Belleflur. Capitulo 9. La marca del sol


La marca del sol 

"A veces, los peores males son los que no podemos ver, los que crecen lentamente dentro de nosotros, hasta que ya no hay manera de volver atrás."

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El viento del desierto soplaba con fuerza, arrastrando la arena en remolinos tan intensos que parecía que el propio paisaje estuviera en guerra consigo mismo. Etienne se cubrió el rostro con su capa, sintiendo cómo la arena quemaba su piel a través de las ropas. Era extraño. Había pasado semanas bajo el sol del desierto, pero algo en él había cambiado. No era solo el calor lo que lo afectaba ahora. Cada día, la luz le resultaba más insoportable.

Tras su encuentro con el brujo en Túnez, el cual había hablado en enigmas sobre la Flor del Desierto y el poder que latía en su sangre, Etienne sintió que algo dentro de él había despertado. La fiebre de la peste bubónica parecía haberse calmado, el dolor y los bubones se desvanecieron tras aplicar el ungüento que contenía esa mística flor. Su cuerpo recuperó la fuerza que le había sido arrebatada. Sin embargo, aquello no era una curación sin consecuencias.

Las palabras del brujo seguían resonando en su mente:

"Tu sangre es especial. Naciste bajo los astros alineados en un triángulo cósmico, un destino que no puedes evitar. Pero recuerda, no estás solo. Algo te acompaña, algo que siempre ha estado contigo."

Etienne, en su escepticismo, había creído que el brujo solo intentaba asustarlo. Pero ahora, sentía que esas palabras contenían una verdad sombría. El hambre... ese hambre atroz, implacable, le consumía. No era el hambre común de un hombre, no. Había comido los mejores manjares de Túnez, había probado los placeres más sublimes de la carne y el vino, pero nada le saciaba. Era un vacío que comenzaba a retorcerse en su interior, como un dolor agudo que no cesaba.

Por las noches, Etienne se tumbaba en su lecho, luchando contra la sensación de que algo le oprimía el pecho. Respiraba con dificultad, como si el aire mismo se negara a entrar en sus pulmones. En cada bocanada de aire, sentía que su piel se tensaba, como si estuviera a punto de rasgarse. Y ese dolor... ese hambre inexplicable.

En una de esas noches, mientras yacía en la oscuridad, su mirada se desvió hacia la puerta. Allí, inmóvil, estaba una de las sirvientas, observándole con curiosidad. Su piel morena brillaba bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas, y su cuello... su cuello mostraba la pulsación viva de sus venas. Etienne se irguió lentamente, sin apartar los ojos de esa vena que palpitaba con cada latido de su corazón. El hambre se intensificó, retorciéndole el estómago, desgarrándole el alma.

Intentó resistir, intentó apartar la vista. Pero su cuerpo ya no obedecía sus pensamientos. Cada paso hacia ella lo sentía como una liberación del dolor que lo consumía. Finalmente, cuando su mano rozó el brazo de la joven, supo que no había marcha atrás. No era deseo, no era la necesidad de placer o incluso de saciar su sed física. Era algo más oscuro, más profundo, algo que no podía explicar.

Sus dedos se cerraron alrededor del cuello de la sirvienta, y de algún modo, sabía lo que debía hacer. Su boca rozó la piel cálida de su garganta y, en ese instante, el hambre desapareció. Todo el vacío, el dolor, el tormento que había sentido se desvaneció al instante, reemplazado por una sensación de alivio tan pura que por un segundo creyó haber encontrado la paz.

Pero cuando la soltó, el horror lo golpeó de lleno. La sirvienta cayó al suelo, su cuerpo inerte y frío como el mármol de las ruinas del desierto. Etienne retrocedió, observando sus manos, incapaz de comprender lo que acababa de hacer. Pero esa hambre... esa terrible hambre había sido saciada, aunque solo por un momento.

La voz del brujo resonó nuevamente en su mente:

"Algo te acompaña... algo que siempre ha estado contigo."

De repente, Etienne sintió un escalofrío. Miró alrededor de la habitación, y en la penumbra de la noche, una figura parecía observarle desde la esquina más oscura. Los ojos rojos de la entidad brillaban, y en su rostro se dibujaba una sonrisa lenta, maliciosa, pero silenciosa. La misma sonrisa que había visto años atrás, en su juventud, cuando esa sombra había comenzado a seguirle.

Era ella. Esa entidad maldita que le había perseguido desde que tenía memoria. Y ahora, en ese preciso momento, se dio cuenta de que su hambre no era solo suya. Era el hambre de algo mucho más antiguo, algo que había esperado pacientemente por él.

Los días pasaron y Etienne descubrió que ya no podía caminar bajo el sol como antes. Al principio, solo era una molestia, un leve escozor que le hacía cubrirse más de lo normal. Pero pronto, la luz del día se volvió insoportable. Ampollas aparecían en su piel con cada exposición, y cada vez que intentaba estar fuera por más de unos minutos, sentía que su carne ardía. Desesperado, lo atribuyó a los efectos secundarios del elixir de la Flor del Desierto. Incluso cuando los nobles y soldados le preguntaban si el ungüento era seguro, él les aseguraba que lo era, que las cicatrices serían leves, que él mismo era prueba de ello.

Pero por dentro, sabía que no era solo eso. Sabía que estaba cambiando.

"A veces, la cura es más letal que la enfermedad. A veces, lo que crees que te salva es lo que te consume lentamente, sin que te des cuenta... hasta que ya es demasiado tarde."

Etienne regresó a Francia, pero ya no era el mismo hombre que se había marchado.

***


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