Eliot Sant Denis.Capitulo 4: Elena, la pastora.
Los días en la abadía de Sant Denis solían ser tranquilos, marcados por el canto de los monjes y el susurro del viento en el claustro. Sin embargo, aquella mañana fue diferente. Eliot, con sus cabellos blancos como la nieve y sus orejas puntiagudas escondidas bajo el manto, caminaba hacia el bosque cercano. El padre Jacobo le había encomendado recolectar leña y observar el rebaño que pastaba en la colina.
El aire era fresco, y los sonidos del campo llenaban el silencio con una sinfonía de vida. Al llegar al claro, Eliot la vio por primera vez. Una joven de cabello castaño y rizado, con un vestido sencillo y un cayado en la mano. Su porte era seguro y natural, como si perteneciera a la tierra misma. Estaba rodeada por un grupo de ovejas que obedecían cada movimiento de su mano.
Eliot sintió una punzada en el pecho, una mezcla de curiosidad y algo más profundo que no supo identificar. Se quedó inmóvil, observándola desde la distancia.
Elena se giró al escuchar sus pasos en las hojas secas. Sus ojos, de un marrón cálido como el otoño, se encontraron con los de Eliot, y él sintió que el tiempo se detenía por un instante.
Elena: "¿Quién está ahí? ¿Eres de la abadía?"
(Eliot, nervioso, dio un paso adelante, llevando en la mano un hacha pequeña para cortar leña.)
Eliot: "Sí… soy Eliot. Solo estoy buscando madera para el fuego."
(Elena sonrió, algo divertida por la timidez del joven.)
Elena: "Pues no encontrarás mucho aquí. La mayoría de los árboles son demasiado viejos o están llenos de vida para talarlos."
(Eliot miró alrededor, inseguro de cómo responder. Su mirada volvió a posarse en Elena, quien parecía tan segura de sí misma, tan distinta a cualquiera que hubiera conocido.)
Eliot: "Gracias... ¿Tú cuidas de las ovejas?"
Elena: (riendo suavemente) "¿Qué más haría? No son muy buenas conversadoras, pero son leales."
(Su risa era como el agua de un arroyo, clara y natural. Eliot no pudo evitar esbozar una sonrisa, aunque rápidamente desvió la mirada, nervioso.)
Un Mundo Nuevo
Durante los días siguientes, Eliot comenzó a verla con más frecuencia. Elena no era solo una pastora; parecía conocer cada rincón del bosque, cada árbol y cada criatura. Para Eliot, ella era un puente hacia un mundo que nunca había conocido, un mundo lleno de vida y libertad. Mientras que la abadía era ordenada y estricta, Elena parecía ser el caos hermoso y natural que equilibraba todo.
Un día, mientras cortaba leña, Eliot se atrevió a hablar más con ella.
Eliot: "No pareces temer a nada. ¿No te asustan los lobos, o perder a las ovejas?"
Elena: (con una sonrisa) "He vivido aquí toda mi vida. Conozco estos bosques mejor que los lobos. Además, no temo lo que puedo controlar. ¿Y tú? ¿Qué temes, Eliot?"
(Eliot no supo qué responder. ¿Qué temía? Tal vez, en ese momento, temía que Elena descubriera lo extraño que era, lo diferente que se sentía del resto.)
Con el tiempo, Eliot comenzó a notar algo que no había querido ver antes. Aunque Elena era amable, no lo miraba de la misma manera que él la miraba a ella. Para Elena, Eliot era un amigo curioso, alguien con quien compartir historias y reír. Pero ella soñaba con algo más: hablaba de los caballeros que cruzaban los caminos hacia las Cruzadas, hombres fuertes, decididos, que sabían cómo proteger.
Un día, mientras ambos estaban en el claro, Eliot intentó cargar una espada que encontró en la abadía, pensando que podría impresionarla.
Elena: (riendo suavemente) "¿Qué haces con eso? ¿No es demasiado pesada para ti?"
(Eliot, con las manos temblorosas, trató de alzarla, pero la espada cayó al suelo con un estrépito. Los ojos de Elena estaban llenos de ternura, pero también de algo que hirió a Eliot: compasión.)
Eliot (pensando): "Nunca seré como los hombres que ella admira. Nunca seré suficiente."
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