Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VI. Anaxágoras
Kairos
Es el momento sagrado.
Instante sagrado que todo puede suceder.
Es el tiempo suspendido donde la violencia podría cumplirse…o detenerse por una palabra. Es el umbral invisible entre el destino inmutable y la decisión consciente.
Es un instante sagrado en el que la verdad puede emerger, para uno o para ambos.
Es cuando el universo retiene su respiración durante un segundo.
***
Nemoshyne:
“No existe mayor infierno que el silencio “
La peor de las torturas, es quedarse con la amargura aferrada al corazón. El dolor intoxica el EiDolon del moribundo y lo transforma en lo que siempre temió ser.
El sueño eterno acalla. Mordaza y silencia. Y con ello el condenado sufre la eternidad en una pesadilla sin solución.
Con el corazón de Kuore, todo eso cambió.
Y ahora la laguna Estigia es el reflejo del escriba y rapsoda de las historias que los que han dejado el mundo de los vivos para siempre.
Por eso es diferente… por qué en este más allá. No hay gritos en el Hades.
Ni tormentos, ni llamas, ni cadenas.
Solo un silencio antiguo, tan profundo como el tiempo.
Las aguas de la Laguna Estigia no son negras ni turbias. Ahora hay un corazón, una estrella y una emperatriz en el Hades.
Las aguas son cristalinas, como si la noche se hubiera rendido en ellas.
Allí no hay niebla. No hace falta ocultar nada.
Porque aquí, todo lo que ha sido… se refleja.
Cada alma que llega hasta su orilla se ve a sí misma.
Y no hay espejo más veraz que el de aquel que ya no puede mentirse.
Hay quienes llevan dos monedas en la palma —las que aseguran el paso al otro lado—
pero otros, muchos, no traen nada.
Nada salvo una historia.
Un recuerdo.
Una herida.
Y entonces, hablan.
Hablan a la figura sentada a la vera del agua.
Ella no pregunta. No interrumpe. Solo escribe.
Nemoshyne.
La escriba de los que aún no han sido olvidados.
La guardiana de las palabras que aún pesan.
Porque quien no tiene monedas,
puede entregar su historia.
Y al hacerlo, el alma se aligera.
Como si contarlo fuera suficiente para atravesar la otra orilla.
Ese es el secreto de este Hades.
No castiga. No condena.
Solo espera.
Y cuando alguien se atreve a hablar,
cuando un reflejo toca las aguas como una verdad dormida…
entonces la historia comienza…
***
Anaxágoras camina sin rumbo por la niebla.
La humedad acaricia sus pies desnudos con la delicadeza de un recuerdo antiguo.
Todo es extraño, callado, como si el mundo contuviera el aliento.
En sus manos, dos monedas.
Y frente a él, una laguna de aguas quietas que reflejan una noche sin estrellas.
Un barco espera.
Y junto a él, una figura inmóvil: ni hombre ni sombra.
Caronte extiende la mano, impaciente y silencioso.
Pero el filósofo no entrega las monedas.
Se detiene, observa…
Y se las ofrece a un niño que lo contempla desde la orilla opuesta.
Sin palabras. Sin juicio.
Solo entrega.
—"¿Qué mejor lugar para descubrir el misterio del alma?" —murmura Anaxágoras.
Entonces, se inclina sobre la superficie del agua.
Y al ver su propio reflejo en la laguna, algo se despierta en mí.
Yo soy Mnemosyne.
Y en ese instante, su imagen se dibujó ante mí.
Como si el velo de los siglos se hubiera apartado solo un segundo...
Y esto fue lo que se me reveló.
***
478 a. C.
Delfos.
Templo de Apolo.
Ha pasado un año desde la contienda en Platea.
Los persas yacen vencidos. Grecia ha sobrevivido al tremendo ataque del rey Jerjes de Persia.
En el corazón de Delfos, bajo el mármol del templo de Apolo,
donde los dioses aún escuchan, se debate el futuro de las polis griegas.
¿Debe mantenerse la unión entre ciudades?
¿Debe Esparta continuar al mando de la defensa común?
¿O debe nacer una nueva alianza, más abierta, más democrática?
A un lado, los espartanos, forjados en hierro,
con la piel endurecida por el frío y corazones entrenados para obedecer.
Al otro, los atenienses, artistas de la palabra, escultores del pensamiento, soñadores de un mundo mejor.
***
LEÓNIDAS II:
“¿Queréis saber quiénes somos?
Somos Esparta.
No buscamos la gloria en palabras ni en estatuas de mármol.
No adornamos nuestras leyes con florituras.
No cambiamos de opinión porque sople otro viento.
Nacemos para servir a nuestra ciudad.
Para luchar.
Para obedecer.
Mientras vuestros hijos aprenden filosofía,
los nuestros aprenden a no temer a la muerte.
Vosotros tenéis discursos…
Nosotros, disciplina.
Vosotros soñáis con el mundo que podría ser…
Nosotros defendemos el mundo que es.
Decís que somos duros.
Que no sentimos.
Pero mientras vosotros habláis de ideales,
fue Esparta quien se mantuvo firme en las Termópilas.
Fue nuestra sangre la que abrió el camino a vuestra victoria.
Así que no me habléis de democracia mientras estáis vivos gracias a los que no pidieron permiso para morir.
Nuestra tierra no necesita oradores.
Necesita guerreros.
Nuestros dioses son antiguos.
Apolo nos guía, Artemisa nos guarda… y Ares marcha con nosotros.
No necesitamos templos de oro.
Cada espartano es un templo en carne y hueso.
Y si os preguntáis qué es Esparta, escuchad esto... (Se adelanta. Mira a los atenienses, uno por uno. Silencio absoluto.)
> Esparta… es el muro que os permite soñar.
Y cuando los sueños fracasen…
seremos nosotros quienes sangremos para que podáis volver a soñar.”
(Tras el rugido de Leónidas II, un breve silencio sacude el templo.
Algunos bajan la mirada. Otros asienten.
Pero una figura se pone lentamente de pie: Arístides.
No tiene la fuerza de un guerrero, pero su palabra pesa más que muchos escudos.)
ARÍSTIDES (voz serena, clara, sin miedo):
“General Leónidas
no hay hombre aquí que no respete el sacrificio de tu padre…
y no hay ciudad en Grecia que no reconozca el valor de Esparta.
Vuestra disciplina es legendaria.
Vuestra entrega, admirable.
Pero permitidme decir esto, ante Apolo y ante todos los aquí reunidos:
la fuerza es un pilar, sí… pero no es el templo entero.
Si Grecia ha sobrevivido, no ha sido solo por los escudos que resistieron,
sino por las ideas que no pudieron ser quemadas.
No luchamos en Platea para reemplazar un tirano por otro.
Luchamos para que cada ciudad pudiera respirar sin miedo.
Vosotros ofrecéis orden.
Nosotros, diálogo.
Puede que parezcan opuestos…
pero quizás, juntos, puedan levantar algo más grande que cualquiera de nosotros por separado.”
(Arístides hace una leve reverencia y se sienta. El aire parece más liviano… pero dura solo un instante.)
(Una voz joven se alza. No desafiante, sino clara.
Una voz que no teme.
Pericles se pone en pie. Su mirada no es arrogante. Es luminosa.)
PERICLES (joven, firme, con la pasión de quien cree en algo más grande que él mismo):
“Leónidas II…
Hablas del muro que nos permite soñar.
Pero dime: ¿de qué sirve un muro si ya no hay nadie dentro que se atreva a cerrar los ojos?
Cuando el miedo habita entre nosotros…
no se duerme.
Solo se vigila.
No se sueña.
Solo se sobrevive. Y una ciudad que solo sobrevive, es una ciudad que ya ha empezado a morir.
El mundo ha cambiado.
Nos defendimos del horror.
Resistimos.
Pero ahora...
¿viviremos eternamente con la espada en la mano?
¿O nos atreveremos a abrirla…
y plantar en ella un olivo?
Vuestros hijos aprenden a no temer la muerte.
Los nuestros…
queremos que aprendan a amar la vida.
No hablo de templos.
Ni de mármol.
Hablo de construir un futuro en el que un niño pueda cerrar los ojos sin que el trueno de la guerra lo despierte.
Grecia no será eterna por sus lanzas, Leónidas…
Será eterna si logra que su pueblo vuelva a soñar.”
(Pericles ha terminado. El eco de sus palabras aún flota entre las columnas del templo.
Algunos bajan la mirada, otros asienten con respeto.
Leónidas II, de pie junto a una columna, sonríe con un gesto seco.
Se adelanta, sin prisa. Y habla.)
LEÓNIDAS II (con voz sarcástica, burlona):
“Hermosas palabras, Ateniense.
Muy hermosas.
Enseñar a los niños a amar la vida...
Tal vez deberíais haber empezado enseñándoles a sobrevivirla.
Nosotros enseñamos a nuestros hijos desde los siete años.
Les enseñamos a soportar el frío, el hambre, el dolor.
A callar cuando sufren.
A resistir cuando sangran.
Quizás si todos los griegos hubieran sido educados como los nuestros,
Jerjes no habría llegado nunca tan lejos.
Pero claro…
¿cómo vais a enseñarles a pelear…
si están ocupados esculpiendo estatuas de dioses a los que ni siquiera obedecen?”
(Ríe levemente. Algunos soldados espartanos lo secundan.)
(Entonces, desde el fondo de la sala, una voz interrumpe.
No grita, pero es firme.
Todos se giran.
Es un delegado de Tesalia. Un hombre mayor, no un guerrero, con el rostro cansado.
Un hombre que ha visto la guerra.
Y ha visto lo que ella deja atrás.)
DELEGADO DE TESALIA (con la voz quebrada, pero firme):
“¿Y qué propones entonces, Leónidas?
¿Que tiremos al vacío a los tullidos?
¿Que arrojemos a los enfermos desde las murallas, como peso muerto?
¿Eso es sobrevivir?
¿Eso es la Grecia que quieres construir?”
(Silencio. Un silencio denso. Algunos miran al suelo. Otros evitan la mirada de los demás.)
DELEGADO (continúa, más lento, más doloroso):
“Yo vi a mi hijo volver de Platea sin una pierna.
¿Tú también le hubieras empujado por el monte Taigeto?
¿O le hubieras enseñado a morir en silencio…
mientras los que aún caminan celebran la victoria?”
(Se sienta. La sala está muda. Incluso los espartanos no dicen nada.)
(En ese instante, puede sentirse que algo ha cambiado.
No hay vencedores en esa frase.
Solo verdad.
Y una herida abierta en medio del mármol y los escudos.)
LEÓNIDAS II (sin levantar la voz, con tono duro):
“Tu dolor es real, viejo.
Y tu hijo es un hombre valiente.
Pero si cada lágrima debe convertirse en ley…
entonces gobernarán las emociones, no la razón.
Si seguimos ese camino…
si permitimos que el miedo a la pérdida nos haga blandos,
un día nos despertaremos…
y alguien usará los tributos de las ciudades libres
para construir templos de mármol y oro…
en nombre de la belleza…
mientras otros mueren con el barro hasta las rodillas.”
(Lo dice mirando a Pericles, sin nombrarlo.
Un guiño directo al lector o espectador que conoce el futuro.)
LEÓNIDAS II (camina un paso más, su voz más baja):
“Esparta no necesita templos.
Porque nuestros muertos están en pie.
En los muros.
En la tierra.
Y no pagamos esculturas para recordarlos.
Los recordamos… porque seguimos luchando como ellos.”
(El aire está denso.
Las palabras de Leónidas han dejado un sabor a hierro en la lengua.
Nadie quiere hablar… hasta que se oye un leve aplauso.
No burlón. No entusiasta.
Simplemente… medido.)
(Es Temístocles, con su manto sencillo pero pulcro.
Habla sin emoción. Pero con autoridad.
Como quien ya ha visto demasiado para perder el tiempo en discursos hermosos.)
TEMÍSTOCLES (voz templada, mirada filosa):
“Bravo, Leónidas.
Has dicho lo que todos pensáis, pero pocos se atreven a escupir.
Pericles habla de sueños.
Tú hablas de piedra.
Y entre el mármol y la sangre,
Grecia sigue temblando.”
(Pausa. Camina lentamente por la sala mientras habla. Casi como si estuviera midiendo distancias.)
“Sabéis por qué vencimos a Jerjes.
No fue por el valor de Esparta.
No fue por la inteligencia de Atenas.
Fue porque, por un instante,
dejamos de ser polis enemigas para convertirnos en un solo cuerpo.
Y ahora, un año después…
aquí estamos.
Discutiendo quién tiene más derecho a hablar.
A recordar.
A mandar.
El enemigo ya no lleva corona persa.
Ahora viste túnica griega y lleva un sello de ciudad.”
(Se detiene. Mira a ambos lados. Luego a los representantes de otras ciudades.)
TEMÍSTOCLES (con tono más directo):
“Queréis orden.
Queréis libertad.
Queréis justicia.
Pero os diré lo que necesitáis:
un propósito común.
No por fe.
No por honor.
Por conveniencia.
Porque si no nos unimos ahora,
vendrán otros Jerjes.
O peores.
Y no nos encontrarán de pie en Platea.
Nos encontrarán aquí…
gritándonos mientras el fuego nos consume.”
(Silencio. Pero esta vez no hay tensión.
Hay vértigo.
Temístocles no ha hablado para ser amado.
Ha hablado como quien pone un mapa sobre la mesa… y traza una ruta en sangre y oro.)
(Temístocles ha hablado con frialdad estratégica. Ha puesto la urgencia sobre la mesa. Pero entonces se detiene… y algo en su voz cambia.
Ahora ya no habla como general. Habla como hombre.
El salón está en silencio. Entonces, clava la mirada en Leónidas II.)
TEMÍSTOCLES (voz más grave, más personal):
“Dices que debemos resistir.
Que no debemos ceder al llanto ni al miedo.
Pero dime, Leónidas…
¿Le dirías eso a una madre que ha perdido a su hijo en Platea?
¿Se lo dirías a una familia que enterró a sus tres hijos mayores
y solo le queda un niño de cinco años que aún no entiende qué es una lanza?
¿También la mirarías a los ojos…
y le hablarías de honor…
de disciplina…
de muros que protegen sueños?”
(Pausa. Silencio. Nadie respira. Algunos bajan la cabeza.)
“Porque si ese es el precio…
si eso es lo que ofrecemos a las madres de Grecia…
entonces no estamos construyendo un futuro.
Estamos cavando una fosa común.”
(Leónidas II se mantiene inmóvil. Lo observa en silencio.
Luego… da un paso hacia adelante.
Y su voz no tiembla.
Responde con sarcasmo. Pero debajo, hay una grieta que no quiere mostrar.)
LEÓNIDAS II (seco, cortante, con amargura):
“Las mujeres de Esparta…
no necesitan lecciones sobre cómo enterrar a un hijo.”
(Pausa. Luego con ironía controlada)
“Ellas no lloran en la plaza.
No escriben poemas.
Las mujeres de Esparta…
agradecen que su hijo haya muerto luchando.
Y preguntan: '¿Cuándo parte el siguiente?'”
(Mira a Temístocles con frialdad)
“Si queréis piedad… buscadla en el teatro.
Aquí… hablamos de Grecia.”
(Y se gira. Su capa roja arrastra el mármol como una herida abierta.)
(La respuesta de Leónidas II resuena aún entre las columnas.
Algunos delegados intercambian miradas cargadas.
Otros se mantienen inmóviles.
Hay dolor en el aire.
Y en ese silencio incómodo…
se escucha un sonido leve.
Un bastón tocando piedra.)
(Una figura avanza desde uno de los laterales de la sala.
Ha estado allí todo el tiempo.
Sentado, escuchando.
Como si supiera que su momento aún no había llegado.
Hasta ahora.)
(Anaxágoras de Clazómenas.
Su rostro no es severo, pero tampoco blando.
Camina lento, como si cada paso pensara por él.
Y cuando habla, no alza la voz.
Pero cada palabra cae como una gota que quiebra la superficie.)
ANAXÁGORAS (voz suave, pero clara):
“Habéis hablado de muros.
De espadas.
De sueños.
De madres… y de mármol.
Pero ¿habéis preguntado a los dioses si todavía os escuchan?
O mejor dicho…
¿habéis preguntado si queréis escucharlos vosotros?”
(Mira a Leónidas II. Luego a Pericles. Luego a nadie en particular.)
“La guerra ha terminado.
O eso decís.
Pero os observo…
y no veo hombres en paz.
Veo vencedores que aún tiemblan.
Veo estrategas que no saben cómo dormir sin planear su próximo enemigo.
Y veo, sobre todo…
el rostro de Grecia envenenado por el miedo a sí misma.”
(Pausa. Camina hasta el centro.
Pasa por donde estuvo Pericles.
Por donde habló Leónidas.
Y se detiene en medio del templo.)
ANAXÁGORAS (mirando al suelo):
“Si decís que lucháis por Grecia…
entonces decidme primero qué es Grecia.
¿Es su lanza?
¿Es su voto?
¿Es su templo?
¿Su madre que llora en silencio?
¿El esclavo que recoge los cuerpos en el campo después de la batalla?”
(Mira al cielo. La luz de Apolo entra oblicua por la claraboya.)
“Grecia no será eterna por su poder.
Ni por su gloria.
Será eterna si logra escucharse a sí misma…
en el silencio entre batalla y batalla.
En la calma entre una generación que mata y otra que aprende a vivir.”
(Anaxágoras ha terminado de hablar. Pero no se marcha.
Se agacha con lentitud.
Toma una piedra rectangular, pesada, del suelo del templo:
no una del altar, sino de las que bordean el perímetro.
Luego, se quita lentamente su manto exterior.
Debajo sigue vestido con una túnica ligera.
El gesto es solemne, no teatral.
Corta una tira larga de tela con un cuchillo pequeño, simple.
Todos lo observan en silencio.)
(Con manos precisas, ata un extremo de la tela a la piedra.
El otro extremo lo entrega a un joven soldado fuerte, que está cerca.
Lo señala con la cabeza, como quien dice: “levántala.”
El joven, con esfuerzo, levanta la piedra tirando solo de la tela.
La tela resiste.
No se rompe.)
ANAXÁGORAS (sin mirar a nadie en particular):
“A veces, lo más leve…
sostiene lo más pesado.
Porque está bien sujeto.
Porque tiene dirección.
Porque no se tensa más de lo necesario.”
*(Camina de nuevo. Desata la piedra.
Toma la misma tela.
La tensa en sus manos, sin peso alguno.
Y con un gesto lento, la rompe por la mitad.)
“Y sin embargo,
la misma fuerza…
mal empleada,
sin carga que justifique su esfuerzo…
desgarra lo que antes sostenía el mundo.”
*(Luego, camina hacia una de las lámparas de aceite.
Levanta el pedazo de tela roto.
Lo sostiene sobre la llama.
Arde al instante.)
“Y si a esa misma fuerza…
la roza la soberbia,
si la toca el orgullo,
si la domina el miedo… arde.
Y ya no queda tela.
Ni piedra.
Ni Grecia.”
(Silencio absoluto.
Las sombras del fuego danzan en las columnas.
Y Anaxágoras, sin más palabra, se sienta en su rincón, como si todo lo que pudiera decir… ya lo hubiese dicho.)
(Anaxágoras se ha retirado tras su gesto con la piedra, la tela y el fuego. El silencio todavía pesa en la sala.
Los presentes asimilan lo que acaban de ver.
Entonces, en voz baja, con ese tono grave y contenido de quien no necesita gritar, Leónidas II murmura, sin mirar a nadie:)
LEÓNIDAS II
(voz ronca, seca, casi para sí mismo)
—Si me lo hubieses pedido… yo lo habría levantado con las manos.
(A unos pasos, Temístocles oye el comentario.
No puede evitar una sonrisa irónica. Mira de reojo al espartano y contesta, en tono tranquilo pero cargado de intención):
TEMÍSTOCLES
—Y yo habría pedido a otros que me ayudasen a levantarla.
Lo importante… es que se levante.
(Ambos se miran de forma fugaz.
La tensión es suave, pero firme.
Entonces, Anaxágoras, que ya se alejaba hacia su rincón, se detiene.
Sin girar del todo el cuerpo, apenas ladea el rostro hacia ambos.
Los observa como un padre que ve a dos hijos discutir por algo que aún no entienden.
Y con voz lenta, profunda, como si las palabras pesaran siglos, dice):
ANAXÁGORAS
—El agua y el aceite no se mezclan por sí solos.
Para que se unan… hay que calentarlos.
Pero cuando se enfrían...
—(pausa breve)
…vuelven a separarse.
El eco de las palabras de Anaxágoras sobre el agua y el aceite aún flota en el aire.
Todos están en silencio.
Entonces Pericles, que ha estado reflexionando en silencio, da un paso hacia él.
No alza la voz. No necesita hacerlo.)
PERICLES
(con la mirada fija en el viejo filósofo)
—¿Y si fuésemos nosotros… el fuego?
(Anaxágoras detiene su caminar. Su cuerpo no se mueve, pero sus ojos brillan.
Lentamente, gira hacia Pericles.
Y entonces, con voz más baja que un susurro, pero clara como un oráculo, pronuncia):
ANAXÁGORAS
—El Kairustéum…
*(Algunos se miran. Otros fruncen el ceño, sin entender.
El filósofo se aproxima a una lámpara de aceite encendida, de las que adornan el templo.
Sin decir más, la toma con ambas manos y la vuelca con lentitud sobre el mármol pulido.
El aceite se esparce como una lengua líquida, brillante, y el olor inunda el aire.
Los soldados de ambos bandos se ponen en tensión.
Leonidas II da un paso, alerta.
Anaxágoras se detiene frente a un hoplita. Alza la mano, sin violencia.
El guerrero, confundido, le entrega su espada.
Todos miran, conteniendo el aliento.)
*(El viejo se arrodilla.
Con el filo, rasca la piedra del templo.
Una chispa.
Otra.
Y en la tercera…
🔥 la llama prende el aceite.
Una lengua de fuego se eleva en la penumbra del santuario.
La luz ilumina los rostros de todos.
Los ojos del filósofo brillan reflejando las llamas.)
ANAXÁGORAS
(voz lenta, como si recitase algo sagrado)
—En el principio…
Todo era vacío.
Y de pronto…
Se halló la luz.
(Un murmullo recorre la sala. Algunos retroceden.
Otros se quedan quietos, hechizados.
Anaxágoras se incorpora.
Con el fuego crepitando, mira a todos y lanza la última pregunta, como un acertijo, como una sentencia.)
ANAXÁGORAS
—Y ahora decidme…
¿Cómo se apaga el fuego?
(Oscuridad. Silencio. La llama baila como una respuesta sin forma.
Y nadie… se atreve a hablar.)
(El aceite arde en el suelo de mármol. Las sombras de las llamas bailan entre las columnas. El silencio pesa. Todos miran a Anaxágoras. Él no se mueve. Observa.)
Un soldado espartano, impulsivo, avanza con un puñado de tierra:
Soldado
—¡Lo apagaré!
Anaxágoras (alzando una mano, sereno pero firme):
—Detente.
(Sus ojos fijos en el fuego.)
—Sí, con tierra puedes sofocar una llama…
(Pausa.)
—…pero también con tierra enterramos las ideas antes de que respiren.
(El soldado se detiene. Duda. Retrocede. Silencio reverente.)
Un joven ateniense, nervioso, señala una vasija de agua cercana:
Joven
—¿Y si usamos agua?
Anaxágoras (negando con la cabeza):
—¿Agua sobre aceite ardiente?
—¿Queréis ver cómo el fuego se alza y nos envuelve a todos?
(Un murmullo recorre la sala. El fuego crepita como si entendiera lo dicho.)
Un filósofo rival, altivo y retórico, se adelanta con tono acusador:
Filósofo
—Entonces, dime, Anaxágoras…
(Señala las llamas.)
—¿Debemos dejarlo arder? ¿Permitir que el fuego nos devore?
—¿Qué propones? ¿Filosofía mientras el mármol se consume?
Anaxágoras (señalándolo con calma, sin titubear):
—Exacto.
(Un silencio denso. Nadie comprende aún.)
Anaxágoras se vuelve hacia el fuego. Luego extiende su mano hacia Leónidas II.
Anaxágoras
—El fuego es un aliado del tiempo, y el tiempo todo lo consume.
—Para apagarlo…
(Señala a Leónidas.)
—…necesitamos disciplina, fuerza y valor.
(Gira lentamente hacia Temístocles, que lo observa desde la penumbra.)
Anaxágoras
—Y también necesitamos estrategia, paciencia y propósito.
(La sala queda muda. Solo se escucha el crujir del fuego. Anaxágoras mira a Pericles, como si le respondiera a la pregunta dicha: “¿Y si fuéramos nosotros el fuego?”)
Anaxágoras (mirando la llama, sin miedo):
—Kairos-Theum.
—El momento sagrado.
—Todo lo que comienza… termina.
(Pausa. Su voz se vuelve más profunda. Las llamas iluminan su rostro.)
—Hubo un tiempo en que los dioses lucharon contra el Khaos, la nada.
—Y de esa inmensidad nació lo inevitable: el tiempo.
—Y con él, incluso los dioses dejaron de ser inmortales.
—Pero en su fragilidad… descubrieron algo.
—Kairos no es solo una palabra antigua.
—Es el momento consagrado.
—Todo ser que existe está marcado por tres propósitos inquebrantables:
(Alza tres dedos)
—Todo tiene un principio.
—Todo tiene un final.
—Y todo tiene Elpís: esperanza.
—El final no es un muro. Es una puerta hacia otra cosa.
(Pausa. Mira al fuego una vez más.)
—Ese es el ritmo del universo.
—El verdadero enemigo no es el otro.
—Es negar que la guerra existe.
—No entre nosotros… sino contra el Khaos.
—Y solo cuando aceptemos eso…
—los estandartes, las fronteras y las ordenanzas… dejarán de tener sentido.
(Y entonces, como obedeciendo a su verdad, el fuego se apaga por sí solo. La llama se reduce a un hilo de humo que asciende hacia la claraboya, escapando hacia el cielo estrellado, como un alma liberada.)
Anaxágoras (con voz más baja, mirando al humo):
—Solo cuando aceptas el Kairos-Theum…
—el alma deja de necesitar…
—y comienza a evolucionar.
(El humo asciende lentamente por la claraboya, como un alma que se libera. La sala sigue en silencio. Todos parecen envueltos en la reflexión… hasta que Leónidas II rompe el momento con su voz, cargada de sarcasmo y orgullo.)
Leónidas II (mirando fijamente a Temístocles):
—Jamás voy a unirme a esto.
(Las palabras cortan el aire como un cuchillo. Su tono es desafiante. Su desprecio, palpable.)
Temístocles lo sostiene con la mirada: fría, impenetrable. No dice nada, pero en sus ojos arde un fuego distinto… uno que no necesita llamas.
Al mismo tiempo, mientras Anaxágoras se retira del templo sin mostrar reverencia a la estatua de Apolo, el fuego del aceite —que parecía extinguido— aún parpadea. Un joven soldado espartano, creyendo apagar la última chispa, vierte agua sobre ella.
El resultado es devastador.
La llama se aviva con furia y se esparce con una brutalidad inesperada, devorando túnicas, cortinas, y alcanzando incluso la base de la estatua de Apolo… que comienza a arder.
(A lo lejos, Anaxágoras, ya cruzando el umbral, sin girarse, pronuncia en voz baja —casi un susurro que se disuelve entre los ecos del mármol y el crepitar de las llamas—):
Anaxágoras (para sí mismo, como si ya hubiera visto el porvenir):
—...Y así es como, al final, la soberbia que cree tener razón... acaba con todo.
Todos ya hemos comenzado a arder.
***
Ataraxia VI. Anaxágoras
Parte 2
Las calles se estrechaban bajo el aliento cálido del crepúsculo, y la brisa traía consigo el olor lejano del mar. Anaxágoras caminaba en silencio, como lo había hecho tantas veces, con la mente dispersa en pensamientos que ningún otro hombre compartía.
Al llegar a su hogar, algo lo inquietó.
El patio estaba vacío.
Demasiado vacío.
No escuchó los pasos de Melanta, su fiel sirvienta.
No olió el pan de cebada que solía prepararse al caer la tarde.
Ni siquiera el perro —siempre alerta en la entrada— salió a recibirlo.
Solo un silencio espeso, detenido, como si el tiempo hubiera decidido no avanzar más.
Entró con cautela.
Las puertas estaban entreabiertas.
Y el crepitar del fuego en el hogar no era acogedor, sino ominoso.
Se dirigió hacia la sala del banquete, ese modesto andrón donde tantas veces había compartido vino con amigos y discípulos.
Pero esa noche, no había vino.
Ni amigos.
Solo una sombra sentada en la penumbra.
El fuego, encajado en la piedra del hogar, lanzaba destellos temblorosos que apenas rozaban su silueta. No era más que un contorno oscuro en el extremo de la sala, como si hubiese surgido del mismo mármol que decoraba las paredes.
Anaxágoras no retrocedió.
En cambio, caminó con la lentitud de quien ya ha vivido el desenlace.
Tomó dos vasos de cerámica y los colocó con precisión sobre la mesa.
Luego, vertió el vino oscuro sin derramar una sola gota.
No habló.
Ni preguntó quién era.
Ni por qué había venido.
Solo alzó uno de los vasos y lo dejó frente a la figura.
***
Anaxágoras (al entrar, con voz tranquila):
“No esperaba compañía.
Pero sí presentía el silencio.”
(Se acerca a la mesa. Mira la daga. No la toca. Sirve dos copas de vino.)
“Sabes que el vino solo se sirve a los iguales.
El vino se oscurece en la copa. La habitación está en silencio. La única luz es el fuego del hogar. Frente a Anaxágoras, una figura encapuchada. No se mueve. No habla. Solo respira muy levemente. Una daga reposa sobre la mesa, fría y ceremoniosa.)
Anaxágoras (sirve el vino con calma):
(Pausa. Se sienta frente a él. Bebe un sorbo.)
—He vivido entre hombres que gritan cuando ven la verdad... y sonríen cuando la mentira les calienta las manos.
(La figura no se mueve.)
—Me llamaron peligroso por enseñar que el sol no era un dios, sino una piedra ardiente.
—Me llamaron traidor por decir que la luna no era perfecta, sino una cicatriz del universo.
(Anaxágoras deja el vaso sobre la mesa.)
—Y sin embargo... aquí estás tú.
—Sin palabras. Sin juicio. Sin furia.
—Solo la daga. Como si el acero pudiera cerrar lo que está abierto desde siempre.
(La figura inclina apenas la cabeza, como un gesto lento. El fuego tiembla.)
Anaxágoras (sin levantar la mirada):
—No te preocupes.
(Sonríe apenas, un gesto cansado.)
—No hay veneno.
—Ni en el tuyo, ni en el mío.
(Silencio. La sombra permanece inmóvil.)
Anaxágoras (bebe un sorbo, luego deja su vaso sobre la mesa):
—Pensé que eras un hombre.
—¿Tal vez un enviado de Esparta.?
—¿O de Atenas.?
—¿Tal vez incluso de los Persas?
(Pausa.) Demasiado evidente…
Pareces un profesional, tal vez de algúna orden de sacerdotes de Libia o tal vez de Tebas….
—Pero no dices nada. Ni siquiera aceptas el vino.
—¿Qué clase de ser eres?
(La sombra no responde. No se mueve.)
Anaxágoras (se inclina levemente, su voz ahora más dura):
— pareces demostrar que el tiempo está de tú lado… eso es lo que creen que tienen el destino de los demás en sus manos. Te diré algo… “ no si quiera los dioses controlan su destino” Todo fue creado por una sola razón. Y precisamente fue para arrebatar al tiempo el control absoluto de las cosas.
( Bebe otra vez. Pero el sabor del vino es un poco dulce y amargo)
***
Nephel
—Te contaré una historia...
En tiempos previos a los grandes reyes, hubo una guerra olvidada entre Eleusis y Tirinto, dos ciudades que competían no solo por el comercio o el honor, sino por los favores de los dioses.
En esa guerra luchaba un joven hoplita llamado Kalímacos, nacido en la fértil llanura de Megara, bajo la protección de Deméter. Hijo de un alfarero y una tejedora, se crio entre el barro y el telar, aprendiendo que la vida se construye con manos, no con palabras.
Cuando la guerra estalló, Kalímacos hizo lo que todo hoplita hacía la última noche con su familia: yacer con su esposa hasta el amanecer, para recordar en los días amargos la fragancia de su amada. Un guerrero precisa el vínculo conyugal como precisa el yelmo y el escudo: para proteger corazón, alma y cuerpo.
Con los primeros rayos de sol, se despidió de su hijo. Recogió sus armas y marchó junto a los demás.
La guerra no es justa para nadie. En ella siempre hay ganadores, perdedores… y sacrificados.
Anaxágoras: —¿Has estado en alguna contienda?
(Anaxágoras se toca el muslo. Siente una molestia mientras cuenta esta historia. Luego prosigue.)
—No importa si eres campesino, artista, filósofo o político: cuando las trompetas suenan, todo aquel que pueda sostener un arma debe ir a cumplir, según la ley de Megara. Todos fuertes. Todos optimistas. El miedo se deja atrás.
Pero cuando chocan los escudos, el caos dicta la sentencia y ejecución de cada hombre. La tierra reclama su tributo… y a veces es honrada con creces.
Tantos caídos, que no hay tiempo para socorrer a los moribundos o heridos. Algunos mueren por una simple herida; otros por asfixia, al quedar sepultados en una montaña de cadáveres…
El destino del hoplita fue tan certero como si una abeja quedase clavada en la espina de un rosal.
En el campo de batalla, cerca de los olivares de Cinosura, una lanza enemiga lo hirió en la pierna. La herida no era mortal, pero lo dejó postrado. Kalímacos quedó abandonado, atrapado entre cuerpos apilados, sin agua, sin fuerzas. La noche cayó como un telón espeso.
Todo hoplita recuerda los terrores nocturnos que acechan a los desvalidos, a los que aún no han cruzado al otro lado.
Leyendas de soldados, creadas para mantener la guardia durante la campaña.
"Cuídate de los horrores de la noche, guerrero. Cuídate de ‘Nephel’."
En ese instante, hasta el guerrero más audaz pide como último deseo que le cierren los ojos, para no ver cómo las bestias de la noche devoran lo que queda de los caídos que nadie ha podido recuperar.
El hoplita escucha ruidos: las quejas de los que aún viven, los que tienen sed y no pueden moverse, los que sienten cómo los depredadores están a punto de saciar el hambre de la naturaleza nocturna.
Kalímacos cierra los ojos. Pero el dolor en la pierna le obliga a contemplar cómo aquellas sombras de cuatro patas se llevan a los que aún respiran. Rabia. Furia. Dolor.
Y entonces… algo hace escampar a los hijos de las tinieblas.
Una figura, deslizándose entre los cadáveres.
No era soldado, ni animal. Era una mujer, con el rostro cubierto por un velo, que murmuraba cantos como nanas para los moribundos.
Kalímacos sintió una punzada en el cuello… y luego, paz.
Despertó entre una vista borrosa y una sombra que parecía estar curándole la herida. Olor a fragancias de campo, luces temblorosas, y una estancia reconfortante.
Cuando aquella silueta se acercó, pudo ver a una mujer con cabellos negros que le ocultaban los pechos. Ella lo curaba.
Ella le susurraba palabras que calmaban la ira y el dolor.
Ella se aprovechaba de su invitado… con euforia y éxtasis.
En ese momento, el hoplita pedía perdón a su amada con la mente, mientras la anfitriona se deleitaba con su cuerpo. Luego se dormía.
¿Qué puede hacer un hombre cuando la muerte le ofrece consuelo?
Pero los días pasaron. El dolor en la pierna regresó, como si cientos de cuchillas desgarraran la herida.
El soldado se levantó como pudo.
Aquel lugar era…
…muy extraño.
Caminó hacia lo que parecía la salida.
La luz al fondo era fría. Enfermiza.
El aire olía a podredumbre.
Por todas partes: escudos rotos, yelmos de distintas formas, estandartes de diversas polis y vendas arrancadas y húmedas.
Al final, un habitáculo con una apertura hacia el exterior, franqueado por una telaraña gigante.
La luna iluminaba algo monstruoso:
Una mujer con cabellos negros, desnuda de cintura para arriba, y en lugar de piernas… ocho patas afiladas y alargadas.
Las leyendas eran ciertas.
Una Nephel, deleitándose a placer con el cuerpo vivo de otro hoplita.
Lo amaba, sí… pero como una araña ama a su presa antes de alimentar a su prole.
Del vientre de Nephel salían pequeños insectos brillantes, que se introducían en la herida abierta del hombre, mientras ella lo besaba como una esposa devota.
Una vez dentro, el arácnido cosía la fisura con una precisión quirúrgica.
Kalímacos, temblando, bajó la vista a su pierna.
(Anaxágoras bebe en silencio.)
—La venda que cubría su herida… se movía. Como si respirara.
La abrió…
Sus ojos se abrieron desorbitados al contemplar aquello.
Y el hoplita se desplomó al suelo.
Nephel escuchó un ruido y se retiró hacia el fondo.
Kalímacos aprovechó para salir al exterior.
La entrada estaba en un acantilado, oculta tras una cascada.
Saltó al agua, atravesando la cortina líquida.
Y en las profundidades… aquellas cosas en su pierna se desprendieron y se ahogaron.
Al llegar a la orilla, pudo ver que los dioses le estaban ofreciendo una segunda oportunidad.
(Anaxágoras se toca de nuevo la pierna.)
—No fue fácil aceptar el rumbo de nuevo…
Pero te aseguro que desde entonces viví de otra manera.
Más familiar. Sin armas.
Intentando comprender… por qué solo yo.
(Anaxágoras cree que esa sombra, asesino o sujeto, es Nephel. Cree que ha venido a buscarlo. La sombra —o el sujeto— ni se inmuta. Anaxágoras se enfurece.)
—¿Acaso eres real?
—¿O solo una ilusión?
—¿Una idea fabricada por mi mente fatigada?
(La tensión se corta en el aire. De pronto, Anaxágoras se levanta bruscamente. El banco cruje.)
Anaxágoras (golpeando la mesa):
—¡Respóndeme!
—¿Eres carne, sombra… o pensamiento?
(En un impulso, toma un objeto pequeño de la mesa —una copa, una piedra, un rollo de papiro— y lo lanza contra la figura.
El objeto atraviesa la sombra.
No hay impacto.
No hay sonido.
Solo el eco hueco del golpe contra la pared.)
(Anaxágoras queda inmóvil. Respira con fuerza. Sus ojos, abiertos.)
Anaxágoras (en un susurro):
—No eres un asesino…
—¿Qué eres exactamente?
Anaxágoras observa el rostro encapuchado. Nada. Solo una silueta.
Entonces, al beber otro sorbo de vino, su mirada se desvía —y se detiene en la mano del visitante.
No es una mano humana.
Los dedos son demasiado largos.
No hay uñas. Solo una piel oscura, pulida, como obsidiana viva. Una mano que no debería existir.
Anaxágoras retrocede ligeramente.
Apenas un gesto.
Pero suficiente.
ANAXÁGORAS (voz baja, quebrada):
—Tú...
(Mira su copa. Respira profundo.
El miedo lo atraviesa, pero no se rinde.)
—Tú no has venido a matarme.
—Ni por oro... ni por venganza.
(Pausa. Mira de nuevo.)
—¿Vienes del Averno? ¿O del Hades?
(Su voz tiembla.)
—¿Eres acaso un dios sin nombre...?
¿O el pensamiento que viene después del último pensamiento?
Silencio.
Entonces, con un movimiento imperceptible, la criatura coge la daga. Y su brazo comienza a estirarse… La realidad misma se alarga con él,
como si hubiese entrado en contacto con una anomalía del espacio-tiempo.
Anaxágoras observa esa mano espectral.
Ya no hay duda.
El terror se mezcla con la comprensión.
Y al fin, una extraña serenidad.
ANAXÁGORAS:
—Te he mentido.
(Sonríe, triste.)
—Sí había veneno.
—En mi copa.
(Silencio.)
—Cuando crucé la última calle, supe que hoy sería distinto. Este mundo… ya no me escucha. Ya no puedo ofrecerle más.
(Pausa.)
—Y tal vez... lo que más me aterra...
es que tú no eres un enviado de nadie.
(Mira a la sombra a los ojos. O donde deberían estar.)
Aquella cosa transmite soledad, frío, perdición.
La desintegración de la razón. El olvido del alma.
La sombra se tensa. Parece agresiva.
No necesita la daga. Nunca la necesitó.
ANAXÁGORAS (alza la voz, como último acto de resistencia):
—¡Por los dioses! ¿¡Qué eres!?
No hubo respuesta.
El vaso tembló en su mano…
Anaxágoras retrocedió un paso, perdiendo el equilibrio. Si cuerpo ya no obedecía, las piernas ya no podían soportar el peso de todo el cuerpo . Sus párpados se estaban cansando y el sueño reclamaba su presencia al otro lado.
Finalmente exalo el último aliento de vida.
El círculo de vino en la mesa se expandió como una galaxia moribunda.
La sombra,
un esbirro del Chaos,
había perdido.
***
Epílogo
Existen dos reflejos.
El primero, el que todos logran comprender:
el correcto, el indicado, el elegido.
En vuestro mundo, la realidad es una doncella caprichosa que juega en ambos bandos.
Una estratega astuta que ordena mentiras y justifica tretas.
Es la que promete y ofrece, la que cumple y castiga.
La loba que amamanta a los suyos con euforia y hojas de laurel…
pero olvida a los justos, a los hambrientos, a los sedientos.
Porque son débiles.
E innecesarios.
Solo hay elixir de la buena fortuna para los más fuertes.
En el mundo de los mortales, la fuerza no nace del músculo ni del ingenio.
La fuerza verdadera es la aceptación profunda de las leyes que rigen el universo.
Es decir:
al final, el pequeño es quien devora al grande.
Porque en este escenario, donde todo existe,
todos recibimos el primer beso del amor incondicional —la vida—
para aprender a vivir entre tragedia y comedia, según nuestra elección.
Es la base de la evolución.
Y la preparación para el último beso:
el frío beso de la muerte,
cuando el telón cae.
Pero el otro reflejo…
ah, ese es muy distinto.
“El más capaz, el más inteligente, el más fuerte...
Siempre se ha dicho que son ellos quienes gobiernan el mundo.”
Pero en realidad…
eso nunca fue del todo cierto.
En el mundo de las posibilidades, existen dos tipos de personas:
los que demuestran interés...
y los que solo dicen tenerlo.
Y en la dimensión de la ambigüedad,
donde las decisiones no son blancas ni negras,
donde todo se diluye entre el deber y el deseo...
Al final no gana el más rápido,
ni el más listo,
ni el más feroz.
Gana el que queda.
El último.
El que resiste cuando todos ya se han ido.
El que espera…
cuando todo parece perdido.
En el mundo de los sueños rotos,
siempre gana
el que tiene más paciencia.
¿No creen?
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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