Ataraxia IV. Aterion



 Ataraxia IV : Aterion 


Despertó envuelta en una penumbra espesa, tan densa que parecía tener peso propio. El aire no olía a nada, pero dolía al respirar, como si la humedad se hubiese convertido en una sustancia que castigaba los pulmones. A su alrededor, niebla. No había techo ni cielo, ni paredes ni suelo firme… solo una extensión infinita de sombra, interrumpida por figuras silenciosas, clavadas como estatuas en la tierra cenagosa.

Kuore no recordaba cómo había llegado hasta allí. Solo sabía que había despertado... y que no estaba sola.

A la distancia, lo primero que distinguió fueron siluetas humanas. Decenas. Cientos. Tal vez miles. Todos quietos. Todos mirando hacia un mismo punto: la línea borrosa de una costa imposible, donde la Laguna Estigia extendía su manto de oscuridad líquida. Nadie se movía. Nadie hablaba. Y sin embargo… había ruido.

Un murmullo leve comenzó a crecer. Al principio era solo un eco lejano, un susurro que parecía flotar en la niebla, como hojas secas arrastradas por el viento. Pero a cada paso que Kuore daba, el murmullo se transformaba. Ya no eran sonidos vacíos. Eran voces.

—¿Dónde estoy?
—¿Dónde estás…?
—¿Hay salida?
—No puedo recordar...
—¿Estoy muerto?

Las voces se multiplicaban, superponiéndose unas a otras, como una orquesta sin partitura. Voces quebradas, algunas con miedo, otras con desesperación, muchas con una calma tan muerta que dolía. Kuore no sabía si eran reales o si venían de su interior. Pero el dolor de escucharlas era real.

La niebla temblaba con cada palabra no respondida.

Se llevó las manos a los oídos. No podía soportarlo. No podía pensar. El murmullo era ensordecedor. No por el volumen, sino por el peso emocional que arrastraba.

Nadie gritaba. Y eso era lo peor.

***

Ella estaba allí, sola… 
Y entonces la angustia brotó, lenta, como una gota de agua que caía desde el centro del pecho y se iba expandiendo por dentro. Primero fue desconcierto: el no saber dónde estaba, cómo había llegado, qué se esperaba de ella. Luego vino la inquietud: ¿Por qué nadie se movía? ¿Estaban vivos? ¿Eran personas o solo reflejos, ecos vacíos de lo que alguna vez fueron?

El aire se volvió más denso. Cada bocanada la obligaba a forzar los pulmones, como si respirara a través de un velo húmedo y sucio. No olía a nada, pero lo sentía: un olor emocional, por decirlo así, como si la atmósfera estuviese empapada de miedo viejo, de preguntas sin respuesta, de sueños rotos que nunca llegaron a nacer.

Quiso gritar. No por terror, sino por la necesidad desesperada de escuchar su propia voz, de confirmar que aún existía. Pero su garganta se cerró. No por miedo, sino por una especie de vergüenza cósmica. Como si ese lugar no permitiese levantar la voz. Como si el mismo silencio fuera sagrado.

La piel se le erizó. El corazón no latía rápido, sino lento, muy lento, como si también se hubiera adaptado a aquel lugar donde el tiempo parecía haberse oxidado.

Y entonces llegó lo peor: la idea de que quizá siempre había estado allí. Que esa oscuridad no era nueva, sino familiar. Que los recuerdos de su vida —si los tenía— eran solo un espejismo. ¿Y si ese lugar no era una pesadilla, sino su única realidad?

Sintió la angustia arrastrarse por su espalda como una criatura invisible. No había monstruos. No había gritos. No había violencia. Solo ese silencio opresivo… y la idea de estar atrapada en un tiempo que no avanza y en un lugar que no recuerda.

Fue entonces cuando sintió que las figuras, aún inmóviles, la sabían. No la miraban, pero algo en su quietud la estaba observando. Como si al moverse, hubiese roto un pacto tácito de inmovilidad. Como si ahora fuese la única viva entre los muertos.

Y en ese instante entendió lo más cruel de todo:
que su corazón le pesaba.
Le pesaba enormemente, como si fuese una molestia, un cuerpo extraño dentro de sí misma que ya no sabía qué hacer con tanto sentir.

***

> "Kuore pensó que estaba sola. Pero no era soledad lo que sentía. Era algo más profundo, más espeso… como si la realidad que la rodeaba se hubiera olvidado de ella. Como si su propio cuerpo comenzara a desdibujarse entre la niebla."

"En psicología clínica, esto tiene un nombre. Se llama despersonalización… cuando una persona deja de reconocerse a sí misma como un 'yo'. Ya no sabe si lo que siente es suyo o es de otro. Como si el alma flotara fuera del cuerpo y el cuerpo fuera un lugar desconocido. Una casa sin dueño."

"Y junto a ella, otra vieja conocida: la desrealización. Es ese instante en que el mundo parece falso, hueco, ajeno. Donde las voces no tienen rostro y las formas no tienen peso. Donde todo parece parte de un sueño que no termina de romperse, y donde el único ruido verdadero… es el del corazón latiendo demasiado fuerte, como si también estuviera intentando huir."

"En ese rincón del inframundo, entre figuras quietas y preguntas sin respuesta, Kuore no solo sintió miedo. Sintió la traición del tiempo, de su mente, de su propia identidad. Porque cuando no puedes hablar, ni ser vista, ni reconocerte en tus propios pensamientos, el mundo deja de ser mundo. Y tú… dejas de ser tú."

"Esto es lo que hace el trauma. Cuando el alma no encuentra una salida, el cuerpo se encierra. La conciencia se fragmenta. La identidad se derrite como cera sobre piedra fría. Kuore no estaba solo en un infierno exterior. Estaba en el más profundo de todos: el infierno del desarraigo interior."

"Y en ese instante… comprendió lo más cruel. Que su corazón ya no era un símbolo de vida. Era un peso. Una carga. Un nudo de preguntas que no podía resolver. Y entonces, sí… sintió el impulso. No de morir, sino de arrancar de sí misma lo único que aún dolía."

"Porque a veces, cuando todo se ha desmoronado, creemos que el corazón es la jaula. Y arrancarlo parece la única forma de volver a sentir algo que no sea vacío.”

***

 Tan solo se arrodilló. 
Las aguas de la laguna cubrían sus muslos y parecían trepar hacia arriba mientras miles de voces inundaban su mente pidiendo ayuda. Era como si estuviera en medio del desierto y estuviera rodeada de millones de personas muertas de sed y ella fuera la única fuente de agua cuyo último hilo caía, demostrando que el último líquido que le quedaba.

Y en esa revelación, en medio de aquella multitud de condenados , prisionera de múltiples personas al vorde del colapso de deshidratación cuando descubrió que aún quedaba más agua en su interior:
Su corazón 

Entonces, sin que nadie se lo pidiera…
Se llevó la mano al pecho.
No con rabia. No con desesperación. Sino con un solo “ tomad y apagar vuestra sed aunque sea por un instante”

Y con la ternura de una madre a su recién nacido, se sacó del pecho el bien más preciado desde el Tártaro cruzando el abismo hasta la laguna Estigia.

Sus dedos temblaban, pero no retrocedieron.

Y cuando su carne cedió, cuando su corazón fue liberado de su prisión de hueso y carne

…una única gota de sangre, roja como el principio del mundo, cayó sobre la superficie turbia de la Laguna Estigia.

Y entonces sucedió.

Con la primera gota, una estrella nació que devoró la niebla espesa.
Con la segunda gota, las aguas negras de la laguna Estigia se tornaron transparentes como el agua dulce y pura que brota de la piedra.
Y con la tercera gota naci “yo”. De un corazón libre, en aguas con esencia de esperanza, y con el calor de una estrella de mil soles.
Quién iba a decir, que aquella niña tras convertirse en la emperatriz del hades en el templo de Quirón me daría la categoría de “Musa” y me acabarían llamando “Nemoshyne “.

 
Pero, sigamos con la historia…

Tras el el sacrificio de Kuore, Caronte apareció.
No como barquero, sino como testigo.

Porque no era la muerte quien había llamado
…sino Aterion.

Aterion, no es un lugar. No es un dios. No es una salvación. “Aetherion” o ”Aterion” es un fenómeno. Una vibración secreta del alma que ocurre solo cuando alguien renuncia a sí mismo por un bien mayor. Es el sacrificio por voluntad. Es el eco de lo imposible convertido en verdad. 

Todo está sujeto al universo, desde la parte más insignificante hasta el mismo cosmos, incluso los dioses, conocidos y por conocer, incluso el Hades debe inclinarse

…ante la luz de una estrella que nace en el abismo en sacrificio por amor incondicional.

***

Épsilon

Nada se puede hacer ante la furia de un torrente que se desborda y devora casas, campos y templos en su camino.
La fuerza más poderosa no puede ser domada, ni siquiera por el mejor de los entrenadores; así como un caballo salvaje jamás se somete del todo al auriga más hábil.

El más fuerte.
El más sabio.
El más audaz e incansable…
Tampoco puede ser doblegado.

Pero incluso los dioses están sujetos a la ley de confrontación de la que hablaban los antiguos filósofos en el Ágora de Atenas.

"Épsilon" es la mínima expresión de lo posible.
La partícula invisible.
La fracción que nadie espera.

Y sin embargo…

Es esa presencia diminuta, sin pensamiento, sin estrategia, sin forma, la que puede derribar al mejor de los guerreros.
A veces basta un simple corte, en el lugar exacto del cuello, para que ni la fuerza de diez hombres pueda evitar el colapso de todo un cuerpo.

Todo está sujeto a Épsilon.

Porque todos —sin saberlo—
tenemos un trato con lo insignificante y lo imposible.

Y a veces, lo que no da miedo,
es lo que termina quebrando los más grandes imperios.

O incluso,
dividiendo al Hades con un solo acto de amor incondicional.

¿No creen?


***


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