LIHESD. Capitulo 1.

El año era 1189. Las montañas del norte de Francia, en pleno corazón de la Edad Media, estaban cubiertas de niebla y silencio. La abadía de Sant Denis, un refugio de oración y estudio, se alzaba solitaria entre colinas, resistiendo el paso del tiempo y las inclemencias de un mundo convulso. Era una época de cruzadas, reyes ambiciosos y conflictos entre fe y poder. Pero en ese rincón apartado, los monjes vivían ajenos a las guerras y a las ambiciones de los hombres.

Esa noche, algo rompió el silencio.
Golpes. Suaves, casi imperceptibles. Alguien llamaba a la puerta del monasterio.

El padre Jacobo, un joven monje de mirada tranquila, fue el primero en escucharlos. Se apresuró, con una vela en la mano, hasta la entrada de madera maciza. Nadie más se atrevió a acompañarlo. Con cuidado, abrió la puerta, y lo vio.

Un cesto de mimbre. Pequeño, humilde, cubierto con una manta raída que apenas protegía a su ocupante del frío de la montaña. Jacobo se inclinó y retiró el paño con manos temblorosas.

Un recién nacido.

El niño lo miraba en silencio, con ojos grandes , marrones claros y almendrados, llenos de una calma que Jacobo no pudo explicar. Su piel era blanca como la nieve, y sus pequeñas orejas, ligeramente puntiagudas, parecían pertenecer a otro mundo.

Jacobo tragó saliva. Algo en aquel bebé de ojos claros y serenos le hizo sentir una conexión inmediata, como si el destino mismo le estuviera entregando un secreto.

– Que nombre vamos a ponerte…?

En la noche, el viento inquieto golpeaba las ventanas de la cocina, mientras las ramas del viejo olivo arañaban la madera con un ritmo insistente. Jacobo, intranquilo, dejó la luz temblorosa de la vela junto al extraño bebé. Su sombra bailaba en las paredes de piedra mientras se acercaba a las ventanas para cerrarlas.

—¡Que Dios nos ayude! ¡Qué frío hace! —murmuró, apretando los cerrojos con manos temblorosas.

Mientras aseguraba las ventanas, notó algo que lo hizo detenerse. Fue el bebé quien, con un leve movimiento de su pequeña mano, parecía señalar hacia la ventana abierta, como si le hiciera entender que el viento helado no debía campar a sus anchas. Jacobo también observó que una rama del olivo, rota y arrastrada por el viento, intentaba colarse en la estancia.



El joven monje se detuvo un momento, pensativo. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

—Qué sabio eres, pequeño... —susurró con un tono reverente, como si aquel bebé ya portara consigo algún tipo de conocimiento innato.







El año era 1189. Las montañas del norte de Francia, en pleno corazón de la Edad Media, estaban cubiertas de niebla y silencio. La abadía de Sant Denis, un refugio de oración y estudio, se alzaba solitaria entre colinas, resistiendo el paso del tiempo y las inclemencias de un mundo convulso. Era una época de cruzadas, reyes ambiciosos y conflictos entre fe y poder. Pero en ese rincón apartado, los monjes vivían ajenos a las guerras y a las ambiciones de los hombres.


Esa noche, algo rompió el silencio.

Golpes. Suaves, casi imperceptibles. Alguien llamaba a la puerta del monasterio.

El padre Jacobo, un joven monje de mirada tranquila, fue el primero en escucharlos. Se apresuró, con una vela en la mano, hasta la entrada de madera maciza. Nadie más se atrevió a acompañarlo. Con cuidado, abrió la puerta, y lo vio.

Un cesto de mimbre. Pequeño, humilde, cubierto con una manta raída que apenas protegía a su ocupante del frío de la montaña. Jacobo se inclinó y retiró el paño con manos temblorosas.

Un recién nacido.

El niño lo miraba en silencio, con ojos grandes , marrones claros y almendrados, llenos de una calma que Jacobo no pudo explicar. Su piel era blanca como la nieve, y sus pequeñas orejas, ligeramente puntiagudas, parecían pertenecer a otro mundo.

Jacobo tragó saliva. Algo en aquel bebé de ojos claros y serenos le hizo sentir una conexión inmediata, como si el destino mismo le estuviera entregando un secreto. 

– Que nombre vamos a ponerte…?

En la noche, el viento inquieto golpeaba las ventanas de la cocina, mientras las ramas del viejo olivo arañaban la madera con un ritmo insistente. Jacobo, intranquilo, dejó la luz temblorosa de la vela junto al extraño bebé. Su sombra bailaba en las paredes de piedra mientras se acercaba a las ventanas para cerrarlas.


—¡Que Dios nos ayude! ¡Qué frío hace! —murmuró, apretando los cerrojos con manos temblorosas.


Mientras aseguraba las ventanas, notó algo que lo hizo detenerse. Fue el bebé quien, con un leve movimiento de su pequeña mano, parecía señalar hacia la ventana abierta, como si le hiciera entender que el viento helado no debía campar a sus anchas. Jacobo también observó que una rama del olivo, rota y arrastrada por el viento, intentaba colarse en la estancia.

El joven monje se detuvo un momento, pensativo. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.


—Qué sabio eres, pequeño... —susurró con un tono reverente, como si aquel bebé ya portara consigo algún tipo de conocimiento innato.


Miró al niño y luego a la rama del olivo que insistía en entrar. En las escrituras, el olivo simbolizaba la sabiduría, la vida y la conexión con lo eterno. Era un árbol que resistía los embates del tiempo y florecía incluso en tierras áridas. Jacobo no pudo evitar sentir que aquel pequeño, llegado en medio de la noche, también traía consigo esa fuerza silenciosa.


—Ya sé cómo llamarte… —dijo, mirando al bebé con una mezcla de ternura y admiración—. Te llamaré Eliot.


El nombre no era casual. Inspirado en el olivo, representaba sabiduría y fortaleza, cualidades que Jacobo intuyó que aquel niño necesitaría en su vida.


—Eliot Sant Denis —añadió con solemnidad, otorgándole un apellido que lo vinculaba a su nuevo hogar. El monasterio sería su refugio, el lugar donde comenzaría su historia. Pero Jacobo sabía que este niño estaba destinado a algo más, algo que aún no podía comprender.


Esa noche, mientras el viento soplaba fuera del monasterio, nadie sabía que ese niño cambiaría la vida de todos los que se cruzaran en su camino.


***

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