Belleflur. Capitulo 7.Tamalfit y Taned Awal


"Hay algo en la naturaleza de los viajes, en el irse lejos de todo lo conocido, que despoja al alma de su propia carne. Etienne lo había sentido. Cada paso que daba hacia el desierto lo alejaba más de sí mismo, de su pasado, de su nombre y de la enfermedad que arrastraba como una sombra, invisible, pero devastadora. La peste corría por sus venas, pero él, con una determinación que bordeaba lo suicida, no se detendría. Aún no.

El calor de Túnez lo envolvía, sofocante, como una prisión de aire. Las calles polvorientas del puerto, repletas de mercaderes, vibraban con una vida que él no podía sentir. El bramido lejano del mar era un eco de lo que había dejado atrás: un hogar en llamas, un destino incierto. Pero fue en ese bullicio donde Etienne encontró la pista que lo guiaría a su encuentro con el brujo del desierto.

Lo llamaban Tamalfit, un nombre que en las lenguas antiguas significaba 'el que ve más allá del velo'. Los hombres susurraban su nombre con temor, las mujeres lo maldecían en sus rezos. Aquel hombre no era bienvenido en las ciudades, pero su sabiduría era legendaria. Y así, tras un extenuante viaje hacia el corazón del desierto, Etienne llegó a un pequeño refugio de piedra, en medio de dunas que se estiraban hasta el horizonte. El lugar parecía suspendido en el tiempo, olvidado por Dios y por los hombres.

Dentro, la penumbra envolvía todo. Al cruzar el umbral, Etienne sintió que el aire cambiaba, denso, cargado con una energía antigua y primitiva. Las sombras danzaban al ritmo de una hoguera, reflejando figuras extrañas en las paredes. Y allí, junto a una mesa de piedra, estaba él. Tamalfit no era como Etienne lo había imaginado. Su rostro era joven, pero sus ojos hablaban de siglos. Vestía túnicas desgastadas, y en su cuello colgaba un talismán tallado en hueso.

‘Estabas demorándote’, dijo el brujo sin alzar la vista, como si ya hubiera sentido la presencia de Etienne antes de que él mismo entrara. 'La enfermedad que llevas no es la única sombra que te acompaña’.

Etienne sintió que el aire en sus pulmones se detenía. '¿Qué sabes de mí?', preguntó, su voz más ronca de lo que esperaba. El cansancio, el miedo y la incertidumbre se acumulaban como un peso insoportable.

Tamalfit levantó la mirada, con esos ojos que parecían contener todo el desierto. ‘Tú no estás solo. Nunca lo has estado. Desde que eras un niño, algo ha caminado contigo. No es la muerte, no aún. Es algo peor.’

Etienne dio un paso hacia atrás. La quemazón de los bubones en su piel parecía intensificarse, y una gota de sudor frío recorrió su espalda. '¿Qué es lo que me sigue?', murmuró, temiendo la respuesta.

Tamalfit se levantó lentamente, caminando alrededor de él, como si lo estuviera estudiando. ‘Una entidad antigua... mucho más antigua que este desierto, que esta tierra. Ha estado esperando... pacientemente. Se alimenta de tu miedo, de tu dolor. Y ha esperado este momento, ahora que la muerte te roza, para acercarse.’

Los ojos de Etienne se abrieron de par en par. '¿Qué quieres decir?'

El brujo le indicó que se sentara en un rincón oscuro, cerca de un conjunto de símbolos tallados en la piedra. Al hacerlo, Etienne sintió cómo algo más profundo, más visceral, se movía en él. Como si aquella entidad invisible a la que Tamalfit se refería estuviera en ese preciso momento cerca de su piel, rodeándolo.

‘El destino te ha traído aquí, Etienne. Pero el destino no es tuyo. No eres tú quien ha elegido este camino. Algo te ha arrastrado hacia este lugar, hacia la fiebre que te consume, hacia la oscuridad que pronto te reclamará’.

El viento del desierto aullaba fuera de la pequeña estructura, un sonido que parecía contener voces, susurros de advertencia o tal vez de bienvenida. Etienne no podía saberlo.

El brujo entonces tomó entre sus manos un pequeño cuenco hecho de ónice, en cuyo interior había una sustancia espesa y negra. ‘La Flor del Desierto', la que tanto has buscado, no es una cura. Es una prueba. Una puerta. Si decides cruzarla, ya no serás el mismo hombre. Tu cuerpo no te pertenecerá, y esa entidad que te ha seguido se vinculará a ti de maneras que aún no puedes imaginar.’

El pulso de Etienne se aceleró. La peste no era lo único que lo consumía. Algo mucho más profundo, mucho más aterrador, estaba por ser revelado. Sintió la verdad en las palabras del brujo, pero no tenía opción. ¿No? Cualquier cosa era mejor que la muerte... cualquier cosa.

Tamalfit sonrió con una calma perturbadora, como si hubiera leído los pensamientos de Etienne. 'La enfermedad que te corroe no te matará, Etienne. Pero lo que viene después... es una sombra de la que no podrás escapar. Y la única forma de controlarla... es aceptarla’.

Con esas palabras, el brujo le ofreció el cuenco. Y, mientras los truenos iluminaban el horizonte, Etienne entendió que ya no había vuelta atrás. La oscuridad lo había alcanzado, y la presencia que lo acechaba desde la niñez estaba lista para revelarse.

El aire se volvió más pesado. Etienne extendió la mano y, al tocar el cuenco, la entidad que lo había perseguido durante toda su vida por fin le habló. Una voz, profunda y desgarrada, emergió de las sombras, y con ella, un secreto tan antiguo como el desierto mismo. " Ven a mi..."( Dijo conun idioma de otro tiempo)

La elección estaba hecha.

Y Etienne sabía, mientras bebía del cuenco, que ya no había escape, ni para él ni para lo que ahora lo acompañaba.

***


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