La Mansion Belleflur. capitulo 8. Celine


Todo comenzó en un tiempo que ya nadie recuerda. Era la época de los Valenios, una tribu que adoraba a la tierra, al cielo y a todo lo que respiraba entre ambos. Y entre ellos, había una princesa, una joven de belleza radiante y espíritu libre. Su nombre era Céline.

Céline, como muchas princesas de su tiempo, debía casarse. Las alianzas entre tribus dependían de ello, el equilibrio del poder, las tierras, las tradiciones… todo recaía sobre sus hombros. Pero Céline no quería un matrimonio por deber, no deseaba entregarse a un desconocido para cumplir con los deseos de los demás. En su corazón, anhelaba algo más profundo, más puro: el amor verdadero. Y entonces, lo vio.

Uno de los pretendientes, un joven de mirada intensa y sonrisa cálida, capturó su atención como nadie lo había hecho antes. No era solo su apariencia lo que la cautivaba, sino la suavidad de su mirada, la forma en que sus palabras parecían prometer mundos enteros que ella aún no había conocido. Su nombre se perdió en la historia, pero en los rincones oscuros de su palacio, Céline comenzó a soñar con él.

Pasaba sus días imaginando el futuro. En su mente, ya podía ver la vida que tendrían juntos: una casa lejos del bullicio, campos verdes donde sus hijos correrían riendo, con los ojos de él, con su risa y su energía. Soñaba con noches cálidas bajo las estrellas, donde sus manos se encontrarían en silencio, y las promesas hechas serían más fuertes que cualquier palabra pronunciada.

Pero el destino... el destino es celoso, y juega con los sueños de los mortales.

Una tarde, mientras paseaba cerca de los límites de su palacio, perdida en sus pensamientos sobre ese futuro tan brillante, Céline no se dio cuenta del peligro bajo sus pies. El suelo, traicionero, cedió. Sin previo aviso, la tierra húmeda y fangosa la atrapó. Se agitó, luchó, pero la ciénaga, como si tuviera vida propia, la arrastró hacia las profundidades. La oscuridad la rodeó, el barro cubrió su cuerpo, su rostro, hasta que todo lo que quedaba de Céline fue absorbido por la tierra misma. Y en un instante, ella desapareció.

La noticia de su desaparición se extendió como el fuego. Su amado, junto con la tribu, la buscó día y noche. Se adentraron en bosques oscuros, rastrearon cada rincón, pero Céline no estaba en ninguna parte. Su amado, que había soñado con el mismo futuro que ella, se consumía de preocupación. Sus ojos, antes llenos de esperanza, se apagaban poco a poco con cada día que pasaba sin noticias de su princesa.

Mientras tanto, Céline no estaba muerta, pero tampoco viva. Atrapada en las profundidades del mundo de los muertos, podía ver el sufrimiento de aquellos que la amaban. Contemplaba desde la oscuridad, impotente, cómo el rostro de su amado se marchitaba con el dolor de su pérdida. Vio cómo su familia, sus amigos, uno por uno, sucumbían a la desesperanza. El paso del tiempo, implacable, la alejaba cada vez más de los que una vez había amado.

Y entonces sucedió. Su amado, después de años de luto, se casó. Con otra mujer. Céline lo observó, su corazón, ya desgarrado, se rompió en mil pedazos cuando vio cómo sus sueños se desvanecían ante sus propios ojos. Su amado tuvo hijos, hijos que no eran de ella. Vio cómo esos niños crecían, envejecían, y cómo la familia que ella alguna vez había imaginado se multiplicaba sin ella. Cada generación era una herida nueva, una punzada más profunda.

Céline, perdida en las sombras, empezó a sentir cómo el tiempo desdibujaba sus propios deseos. Sus sueños, una vez nítidos y llenos de color, comenzaron a desvanecerse, a perder su forma. Primero fueron los rostros de sus hijos imaginarios, luego las risas que había soñado, hasta que todo se convirtió en un eco distante.

Y lo que una vez fue amor, se transformó en la rabia más profunda que se pueda imaginar. La ira comenzó a crecer dentro de ella, un resentimiento profundo por la vida que nunca tuvo, por el amor que le fue arrebatado. Día tras día, ese resentimiento la consumía. Y con el tiempo, la oscuridad se volvió lo único que le daba consuelo. Porque donde antes había esperanza, ahora solo quedaba vacío. Y el vacío... el vacío pide ser llenado.

Así, lo que alguna vez fue una princesa de corazón puro, comenzó a cambiar. Sus sentimientos, aquellos que alguna vez la hicieron soñar, fueron devorados por la frustración. Su ser, antes cálido y lleno de vida, se fue enfriando, volviéndose más y más oscuro con cada generación que pasaba, con cada hijo que no era suyo, con cada momento que la alejaba de la vida que había deseado.

Con el tiempo, la historia de Céline se convirtió en un susurro, un cuento de advertencia. Los ancianos hablaban de ella como una leyenda, una princesa perdida, tragada por la tierra. Pero esas historias pronto se convirtieron en leyendas distorsionadas, llenas de invenciones. Los detalles de su vida real se desvanecieron, y finalmente, llegó el olvido.

Pero Céline no se había ido.

La oscuridad la había reclamado, y en esa oscuridad, su deseo se transformó en hambre. Un hambre profunda, insaciable, de vida, de amor, de sentir lo que alguna vez soñó tener. Se convirtió en una entidad, un espectro, que caminaba entre las sombras de los vivos, buscando lo que nunca pudo tener. Hambrienta de amor, hambrienta de lo que le fue negado, Céline se transformó en algo más que un simple espíritu: en un ser oscuro y eterno.

Y así, el amor no correspondido, el futuro truncado y los sueños destrozados la devoraron desde dentro, hasta que no quedó nada más que su deseo insaciable de vivir como los demás. Porque al final, cuando la vida te quita lo que más anhelas, la oscuridad puede ser lo único que te abrace."

***

Ella vagó en esa oscuridad, devorando sueños, alimentándose del dolor ajeno. Porque, al final, el dolor era todo lo que le quedaba. Y así, Céline se convirtió en una entidad oscura, un espectro que se cernía sobre aquellos cuyas almas brillaban con la esperanza que a ella le fue negada. Donde había luz, ella encontraba sombra. Donde había amor, ella traía desesperación.

Y así comenzó su maldición. La mujer que alguna vez soñó con un futuro brillante, con un amor que la llenara de vida, ahora solo conocía la oscuridad y el hambre. Un hambre que nunca cesaría, una sed que jamás se apagaría

 No sabía que era el dolor, ni tampoco lo que era apreciar la belleza de las cosas más pequeñas, esos detalles que hacen que un rostro sea hermoso o bello, ella, ya no lo recordaba. Entonces…sus ojos, antes llenos de vida, se oscurecieron, y su sonrisa  se apagó para siempre. Su ser ya no veía que fuera importante tener rostro y aquella “cosita” que una vez fue tan hermosa, joven y alegre paso a ser una horrible y espantosa entidad oscura.

Apartada en el rincón, donde “la nada” conspira con el universo y el destino para proporcionarle una segunda oportunidad, Céline, se quedó quieta y letargada hasta que el último suspiro de su corazón, soltó el último aliento de toda esperanza… Hasta oír el grito de un recién nacido. Un gesto altruista por parte del destino.

…Y su corazón etéreo comenzó a palpitar de nuevo.

“ Cuando Céline, sintió 

La transformación fue lenta pero imparable. Y cuando la última chispa de su humanidad se extinguió, Céline se convirtió en lo que Etienne conocería siglos después: una entidad antigua, un espectro atado al sufrimiento, que caminaba entre los vivos pero no pertenecía a ellos.

Etienne... él había sido marcado desde su nacimiento, no como su salvador, sino como la única alma capaz de compartir su maldición. Lo había sentido desde que era niño, cuando sus sueños se llenaban de sombras y sus pasos eran seguidos por un frío invisible. A lo largo de los años, Céline, la entidad que la había poseído, lo observaba desde la distancia, incapaz de acercarse, pero sabiendo que su destino estaba inextricablemente ligado al suyo.

Céline no deseaba a Etienne de la manera en que un ser humano desea a otro. No era amor lo que la movía, sino la desesperación de una criatura que había olvidado lo que era sentir. 

Y fue entonces cuando ella apareció. La entidad oscura que lo había seguido durante toda su vida. Pero no como un monstruo de las sombras, sino como una figura etérea, una mujer de una belleza pálida y marchita, como si su rostro llevara las cicatrices de una vida que ya no existía.

-la entidad - quería hablar. Deseaba poder sacar y elaborar palabras con el paladar. Pero su voz y junto con su corazón, ya no existían. Sólo unos fragmentos de luz y cintas ancestrales que unían brillantes el enlace de la poción elaborada con  la flor del desierto.

Etienne, aún débil pero consciente de la verdad que se desplegaba frente a él, intentó levantarse, pero la entidad se acercó, sus pasos silenciosos, como si flotara sobre la tierra misma, le llevaron hasta su presencia y Etienne, asustado, retrocedió. Acción que no sirvió para nada.

***

© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)