Bitácora Nemoshyne. Capitulo IX. La caja.
¿Como puede contenerse "el mal" a perpetuidad?
"Al principio… no había nada.
Ni sombra.
Ni luz.
Ni siquiera el deseo de ser."
Del vacío nació Kronos,
creado solo para medir el tiempo.
Pero hubo una que se negó a ser medida: Pandora.
Portadora del Todo.
Guardiana del impulso y de la creación.
Kronos la despojó… y su forma se quebró como un orbe hecho de luz y sombra,
dispersándose en mil fragmentos que flotaron en el abismo.
En el centro de aquel estallido…
permaneció Gea.
Sola.
Incompleta.
Movida por un amor que no entendía, Gea buscó las piezas de Pandora.
Y, para unirlas, robó a las Nepherys el Aurelen,
el hilo de destino que solo los dioses podían tocar.
Con cada puntada no restauró lo que fue…
sino que creó algo nuevo.
Y a ese nuevo mundo lo llamó: Tierra.
Pero el Aurelen escondía un precio.
Un poder capaz de unir luz y vacío,
de coser lo que nunca debió tocarse.
Así, entre las costuras del nuevo mundo,
brotó algo que Gea no había previsto:
los Djinn.
No dioses.
No monstruos.
Sino un hambre tan atroz que podría devorar hasta el mismo Chaos.
—¿Pero cómo se puede contener el mal a perpetuidad?
El hambre del que hablo no es un apetito de carne o de pan, sino una sed más profunda:
el deseo irrefrenable de poseer el poder absoluto.
Para encadenar una maldad así, primero hay que mostrarle su propio reflejo, obligarla a contemplarse hasta que su imagen la devore por dentro.
Pero lo que se encierra en la oscuridad, tarde o temprano, aprende de la soledad… escucha los susurros del silencio…
y se fortalece en el eco interminable del abismo.
Y cuando eso ocurre, el espejo puede quebrarse…
y entonces esa fuerza no conocería límites: devoraría el cielo, el infierno… y hasta el propio tiempo.
Algunos dicen que, llegado ese momento, la única salida sería destruirlo.
Pero destruirlo sería como intentar borrar la tinta mientras la pluma sigue escribiendo:
la energía no se elimina… solo cambia de forma.
Así que no, el mal no puede aniquilarse.
La única manera de deshacerlo para siempre… es contenerlo.
Y para ello, se necesitan tres elementos fundamentales:
La cámara del tesoro digna de un emperador.
Millones de pepitas como granos de arena, formando un desierto oculto en las entrañas de la tierra.
Tanto oro como el peso de todos los océanos del mundo.
El Djinn, al hallarlo, lo confunde con un trono… pero sin saberlo, se sienta en su propia jaula.
El saber en la palma de su mano.
Todo el conocimiento desde el amanecer de las cosas, grabado no con tinta, sino inscrito en un laberinto de galerías sin principio ni final.
Un infinito tejido de signos que contiene el misterio del universo, para que el encadenado crea tenerlo todo… y así, se pierda en un sueño eterno de arrogancia y hambre saciada.
Silencio a perpetuidad.
Un océano de agua dulce, clara como el cristal y dulce como la miel, fluyendo sin descanso para que el ruido del mundo de los mortales jamás pueda alcanzarlo.
Pero Gea sabía que nunca sería suficiente.
A pesar de todo, creó la prisión del Djinn:
una caja simple, sin adornos, sin símbolos… para que ningún mortal supiera abrirla.
Y si alguien lo hacía, que entendiera el error y tuviera el valor de cerrarla de nuevo.
Gea no quedó satisfecha.
Con el paso de las eras, los humanos comenzaron a comprender las tres leyes fundamentales del universo:
el perdón, el amor y la esperanza.
Entonces, solo entonces, Gea ideó un plan para el día en que los mortales, por su necedad o su ambición, abrieran la caja.
> “Todo ser creado en la Tierra se rige por las doctrinas de la misma.”
“Todo ser creado por Aurelen se rige por las leyes de la misma.”
Y así, Gea descendió al mundo de los hombres disfrazada de bailarina, para llamar la atención de un rey de reyes.
Darío I, futuro emperador de la dinastía aqueménida, yació con la diosa que creó el mundo junto a Aurelen.
La misma que dio forma al Djinn.
La misma que forjó la caja.
Y así nació Kuore, mitad deidad, mitad mortal…
la única capaz de imponer al Djinn las leyes de la Tierra, si la caja fracasaba.
***
Hubo un tiempo en que el Imperio persa parecía invulnerable.
Desde los desiertos escarpados del este hasta las fértiles llanuras del Éufrates, el agua era el alma invisible de aquel mundo. Nadie la veneraba como a un dios, pero todo giraba en torno a ella: las rutas comerciales, los cultivos, los caballos de los mensajeros reales… e incluso los pensamientos de los reyes.
Los persas, conscientes de la vastedad de su territorio, no dependían de la lluvia ni de los caprichos del cielo. Construyeron lo que nadie antes había imaginado: los qanats, túneles subterráneos que transportaban agua desde los acuíferos de las montañas hasta las aldeas del desierto. A través de kilómetros de oscuridad, el agua fluía como una vena profunda y precisa, una obra de ingeniería tan silenciosa como perfecta.
En las grandes capitales —Pasargada, Susa, Ecbatana— se erguían canales y embalses. Existían jardines regados por acequias invisibles, fuentes decoradas con figuras mitológicas, pozos escalonados y aljibes ocultos entre los muros del palacio. El agua era un asunto de Estado: donde no la había, se llevaba; donde no llegaba, se cavaba hasta encontrarla.
Pero, como suele ocurrir con los sueños ambiciosos y las construcciones faraónicas, a los dioses les irrita que los mortales puedan alcanzar el cielo. Y fue entonces, en plena prosperidad, cuando llegó lo inevitable.
Llegó un año en que los pozos comenzaron a tardar más en llenarse.
Un año en que los oasis del desierto, uno a uno, empezaron a secarse y marchitarse.
En las tablillas de barro cocido de los contables reales comenzaron a aparecer palabras que solo los ancianos recordaban: escasez, reparto, prioridad.
Las lluvias se retiraron como un ejército vencido. Las montañas, que antes ofrecían manantiales de deshielo, se volvieron secas y quebradas. El sol no era nuevo, pero su intensidad era otra. Y con él, llegó el miedo.
No fue una sequía de semanas ni de estaciones. Fue una gran sequía: silenciosa, persistente, extendida por todo el corazón del imperio.
Los animales morían antes de llegar a los abrevaderos.
Las caravanas acortaban sus rutas.
Y los sacerdotes comenzaban a murmurar que, quizá, los dioses habían retirado su favor.
Los hombres hablaban de rebeliones, de tributos impagados, de la necesidad de conquistar nuevos territorios.
Mientras tanto, el emperador Darío I de Persia gastaba todos los recursos en cruzar el Egeo. Los árboles comenzaron a escasear; los soldados, para empuñar armas, también. Y lo más importante: el oro de las capitales y los tributos ya no llegaban a las arcas, saqueados por infinidad de asaltantes en los caminos comerciales.
El Imperio del Sol necesitaba un cambio. Una figura que uniera de nuevo las tierras conquistadas desde Ciro II el Grande hasta la ascensión de Darío I.
Atosa, emperatriz del mundo persa, recurrió a su círculo más secreto: los sabios de Akahsa al Manhat, conocedores de los Antiguos y del Códice Nepheryon.
Pero antes había recibido un mensaje de su esposo, Darío I: la empresa naval había fracasado, y los barcos yacían en las profundidades frente a las costas de Grecia.
Otra vez había intentado atravesar el Egeo, violando el acuerdo con Poseidón.
Atosa, como buena esposa, aguardaba en el salón imperial de Susa.
***
Imperio Persa, año 492 a.C. – Palacio Real de Susa
(Reinado de Darío I, en plena crisis interna tras las pérdidas en el mar Egeo y la gran sequía que azota el corazón del imperio.)
Hubo un tiempo en que el Imperio Persa parecía invulnerable. Desde el Indo hasta el Mediterráneo, desde los montes Zagros hasta las arenas de Egipto, sus dominios estaban unidos por carreteras, mensajeros y un orden que parecía eterno. Pero en el corazón del imperio, bajo el sol inclemente, la tierra empezaba a mostrar señales de cansancio.
El agua, ese hilo invisible que mantenía viva la grandeza persa, se volvía escasa. Los qanats –esas arterias subterráneas que traían vida a ciudades y campos– se secaban poco a poco. Los administradores de provincias enviaban tablillas con informes alarmantes: aldeas abandonadas, cosechas perdidas, tributos que llegaban cada vez más escasos. Y, con la sequía, crecían las incursiones de bandidos, la agitación de pueblos fronterizos y el rumor constante de rebelión.
En medio de esta crisis silenciosa, Darío había apostado por una empresa ambiciosa: dominar el Egeo y doblegar a Grecia. Cinco flotas había enviado hacia aquellas costas, y cinco veces el mar había devuelto sus naves hechas astillas. La última, azotada por una tormenta al norte de Naxos, se había hundido antes de tocar puerto. Ciento veinte embarcaciones… perdidas.
Y así, mientras el agua desaparecía y el oro dejaba de fluir, Atosa, emperatriz del mundo persa e hija de Ciro, aguardaba en el salón imperial de Susa. El mármol resplandecía con la luz dorada del sol poniente. El aire estaba seco, como si el desierto mismo hubiese entrado en el palacio. Un sirviente dejó a su lado una copa de vino; ella la tomó sin apartar la vista del horizonte.
---
Interior del palacio real. Tarde silenciosa.
(Se abren las puertas. Entra DARÍO, envuelto en su capa, cubierto de polvo y con el porte de un almirante que se niega a aceptar la derrota. Su rostro está tenso, pero su voz es firme, grave, con esa autoridad que nunca duda de sí misma.)
DARÍO
—Otra vez el Egeo.
(Se quita los guantes con calma)
—Una tormenta al norte de Naxos. Las naves se partieron como cáscaras.
(Se sirve él mismo vino, como si no esperara consuelo)
—Ciento veinte embarcaciones. Perdidas.
(Atosa no responde. Observa el horizonte. Da un sorbo a su copa. Silencio)
DARÍO
—Haremos otra.
(Se vuelve hacia ella, la mirada firme)
—Mejor. Más rápida. Más fuerte. No hay mar que no ceda si se insiste lo suficiente.
(Atosa se gira apenas. Su vestido de lino blanco ondea suavemente con la brisa. Habla con una calma gélida.)
ATOSA
—Cinco flotas.
(Pausa)
—Cinco veces el mismo mar.
—¿Y aún crees que es el viento quien se equivoca?
DARÍO
(Se aproxima un paso, firme)
—¿Y tú crees que un rey debe retirarse cada vez que el mar le enseña los dientes?
ATOSA
(Sin mirarlo)
—Creo que un rey no debería actuar como si tuviera algo que demostrar.
(Pausa)
—Sobre todo, a una costa que no lo quiere.
DARÍO
(Le da la espalda un momento, molesto. Luego sonríe, casi divertido, con arrogancia naval)
—¿Desde cuándo el mar le pregunta a la costa si puede tocarla?
ATOSA
(Camina despacio por la sala, acariciando una columna)
—Desde que la costa guarda secretos que el mar no puede tragar.
—Y Grecia…
(Pausa. Se gira. Lo mira por fin)
—Grecia parece tener demasiados secretos para ti.
DARÍO
(La mira fijo. Tensa la mandíbula)
—Estás equivocada.
ATOSA
(Se acerca lentamente, sus pasos suaves, calculados)
—Lo estoy.
(Sonríe levemente)
—Como lo estaba con la primera flota.
—Y la segunda.
—Y la tercera…
DARÍO
(Corta el silencio con su tono militar)
—¡Basta, Atosa!
(Recupera la calma al instante)
—No entiendes lo que significa tomar Grecia.
—Las rutas. Los puertos. La posición.
ATOSA
(Se detiene frente a él. No alza la voz, pero sus ojos son un puñal)
—¿Las rutas… o los recuerdos?
—¿Los puertos… o los fantasmas?
(Darío endurece el gesto. No responde. Atosa lo ha herido, pero no lo muestra. Ella lo sabe. Y no necesita decir más.)
ATOSA
(Se aleja de nuevo. Mira por la ventana, como si hablase al horizonte)
—Un imperio que gasta barcos para perseguir una sombra…
—No es un imperio.
(Pausa)
—Es una historia esperando naufragar.
(Atosa se detiene. Deja la copa sobre una mesa baja de alabastro. No gira del todo.)
ATOSA
—Los ojos se apagan cuando descubren que los sueños de uno son… distracciones de otro.
DARÍO
(La observa. Entrecierra los ojos. Pero no responde al dardo.)
(Pausa larga. Luego, en tono más íntimo, casi casual)
—¿Vendrás a la cama esta noche?
ATOSA
(Se vuelve apenas. Su sonrisa es una daga disfrazada de cortesía.)
—Para eso ya tienes tus concubinas.
(Pausa)
—Hoy… no me apetece.
—Creo que pasearé por el jardín.
(Darío da un paso hacia la puerta. Parece que va a marcharse… pero se detiene. Se gira lentamente, como si algo lo carcomiera por dentro. Su voz es ahora más baja, pero cargada de tensión.)
DARÍO
—Siempre me hablaste de Grecia.
—De su arquitectura, su luz, sus mentes.
—Fuiste tú quien me dijo que allí se construyen imperios que no se caen con el viento.
(Silencio)
—Y ahora… me acusas por querer lo que tú misma sembraste.
ATOSA
—Yo hablé de construir, no de hundir flotas.
—De conquistar el tiempo, no de arrastrarse por el mar.
(Pausa)
—Tú no quieres Grecia, Darío.
—Tú quieres lo que dejaste allí.
(Silencio. Largo. Incompleto. Darío se queda mirándola, pero ella ya ha vuelto la vista al horizonte.)
DARÍO
(Avanza hacia ella. La rabia se le sube al rostro)
—Por los dioses, Atosa… ¿es eso?
—Siempre me hablaste de Grecia.
—¡Fuiste tú quien me empujó hacia esa tierra!
—¿Y ahora me juzgas por querer alcanzarla?
(Atosa deja la copa sobre una mesa de mármol, sin ruido, con precisión)
ATOSA
(Fría como el acero)
—Yo hablé de Grecia…
—Tú sueñas con otra cosa.
DARÍO
(La interrumpe, señalándola con fuerza)
—¡Ah! Ya veo.
—¿Aún guardas veneno por lo que ocurrió en Persépolis?
(Atosa se vuelve, lentamente. Cruza los brazos. Hay una chispa de dolor tras su altivez.)
ATOSA
(Suave, pero hiriente)
—No fui yo quien perdió el control ante toda la corte.
—¡Por los dioses! Quemaste, a puerta cerrada, a las familias más antiguas.
—Aquellos que conocieron a mi padre…
(Pausa)
—Actuaste como un loco.
—¿Y quién se dejó humillar por una niña que nadie conocía?
(DARÍO aprieta los dientes. Da un paso hacia la mesa, toma su copa y la lanza con violencia contra el suelo. El cristal explota en mil pedazos. Un sirviente entra apresurado, pero nadie le presta atención.)
DARÍO
(Respira agitado)
—Tú no viste lo que yo vi.
—¡No fui humillado!
—Esa noche… hice lo que era necesario.
(El sirviente llena otra copa. Darío bebe con rabia. Murmura para sí, pero Atosa escucha.)
DARÍO
(Entre dientes)
—Tú no lo hubieras hecho mejor…
—Eres una mujer.
(Atosa se detiene. La frase la atraviesa. No responde. Camina lentamente hacia la puerta.)
DARÍO
—¿Adónde vas ahora… emperatriz de locos?
ATOSA
(Seca, sin girarse)
—Voy a realizar mis tareas, mi señor. Acato y obedezco.
DARÍO
(Sarcástico)
—¿Tareas? ¿Desde cuándo tú tienes obligaciones?
ATOSA
(Deteniéndose en el umbral, con voz grave y firme)
—Alguien tiene que hablar con los representantes de las provincias del imperio…
—Y ofrecer soluciones.
—Soy una mujer… y mi tarea es confrontar las flaquezas de un árbol que se seca desde la raíz.
***
*** Los sabios***
Akahsa al Manhat
Noche cerrada sobre los jardines de SUSA.
La luna se refleja en las fuentes, y el perfume de las flores se mezcla con el aire seco que baja de las colinas. ATOSA avanza sola, envuelta en un manto ligero. A lo lejos, bajo la sombra de los cipreses, la esperan los miembros del AKAHSA AL MANHAT: VAHUIN, el astrónomo; BARHAM, el historiador; y ARDESHIR, el maestro de aguas. Sus rostros se iluminan tenuemente por la luz de las lámparas de aceite.
VAHUIN:
—Majestad… no esperábamos verla esta noche.
ATOSA:
—Ni yo esperaba necesitar consejo con tanta urgencia.
(Se acerca, y los sabios se inclinan apenas, más por respeto a su temple que por protocolo).
BARHAM:
—¿Es por la derrota en el mar?
ATOSA:
—Es por algo más que barcos perdidos.
(Pausa)
Un imperio puede perder madera y hombres… y aún seguir en pie.
Pero si pierde la claridad, si se obstina contra el viento… entonces se pudre desde la raíz.
ARDESHIR:
—El rey está decidido, señora. GRECIA es para él más que una tierra: es una idea. Y las ideas… no ceden ante advertencias.
ATOSA:
(Clava su mirada en el historiador)
—Las ideas que no escuchan al tiempo… se convierten en ruinas.
(Mira al astrónomo)
—VAHUIN, ¿qué dicen los cielos?
VAHUIN:
(Con voz grave)
—Los presagios son inestables. Las mareas no obedecen la estación, y las corrientes del Egeo… son impredecibles.
Es como si el mar mismo respondiera a un designio ajeno.
ATOSA:
(Asiente, sin apartar la vista de la fuente que antaño rebosaba de agua. Sabe que las palabras son ciertas, y que la noche no le traerá paz, sino decisiones).
—Hay que hacer algo al respecto. BARHAM, ¿qué dicen las leyes sobre un sucesor? ¿Cuál sería el siguiente en la línea sucesoria?
BARHAM:
—¡Mi señora!… (Ahora lo dice en voz baja) Mi señora… os podrían ejecutar por conspirar contra vuestro esposo…
(Un grupo de centinelas hace guardia cerca de allí. ATOSA, precavida, baja la voz).
ATOSA:
—Aquí no. Venid al caer la noche, cuando todos duerman. Os espero en la cámara de AKAHSA. Allí podremos hablar sin interrupciones.
***
Escena: por la noche — Cámara de Akahsa
ATOSA
(Se sirve vino con parsimonia, sentada en un sillón de madera negra tallada, forrado en cuero rojo)
—Me preguntáis por qué he venido. Pero yo os pregunto… ¿por qué seguís aquí?
SABIO ARDESHIR
(De rostro duro, pero ojos cansados)
—Porque el saber no se mueve. Se deja alcanzar.
Y porque, mientras haya alguien que haga preguntas, los que respondemos no estamos solos.
ATOSA
—¿Y si nadie vuelve a preguntar?
ARDESHIR
—Entonces esperaremos… como piedras sumergidas, sabiendo que el río volverá. Siempre vuelve.
ATOSA
(Tras beber un sorbo, deja la copa en la mesa, pero no la suelta del todo)
—A veces me pregunto si soy yo… o solo el eco de otros pasos más firmes.
ARDESHIR
(Se toma su tiempo)
—La caída del orgullo. En los sabios. En los reyes. En mí mismo.
---
SABIO BAHRAM
(Con túnica amplia, barba larga, mirada vivaz)
ATOSA
—BAHRAM, tú no naciste aquí. Tu acento no me engaña.
BAHRAM
—Mi lengua se torció en la montaña. Mis palabras se forjaron en el silencio.
ATOSA
—¿Y por qué no te has marchado?
BAHRAM
—Porque los sabios no viajan por voluntad. Viajamos por ciclos. Y este ciclo… aún no se ha cerrado.
ATOSA
—Siempre hablas como si estuvieras a punto de irte.
BAHRAM
—Porque cada vez que hablo, dejo algo atrás.
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SABIO VAHUIN
(Con bastón de madera, algo encorvado, pero con chispa en la voz)
ATOSA
—Tú escribes demasiado. ¿Sabes que nadie lee lo que dejas en los márgenes?
VAHUIN
—Majestad, los márgenes son más honestos que los textos. Ahí no miento.
ATOSA
—¿Y qué escribiste esta mañana?
VAHUIN
—Una receta de pan. Y una advertencia sobre los cisnes.
(Se ríe con un brillo en los ojos)
ATOSA
—¿Y qué dicen los cisnes?
VAHUIN
—Que la belleza es una trampa que no saben que llevan puesta.
ATOSA
—Eso lo diría un hombre que teme mirar.
VAHUIN
—O una mujer que ha mirado demasiado.
---
(Silencio. ATOSA se pone de pie. Camina lentamente entre ellos, dejando que sus palabras se asienten).
ATOSA
—No os he preguntado nada… y, aun así, me habéis respondido. Sois como oráculos rotos. Quizá por eso os tolero.
(Los tres sabios se inclinan ligeramente. No con miedo, sino con respeto. Como si esta escena hubiera sucedido mil veces antes… y, aun así, cada vez fuera diferente).
---
VAHUIN
(Mira a los demás, irritado)
—Veo que nadie va a hacer la pregunta. Entre tanto misterio la noche se está haciendo más pesada…
Mi señora, ¿por qué habéis preguntado a mi hermano Bahram cuáles serían los siguientes en la línea de sucesión?
Majestad, mucho temo que el Reino confrontaría una multitud de guerras sin sentido. Y desgraciadamente no habría sucesor por mucho tiempo. Pero los astros confirman la vida larga y próspera de nuestro rey…
---
(La copa aún vibra levemente sobre la mesa de piedra. Atosa se ha levantado. Camina con paso firme, pero su espalda no está recta como siempre. Se detiene frente a una gran ventana sin cristal, abierta al viento del desierto. Sus manos, aún con el anillo imperial, se apoyan en el marco como si necesitara sostenerse. Los sabios se miran entre sí. No entienden el gesto. Ella nunca lo había hecho antes.)
BAHRAM
—Majestad… ¿ocurre algo? ¿Por qué la mujer más poderosa de oriente piensa en el sucesor? ¿Habéis visto flaquear al rey?
(Atosa no responde de inmediato. La brisa agita suavemente su cabello. Finalmente, con voz baja pero firme, habla sin girarse.)
ATOSA
—Mi padre domó imperios…
—Retorció montañas con la mirada, y hasta los ríos se doblegaron a su voluntad.
(Silencio. Los sabios no interrumpen.)
ATOSA
—Y yo… Yo he heredado su sombra.
—Me despierto bajo ella. Ceno a su lado. Duermo con su aliento en mi nuca.
—Y aún así, no sé qué se espera de mí.
VAHUIN
—A veces, Majestad, la sombra de un gran árbol no es prisión…
—…es refugio, mientras germina otra semilla.
ATOSA
(Gira apenas el rostro, sus ojos brillan)
—No necesito otra semilla. Lo que necesito es algo que cambie las cosas… nuestra tierra fértil se hunde poco a poco como las flotas de Darío en el Egeo, y todo parece como si los dioses se mofaran de mi destino.
ARDASHIR
—El destino no siempre se hereda. A veces… se construye con espadas. Y a veces, se revela en silencio como el canto de una nana de una madre a su recién nacido.
BAHRAM
—Majestad… los grandes nombres pesan. Algunos los llevan como estandartes, otros como cadenas. ¿Cuál es el suyo?
ATOSA
—Veo una corona que no he elegido.
—Y un espejo que no me devuelve la mirada.
—Cuando miro mi vida, veo un tapiz que otros han bordado… y un espacio en blanco donde mi hilo nunca ha tocado la tela.
(Los sabios guardan silencio. Hay algo sagrado en esa confesión. Bahram se inclina con lentitud, con la solemnidad de quien honra un momento irrepetible.)
VAHUIN
—¡Por los dioses! Otra vez…
—Lo que usted ha dicho, nadie antes lo ha pronunciado en esta sala.
(Atosa se aparta de la ventana. El vino sigue en su copa, olvidado. Se detiene en el centro de la estancia. La luz dorada de la tarde acaricia las columnas.)
ATOSA
—No necesito respuestas hoy.
—Solo quería saber si había alguna posibilidad… de cambiar las cosas.
***
(La emperatriz Atosa permanece junto a la ventana. El vino en su copa refleja la luz como si guardara un pequeño incendio. Los sabios se han levantado para marcharse, pero algo en la postura de la emperatriz —una quietud demasiado medida— los detiene. Bahram, el más anciano, da un paso hacia ella. Sus manos, cruzadas a la espalda, tiemblan apenas.)
Bahram
—Majestad…
¿Puedo contarle algo?
(Atosa no responde. Solo roza el borde de la copa con el dedo, como si midiera el tiempo por la vibración del cristal. Bahram interpreta el silencio como permiso y comienza.)
Bahram
—Una vez conocí a un anciano que vivía solo, en la cima de una colina sin árboles.
Le pregunté por qué vivía allí. Me dijo:
"Porque un día, una niña subió llorando. No sabía quién era. Me pidió que le dijera qué debía hacer con su vida."
Yo le hablé de mapas y de destinos.
Pero la niña me dijo:
"¿Y si mi destino no es una montaña que escalar, sino un río que ya estoy cruzando sin darme cuenta?"
Y se desvaneció en la niebla.
(Bahram calla. Atosa se gira lentamente. Sus ojos, agudos como hojas recién afiladas, lo atraviesan. Bebe un sorbo breve, dejando que el vino permanezca en su boca un instante antes de tragar.)
Atosa
—Qué historia tan… encantadora.
¿Y cuántos poetas lloraron cuando la escribisteis?
(El sarcasmo cae como una daga envuelta en terciopelo. Los otros sabios bajan la mirada. Bahram ni parpadea. Atosa se sienta con una elegancia medida, apoya la copa en una bandeja y juguetea con el borde.)
Atosa
—He escuchado historias toda mi vida, Bahram.
De colinas, de niños, de dioses que se disfrazan de mendigos…
Y, sin embargo, aquí estoy.
Casada con un hombre que habla con piedras,
y heredera de un imperio que tiembla cuando el agua escasea.
(Su voz no sube, pero algo en su tono provoca un leve estremecimiento en Ardeshir, el segundo sabio. Da un paso al frente. Sus palabras suenan más cálidas, como un leño encendido en una noche fría.)
Ardeshir
—Majestad…
Entonces, permitidme contaros otra historia.
Una menos poética.
(Atosa lo mira, sin sonreír.)
Ardeshir
—Había una mujer criada entre oro… pero amaba el barro.
Su padre era un guerrero, su madre… una sombra de palacio.
Creció oyendo hablar de linajes, de deberes…
Repetía palabras que no sentía.
Hasta que un día, en medio de un festín,
se levantó, se quitó las joyas y dijo:
"No soy la hija de nadie. No soy la esposa de nadie.
Soy la mujer que todos esperaban que fuera otra cosa."
Y se fue.
Y no volvió jamás.
(Atosa lo escucha sin pestañear. Su mirada ya no está en Ardeshir, sino más allá de la ventana, como si hubiera visto algo que los demás no pueden.)
Ardeshir (en voz más baja)
—Tal vez no buscamos respuestas, Majestad.
Tal vez buscamos el valor de ser lo que ya somos… sin permiso.
(Atosa permanece inmóvil. Luego toma su copa, bebe y se incorpora con lentitud. Da unos pasos hacia la puerta… pero se detiene. Gira la cabeza hacia el tercer sabio. Su mirada, ahora más oscura, lo desafía.)
Atosa
—¿Y tú?
¿Qué historia vas a contarme?
¿La de una mendiga que se convirtió en estrella?
¿O la de un dios disfrazado de mendigo que ofrece pepitas de sabiduría a cambio de una limosna de atención?
(Vahuin, el tercer sabio, no se inmuta. La observa como quien mira un fuego que no consume. Antes de hablar, deja que el silencio pese lo suficiente para que todos contengan el aliento.)
Vahuin (inclinando apenas la cabeza, con una media sonrisa que no llega a los ojos)
—No, Majestad.
Mi historia no es sobre mendigos ni sobre estrellas.
Es sobre… el silencio.
(Hace una pausa. No la pausa de quien busca la palabra, sino de quien quiere que el otro la busque por sí mismo.)
Vahuin
—La Caja.
Atosa (arqueando una ceja, seca)
—No tengo tiempo para jugar, Vahuin.
Vahuin (su tono se afila, pero sin perder la cortesía)
—Oh, no, mi señora. No es un juego.
Y os aseguro que esta historia no es como las demás.
De hecho… forma parte de la leyenda de vuestro legado.
Una historia de los días de Ciro I.
(Sus ojos se clavan en ella, calculando cada reacción antes de proseguir.)
---
La Caja de Anshan
Eran tiempos oscuros.
El miedo se palpaba en el aire caliente y en la sequedad de los labios.
El bien más preciado del Nuevo Reino aqueménida se estaba agotando.
El sumo sacerdote envió guerreros a buscar reliquias que ofrecieran un contacto directo con los dioses.
Pero, una noche, un soldado soñó con una caja.
Tres días y tres noches después, llegó exhausto a Susa con ella entre sus manos.
Y el imperio se llenó de susurros y conspiraciones.
El gran salón de columnas de Anshan estaba envuelto en un silencio expectante.
En el trono, Ciro I de Anshan, abuelo de la princesa Atosa, observaba a los sabios, escribas y magistrados reunidos aquella mañana.
Había hecho llamar a los más ilustres hombres del imperio, no para discutir leyes ni tributos, sino para resolver un enigma traído de las entrañas de la tierra.
En el centro de la sala, sobre un pedestal de basalto, reposaba una caja cúbica, lisa como el vidrio y más oscura que la noche.
No tenía bisagras, ni ranuras, ni cerradura visible.
Su superficie absorbía la luz de las antorchas.
Uno de los consejeros rompió el silencio:
—Majestad, nadie ha logrado abrirla.
Ciro, con voz grave, respondió:
—Entonces traed al hombre del que tanto he oído hablar.
Las puertas se abrieron. Dos guardias arrastraban a un joven encadenado: Emir, maestro en cofres y mecanismos imposibles de forzar.
Ciro lo miró como si intentara descifrarlo.
—Dicen que puedes leer un mecanismo como otros leen un pergamino.
Emir respondió sin levantar la vista:
—El mundo es un recipiente… y nosotros, las infinitas interpretaciones de un deseo que nunca se cumplió.
Un murmullo recorrió la sala.
Ciro señaló la caja.
—Convéncela de abrirse… y quizás olvidemos tus cadenas.
Emir se inclinó sobre ella.
No la tocó de inmediato.
Primero, cerró los ojos… como si escuchara algo.
Y entonces… sonrió.
---
Vahuin (mirando a Atosa como si ella fuera esa caja)
—Algunos cofres se abren con llaves.
Otros… con tiempo.
Y los más importantes… solo con la verdad que contienen.
(Atosa no dice nada, pero la copa en su mano tiembla imperceptiblemente. Vahuin lo nota.)
***
Le retiraron los grilletes con un chasquido metálico. Emir no se movió al principio.
Permaneció frente a la caja, estudiándola con los ojos entornados, como si cada veta de su superficie le susurrara algo que los demás no podían oír.
Acercó una mano, pero no llegó a tocarla. Las yemas de sus dedos quedaron a un suspiro de la madera. Algo había visto… o sentido. Retrocedió un par de pasos, sin apartar la vista de ella.
El jaguar de Ciro I lo observaba desde las escaleras del trono. Sus ojos dorados, inmóviles, tenían un brillo depredador, como si esperara su primer error para lanzarse.
Entonces, Emir metió la mano en el interior de su túnica. Al sacarla, sostenía una flauta corta de madera oscura, pulida por el tiempo.
Un murmullo recorrió la sala. Nadie entendía cómo había podido conservar aquello en las mazmorras.
La llevó a los labios y sopló. Ningún sonido llenó el aire.
Y sin embargo, algo sí lo escuchó.
El jaguar se irguió. Descendió lentamente los escalones, atravesó la sala y se plantó frente al carpintero.
Los consejeros contuvieron la respiración: todo indicaba que estaba a punto de desgarrarlo.
Pero no lo hizo.
El animal habló. Su voz era profunda y áspera, pronunciando en el Idioma Antiguo una frase que se clavó en el pecho de todos, aunque ninguno pudiera traducirla:
> "El mundo es un recipiente, creado por un propósito.
Y nosotros somos las diversas interpretaciones de un deseo no cumplido."
En ese instante, la caja comenzó a vibrar. Pequeños engranajes invisibles se activaron con un susurro metálico. Del lateral izquierdo emergió un cajón diminuto, y en su interior reposaba un emblema: un triángulo que contenía tres triángulos más pequeños en su interior, forjado en metal antiguo.
El símbolo brillaba con una luz tenue, como un fragmento de estrella atrapado.
***
El jaguar inclinó la cabeza, las fauces apenas entreabiertas, y habló con una solemnidad que hizo estremecer a los presentes:
—Has hallado el primer misterio, maestro de la madera.
En el horizonte, siguiendo el sol de la noche hasta el cañón de la Media Luna, yace دل زمین (Del-e Zamin), el corazón de la tierra.
Allí aguarda el tesoro más grande que ojos humanos hayan contemplado en generaciones: un alijo digno de un emperador.
Emir llevó una mano al pecho y se inclinó brevemente hacia el jaguar, en un gesto de respeto y aceptación.
El animal lo sostuvo con su mirada dorada, como sellando un pacto invisible.
Uno de los visires avanzó con cautela, tomó el símbolo recién revelado y lo presentó ante Ciro I, quien lo observó en silencio, girándolo lentamente entre sus dedos.
Tras un leve asentimiento del rey, la reliquia fue entregada nuevamente al guardia principal.
Un murmullo inquieto recorrió la sala. Emir no apartó la vista de la caja.
Se inclinó sobre ella, buscando el segundo misterio.
Esta vez, su flauta permaneció muda; ningún llamado despertó a los engranajes ocultos.
Guardó silencio, dejando que el latido del salón se confundiera con el suyo.
Los guardias de Ciro I, impacientes, comenzaron a acercarse, convencidos de que el carpintero había fracasado.
Entonces, Emir dio un paso hacia adelante, con la determinación de quien se enfrenta a una amante esquiva.
Se inclinó hasta que sus labios quedaron a un suspiro de la superficie del cofre y susurró:
—Revela tu enigma…
Y posó un beso sobre la madera.
No fue un acto de ambición, sino un gesto de afecto sincero, nacido desde lo más hondo de su ser.
La caja tembló.
Un susurro mecánico recorrió su interior, y del lateral derecho emergió lentamente un pequeño cajón.
Antes de que Emir pudiera ver su contenido, un destello dorado descendió desde las alturas del salón.
Un ave de plumaje radiante se posó frente a él, desplegando sus alas con majestuosidad.
—Durante siglos creímos que ningún hombre poseía un corazón puro —dijo el ave, en el idioma olvidado de los antiguos acedores—.
Pero el saber se abre ante tus ojos, valiente hacedor de madera.
Este es el misterio del conocimiento: en el desierto del Sur encontrarás el Océano de Fuego.
Sigue el lado opuesto al sol de la noche, justo en el cinturón del cazador, y allí hallarás el saber digno de un emperador.
Tras pronunciar sus palabras al carpintero, el ave inclinó su pico y tomó con delicadeza el sello: un disco de metal antiguo, grabado con la forma de un sol cuyos rayos parecían palpitar con vida propia.
Con un vuelo elegante, se dirigió hacia el trono, pero no se detuvo ante Ciro I. En cambio, se posó brevemente frente a la joven que permanecía junto al rey. Sin decir palabra, depositó el sello en sus manos, como si fuera ella —y no su padre— la verdadera guardiana de aquel misterio. El Simurgh inclinó la cabeza hacia la joven, sus ojos como dos brasas antiguas llenas de compasión.
—Cuando la noche se alarga más allá del alba, es porque el sol se prepara para un amanecer más grande —susurró en el idioma de los antiguos acedores—. Guarda la fe, pues el corazón que amas aún no ha dicho su última palabra.
La joven lo recibió en silencio, y el Simurgh, con un leve batir de alas, se posó en un lateral del trono, erguido como un centinela ancestral.
El tercer misterio.
El más difícil de todos.
Un silencio reverente envolvió la sala.
¿Qué podía hacer un simple carpintero ante el enigma más insondable que el cofre ocultaba?
Todos aguardaban.
Los ojos de reyes, generales, escribas y sabios estaban fijos en él.
Hasta el jaguar de Ciro I, aún recostado junto al trono, mantenía la mirada expectante.
Pero Emir ya conocía la respuesta.
Caminó lentamente hasta el centro de la sala, se arrodilló ante Ciro I —el aire parecía más denso, como si la misma caja escuchara— y dijo con voz grave:
—Lo siento, señor. Este no puedo abrirlo…
Para hacerlo, tendría que haber sido consumido por la oscuridad… y renacer de nuevo.
Un murmullo se esparció como una ola.
Ciro I frunció el ceño, los nobles se removieron en sus asientos, y los escribas se miraron entre sí, sin saber si registrar aquellas palabras o dejarlas caer en el olvido.
La tensión se podía cortar con un sable.
La caja permanecía inmóvil, pero parecía más pesada, como si supiera que su último secreto requería un precio que nadie allí estaba dispuesto —o preparado— a pagar.
---
Los consejeros comenzaron a murmurar entre sí, buscando una manera de forzar el último secreto.
Uno, de barba trenzada y mirada astuta, dijo:
—Podemos encerrarlo en la torre más alta durante cuarenta días y cuarenta noches, privarlo de agua y luz. El sufrimiento abrirá la puerta de su alma.
Otro, con voz chillona y un anillo en cada dedo, propuso:
—No hace falta tanta espera. Quememos sus manos y su taller. Así, al arrebatarle su oficio, la oscuridad entrará en su corazón.
Un tercero, más cruel, sonrió con malicia:
—Hagamos que vea a su familia creyéndolo traidor y enemigo del reino. La vergüenza y la soledad lo consumirán.
Pero antes de que el rey pudiera responder, el jaguar se incorporó lentamente, clavando sus ojos dorados en el carpintero. Su voz, grave como un trueno antiguo, resonó en la sala:
—Solo hay una cosa que pueda ensombrecer el alma de un mortal.
El ave, que aún reposaba en el brazo del trono, giró lentamente la cabeza hasta fijar su mirada en la joven princesa.
Ella, al sentirlo, alzó los ojos y sostuvo la mirada de aquella criatura, como si en ese instante el resto de la sala hubiera desaparecido.
Su corazón se agitó, recordando el rostro de su amado, prisionero de un destino incierto. Sintió que aquel ser alado podía ver a través de su miedo y su esperanza.
Con un tono suave, casi melancólico, el ave dijo:
—Solo un sentimiento tan profundo… y olvidado en estos tiempos… puede hacer tal cosa.
Hizo una pausa. Sus ojos no se apartaban de los de la princesa.
Y entonces, con un leve susurro que resonó en toda la sala, añadió:
—El amor verdadero.
Un silencio pesado se adueñó del lugar… hasta que tres nobles, sentados a la derecha del trono, rompieron la tensión con carcajadas llenas de sarcasmo.
Sus risas arrastraron a otros presentes, que se unieron con burlas y murmullos incrédulos, como si aquella idea fuera una reliquia absurda de un mundo que ya no existía.
Pero Emir… Emir bajó la mirada, como si ya conociera esa verdad desde mucho antes de entrar a la sala del trono.
***
Ciro I se quedó mirando al carpintero, arrodillado, con la misma quietud con la que se mira a un esclavo insumiso.
Su voz, grave pero controlada, se abrió paso en el silencio:
—¿Debo recordarte por qué estás aquí, Emir? —sus ojos no parpadeaban—. Nunca entendí por qué la felicidad de mi hija cambió de la noche a la mañana. Por qué insistía tanto en que una princesa podía compartir sus días con un plebeyo como tú.
El rey dio un paso más cerca, inclinándose hasta que su sombra cubrió al carpintero.
—No me enfurece —continuó, con un matiz de amargura—. Lo comprendo. Pero esto… —miró el cofre— demuestra que nunca amaste a mi hija. Y con eso… —su mano se cerró en el cuello de la túnica de Emir, tirando de él con fuerza brutal— me ofendes por segunda vez.
Lo alzó apenas del suelo, con el rostro del carpintero a un palmo del suyo.
—Descubrid el tercer misterio… —susurró, con una amenaza que helaba la sangre— o sufriréis el mayor de los tormentos que mi imperio pueda concebir.
El murmullo en la sala cesó. Los generales evitaron mirarse. Los animales guardaron silencio. Y la caja… la caja permanecía inmóvil, como si aguardara algo que ni siquiera el rey podía ordenar.
Emir alzó la vista. La princesa, sentada junto a su padre en el trono, lo miraba con los labios temblorosos, sus ojos oscuros diciéndole sin pronunciar palabra: Por favor… no lo hagas.
El carpintero sintió que algo se quebraba en su pecho. Inspiró hondo, cerrando los párpados con fuerza, como quien se despide del mundo.
—Mi señor… —su voz fue apenas un hilo— haced vuestra voluntad.
Los guardias, obedeciendo la orden, desenvainaron las espadas. Uno de ellos levantó el filo, dispuesto a descargarlo sobre el cuello de Emir.
Y entonces, ocurrió.
Un temblor sordo recorrió el suelo, haciendo vibrar los pilares. Desde un rincón de la sala, al pie de un alto pilar, una estatua majestuosa comenzó a resquebrajarse. Era la figura de Anahita, diosa de las aguas y la fertilidad: su túnica de piedra caía en pliegues perfectos, de sus hombros brotaban alas extendidas, y a sus pies las olas esculpidas se enroscaban en torno a dos leones marinos. Sus ojos, de lapislázuli incrustado, se iluminaron con un fulgor imposible.
La piedra crujió como si respirara. Los fragmentos cayeron al suelo, revelando piel pálida bajo la corteza mineral. Con un estruendo profundo, Anahita bajó del pedestal, y cada paso que daba sonaba como una ola rompiendo contra la roca. Los soldados retrocedieron, incapaces de sostener la mirada.
La diosa se acercó al cofre, que comenzó a temblar y abrirse. Sus paneles lisos se desplazaron con un movimiento hipnótico hasta mostrar un sello grabado: una espiral perfecta, infinita.
Anahita posó la mano sobre el sello y habló, su voz como el murmullo de un río y el rugido de una tormenta:
—Valiente hacedor de madera, de corazón puro como el oro… habéis ofrecido vuestra vida por el bien y destino de la persona a la que amáis.
Se volvió hacia Emir y, acercándose lo suficiente para que solo él pudiera escuchar, susurró:
—Anteponer vuestra vida por encima de todo os concede el privilegio de conocer el paradero de la mayor fuente sagrada que un emperador pueda poseer.
Entonces se irguió y proclamó para todos:
—Atravesad el Egeo por el Helesponto… arrodillaos ante la soberana del mundo… y obtendréis las aguas de un manantial que apagará la sed de millones de generaciones.
El silencio que siguió era tan denso que ni el respirar de los soldados se escuchaba. La princesa tenía las manos en el pecho, conteniendo un sollozo. Ciro I no apartaba la mirada del sello de la espiral… y en sus ojos se mezclaban la ambición y algo que no era fácil reconocer: temor.
***
(Vahuin, acababa de pronunciar las últimas palabras de la historia en la cámara de Akahsa. Atosa estaba sorprendida, como cuando alguien encuentra una solución.)
Atosa:
—Helesponto… —dijo como quien, tras una larga búsqueda, encuentra por fin la pieza que faltaba en un enigma.
Vahuin:
—Creo entender, mi señora, que he dicho algo que la ha molestado. Y, si no es así, entonces su reacción y su lenguaje corporal la han delatado. ¿Me equivoco, majestad?
Atosa:
—Solo hay una forma de confrontar un acuerdo inquebrantable, Vahuin...
—(Pausa. Sus ojos se endurecieron, pero en ellos también brilló una chispa nueva.)— ...Y ahora sé que un dios también puede engañarse.
El silencio se instaló en la sala. Vahuin y los otros sabios intercambiaron miradas, pero nadie se atrevió a preguntar más.
Atosa, sin embargo, ya no estaba presente en aquella conversación: su mente viajaba lejos, sobre mapas invisibles, hacia aguas aún no reclamadas.
Esa noche no durmió. Caminó por los corredores del palacio, con el sonido de sus pasos como único testigo, hasta que la primera luz del alba tiñó de oro las columnas.
A la mañana siguiente, hizo llamar a los ingenieros navales, a los cartógrafos de Anatolia, a las mejores familias de carpinteros y albañiles… y, sobre todo, a su marido: Darío I.
***
Nemoshyne
*"Araneus diadematus.
Muchos la conocen como la araña de jardín…
Una auténtica ingeniera de precisión.
No nació con un don.
Su maestría… es fruto de la experiencia.
De errar… y volver a intentarlo una y otra vez.
Antes de tender un solo hilo, debe encontrar… un anclaje sólido.
No vale cualquier cosa.
La experiencia le enseñó que la paciencia… y el valor… son virtudes.
Por eso, antes de crear su principal trampa, explora… estudia el comportamiento de su entorno.
Si falla, vuelve a intentarlo.
Si acierta… lo aprendido se convierte en arma, y su arte de la caza se perfecciona.
El mal… es igual.
Se mueve en la oscuridad… donde nadie lo ve.
Teje despacio, en silencio, reforzando cada hilo con lo que aprende.
Su objetivo es claro… y concreto.
No improvisa.
No se distrae.
No descansa.
En ese momento… el mal parece perfecto.
Indestructible.
Un depredador impecable.
Porque el mal no actúa con prisa.
Se sienta… espera… y estudia.
No necesita exponerse: manda señales, deja rastros, crea hábitos en sus presas.
Teje una red invisible hecha de decisiones, de miedos y tentaciones.
No siempre ataca de frente; a veces solo mueve un hilo… y observa cómo la víctima se enreda sola.
Cada error humano es un hilo más en su estructura.
Cada deseo no controlado… un punto de anclaje.
Su verdadera fuerza no está en el golpe final… sino en el momento en que la víctima se da cuenta… de que ya estaba atrapada antes de saber que había una trampa.
(En ese mismo instante… un insecto desprevenido cae en la red.
La araña detecta las vibraciones.
Se tensa.
Avanza, paso a paso, hacia su presa.
Su momento ha llegado…)
Pero…
(De repente, una pelota golpea la tela.
La seda se desgarra.
La araña pierde pie y cae al suelo.
Y mientras el niño corre a recoger su pelota… sin darse cuenta… la pisa.)
Nada… está por encima de nada.
Ni siquiera el mal.
Porque en cualquier momento… todo puede cambiar."*
¿ No creen?
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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