Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VII. Sophrosyne.


“Sophrosyne”: 
Medio y Contención

 El alma, para poder trascender, precisa
la misma tierra que la vio crecer,
la misma brisa que rozó sus hojas,
el mismo canto de los pájaros al amanecer,
la misma luz que bañó su copa,
y el mismo silencio que la abrazó en su otoño…
y en su florecer de primavera.

Cuando el ser deja el mundo mortal
y el alma es liberada para continuar su viaje,
precisa de todas las experiencias.

Como un árbol necesita su tierra para echar raíces,
el alma necesita el recuerdo vivo
de aquello que amó y que la hizo ser.

Porque no se trata de ser fuerte,
ni sano,
ni exitoso.
Se trata de estar presente en lo que uno vive,
y entregarlo con amor.

Porque todo lo que se siente… permanece.
ese es el único lenguaje que el alma entiende.
Y ese es el lenguaje que el otro lado necesita para seguir existiendo.

“Cuando regreses, lleva historias.
Aquí no sobrevivimos sin ellas.”




Ataraxia 
“Sophrosyne “
(Tercer principio 
del kairos-Theum )

***
Introducción 

El corazón no nace, se gesta entre el palpitar de los sentimientos envolventes. Es una música, una melodía que trasciende al tocar al oyente. Si todos siguiéramos su compás, el inframundo claudicaría. Pues no habría guerras, y el afán de poder perdería sentido.

Hablo de una época en que ese latido fue silenciado por la arrogancia de los más fuertes y por la soberbia de los más sabios. El mundo también fue gobernado por los dioses. Y lo que se refleja en el cielo, también se expresa en la tierra.

Antes de continuar, debéis saber algo. Esto no es una historia común. No está escrita con fechas exactas ni nombres que sobreviven en los libros de los hombres. Es un eco. Un reflejo revelado a mí en las aguas de la Laguna Estigia.

Lo que os voy a contar me fue mostrado en los rostros de los condenados, cuando se miraban en las aguas como sueños y visiones. Deseos truncados, arrancados de raíz para que el silencio asfixiara la esperanza. Una dote que aprendí a leer.

Soy Nemoshyne, la décima musa del templo de Quirón.

Existen estados del alma que no pueden alcanzarse por la fuerza, ni por la sabiduría, ni por la obediencia. Solo nacen cuando el alma ha visto todo lo que puede romperse… y aun así decide no romper nada. Cuando el alma, ante el abismo, decide sostener la belleza.

Por eso, para entender este principio, debéis primero conocer las guerras que los dioses no contaron, las traiciones que no están en los cantos, y la historia de una muchacha que fue más que carne y linaje, y que acabó siendo emperatriz del inframundo.

Porque hubo un tiempo… un tiempo que no pertenece a los calendarios sino a la memoria de los elementos, en que los dioses eligieron una reina, no por obediencia… sino porque su alma tenía lo que ni el rayo ni el tridente podían crear: equilibrio.

Y fue entonces… cuando todo comenzó.

***

Grecia era un árbol, con raíces profundas en la tierra de los ancestros.
Su tronco, la ley común que todo lo sostenía.
Pero no era un árbol de hojas, sino de familias.
Cada oikos, una rama viva, extendida hacia el cielo del porvenir.

Si una rama prosperaba, todo el árbol florecía.
Pero si una rama se secaba, o peor aún, se rebelaba contra el curso del tronco,
todo el Egeo enfermaba.

Y entonces no quedaba más remedio que cortar.
No por odio, sino por supervivencia.


---

Los dioses, hacedores de tretas y entresijos en el mundo de los mortales,
también eran creadores de familias importantes entre los griegos.
Truncar el destino de una de esas familias era una ofensa hacia ellos:
aquel que osara romper el hilo del destino de los elegidos
se vería ante el tribunal olímpico,
y el castigo no sería leve.

Nada podía interponerse en la estrategia de los dioses
contra el Khaos y Kronos.
Ni siquiera los deseos de unos pocos mortales poderosos.

Tras la Batalla de Maratón (490 a.C., bajo Darío I)
y las de las Termópilas, Salamina, Platea y Mícala (480–479 a.C., bajo Jerjes I),
la gloria se repartió entre los vivos…
pero las cenizas fueron para los caídos.

Las ciudades que perdieron su escudo, perdieron también su dignidad.
No hay victoria sin reconstrucción.
Y no hay reconstrucción sin manos.

En el Egeo, había déficit de manos libres
para levantar templos, casas, barcos y empalizadas.

Temístocles lo sabía.
Los astilleros debían trabajar día y noche.
La flota de la Liga de Delos no podía esperar.

Así nacieron los pactos oscuros.
Hubo familias poderosas que, tras perder sus tierras o fallar a su polis,
fueron marcadas, desprovistas y esclavizadas.
Toda posesión y título, confiscados por el bien de Grecia.
Por el bien de todos.
Por el bien del Egeo.
Y a los Dioses esto no les gustó.

***

En el templo de Quirón, algo se agitó.
Y los tres hermanos fueron llamados:
Zeus, señor del rayo.
Poseidón, amo del mar.
Hades, guardián del inframundo.

Quirón habló con voz solemne:

> —Abandonad toda infantilidad
y demostrad la madurez y la sabiduría
por la que se os honró en vuestro nacimiento.
Durante tres días, traed al templo a vuestra futura consorte.
La reina que un dios precisa para gobernar el mundo.

Debe ser casta, para honrar la pureza del alma.
Debe tener el corazón limpio,
para poder guiar a los humanos
en las tinieblas de la guerra…
una guerra que nosotros mismos provocamos.



Hades no habló.
Se limitó a observar, como si ya supiera la verdad.
Zeus y Poseidón intercambiaron miradas.

Poseidón fue el único que no temió al desafío.
Si había una reina digna, esa era Calipso.
Nadie más podía compararse.

Zeus, en cambio, tenía demasiados nombres en la cabeza…
Pero había un problema:
Tras las guerras del Egeo, el mundo de los mortales se había corrompido.
Las mujeres castas eran casi imposibles de hallar.

Sin embargo, aún quedaban esperanzas.
Se hablaba de las ninfas del agua,
y sobre todo, de las que vivían en lo profundo del océano.
La castidad era su escudo…
y la belleza, su condena.

Y más allá, en los templos de Apolo y Afrodita,
vivían sacerdotisas de corazón puro como el oro.

Zeus, intrigado, invitó a su hermano Poseidón
a compartir vino del propio Dionisos.

Poseidón, orgulloso y amante de la bebida, no dudó.
Y bebió.
Y bebió.
Y entonces… habló.

***


[Templo de Dionysos. Noche cerrada. El fuego arde bajo copas de oro. El vino corre, y el mármol huele a fruta madura. Zeus ya está sentado. Poseidón entra arrastrando su capa, con sal en los bordes y ojos como tormentas cansadas.]

Zeus (alzando su copa con una sonrisa torcida):
—Hermano…
Esta noche los vientos no rugen.
Quizás incluso el mar necesita dormir.

Poseidón (soltando un bufido y dejando caer el tridente como si pesara demasiado):
—¿Dormir?
El mar no duerme, Zeus.
Solo espera su momento para devorar.

(Toma la copa de un trago y se sirve otra antes de sentarse)

—¿Y tú qué quieres? ¿Vino o guerra? Porque contigo siempre es uno disfrazado de lo otro.

Zeus (acariciando la base de su copa):
—¿No puede un hermano compartir una copa sin levantar sospechas?

Poseidón (riendo ronco):
—Tú no compartes nada, excepto problemas y bastardos.
(se sirve otra copa)
Cuando compartes vino es porque estás tramando algo.
Y cuando invitas a beber a Poseidón…
es que el cielo se está cayendo a pedazos.

Zeus (encantado por el veneno en sus palabras):
—O quizás simplemente deseo tu opinión.

Poseidón (ladeando la cabeza como quien no se lo cree):
—Tú solo escuchas tus propias palabras, disfrazadas con mi voz.
(Bebe)
Pero venga, sorpréndeme. ¿De qué trata esta cena sin diosas?

Zeus (más serio ahora):
—Quirón ha hablado.
Tres días.
Una consorte.
Una reina digna de los dioses…
Una que pueda reinar sobre el mundo de los hombres, cuando el mundo ya casi no tiene nada que ofrecer.

Poseidón (ya algo afectado por el vino, se recuesta como un veterano de guerra que ha oído todo antes):
—Sí… lo escuché.
Pureza, virtud, alma incorrupta…
Bah.
Las únicas puras están muertas. O encerradas en torres.
O... debajo del mar.

(Su mirada se nubla un momento, luego sonríe con malicia.)

—Aunque quizás... quizás queda una.

Zeus (alerta, pero manteniendo la calma):
—¿Una?
***
Poseidón (ya con voz pastosa, los ojos entrecerrados):
—El mundo está cansado, hermano.
Como nosotros.
Y sin embargo…
hay belleza aún.

(Bebe. Se ríe, como si recordara algo delicioso y amargo a la vez.)

Zeus (interesado, sin presionar demasiado):
—¿Y tú la has visto?
¿A esa belleza que resiste al tiempo y al barro?

Poseidón (asiente lentamente, como si su cuello pesara toneladas):
—Una vez…
el gran rey Darío de Persia —cuando aún no era viejo, ni cruel, ni sabio—
me llamó a sus jardines.
Había oído hablar de mis dones.
Y me dijo: “Dios del mar, si tanto sabes, muéstrame a la mujer más hermosa del mundo. Si existe, quiero verla. Y si es digna, quiero que reine conmigo.”

Zeus (se detiene, fascinado, sin moverse):
—¿Y qué hiciste?

Poseidón (con media sonrisa y la mirada perdida en las llamas):
— Dije que a cambio, sus barcos, durante 10 años no cruzarían el Egeo hasta Grecia. Y acepto.
—Extendí la mano sobre las aguas de su fuente sagrada…
y el reflejo apareció.
No una visión falsa, no un velo encantado.
Le mostré a una jovencita real.
Una muchacha griega.
En el templo de Apolo y Afrodita.
Su rostro… era la promesa de todo lo que el mundo había olvidado.
Pero Darío no supo su nombre.
Solo vio su belleza y se quedó… en silencio.
El rey más poderoso del mundo, incapaz de hablar.

(Hace una pausa. Luego ríe, pero hay dolor en la risa.)

—Lo que no sabía ese sabio… es que estaba mirando a su propia hija.
La hija de una noche con una bailarina.
Una mujer que bailaba como si la tierra misma se moviese con ella.
Y lo hacía…porque era Gea. La Madre.

Zeus (el rostro se tensa un instante, como si algo muy antiguo se despertara en él):
—Gea…
—¿Nuestra abuela?

Poseidón (más borracho, pero también más grave):
—No esa noche.
Esa noche fue deseo puro.
Estrategia antigua. Gea no se mezcla por capricho. Lo hizo por legado. Por un sueño que tubo. El Oráculo de Delfos le dijo “que tras las ruinas de los poderosos nacerá un imperio.”

(Mira a Zeus directamente por primera vez en varios minutos.)

—¿Entiendes?
Es un equilibrio.
Un puente entre reinos.
Y ni tú… ni yo…
la controlaremos fácilmente. A veces pienso que no somos tan inmortales como creíamos….

(Se reclina hacia atrás. Cierra los ojos. El vino lo ha vencido.)

Zeus (murmurando mientras lo observa dormir):
—Una hija de reyes y de la Tierra misma…
Una heredera al mundo…

— Vamos! No te duermas! ¿Que significa esa profecía?

Poseidón con los ojos cerrados. 
— No te preocupes…busca a una de tus amigas y hazla emperatriz del mundo. Y sigue divertiendote como siempre…olvídate de todo esto…


Poseidón (se ríe, ya con la lengua pastosa):
— Yo…
le prometí al rey de Persia mostrarle una emperatriz….
….Le mostré a Kuore….
Pero él…debe mantener su promesa….él no puede alcanzarla…. Ni tú….Ni nadie.

(Hace una pausa. Cierra los ojos. Luego, con una sonrisa amarga:)
—A menos que te disfraces…
como haces siempre.
Hermoso Zeus.
Dios de las formas prestadas.

(Se desploma, esta vez más pesado. Su copa cae al suelo y rueda. Está profundamente dormido.)

[Zeus se queda quieto. Mira a su hermano como quien observa a un oponente ya vencido. Se levanta.]

Zeus (para sí):
—Kuore…
Nombre extraño.
Hija de Gea.
Demasiado pura para ti… demasiado peligrosa para mí.
Y, sin embargo…

(Se inclina y recoge el tridente de Poseidón del suelo.)
—…si alguien va a gobernar este mundo podrido, no será por consejo de un borracho.
Será por decisión propia.
(Bebe el resto del vino derramado. Y sonríe.)

***
Darío I Rey de Persia ( rey de reyes)

Hubo un tiempo en que se creía que los poderosos que gobernaban imperios se hacían llamar “dioses”.
Pero en la península de Anatolia, hubo un Rey de Reyes que comenzó a poner eso en duda.

Darío I, monarca del Imperio Persa, nunca logró cruzar el Egeo, aunque lo intentó varias veces.
Su pacto con Poseidón fue tajante:

> “Te mostraré a la mujer más bella del mundo,
si tú me prometes que durante diez años no surcarás el Egeo.”



Y así fue. Durante ese tiempo, Darío I construyó una flota tras otra.
Todas sucumbieron en las aguas embravecidas frente a las costas de Grecia.
Las olas no perdonan los pactos rotos.

Pero un Rey no puede doblegarse eternamente a la voluntad de los dioses.
Y Darío utilizó otra estrategia: invadir por los márgenes.
Conquistó India, el norte de África, Egipto y las estepas mongolas.
Todo ese poder y riqueza le permitieron consolidar a 49 sabios en una sola sala,
encerrados sin ver la luz del día hasta que hallaran el método definitivo para cruzar el Egeo y conquistar Grecia.

Y fue entonces cuando nació el Autómata de Bronce.

Lo llamaron Shâhid, “el testigo”.
Una máquina de engranajes y fuego.
Con rostro de sabio, ojos de ónice negro, y manos que parecían esculpidas por la precisión misma.
Pero no fue diseñado para matar.
Fue construido para pensar.

Durante las fiestas sagradas de Persia, Shâhid se convirtió en la atracción más temida.
Jugaba al ajedrez real (chatrang), contra los mejores generales, sabios y estrategas del imperio.
Ninguno logró vencerlo.
Hasta que, una noche, una figura inesperada rompió el círculo.

Era una joven de nombre Arsíne.
Huérfana de noble cuna, criada entre papiros y piedras de zafiro.
Nunca hablaba mucho, pero sus ojos tenían la quietud del cielo antes de una tormenta.
Caminó hasta la mesa sin pedir permiso.
Se sentó frente al autómata.
Y movió su ficha sin decir una sola palabra.

Los presentes rieron.
—¿Una niña? —se burlaban—. ¿Contra Shâhid?

Pero el autómata jugó.

Y Arsíne respondió.
Jugada tras jugada.
No con fuerza, sino con elegancia.
No con rapidez, sino con ritmo.
Hasta que, en el vigésimo quinto movimiento, detuvo su mano.

Miró al autómata directamente.
Y en vez de atacar su rey… sacrificó su dama.

Los sabios se alzaron con asombro.
—¡Ha perdido la pieza más importante!

Pero no.
Tres movimientos después, el autómata entró en bucle.
Sus dedos temblaron.
Sus engranajes se resistieron.
Y entonces, el rey de bronce quedó atrapado.

Arsíne había vencido.
No con fuerza.
No con suerte.
Sino enseñándole al autómata algo que no entendía:
la belleza del sacrificio.

El silencio gobernó el instante.
Un silencio que ni las estatuas de mármol pudieron quebrar.

Shâhid, el autómata de bronce, estaba detenido.
Sus engranajes crujían suavemente, como si temblara.
Los sabios contenían la respiración.
Los generales miraban a la joven con recelo, como si presenciasen algo que sus ojos no sabían nombrar.

Arsíne no se levantó.
Solo sonrió con lentitud, como si supiera que ese momento estaba escrito desde el principio de los tiempos.
Y entonces, en un susurro que resonó como trueno, pronunció palabras que solo el Oráculo de Delfos podría haber recordado:

> —"Tras las ruinas de la cuna del mundo,
nacerá un nuevo reino que no será reino,
un imperio tan grande que se grabará
en las mentes del mundo conocido..."



Y en ese instante, sus ojos cambiaron.
El iris se desvaneció.
Las pupilas desaparecieron.
Solo quedó el blanco puro, como si los cielos hubiesen descendido hasta su rostro.

Todos retrocedieron.
Un murmullo de miedo recorrió la sala como una corriente invisible.

Arsíne levantó la mirada y clavó sus ojos espectrales en Darío I.
Su voz ya no era la de una joven.
Era antigua como el tiempo, profunda como el abismo entre estrellas.

> —"El imperio no será de piedra y espada,
ni de fuego y muerte…
porque perdurará de mil formas diferentes
hasta el fin de los días."

Darío se incorporó, pálido, la copa cayendo de su mano.
Su trono ya no parecía un trono,
sino una silla cualquiera ante algo que estaba muy por encima de él.

> —¿Quién… quién sois, mi señora?

Y fue entonces cuando Arsíne se levantó lentamente.
A cada paso, las flores en los tapices parecían temblar.
La sala misma parecía respirar.

> —No solo soy tu señora, Darío,
sino la que siembra y hace crecer la tierra.
La que dio forma a los valles antes de que el hombre tallara piedra alguna.
La que vio nacer a los titanes… y también su ruina.
Soy Gea.

> Y tú, Rey de Reyes,
le negaste el trono a mi hija por las leyes secas de los sabios del desierto.
Por miedo.
Por orgullo.

> Y por ello, yo te maldigo.
Jamás cruzarás el Egeo.
Tus barcos serán tragados.
Tu ejército será disuelto antes de pisar la orilla prometida.



> Y cuando tu linaje se disuelva en las arenas del tiempo, un nuevo orden nacerá.
Una tierra forjada por el corazón,
no por la espada.
Y en ella…
La estirpe silenciada gobernará el mundo.

---

Gea se volvió hacia Shâhid.
Con un gesto, la máquina se deshizo en polvo.
Cayó en silencio, como si nunca hubiese existido.

Y luego, simplemente… desapareció.
No hubo luz, ni fuego.
Solo una brisa de tierra, de otoño,
que acarició la sala como un suspiro antiguo.

---

Darío cayó de rodillas.

No por devoción. No por miedo. Sino por el peso insoportable de lo que acababa de escuchar.

Los sabios guardaron silencio.
Los generales bajaron la vista.
Gea ya no estaba allí, pero su voz seguía vibrando en los muros de piedra.

Y entonces ocurrió lo impensable.

Darío alzó la mano lentamente, como si pesara toneladas.
Y con un gesto seco, definitivo, el gran portón de Persépolis se cerró desde dentro.
Un mecanismo secreto, reservado solo al Rey de Reyes, activó los cerrojos internos: hierro, bronce y fuego.
Nadie podía salir.

Los presentes no reaccionaron.
No entendían.
O quizás entendieron demasiado.

Darío se puso en pie.
Su mirada ya no era la de un hombre.
Era la de un dios furioso.
O la de un condenado.

Caminó lentamente hasta el umbral.
Salió sin mirar atrás.
Y cuando cruzó el último escalón, bajó la mano.
La orden fue dada.

Los conductos ocultos, cargados de aceite y resina, ardieron como venas de un monstruo traicionado.
Las columnas comenzaron a crujir.
El mármol se quebró como si gritara.
Las cúpulas cedieron.
El palacio de Persépolis fue devorado por las llamas, rugiendo como si la misma tierra escupiera su vergüenza.

Desde la cima, Darío contempló el incendio sin pestañear.
Sabía que los gritos no durarían mucho.
El mármol no grita. El mármol cede.
Y lo que había dentro ya no debía pertenecer al mundo.

Cuando todo fue cenizas, ordenó tallar una única frase.
No en piedra común, sino en diorita oscura, como un juicio escrito por las propias entrañas del mundo.

 Nadie entendió lo que quería decir.
Pero desde aquella noche, los hombres comenzaron a desconfiar del rostro hermoso, del rostro sabio, del rostro que desafiaba las reglas sin levantar la voz.

Como el veneno más sutil y letal, el miedo se extendió por todo el Imperio persa.
Empezó a habitar en los corazones de los adultos… y también en los jóvenes.

La semilla que Gea había sembrado en el pecho de Darío I se expandió,
como una gota de rocío al caer en las aguas de un estanque.
Silenciosa. Irreversible.

El miedo es la secuela de la ira.
Y la ira… nace cuando alguien ve en otro
lo que jamás podrá controlar.

***

Nemoshyne:
(Se enciende una vela.)

Y en ese instante, uno podría pensar que lo importante es la llama. Que lo glorioso, lo que brilla, lo que arde... es lo que da sentido a todo.

Pero hay algo más profundo.
Algo que permanece quieto, que se entrega poco a poco, sin prometer nada.

La cera no exige atención.
No se jacta de su sacrificio.
Se funde sin hacer ruido, sosteniendo la danza viva del fuego, incluso cuando el viento amenaza con acabarlo todo.

Porque sin ella, la llama no sería más que un destello breve en la oscuridad.

La cera es lo que nadie ve, pero lo que todo sostiene.

(Un soplo apaga el fuego.)

¿Pero...en realidad... ¿Quién gobierna a quien?

¿No creen?




© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.






Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)