Bitácora Nemoshyne. Ataraxia ( I I) El sendero de la oscuridad.


📜 Ataraxia. Parte II. 
El sendero de la oscuridad.

“El silencio, al final,
 se reúne con los sabios,
 donde la verdad renace de las calumnias
para brillar sobre la mentira”


La sabiduría se convierte en maestra cuando uno aprende a escuchar las respuestas de la propia naturaleza. Sin importar condición social, ni género, ni forma de pensar. La madre de todos los saberes es como el agua de un riachuelo: fluye a pesar de los obstáculos que encuentra en su camino. Es uno de tantos senderos del conocimiento de la Ataraxia. “Fluye como el agua, sin importar condición”.

Pero el conocimiento de la verdad no es para todos. No porque no lo merezcan, sino porque, simplemente, el saber siempre estuvo delante de nosotros… solo que nunca quisimos escuchar, ver ni preguntar.

En la era de las ciudades-estado, cuando los humanos comenzaron a escuchar a la naturaleza y a hacerse preguntas muy profundas, el saber estaba reducido a ruinas: desechos y restos de una guerra entre los titanes y los dioses que habían modelado la tierra con infinidad de cuestiones difíciles de responder.
La naturaleza se encontraba en su fase más débil, y su voz era tan silenciosa, tan tímida, que solo los más nobles de corazón podían percibir las respuestas que ofrecía, heridas por la guerra de los inmortales.

Es en ese tiempo cuando los humanos comenzaron a cuestionarse realmente quiénes somos.
Mientras unos buscaban respuestas, otros buscaban poder: el poder de aquellos que supieron doblegar a los titanes.

Atenas y Esparta.
Dos caras de una misma moneda.
Dos preguntas, igual de importantes, pero con respuestas distintas.

En ciertas tierras —donde la piedra era más valorada que la palabra, y la fuerza más respetada que la ternura—, nacer niña era, sencillamente, un error.
Un error que se pagaba con la indiferencia, con el exilio invisible dentro del propio hogar.

No fue en Esparta ni en Atenas.
Fue en una aldea olvidada, entre las sombras de ambas, en un cruce donde los mapas se difuminaban y el orgullo de los hombres se volvía norma.
Allí nació Kuore, en silencio.
Nadie celebró su llanto.
Nadie tejió telas para cubrirla.
Desde el principio, el mundo la empujó hacia los márgenes.

Donde lo débil encuentra un camino.
Donde la naturaleza se había ocultado para siempre del horror de la guerra.
Donde el sendero hacia la aceptación, la comprensión y el entendimiento confirmaban el conocimiento más sutil: la verdad del individuo.
Ataraxia, como susurro.

El maestro 

En la soledad encontró refugio,
y en el refugio halló preguntas.

Mientras otras niñas aprendían a callar,
ella aprendía a mirar.

Mientras otros niños aprendían a dominar,
ella aprendía a comprender.

Su educación no fue formal.
No aprendió de pergaminos ni de discursos.

Aprendía desde el silencio:
primero observar, luego obrar,
después fallar,
y finalmente… perfeccionar.

Aprendió que incluso en el caos había un orden.
Que los árboles usaban un mismo patrón para captar el agua,
y así, la lluvia podía llegar a todos los seres que la necesitaban.

Aprendió que los animales solo toman lo imprescindible para sobrevivir,
y que tanto el cordero como el lobo dependen de su manada.

Descubrió el terror,
pero también el amor en estado puro.

Un respeto por la vida con apariencia de crueldad,
pero respeto, a pesar de todo.

Comprendió que incluso el depredador,
capaz de destruir a sus presas,
practicaba la templanza.

Sabía que si no comía, moriría,
pero aceptaba su posible muerte como parte del ciclo.
A veces era investido por un jabalí más fuerte.
Por eso, elegía al animal más enfermo,
el más viejo,
el más cercano al otro mundo.

Había disciplina, sabiduría y precisión,
incluso cuando el hambre desgarraba sus entrañas.

Observó cómo las hierbas se ofrecían al sol y a la tormenta,
cómo se dejaban arrancar por el viento
o arrastrar por las inclemencias del destino,
sin oponerse, sin miedo.

Aprendió del viento que rasgaba las ramas,
del temblor del suelo antes de la lluvia,
del vuelo irregular de las aves cuando el peligro acechaba.

Y así, sin saberlo, se volvió sabia.
No por lo que decía, sino por lo que callaba.
No por lo que mostraba, sino por lo que veía.

Y su corazón se volvió más maduro,
más fuerte,
más brillante.

Porque la verdadera sabiduría no se mide por lo que uno sabe,
sino por lo que uno respeta.

Y en un mundo donde el poder era sinónimo de violencia,
ella eligió el silencio como escudo,
la compasión como arma,
y la aceptación como disciplina.

> “El acero puede arrebatar vidas,
pero la caricia del agua, con el tiempo,
se hace dueña y señora de todo lo que aquel logró robar.”


La prueba final 

"Cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece...
Pero a veces… el maestro es el abismo."

Así comienza el momento en que la vida de Kuore cambió para siempre.

Había sido una buena aprendiz.
Había escuchado el viento,
seguido el cauce del agua,
observado la danza de las estrellas.

La Naturaleza fue su guía.
Le enseñó sin violencia, sin juicio.
Solo mostraba…
y Kuore aprendía.

Pero un día, la pregunta brotó de su alma.
No una cualquiera.
Sino aquella que ninguna criatura debería hacerse sin estar preparada:
"¿Y después de esto… qué hay?"

Y entonces… como todo verdadero maestro…
la Naturaleza respondió.

No con palabras.
No con una señal amable.
Sino con una grieta.
Con una fisura en la realidad.
Una puerta que no se abre con la mente,
sino con la vida entera.

Porque hay respuestas que no pueden enseñarse.
Solo vivirse.

Y Kuore… no estaba preparada.
Porque nadie lo está.

Dicen… que hay momentos…
En que la realidad… deja de comportarse como siempre.

Aquel día…
Para Kuore…
Todo empezó… igual que siempre.

Caminaba por el campo…
Observando las hojas que temblaban con la brisa…
Siguiendo el vuelo de los insectos…
Escuchando el murmullo del agua…
Viendo cómo una hoja… flotaba sobre el riachuelo…
Esquivando piedras… girando sobre sí misma…
Como si jugara… con el viento y la corriente.

Pero entonces… algo cambió.

Al principio… fue casi imperceptible.

La hoja… que flotaba sobre el agua…
Empezó a moverse… más lento.
Mucho más lento.
Como si el tiempo… se estuviera estirando…
Como si cada segundo…
Durara una eternidad.

Kuore parpadeó…
Y al mirar de nuevo…
Notó que no solo era la hoja.

Era todo.

Las gotas del riachuelo…
Las partículas de polvo en el aire…
Incluso las piedras…
Todo…
Absolutamente todo…
Comenzaba a vibrar.

Como si cada cosa…
Cada objeto…
Estuviera formado por millones de pequeñas partes…
Moviéndose… girando… temblando…
Como un enjambre de diminutas partículas…
Que antes parecían sólidas…
Pero ahora…
Ya no lo eran.

Kuore sintió…
Que el aire mismo…
Temblaba a su alrededor.

Y luego…
Lo imposible.

Justo frente a ella…
Allí donde antes solo había árboles y cielo…
Se abrió… algo.

Una grieta.
Una ruptura… en el espacio y en el tiempo.

No era luz.
No era sombra.
Era…
Como estar en el borde de un abismo…
Un agujero…
Un vacío que parecía devorar todo lo que tenía cerca.

La tierra… comenzó a crujir bajo sus pies…
Las hojas… las piedras… incluso el aire…
Todo era absorbido…
Como si aquella grieta… tuviera hambre.

Kuore quiso retroceder…
Pero su cuerpo… ya no le respondía.

Sintió… cómo una fuerza invisible…
La arrastraba hacia adentro.

Como si un magnetismo imposible…
Una gravedad desconocida…
La reclamara.

Su visión se volvió borrosa…
Su respiración… se detuvo…

En un suspiro…
Fue tragada…
Por aquello…

Y una vez raptada. El tiempo volvió a la normalidad.


“El destino…”
Dicen que es el bordado más delicado del universo.
Invisible al ojo impaciente, pero firme como la seda que sostiene las constelaciones.

Hay quienes lo imaginan como una sinfonía, compuesta por manos que no tiemblan.
Hay quienes lo sienten como un hilo que nos roza la nuca justo antes de cambiar el rumbo.
Y también hay quienes, en su orgullo, juran que el destino es solo una ilusión…
Una excusa bordada con hilos de miedo para quienes no se atreven a elegir.

Y sin embargo…
¿Qué ocurre cuando alguien elige con toda su alma, y aún así su mundo se quiebra?
¿Qué ocurre cuando se lucha, se ama, se sacrifica… y aún así, se pierde?

Tal vez no todo pueda ser elegido.
Tal vez hay cosas que nos escogen a nosotros, aunque no las entendamos al principio.
Y quizá —solo quizá— hay puertas que se abren sin que sepamos si fuimos nosotros quienes las tocamos…
…o si fue el destino quien nos empujó suavemente al otro lado.

Porque si todo fuera elección…
si todo dependiera únicamente de nosotros…

¿quién serías tú ahora, sin lo que no pudiste evitar?...
¿...no creen?





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