Nemoshyne Scrolls. Ataraxia. Capitulo X. El Gopat. Vol.1


Nemoshyne:

En el trono del Rey Ciro I de Persia, se exponía la representación del “Gopat “. ( Para la península de Anatolia y Una representación de la diosa Anahita, para el imperio Persa Aqueménida. Y de esta, salió la entidad una vez agrietada la efigie:

“La piedra crujió como si respirara. Los fragmentos cayeron al suelo, revelando piel pálida bajo la corteza mineral. Con un estruendo profundo, Anahita bajó del pedestal, y cada paso que daba sonaba como una ola rompiendo contra la roca. Los soldados retrocedieron, incapaces de sostener la mirada.

La diosa se acercó al cofre, que comenzó a temblar y abrirse. Sus paneles lisos se desplazaron con un movimiento hipnótico hasta mostrar un sello grabado: una espiral perfecta e infinita.

Anahita, un ser de escamas doradas y perladas, posó la mano sobre el sello y habló, su voz como el murmullo de un río y el rugido de una tormenta:

—Valiente hacedor de madera, de corazón puro como el oro… habéis ofrecido vuestra vida por el bien y destino de la persona a la que amáis.

Se volvió hacia Emir y, acercándose lo suficiente para que solo él pudiera escuchar, susurró:

—Anteponer vuestra vida por encima de todo os concede el privilegio de conocer el paradero de la mayor fuente sagrada que un emperador pueda poseer.

Entonces se irguió y proclamó para todos:

—Atravesad el Egeo por el Helesponto… arrodillaos ante la soberana del mundo… y obtendréis las aguas de un manantial que apagará la sed de millones de generaciones.”
“ 
Lo que no sabían, es que no solo habían habían abierto la caja de Gea. Aquella que mantenía a los Dijin encerrados….
Pero, para entenderlo… dejen que les cuente un historia fuera de este hilo narrativo y que más tarde entenderán el misterio de su importancia…


***
La princesa Omotonoke (Parte 1)

Es sabido…que en el Imperio aqueménida (550–330 a.C.), el arte y la iconografía no eran invenciones aisladas: eran un mosaico de influencias recogidas de Mesopotamia, Egipto, Anatolia y Asia Central. Una de esas influencias fueron las criaturas híbridas protectoras.

 Los Lamassu (Asiria y Babilonia) eran guardianes con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana. Estas figuras se colocaban en las puertas de palacios y templos para protegerlos contra el mal.

En el arte aqueménida persa apareció “el gopat” , una criatura híbrida similar a una esfinge: torso humano, cuerpo jaguar, y alas de simurgh. Representaba protección contra maldiciones y fuerzas oscuras.

La familia de Ciro I, adopto “ El Gopat” después de que las tierras fueron consolidadas en una sola corona. Fuerzas oscuras conspiraban en la genealogía de Ciro y el Gopat o la creencia de este ser, inspiraba al poderoso Rey de Persia la protección suficiente para gobernar.

La historia del Gopat proviene de las estepas del norte y fue transmitida por los sacerdotes magi a los primeros clanes persas, mucho antes de la ascensión de Ciro.

 Según las crónicas más antiguas, el Gopat no era una simple criatura, sino una manifestación de advertencia enviada por los dioses Ahura Mazda y Anahita:
un guardián destinado a vigilar los manantiales, las murallas y la propia estirpe real.

Se decía que, durante las noches de tormenta, cuando los truenos retumbaban en las montañas del Zagros y los relámpagos iluminaban los desiertos como si quisieran revelar secretos enterrados, podía verse fugazmente la silueta del Gopat recorriendo los muros de barro y piedra, como si buscara grietas por las que pudiera filtrarse algún antiguo mal.

Los magos advertían:

> «Quien olvide su origen, perderá el favor del Gopat.
Quien derrame agua sin devoción, despertará al enemigo del Gopat.»



Ese enemigo era Dahaka, la serpiente devoradora, el caos encarnado que “bebe ríos, come lluvias y corrompe la estirpe de los poderosos”. Para la familia de Ciro I, obsesionada con preservar la legitimidad de su linaje ante invasiones, sequías y revueltas, el Gopat no era solo un símbolo: era un seguro espiritual de supervivencia.
Por ello, fue tallado en piedra y colocado en el trono real.

Con los años, la historia verdadera del Gopat —esa que habla de una niña olvidada por los dioses y transformada en guardiana— quedó relegada a susurros entre sacerdotes.

La princesa Omotonoke (Parte 2)
La Guardiana

Dicen los ancianos que, antes de que los reyes levantaran sus palacios y antes de que el cobre se fundiera en espadas, las aguas corrían libres desde las montañas hasta el mar. Eran tiempos en que el cielo y la tierra hablaban entre sí, y los hombres bebían de manantiales tan puros que bastaba un sorbo para borrar el cansancio de una larga jornada de trabajo.

Pero aquella abundancia despertó la envidia del espíritu oscuro Ahriman, que no soportaba ver a la creación en paz. Desde las entrañas más profundas de la tierra moldeó un ser para corromper el agua y quebrar la esperanza de los pueblos. Lo llamó Dahaka, y no era como las serpientes que se arrastran bajo el sol: su cuerpo era largo como un río, y su cabeza carecía de ojos, como si ni el cielo mereciera reflejarse en su rostro. Allí donde su boca se abría, las lluvias se desvanecían, los ríos quedaban secos y el aire mismo olía a polvo.

Se dice que Dahaka habitó en el vientre del Helesponto, abrazando las corrientes como un nudo vivo, guardando para sí el paso de las aguas. Y que, desde entonces, todo aquel que intenta cruzar sin ofrecer tributo siente bajo la quilla el roce de un cuerpo inmenso… y escucha, en la oscuridad de las olas, el susurro de un aliento antiguo que promete sequía y muerte.

A lo lejos, en una lengua de tierra donde el río Kaikos besa el mar de Misia (en la costa de Anatolia), vivía un pequeño pueblo de pescadores y tejedores de redes. Allí, entre cántaros de barro y sogas impregnadas de sal, nació una niña distinta.

Sus piernas eran cortas y robustas, sus manos pequeñas, con dedos anchos y firmes más hechos para aferrar que para la destreza. Su rostro, redondeado, conservaba una dulzura permanente, y sus ojos almendrados brillaban con una serenidad que desconcertaba a quienes la miraban, como si en ellos habitara un secreto que solo los dioses conocían.

Algunos ancianos murmuraban que aquello era señal de un don oculto, un regalo divino que nadie podía descifrar; otros, en silencio, temían que esa belleza inmóvil fuera un presagio.

La llamaron Ghavri, y aunque no podía acudir al pozo ni cargar con las redes más pesadas, nunca conoció la pereza. Con paciencia limpiaba los anzuelos, remendaba cordajes y ayudaba en las faenas tanto como su cuerpo se lo permitía.

Sin embargo, en lo más profundo de su pecho ardía un deseo que ni las mareas podían apagar: quería ser soldado.

Todos se lo recordaban una y otra vez:

> —No pienses en tonterías —le decían—. Ese no es el destino que los dioses te han dado.


Pero Ghavri, noche tras noche, se acostaba mirando el firmamento. Su mente viajaba más lejos que las caravanas y soñaba —en secreto, como quien toca un tabú— con el día en que rompería aquello que estaba prohibido incluso imaginar.

La crueldad de los dioses, a menudo, se manifiesta a través de las criaturas que ellos mismos engendran, como si el dolor fuera un recordatorio necesario para mantener a los mortales sometidos. Cuando un humano se atreve a levantar la mirada más allá de las estrellas —no para pedir, sino para desear—, entonces los cielos envían su respuesta… no siempre como luz, sino como castigo.

Se cree que un deseo verdadero, ardiente y obstinado, puede brillar con tanta intensidad como el sol suspendido sobre las tierras calcinadas del imperio. Y, si es puro, incluso llega a ser visto desde la cima donde habitan los inmortales.

Tal era el deseo de Ghavri.

Y fuera por su atrevimiento o por su inocente terquedad —por pensar que podía vestir un hierro forjado para hombres, o blandir una lanza más alta que su propio cuerpo de niña—, los dioses la escucharon. Pero lo hicieron como suelen hacerlo: con dureza. No enviaron un milagro… enviaron una prueba.

Así, en una noche sin luna, mientras el pueblo dormía entre vasijas vacías y redes colgadas a secar, se quebró el silencio con un sonido que no era humano ni animal: un bramido seco, profundo, como el crujir del mundo cuando se rompe.

Había llegado Dahaka.

El Dahaka no aparecía como una tormenta, que anuncia su furia con nubes grises y relámpagos. Cuando la bestia del Helesponto surgía de la tierra o del río, lo hacía mostrando primero sus dientes como espolones y girando en círculo, como si una manada de tiburones señalara el lugar de la presa con sus aletas.

Si un ser humano pudiera contemplar el ataque del Dahaka desde una zona segura, lo que vería sería esto: primero, un espolón emergiendo como una aleta; luego otro, y otro más, hasta que cientos de ellos cortaban la superficie del agua. En el centro se abría entonces un torbellino enorme que absorbía toda el agua del cauce.

Las canoas quedaban atrapadas: al bajar el nivel del río chocaban contra el fango, que se convertía en ciénaga y en trampa mortal para quienes intentaban saltar y huir hacia las orillas.

Pero en realidad, aquello no era más que un anticipo. El Dahaka solo estaba mostrando una parte de su poder: la infinidad de sus colmillos.

Después llegaba lo terrible: su boca. Una abertura descomunal que se desplegaba en el centro del remolino, atrayendo a todo lo que estuviera cerca. Los pocos supervivientes que lograban escapar de la arena pantanosa alcanzaban la orilla… solo para descubrir que la tierra misma se inclinaba hacia el centro del abismo. Y si aún quedaba alguien con vida, una multitud de lenguas pegajosas emergía del interior para atraparlos uno a uno y arrastrarlos hacia la oscuridad.

El resultado era siempre el mismo: un pueblo vacío, sin agua, sin voces, sin nadie. Y en lugar del río caudaloso, un socavón interminable, abierto como una herida.

Si esto ocurría en tierra firme, el destino no era distinto. Dahaka, titán de proporciones desmesuradas, podía hacer añicos una ladera rocosa en cuestión de segundos.

Luego, con igual ansia, devoró a todos los habitantes del pueblo: hombres, mujeres, ancianos y niños desaparecieron bajo aquel vacío viviente, como si hubieran sido borrados de la tierra con un puñado de polvo.

Todo ocurrió en silencio, sin batalla, sin gritos… solo el bramido lejano de Dahaka y el rumor de la sequía avanzando.

Al amanecer, el pueblo era un cadáver sin hálito. Las vasijas estaban secas, las barcas encalladas sobre barro agrietado… y el aire, casi insoportable de respirar. Nada sobrevivió.

Nada… excepto aquella niña que soñaba con lo prohibido.

Ghavri apareció sentada bajo el único árbol, con las manos apoyadas sobre sus rodillas y la mirada, todavía luminosa, fija en el pozo vacío. Sola y temblando de miedo.

Quizá Dahaka no la vio.
O, tal vez, la vio tan pequeña, tan insignificante, que la consideró indigna incluso de ser devorada.

No sabía —pues las criaturas del caos no comprenden esas cosas— que hay almas diminutas que guardan adentro una voluntad tan brillante… que pueden cambiar, para siempre, el curso de la historia.


***

Sin nada que comer.
Sin nada que beber.
A cientos de pasos de cualquier alma viva. Una niña, sola en mitad de un desierto de escorpiones, convertida en presa delicada para cualquier depredador, sin piernas que la sostuvieran ni brazos que la defendieran; sin más peso sobre sus hombros que el de perder, en un solo instante, a todos los que amaba.

Dicen que, cuando un corazón es tan puro como el oro, la fuerza no reside en el músculo… sino en la voluntad.
Y así, entre barro y lágrimas, Ghavri comenzó a arrastrarse poco a poco —como una caracola de río abandonada lejos del agua—, con la boca seca, los labios sangrantes y los ojos firmes en el horizonte, empujándose solo con los codos.

En el territorio de Dasht-e Rochan, zona de cazadores furtivos y aldeanos que ponían trampas para capturar bestias salvajes, todavía quedaban restos de los cebaderos junto a viejos pozos.

La tierra estaba resquebrajada por la sed y el aire, seco como ceniza, parecía quemar al respirar. Sin embargo, allí donde los cazadores habían excavado una fosa para atrapar bestias salvajes, una de las paredes dejaba al descubierto una roca antigua y porosa.

De aquella piedra, contra toda lógica, emanaba un hilillo de agua, tan delgado como el hilo de una telaraña, fruto de algún acuífero escondido bajo la corteza de Anatolia. Gota a gota, el líquido se deslizaba hasta caer en un pequeño cuenco natural labrado por la erosión, donde se acumulaban apenas dos o tres dedos de agua fría y cristalina.

A su alrededor, líquenes de color entre verde y gris, pequeños musgos fibrosos y unas raíces retorcidas que se abrazaban al muro rocoso eran las únicas señales de vida en aquel lugar castigado por la sequía.

Fue hasta ese sitio donde se deslizó la niña, arrastrándose con la fuerza de sus codos dentro de la trampa. Contempló al jaguar joven herido… y empezó a moverse hacia él con lenta determinación.


Ghavri no lo dudó.

No se asustó.

Emitió un murmullo gutural, un gruñido suave parecido al ronroneo de un gato. Luego otro. Y otro más.
El jaguar la observó largamente, desconcertado. No era una amenaza. No parecía humana… ni tampoco bestia. Era otra cosa. Así que no atacó.

Durante largos minutos permaneció frente a él, casi inmóvil, dejando que se habituara a su olor.

Solo cuando el felino inclinó levemente la cabeza, ella se arrastró hasta su flanco. Rasgó el borde de su túnica de lino áspero, haciendo finas tiras que dejó sobre su regazo. Con dificultad llenó sus manos de agua del chorrito que resbalaba por la roca y la dejó caer sobre la herida. El jaguar gruñó de dolor, pero no se movió.

Una y otra vez limpió con paciencia: retirando barro seco, ramas pegadas al pelaje, pequeñas astillas incrustadas en la carne. Llevaba la lengua fuera por el esfuerzo, pero no dejaba de trabajar. Su respiración era firme. No le temblaban las manos.

Apartó trozos de líquen verdeazulado que crecían en el borde del cuenco natural y los aplastó con una piedra lisa dentro de una grieta de la roca, añadiendo apenas unas gotas hasta formar una pasta amarga. La aplicó sobre la herida caliente con el dedo, cubriéndola con delicadeza. Por encima colocó musgo húmedo, para retener la humedad. Finalmente, vendó con las tiras de lino, apretando firme, y haciendo un nudo con los dientes.

Toda la noche veló su respiración. Cada cierto tiempo humedecía sus manos en el agua dulce, primero para el jaguar… y después para ella.

Al amanecer, el jaguar había desaparecido.

Ghavri sintió un hueco salvaje en el pecho... hasta que reparó en lo que había frente a la trampa: un pequeño trozo de carne fresca, unos huesos de perdiz limpia y agua en una cáscara de calabaza. Era un regalo.
Comprendió que su compañero había vuelto y que la trampa ya no era prisión… sino refugio.

El segundo día, al caer el sol, el jaguar terminó regresando. Se detuvo frente a ella. Sus ojos dorados parpadearon con extraña comprensión. Se inclinó lentamente… se arrodilló, como hacen los grandes felinos con sus cachorros.

Ghavri lo miró sin aliento. El mensaje era claro: sube.

Aunque sus brazos temblaban de agotamiento, se abrazó al lomo cálido y se acomodó entre el cuello y los omóplatos del animal. Allí, por primera vez, su cuerpo descansó… sin arrastrarse.

Así, en el desierto donde Dahaka había reclamado el agua y las vidas, surgió lo imposible:
un jaguar que ofrecía su cuerpo para andar, y una niña que ofrecía su mente para sobrevivir.

Dos criaturas rotas.
Convertidas, poco a poco, en una sola fuerza.

La princesa Omotonoke (Parte 3)
El Urvan Fravashi

En las antiguas tierras áridas del Dasht-e Rochan se creía que, cuando dos corazones palpitan con el mismo propósito, surge un lazo que trasciende al cuerpo y al tiempo. En la vieja Anatolia ese misterio era conocido como Urvan Fravashi: la unión sagrada de espíritus entre individuos.

Aunque no posee un color oficial, los textos místicos sufíes posteriores describen este vínculo como una ligera luz azulada, símbolo de lo divino que conecta.
Los maestros persas solían decir: «Entre dos corazones que laten al mismo compás, Dios tiende un hilo azul que ni la espada rompe, ni la muerte disuelve».

En las tradiciones hititas y del chamanismo centroasiático se sostenía que todos los seres poseían un Can, un alma vital. Y que, cuando un humano y un animal se sostenían mutuamente, podían llegar a compartir ese Can por un tiempo. De esa unión nacía un vínculo protector llamado “iplik” (hilo) o “bağ” (nudo).
Los cuentos populares lo representaban como un hilo azul, tan fino que apenas podía verse, pero tan fuerte que hacía que uno sintiera el dolor del otro y soñara sus sueños. Así, la fuerza de uno y la astucia del otro se fundían en un solo ser.

Ghavri, con sus piernas inmóviles y sus ojos enormes como lunas antiguas, se aferraba al lomo del jaguar. Su espalda encajaba en él como si algún dios antiguo los hubiese moldeado juntos. El felino trotaba sin esfuerzo, su musculatura ya casi curada gracias al ungüento de líquenes y musgo. La venda había caído días atrás, pero entre ambos permanecía algo más poderoso que el tejido: el lazo azul invisible del Urvan Fravashi.

Saltaba, luchaba y trepaba por cortezas y riscos como si sus músculos se hubieran triplicado al llevar a Ghavri en su espalda.

Ayudaban a quienes hallaban en el camino: pastores de Kârmesh, campesinos de Tanaq, mercaderes de Orhan-Kir... y todos hablaban de aquella niña extraña montada sobre un jaguar moteado. Muy pronto, Ghavri fue conocida como “Gopat”, el Vínculo Sagrado.

Su leyenda se extendió de boca en boca, hasta llegar a oídos del rey de Harzaban, que lentamente estaba perdiendo sus dominios ante el avance de dos monstruos: uno surgido de las aguas del Mar Muerto y otro en las Montañas Negras.


---

El rey Harzaban, de rostro grave y barba ennegrecida por el polvo del desierto, observaba a la criatura que tenía ante sí: una niña de piernas inertes, montada sobre un jaguar moteado gigantesco que respiraba como si ocultara fuego bajo su piel.
La leyenda decía que esa niña había atravesado riscos de sal, escalado murallas naturales y cazado presas imposibles. Los soldados le temían. El pueblo la adoraba. La llamaban Gopat.

Sacó entonces un pequeño brazalete de oro rojo, demasiado fino para pertenecer a una mujer adulta.

—Mi hija, Omotonoke, ha sido capturada por los bandidos de las Montañas Negras. Las sendas son estrechas, las cuevas se derrumban, y quienes lo han intentado no han vuelto con vida.
Tráemela de vuelta, Gopat —con vida— y serás recompensada con el tesoro más valioso del reino.

El jaguar gruñó como si hubiera comprendido.
Ghavri no dijo nada. Bastó con que sujetara el brazalete contra su pecho y alzara la vista hacia el lejano horizonte donde se alzaban las montañas.

El destino había marcado el primer paso.

***
La princesa Omotonoke (Parte 4)


El jaguar avanzaba firme, hundiendo sus zarpas en la tierra endurecida como si quisiera aferrarse al desierto mismo. Ghavri, aferrada a su lomo, mantenía los ojos entrecerrados. La silueta de las Montañas Negras empezaba a recortarse en el horizonte como estacas ensartadas en nubes grisáceas.
Cada vez estaban más cerca.

Pero, en algún momento del camino, la niña comprendió algo que le encogió el pecho.
¿Por qué los soldados del rey temían tanto a esas montañas? ¿Qué ocultaban aquellos picos? Y, sobre todo: ¿cómo pensaba traer de vuelta a la princesa Omotonoke una vez que la encontrara?
Ni ella podía cargar con ese peso, ni el jaguar descender con dos cuerpos sobre el lomo sin despeñarse.

Ghavri apretó los labios y ladeó la cabeza, como si escuchara algo que nadie más podía oír. Sabía que no era momento de rendirse. Se aferró con más fuerza al cuello del jaguar y continuaron avanzando, recortándose como una flecha oscura sobre las arenas del camino.

Fue entonces cuando lo vio.
En mitad de una llanura donde las piedras crecían como garras, una sombra enorme, lenta y fría se deslizó sobre el suelo.
No soplaba viento.
El sol brillaba sin una sola nube.
Aquello no podía ser otra cosa.

El jaguar alzó la cabeza y gruñó desde lo más profundo del pecho.
Ghavri miró hacia arriba.

Sobre sus cabezas, girando en círculos, se cernía una criatura de proporciones casi legendarias: un águila real de alas negruzcas, con un pico largo y quebrado, parecido a una espada rota. No batía las alas. Planeaba… como si los hubiera estado esperando.

El jaguar mostró los colmillos. Sabían que no podrían cruzar aquel paso sin enfrentarse a esa bestia.

Ghavri señaló hacia arriba con un gesto firme. El jaguar obedeció al instante, lanzándose colina arriba por un terreno que se abría en riscos peligrosos. Todo su cuerpo vibraba de tensión; sentía el peligro antes incluso de comprenderlo.

La sombra del águila descendió. Cada vez más cerca. Más oscura. Más enorme.

No atacó como un ave común. Cayó desde lo alto como una lanza viva, rozando el lomo del jaguar con sus garras curvas, aunque sin atraparlo del todo. Ghavri y su compañero esquivaban juntos con pericia casi sobrenatural: él saltaba; ella anticipaba.

El ave volvió a intentarlo. El jaguar brincó sobre un barranco y, con un impulso desesperado, se aferró a la ladera vertical, arañando la roca para alcanzar el otro lado. Por un instante, pareció que lo lograrían.

Pero el águila, furiosa, cambió de estrategia. Esta vez embistió de frente.
Las garras chocaron contra ellos con la fuerza de un trueno. El jaguar, ágil y poderoso, logró zafarse con un giro brutal, pero el movimiento los lanzó contra un risco.

Ghavri quedó colgando del borde, con las manos ensangrentadas, mientras el jaguar perdía el equilibrio y se precipitaba hacia el río bravo que rugía en el fondo del abismo.
Los dos, por primera vez en muchos días, estaban separados.

Su cuerpo dolorido cedió. Apenas alcanzó a murmurar un deseo:
—Vive…

Y se quedó dormida.

Arriba, el cielo vibró con el rugido del águila real, que giraba desquiciada, sin encontrar rastro de sus presas.


---

Unos pasos llegaron después.

Dos figuras envueltas en barro amarillento trepaban entre los riscos, agachados, casi invisibles contra la obsidiana. Ghavri no se movió. Fingió estar muerta. Se limitó a escuchar.

—Tenemos que darnos prisa —susurró el primero—. Está a punto de anochecer, y cuando ella llegue a la cueva debe encontrarnos dentro. Si no, creerá que está sola.

—Entonces date aire —respondió el segundo—. Nadie sobrevive ahí fuera sin los Huntag. Ni siquiera la princesa.

Se escabulleron por una grieta estrecha, cubierta de basalto negro y líquenes amarillos que brillaban como heridas en la roca. Ghavri esperó hasta que susurros y pasos desaparecieron.

Princesa… bestia… noche… cueva.
Las palabras rebotaban en su mente.

Agarrándose con las manos doloridas, comenzó a arrastrarse hacia la grieta. Cada movimiento le arrancaba un gemido, pero el deseo de comprender era más fuerte que el dolor.

La cavidad desembocaba en un respiradero natural entre raíces. Desde allí se abría una rendija hacia el interior de una caverna oscura, iluminada por antorchas mortecinas.

Ghavri se quedó quieta. Miró a través del agujero.

Dentro había una docena de hombres cubiertos de barro amarillento. Algunos comían alrededor del fuego. Otros afilaban sus cuchillos.

Entonces, lo imposible sucedió.
Desde la entrada de la cueva descendió la misma águila que los había arrojado al abismo. Batió las alas una vez y se dejó caer en el centro del suelo. El último rayo rojo del sol atravesó el desfiladero, iluminando su transformación.

Las plumas se replegaron. Las alas se doblaron sobre sí mismas. El cuerpo se estrechó.
En cuestión de segundos, apareció una muchacha de rostro pálido, cubierta con una túnica púrpura. Su corona estaba hecha de pequeñas piedras de ónix.

Ghavri la reconoció al instante por el retrato que había visto en Harzaban.
—Omotonoke…

Dos de los hombres se acercaron con reverencia y la condujeron hasta un lecho cubierto de pieles suaves.

—Protegedla —ordenó uno de ellos—. Al caer dormida no debe sufrir daño alguno. Es un mandato real.

Ghavri observó las lanzas apoyadas junto a la entrada de la gruta. Cada una llevaba grabado el estandarte de Harzaban.

No eran bandidos.
Eran soldados del reino.
La guardia oculta de la princesa.

La niña, confundida, frunció el ceño. Por primera vez, se preguntó:

¿Por qué el rey la había enviado a rescatarla… si la princesa ya estaba protegida?

Epílogo 

“El destino suele pensarse como una línea recta, como un hilo que avanza hacia adelante.
Pero yo os diré algo: ningún hilo camina solo.
Cada uno se entrelaza con otros, y al final lo que llamamos vida no es más que un telar inmenso que se va tejiendo en silencio.

¿Y cuál es el bien más preciado en ese telar?
No el oro, ni la tierra, ni la posesión.
El recurso más valioso que un reino puede guardar… es el agua.
El agua es la vida.

Pensad en ello: una sola gota resbalando de una hoja hasta caer en un estanque.
El temblor que provoca se expande en círculos, cambiando el destino del agua entera.
¿Y qué hay del destino de esa gota?
¿Es ella la que elige dónde caer… o es el estanque quien la reclama?

Tal vez el destino de un reino no sea tan distinto.

¿No creen?”


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.

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