Odasiri Cuentos sorprendentes. El misterio del cuaderno.


Vivimos en tiempos maravillosos, donde la tecnología ha transformado la forma en que los niños descubren el mundo. Ya no es necesario esperar por información, entretenimiento o amigos imaginarios, cuando todo eso y más cabe en el bolsillo, dentro de un móvil. Hoy, incluso los más pequeños pueden sostener un dispositivo brillante y, con solo deslizar un dedo, abrir un universo entero. Es fascinante pensar que un niño de corta edad puede aprender a manejar un teléfono o una tablet antes de aprender a leer o escribir. ¡Qué poder tan asombroso!

Los móviles ofrecen de todo: videos educativos, juegos emocionantes, historias visuales que cobran vida en la pantalla, y más. Los niños ahora pueden acceder a un conocimiento sin límites, explorar mundos virtuales donde todo está ya diseñado, con gráficos espectaculares y desafíos que los retan a pensar. ¿Quién podría negar que tener un móvil a una edad temprana es una ventaja? Con él, todo está al alcance de su mano: colores, historias, personajes... ¿Qué más se puede pedir?

Sin embargo... algo curioso ocurre en este maravilloso paisaje de luces y pantallas. Algo que, quizás, no notamos de inmediato. Porque, a pesar de todos los mundos digitales y gráficos perfectos, algo parece quedar atrás, algo esencial. Quizás, solo quizás, haya algo más, algo que los móviles no pueden reemplazar del todo. Pero... ¿qué podría ser?*


Clara 

Clara siempre estaba con el móvil. Desde que los primeros rayos de luz iluminaban su ventana en la mañana, su mano buscaba con ansia el resplandor frío de la pantalla. El día no comenzaba hasta que el dispositivo estaba firmemente entre sus dedos, y, con cada toque, se abría un portal hacia un mundo que sólo ella habitaba. Por la mañana, al medio día, incluso durante la cena, el móvil dominaba su mirada, como si el universo mismo se desplegara en ese pequeño rectángulo brillante. Ni sus padres, ni sus dos hermanos, podían romper el hechizo que la envolvía. Para Clara, nada más existía.

Así, los días se sucedieron uno tras otro, sin distinción. La Clara que había jugado con imaginación en su niñez había desaparecido, sustituida por una versión de sí misma absorbida por la pantalla. Desde los diez años hasta los diecisiete, su vida transcurrió como un susurro, sin que ella se percatara de cómo el tiempo se desvanecía. Las estaciones cambiaban, los días se alargaban y acortaban, pero para Clara, todo era igual: las mismas imágenes, los mismos sonidos, una realidad que se filtraba a través del brillo del móvil.

La vida, con sus momentos fugaces y oportunidades, pasó a su alrededor, mientras ella no levantaba la vista para ver. Los abrazos de su familia, las conversaciones en la mesa, las risas compartidas en el salón... todo se convirtió en un eco lejano, reemplazado por el constante flujo de notificaciones y actualizaciones. El tiempo, aquel antiguo maestro, avanzaba silenciosamente, dejando marcas invisibles que Clara aún no podía ver.

Y así, un día tras otro, hasta que... de repente, todo cambió.

Una mañana, como tantas otras, Clara extendió la mano hacia la mesa de noche, esperando encontrar el móvil allí, como siempre. Pero algo había ocurrido. El móvil, su constante compañero, había desaparecido. Sin explicación alguna, sin advertencia previa, se había desvanecido de su vida, como una estrella que cae del cielo en la noche más oscura.

Clara salió de su casa una mañana cualquiera, pero había algo distinto en el aire. Al caminar hacia el coche, notó que todos los niños con los que se cruzaba estaban inmersos en sus móviles, como si el mundo real ya no fuera lo suficientemente interesante para ellos. A la primera esquina, vio a Javier, su vecino, sentado en un banco con la mochila sobre las piernas, los ojos fijos en la pantalla mientras sus dedos volaban, probablemente enviando mensajes en alguna aplicación. No levantó la cabeza cuando Clara pasó, solo hizo un gesto rápido con la mano, sin mirarla.

Unos metros más adelante, Clara observó a Paula, que siempre caminaba rápido hacia la escuela. Pero hoy, sus pasos eran torpes, tropezando de vez en cuando con la acera mientras intentaba mantener el equilibrio sin apartar la vista de su teléfono. Estaba tan absorta en un video que ni siquiera se dio cuenta de que había pasado por un charco, empapando sus zapatos.

Luego, al subir al coche con su padre, Clara vio a un grupo de niños en la parada del autobús. Allí estaba Raúl, que solía saludarla con una sonrisa amplia, pero esta vez, como todos los demás, miraba su pantalla con el ceño fruncido, como si el mundo se limitara a ese pequeño rectángulo brillante. El saludo era siempre el mismo: una mano alzada sin apartar los ojos de la pantalla, como si mirar a la cara del otro ya no fuera necesario, como si el rostro humano hubiera perdido su importancia.

Clara suspiró, enfadada. Esa mañana había perdido su móvil y el mundo parecía haberse vuelto en su contra. Su iPhone no estaba en su mochila, ni en los bolsillos de su chaqueta, ni siquiera en el coche. Lo había buscado mil veces, pero no aparecía. Y ahora, mientras su padre conducía por el tráfico denso de Barcelona, ella estaba molesta, casi furiosa. Culpaba a su familia, convencida de que de alguna manera, ellos eran responsables de que su móvil no estuviera frente a sus ojos en ese preciso instante.

El trayecto del colegio, el Colegio Mirador del Mar, hasta su casa, solía durar unos 30 minutos, y ese tiempo era su momento para revisar mensajes, videos, stories... Pero hoy, sin el móvil, cada minuto parecía eterno, como si los relojes se hubieran detenido. La caravana avanzaba lentamente, y el tráfico era más denso de lo habitual. Al parecer, un camión había tenido un accidente en la Ronda de Dalt, y ahora todo estaba parado. Clara se hundió en su asiento, sintiendo cómo su aburrimiento se transformaba en un mal humor profundo.

Miró a su alrededor buscando algo que hacer, cualquier cosa que le hiciera pasar el tiempo. Fue entonces cuando notó que no era la única que estaba atrapada en una pantalla. A su derecha, un policía que intentaba dirigir el tráfico sacó su móvil y comenzó a deslizar los dedos por la pantalla. Clara lo observó incrédula; ni siquiera en medio de un atasco dejaba de mirar su teléfono. Del otro lado de la calle, un transportista que había aparcado su camión también estaba inmerso en su móvil, ignorando por completo el paquete que debía entregar. Y, justo delante de ellos, el conductor de un coche deportivo encendía su smartphone en cada pausa, aprovechando cada segundo en el tráfico para revisar mensajes y videos.

Clara no podía creerlo. Era como si el mundo entero se hubiera detenido por culpa de esas pequeñas pantallas, y ahora, sin el suyo, se sentía completamente desconectada. "Qué aburrimiento", pensó, mientras su padre murmuraba algo sobre el tráfico.

Fue entonces cuando, casi por casualidad, su mano se deslizó hacia un bolsillo en el asiento delantero, justo detrás del asiento del copiloto. Allí encontró algo que no había visto en mucho tiempo: una libreta vieja.

Dibujar en una libreta... es un acto sencillo, pero profundo. Es como tener en tus manos un universo en blanco, esperando a ser descubierto. No hay distracciones, no hay pantallas brillando ante ti. Solo tú, un lápiz, y la promesa infinita de lo que puede surgir en esa hoja vacía. Hay algo profundamente liberador en eso. Con cada trazo, cada línea, dejas parte de ti en el papel, una parte que nadie puede tocar ni modificar. Es tu creación, tu mundo.

Cuando dibujas, no hay reglas. No importa si es un dragón, una flor, o simplemente un garabato. No estás tratando de complacer a nadie más, ni de alcanzar algún estándar externo. Solo estás expresando lo que hay dentro de ti. Es un diálogo silencioso entre tus pensamientos y tus manos. Y lo que surge de ese diálogo, aunque sea una pequeña figura o una forma abstracta, es algo único, algo que no existía antes.

Cuando Clara, tras haber perdido su móvil, se encontró con una vieja libreta en el fondo del coche. Al abrirla, algo dentro de ella despertó, un impulso que ni ella misma comprendía. Al principio, los trazos eran torpes, vacilantes, como si su mano no recordara cómo sostener el lápiz. Pero entonces, de manera casi mágica, sus dedos comenzaron a moverse por sí solos, con una precisión y seguridad que la sorprendió. Era como si sus manos supieran algo que su mente aún no había descubierto. Clara sintió cómo, con cada línea, su mente se sumergía en un mundo lleno de posibilidades, un reino donde los límites se desvanecían y todo podía cobrar vida.

A cada trazo, un nuevo ser emergía del papel: ninfas danzando bajo la luna, dragones que surcaban cielos lejanos, criaturas extrañas y mágicas que Clara nunca había imaginado antes. Se encontraba, sin darse cuenta, atrapada en un trance creativo, donde el tiempo se diluía y solo existía el dibujo. Cada línea, cada sombra, la transportaba más lejos de su realidad cotidiana, llevándola a un lugar donde ella tenía el poder de dar forma a mundos nuevos.

***

Clara finalmente llegó a la escuela, con su vieja libreta bajo el brazo. Estaba llena de dibujos, criaturas mágicas y paisajes fantásticos que había creado durante esos minutos del trayecto a la escuela, mientras entraba al aula, un cosquilleo de emoción le recorría el cuerpo. Quería enseñarle a sus compañeros todo lo que había dibujado. Había trabajado tanto en cada personaje, en cada detalle, y estaba segura de que ellos también quedarían maravillados.

Sin embargo, al acercarse a su grupo de amigos, se dio cuenta de que todos estaban absortos en sus móviles. Javier, siempre el más competitivo, estaba mirando videos de jugadores de videojuegos en internet. Leslie y Paula, sus mejores amigas, no apartaban la vista de sus redes sociales, donde nuevos desafíos virales y fotos editadas llenaban sus pantallas. Incluso Diego, el chico más bromista de la clase, se estaba riendo solo, mirando algún meme nuevo. Nadie parecía estar interesado en nada más.

-¡Miren lo que dibujé! -exclamó Clara, abriendo con cuidado su libreta-. He estado trabajando en estos personajes, y creo que...

Pero antes de que pudiera terminar su frase, Javier la interrumpió.

-¿Dibujos? -dijo, sin despegar la vista de su móvil-. Clara, eso está pasado de moda. Mira esto -y le mostró un video viral que estaba viendo-. Esto sí que es interesante.

-Sí, Clara -añadió Leslie, con una leve sonrisa-, en internet encuentras cosas mucho más chulas. ¿Por qué te molestas en dibujar?

Paula asintió, mientras navegaba en su cuenta de Instagram. Clara sintió una punzada en el pecho. ¿De verdad todos pensaban así? ¿Que su mundo de dibujos no valía nada comparado con lo que veían en sus pantallas? El ambiente se tensó, y por primera vez, Clara sintió una mezcla de frustración y tristeza.

-No todo tiene que ser digital -respondió Clara, con la voz firme-. Dibujar es... especial. Te desconectas, y puedes crear cualquier cosa, lo que imagines.

-¿Especial? -se rió Diego-. Yo prefiero mil veces mi móvil a estar sentado dibujando. ¡Eso es aburrido!

Clara estaba a punto de responder cuando la puerta del aula se abrió de golpe, y la profesora Martínez entró con su acostumbrada mirada severa. Todos guardaron silencio de inmediato. La profesora observó la libreta de Clara y se percató de la tensión en el ambiente.

-Clara -dijo, en tono firme-, ¿qué está ocurriendo aquí? Parece que tu libreta ha generado mucho interés. Muéstranos lo que tienes.

Clara dudó por un momento, pero la mirada de la profesora la convenció. Lentamente, abrió su libreta frente a todos. Y de repente, algo increíble sucedió. Los dibujos comenzaron a desprenderse de las páginas, todos aquellos personajes iban cayendo como hojas secas en otoño. Entonces, todos comenzaron a reírse. 
Clara frustrada intento cerrar la libreta, estaba pasando mucha vergüenza, y cuando todo parecía estar demostrado y dicho....

....una tras otra las hojas comenzaron a flotar por el aire, y antes de que nadie pudiera reaccionar, los personajes dibujados de Clara ¡empezaron a moverse!

Las criaturas que había creado: dragones, ninfas y animales fantásticos, comenzaron a volar y corretear por la clase. Los compañeros, que antes se reían, ahora estaban boquiabiertos, sin poder creer lo que veían. Las criaturas llenaban la sala con vida y color, transformando lo que parecía un simple dibujo en una aventura real.

"Las ninfas se levantaron del papel y comenzaron a danzar con gracia etérea. Los dragones extendieron sus alas, emitiendo un rugido silencioso, y alzaron el vuelo, recorriendo la sala como si estuvieran explorando un nuevo mundo"

Marta, perpleja, no podía apartar la mirada. Los ojos de Clara se abrieron de par en par, incapaz de creer lo que veía. Los personajes que ella misma había creado, aquellos seres que solo existían en su imaginación, ahora caminaban, volaban, respiraban. El aula se llenó de vida, un mundo que solo Clara conocía, pero que ahora estaba abierto a todos.

-No puede ser... -murmuró Clara, mientras veía a uno de sus pequeños seres saludarla y guiñarle un ojo antes de correr hacia la puerta.

Javier fue el primero en romper el silencio.

-Clara... -dijo, con una mezcla de asombro y humildad-, ¿me enseñarías a dibujar algo así?

Leslie y Paula también se acercaron, mirándose entre ellas. Poco a poco, los demás se unieron.

-¿Nos enseñas a todos? -preguntó Diego, con una sonrisa nerviosa.

Clara, sorprendida, asintió. Y desde aquel día, en la clase de lenguaje, los móviles quedaron olvidados en las mochilas. En su lugar, las manos de los alumnos se llenaron de lápices y libretas. Juntos, empezaron a crear personajes fantásticos, y el aula se convirtió en un espacio de imaginación y creatividad. Los dibujos ya no solo pertenecían a Clara. Ahora, todos podían crear su propio mundo.



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