Belleflur. Capi 10. El salvador de Francia.


El salvador de Francia 
La línea entre la vida y la muerte es tenue, apenas perceptible a veces. Y a menudo, los héroes más celebrados son aquellos que caminan con un pie en cada lado, otorgando vida mientras dejan una estela de sombras a su paso."

Cuando Etienne de Roucheverneaux regresó a Francia, ya no era el hombre que había sido. Había pasado meses en tierras lejanas, con la piel marcada por las cicatrices que le causaba el sol, y el alma consumida por un hambre que nunca podía saciar del todo. Sin embargo, no se detuvo. Francia estaba sumida en un caos. La peste bubónica se extendía por cada rincón del país, devastando a campesinos, soldados, clérigos y nobles por igual. Era un enemigo invisible, implacable, que no hacía distinción entre las clases ni los rangos.

La muerte acechaba en cada esquina, las calles estaban llenas de cadáveres, y el olor a podredumbre impregnaba el aire. Los gritos de los moribundos y los llantos de los que quedaban atrás eran constantes. Entre el miedo y la desesperación, una sola esperanza resplandecía: el rumor de que un hombre había regresado del desierto con un elixir capaz de salvar vidas, de curar a los infectados y de devolver la esperanza a los corazones.

Etienne, envuelto en un traje de protección, cubierto completamente de pies a cabeza, se movía entre las multitudes con una imponente presencia. La máscara de pico que cubría su rostro, diseñada para filtrar el aire y mantenerlo a salvo de la enfermedad, le daba un aspecto espectral, casi fantasmal. A su paso, los campesinos, los caballeros y los cortesanos se apartaban con respeto y miedo. Nadie podía ver su rostro, pero todos sabían quién era: el salvador de Francia, el hombre que traía la cura.

El ungüento que Etienne había perfeccionado, basado en la flor del desierto y su propia sangre, era aplicado a los infectados. Los campesinos que yacían en las cunetas, cubiertos de llagas y bubones, veían cómo sus heridas comenzaban a sanar. Los soldados en los campos de batalla, debilitados por la peste, volvían a levantarse, dispuestos a seguir luchando. Incluso en las cortes más altas, donde los nobles caían como moscas, Etienne aplicaba su remedio, salvando a los que podían pagar y a los que no.

Pero mientras Francia lo aclamaba como un héroe, " Rochefor" como el salvador que había detenido la muerte misma, algo oscuro seguía a Etienne, como una sombra que nunca lo dejaba en paz. Aunque curaba a muchos, un rastro sutil de desapariciones lo acompañaba. En cada ciudad donde pasaba, las muertes se reducían, pero extrañamente, algunas personas simplemente... desaparecían. Eran personas al azar: una doncella aquí, un joven soldado allá. Nadie sabía adónde iban, nadie los buscaba, porque el alivio de la peste era demasiado grande como para hacer preguntas. Pero Etienne lo sabía. Sabía que el hambre dentro de él, aunque saciada brevemente por la sangre de los enfermos, nunca desaparecía por completo.

Cada noche, cuando se retiraba a sus aposentos en alguna villa o castillo donde era recibido, el recuerdo de Amélie Roucheverneaux volvía a él como un dolor punzante en el pecho. La recordaba con una claridad que le aterraba, su risa fría y distante, sus ojos llenos de un desdén que luego se transformaron en algo más profundo. Amélie había sido su tormento, pero también su única compañía en los días más oscuros. Ahora, ya no estaba, y el vacío que dejó no era algo que pudiera llenar con placeres o poder. Había noches en las que sentía su ausencia tan profundamente que casi podía imaginar su toque, su mirada fija en él, sus labios apenas esbozando una sonrisa.

Pero lo que más le atormentaba era el hecho de que, en lo más profundo de su ser, sabía que ella era parte de lo que lo había transformado en lo que era ahora. Amélie siempre había pertenecido a esa oscuridad, y aunque él había intentado negarlo, ella lo había arrastrado con ella.

Un día, en la Cámara Real, frente al mismísimo Rey Carlos VI, Etienne fue reconocido por sus servicios a Francia. El monarca, debilitado y rodeado de cortesanos que habían escapado de las garras de la peste gracias a los elixires de Etienne, se levantó con dificultad y lo nombró : sir Etienne de Rochefor "Caballero de Levallon". Con este título venían tierras, privilegios y una posición en la más alta aristocracia.

"Has salvado a Francia, Etienne," dijo el rey, con voz rasposa, "y por ello, serás recompensado como corresponde. Las tierras de Levallon ahora te pertenecen, y con ellas, el honor de tu linaje."

Etienne inclinó la cabeza, agradeciendo el honor con las palabras adecuadas, pero en su interior, su mente ya estaba en otro lugar. Levallon. El nombre de esas tierras resonaba en su cabeza como un eco del pasado, y de inmediato supo lo que debía hacer. Allí, en esas tierras, construiría su legado. Un lugar donde su maldición pudiera florecer, donde su alma, ya perdida en las sombras, pudiera encontrar un refugio: Bellefleur. Ese sería el nombre de su castillo, su hogar. Una fortaleza impenetrable, como la Casa Roucheverneaux, que se alzaría entre la niebla y las sombras, un lugar para los malditos, para aquellos que ya no pertenecían al mundo de los vivos. Etienne, en lo más profundo de su ser, sabía que no podía huir de lo que era. No era un salvador. Era un maldito. Y los malditos siempre tienen un lugar, un refugio en la oscuridad.

"A veces, lo que creemos que es nuestra salvación es solo el preludio de nuestra perdición. Y a veces, los lugares que construimos para protegernos, se convierten en nuestras propias prisiones."

Etienne de Rochefor, el héroe de Francia, el salvador de miles de personas, se alejaba de la corte, montado en su caballo, con la máscara de pico aún colgando de su cinturón. Sabía que no habría más victorias para él, solo una larga travesía hacia la oscuridad que lo reclamaba.



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