Odasiri. Capitulo 5. La casa en la Colina


La confusión es, curiosamente, uno de los caminos más efectivos para crear conexión. En momentos de confusión, nuestras defensas, esa barrera que mantenemos firme ante los demás, tienden a relajarse. No estamos seguros de cómo actuar, de qué decir o incluso de qué sentir, y en esa vulnerabilidad encontramos un espacio genuino para conectarnos, tanto con nosotros mismos como con los demás.

Desde una perspectiva psicológica, la confusión abre una puerta a la autenticidad. Cuando estamos en este estado, no estamos forzando una respuesta, no estamos tratando de mantener una imagen; simplemente estamos en un estado de búsqueda. Esta apertura puede permitirnos conectar a un nivel más profundo y real con los demás, ya que no sentimos la presión de ser perfectos o de tener las respuestas. Nos volvemos, en cierta forma, más humanos ante los ojos de los demás.

Esta experiencia de confusión y búsqueda compartida puede crear un sentimiento de comprensión y pertenencia. Cuando dos personas se encuentran en ese mismo punto incierto, ambas son capaces de ver que el otro también tiene preguntas, miedos y dudas. En terapia, por ejemplo, los momentos de confusión pueden ser de los más productivos, ya que el terapeuta y el paciente están explorando sin un guion establecido, trabajando juntos en el descubrimiento de la realidad que cada uno lleva consigo.

Curiosamente, en la confusión encontramos una verdad simple: nadie lo sabe todo, y eso nos une.

En medio de la guerra 

Juanjo de la Rosa, veinte años y el peso de una vida completa aún por vivir, avanzaba con dificultad entre los escombros y la tierra quemada de la batalla del Ebro. Las voces y disparos que habían rodeado su mundo aquella mañana se habían apagado, dejando un silencio espeso que se aferraba a sus pensamientos. Miraba a su alrededor, buscando algún rostro amigo, pero sus compañeros habían caído uno a uno. Las tropas republicanas estaban derrotadas, y Juanjo sentía el peso de esa derrota clavarse en cada paso que daba, arrastrando los pies en dirección a una colina donde un caserón medio derruido, solitario en el paisaje desolado, le ofrecía una esperanza de refugio.

Por otro lado, Esteban Martín, un joven de veintitrés años que apenas se sostenía de pie por una herida en el brazo, se acercaba también al caserón. Esteban formaba parte de las tropas nacionales, pero había perdido a su pelotón en un asalto y se encontraba ahora solo, casi sin fuerzas. Su uniforme estaba roto y teñido de barro y sangre. La colina, con aquel caserón viejo y destruido, le parecía el único lugar donde encontrar descanso, aunque fuera temporal, en un infierno que no distinguía amigos ni enemigos.

Al llegar ambos a la entrada del caserón, sus miradas se cruzaron en el umbral. Juanjo levantó una mano por puro reflejo, como si intentara defenderse, mientras que Esteban, apoyado en la pared para no caer, se esforzaba en mantener los ojos abiertos. No hubo tiempo para el odio ni para el combate; estaban demasiado agotados, demasiado rotos, demasiado humanos para ser rivales. No eran ya soldados de facciones opuestas, sino hombres, despojados de todo salvo de la necesidad de sobrevivir.

Se miraron en silencio durante un largo instante, hasta que Juanjo, en un gesto lento, guardó su arma y avanzó unos pasos hacia el interior de la casa. Esteban lo siguió, sin una palabra. Dentro, en el rincón donde una chimenea aún conservaba unas pocas cenizas grises, ambos se desplomaron en el suelo, apoyando sus espaldas contra las paredes llenas de grietas y desconchones. El silencio que había caído en el campo de batalla se extendía ahora en el caserón, apenas roto por sus respiraciones pesadas.

Fue entonces cuando Juanjo, con una lentitud casi reverente, sacó del bolsillo de su chaqueta un mendrugo de pan seco, su última provisión. Sus ojos se cruzaron de nuevo con los de Esteban. No había necesidad de hablar; ambos sabían que, en aquel momento, compartirse ese pequeño bocado era compartir también un acto de paz, tan frágil como el pan que partían.

Juanjo extendió la mano con el trozo de pan, y Esteban, sin decir nada, lo aceptó. Y así, mientras el fuego de la batalla continuaba encendido en algún punto del horizonte, en aquella casa en ruinas, dos enemigos compartieron el único símbolo de esperanza que les quedaba.

***
Juanjo y Esteban se encuentran en los extremos de la ruinosa sala, cada uno acurrucado en una esquina, mirándose con una mezcla de recelo y agotamiento. A través del aire denso y frío, la chispa de una conversación tensa se enciende.

Esteban: (mira a Juanjo con desdén) Así que, un republicano… ¿Has venido a hacer que esta noche sea la última para mí, también?

Juanjo: (respira hondo, dejando escapar una risa seca) No creas que yo estoy encantado de tenerte cerca, nacional. No planeaba terminar la noche bajo el mismo techo que alguien que quiere ver a los míos muertos.

Esteban: (frunce el ceño) ¿Los tuyos? ¿Crees que en tu lado no han hecho lo mismo? Mi hermano… (traga saliva) Mi hermano murió hace apenas una semana. No éramos más que granjeros, pero aquí estoy, tratando de honrar su memoria.

Juanjo: (con voz temblorosa) Crees que solo los tuyos han perdido, ¿no? (respira profundamente) Mi mejor amigo… lo vi caer en el frente. (mira hacia el suelo, los ojos nublados) Era como un hermano para mí, ¿y sabes por qué murió? Por órdenes que vinieron desde un escritorio muy lejos del campo de batalla.

Esteban: (enfurecido) ¡No te atrevas a comparar tus pérdidas con las mías! Cada uno ha tenido que enterrar a sus amigos, pero no te equivoques, los tuyos… los tuyos han causado tanto sufrimiento.

Juanjo: (con voz áspera) ¿Sufrimiento? Todos hemos tenido que abandonar algo. Dejé a mi madre sola, sin saber si me volverá a ver, porque me convencí de que podía cambiar algo. (hace una pausa, su voz se quiebra) Y ahora estoy aquí, sentado frente a alguien que parece olvidarlo.

Ambos se quedan en silencio, mirando al suelo, cada uno atrapado en el eco de sus propias pérdidas.

Esteban: (más calmado, bajando la voz) No olvidé nada. Me uní a esta guerra para proteger a los míos, pero al final parece que todo lo que he logrado es perder más de lo que jamás pensé. Mi madre me decía que seríamos mejores… que todo esto acabaría en algo bueno. Y ahora… ni siquiera sé lo que eso significa.

Juanjo: (con un suspiro) Quizá ninguno de nosotros lo sepa. Tal vez, esta guerra solo nos ha dejado soñar con cosas que nunca tendremos. (mira a Esteban) Todo lo que hemos perdido, los amigos, los sueños… parecían tan importantes. Ahora solo son recuerdos que duelen.

Un pesado silencio cae sobre ambos, sus miradas perdidas en la oscuridad del caserón, cada uno comprendiendo que la guerra les ha arrebatado algo invaluable: una parte de ellos mismos.

Esteban: (cierra los ojos, exhausto) Al final, no importa cuántos bandos o ideas tengamos en la cabeza… aquí solo quedamos dos hombres, tratando de sobrevivir hasta mañana.

Juanjo: (asiente) Dos hombres, y el mismo cansancio.

Esteban: (mirando de reojo) Oye, "Pulgoso", ¿a qué vino esa cara de lobo hambriento? Parece que no has comido en años.

Juanjo: (sonríe, a pesar de la tensión) ¿"Pulgoso"? ¡Vaya! Pues mira que tú no te quedas atrás, "Cara Rancia". Con esa expresión, no sé si estás enfadado o si te ha caído limón en la lengua.

Esteban: (niega con la cabeza, con una sonrisa que no logra ocultar) Y tú que tienes nombre de perro callejero… (pausa) Aunque debo decir que al menos tienes más gracia que los oficiales que me han tocado.

Juanjo: (riéndose abiertamente) ¿Sabes qué? Llamarme "Pulgoso" suena hasta amable comparado con lo que dicen mis compañeros.

Esteban: (sonríe, cansado, pero relajado) Bueno, Pulgoso… parece que estamos condenados a compartir el mismo rincón por hoy. Así que, entre rencores y chistes malos, puede que sobrevivamos hasta el amanecer.

Ambos se miran, dejando que las bromas desvanezcan, aunque sea un poco, la barrera de la enemistad.

Esteban: (suspira y se recuesta contra la pared, mirando al techo roto) ¿Quieres saber cómo llegué aquí, Pulgoso? Pues te lo voy a contar, aunque dudo que importe. Yo nací en un pueblito cerca de Zaragoza, una aldea pequeña, de esas que nadie pone en el mapa. Teníamos una vida sencilla, ¿sabes? Trabajaba en la carpintería de mi padre y nunca pensé en salir de allí. Pero un día… llegaron noticias, hablaron de cambio, de libertad… o al menos eso creíamos.

Juanjo: (escuchando, en silencio, el mote ya no le molesta) ¿Y entonces qué pasó, Cara Rancia?

Esteban: (sonríe débilmente) Pues pasó que la guerra no te pregunta si estás listo. Mis amigos se unieron, todos. A los dieciocho, yo era sólo un crío que quería ayudar a sus vecinos, a su gente. Pero a medida que los días avanzaban… los buenos no parecían tan buenos, ni los malos tan malos. No importa de qué lado estés, todo duele. He perdido… bueno, he perdido a muchos. (pausa) Y aún así, cuando uno queda solo, eso… ese vacío duele todavía más.

Juanjo: (asiente, mirando al suelo) Créeme, te entiendo.

La Batalla del Ebro, que comenzó el 25 de julio de 1938 y se extendió hasta el 16 de noviembre de ese mismo año, fue una de las confrontaciones más largas y desgarradoras de la Guerra Civil Española. Marcó un punto de inflexión en el conflicto, donde ambos bandos, republicanos y franquistas, desplegaron sus mayores esfuerzos y recursos en un combate brutal a lo largo del río Ebro, en la región de la Terra Alta, en Cataluña.

El objetivo principal del Ejército Republicano era aliviar la presión sobre Valencia y retomar la iniciativa en el conflicto tras las sucesivas derrotas sufridas en el frente de Aragón. Para ello, concentraron a miles de soldados, apoyados por brigadas internacionales y equipos de voluntarios que intentaron cruzar el río en una acción sorpresiva. Los republicanos lograron ciertos avances iniciales, logrando adentrarse varios kilómetros en territorio controlado por los franquistas. Sin embargo, la supremacía aérea y artillera de las fuerzas franquistas, junto con las difíciles condiciones del terreno y el desgaste físico de los combatientes, hicieron que el avance se frenara rápidamente.

La batalla se transformó entonces en un combate de desgaste que duró meses, en un verano seco y sofocante. Los soldados en ambos bandos soportaron condiciones extremas: las temperaturas altísimas, la falta de agua, y las constantes ofensivas y contraofensivas que solo añadían más bajas a cada lado. Las líneas del frente estaban bajo bombardeos incesantes, y las trincheras se convirtieron en un espacio de muerte, donde la moral de los soldados se iba desmoronando con cada día que pasaba. Al final, el 16 de noviembre, las tropas republicanas se retiraron, agotadas y diezmadas, y el río Ebro volvió a ser territorio controlado por las fuerzas franquistas.

La Batalla del Ebro no solo representó una pérdida catastrófica para la causa republicana, sino que también selló el destino de la Guerra Civil, ya que los republicanos quedaron debilitados hasta el punto de no poder continuar resistiendo. Para Franco, la victoria en el Ebro fue decisiva, marcando el comienzo de la fase final de la guerra y preparando el camino para su victoria definitiva en 1939.

En la actualidad, la Guerra Civil Española sigue revelando sus secretos y recordándonos las historias no contadas de aquellos días oscuros. Hace apenas unas semanas, durante la construcción de un aljibe en una zona rural de Cataluña, trabajadores descubrieron los restos de dos combatientes de la guerra. Los esqueletos, hallados en lo que parece haber sido una trinchera improvisada o refugio, fueron encontrados en posiciones que sugieren que cayeron juntos, probablemente en una de las fases de retirada. Este hallazgo, además de contribuir a la memoria histórica, cobra relevancia en una época de sequías y escasez de agua, mostrando cómo los problemas actuales nos conectan, aunque de manera inesperada, con el pasado.

"Buenas tardes. Comenzamos con una noticia de gran trascendencia histórica y humana. Hace apenas unas semanas, durante la construcción de un aljibe en una zona rural de Cataluña, unos trabajadores realizaron un descubrimiento inesperado: los restos de dos combatientes de la Guerra Civil Española, en lo que parece haber sido una trinchera improvisada o refugio.

Lo más sorprendente de este hallazgo es la escena que revelaron sus esqueletos. Ambos cuerpos, que claramente representan bandos opuestos —uno republicano y el otro nacional— fueron encontrados con las armas desenfundadas a un lado, pero lo que sujetaban entre sus manos era un vaso y una baraja de cartas. Todo indica que estos combatientes, a pesar de su rivalidad en una de las épocas más sangrientas de nuestra historia, pudieron haber compartido un último momento de tregua o camaradería.

Este descubrimiento nos invita a reflexionar sobre el lado humano de quienes vivieron aquel conflicto, mientras la conexión entre presente y pasado se vuelve, una vez más, sorprendente. En estos tiempos de sequía y crisis hídrica, la construcción de este aljibe tenía como fin asegurar el suministro de agua, pero ha terminado revelando un símbolo de reconciliación inesperado, y una historia que se convierte hoy en un puente entre generaciones.

Para más información sobre este emotivo hallazgo, no se vayan, continuamos aquí en el informativo del mediodía."

En el mundo de hoy, las redes sociales son como un campo de batalla. Aquí, las personas construyen sus trincheras con palabras y fotos, con comentarios y "me gusta". Se arman con opiniones fuertes y se colocan en bandos, muchas veces sin haberse mirado realmente a los ojos. Todos creemos que conocemos a los demás a través de una pantalla, sin siquiera saber si lo que vemos es toda la verdad. Es un lugar donde, al igual que los soldados Juanjo y Esteban en aquella colina, solemos ver enemigos donde, tal vez, solo haya alguien que piensa distinto, alguien tan humano como uno mismo.

Ahora bien, Juanjo y Esteban se encontraron en medio del caos, ambos agotados y sin fuerzas para luchar más. Lo que parecía una confrontación inevitable entre enemigos, terminó convirtiéndose en un momento de comprensión. Compartieron un trozo de pan, un refugio y, en ese breve instante, una tregua que ningún bando podría haberles impuesto. Dejaron a un lado la bandera que los dividía y, aunque fuera solo por un rato, se vieron simplemente como dos hombres. Esto les permitió ver el otro lado de la historia que nunca habrían conocido en el fragor de la batalla.

Y si nos detenemos a pensar, en las redes sociales rara vez se da esa pausa. Allí cada comentario o publicación se convierte en una declaración, una sentencia lanzada sin ver la cara de la persona detrás de la pantalla. Quizás si nos tomáramos un momento para mirar más allá de esas opiniones y recordar que detrás de cada perfil hay una historia, podríamos construir algo más profundo, como lo hicieron estos dos soldados al final.

Como dijo Heráclito, "No es posible bañarse dos veces en el mismo río", pues tanto el río como nosotros mismos estamos en constante cambio. Quizás si pudiéramos recordar esto, podríamos enfrentar menos batallas y descubrir algo inesperado detrás de cada pantalla.

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