La Mansion Belleflur. Capitulo 1: Carol Duvalier


Había algo en la forma en que la luz se desvanecía en la casa al final del sendero. No era un ocaso cualquiera, sino uno que parecía retener el último aliento del día, como si el sol se resistiera a iluminar un lugar que no debía ser visto.

La joven Carol no tenía razones para temer ese lugar. Era, después de todo, solo una mansión vieja. Abandonada. Polvorienta. Sin más alma que la de las historias que la gente susurra al pasar. Pero Carol no creía en historias de fantasmas... al menos no hasta esa noche.

El viento soplaba fuerte cuando Carol se detuvo frente a la Mansión Bellefleur. Sus dedos, casi involuntarios, rozaron la madera carcomida de la puerta. No había llamado, pero ésta se abrió como si la esperaran. Dentro, la oscuridad la recibió con los brazos abiertos, y la luna, alta en el cielo, parecía mirar con curiosidad lo que pasaría después.

"Las casas viejas suelen tener secretos, ¿no es así?” "Pero esta casa no guardaba secretos como los demás. No. Esta casa los compartía. Te susurraba al oído cuando el silencio era demasiado espeso. Te mostraba cosas que deseabas nunca haber visto."

Carol entró, atraída por una fuerza que no podía comprender. Todo en el aire estaba cargado de una presencia antigua, un eco de algo que ya no pertenecía al mundo de los vivos. La puerta se cerró detrás de ella, suave, pero definitiva.

Los primeros pasos fueron cautelosos, el crujido del suelo bajo sus pies rompía el silencio con un eco inquietante. El vestíbulo estaba cubierto de polvo, muebles cubiertos con sábanas que se movían ligeramente, como  si algo respirara bajo ellas.

"Y fue ahí, donde Carol escuchó lo que nunca debió oír”. Un susurro. No de las paredes ni del viento, sino de alguien más. Alguien que aún estaba dentro."

Un frío recorrió la espalda de Carol. No estaba sola. Y antes de que pudiera girarse hacia la puerta, lo vio. Reflejado en el espejo roto del salón, una figura extraña …. Observándola desde la oscuridad.

Las manos de Carol temblaron. El aire se volvió denso, opresivo. Y entonces lo escuchó de nuevo:

"Bienvenida." Como un susurro entre el polvo y el vacío. Como una acción transparente y etérea que se transmite en silencio y que solamente puede captar las personas sumisas en el misterio. Una certeza en la mente inconsciente de aquel que atraviesa el umbral del espacio sepultado por el tiempo.
El sirviente al fin, se dejó ver gracias a las temblorosas velas del candelabro de plata: un hombre de mediana edad con estraños tatuajes en el rostro, su piel era oscura como una identidad propia de otro lugar, un distintivo característico de otro país: era el mensajero  de la otra noche, Guillaume Devereaux.
“ Bienvenida” Mademoiselle Duvalier, le estábamos esperando.”
Y Carol…  dio un paso adelante, firmando así el cambio de rumbo de su destino.

Carol Duvalier 

Carol Duvalier siempre había sido una niña peculiar. La vida en Levallon, un tranquilo pueblo en las tierras fértiles de Francia, no ofrecía grandes sorpresas, pero Carol poseía algo que la diferenciaba de las demás jóvenes de su edad: una profunda fascinación por las palabras y las historias que parecían abrir mundos secretos ante sus ojos. Era hija de Pierre Duvalier, un maestro encuadernador que no solo reparaba libros antiguos, sino que también los creaba a mano, una labor que demandaba gran habilidad y dedicación.

“Un día, cuando Pierre Duvalier era solo un niño, vio entrar en el taller de su padre a un sujeto misterioso: Encapuchado y con una túnica negra que le cubría todo el cuerpo. Sin embargo Pierre se quedó con el tono de voz de aquel hombre. Denotaba perdida, tristeza e incertidumbre. Como si la muerte lo fuera arrastrando a la tierra muy lentamente…
Con sigo, un libro muy Antiguo: Aqua et Cor
Y en su dedo un anillo con el escudo Roucheverneaux: Un ciprés, flanqueado por un cuervo y un lobo.


Escudo de la familia Roucheverneaux:

El escudo de la  un majestuoso ciprés dorado en el centro, con raíces envolvidas en una sombra oscura, simbolizando su linaje marcado por la maldición. Está dividido en un fondo azul noche y rojo carmesí, representando sabiduría y sacrificio. Encima, una corona de laurel negro, flanqueado con un lobo, símbolos cuyo lema en latín: "Lux ex Tenebris" —"La luz surge de la oscuridad"—


Aquella noche, Pierre vio trabajar a su padre, contempló como un libro viejo y sucio podía transformarse en algo bello y hermoso... - Las segúndas oportunidades son para los que creen y aman su trabajo….- …decía mientras terminaba de coser las letras del título “ Aqua et Cor”. Los ojos del pequeño Pierre estaban fascinados, todo aquello parecía ¡ magia! Desde aquel día Pierre Duvalier quiso ser como su padre. El joven se fijó en una mancha en el lomo. Su Padre cogió un trapo viejo y un líquido que olía horrores. Una vez limpio, las letras aparecieron “ Propiedad de la familia Roucheverneaux”.

Pierre Duvalier había heredado ese oficio de su padre y lo había perfeccionado con los años. Desde pequeña, Carol había visto a su padre rodeado de cuero, pergaminos y tinta, pero también había heredado de su madre —quien murió joven de tuberculosis— una colección de libros románticos y de cuentos de hadas que llenaban su imaginación con príncipes, princesas y seres mágicos.

A los catorce años, Carol, como muchas jóvenes en la época, se vio en la encrucijada de encontrar marido. Tres pretendientes de Levallon se presentaron ante su padre para pedir su mano: 

Lucien Bourdelle, un joven terrateniente ambicioso:
La relación entre Carol Duvalier y Lucien Bourdelle, un joven terrateniente ambicioso, parecía prometedora. Lucien era carismático, hablador, y veía en Carol no solo una esposa, sino también una manera de consolidar su posición en Levallon. A diferencia de Henry, Lucien cortejó a Carol con entusiasmo, mostrándose afectuoso y atento durante el noviazgo.

Sin embargo, la noche de bodas reveló otra verdad. Lucien, impulsivo y abrumado por expectativas y deseos que Carol no compartía, perdió rápidamente el interés cuando la realidad no se ajustó a sus fantasías. Al final, incapaz de lidiar con la desconexión que surgió entre ellos, abandonó la relación de inmediato, dejando a Carol sola antes del amanecer.

Henri du Roguet, hijo menor de la familia que una vez gobernó las viñas de Roguet:
La relación entre Carol Duvalier y Henry Du Roguet fue, desde el principio, una cuestión de conveniencia. Henry, apurado por la necesidad de casarse para heredar los viñedos de su familia, eligió a Carol por cumplir con lo necesario: una joven adecuada, sin complicaciones.

La boda fue lujosa, pero la verdadera ruptura ocurrió en la intimidad de la noche de bodas. Algo en Carol, una sensación inexplicable y profunda, hizo que Henry se distanciara por completo. A la mañana siguiente, había dejado claro que el matrimonio no seguiría. Sin explicaciones, solo vacío y un final abrupto.

Marc Delacroix, un sencillo pero devoto herrero.
La relación entre Carol Duvalier y Marc Delacroix, el honesto y trabajador herrero de Levallon, comenzó con genuina amabilidad. Marc, a diferencia de los otros, no buscaba estatus ni poder, solo una vida sencilla junto a alguien a quien respetaba. Durante el noviazgo, Carol sintió por primera vez algo cercano a la calma y la esperanza de un futuro sereno.

Sin embargo, las habladurías sobre sus fallidos matrimonios con Henry y Lucien comenzaron a afectar a Marc. Los rumores de extrañas desavenencias y las miradas inquisitivas del pueblo sembraron dudas en su corazón. La noche de bodas, Marc, nervioso y confundido, decidió dar un paso atrás. Le dijo a Carol, con un pesar evidente, que no podía continuar.

Carol lo entendió, sabía que no era realmente culpa de Marc, sino de las circunstancias que la rodeaban. Mientras los vecinos la miraban con preocupación, la joven, rota y decepcionada con un destino que parecía condenarla, regresó sola a casa. Se dejó caer sobre su cama aún con el vestido de novia. 

Lo que no sabía Carol, es qué aquella tarde, alguien más le había seguido hasta su casa. Un ser cuyos atuendos haría sospechar a niño, de que aquel individuo poseía ciertas intenciones ocultas. 
En ese instante se puso a llover.

El futuro de la jovencita no estaba claro, aún. Y es que,  de manera misteriosa, cada uno de los pretendientes devolvía la mano de Carol sin dar explicaciones claras, y los rumores de los ciudadanos de Levallon comenzaron a surgir: que si Carol estaba maldita, o que quizá algún tipo de fuerza oscura rodeaba su destino. Nadie en Levallon podía explicarlo…

El sueño 

Lo que nadie sabía era que Carol tenía un sueño recurrente desde la niñez. En su sueño, aparecía en un magnífico palacio de cristal, rodeada de un jardín lleno de rosas gigantes y de colores brillantes, con pájaros cantando y un arroyo que brillaba bajo el sol. Llevaba puesto un vestido de princesa, y por un momento todo parecía sacado de las historias románticas que leía. Pero siempre, como una premonición oscura, llegaba una tormenta en el horizonte. Las nubes se arremolinaban, y en la entrada del palacio aparecía un ser abominable, una sombra alargada con una mano enorme y garras que se extendían hacia ella. Una cinta roja, eléctrica y resplandeciente, la unía al ser, envolviéndola desde la cintura hasta la mano del monstruo. Las flores se marchitaban, el suelo se convertía en un pantano, y mientras manos huesudas emergían de la tierra, vestidas en jirones de antiguos vestidos de novia, Carol era arrastrada hacia la oscuridad. Siempre despertaba gritando, sintiendo una presencia que la observaba desde la ventana de su habitación, aunque nunca veía a nadie allí.

En Levallon, la Mansión Bellefleur había sido durante mucho tiempo un lugar de misterio. La familia Rochefort, que había gobernado esas tierras, desapareció de la vida pública hacía décadas. La mansión era enorme, con la mayor biblioteca conocida en la comarca, un lugar de ensueño para Carol, quien había deseado durante años explorar sus tesoros literarios. Sin embargo, pocos se atrevían a acercarse al lugar. Las tierras, una vez fértiles, habían caído en el olvido, y aunque el jardinero, Jacques Malet, y su hijo Baptiste mantenían el jardín bajo el mando de un misterioso sirviente llamado Monsieur Armand, nadie más quería trabajar en Bellefleur. Panaderos y carniceros seguían vendiendo sus productos a la mansión, pero siempre hablaban en voz baja de los extraños sucesos que ocurrían allí, desapariciones inexplicables, y de la sensación de que algo en Bellefleur no pertenecía a este mundo.

Las leyendas de Bellefleur eran variadas. Algunas decían que las tierras habían sido malditas por la envidia de otros terratenientes, como los Vaurin, cuyas tierras se encontraban cercanas y habían caído en desgracia cuando Bellefleur prosperaba. Otras historias apuntaban a un joven misterioso que alguna vez entregaba libros antiguos a Jean Duvalier, pero que tras la desaparición de varias jóvenes curiosas, decidió encerrarse en la mansión, sin ser visto nunca más. Nadie sabía qué era verdad y qué era leyenda, pero Bellefleur era sin duda un lugar temido y reverenciado.

El cartero

Una noche oscura, con la luna llena bañando los campos de Levallon en una luz plateada, llegó un mensajero a la casa de los Duvalier. Se llamaba Guillaume Devereaux, un hombre de mirada severa y porte inexpresivo, y traía una carta con el emblema de la familia Rochefort. La carta solicitaba los servicios de Pierre Duvalier para restaurar una colección de libros en la mansión. Pierre aceptó sin dudar, fascinado por la oportunidad de entrar en la biblioteca que tanto había escuchado mencionar, pero al mismo tiempo con una inquietud que no pudo explicar. Se despidió de Carol con la promesa de regresar en unos días.

3 días después 

Tres días después, Carol no había recibido noticias de su padre. La preocupación creció en su pecho hasta volverse insoportable. Aunque los habitantes del pueblo le advirtieron que no fuera a Bellefleur, ella no podía esperar más. Así que, una mañana nublada, Carol se vistió con su capa y decidió que debía encontrar a su padre. Sabía que las respuestas que buscaba la esperaban en la mansión que tanto la había fascinado y aterrorizado desde niña.

Carol llega a la mansión Bellefleur 

Cuando Carol llegó a las puertas de Bellefleur, sintió el peso de la historia y las leyendas caer sobre ella. Las flores del jardín parecían más apagadas que de costumbre, y el silencio era casi palpable. Sin embargo, la biblioteca dentro de la mansión la llamaba, como si fuera un destino inevitable, y el misterio de la desaparición de su padre era ahora su misión más urgente.




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