Belleflur. Capitulo 6. Etienne de Roucheverneaux
Mucho antes de que la mansión cayera en decadencia, hubo un hombre cuyo nombre resonaba con respeto y admiración. Étienne de Rochefor, un noble de gran fortuna y mayor linaje. En su heráldica, la frase de “ la casa Rochefor” coronada por el Rey Francia: “Prosperidad y fortuna”.
Vivía en la mansión Bellefleur, ofrecida por la monarquia francesa tras administrar las milicias contra el Rey de Inglaterra. También probó su valentía en las campañas cuando miles de soldados cayeron enfermos de la peste bubónica. Todos recordarían como Etienne con simples rosas de Damasco pudo radicar la epidemia, con ungüentos, jabones y aceites con flores. En su escudo de caballero, una rosa que solo crece en el desierto de África: la denominada Adenium Obesium; o como los franceses acabaron por llamar: Bellefleur
“Adenium Obesium o Bellefleur: de la familia Apocynaceae y proveniente de África, específicamente de las regiones del este. Con grandes cualidades curativas físicas y espirituales, la Rosa más bella del desierto fue comercializada a finales del siglo XIV, por los Damascenas, tras agotarse las existencias de la Rosa de Damasco. Bellefleur había que tratarla con cuidado, ya que un mal uso de su aceite podía condenar al enfermo a una muerte segura.”
Etienne de Rochefor nació bajo un cielo cargado de presagios. La noche de su llegada al mundo estuvo marcada por un eclipse lunar total, un fenómeno que los aldeanos consideraron de mal augurio. Su madre biológica murió en el parto, y su padre, un noble arruinado, desapareció sin dejar rastro poco después. Etienne fue dejado a las puertas de una imponente mansión perteneciente a la familia Roucheverneaux, una de las más poderosas y oscuras casas de la alta sociedad francesa del siglo XIV.
La familia Roucheverneaux, liderada por el enigmático patriarca Gérard de Roucheverneaux y su esposa Margaux, aceptó al niño, pero no por caridad ni amor. El origen de su riqueza era un misterio que muchos vinculaban a prácticas esotéricas, pactos oscuros y conocimientos prohibidos transmitidos de generación en generación.
Desde muy joven, Etienne fue tratado con frialdad y distancia, como si fuera un intruso en su propio hogar. Creció en la vasta y oscura mansión de los Roucheverneaux, una construcción imponente rodeada de bosques sombríos que parecían estar vivos, siempre susurrando en el viento. Los sirvientes eran silenciosos y temerosos, y la familia apenas le mostraba cariño, salvo cuando se trataba de forjar en él un carácter duro, férreo, moldeado a través del sufrimiento. Pero en la tempestad, se suele encontrar un refugio, pues en la familia, la hija predilecta de los Roucheverneaux, era la única que trataba al pequeño con cierta y extraña amabilidad, siempre cuando Etienne tenía pesadillas nocturnas.¿ Tal vez por qué sabía lo que era pasar las noches en vela y esconderse bajó la almohada?
La Entidad
Desde sus primeros años, Etienne fue perseguido por una presencia que él no podía explicar. Una sombra que siempre parecía observarle desde las esquinas de las habitaciones o que le seguía en los largos y solitarios corredores de la mansión. Al principio, la entidad era solo una figura oscura, pero a medida que Etienne crecía, se hacía más tangible, más invasiva. Algunas noches, lo sentía junto a su cama, observándole, susurrándole promesas de poder y gloria si se sometía a su voluntad. Cosas que alguien de su edad no podía comprender.
La familia Roucheverneaux no hacía nada por consolarlo. De hecho, parecía que sabían de la entidad, y cuando Etienne se quejaba, lo castigaban severamente. Gérard, con su mirada impenetrable y su tono siempre severo, le decía: "Debes aprender a vivir con los espectros, chico. Solo los débiles huyen de las sombras". Margaux, por su parte, era aún más cruel, tratándolo con una indiferencia helada. Nunca se dirigía a él como "hijo", sino como "huésped" o "invitado", recordándole siempre que no pertenecía a esa familia por completo.
Pero su hermanastra, le contestaba con un gesto de afecto y comprensión. El matrimonio Roucheverneaux, despreciaban esa actitud de su hija predilecta con el chico, pero como el dolor y la pena se someten al carácter del individuo, con el devenir de los días, con el tiempo, comenzaron a ver en esa unidad un cierto beneficio.
El Matrimonio Maldito
A los 18 años, Etienne fue obligado a casarse con Amélie de Roucheverneaux, la única hija biológica de la familia. Causa que provocó el distanciamiento entre los dos hermanatros.
Amélie, nunca aprobó el enlace matrimonial con su hermanastro. Detestaba su presencia y su edor masculino. La futura anfitriona de la casa Roucheverneaux, optó por convertirse en la peor pesadilla para Etienne.
Amélie, un corazón cruel y manipulador, hacía de la vida de Etienne un infierno. Era altiva, distante y lo sometía a constantes humillaciones, recordándole su posición como un hijo adoptado y haciéndole sentir que nunca sería suficiente para satisfacer sus estándares.
El matrimonio con Amélie no solo amargó a Etienne, sino que comenzó a despertar en él una furia latente. Se sentía atrapado, incapaz de escapar de una vida que nunca había deseado, en una familia que parecía tener planes para él que él no comprendía del todo. Y por si fuera poco, aquella cosa, oscura y maloliente entidad que lo perseguía cada noche en su lecho, susurrando en sus sueños oscuros secretos sobre la familia Roucheverneaux, su linaje y su propio destino.
Al fallecer el matrimonio Roucheverneaux: Gerard el anfitrión, dejó muy claro que los poderes y los títulos familiares pasaran a las manos de Amélie.
“ Sin embargo, no se puede vivir mucho tiempo con el corazón enfermo y lleno de rabia. El ser humano, por mucho que insista en sus convicciones, necesita el roce humano y la cercanía de quienes le importan. Necesita, incluso si lo ignora, un toque de ternura y un lugar seguro en el cual dejar caer las cargas de la vida. Y en ese punto, una pizca de amor sincero puede ser más poderosa que cualquier fuerza, pues da sentido al desasosiego y calma el alma. Pero Amélie no encontraba consuelo en el cuerpo de Etienne, y por mucho que lo intentara, su corazón se apartaba de él con creciente rechazo. La simple cercanía le resultaba sofocante, y el peso de esa intimidad —impuesta y malinterpretada— se convertía en una carga de la que quería huir. Su deseo nunca había seguido el mismo camino que el de Etienne. En su corazón, buscaba algo diferente, un tipo de amor que no encontraba en él, algo que su alma intuía como verdadero, pero que, en esos días, pocos se atrevían siquiera a comprender.
Etienne, en cambio, joven y lleno de necesidades que apenas lograba entender, se veía atrapado entre su propia confusión y los impulsos que en él despertaban el hambre y el anhelo de ser aceptado. El deseo, a menudo, es una fuerza insondable que va más allá de cualquier lógica, y la urgencia de su juventud lo llevaba a insistir en ese amor que se le escapaba entre los dedos. Al principio, su corazón oscilaba entre la frustración y la rabia, pues sentía el rechazo como una herida punzante, algo personal y profundo. Y sin embargo, esa distancia, esa frialdad con la que ella respondía a sus acercamientos, comenzaba a plantarle dudas sobre si la pasión debía ser algo demandado o comprendido.
Con el tiempo, esa frustración fue transformándose. Aunque no dejaba de luchar con sus impulsos, fue desarrollando una mezcla de sentimientos cada vez más enredados hacia Amélie, donde el anhelo y el rencor convivían con la fascinación y una extraña clase de lealtad. Y así, entre el deseo y la tristeza, el amor que había imaginado comenzó a desdibujarse y convertirse en algo más difícil de nombrar, algo menos evidente y menos común. Sin darse cuenta, esa complejidad le enseñaba a no imponer su voluntad, y aunque la confusión seguía, la rabia iba dejando espacio a un extraño tipo de cariño.
Pero fue entonces cuando el infortunio se hizo presente, y la tragedia azotó la vida de ambos. Europa estaba siendo arrasada por una ola de enfermedades misteriosas, un azote invisible que no distinguía entre hogares ni estatus. Amélie enfermó de ese virus cruel que había llegado a su región sin previo aviso, y su fragilidad comenzó a tornarse en algo evidente, alarmante.
Para Etienne, verla en aquel estado fue como despertar de una larga pesadilla de egoísmos y pasiones incontroladas. Con cada día que pasaba al borde de su lecho, sus prioridades cambiaban, y ese rencor acumulado contra Amélie —por ser alguien diferente a lo que él deseaba— empezó a desmoronarse. En su lugar, surgió una necesidad profunda de salvarla, de hacer cualquier cosa para devolverle la salud. Los viejos resentimientos se desvanecieron en la urgencia de protegerla, y aquello que alguna vez había sido rabia y frustración se fue transformando en devoción.
¿Era amor lo que sentía, entonces? Tal vez, aunque se trataba de un amor forjado en la fragilidad, una comprensión que surgía del deseo de verla vivir, de cuidar su bienestar a toda costa. En el calor de esa proximidad silenciosa, él comenzó a descubrir algo que iba más allá del deseo y de las expectativas: una conexión humana incondicional, la ternura que emana del respeto y la gratitud hacia alguien que, incluso con su indiferencia, le había enseñado a ver el amor bajo una luz distinta.
Y así, mientras la enfermedad de Amélie lo despojaba de sus propias ideas preconcebidas, Etienne fue encontrando en su interior una fortaleza que no dependía de las pasiones juveniles, sino de un afecto profundo y sereno."
Los días finales de Amélie fueron muy curiosos.
Amélie Roucheverneaux había sido criada en un mundo frío, donde el poder y el control lo eran todo. Desde pequeña, se le había enseñado que el amor era un lujo que solo los débiles podían permitirse. Había crecido aprendiendo a utilizar su belleza y su astucia para manipular, para herir, para asegurar su lugar en la alta sociedad. Así había sido su vida antes de casarse con Etienne, un matrimonio arreglado, una unión sin amor ni deseo, solo conveniencia. En sus ojos, Etienne era un simple peón, alguien a quien podía controlar y despreciar.
Pero ahora, postrada en la cama de su castillo, su cuerpo débil y su alma más cansada que nunca, Amélie veía a Etienne bajo una luz completamente diferente. En sus momentos de mayor fragilidad, Etienne había estado allí. No con reproches, no con odio, sino con una dulzura y una ternura que ella nunca había esperado de él. Él la cuidaba con una paciencia que la desconcertaba, cada toque, cada mirada cargada de un afecto silencioso. La peinaba con delicadeza, sus manos ásperas por las batallas se movían con suavidad sobre su piel, como si tuviera miedo de lastimarla.
Era como si un velo se hubiera levantado en el corazón de Amélie, permitiéndole ver lo que siempre había estado frente a ella. Aquel hombre, a quien había subestimado y despreciado, estaba allí por ella, ofreciéndole algo que nunca había creído posible: amor genuino.
Al principio, Amélie no sabía qué hacer con ese amor. Su mente intentaba rechazarlo, se aferraba a los restos de la mujer fría que había sido durante toda su vida. Pero cuanto más se resistía, más fuerte era la sensación que le inundaba el pecho. Algo dentro de ella comenzaba a derretirse, un calor que se extendía lentamente por todo su ser. Una sensación nueva y extraña. Amélie, por primera vez, se dio cuenta de lo que había estado negando: ella también podía amar, podía ser más que una figura cruel y distante.
Etienne, con sus gestos tranquilos y su cuidado constante, la había tocado de una manera que nadie antes lo había hecho. No solo físicamente, sino profundamente, en su corazón. Y con ese descubrimiento, surgió algo más.
Amélie comenzó a sentir un deseo que nunca antes había comprendido. Siempre había preferido la compañía femenina, encontraba en las mujeres una suavidad y una belleza que le atraían de manera intensa. Pero ahora, algo nuevo florecía dentro de ella. Se dio cuenta de que también deseaba a Etienne. No solo su amabilidad, sino su cuerpo, su presencia. El calor de su piel cuando la tocaba, la firmeza de su abrazo cuando la sostenía. Sus deseos se entrelazaban, confusos pero poderosos, y comprendió que su corazón era capaz de amar a ambos, hombres y mujeres. Había estado ciega tanto tiempo, atrapada en su propia crueldad, negándose lo que realmente era.
Y mientras ese amor florecía, también crecía la inevitable tristeza de lo que sabía que vendría. Amélie estaba muriendo, su cuerpo ya no le respondía. Pero por primera vez en su vida, no sentía miedo. Se sentía, de algún modo, liberada.
Una tarde, cuando la luz del sol entraba suavemente por las ventanas del castillo Rocheforteaux, Etienne se sentó junto a ella. Amélie lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con una dulzura sincera.
—Nunca pensé que alguien como tú pudiera amarme —susurró con una voz que ya casi no era suya, tan débil y frágil como las hojas secas en otoño—. Nunca pensé que pudiera sentir esto...
Etienne no respondió con palabras. No necesitaba hacerlo. Sus ojos decían todo lo que sus labios no podían. La besó suavemente en la frente, un gesto simple pero lleno de significado. En ese beso, Amélie encontró toda la paz que había buscado toda su vida. Sintió que al fin, alguien la había aceptado, la había amado no por lo que aparentaba ser, sino por lo que era.
—Lo siento —dijo ella, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla—. Por todo lo que te hice... por todo lo que fui.
Etienne solo acarició su mejilla, quitando con delicadeza la lágrima. No había resentimiento en su mirada, solo compasión.
Amélie lo miró, su corazón latiendo más lento a cada segundo. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Pero en ese momento, con Etienne a su lado, no le importaba. Sentía que había encontrado algo más grande que la vida misma.
—Te amo, Etienne —susurró con su último aliento—. Nunca pensé que sería capaz de decir esas palabras.
Etienne la sostuvo en sus brazos mientras el último respiro de vida se escapaba de su cuerpo. Amélie, por fin, encontró la paz en la muerte que nunca había tenido en vida. Murió con una sonrisa en los labios, sabiendo que, aunque su vida había estado llena de oscuridad, al final, había sido capaz de amar y ser amada.
***
Era una noche silenciosa, de esas en las que el viento apenas se atreve a rozar las paredes de piedra de Bellefleur. Etienne sostenía entre sus brazos el cuerpo sin vida de Amélie. Su piel, antes tan cálida, se había enfriado, y la peste que la había consumido durante las últimas semanas había dejado su huella, con bubones negros e hinchados asomando desde su espalda. Mientras Etienne la acunaba, sintió algo húmedo y espeso que se deslizaba por su pecho. Era el pus, proveniente de esos terribles bubones, los mismos que habían arrancado la vida de su esposa.
Un miedo profundo comenzó a colarse en su mente, una certeza oscura de que, al haber tocado su piel, al haberla sostenido tan cerca, él también podría estar condenado. Sabía lo que la peste hacía a los cuerpos; había visto sus estragos en los campos de batalla, en los pueblos que atravesaba en sus campañas. La peste no hacía distinciones, y su contacto era la sentencia de muerte más implacable. Etienne podía sentir cómo ese veneno invisible parecía filtrarse a través de su piel. Pero no se apartó. No la soltó.
En ese momento, desafió la muerte. Porque, para él, la idea de perderse en esa oscuridad que ya había reclamado a Amélie no parecía tan aterradora como la soledad que quedaría detrás. Había desafiado a la muerte en el campo de batalla, pero esto era diferente. Ahora la sentía dentro de su propio cuerpo, y aunque el instinto le gritaba que huyera, que dejara atrás el cadáver maldito, él no lo haría. No podía.
Y entonces, entre las sombras, Etienne sintió que no estaban solos. Una entidad, oscura como la misma noche, lo observaba. Sus ojos brillaban, dos puntos fijos, inquietantes, como brasas en medio de una tempestad. Eran ojos antiguos, ojos que parecían conocer más de lo que ningún ser humano podía comprender. Y aquellos ojos estaban fijos en él, en su desafío, en su decisión de no temer a lo que inevitablemente vendría.
Etienne no pudo moverse. Sintió su pecho apretarse, no por la enfermedad que ahora lo invadía, sino por el peso invisible de aquella mirada. Sabía que esa cosa, lo que fuera, lo había estado acechando. Sabía que, desde su infancia, desde los primeros días de su vida, esa presencia había estado cerca. Y ahora, en esta habitación silenciosa, entre la muerte de su esposa y su propio destino sellado, esa entidad se revelaba por completo.
Una sonrisa, macabra y silenciosa, se dibujó en el rostro fantasmagórico de aquella figura. Era una mueca que no traía consuelo, solo promesas de lo que estaba por venir. El aire se volvió más denso, casi irrespirable, mientras esa criatura avanzaba unos pasos más cerca, observando el cuerpo inerte de Amélie como si fuera el final de un juego que había esperado demasiado tiempo para concluir.
Etienne sintió sus manos temblar, pero no se apartó. El olor a muerte se mezclaba con el aroma acre del pus, del sudor frío de su propio cuerpo, y en ese momento, supo que estaba a punto de cruzar un umbral. El límite entre la vida y la muerte ya no era claro para él. Era como si esa criatura se alimentara de su miedo, disfrutando cada segundo de su agonía silenciosa.
De repente, el sonido de pasos apresurados y gritos se escuchó desde el corredor. Sus criados, sus sirvientes, lo llamaban. Pero antes de que Etienne pudiera siquiera considerar responder, la entidad levantó su mano, alzando un dedo huesudo y largo hasta sus propios labios, como una advertencia.
"Shhh..." siseó la criatura, sin pronunciar una palabra, pero dejando claro su mensaje. Su presencia era un secreto, uno que no debía revelarse. La mueca en su rostro no desapareció, sino que se profundizó, como si la criatura encontrara diversión en la situación.
Etienne entendió, en lo profundo de su ser, que esa cosa no se iría. Que estaba destinada a seguirlo, a atormentarlo, a ser una parte inseparable de su existencia, desde su infancia hasta su inevitable muerte. Los pasos y las voces de los sirvientes se acercaban, pero en su corazón, Etienne sabía que no podían hacer nada. No contra esa oscuridad que lo había reclamado.
Y mientras la figura retrocedía, desapareciendo de nuevo entre las sombras, Etienne se quedó en silencio, abrazando el cuerpo de su esposa, sintiendo cómo su propio destino se sellaba en aquella funesta noche de tormenta.
***
Era una noche cargada de humo y desesperación, donde el cielo, ennegrecido por la tormenta y el fuego, se entrelazaba con los gritos distantes de los aldeanos. Etienne de Roucheverneaux, con el cuerpo sin vida de Amélie entre sus brazos, caminaba hacia la gran hoguera que crepitaba al borde del castillo. El hedor a muerte era insoportable, la peste había arrasado con todo, y ahora no importaban los linajes, ni las riquezas. Todos, nobles y plebeyos, compartían el mismo destino: ser consumidos por las llamas.
El cuerpo de Amélie, rígido y marcado por los bubones que aún sobresalían de su espalda, yacía en sus brazos, frágil como nunca lo había visto. Etienne avanzaba en silencio, su rostro sombrío, decidido. Con cada paso que daba, sentía cómo las miradas de sus criados y sirvientes se clavaban en él, conscientes de lo que estaba a punto de hacer. Había sido su esposa, sí, pero también una víctima más de la peste, y ahora su destino era el mismo que el de todos los demás.
Cuando Etienne llegó a la hoguera, no dudó. Con un solo y firme movimiento, lanzó el cuerpo de Amélie a las llamas que chisporroteaban violentamente. La figura de su esposa desapareció entre las lenguas de fuego, como si el propio infierno la reclamara, y en ese instante, Etienne no pudo evitar sentir un alivio sombrío. No quedaba nada, ni para ella ni para él. Las llamas consumirían su cuerpo, su pasado, su dolor. Todo lo que alguna vez había sido. Y quizás, solo quizás, esas llamas también se llevarían consigo a aquella oscura entidad que le había perseguido desde la infancia, la misma que ahora lo observaba en silencio desde las sombras, siempre presente, siempre acechante.
Pero los sirvientes, que habían observado en la distancia, sabían lo que aquello significaba. Etienne, su señor, también estaba condenado. Había tocado a su esposa enferma, se había acercado demasiado a la muerte, y ellos, aterrorizados por el miedo a la peste, vieron en él una amenaza. Los murmullos crecieron en intensidad, hasta que algunos de ellos se atrevieron a acercarse, con una mirada que reflejaba más pavor que lealtad.
Uno de ellos, el más osado, dio el primer paso. Lo empujaron con la intención clara de hacer que Etienne también cayera en las llamas, de sacrificarlo junto a los cadáveres que ardían. Pero Etienne, en un arranque de furia y desesperación, se defendió con la fuerza de un hombre que ya no temía ni a la muerte ni a los vivos. El miedo que había sentido, la resignación que había cargado durante tanto tiempo, se transformó en un estallido de rabia incontrolable.
Con un grito que resonó como un eco entre las paredes del castillo, Etienne se revolvió, apartando a sus criados con la misma brutalidad con la que había combatido en los campos de batalla. Sus ojos, llenos de fuego, no mostraban piedad. Con un movimiento rápido, se dirigió hacia el establo, donde su fiel caballo lo esperaba. Montó con una agilidad desesperada, sin mirar atrás. Ya no importaba nada.
Antes de huir, sin embargo, Etienne hizo una pausa. Se volvió hacia el castillo Rocheforteaux, su hogar, su prisión, y encendió una antorcha con las llamas de la hoguera. Sin pensarlo dos veces, lanzó la antorcha a las cortinas del gran salón, observando cómo el fuego comenzaba a devorar cada rincón de ese lugar maldito. Las llamas se alzaban con rapidez, consumiendo los recuerdos, los pecados, los secretos oscuros que habitaban entre las piedras frías del castillo.
Etienne contempló durante unos instantes cómo todo ardía. Las paredes que lo habían visto crecer, los pasillos donde había caminado con Amélie, ahora no eran más que un montón de cenizas en proceso de descomposición. Y, en lo profundo de las llamas, creyó ver por un momento los ojos brillantes de aquella entidad oscura, observándolo…
***
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