mismo tiempo, algo bello. Como quien ha rozado el abismo y se ha dejado caer sin miedo.

Tomás nunca habló de lo que vio.

La casa de Elías fue encontrada vacía.
Sin rastro de lucha.
Sin señales de intrusión.
Solo una manta húmeda sobre la cama…
y un leve olor a sal en el aire, como si el mar hubiera entrado a despedirse.

Desde entonces, algunos pescadores aseguran que hay algo nuevo en aquellas aguas.

Una figura que a veces aparece entre las olas.
Cabellos oscuros, ojos imposibles, y una silueta que no pertenece ni a este mundo ni al siguiente.
Una criatura que emerge solo para mirar, silenciosa, como recordando algo que ya no puede tocar.

Y a veces, cuando el viento está en calma y la luna cuelga baja como una lámpara antigua, se oye una voz…
una canción apenas audible…
hecha de pena… y de amor.

Dicen que es ella.
La hija del mar.
La hija de Merea.
Cantando a quienes una vez la miraron sin miedo.

Y yo me pregunto, mientras cierro este capítulo…

> ¿Qué hacemos con las historias que se hunden en el alma y ya no nos dejan dormir?
¿Qué hacemos con las criaturas que amamos y no comprendimos?
¿Y si un día… somos nosotros los que despertamos en una red, sin saber quiénes fuimos antes?



Las olas no responden.
Solo regresan.
Una y otra vez.

Como los secretos.

Como el amor.

Como la historia que acabas de escuchar.

¿No creen?



© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)