Eliot Sant Denis.Capitulo 2: La marca de lo extraño.


La vida en el monasterio de Sant Denis seguía su curso, austera y silenciosa, mientras Eliot crecía bajo la mirada atenta de los monjes. El niño parecía adaptarse a su entorno, pero había algo en él que nunca encajaba del todo. Sus orejas puntiagudas y sus ojos almendrados, que parecían contener un brillo inusual, lo distinguían de los demás. Los murmullos comenzaron en voz baja, pero con los años se volvieron más audibles.

“Ese niño no es como nosotros,” murmuraban algunos monjes al pasar. “¿Crees que es… humano?”

Eliot no entendía esas palabras al principio. Creció corriendo por los pasillos de piedra, ayudando en la cocina y estudiando los textos antiguos con la dedicación de un aprendiz. Pero a medida que se acercaba a los diez años, las miradas se hicieron más evidentes, y los comentarios, más hirientes.


Los otros niños que vivían en el monasterio comenzaron a evitarlo. Algunos lo llamaban "monstruo" cuando creían que no escuchaba. Pero Eliot escuchaba. Siempre lo hacía.

Un día, mientras jugaba en el patio, varios niños se acercaron y lo rodearon. Uno de ellos, el más atrevido, le señaló las orejas con un dedo acusador.

“¿Qué eres?” preguntó con desdén. “No eres uno de nosotros.”

Las risas de los demás resonaron como un eco doloroso en el aire. Eliot no respondió. Solo bajó la cabeza y corrió, dejando a los niños detrás de él. Se refugió en el rincón más oculto del claustro, junto al viejo olivo. Allí, escondido entre las raíces, dejó escapar las lágrimas que había contenido durante tanto tiempo.

Fue el padre Jacobo quien lo encontró. La luz del atardecer se filtraba a través de las ramas del olivo, iluminando el rostro angustiado de Eliot.

“¿Qué haces aquí, pequeño?” preguntó Jacobo, arrodillándose a su lado.

“Todos me odian,” murmuró Eliot, sin levantar la mirada. “Dicen que soy un monstruo.”

Jacobo se sentó junto a él, dejando que las palabras del niño llenaran el espacio entre ellos. Durante unos instantes, el silencio fue su única respuesta. Luego, con voz suave, el monje dijo:

“No sé qué decirte, Eliot. Es cierto que eres diferente, pero eso no es algo malo.”

Eliot lo miró, sus ojos llenos de lágrimas y confusión. Jacobo continuó, señalando primero su cabeza y luego su pecho.

“En la vida, hay dos caminos. Puedes quedarte aquí, lamentándote porque tienes razón. O puedes fortalecer esto” —tocó su sien— “y esto” —colocó una mano sobre su corazón—. “El mundo siempre encontrará algo que juzgar, pero lo que importa es cómo decides responder.”

Esa tarde, junto al olivo, algo cambió en Eliot. No dejó de sentir el dolor de las palabras crueles, pero entendió que no podía quedarse allí, en el suelo, para siempre. Había algo más, algo dentro de él que debía aprender a proteger.

***


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