La Mansión Belleflur. Capitulo 3: Guillaume Devereaux
Guillaume Devereaux, nacido en la pequeña aldea de Villeneuve, había dejado atrás la vida humilde para alcanzar las cumbres más altas de la sociedad parisina. Convertido en joyero, su talento le había abierto las puertas de las más altas esferas, trabajando para nobles que pedían sus piezas únicas, incrustadas de piedras preciosas, cargadas de elegancia y ostentación. Tenía todo lo que un hombre de su época podía desear: dinero, prestigio y una posición que le aseguraba un futuro próspero. Pero a pesar de todos sus logros, Guillaume sentía un vacío insondable dentro de sí.
Era un vacío que ningún lujo, ningún cliente importante, ni siquiera las fiestas de la aristocracia parisina podían llenar. Al principio, lo atribuyó al cansancio, al esfuerzo por mantener su reputación en un mundo tan competitivo. Pero a medida que el tiempo pasaba, el vacío crecía, como una sombra que lo acechaba en silencio. Había algo más, algo que ni el oro ni las gemas podían llenar.
Había un nombre que ocupaba sus pensamientos día y noche: Madeleine Desrosiers, la doncella de una de las casas nobles para las que trabajaba. Era una mujer de belleza etérea, pero no era solo su apariencia lo que atraía a Guillaume. Había algo en ella, una dulzura, una serenidad que contrastaba con la superficialidad de la aristocracia parisina. Guillaume sabía que su amor por Madeleine era imposible. Un joyero, por muy renombrado que fuera, no podía aspirar a una doncella de una casa noble. Pero el corazón, testarudo, no entendía de clases sociales ni de barreras.
El vacío que lo consumía se hacía más profundo, y con él, la idea de que la vida que llevaba no era suficiente. Fue en una de esas fastuosas fiestas que asistía por obligación más que por placer cuando escuchó el susurro de algo que cambiaría su vida para siempre: la mansión Bellefleur, el Palacio de los Deseos. Se decía que era un lugar donde los más oscuros anhelos de la humanidad se hacían realidad, pero con un precio que pocos estaban dispuestos a pagar. Alguien en la fiesta relataba leyendas de extraños encuentros y promesas cumplidas con resultados aterradores. Era un lugar donde los corazones inquietos encontraban consuelo, aunque lo que perdían a cambio nunca quedaba claro.
La idea intrigó a Guillaume. El miedo que rodeaba a Bellefleur parecía, de alguna manera, la respuesta a su vacío. Tal vez, pensó, el terror era lo que necesitaba para llenar ese hueco. Algo en él ansiaba enfrentarse a lo desconocido, un reto que le permitiera escapar de la monotonía que le aprisionaba.
El Encuentro con Bellefleur
Guiado por esa inquietud, Guillaume decidió partir hacia Levallon y descubrir por sí mismo los secretos de Bellefleur. Llegó al pueblo bajo la sombra de rumores y advertencias de los lugareños, quienes le miraban con una mezcla de lástima y miedo. Nadie se atrevía a acercarse a la mansión, y mucho menos a cruzar sus umbrales. Sin embargo, Guillaume, impulsado por su ansiedad y una curiosidad morbosa, avanzó hacia la imponente estructura.
Bellefleur se alzaba como un titán oscuro sobre la colina, con sus torres en espiral y muros que parecían absorber la luz. Al cruzar la puerta principal, Guillaume sintió un cambio en el aire, como si el mismo espacio dentro de la mansión estuviera vivo, respirando con él.
Esa primera noche, comenzaron las experiencias paranormales. Sombras que se deslizaban por los pasillos, susurros que resonaban en las paredes y, sobre todo, la sensación de ser observado en todo momento. Pero lo más inquietante era una sombra que parecía seguirlo con curiosidad, como si estudiara cada uno de sus movimientos. Lo observaba en silencio, sin revelarse nunca del todo.
Guillaume, sorprendentemente, no sentía miedo. Había una paz inquietante en él, como si hubiera esperado ese momento durante mucho tiempo. No temía a las sombras ni a los susurros. Etienne de Rochefor, la entidad que controlaba la mansión, observaba desde las profundidades de Bellefleur, intrigado por este hombre. "¿Por qué no teme?", se preguntaba. Nadie, hasta ahora, había entrado en Bellefleur con tal calma, sin quebrarse ante la presión de las entidades que moraban en el lugar.
La Prueba de Bellefleur
Intrigado por Guillaume, Etienne decidió ponerlo a prueba. Si este mortal no temía a las sombras, entonces lo enfrentaría a algo mucho más oscuro. Una noche, cuando Guillaume descansaba en una de las frías y sombrías habitaciones de la mansión, escuchó un suave susurro en su oído, como el viento atravesando las rendijas. Se levantó y, siguiendo ese susurro, fue guiado a lo que parecía ser un salón vacío. Pero al entrar, la puerta se cerró de golpe tras él.
De repente, las paredes del salón comenzaron a cambiar. Lo que antes era piedra se transformó en espejos, reflejando su imagen por todas partes. La habitación, ahora rodeada de reflejos de sí mismo, parecía interminable. Sin embargo, en cada uno de los espejos, su reflejo empezaba a cambiar lentamente. Primero, sus ojos se oscurecieron, como si la vida misma se esfumara de ellos. Luego, su piel se marchitaba, volviéndose pálida y demacrada. En cada uno de los espejos, veía una versión de sí mismo más cercana a la muerte que a la vida.
Guillaume sintió miedo por primera vez en mucho tiempo. Era un miedo visceral, profundo, que crecía en su interior. Pero algo en su mente le impedía ceder al pánico. Madeleine, su amor inalcanzable, surgió en su mente como una chispa de luz en medio de la oscuridad. El deseo de verla, de amarla, le dio la fuerza para resistir. "No caeré", se dijo a sí mismo, aferrándose a esa luz interna.
Al abrir los ojos, el salón había vuelto a la normalidad. Etienne, oculto en las sombras, observaba con una mezcla de sorpresa y admiración. Guillaume había superado la prueba, o al menos eso parecía.
La Sombra de Bellefleur
A partir de esa noche, Guillaume comenzó a formar parte de la vida de Bellefleur. La mansión le aceptaba, aunque de manera silenciosa y peligrosa. Las sombras ya no lo acechaban con tanta intensidad, y los susurros de la mansión parecían calmarse en su presencia. Sin embargo, poco a poco, la luz en los ojos de Guillaume comenzó a desvanecerse. Aunque había superado la prueba de Etienne, algo en él había cambiado. Bellefleur comenzaba a reclamar su alma.
A pesar de ello, en el fondo de su corazón, esa pequeña lámpara seguía encendida. Madeleine Desrosiers, era el faro que le mantenía conectado con su humanidad. Aunque ahora formaba parte de la mansión maldita, su lealtad por ella le hacía soportar la oscuridad que le rodeaba. La idea de un día poder regresar a ella, aunque fuera imposible, mantenía viva la chispa de su alma.
Guillaume Devereaux había sido aceptado en Bellefleur, pero su historia no acababa ahí. Había superado la prueba de Etienne, pero el precio de convivir con los malditos de la mansión comenzaba a pesar sobre su espíritu. Y aunque la oscuridad intentaba reclamarle por completo, el amor por una mujer que jamás podría tener seguía siendo su última defensa contra el destino oscuro que lo acechaba en Bellefleur.
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