Belleflur. Capitulo 15: La serpiente celeste (Parte 1)
"Y entonces, Etienne, con el corazón latente y la mente agitada por aquel dibujo enigmático, tomó su traje oscuro. Esta vez, dejó atrás la máscara de pico, esa máscara que lo había acompañado en tantas ocasiones para ocultar su naturaleza y sus secretos. Sabía que el viaje no requería disfraces ni sombras: necesitaba claridad, respuestas, y en el aire cálido de Túnez solo una persona podía dárselas.
Bellefleur, su mansión, su refugio, aún no estaba terminada. Los cimientos y algunas paredes ya se alzaban en el terreno, como las primeras líneas de una carta que aún no se ha escrito. Las habitaciones estaban vacías, esperando ser llenadas con secretos y memorias, con los ecos de los pasos de Etienne y de aquellos que, de alguna manera, serían atraídos hacia ese lugar. La construcción estaba a cargo de Jean du Manson, su arquitecto predilecto, un hombre meticuloso y de confianza, quien conocía cada rincón y cada grieta de las paredes de Bellefleur como si fueran sus propias venas. Jean entendía el lenguaje del espacio y el silencio, y podía sentir cómo el lugar, sin siquiera estar terminado, ya estaba impregnado de una atmósfera pesada, una especie de oscuridad latente que aguardaba a ser revelada. Pero Jean era un hombre que prefería no hacer preguntas; construía y observaba en silencio, cumpliendo con su trabajo, mientras Etienne se sumía en sus propios misterios.
Ahora, sin embargo, Etienne debía partir. El esbozo de la Serpiente Celeste que había encontrado en el libro no le dejaba opción. Túnez era la respuesta… o al menos, el próximo paso. Allí, en medio del calor del desierto y los mercados llenos de rumores, conocía a alguien que podía ayudarlo. Tamalfit, el brujo joven de Túnez, era un hombre con un conocimiento vasto y secreto, una sabiduría que parecía extraída de las raíces mismas de la tierra y el polvo de las antiguas ruinas. Tamalfit no era un simple charlatán ni un sabio cualquiera: era alguien que había visto cosas que otros no comprendían, que había explorado los límites entre el mundo tangible y el reino de los espíritus. Para Etienne, era la única opción.
Ya habían trabajado juntos antes. Fue Tamalfit quien, años atrás, preparó el brebaje de la flor del desierto, una mezcla extraída de las plantas más recónditas del desierto tunecino y un poco de la sangre de Etienne mismo. Ese brebaje lo había salvado de la peste bubónica, un respiro de vida en medio de una enfermedad que amenazaba con llevarlo a las profundidades de la muerte. Fue en ese primer encuentro que Etienne había conocido el poder de Tamalfit, y fue entonces también cuando Tamalfit le reveló ciertos misterios de las almas y los ciclos, palabras que resonaban ahora con un peso distinto tras haber leído las páginas del libro de Valerius Aquilinus.
Etienne partió de Bellefleur mientras las estrellas comenzaban a encenderse en el cielo. El viento nocturno soplaba con un frío casi sobrenatural, pero en su mente solo ardía la imagen de la Serpiente Celeste. A medida que avanzaba, la mansión quedaba atrás, como un eco de piedra y sombra, un refugio que aún no había vivido su verdadero propósito. En el fondo, Etienne sabía que Bellefleur era más que una simple construcción: era un destino, una promesa, y él sentía que, hasta no resolver el misterio que ahora lo guiaba hacia las dunas de Túnez, Bellefleur seguiría siendo un lugar inacabado, una casa vacía.
Mientras Etienne se acercaba al desierto de Túnez, el aire comenzaba a cambiar. Los aromas especiados y las texturas de las tierras norteafricanas lo envolvían, como si él mismo comenzara a convertirse en parte de la arena y del viento. Cuando llegó al campamento de los tuareg, donde Tamalfit solía recibir a sus visitantes, la noche era profunda, y las estrellas brillaban con un resplandor frío y distante. En el centro del campamento, una carpa iluminada por una llama tenue esperaba a Etienne. Adentro, el brujo Tamalfit lo recibiría, con esos ojos oscuros que parecían ver más allá de la piel y los huesos, directo al alma misma.
Etienne dio un paso hacia la tienda, consciente de que las preguntas que llevaba en el corazón eran peligrosas, conscientes de que las respuestas podrían cambiar el rumbo de todo. Y, sin embargo, en ese momento, mientras el viento levantaba polvo y se perdía en el aire, supo que no tenía elección. Las sombras de Bellefleur y el susurro del libro incompleto lo habían conducido hasta allí. Y ahora, frente a Tamalfit, solo quedaba desentrañar el misterio de la Serpiente Celeste, esa enigmática pista, ese dibujo trazado en el libro como un símbolo de poder… o una advertencia de que incluso los secretos mejor guardados, a veces, no están destinados a ser descubiertos."
***
Tamalfit miró a Etienne a través del humo tenue que emanaba de su pipa de arcilla, sus ojos oscuros parpadeaban con una mezcla de preocupación y exasperación. No le gustaba la presencia de Etienne allí, especialmente no después de escuchar sobre su propósito, la búsqueda de la Serpiente Celeste. Con el tiempo, Tamalfit había llegado a conocer más de los secretos de Etienne, y lo que veía en él lo inquietaba. Su naturaleza maldita y la marca que llevaba eran señales claras de que él no pertenecía a ningún lugar sagrado.
Tamalfit: "Etienne… te lo advierto, tu búsqueda no es solo peligrosa; es una violación de las leyes más antiguas. La Serpiente Celeste es sagrada. No es un lugar para ti, para un hombre que carga… esa maldición."
Etienne se inclinó hacia adelante, su voz apenas un susurro, pero cargada de determinación.
Etienne: "Tamalfit, tú me conoces. Sabes que no me detendré solo porque alguien, en algún lugar, escribió que está prohibido. Necesito respuestas. Algo dentro de mí me lleva allí, y tú eres el único que puede ayudarme."
Tamalfit lo miró con una intensidad que solo alguien que ha visto más allá del velo de lo visible podría poseer. Sus labios se torcieron en una mueca de desagrado.
Tamalfit: "No entiendes lo que estás diciendo. Un maldito como tú no puede pisar suelo sagrado sin desatar consecuencias. La Serpiente Celeste no es simplemente un lugar, Etienne. Es un umbral entre mundos, un lugar donde las almas se enfrentan a lo que realmente son. Y tú…" —su voz se endureció— "tú, con tu marca y tu hambre, podrías provocar una ruptura entre los mundos."
Etienne cerró los ojos un momento, sintiendo la frustración arder dentro de él, pero también comprendiendo que las palabras de Tamalfit no eran simples advertencias vacías. Aun así, estaba cansado de los límites, de las sombras, de las prohibiciones que parecían rodearlo en cada paso que daba.
Etienne: "Tamalfit, llevo una eternidad en esta prisión sin respuesta. ¿Acaso no entiendes que necesito saber lo que soy? Y si este lugar sagrado puede darme una pista, entonces no voy a detenerme solo porque tú crees que soy indigno."
Tamalfit soltó un suspiro, y sus ojos se oscurecieron aún más, si eso era posible. Se inclinó hacia adelante, estudiando a Etienne con una mezcla de compasión y desagrado, como si estuviera frente a una criatura que no lograba comprender del todo.
Tamalfit: "¿Indigno? Tal vez esa palabra es demasiado amable para ti. Eres un alma envenenada, Etienne, y el suelo de la Serpiente Celeste es sagrado precisamente porque purifica. ¿Has pensado en lo que podría hacerte? Tal vez no encuentres respuestas, sino que te encuentres a ti mismo reducido a cenizas. Los antiguos construyeron ese lugar como un refugio contra seres como tú."
Etienne se tensó ante las palabras, sintiendo el peso de su maldición con más fuerza que nunca. Pero en vez de rendirse, esa sensación solo intensificó su resolución.
Etienne: "¿No crees que lo sé? Sé que mi vida ha sido una sombra constante, un eco de algo que jamás pude alcanzar. Pero si hay una oportunidad de entender, aunque sea una sola pieza de este rompecabezas, voy a tomarla."
Tamalfit exhaló lentamente, sus manos entrelazadas sobre la mesa mientras sus ojos permanecían clavados en los de Etienne, llenos de una advertencia silenciosa.
Tamalfit: "Tu ignorancia es como el filo de un cuchillo, Etienne. Te arrastras hacia algo que no comprendes, algo que ni siquiera los dioses antiguos se atrevieron a alterar. La Serpiente Celeste es el límite entre los que viven y los que deberían permanecer en las sombras, como tú."
Etienne lo miró con un destello de desafío en los ojos, su tono de voz casi un susurro.
Etienne: "Entonces dime, Tamalfit, si ni los dioses se atrevieron… ¿quién estableció estas reglas? ¿Quién decide que estoy condenado a vivir en las sombras sin la esperanza de redimirme?"
Tamalfit observó el fuego en los ojos de Etienne, y su expresión cambió apenas, suavizándose con una mezcla de lástima y advertencia.
Tamalfit: "Escucha bien, Etienne. La Serpiente Celeste no es un lugar de redención; es un lugar de verdad. Si cruzas ese umbral, verás lo que realmente eres, sin máscaras ni sombras. Y si tu esencia es impura, la tierra misma se alzará contra ti."
Un silencio cayó entre ellos, pesado y denso. Tamalfit, aún reacio, se reclinó en su asiento y soltó un suspiro resignado.
Tamalfit: "Si realmente estás decidido a ir… no puedo detenerte. Pero entiende esto: el precio de cruzar ese umbral podría ser más alto de lo que estás dispuesto a pagar. Porque cuando llegues a la Serpiente Celeste, Etienne, no solo verás tu pasado. Verás el dolor y la oscuridad que llevas dentro. Y te advierto… las revelaciones de ese lugar no son amables con las almas que llevan consigo una sombra."
Etienne asintió, consciente de las palabras de Tamalfit pero decidido a seguir adelante. Sabía que las respuestas que buscaba no serían fáciles, pero había llegado demasiado lejos para detenerse. Con una última mirada, se despidió, sus pasos perdiéndose en la oscuridad del desierto mientras se dirigía hacia el lugar que albergaba las verdades que tanto anhelaba…
***
La noche era densa, con un silencio tan profundo que incluso el desierto parecía contener la respiración. La tienda de campaña de Etienne estaba iluminada solo por el débil resplandor de una lámpara de aceite, proyectando sombras que bailaban y serpenteaban sobre las paredes de tela. De repente, el sonido de pasos se acercó, silencioso pero decidido, hasta detenerse justo frente a la entrada. Etienne levantó la mirada y encontró la figura de Tamalfit, de pie, su silueta recortada contra la oscuridad.
Tamalfit: "No te voy a dejar solo."
Etienne lo miró, sorprendido y al mismo tiempo intrigado por aquella declaración.
Etienne: "¿Qué quieres decir con eso?"
Tamalfit dio un paso hacia adentro, sus ojos oscuros observando a Etienne con una mezcla de compasión y firmeza.
Tamalfit: "El viaje desde tu hogar hasta este desierto… ¿cuántos días fueron? ¿A cuántos has matado para alimentarte? Piensa en lo que sucederá si sientes hambre en un lugar tan solitario como es el desierto. ¿Vas a sacrificar a tu caballo, a tu camello… o a lo primero que encuentres en tu camino? Etienne, si pretendes llegar a la Serpiente Celeste, me necesitas."
Etienne apretó los labios. Las palabras de Tamalfit, duras pero precisas, golpearon la realidad de su propia naturaleza. Sabía que el desierto no ofrecía refugio para sus necesidades, para esa hambre oscura que lo acompañaba como una sombra persistente.
Etienne: "¿Qué estás sugiriendo, Tamalfit?"
Tamalfit se inclinó hacia él, bajando la voz a un susurro casi místico.
Tamalfit: "Puedo utilizar un truco. Entre los tuareg, lo llamamos Sul’haan Al-Khayal. Es un vínculo antiguo, un truco de los dijnn de mi linaje, una manera de enlazar mi alma con la tuya. Mientras dure el hechizo, mi energía sostendrá tu hambre y te dará la fuerza que necesitas para cruzar el desierto. Pero hay un precio."
Etienne escuchaba atentamente, sus ojos llenos de una mezcla de esperanza y duda.
Tamalfit: "Este truco dura solo tres lunas, tres noches para ser exactos. Después de ese tiempo… mi alma desaparecería, y tú volverías a tu cuerpo tal como eres. Para ti, solo serán tres noches de poder, pero para mí… significaría la muerte. Mi alma se consumiría en el proceso."
Etienne sintió el peso de aquella confesión. Su voz salió baja, casi con incredulidad.
Etienne: "¿Por qué lo arriesgas por mí, Tamalfit? ¿Qué puede importarte mi viaje y mis respuestas al punto de entregarte de esa forma?"
Tamalfit lo miró, con una leve sonrisa en sus labios, pero había algo más en sus ojos, una sombra de deseo, de ambición oculta.
Tamalfit: "Porque yo también tengo preguntas sin respuesta, Etienne. También yo necesito algo de la Serpiente Celeste. La he sentido llamarme en sueños, en visiones. Hay algo allí, algo que puede responderme, algo que tú no entenderías… aún."
Etienne lo miró en silencio, tratando de leer en el rostro de Tamalfit alguna pista, alguna señal de lo que buscaba. Pero el brujo tuareg parecía cerrado, con sus propios misterios.
Tamalfit: "Mi linaje no es simple, Etienne. Soy hijo de Akratan al-Dijnn, el espíritu de las arenas eternas. Desde niño he sentido el peso de esa herencia, y hay secretos que ni siquiera mi linaje me ha concedido. Mi destino está unido a esta tierra, pero la Serpiente Celeste… tiene el poder de cruzar umbrales, de revelar lo que está más allá de esta realidad."
Etienne observó al hombre frente a él, sintiendo que, por primera vez, alguien compartía su ansia, su necesidad de respuestas.
Etienne: "¿Y qué te hace pensar que compartir nuestras almas me llevará más cerca de las respuestas que busco?"
Tamalfit se inclinó un poco más hacia él, con una intensidad que parecía casi profética.
Tamalfit: "Porque la Serpiente Celeste no es solo un lugar, Etienne. Es un reflejo de las almas que se atreven a cruzar su umbral. Tú, con tu naturaleza maldita, podrías desatar fuerzas que ni siquiera comprendes si vas solo. Pero si nuestra energía está unida, si mi espíritu puede sostenerte, podremos mantener el equilibrio. Solo entonces, tal vez… recibamos las respuestas que ambos buscamos. Porque esa serpiente sagrada no responde a los mortales ni a los malditos. Solo a aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo."
Un largo silencio cayó entre ellos. Etienne podía sentir el peso de la decisión, las implicaciones de lo que Tamalfit le estaba ofreciendo. Tres noches de poder, pero al precio de una vida.
Etienne: "Y si después de esas tres noches no logramos encontrar nada, Tamalfit… si al final no hay respuestas…"
Tamalfit levantó una mano, como si detuviera cualquier duda.
Tamalfit: "No pienses en el fracaso, Etienne. Cuando alguien de mi linaje cruza el umbral, lo hace con la certeza de que verá lo que necesita. Y si la Serpiente Celeste no nos ofrece respuestas, entonces no hay respuestas para ninguno de los dos. Pero esta es mi elección. Y creo que la elegí desde hace mucho tiempo."
Etienne sintió una especie de respeto oscuro y silencioso por aquel hombre, por su voluntad inquebrantable, y supo que, en el fondo, necesitaba ese tipo de guía en su viaje.
Etienne: "Entonces… hagámoslo. Pero te juro que si hay algo que pueda hacer para salvar tu alma al final de esas tres lunas… lo haré."
Tamalfit sonrió levemente, una sonrisa llena de comprensión y resignación.
Tamalfit: "Sabes tan bien como yo que algunas promesas no pueden cumplirse, Etienne. Pero acepto tu intento. Cuando estemos frente a la Serpiente Celeste… ya no seremos dos almas. Seremos una sola, y con eso, encontraremos nuestro destino."
Y en esa oscura noche del desierto, los dos hombres sellaron un pacto que los uniría en un viaje sin regreso, hacia un lugar donde sus almas enfrentarían verdades que cambiarían el curso de sus destinos… o los consumirían en su oscuridad compartida.
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