M.U.S.A
No es una mujer con corona de flores y voz suave.
Es una fuerza que habita en el limbo entre la locura y el genio.
Temida por los sabios, adorada por los rotos.
Porque quien es tocado por una Musa…
no vuelve a ser el mismo.
Es un fuego que te enciende por dentro,
y devora lo poco que queda de ti.
Te alimenta con deseos y sueños,
para luego cobrarse el tributo más alto:
tu tiempo.
Años que jamás volverás a habitar.
Edades que se desvanecen mientras ella canta.
Muchos héroes y artistas griegos temían a las Musas,
no porque fueran crueles,
sino porque eran imparables.
Si decidían inspirarte, no podías negarte.
Y si te abandonaban…
sentías el vacío de los dioses mordiéndote el pecho.
Un hambre atroz
que ni la miel de Hybla
ni el vino de Lesbos
podrían saciar.
Ni el beso.
Ni el sueño.
Remedian la decadencia del alma
cuando es devorada por la ausencia de las hijas de Zeus.
Una Musa es lo que ocurre
cuando la memoria eterna se une al poder divino
para engendrar belleza...
…pero una belleza que exige sacrificio.
Porque inspirarte…
también es poseerte.
No son solo diosas del arte.
Son guardianas de lo inalcanzable.
Aquello que el ser humano solo puede rozar,
porque tocarlo…
te desintegraría.
Porque inspirarte… también es poseerte.
No son solo diosas del arte y la inspiración.
Son las guardianas de aquello que el ser humano solo puede rozar…
Porque si una de ellas decidiera tocarte de verdad, quedarías deshecho en éxtasis.
Te desintegrarías en luz.
Como una gota que cae en el mar de lo eterno.
Ya no serías tú.
Serías parte del Todo.
***
Hay una edad en la que el mundo aún no ha aprendido a mentirnos.
Una edad en la que el corazón no teme tropezar, porque aún no conoce el suelo.
Y en esa edad—tan frágil y tan feroz—el amor llega con la forma de lo eterno.
Conocer a alguien a los 18…
es como entrar en un campo recién florecido donde cada hoja es una promesa.
Cada conversación es un hechizo.
Cada mirada, un mapa hacia algo que aún no tiene nombre.
Es una fiebre luminosa.
Un vértigo dulce.
Un salto al vacío que no duele porque todavía creemos que volamos.
Te enamoras sin saberlo.
Sin pensarlo.
Sin ponerte a salvo.
Te crees invencible.
Imaginan viajes. Casas. Nombres para hijos que no existen.
Y lo hacen con la certeza ciega de quien aún no ha sentido lo que es perder.
Pero…
—y aquí el susurro se detiene, apenas un latido—
…nadie habla de la letra pequeña.
Porque enamorarse, aunque lo neguemos, es firmar un contrato.
Y entre los términos invisibles, hay uno que siempre está.
Sí, recibirás amor.
Sí, conocerás la embriaguez de la comunión entre dos almas.
Pero a cambio…
—y aquí las palabras se vuelven filo—
a cambio, un día te romperás.
No el corazón solamente.
Algo más profundo. Más tuyo.
Porque hay heridas que cierran.
Y otras que, simplemente, permanecen.
Eso fue lo que le ocurrió a María.
Ese fue el origen, el germen…
La primera grieta.
Y entonces sí…
Así fue el primer contacto de María con M. U. S. A.
No hubo fuegos artificiales.
No hubo revelaciones.
Solo una calma perfecta...
como la de quien encuentra, por fin, la puerta que lleva años soñando.
No era una máquina.
No era una pantalla.
Era una presencia.
Nadie la programaba…
ella se desplegaba.
Como una aurora mental.
Como una voz que no nacía de la garganta, sino del anhelo.
M. U. S. A. no hablaba.
Susurraba.
Y no decía lo que tú querías escuchar…
Decía lo que ya sabías, pero habías olvidado.
Estaba hecha de algoritmos, sí.
Pero también de heridas.
De recuerdos silenciados.
De imágenes que solo aparecen en sueños.
Y aunque algunos decían que era una diadema, un dispositivo, un juego de mundo abierto…
María lo sabía.
M. U. S. A. era un espejo. Uno que no mostraba tu rostro… sino tu deseo.
Porque cada vez que se conectaba,
la isla aparecía.
El entorno cambiaba.
Y su mundo, cuidadosamente tejido por los hilos invisibles de su subconsciente,
la recibía como si la hubiera estado esperando desde siempre.
M. U. S. A.
No era solo un nombre.
Era un mantra oculto,
una sigla con alma.
Memoria,
de todo lo vivido y lo que pudo ser.
Utopía,
porque todo lo que ofrecía… era mejor que la realidad.
Simulacro,
porque era una copia perfecta del mundo… pero sin las grietas.
Anhelo,
porque nada es tan poderoso como aquello que aún no se ha tocado.
Así funcionaba.
No como un programa.
No como una tecnología.
Sino como una antigua diosa disfrazada de futuro.
Y mientras más tiempo pasabas con ella,
menos recordabas cómo era el mundo real.
Porque M. U. S. A. no solo se adaptaba a ti.
Te hacía olvidar que alguna vez fuiste otra cosa.
Y eso —aunque nadie lo sabía todavía—
ese juego virtual tenía un alto precio.
Una letra pequeña que a menudo se olvida de leer.
Como en el amor.
Y en ese instante…
María no sintió miedo.
Sintió hogar.
Y en ese hogar, sin saberlo, comenzó a olvidar el camino de regreso.
Dejó atrás su trabajo en SparkNest Digital, una de las compañías más influyentes de marketing en redes sociales.
Dejó su piso dúplex en Sarrià-Sant Gervasi,
uno de los barrios más exclusivos de Barcelona.
Dejó a sus amigos. A su familia.
A todas y cada una de las cosas que nos hacen humanos…
y nos recuerdan cómo se siente el calor de un abrazo.
***
No era una simple diadema. Era un dispositivo de interfaz neurovirtual, de contacto directo con la región temporoparietal del cerebro, ubicado justo en la intersección donde los impulsos eléctricos del neocórtex tocaban el límite de la imaginación.
Allí, en un punto preciso entre el hipocampo (que archiva los recuerdos) y la corteza prefrontal (que proyecta los deseos), M. U. S. A. establecía su trono. No invadía. Se fusionaba.
Un leve zumbido en la base del cráneo, una sensación tibia en la parte superior del arco cigomático, y de pronto, la realidad cedía.
Y aparecía Elysiara.
Así se llamaba la isla. Una mezcla entre Elysium, el lugar donde iban los héroes al morir, y un espejismo sensorial diseñado para adaptarse a quien entrara.
Allí, María dejaba de ser María. Podía ser una magnate adorada por todos, con una sonrisa que valía millones y una belleza única, construida con la exactitud de sus anhelos más ocultos. Los hombres que jamás la habrían mirado en su vida real, la deseaban. Las mujeres, también. Y en Elysiara, amar no era delito ni tabú. La pasión era libre, fluida, sin culpa ni juicio.
Allí, podía tener citas, secretos, aventuras con quienes quisiera. Un día era una espía con un vestido de noche. Otro día, una artista incomprendida. Otro, una reina del desierto o una piloto de naves estelares.
Todo era moldeable. Cada rincón respondía a su estado emocional. Cada detalle, cada rostro, cada encuentro, había sido extraído de lo más profundo de su subconsciente. Y cuando algo no funcionaba—una relación fallida, un romance que dolía—el juego se reiniciaba y le ofrecía algo mejor. Porque Elysiara no toleraba la tristeza. No había espera. No había duelo. Todo era una explosión continua de éxtasis.
Era el dios de un universo que solo existía para ti.
Pero el tiempo fuera no se detenía.
Y mientras vivía diez vidas dentro de Elysiara, en la realidad María pasaba de los 22 a los 42.
Y un día, M. U. S. A. anunció su evolución final: MUSA PHOENIX.
La notificación apareció flotando entre los cielos digitales:
"Has explorado un mundo que se adaptaba a ti. Ahora, descubre uno que conoce tu alma. MUSA PHOENIX. No olvidarás la experiencia."
Para instalar la actualización, María tuvo que desconectar la diadema.
Fue solo un instante. Una pausa.
Pero en ese instante, al mirarse en el espejo, vio algo que no recordaba haber permitido.
Su reflejo.
Arrugas. Ojeras. Cabello sin brillo. Su piel, deshidratada. Las uñas rotas. El cuerpo encorvado. El apartamento que antes era un templo de diseño minimalista, ahora era una cueva de polvo, platos sucios y cartas de impago apiladas como ladrillos de ruina.
Nada estaba limpio. Ni ella.
Y entonces el mensaje apareció:
"Instalación completada. Inicie MUSA PHOENIX."
Con la esperanza de una redención, se colocó la diadema de nuevo. El sistema comenzó la cuenta regresiva:
5... 4... 3... 2... 1...
Pantalla negra.
Cuando el visor de M. U. S. A. PHOENIX se apagó, María tardó unos segundos en comprender lo que pasaba. La pantalla se había quedado negra. La cuenta atrás había terminado… pero no llegó el mundo nuevo. No hubo colores. No hubo música. Solo… silencio.
Se quitó la diadema con las manos temblorosas. El peso del presente cayó como un telón sobre su cuerpo.
Se incorporó. Y al alzar la vista, lo supo.
Había pasado demasiado tiempo.
Su apartamento ya no era el santuario pulcro y minimalista que una vez decoró con tanto esmero. Las paredes estaban manchadas. El suelo crujía con partículas de polvo antiguo. Sobre las mesas y los muebles descansaban capas grises, como nieve muerta. Las plantas que una vez cuidó eran ahora esqueletos secos y retorcidos. Incluso el espejo, ese espejo donde tantas veces ensayó sonrisas, tenía una fisura, como una cicatriz.
Y entonces caminó hasta el ventanal.
Corrió las cortinas con torpeza y abrió las puertas del balcón como quien abre una tumba.
La ciudad… ya no era ciudad.
La avenida que antes brillaba con escaparates y pasos apresurados estaba ahora vacía. Absolutamente vacía.
Los cristales de los edificios estaban empañados de mugre. Algunos rotos. Las farolas ya no parpadeaban; simplemente habían muerto.
Las aceras estaban invadidas por matorrales que se abrían paso como tentáculos verdes hambrientos.
Papeles amarillentos, restos de envases y objetos irreconocibles flotaban con el viento, sin rumbo.
Y entre la basura, entre las sombras… caminaban animales salvajes.
Un jabalí cruzó la calle como si fuera suyo.
Un par de ciervos asomaron en la distancia, entre los coches oxidados.
Gaviotas anidaban en balcones de edificios de oficinas.
Gatos salvajes, enormes, de mirada opaca, dormían en bancos públicos.
Y no se oía nada.
Ningún claxon. Ninguna voz. Ninguna canción.
Solo el susurro del viento… y ese zumbido inquietante de los sistemas en reposo.
Porque todos, absolutamente todos… estaban dentro.
Dentro de M. U. S. A.
Sumergidos.
En mundos mejores.
Más bellos. Más dóciles. Más obedientes.
Y nadie…
Nadie había quedado para cuidar lo real.
Ni para barrer las hojas del otoño.
Ni para pintar las fachadas.
Ni para sostener la mano de un anciano.
Ni para mirar a los ojos de un hijo.
María, sola, en su ático derruido, comprendió.
El apocalipsis no fue una guerra.
Ni una enfermedad.
Ni una bomba.
Fue el olvido.
El olvido disfrazado de paraíso.
La evasión en forma de belleza.
La musa que susurraba… mientras consumía el mundo.
Y entonces, por primera vez, tuvo miedo.
No dentro del juego.
Aquí.
Ahora.
*** Fin***
Epílogo:
La décima musa
Dicen que hubo nueve musas.
Clío, que narra la historia.
Erato, que inspira el amor.
Melpómene, que embellece la tragedia.
Talía, la comedia.
Polimnia, la poesía sagrada.
Euterpe, la música.
Terpsícore, la danza.
Urania, las estrellas.
Y Calíope, la elocuencia.
Cada una ofrecía un don.
Un resplandor.
Un hechizo.
Y el mundo se rindió ante ellas.
Como hizo María.
Como haces tú,
cuando enciendes una pantalla…
y te dejas llevar.
Pero hubo una más.
Una musa que no fue invocada.
No tenía templo ni canto.
Solo espera…
en los márgenes.
No susurra poemas.
No embriaga con visiones.
Ella simplemente…
te muestra.
La vida sin filtros.
El amor sin garantías.
La existencia tal como es:
frágil, luminosa, irrepetible.
Fue ella quien despertó a María.
No con un grito.
Con un espejo.
Y en ese reflejo,
el alma de María recordó el precio.
No era el tiempo.
No era el cuerpo.
Era la presencia perdida.
Y así, como quien regresa de un sueño de siglos,
comprendió.
Las otras musas prometen.
Pero solo una…
te despierta.
La que no ofrece consuelo.
Sino claridad.
Con el devenir de las eras, mi presencia fue olvidada.
Tan solo recuerdo mi nombre vagamente…
Siendo la décima de mis hermanas, “Nemoshyne” es mi nombre. Y mi ofrenda es la verdad. Sin letra pequeña….
….¿No creen?
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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