Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. capitulo XI. El Gopat. Vol 2

La princesa Omotonoke (Parte 5)


Era de noche.
Desde el respiradero de roca, Ghavri apenas parpadeaba. No por miedo, sino por no perder ni una palabra de lo que decían los tres hombres reunidos junto al fuego.

SÛRAN, el más joven —con cara de cordero degollado— miraba embobado a la princesa dormida:

—Os lo juro… yo aún no entiendo cómo una muchacha tan hermosa puede portar una maldición tan… tan espantosa —dijo como si recitara poesía.

TARAK, tripón, sudoroso y con más pan debajo del codo que dignidad, untaba cecina con manteca:

—Hermosa, sí… pero si se despierta a media tarde y te arranca la cabeza de un picotazo, a ver qué le recitas, poeta. Yo digo que esto es cosa de una deuda antigua que el rey no habrá pagado. Una hermana enfadada… una bruja celosa… ¡o su suegra, que eso es peor!

GURBAN, capitán curtido, entró en escena como un trueno, golpeando el suelo con las botas y sacando la daga del cinturón con un giro teatral:

—¿Qué cuchicheáis, pulgas con piernas? Como vea una sola mano tocando lo que no debe, os pincho a ambos como cecinas y os pongo a orear al sol.

Tarak levantó las manos, con una risa nerviosa tipo “todo está bajo control aunque no lo esté”.

—Solamente estábamos filosofando, capitán…

—¡Tú filosofas y yo me emborracho, que es más útil! —masculló Gurban, sentándose como un emperador cansado y arrebatando la jarra de vino.

Sûran carraspeó:

—Es que… nos preguntábamos cómo puede vivir así… Por el día, un águila rabiosa… y por la noche, una princesa que duerme como si estuviera muerta. Eso, capitán… eso no es vida.

Gurban resopló como un viejo dragón, se sirvió vino hasta el borde y mordió una tira de cecina como quien arranca un secreto de la carne.

—Sois dos insensatos que sabéis menos historia que una gallina sin cabeza. Escuchad… cuando vosotros aún os meabais en la cama, este reino era VERDE. Árboles, ríos, sombra hasta en los calzones. Pero talamos más de lo que debíamos. El espíritu del bosque se enfadó de verdad… y maldijo a la primogénita de la corona.

Sûran abrió la boca.

—¿Por eso el escudo tiene un árbol con un águila?

Gurban lo miró como se mira a un zapato que habla.

—Por las barbas de mi tía abuela, ¡claro que sí! Pero no interrumpas… porque el águila llegó después. La niña empezó a cambiar. Al alba, plumas. Al mediodía, alas. Al atardecer, a dormir como si el alma se le escapara por la boca. Y nosotros llevamos años cuidando que nadie descubra este secreto…

Tarak se rascó la panza.

—¿Y no hay cura pa’ eso?

—Leyendas dicen que sí —gruñó Gurban con solemnidad teatral, levantando un dedo—. Pero no vale un besito de madre ni de cabra ni de abuela. No, no, no. Tiene que ser un beso auténtico. Uno de esos que te cambian la sangre, que te dejan la vida del revés.

—¿De amor verdadero? —susurró Sûran, con voz de enamorado.

—¡De AMOR verdadero! —gritó Gurban, golpeando el barril—. Y no lo digo yo, lo dijo una bruja tuerta del desierto. Así que hasta que aparezca ese beso… callad, comed y no murmuréis cerca de su alteza, o pasaré vuestras orejas por la sartén.



SÛRAN miraba a la princesa dormida con ojos enamorados.

—Si lo piensas… es trágico. ¿Cómo una muchacha tan hermosa puede cargar una maldición tan terrible?

TARAK, con media hogaza en la mano, respondió sin dejar de masticar:

—Eso es lo que estábamos filosofeando, Sûran.

VADUR (el de pañuelo en la frente, sonrisa torcida y voz arrastrada), alzó una ceja.

—¿Filo…so…qué?

—Filosofeando. Pensando cosas profundas —explicó Tarak.

—En esta gruta no se filoso-nada —gruñó GURBAN, entrando de golpe con los bigotes sudados y la daga fuera—. Aquí se come, se vela o se empina el codo. ¡El que piense demasiado acaba muerto o casado!

—Entonces… —musitó Sûran— ¿cómo lo llamamos cuando hablamos de cosas que duelen el alma?

—Lo llamamos rumiar las desgracias, ¡que para eso somos soldados, no poetas! —escupió Gurban, sentándose como un rey destronado.

Vadur, señalándolos con el pan como si fuera un cetro:

—Yo apoyo al capitán. Filosofar es como jugar con fuego… pero con ideas.

Los otros tres asentían como si fuese una misa borracha.

—Es decir un beso auténtico. No un pico como ese que das tú a tu abuela cuando te da lentejas. Tiene que ser un beso que… que te saque el alma por la boca y te la devuelva cambiada.

Vadur, levantando dos dedos como si bendijera al vacío:

—Un beso de los que filosofean.

—¡He dicho que no se filosofa aquí! —rugió Gurban.

En el respiradero, Ghavri cerró los ojos.
Por primera vez entendía por qué el rey la había enviado allí. No para luchar. No para trepar.
Para algo mucho más sencillo… y a la vez infinitamente más difícil.


Tarak, tras pensarlo demasiado, murmuró sin mirar a nadie:

—Y digo yo… si al besarla tiene mal aliento… ¿qué? Porque durante el día, cuando devora como águila… no creo que se limpie los dientes, ¿verdad?

Hubo un silencio incómodo.

Sûran parpadeó.

—¿Un pájaro… con dientes?

Vadur arqueó una ceja como si hubiera descubierto un misterio milenario.

—He visto cosas peores en las tabernas de Zadûl.

Gurban, desesperado, se levantó de un salto.

—¡Por las bragas de mi difunta tía Albertina! ¡He dicho que no filosoféis! ¡Ni sobre maldiciones, ni sobre besos, ni sobre alientos de águila! ¡Callad y vigilad!

Los tres soldados se quedaron quietos como estatuas… y en la sombra del respiradero, Ghavri lo había escuchado todo.

“ Una maldición?”


Gurban, desesperado, se levantó de un salto.

—¡Por las bragas de mi difunta tía Albertina! ¡He dicho que no filosoféis! ¡Ni sobre maldiciones, ni sobre besos, ni sobre alientos de águila! ¡Callad y vigilad!

Los tres soldados se quedaron quietos como estatuas… y en la sombra del respiradero, Ghavri lo había escuchado todo.

“¿Una maldición?” —murmuró para sí, incrédula.

En ese instante, la entrada de la cueva se abrió con un chirrido de rocas. Una figura tambaleante apareció con el andar errático de quien nunca camina en línea recta. Era Morren, el cuarto de la guardia, con la chaqueta medio desabrochada y el cabello como un nido de cuervos.

Avanzó hasta el fuego con aire solemne, como si llegara a una ceremonia importante. Cogió una jarra de vino y la levantó con teatralidad. La agitó. Vacía.

—Mal empezamos… —masculló.

Dejó la jarra y agarró otra, confiado. También vacía.

—Esto ya es un insulto personal.

Probó suerte con un tercer barril pequeño. Ni una gota.

—¡Por el hígado de mi bisabuelo! —gruñó—. Este campamento es peor que un monasterio.

Miró alrededor con calma fingida, y entonces, sin la menor vergüenza, se acercó al vaso de Tarak, lo cogió, lo inclinó con un gesto ceremonioso y vertió en su propia copa los restos miserables que quedaban en el fondo.

—Gracias, compañero. Generosidad de soldado. —Y bebió de un trago, como si hubiera sido un banquete.

Gurban resopló, cruzando los brazos.
—Si has venido a vaciar los toneles, vete al desierto. Aquí no se filosofa ni se gasta el vino.

Morren lo miró con un ojo entornado y otro bien abierto, como si midiera a un enemigo invisible.
—Ah, capitán… —dijo con voz arrastrada—. Os equivocáis todos. La historia no es como la contáis.

Los otros tres se miraron, extrañados.

Morren se sentó con gesto triunfal, apoyando las botas sobre una roca como si fuera un trono improvisado. Alzó el dedo índice, tambaleante, y empezó:

—Escuchadme bien, porque cuando vosotros aún mojabais la cama, estas tierras ya estaban divididas. Y no en tres reinos, como dicen los bardos… sino en cuatro.

Hizo una pausa larga, teatral, como si esperara un redoble de tambores inexistente.

—Tres hermanos recibieron tierras fértiles, verdes, llenas de agua. Pero al cuarto… —sonrió torcido— al cuarto le dieron un desierto. Arena, sol y un oasis solitario. Nada más.

Tarak bufó con la boca llena.
—¡Eso no es herencia, es un castigo!

—Exacto —dijo Morren, inclinándose hacia ellos con un brillo extraño en los ojos—. Pero bajo aquel desierto había algo. Una cueva. Y en esa cueva, hermanos míos, no dormían ni tesoros ni doncellas… sino una entidad oscura, un genio de los que conceden deseos y cobran deudas.

Los demás se removieron inquietos.

Morren dio otro sorbo al fondo de su copa y prosiguió con voz grave:

—Los tres hermanos pidieron riquezas, ejércitos, poder. Cada uno a su manera. El cuarto… no pidió nada. Se quedó en silencio. Y el genio, divertido, le entregó tres semillas.

El silencio cayó sobre la caverna. Incluso el fuego pareció crujir más despacio.

Morren bajó la voz, arrastrando las palabras:

—Nadie sabe qué fue de aquel cuarto hermano. La historia se corta ahí, como una soga rota. Pero una cosa es segura: cuando un pacto no se cumple… la deuda siempre se cobra. Y a veces… —miró de reojo hacia la princesa dormida— la deuda cae sobre quienes menos culpa tienen.

Nadie se rió esta vez. Ni siquiera Tarak.

El ambiente se volvió denso como humo.
El silencio aún flotaba espeso cuando Tarak, incómodo, carraspeó y se atrevió a romperlo:
—Bah… seguro que eso te lo contó la tuerta y ciega de la taberna del Sapo.

Morren arqueó las cejas como si le hubieran mentado a un fantasma.
—¿La taberna del Sapo? —repitió, fingiendo sorpresa—. No conozco ninguna taberna del Sapo…

Uno de los soldados, con una media sonrisa, le llenó de nuevo el vaso. Morren lo cogió con naturalidad, dio un trago largo y al acabar dejó la copa caer sobre la roca, sonriendo ladeado:
—…pero sí recuerdo a Jasmine. —y al decirlo, una sonrisa torcida se le escapó, como quien se acuerda de un secreto agradable que jamás compartirá.

Hizo un gesto con la mano, como espantando humo invisible.
—La cuestión, muchachos, es que esa historia es tan antigua y tan engordada con los años, que ya no se distingue la verdad de la mentira… igual que con Jasmine.

Los tres soldados lo miraron expectantes.

Uno de ellos, con los ojos brillando de curiosidad, se inclinó hacia adelante.
—Entonces, Morren… contadla.


La princesa Omotonoke (Parte 6)
El ser de la gruta del desierto de Erimia 


“Hubo un tiempo —tan remoto que apenas cabe en la memoria de los hombres— en que la península entera no era más que un cráneo ardiente, abierto en llamaradas de volcanes y destrucción. Y los hombres, diminutos frente a tanta furia, clamaban por agua… no por ambición, sino por el simple deseo de apaciguar la locura del fuego.

Cuentan que Poseidón, en su infinita soberbia, alzó el tridente y golpeó la tierra. Y allí, donde la roca se quebró, el mar irrumpió como una lengua desbordada de sal. Apagó volcanes, enfrió la piedra. Y así nació el Helesponto.

Podría parecer un regalo, pero no lo fue. El dios no ofreció su don por compasión, sino por vanidad. “Si deseáis vivir —dijo—, recordad siempre que bebéis del hueco que yo mismo he abierto”.

El agua trajo calma… y algo más. Criaturas hechas de espuma y rumor, hijas del mar, comenzaron a nadar por canales ocultos y cuevas sin nombre. ¿Embajadoras de un reino lejano? Quizás. ¿O recordatorios de que nada se entrega sin precio?

Mientras tanto, los hombres, agradecidos, construyeron aldeas y alzaron plegarias. Todo parecía en equilibrio. Porque la vida, cuando fluye en la misma dirección que la corriente, siempre resulta más sencilla.

Pero los hombres son así… entusiasmos breves, orgullos largos. Pasaron los años y olvidaron honrar al dios. Y cuando los mortales olvidan a los dioses, otras voces más oscuras encuentran grietas por donde colarse.

Poseidón, irritado, volvió saladas las aguas que antes habían calmado la sed. Las volvió densas, estériles. Y muchos, desesperados, empezaron a llamarlas mar muerto.

Sus criaturas, atrapadas, quedaron condenadas en las grutas. Allí siguen… o eso se dice. Esperando. O adaptándose a formas que ya no pertenecen a este mundo.

Mucho antes de que un solo rey llamado Harzaban reinara sobre aquellas tierras, Anatolia fue dividida. Tres reinos para tres hermanos… y un desierto para el cuarto.

Milas, señor de las llanuras de Akrantis, donde los ríos morían poco a poco hasta dejar la tierra en hambre.
Balamir, dueño de Taurasia, las montañas de cobre y roca, que se quedaban sin agua bajo la tierra.
Pharnuk, guardián de Selkora, cuyos bosques, sin lluvia, se apagaban como antorchas mojadas.
Y Evaron, el más joven… el que no recibió reino alguno. Solo una tierra yerma a la que dieron el nombre de Erimia. Allí, en medio del desierto, sobrevivía apenas un oasis.

Tres reinos. Tres reyes. Tres hermanos… y uno más. El olvidado. El que aprendió a escuchar, no a los hombres ni a los dioses, sino al murmullo secreto del agua que aún latía bajo la arena.”


***
“Se dice que las maldiciones no nacen de la nada. No brotan del aire como pájaros negros sin dueño.
No.
Las maldiciones suelen surgir de aquellos que saben —o creen— que nunca tendrán nada.
De quienes miran el mundo como un banquete al que jamás fueron invitados.
Y en esa certeza amarga… hacen de su propio vacío una ofrenda a la oscuridad.

O al menos, eso cuentan.

Porque incluso en las tierras más castigadas, donde todo parece perdido, siempre surgen personas capaces de torcer el destino. De cambiarlo.
Hombres y mujeres que, con un gesto o una decisión, desvían el curso de un río entero.

Evaron… era uno de esos.

El hermano sin reino. El heredero de un desierto. El que, a ojos de todos, estaba condenado a no ser más que una sombra en la historia de otros.
Pero hay quienes escuchan lo que los demás no oyen.
Y Evaron, en las noches donde el viento traía consigo un murmullo subterráneo, supo que bajo la arena había más que muerte.
Había una promesa.

Y las promesas, cuando se cumplen, cambian el rumbo de muchos destinos.”


---

Fue en Ébaron, el reino del desierto de Erimia, donde todo cambió.
El oasis —la única fuente de vida en aquellas tierras— comenzaba a secarse. Desesperado, Evaron pidió ayuda a sus hermanos. Y, por una vez, Milas, Balamir y Pharnuk descendieron a la arena para acompañarle.

Juntos ordenaron excavar. Día tras día, hombres y bestias hundieron manos y herramientas en las entrañas de la tierra. El sol caía implacable sobre sus espaldas, y el aire, denso y abrasador, parecía reírse de sus esfuerzos.

Hasta que, bajo una roca hueca, hallaron una gruta extraña: sus paredes estaban cubiertas de escamas doradas, como si el mismo suelo hubiera mudado de piel. Y en el centro… aguardaba un ser ancestral. Tan antiguo que ni siquiera los dioses lo recordaban. Había nacido cuando las aguas del Egeo irrumpieron por primera vez en Anatolia.

Su cuerpo brillaba como oro vivo, y sus ojos eran agua en movimiento. No tenía pies: se deslizaba, fundiéndose con la piedra, avanzando como un río bajo la tierra.

—Me habéis liberado —dijo, con voz líquida y profunda—. Os concederé tres deseos a cambio de un elogio. Y si nada tenéis que ofrecerme… podéis prometerme un pacto inquebrantable.

Milas, ahogado en deudas y tributos tras las infinitas guerras que habían asolado el reinado de su padre, Jamhir el Grande, pidió riquezas. Y obtuvo exactamente lo que deseaba: su mano, desde entonces, convertía en piedra todo lo que tocaba. Con ella levantaría murallas tan grandes que ningún asaltante podría volver a sitiarlo.

Balamir, el astrónomo, pidió sabiduría absoluta.
Y la criatura le otorgó el don de comprender cualquier ser o cosa con una sola mirada: toda la información del mundo se revelaba en su mente, sin esfuerzo.

Pharnuk, movido por amor a su pueblo, pidió el recurso más preciado del mundo: agua dulce como la miel.
La entidad, líquida y dorada, le entregó las Ánforas Eternas: recipientes sagrados que jamás se vaciaban. Podía verter su contenido en pleno desierto, y siempre rebosaban de agua cristalina.

Tres hermanos.
Tres dones.
Menos uno.

La entidad cambió de forma, adoptando la figura de una mujer de oro puro, y volvió sus ojos hacia el menor:

—Mi… mi señora… yo soy Evaron —balbuceó él, con miedo en el pecho y la frente inclinada.

—Evaron… hijo de Jamhir y de Leila Malikah. Tu corazón es dulcemente puro. A ti te concedo tres semillas mágicas. Allí donde falte algún recurso, la planta que brote te dará lo que la tierra reclame.

Los cuatro se arrodillaron, agradecidos.

Pero la voz de la entidad se endureció:
—No tan rápido. La ley que gobierna las cosas también reclama un pacto inquebrantable.

—¡Lo que sea, mi señora!
—¡Sí, vuestra voluntad!
—Mi señora, ¿cómo podemos honrarla?

La atmósfera se tensó. El oro dejó de brillar. Y en la profundidad de aquella gruta, la voz resonó clara, inexorable:

—La primera primogénita de vuestros nietos será entregada en la noche de su décimo octavo cumpleaños.

En un murmullo, Pharnuk rompió el silencio:
—No parece tan terrible…

Balamir asintió, con un gesto frío:
—Además… falta mucho tiempo.

Milas, con voz firme, añadió:
—El tiempo suficiente incluso para hacernos más fuertes. ¡Así se hará, mi señora!

Y los tres, satisfechos, se marcharon.

Evaron, en cambio, se quedó atrás, mirando a la criatura:
—¿Y cuál será su destino? ¿Qué busca en verdad… una diosa? ¿Una señora del agua… o algo más profundo?

La entidad dorada no respondió.
Solo rió, y su risa quedó flotando en la gruta, como un eco eterno.

Y así, bajo la arena del desierto de Erimia, un destino aún más oscuro aguardaba su precio.

“Pero… ningún hermano cumplió el trato.

El tiempo pasó, y las primogénitas nacieron. Hijas de sangre noble, amadas por sus pueblos, cuidadas como flores únicas en cada palacio.
Y cuando llegó la noche señalada… no hubo ofrendas, ni sacrificio.
Ni una sola doncella fue llevada a la gruta de escamas doradas.

Los reyes habían olvidado, o quizá… decidido olvidar.

Milas, encerrado en su propio oro, levantó murallas que lo protegieron del mundo exterior, pero también lo aislaron de su gente. Cada cosa que tocaba se volvía piedra; sus riquezas lo asfixiaban, sus manos dejaron de sentir el calor humano.
Jamás entregó a su nieta.

Balamir, el sabio, se consumió en su propio don. Sus ojos, capaces de leer los secretos de todo cuanto miraban, vieron también lo que nadie debía ver: los pecados, las miserias, los miedos de todos. El conocimiento absoluto lo volvió un hombre frío, incapaz de amar, incapaz de confiar.
Y cuando su nieta cumplió dieciocho, la escondió, convencido de que podía engañar a la eternidad.

Pharnuk, con sus ánforas eternas, regó el desierto hasta hacerlo fértil. Su pueblo prosperó, sí… pero también se volvió dependiente de esa fuente inagotable. El día de la ofrenda, mintió a los suyos y ocultó a su primogénita en un templo, lejos de los ojos de la criatura dorada.

Los tres reinos respiraron aliviados. Creyeron haber burlado a un mito.
Creyeron que el tiempo borraría todo.

Pero las maldiciones, como las promesas rotas, no mueren.
Se quedan quietas… esperando.

Y aquella entidad, bajo la arena de Erimia, no olvidó.
No podía olvidar.
Las risas de oro se apagaron, y en su lugar quedó un silencio tan denso que parecía hundir la tierra.

Porque los dioses, los antiguos y los olvidados…
siempre cobran lo que se les debe.”


---

“¿Y qué fue de Evaron?

Nunca usó las semillas.
Durante toda su vida se refugió en un oasis seco, con apenas un hilo de agua que le permitía subsistir. Temía por lo que pudiera ocurrirle a su descendencia, y ese miedo lo fue marchitando poco a poco. Lo hizo más viejo, más arrugado… más sabio.

Un día, incapaz de soportar el peso de la culpa y apenado por el destino de sus hermanos, Evaron descendió de nuevo a la gruta de escamas doradas. Allí, en la penumbra, ofreció las semillas mágicas a la entidad del agua.

La criatura lo miró con ojos de río y voz de trueno contenido:

—Siempre tuviste la solución en tus manos, Evaron… —susurró—. Eres el único que puede soportar los males de este mundo. Y, aun así, incumpliste tu promesa. Ofrece cada semilla a cada mal, y libera la tierra de la codicia de los necios.

Su mirada se hizo más intensa, como si atravesara el alma del joven rey sin reino.
—Porque el destino, Evaron… siempre te fue dado.

Y entonces, la luz se apagó.

Evaron, con manos temblorosas, tomó las semillas y las entregó a cada reino: una para las murallas de piedra de Milas, otra para el conocimiento infinito de Balamir, otra para el agua inagotable de Pharnuk.

La tierra, al recibirlas, respiró de nuevo. Y, en recompensa, le otorgó a Evaron lo que nunca había poseído: la corona de un reino nuevo.

Así nació Harzaban, levantado sobre la humildad, la paciencia y la sabiduría del hermano olvidado.”


---

“Pero os preguntaréis… ¿cómo pudo Evaron tener descendencia siendo ya tan viejo?

(Desierto de Erimia)
Evaron, muy anciano, sostenido apenas por su bastón, descendió por tercera vez a las entrañas de la gruta. Sus pasos eran lentos, y el aire denso le recordaba el peso de los años.

La criatura dorada emergió de entre la roca, fundiéndose con el agua como si nunca hubiera dejado de esperarle.
—Eeeevanor… qué grata sorpresa. Vuelves a liberarme, aunque sea de mi propia soledad. Y por ello te concederé un deseo. A cambio de un elogio… o de un pacto inquebrantable.

Evaron, con voz quebrada, respondió:
—Un rey necesita descendencia. Yo soy demasiado mayor. Hemos escogido a la doncella que será reina, pero cualquier intento será en vano. Si no tengo heredero… todo lo que he construido se perderá.

La entidad inclinó su rostro de oro líquido y habló con lentitud, como si cada palabra pesara siglos:
—Escucha bien, Rey de Harzaban… Cruza el desierto hasta la zona costera. A tres colinas encontrarás una montaña tan alta que su pico ensarta las nubes del cielo. Allí hallarás los huevos de un ave sagrada. Deberás comerlos la víspera de tu boda… y entonces tu esposa concebirá.

Hubo un silencio espeso.
La criatura acercó su rostro hasta casi rozar el de Evaron, y con un brillo cruel en los ojos añadió:
—Nacerá una hija. Y la casarás… pero en su décimo octavo cumpleaños… me la entregarás.

El anciano bajó la cabeza.
No hubo réplica.
Solo el eco de aquella voz, que quedó retumbando en la gruta como una sentencia eterna.”

La princesa Omotonoke (Parte 7)


Morren alzó la jarra, la vació de un trago y se acomodó contra la roca, con ese aire de profeta borracho que solo él podía sostener:

—¿Qué puede hacer un padre viejo y cansado, cuando el destino se le mete en casa vestido de hija?… —preguntó, sin esperar respuesta—. Nada, camaradas. Solo mirar y rezar, aunque sepas que los dioses no escuchan.

Los soldados callaron. Morren sonrió, satisfecho del silencio, y continuó:

—Los años pasaron, y el pacto de Evaron quedó enterrado bajo capas de solemnidad y silencio. Nadie en el reino sospechaba que la gloria de Harzaban estaba construida sobre un secreto más frágil que un vaso de cristal. El pueblo celebró el nacimiento de la princesa como si fuera un milagro… pero aquel llanto, ¡ah, aquel llanto!, ya venía marcado con el hierro de la condena.

Se inclinó hacia el fuego y bajó la voz:

—La niña creció entre muros de mármol y jardines de lirios, con maestros que le enseñaban más palabras de las que uno puede tragar con vino. Evaron la miraba… con orgullo, sí, pero también con remordimiento. Cada sonrisa de su hija era como un cuchillo que le recordaba la deuda.

Morren hizo una pausa dramática, dejando que el eco de sus palabras pesara sobre los soldados. Luego siguió:

—Cuando cumplió diecisiete años, la corte entera bailaba de alegría: su compromiso con el comandante de las guarniciones. ¡Qué pareja tan hermosa, decían! ¡Qué futuro tan seguro para el reino! La fuerza del acero junto a la nobleza de la corona. Pero… nadie veía la sombra que se cernía sobre ella.

Levantó un dedo, tambaleándose un poco.

—Y llegó la víspera de su cumpleaños número dieciocho. La princesa se vistió con sedas de plata, esperando el amanecer que la haría mujer. Pero… —Morren chasqueó los dedos— al abrir los ojos ya no era doncella. Era un águila gigantesca, con ojos de fuego y alas que golpeaban los ventanales como martillos divinos.

Los soldados se revolvieron incómodos.

—El palacio gritó de espanto. Los sacerdotes hablaron de maldición. Los cortesanos de castigo divino. El pueblo murmuraba que la hija de Evaron había nacido marcada. Y su prometido, el comandante… —Morren se inclinó hacia Sûran, mirándole fijo— se quedó helado. ¿Era aún su esposa… o un monstruo disfrazado?

Dejó que la pregunta flotara. Luego, con voz ronca:

—Las alas destrozaron los ventanales, pero no pudo huir. Los guardias la rodearon. Ni súplicas ni lágrimas sirvieron. La encerraron en una cueva de las Montañas Negras, vigilada día y noche, hasta que alguien decidiera qué hacer con semejante destino.

Morren golpeó la jarra vacía contra el suelo, como si pusiera punto final:

—Y así, la princesa heredera de Harzaban quedó prisionera de su propio linaje. Ni esposa, ni reina, ni doncella. Solo un ser dividido entre lo humano y lo sagrado… pagando con su vida la ambición de un rey moribundo.

El silencio reinó unos instantes. Solo se escuchaba el chisporroteo del fuego.

Morren arqueó una ceja y murmuró con media sonrisa:

—Y eso, camaradas… es lo que pasa cuando un hombre cree que puede engañar a los dioses.


***
La princesa Omotonoke (Parte 8)


Y así, Ghavri, que lo había escuchado todo, comenzó a hacerse preguntas.
¿Por qué el rey la había enviado allí, a una misión imposible?
¿Qué podía hacer para ayudar a la princesa… si no tenía nada que ofrecer?

Fue entonces cuando uno de los soldados hizo una pregunta distinta a todas las anteriores:

—¿Y cómo puede romperse una maldición así?

Sûran, con gesto pensativo, se acomodó antes de responder:

—En los años que llevo en este oficio, he visto situaciones complicadas… y he aprendido que las maldiciones siempre funcionan de la misma forma. Consisten en quitarte todo lo que es bueno para ti.
Primero viene el miedo, que te aleja de los demás. Después el aislamiento, que hace que quienes te rodean se aparten poco a poco. Y el último paso… —su voz bajó un tono— el último es la locura. Creer que todo el mundo es tu enemigo. Y cada día, la desconfianza abre un agujero más profundo.

Los demás guardaron silencio.

—¿Si existe una solución? —continuó Sûran—. Sí, siempre hay un remiendo. Pero exige algo que escasea en estos tiempos: un acto de amor verdadero.

Se inclinó hacia adelante, buscando que todos entendieran sus palabras:

—No hablo de amor como lo cuentan los juglares en sus canciones. Hablo de sacrificio. Imagina que cargas un barril de vino demasiado pesado para tu espalda. Tú no puedes seguir… pero yo tomo ese barril, arriesgo mi cuerpo y cargo con tu peso. Ese traspaso… ese reconocimiento del dolor del otro… eso es amor verdadero. Solo así puede romperse la maldición.

Sûran cerró los ojos un instante y resumió en un susurro:

—“Yo reconozco tu maldición… y ahora yo la libero”.


---

En la penumbra, Ghavri comprendió.
Comprendió lo que significaba sentirse diferente a los demás.
Y comprendió también que, si había alguien capaz de cargar con ese peso… esa era ella.

Epilogo 


“El primer monstruo que enfrentamos en el camino es siempre el problema que no sabemos resolver.
Pero el segundo… el segundo es más sutil y más cruel:
la maldición.

Esa sensación de estar condenados, de caminar por un sendero oscuro donde incluso la tierra bajo nuestros pies se resquebraja.
Y creemos que caer significa perder.

Pero no siempre es así.
A veces caer es descubrir que el bien no lucha con la fuerza, sino con paciencia.
Que el bien deja que el mal se adelante, que le permita creer que ha vencido… solo para mostrarle después su propia fragilidad.

Porque el mal, como las mentiras, es efímero.
Todo lo que nace de la calumnia, todo lo que brota del engaño, tarde o temprano se derrumba.
Las maldiciones no son más que sombras alimentadas por esas mentiras.

Y la única forma de romperlas… es con una verdad inquebrantable.
Una verdad que no se negocia, que no se esconde, que no teme al abismo.

¿No creen?”



© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.





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