Belleflur. Capitulo 13: En la biblioteca leyendo el libro Aqua et Cor
La luna proyectaba su tenue luz a través de las grandes ventanas de la mansión Bellefleur, iluminando parcialmente el inmenso salón de la biblioteca. Las estanterías, viejas y cubiertas de polvo, eran testigos de secretos y recuerdos que se resistían a ser olvidados. Etienne se sentaba en un sillón de cuero desgastado, con la mirada perdida en la penumbra, sumido en sus pensamientos. A su alrededor, el silencio era tan denso que parecía envolverlo como un manto, una calma tensa que contenía la promesa de algo más.
Y allí, en la penumbra, estaba ella. La Dama sin Rostro, Lucilla Flavia, emergió como un susurro entre las sombras, su figura esbelta y etérea apenas perceptible. Llevaba el mismo velo que ocultaba su rostro, aunque su silueta exudaba una mezcla de poder y una tristeza infinita. Observó a Etienne con un interés casi desgarrador, sus ojos —invisibles para él— lo seguían con una intensidad que solo un espíritu atrapado en la eternidad podría poseer.
Lucilla extendió una mano hacia él. Con un gesto lleno de ternura, intentó tocar su rostro cansado, rozar la piel que tanto sufrimiento llevaba marcada. Pero cuando su mano se acercó, solo encontró vacío. Era como si existieran en planos distintos; como si la barrera que separaba a los malditos de los héroes honorables fuese infranqueable. No podía tocarlo, no podía transmitirle el consuelo que tanto deseaba ofrecerle. Su "vida" en este mundo se había convertido en una cadena que la ataba al dolor y al arrepentimiento. Se retiró, frustrada, sintiendo la impotencia como una llama fría que la consumía desde dentro.
Mientras observaba a Etienne, un reflejo de la humanidad perdida titiló en el interior de Lucilla. Ella podía percibir cada uno de los sentimientos que él albergaba: el remordimiento, la esperanza tenue, el dolor latente que lo mantenía despierto por las noches. Podía ver las cicatrices invisibles de su alma y cómo el peso de la maldición lo doblaba, pero no lograba tocarlo, no lograba liberarlo de su aislamiento.
Los minutos se deslizaron como el agua, y Lucilla se quedó allí, inmóvil, solo mirando. Los largos ratos de silencio eran su única compañía, su única posibilidad de conectar con el hombre al que tanto anhelaba ayudar. Entonces, algo cambió. Era pequeña, casi imperceptible, pero sintió la chispa de un poder que había permanecido dormido por siglos. Era como si su desesperación, su deseo de cruzar la barrera, resonara con algo dentro de la mansión.
Un candelabro situado sobre una de las estanterías de la biblioteca comenzó a temblar. Al principio, fue un movimiento sutil, apenas una vibración. Pero pronto, con una fuerza repentina, cayó al suelo con un estrépito metálico que rompió la quietud. El ruido hizo que Etienne se levantara de golpe, alerta, su corazón latiendo con fuerza. Miró a su alrededor, buscando la causa del sonido, pero solo encontró la calma rota de la estancia. Sin embargo, algo más había cambiado. Sus ojos se posaron en un libro antiguo que había quedado al descubierto por el movimiento del candelabro.
El tomo era pesado, con tapas de cuero raído y letras grabadas que parecían haber resistido el paso del tiempo por pura voluntad. Aqua et Cor. Los dedos de Etienne rozaron el lomo con una mezcla de reverencia y temor. Sabía que no era casualidad que aquel libro se encontrara ahora frente a él. Había algo en su interior que lo llamaba, algo que prometía respuestas o, al menos, un camino hacia la redención.
Lucilla observaba desde las sombras, su presencia vibrando con una emoción que casi dolía. Había sido un pequeño logro, un movimiento apenas perceptible, pero para ella significaba mucho más. Había conseguido que su existencia dejara un rastro, una señal de su voluntad, una prueba de que aún luchaba, de que su sacrificio seguía buscando un propósito en aquel mundo que no la aceptaba del todo.
Etienne, sin saber de su espectadora, abrió el libro con manos temblorosas. Las páginas susurraban secretos antiguos, promesas olvidadas, y la esperanza volvió a encenderse, aunque fuese solo una chispa. Lucilla permaneció a su lado, incapaz de tocarlo, pero decidida a seguir intentando. Quizás, en algún momento, encontraría una manera de romper las cadenas de ambos mundos. Por ahora, ella sería su compañera de viaje en la oscuridad, aún si él no podía verla, aún si solo los libros y las sombras podían dar fe de su presencia.
Pero la sala no estaba vacía. En un rincón, justo al borde de donde la tenue luz de las lámparas se desvanecía en penumbra, algo más acechaba, algo que se mantenía en las sombras pero que hacía sentir su presencia de una forma que no necesitaba palabras. Era una figura casi imperceptible, un ente que se fundía con la oscuridad misma, una esencia densa que emanaba rabia y un hambre antigua. Su forma era cambiante, una silueta que pareciera moverse como un remolino de odio contenido, de deseos insaciables, de tempestades que aguardaban el momento de desatarse.
Este ser, esta entidad oscura, observaba a Etienne con una paciencia aterradora, como si su presencia fuera una constante, como si fuera la sombra misma de sus decisiones, de sus errores, de sus anhelos. Era una esencia viva, una mezcla de furia contenida y ansia insaciable, algo que parecía beber del aire, como si absorbiera el mismo aliento de quien estuviera demasiado cerca.
Lucilla también sentía esa presencia, y aunque sabía que su misión era acompañar y proteger a Etienne, un escalofrío la recorrió. Aún en su estado etéreo, la entidad parecía percibirla, como si sus miradas, aunque invisibles, pudieran encontrarse. Esa cosa la reconocía, la notaba, y entre ellos se libraba una batalla invisible, una resistencia silenciosa en la que Lucilla debía usar toda su fuerza para no dejarse arrastrar hacia su oscuridad. Esa entidad, un vestigio del odio y del deseo eterno de poseer, representaba la verdadera prisión de Etienne, una cadena invisible que lo ataba a un ciclo de dolor, y lo que la mantenía también a ella en un estado de exilio.
Mientras Etienne continuaba leyendo, absorto en las palabras del libro, la entidad parecía pulsar, cambiar, como si respondiera al débil brillo de esperanza que surgía en los ojos del joven. La oscuridad avanzaba en el rincón, formando figuras informes y volviendo a desvanecerse en remolinos de humo. No era solo una presencia, sino un testigo de cada intento de redención, de cada fracaso, alimentándose de las dudas y del vacío en el corazón de Etienne.
Lucilla, desde la distancia que los separaba, miraba el rostro de Etienne y deseaba poder advertirle. Pero, incapaz de hablarle, su único acto posible era permanecer a su lado, aferrarse a su misión de guía, aunque fuera muda y sin cuerpo, aunque sus palabras se perdieran en el vacío. Si ella no podía romper las cadenas que los ataban, al menos estaría ahí, vigilante y constante. Como un fantasma fiel, aunque invisible, seguiría acompañándolo en la oscuridad, su compañera en esta cruzada por la redención, mientras la entidad acechaba en las sombras, esperando la oportunidad de hundirlos de nuevo en el abismo.
En esa noche, entre las páginas del libro y las paredes sombrías de la biblioteca, Lucilla juró que encontraría la forma de liberar a Etienne, de vencer a esa entidad hambrienta que los acechaba. Y aunque por ahora solo los libros y las sombras podían dar fe de su presencia, de algún modo, supo que sus intentos, por insignificantes que parecieran, serían las semillas de la liberación que algún día, de alguna forma, lograrían alcanzar.
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