Eliot Sant Denis. Capitulo 5. Caballeros Cruzados
Él intentaba concentrarse en su tarea. Ajustaba un mango, limpiaba una hoja oxidada. Pero de vez en cuando, sus ojos lo traicionaban, desviándose hacia ella. Era como si el mundo se detuviera cuando la miraba. Para Eliot, Elena no era solo una pastora; era un universo completo por descubrir. Cada palabra, cada gesto, le parecía un misterio que deseaba entender.
Jacobo, que pasaba cerca, se detuvo al notar la mirada perdida de Eliot. Se acercó con calma y se inclinó junto a él.
—¿Por qué no hablas con ella? —preguntó con suavidad.
Eliot sacudió la cabeza, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. —No puedo. Es... ella es demasiado para mí. No sabría qué decir.
Jacobo suspiró y colocó una mano en su hombro. —Eliot, si no lo intentas, nunca sabrás la respuesta. A veces, el peor rechazo es el que nunca recibes porque nunca tuviste el valor de preguntar.
Esas palabras resonaron en Eliot durante el resto del día. Esa tarde, mientras Elena se preparaba para regresar a la aldea, él finalmente reunió el valor para hablarle.
—¿Te puedo ayudar con las cestas? —preguntó, con un hilo de voz.
Elena lo miró sorprendida, pero sonrió. —Claro, gracias, Eliot.
Ese fue el comienzo. Desde entonces, Eliot comenzó a pasar más tiempo con Elena. Ella le hablaba de las colinas donde pastaban sus ovejas, de los atardeceres que pintaban el cielo de naranja y rojo, y de las historias que escuchaba de los viajeros que pasaban por la aldea. Para Eliot, Elena era un mundo lleno de maravillas. Pero para Elena, Eliot era simplemente una compañía interesante, alguien con quien pasar el tiempo. Nunca lo vio como algo más.
***Los caballeros***
Tierra Santa hizo una breve parada en la abadía de Sant Denis, en las montañas del norte de Francia. Este lugar era conocido por su hospitalidad monástica y su relativa seguridad para los viajeros. Entre ellos se encontraban soldados de diferentes rangos y procedencias, unidos por el mismo propósito, pero marcados por sus personalidades y tensiones internas.
La escena: El descanso en Sant Denis
Bajo la sombra del gran olivo del patio central, los caballeros descansaban tras una agotadora jornada de marcha. Sus armaduras estaban apoyadas contra los muros del monasterio, mientras los monjes les ofrecían pan, queso y vino. Sir Guillaume observaba al grupo desde un banco de piedra, su mano acariciando la empuñadura de su espada, un gesto inconsciente que hablaba de años de vigilancia constante.
Jean le Noir: (mientras mastica un trozo de pan) “Nunca entenderé por qué necesitamos tanto vino para la marcha. Preferiría agua limpia y fresca.”
Pierre d’Amiens: (riendo) “Ah, pero el vino mantiene la moral, ¿no es cierto, sargento? Además, con agua fresca no puedes negociar con las taberneras.”
Sir Étienne: (con un tono despectivo) “Pierre, no estamos aquí para negociar con taberneras. Estamos en una misión santa, camino a recuperar Tierra Santa.”
Pierre d’Amiens: (alzando una ceja) “Ah, claro. Tierra Santa. Pero mientras llegamos, un poco de diversión no nos haría daño, joven señor. No todos nacimos con un castillo en el horizonte.”
Frère Martin: (interviniendo con voz firme) “Basta, los dos. Recordad que estáis aquí bajo el mismo propósito: servir a Dios. Este lugar es santo, y vuestra disputa no es digna de caballeros.”
Sir Guillaume: (alzando la voz para cortar la discusión) “Martin tiene razón. No tenemos tiempo para enfrentamientos internos. Nuestra meta está al otro lado del mar. Si no aprendemos a actuar como una unidad, no llegaremos ni a la próxima aldea.”
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo, roto solo por el suave canto de los monjes en el fondo. Finalmente, Jean le Noir habló, cambiando de tema.
Jean le Noir: “Guillaume, ¿has oído algo de la expedición del rey Ricardo? Algunos dicen que su flota ya ha tomado posiciones cerca de Acre.”
Sir Guillaume: (asintiendo con gravedad) “He escuchado rumores. Pero aún no sabemos si serán ciertos. Nuestra tarea es llegar allí con fuerza suficiente para marcar la diferencia.”
Sir Étienne: (con entusiasmo juvenil) “Cuando lleguemos, estoy seguro de que podremos hacer algo grande. Mis entrenamientos en casa me han preparado para esto.”
Jean le Noir: (con una sonrisa sarcástica) “Claro, joven amo. Nada te prepara mejor para la guerra que pelear contra maniquíes en los jardines de tu castillo.”
Sir Guillaume: (con severidad) “Jean, deja de subestimar a Étienne. Puede que sea joven, pero su fervor es lo que necesitamos. Todos empezamos de algún lugar.”
Frère Martin miró al comandante y luego al resto del grupo, notando el cansancio en sus rostros.
Frère Martin: “Hermanos, dejad las disputas y descansad. Mañana será otro día de marcha, y nuestras pruebas aún están por venir.”
Las paradas en lugares como Sant Denis eran comunes durante las cruzadas. Los caballeros, soldados y monjes guerreros necesitaban lugares seguros para descansar, reabastecerse y encontrar orientación espiritual. Estas interacciones entre los monjes y los soldados eran también un punto de tensión, pues el contraste entre la vida religiosa y la vida militar era notable. Los conflictos internos entre los propios cruzados, además, reflejaban las diferencias de clase, experiencia y personalidad que existían incluso en una misión común.
***
La llegada del líder y el encuentro con Elena y Eliot
El ambiente en la abadía de Sant Denis estaba cargado de tensión. El grupo de caballeros y soldados había pasado la tarde descansando y entrenando en el patio central. Sin embargo, al caer la tarde, un hombre de porte imponente cruzó las puertas del monasterio. Era Sir Raymond de Villeroy, el comandante del destacamento, conocido por su presencia autoritaria y sus decisiones estratégicas impecables. Vestía una capa oscura que apenas dejaba entrever su armadura ornamentada, y su mirada parecía atravesar a quienes se atrevían a sostenerla.
Sir Guillaume se levantó al instante, haciendo una reverencia. Los demás soldados siguieron su ejemplo.
Sir Guillaume: (con voz firme) “Señor Raymond, es un honor recibirle aquí en Sant Denis.”
Sir Raymond: (mirando a su alrededor) “Veo que habéis descansado bien, Guillaume. Espero que vuestras tropas estén listas. La marcha no tolerará más retrasos.”
Sir Guillaume: “Todo está en orden, señor. Nos aseguraremos de partir al amanecer.”
Mientras hablaban, Elena apareció cerca del grupo, trayendo un cántaro de leche que había prometido al hermano Guillem para la cena. Su presencia, como siempre, atrajo la atención de los soldados. Eliot, que estaba observando desde un rincón del patio, vio cómo los ojos de Sir Raymond también se posaban en ella.
Sir Raymond: (arqueando una ceja) “¿Y quién es esta joven? ¿Una pastora?”
Sir Guillaume: (con una leve sonrisa) “Así es, señor. Una aldeana local que ayuda al monasterio.”
Elena, consciente de las miradas, hizo una ligera inclinación de cabeza hacia Raymond, manteniendo una actitud respetuosa.
Elena: “Buenas tardes, mi señor. Espero que su estancia aquí sea agradable.”
Raymond sonrió, un gesto que parecía extraño en su rostro severo.
Sir Raymond: “Agradable es un lujo que los hombres de mi posición no solemos disfrutar, pero agradezco tu cortesía, muchacha.”
Eliot sintió un nudo en el estómago al escuchar cómo hablaban con Elena. Decidió acercarse, impulsado por una mezcla de celos y necesidad de protegerla.
Eliot: (con voz tímida) “Elena, ¿necesitas ayuda con el cántaro?”
Elena lo miró, sorprendida pero agradecida por la interrupción.
Elena: “Gracias, Eliot, pero puedo llevarlo.”
Sir Raymond: (mirando a Eliot con interés) “¿Y quién es este joven? ¿Un novicio del monasterio?”
Sir Guillaume: (con una leve risa) “No exactamente, señor. Este es Eliot, un aprendiz que ayuda en varias tareas aquí.”
Raymond lo examinó de arriba abajo, notando su pequeña estatura y su complexión delgada.
Sir Raymond: “Tienes un porte diferente, muchacho. ¿Qué haces aquí entre monjes y soldados?”
Eliot, incómodo por la atención, miró hacia el suelo.
Eliot: “Estudio y... ayudo en lo que puedo, señor.”
Elena intervino, intentando aliviar la tensión.
Elena: “Eliot es muy sabio para su edad. Sabe mucho más que cualquiera de nosotros.”
Raymond levantó una ceja, divertido por el comentario.
Sir Raymond: “¿Sabio, dices? Sabiduría es útil, pero en el campo de batalla, lo que necesitamos es fuerza.”
Los soldados rieron, y Eliot sintió cómo el calor subía a sus mejillas. Queriendo demostrar que podía ser más que un simple aprendiz, señaló una espada que uno de los soldados había dejado apoyada en un banco.
Eliot: (con determinación) “Puedo demostrar mi valía, señor. Déjeme intentarlo.”
Raymond, intrigado, hizo un gesto con la mano.
Sir Raymond: “Adelante, muchacho. Veamos qué tan sabio eres en el manejo de una espada.”
Eliot se acercó a la espada con cuidado, pero al intentar levantarla, descubrió que era mucho más pesada de lo que había imaginado. Sus brazos temblaban mientras intentaba sostenerla, y antes de que pudiera dar un paso, la espada cayó al suelo con un estruendo. Los soldados estallaron en carcajadas.
Pierre d’Amiens: “¡Mira al pequeño monje intentando ser un caballero!”
Incluso Elena, que no quería reírse, dejó escapar una pequeña sonrisa, lo que hirió profundamente a Eliot.
Raymond no se rió, pero su mirada se volvió seria.
Sir Raymond: “El conocimiento puede ser valioso, muchacho, pero no lo confundas con fuerza. Cada hombre debe saber cuál es su lugar.”
Humillado, Eliot dejó la espada y se alejó sin decir una palabra, ignorando las risas y los murmullos. Elena lo miró con preocupación, pero no hizo ningún intento por detenerlo.
***
Cuando llegó a su celda, cerró la puerta de un golpe. La humillación y la rabia se acumulaban dentro de él como una tormenta. Comenzó a tirar todo lo que encontraba: libros, herramientas, incluso los pergaminos que había copiado cuidadosamente. Su escritorio terminó volcado, y con él, la pequeña caja que escondía los manuscritos prohibidos.
En medio del caos, las hojas antiguas quedaron expuestas, sus símbolos dibujados claramente en la penumbra de la habitación. Fue en ese momento cuando Jacobo, alertado por el ruido, entró.
—¡Eliot! ¿Qué estás haciendo? —preguntó, alarmado al ver el desastre.
Jacobo, al intentar calmarlo, vio los pergaminos esparcidos por el suelo. Su rostro se endureció. Se inclinó, recogiendo una de las hojas, y la sostuvo frente a Eliot.
—¿Qué es esto? ¿Son los manuscritos que te pedí que destruyeras?
Eliot no respondió. Simplemente se dejó caer en el suelo, agotado por la furia y la vergüenza.
Jacobo se sentó junto a él, mirando el pergamino en silencio. Después de unos momentos, habló.
—Eliot, no puedes dejar que la rabia controle quién eres. No puedes destruirte solo porque algo no salió como esperabas.
*** El secreto fue revelado***
La ira y el descubrimiento
La celda de Eliot era un caos. Las tablas del pupitre estaban hechas astillas, los pergaminos copiados estaban rasgados y esparcidos por el suelo. La rabia y la humillación lo habían cegado, y en su furia, había perdido el control. Pero lo que Eliot no previó fue que, al destrozar su pupitre, había dejado al descubierto su más peligroso secreto: los manuscritos prohibidos que debía haber quemado tiempo atrás.
Cuando Jacobo entró y vio el estado de la habitación, sus ojos se llenaron de indignación.
Jacobo: “¡Eliot! ¿Qué has hecho?”
Eliot, todavía respirando con fuerza, lo miró con los ojos enrojecidos. No respondió. Jacobo avanzó, esquivando los escombros, hasta que su mirada cayó sobre los manuscritos desplegados en el suelo. Un silencio tenso llenó la habitación mientras Jacobo recogía una de las hojas.
Jacobo: (leyendo los símbolos y levantando la voz) “¡Estos son los manuscritos que te ordené destruir! ¿Te atreviste a desobedecerme? ¿Es así como actúas, Eliot, lleno de rabia y sin respeto por nada ni por nadie?”
Eliot intentó hablar, pero las palabras no salieron. Jacobo lo miró con dureza, algo que raramente mostraba.
Jacobo: “No solo desobedeciste. Has permitido que tus celos y tu orgullo te lleven a la locura. ¡Mírate! No eres el joven sabio y prometedor que pensé que eras. Eres un niño que no sabe controlar sus emociones.”
Mientras Jacobo reprendía a Eliot, el ruido atrajo la atención de otros monjes. Uno a uno, comenzaron a entrar en la pequeña habitación. Sus miradas se dirigieron rápidamente al desorden, pero lo que realmente captó su atención fueron los manuscritos.
Hermano Guillem: (con tono alarmado) “¿Qué es esto? ¿Escrituras blasfemas en la celda de un aprendiz?”
Hermano Pierre: (se persigna) “Esto es una grave ofensa. Estos símbolos no son cristianos. ¿Cómo se atrevió a ocultar esto?”
Los murmullos comenzaron a crecer. Los monjes estaban horrorizados, algunos se alejaban como si los manuscritos fueran objetos malditos. La tensión en la habitación aumentó cuando el abad André de Beauregard, un hombre de rostro severo y voz imponente, llegó al lugar.
Abad André: (mirando con desaprobación) “¿Qué está ocurriendo aquí?”
Jacobo se giró hacia el abad, sosteniendo uno de los manuscritos.
Jacobo: “Eliot ha desobedecido una orden directa. Estos escritos, que debían haber sido destruidos, han sido ocultados en su celda. Ahora están expuestos para que todos los vean.”
El abad tomó el pergamino, sus ojos recorriendo los símbolos y dibujos. Su rostro se oscureció.
Abad André: (con voz fría) “Esto es un acto de gran gravedad. Eliot, no solo has violado las reglas del monasterio, sino que también has puesto en peligro nuestra reputación y nuestra fe. Acompáñame.”
Eliot miró alrededor, viendo las caras de desaprobación, miedo y desprecio de los monjes que hasta entonces habían sido su familia. Jacobo no lo defendió. Esta vez, no había palabras de consuelo ni explicaciones que pudieran justificar lo que había hecho. Con el corazón pesado, Eliot siguió al abad fuera de la habitación.
***
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