La Mansión Belleflur. Capitulo 4. El misterio del cuadro.



Carol Duvalier no podía sacarse de la cabeza la sensación inquietante que la invadía cada vez que exploraba los pasillos de la mansión Bellefleur. A pesar de las advertencias de Guillaume de Devereaux y el creciente temor que sentía por todo lo que la rodeaba, la curiosidad siempre fue su peor enemigo. Las noches eran largas y llenas de susurros en la oscuridad, y a medida que los días pasaban, su ansiedad por la ausencia de su padre aumentaba.

Una tarde, mientras paseaba por los salones oscuros y polvorientos, se detuvo ante un retrato que no había visto antes: El marco, de madera oscura y desgastada, tenía detalles dorados que apenas brillaban bajo la poca luz que llegaba a filtrarse por las ventanas. En la parte inferior del lienzo, apenas legible, estaba escrito: "Lucilla Flavia".

El retrato de cuerpo entero mostraba a una mujer en con ropajes antiguos y una expresión enigmática, pues su rostro estaba borrado. Era inquietante, y al mismo tiempo, sentía un cierto magnetismo familiar. Era raro. Era extraño¿ Pues como podía intimidar tanto aquel personaje sin ojos, boca y nariz, es decir, sin ningún tipo de expresión facial. La cara borrada, hacia de aquel enorme cuadro ser la principal autoridad en aquella sala.

“ En ese momento, la figura espectral de una mujer sin rostro la observaba, tan cerca de ella, que ni si quiera Carol la pudo percibir. Tan solo una brisa fría de la misma corriente de alguna ventana mal cerrada. Pues el espectro y ella estaban una al lado de la otra.  El fantasma con los mismos atuendos de seda bordados y romanos que el personaje del cuadro, observaba a Carol Duvalier, como lo haría un familiar que hace tiempo que no sabe de este. En cambio, Carol, sólo sintió una especie de escalofrío, ya que toda la atención estaba en la delicadeza del trazado de aquella pintura”

"¿Cómo puede alguien haber hecho algo tan perfecto?", se preguntó, acercándose lentamente al lienzo.

Casi sin darse cuenta, su mano tocó suavemente uno de los pliegues del vestido de la figura en el retrato. El material pintado parecía real bajo sus dedos. Fue en ese instante cuando escuchó un débil sonido metálico, un clik-clack que resonó por el salón. Carol retrocedió un paso, sorprendida, y vio cómo una sección del muro al lado del cuadro comenzaba a moverse.

¡Una puerta secreta.!

Con el corazón acelerado, Carol observó cómo la puerta, oculta durante quién sabe cuántos años, se abría lentamente. Más allá, se revelaba una escalera que descendía hacia la oscuridad, un abismo profundo que parecía no tener fin. El aire que subía desde las profundidades era frío y húmedo, cargado de una sensación de peligro inminente.

Por un momento, dudó. Sabía que no debía estar ahí, que Devereaux había sido claro en sus advertencias. Pero el instinto de encontrar a su padre, junto con la curiosidad que la consumía, la empujó a dar el primer paso hacia lo desconocido.

Descendió cuidadosamente por las escaleras, sintiendo cómo la oscuridad se cerraba a su alrededor. A medida que bajaba, el sonido de sus pasos resonaba por el angosto pasillo de piedra. Finalmente, después de lo que parecieron minutos interminables, Carol llegó al final de la escalera y se encontró en una pequeña sala apenas iluminada por una antorcha que colgaba de la pared.

Y allí, en el centro de la sala, vio una figura atada a una silla.

—¡Padre! —gritó Carol, corriendo hacia él.

Su padre, Pierre Duvalier, estaba pálido y exhausto, con las muñecas atadas con gruesas cuerdas a los brazos de la silla. Alzó la cabeza con dificultad cuando escuchó la voz de su hija.

—Carol... —su voz era apenas un susurro—. No... no deberías estar aquí...

Pierre Duvalier y Carol 

Pierre Duvalier, pálido y agotado, estaba atado a una silla en un rincón oscuro del sótano de la mansión Bellefleur. Las velas que apenas iluminaban la habitación parpadeaban con el viento que se colaba a través de las grietas. Su rostro, cubierto de sudor y polvo, se tensó al ver a su hija, Carol, descender por las escaleras. La expresión en sus ojos era de desesperación y miedo, un miedo que Carol jamás había visto en su padre.

Pierre: (con voz ronca y apremiante) "Carol... no tenías que haber venido. Todo esto, todo lo que te dijeron, fue una trampa. ¡Querían que vinieras aquí,!."

Carol, sin entender del todo, se apresuró hacia él, luchando contra las lágrimas mientras intentaba desatar las cuerdas que lo mantenían prisionero.

Carol: "¡Padre! No entiendo, ¿quién te hizo esto? ¿Por qué estás aquí? Te sacaré de aquí ahora mismo."

Pierre intentó mover las manos, pero las cuerdas eran demasiado fuertes. Sus ojos miraban con urgencia hacia las sombras del sótano, como si temiera que algo más estuviera al acecho.

Pierre: (temblando) "No... Carol, escucha. No debes desatarme. Este lugar... no es lo que parece. No debes confiar en nada ni en nadie aquí."

Justo en ese momento, una presencia se sintió detrás de Carol. Giró bruscamente, y allí estaba Guillaume Devereaux, emergiendo de las sombras con su habitual compostura. Sus ojos oscuros brillaban bajo la tenue luz de las velas, y aunque su expresión seguía siendo cortés, había algo en su presencia que hizo que Carol se estremeciera.

Guillaume: (inclinando la cabeza) "Mademoiselle Duvalier, le ruego que desista en su intento. Su padre está seguro donde está. Esta noche, es el lugar más apropiado para él."

Carol, aún agitada y confusa, lo miró con furia. No podía entender por qué no permitían que liberara a su padre. Sus puños se apretaron mientras enfrentaba a Guillaume.

Carol: (con determinación) "¿Seguro? ¿Esto es seguridad para usted? ¡Está atado! ¿Qué clase de lugar es este?"

Guillaume, manteniendo la calma, dio un paso hacia ella y habló con suavidad, pero con firmeza.

Guillaume: "Mademoiselle, sé que esto es difícil de comprender, pero aquí en Bellefleur, no todo es lo que parece. Lo que sucede dentro de estas paredes sigue reglas que no se aplican al mundo exterior. Su padre no corre peligro donde está. Pero si lo desata, lo estará. Créame, el peligro que acecha no se queda en el sótano."

Las palabras de Guillaume resonaban con una autoridad que Carol no podía ignorar, aunque no las entendía del todo. Con una mezcla de frustración y resignación, dejó caer sus manos, sabiendo que no había nada que pudiera hacer en ese momento.

El sonido de las campanadas del reloj del salón principal resonó a lo lejos, marcando la medianoche. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Carol. Las doce en punto. Algo en el ambiente cambió, como si la mansión misma hubiera despertado con aquellas campanadas.

Guillaume: (haciendo una leve reverencia) "Por favor, acompáñeme, mademoiselle. Esta noche está solo comenzando."

Carol, todavía furiosa, siguió a Guillaume fuera del sótano, dejando atrás a su padre, pero sabiendo que no lo abandonaría. Algo estaba sucediendo, y debía entenderlo para poder salvarlo.



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