La Mansión Belleflur. Capi 11. Jean du Manson



Bellefleur, una fortaleza que no solo simbolizaría su poder, sino también su deseo de comenzar de nuevo. Pero en el fondo de su corazón, Etienne sabía que no podría escapar tan fácilmente de la oscuridad que lo había seguido toda su vida. Pues al igual que una vela precisa de oscuridad, la entidad le había perseguido desde entonces. No basto con las llamas...

En el año 1372, cuando Etienne de Rochefort decidió levantar la imponente mansión Bellefleur, convocó a los más renombrados arquitectos de toda Francia. El sueño de Bellefleur era el de una casa que resistiera los embates del tiempo y que, por su magnificencia, quedara grabada en los anales de la historia. La construcción, sin embargo, se vio rápidamente envuelta en desgracias y tragedias, como si fuerzas oscuras se opusieran a su creación.

Entre los candidatos a maestro constructor destacaban tres nombres:

Henri de Valcourt, un arquitecto joven y prometedor, quien dominaba las técnicas góticas y ya había levantado varias iglesias en Normandía. Henri murió una semana después de comenzar las obras, cuando un andamio se desplomó sobre él bajo circunstancias extrañas. Ninguno de los obreros cercanos pudo explicar cómo una estructura tan sólida se derrumbó sin previo aviso.

Pierre Lavoisier, un hombre meticuloso y calculador, famoso por sus innovadoras técnicas de fortificación militar. Durante la construcción de los cimientos, Pierre fue encontrado muerto en su tienda una madrugada. Sus ojos, abiertos de par en par, mostraban un pánico indescriptible. No había señales de violencia, pero su corazón se había detenido como si hubiera visto algo que lo aterrorizó hasta la muerte.

Jacques LeFleur, un maestro constructor con más de tres décadas de experiencia, conocido por levantar monasterios en las montañas. Jacques cayó desde la torre más alta de la mansión durante una inspección nocturna. Aquellos que lo encontraron afirmaron que no había marcas de lucha, pero lo curioso era que los pocos obreros que trabajaban esa noche dijeron haber escuchado susurros en el viento momentos antes de su caída, como si alguien, o algo, lo hubiera empujado al vacío.

Pero no solo los arquitectos sufrían bajo la sombra de Bellefleur. Tres obreros también encontraron su fin de manera extraña.

El primero, Claude Martineau, murió aplastado por un bloque de piedra que, inexplicablemente, se soltó durante el ascenso con poleas. Según los testigos, las cuerdas que sostenían la roca estaban en perfecto estado, y no debería haber cedido.

Georges Lemoine, otro de los albañiles, desapareció durante la noche. Su cuerpo fue encontrado días después en un pozo cercano, con signos de haber intentado salir, pero la pregunta que nadie pudo responder fue por qué se encontraba allí en primer lugar.

Finalmente, René Dupont, el más joven de los obreros, fue encontrado en el sótano del castillo con la piel cubierta de ampollas y los labios teñidos de negro. Los médicos no pudieron determinar qué le había sucedido, pero los rumores entre los demás trabajadores afirmaban que René había descendido a los túneles bajo la mansión, donde decían que se oían extraños cánticos durante la noche.

Con el pánico creciendo entre los obreros y los misteriosos accidentes acumulándose, la construcción de Bellefleur se detuvo durante un largo tiempo. Nadie quería acercarse al lugar, y la obra parecía condenada.

Fue entonces cuando apareció Jean du Manson, un arquitecto de edad avanzada y reputación inigualable, cuya mente iba más allá de los esquemas convencionales de su tiempo. Jean no dibujaba planos como los demás. En su lugar, creaba complejas maquetas, construidas con cuerdas y pesos, que simulaban las tensiones y fuerzas que las piedras y estructuras tendrían que soportar. Era un hombre meticuloso, que parecía tener una conexión profunda y misteriosa con la propia tierra. A menudo hablaba de cómo las edificaciones no eran meramente edificios, sino organismos vivos que respiraban y reaccionaban a los elementos.

Uno de los mayores desafíos que Jean enfrentó fue el fuerte viento que venía del noroeste, un viento traicionero que amenazaba con desgarrar cualquier estructura que no estuviera debidamente anclada. Jean, utilizando sus maquetas, ideó un sistema de contrafuertes y pesados muros inclinados que canalizaban el viento, distribuyendo su fuerza en la mampostería de la mansión.

El siguiente obstáculo fue aún más preocupante. El suelo sobre el que se erigiría Bellefleur no tenía la solidez necesaria, algo que no se había previsto inicialmente. Jean ordenó excavar mucho más profundo de lo planeado, creando unos cimientos que alcanzaban el lecho de roca firme. Esto supuso un incremento considerable en el tiempo y los costos de la obra, pero Jean insistía en que era la única forma de asegurar la estabilidad de la mansión.

***

Los recursos de Etienne se agotaron rápidamente. El orgullo de la familia Rochefor comenzó a desmoronarse junto con sus finanzas, y pronto, la desesperación lo llevó a tocar puertas que no habría considerado en otro tiempo. Entre ellas, la de la familia Roucheverneaux, un linaje antiguo y orgulloso que miraba con escepticismo a quien alguna vez había sido su aliado y ahora era un hombre caído en desgracia. Así fue como, con el corazón cargado de inseguridad y pesar, Etienne se encontró frente a Marcel Roucheverneaux, un hombre de rostro severo, marcado por los años y los secretos de su linaje.

Marcel Roucheverneaux: Sé lo que estás pensando, Etienne. ¿Por qué no me quemasteis junto con el castillo? No te mentiré: todos lloramos la pérdida de Amélie. Pero lo que más dolió, lo que rompió más que cualquier llama, fue que convirtieras en cenizas el legado de nuestra familia. El castillo Rochefortaux... era un símbolo de quienes somos, un pilar que ningún Roucheverneaux habría osado destruir. Mi hermano jamás te habría perdonado... Pero aquí estás, y al fin y al cabo, eso es lo único que importa.

Etienne bajó la cabeza, las palabras golpeaban con el peso de un legado que se le escapaba de las manos.

Marcel: No me preocupa que decidieras llamarte Rochefor. Salvaste a Francia, y ese título es tuyo por derecho propio. Pero sabes que no todos piensan como yo. Sin embargo, si aceptas llevarte el cuadro... será como si nunca hubieras partido. Si lo colocas en el salón principal, sabrás que aún tienes nuestro respaldo.

Etienne: ¡Gratitud, sire! Pero... nunca he entendido la importancia de este retrato. ¿Quién es Lucilla Flavia?

Marcel sonrió levemente, pero sus ojos mostraban algo más, una sombra de tristeza o tal vez reverencia, mientras observaba el retrato de cuerpo entero que había permanecido en la familia por siglos.

Marcel: ¿Nunca te contaron la historia?

Marcel se levantó y comenzó a caminar despacio alrededor del cuadro, su figura proyectando una larga sombra que casi tocaba los pies desdibujados de Lucilla Flavia.

Marcel: Lucilla Flavia fue una mujer noble, hija de una familia patricia de tiempos inmemoriales, descendiente directa de la sangre que dio forma al imperio de Julio César. Pero ella no fue solo un símbolo de su linaje. Cuando Roma estaba al borde del abismo y sus legiones habían abandonado la ciudad, fue ella quien organizó la defensa de los barrios donde residían las familias patricias. No era una guerrera, Etienne, pero tenía el corazón de una.

Etienne escuchaba en silencio, mientras sus ojos volvían a posarse en el rostro cubierto de Lucilla. Recordaba haber temido ese cuadro desde niño, pensando que contenía algún tipo de maldición o que era, de alguna manera, la fuente de la oscuridad que lo atormentaba. Sin embargo, ahora sentía algo distinto, algo cercano, un hilo invisible que lo unía a aquella figura de la que sabía tan poco.

Marcel: Un grupo de galos, aliados de los visigodos, lograron infiltrarse en las defensas de Lucilla. La capturaron y la sometieron a un tormento que desafía cualquier descripción. Desfiguraron su rostro, pretendiendo borrar su identidad y humillarla ante Roma entera. Pero su silencio, su resistencia al dolor, se convirtieron en un símbolo de todo lo que Roma una vez representó. Finalmente, la llevaron al centro de la ciudad, con un velo blanco cubriendo su rostro. Quisieron convertirla en un símbolo de derrota, pero lo que hicieron fue inmortalizarla.

Etienne: Pero... ¿qué tiene que ver con nuestra familia? ¿Por qué tanto empeño en que este cuadro permanezca?

Marcel se detuvo frente a Etienne, su mirada penetrante.

Marcel: Existe una creencia antigua en la familia Roucheverneaux, un pacto conocido como Aqua et Cor. Tal vez hayas oído hablar de ella.

Etienne asintió lentamente, recordando los susurros de la tradición Valenia, enseñada solo a los miembros más cercanos. Era una creencia filosófica, atribuida al pensador romano Valerius Quirinus, que estudió los ciclos del agua como un reflejo del destino humano.

Marcel: Según los Valenios, el ciclo del agua y el destino están entrelazados. El agua cae del cielo, se ensucia con barro y sangre, pero siempre encuentra su forma de purificarse, de volver a ser agua. El pacto de Aqua et Cor era un juramento entre amantes dispuestos a sacrificarse por el otro, prometiendo encontrarse de nuevo en otra vida, sin importar maldiciones, oscuridades o el capricho de los dioses. Lucilla hizo ese pacto.

Etienne permanecía en silencio, sus pensamientos revueltos. La conexión se hacía cada vez más clara, y con ella, el peso de una responsabilidad que iba más allá de su entendimiento.

Marcel: Cuando tomes este cuadro, recuerda lo que significa. Aqua et Cor no es solo una promesa de amor, Etienne. Es una declaración de resistencia, una voluntad que ni la oscuridad, ni el odio, ni el tiempo pueden borrar.

Etienne miró el cuadro una vez más. Y por primera vez, sintió que las sombras que le perseguían podrían ser algo más que un tormento. Tal vez, solo tal vez, podría ser un eco de algo más antiguo, algo que aún debía descubrir.

***
Los recursos de Etienne se agotaron rápidamente. El orgullo de la familia Rochefor comenzó a desmoronarse junto con sus finanzas, y pronto, la desesperación lo llevó a tocar puertas que no habría considerado en otro tiempo. Entre ellas, la de la familia Roucheverneaux, un linaje antiguo y orgulloso que miraba con escepticismo a quien alguna vez había sido su aliado y ahora era un hombre caído en desgracia. Así fue como, con el corazón cargado de inseguridad y pesar, Etienne se encontró frente a Marcel Roucheverneaux, un hombre de rostro severo, marcado por los años y los secretos de su linaje.

Marcel Roucheverneaux: Sé lo que estás pensando, Etienne. ¿Por qué no me quemasteis junto con el castillo? No te mentiré: todos lloramos la pérdida de Amélie. Pero lo que más dolió, lo que rompió más que cualquier llama, fue que convirtieras en cenizas el legado de nuestra familia. El castillo Rochefortaux... era un símbolo de quienes somos, un pilar que ningún Roucheverneaux habría osado destruir. Mi hermano jamás te habría perdonado... Pero aquí estás, y al fin y al cabo, eso es lo único que importa.

Etienne bajó la cabeza, las palabras golpeaban con el peso de un legado que se le escapaba de las manos.

Marcel: No me preocupa que decidieras llamarte Rochefor. Salvaste a Francia, y ese título es tuyo por derecho propio. Pero sabes que no todos piensan como yo. Sin embargo, si aceptas llevarte el cuadro... será como si nunca hubieras partido. Si lo colocas en el salón principal, sabrás que aún tienes nuestro respaldo.

Etienne: ¡Gratitud, sire! Pero... nunca he entendido la importancia de este retrato. ¿Quién es Lucilla Flavia?

Marcel sonrió levemente, pero sus ojos mostraban algo más, una sombra de tristeza o tal vez reverencia, mientras observaba el retrato de cuerpo entero que había permanecido en la familia por siglos.

Marcel: ¿Nunca te contaron la historia?

Marcel se levantó y comenzó a caminar despacio alrededor del cuadro, su figura proyectando una larga sombra que casi tocaba los pies desdibujados de Lucilla Flavia.

Marcel: Lucilla Flavia fue una mujer noble, hija de una familia patricia de tiempos inmemoriales, descendiente directa de la sangre que dio forma al imperio de Julio César. Pero ella no fue solo un símbolo de su linaje. Cuando Roma estaba al borde del abismo y sus legiones habían abandonado la ciudad, fue ella quien organizó la defensa de los barrios donde residían las familias patricias. No era una guerrera, Etienne, pero tenía el corazón de una.

Etienne escuchaba en silencio, mientras sus ojos volvían a posarse en el rostro cubierto de Lucilla. Recordaba haber temido ese cuadro desde niño, pensando que contenía algún tipo de maldición o que era, de alguna manera, la fuente de la oscuridad que lo atormentaba. Sin embargo, ahora sentía algo distinto, algo cercano, un hilo invisible que lo unía a aquella figura de la que sabía tan poco.

Marcel: Un grupo de galos, aliados de los visigodos, lograron infiltrarse en las defensas de Lucilla. La capturaron y la sometieron a un tormento que desafía cualquier descripción. Desfiguraron su rostro, pretendiendo borrar su identidad y humillarla ante Roma entera. Pero su silencio, su resistencia al dolor, se convirtieron en un símbolo de todo lo que Roma una vez representó. Finalmente, la llevaron al centro de la ciudad, con un velo blanco cubriendo su rostro. Quisieron convertirla en un símbolo de derrota, pero lo que hicieron fue inmortalizarla.

Etienne: Pero... ¿qué tiene que ver con nuestra familia? ¿Por qué tanto empeño en que este cuadro permanezca?

Marcel se detuvo frente a Etienne, su mirada penetrante.

Marcel: Existe una creencia antigua en la familia Roucheverneaux, un pacto conocido como Aqua et Cor. Tal vez hayas oído hablar de ella.

Etienne asintió lentamente, recordando los susurros de la tradición Valenia, enseñada solo a los miembros más cercanos. Era una creencia filosófica, atribuida al pensador romano Valerius Quirinus, que estudió los ciclos del agua como un reflejo del destino humano.

Marcel: Según los Valenios, el ciclo del agua y el destino están entrelazados. El agua cae del cielo, se ensucia con barro y sangre, pero siempre encuentra su forma de purificarse, de volver a ser agua. El pacto de Aqua et Cor era un juramento entre amantes dispuestos a sacrificarse por el otro, prometiendo encontrarse de nuevo en otra vida, sin importar maldiciones, oscuridades o el capricho de los dioses. Lucilla hizo ese pacto.

Etienne permanecía en silencio, sus pensamientos revueltos. La conexión se hacía cada vez más clara, y con ella, el peso de una responsabilidad que iba más allá de su entendimiento.

Marcel: Cuando tomes este cuadro, recuerda lo que significa. Aqua et Cor no es solo una promesa de amor, Etienne. Es una declaración de resistencia, una voluntad que ni la oscuridad, ni el odio, ni el tiempo pueden borrar.

Etienne miró el cuadro una vez más. Y por primera vez, sintió que las sombras que le perseguían podrían ser algo más que un tormento. Tal vez, solo tal vez, podría ser un eco de algo más antiguo, algo que aún debía descubrir.


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