Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. ( Parte 1)


Nemoshyne:

Hay verdades que nacen sencillas, como piedras pulidas por el río. Al principio son claras, firmes, palpables… pero al ser contadas una y otra vez, esas verdades se desgastan, se adornan, y poco a poco se transforman en historias. Y las historias, con el tiempo, acaban elevándose más allá de la memoria: se hacen leyendas. Algunas sobreviven en el murmullo de las generaciones; otras, en cambio, se desvanecen como arena llevada por el viento, olvidadas en los pliegues de la noche.

Cada relato, sea falso o auténtico, encierra en su interior una melodía. Es un canto que acompaña a las palabras, invisible pero persistente. Sin embargo, los oyentes y los contadores de cuentos rara vez la mantienen intacta: cambian sus notas, alteran su ritmo, y lo que antes era un lamento puede transformarse en júbilo, o lo que alguna vez fue luz convertirse en penumbra. Así es como la música de las historias muta, adoptando la forma de quienes la escuchan y la narran.

Pero hay relatos distintos, incorruptibles. Historias que no se desgastan ni se pierden en los adornos del tiempo. Son las que brotan del corazón, que laten con el deseo y se sostienen en la certeza del destino. A esas no las puede torcer la memoria, ni el viento, ni el olvido: permanecen intactas, como una llama que nunca se extingue, porque su música no nace de la voz del narrador, sino del alma que las sostiene.


¿Cómo acuñar, entonces, las miles de historias contadas por aquellos que se reflejan en la laguna Estigia? No se puede. Ninguna mano, ninguna pluma, ningún mármol puede contenerlas. Pero lo que sí aprendí fue a escuchar. Escuchar sin juzgar, sin apresurarme a discernir si eran mentiras o verdades, dejando que cada penitente se abriera ante mí como una flor de loto en el barro del abismo. Así, el reo sin vida podía relatar su historia como lo dictaba su alma: sin engaños, sin tretas, sin los excesos que la memoria suele inventar.

Emir se acercó a las aguas de la laguna y contempló su propio dolor reflejado en ellas. En aquel espejo líquido no vio su rostro, sino los fragmentos de su destino: promesas incumplidas, deseos nunca pronunciados, caminos que no volvería a andar. Y allí, frente a la vasta quietud de las aguas negras, supo que los relatos no se disuelven con la muerte, sino que buscan a quién aferrarse.

¿Y qué puede hacer una Musa, nacida de la sola gota que cayó en esas aguas infinitas del reino de Caronte? Soy ese anhelo incompleto, ese eco de lo que jamás llegó a cumplirse. Soy la esencia de una verdad desnuda, ofrecida en sacrificio por todos los corazones que se consumieron en el silencio. A mí llegan los moribundos, a mí me entregan sus voces, porque los muertos solo desean dos cosas: ser recordados y que sus alabanzas se graben en el Gran Libro del Conocimiento, allí donde ni el tiempo ni el olvido pueden borrar una sílaba.


“Escucha bien, viajero de historias jamás contadas. Oye la voz cuando el conjunto de palabras resuena en tu mente, y atiende, porque esta no es una fábula cualquiera: es un soplo del tiempo, un secreto que ha cruzado mares y desiertos, un eco que persiste más allá de los siglos.

Desde las arenas ardientes de Tombuctú, desde los palacios olvidados de Samarcanda, desde los bazares de Bagdad donde aún arden las lámparas al caer la noche, se cuenta una historia.

Una historia tan antigua como el propio desierto. Dicen que el mayor tesoro del mundo no yace bajo montañas, ni en cámaras ocultas de reyes, ni está protegido por un saitan ni por un djinn. Porque la codicia del hombre siempre mira lo vasto, lo imponente, y en ese error pasa de largo lo esencial.

El relato afirma que el mayor de los tesoros se esconde en el lugar más diminuto jamás pensado:

“En una simple gota de rocío, suspendida en equilibrio en la hoja de una palmera, en medio de un oasis que arde en el océano de fuego. Y allí, donde la aurora toca con suavidad el cristal de agua, se abre —solo para quien sabe mirar—el salón de las mil maravillas.... “

"...El alijo digno de un emperador " 


***

La caja de Anshara lo dejó bien claro:

(El Jaguar, de la caja de Anshara)
—.  “El mundo es un recipiente creado para un propósito. Somos las diversas interpretaciones de un deseo no cumplido.”

....En el horizonte, siguiendo el sol de la noche hasta el cañón de la media luna, yace "Asharim Tala": La  lágrima que contiene las mil maravillas.
" el alijo digno de un emperador.”


Ciro I, Rey de Persia, habló con voz solemne, marcando el destino de un hombre común:

—“Si quieres mantener tu cabeza en su lugar, ve y encuentra las tres cámaras recitadas por  la caja de Anshara. Hazlo, y tendrás un lugar en mi corte y la mano de mi hija.
Ven sin nada… y tus extremidades quedarán expuestas en la entrada de la ciudad como advertencia.”

El elegido para la empresa no era un príncipe ni un general.
Era Emir, un simple carpintero.
Un artesano de madera, acostumbrado al olor a resina, a la suavidad de las virutas cayendo sobre el suelo, a dar forma a lo inservible para volverlo útil.
Sus manos no conocían la espada, sino el martillo y el formón.

El Rey le entregó todo lo necesario para el viaje: armas, provisiones, y una guarnición de soldados capitaneada por Ramir ad Luan, uno de los más grandes generales del imperio aqueménida.

La noche antes de la partida, la princesa pidió audiencia.
El rey, a regañadientes, accedió.

Ella se acercó a Emir en silencio, con los ojos húmedos de un presentimiento que no se atrevía a confesar.
Entre sus dedos llevaba un pequeño fragmento de su propia túnica, en cuyo tejido estaba bordado El Gopat, un símbolo antiguo de protección, acuñado en la familia imperial tras conquistar Anatolia.

—“Nada más puedo darte. Ahora depende todo de tí —le susurró al oido—. ( El deseo de besarlo por última vez. No estaban solos. Los guardias vigilaban a los dos. Emir pudo sentir que dentro de aquella tela, había algo que pesaba. Los dos se miraron.)  recuerda, ...cuando te sientas perdido,  cuando se apague la luz de toda oportunidad,.... ( Un guardia sospecha. La princesa le da un beso a Emir para disimular)....que siempre estoy a tu lado.
No estás solo.”

Una despedida rara. Extraña. Fuera de lugar. Aparentando algo que realmente no era verdad.
A Emir, el beso le supo a miel y al fuego intenso que convierte al más cobarde en hombre capaz de todo.

***

Y al amanecer, la caravana partió desde la ciudad imperial de Pasargada, avanzando hacia el desierto interminable.
Las murallas quedaron atrás, los estandartes ondearon como lenguas de fuego en el viento…
Y Emir, con el fragmento de tela oculto en su pecho,
un carpintero convertido a la fuerza en buscador de lo imposible,
dio el primer paso hacia un destino del que nadie había regresado jamás.

Caminaron cientos de millas, hasta fundirse en las arenas infinitas.
El sol castigaba con su peso de fuego, y la noche helaba los huesos como un cuchillo invisible.
Siguieron el itinerario de las caravanas antiguas, la ruta de los mercaderes que unían Sarmarcanda con Tombuctú,
y cada huella parecía desvanecerse apenas era trazada.

El cansancio doblaba espaldas, el hambre mordía, y la sed era una sombra que se pegaba al alma.
Los soldados, endurecidos por la guerra, sentían sus armas como grilletes de hierro ardiente:
los escudos se volvían montañas sobre los hombros, las lanzas eran columnas de plomo,
y cada espada colgada del cinto pesaba como una condena.
Hasta los cascos, pensados para proteger, parecían forjar un suplicio de fuego bajo el sol.

Muchos creyeron que no habría final para aquel tormento.

Pero cuando el viento cesó y el horizonte pareció abrirse, un milagro se levantó ante sus ojos:
un oasis, verde y palpitante, escondido como un secreto entre las dunas.
Palmeras erguidas como lanzas, agua clara como un espejo de luna.

Allí, tras saciar la sed en silencio, los hombres comenzaron la tarea de levantar el campamento.
Sacaron los postes de madera de acacia, pulidos y resistentes,
extendieron sobre ellos los pesados paños de lana tejida, teñidos en tonos oscuros para resistir el sol,
y sujetaron las lonas con cuerdas de cáñamo trenzado que se enterraban firmes en la arena.
Algunos extendieron esteras de palma sobre el suelo para protegerse de la humedad nocturna;
otros cavaron pequeños hoyos alrededor para desviar el agua si la lluvia sorprendía al desierto.
En menos de una hora, el lugar se transformó en una ciudad efímera:
tiendas bajas para los soldados, un pabellón mayor para los oficiales,
y un círculo central, abierto al cielo, donde ardía la hoguera del campamento.

Cuando el sol se ocultó, llegaron los hijos del desierto: los tuaregs, con sus velos azules y su andar silencioso.
Los hombres de la caravana fueron recibidos con el antiguo código de hospitalidad:
se compartió el agua fresca, el pan de mijo, la leche de cabra y los dátiles dorados,
porque así lo dicta la ley de los ancestros.

En aquel círculo de fuego y palabra, bajo las estrellas inmensas,
el desierto no parecía tan hostil, y la hermandad era el único tesoro verdadero.

***
Campamento.

Un soldado viejo, con la voz cascada por los años, se inclinó hacia la hoguera.
Su sombra parecía más larga que el resto cuando habló:

—Dicen que ninguna caravana cruza estas arenas sin pagar un precio. El desierto es como un guardián invisible. No importa si llevas cien camellos o mil odres de agua… siempre reclamará lo suyo.

Hizo una pausa, y los demás lo miraron con atención.

—Un tributo. Una vida.
Uno de nosotros, aquí mismo, no verá el amanecer.

El silencio se hizo más pesado que el calor del día.
El soldado sonrió sin humor y levantó el odre de bebida.

—Así que bebed, amigos míos. Disfrutad de esta noche. Mirad las estrellas y contad vuestras historias…
Porque quién sabe… quizá alguno ya esté marcado por la arena.

***
Eres un viejo estúpido Abraham!
Acabas de asustar a nuestros aventurero 
( Todos ríen)
Emir se pone la mano en el pecho. El general ( tiene la personalidad de tywin Lannister, se da cuenta. Y antes de relatar una historia bebe de aquella bebida amarga y dulce como la miel.

“El amor es algo que todos conocemos… no hay nada que sea tan afortunado de sentir que alguien vela por ti en casa fría noche. Es acogedor, es como si el calor de tu casa te acompaña en las frías noches. Pero…¿ que ocurre cuando lo que tienes es soledad?
Ocurrió en una campaña a Sarmarcanda, las noches pueden ser muy traicioneras en pleno desierto y más cuando estás solo. Hoy es cosas que volverían loco al más valiente de los soldados. El desierto es un camposanto silencioso: todo habita en el y nada parece lo que es. Es interesante como se siente que algo te observa. Pero no sé ve. Que cuando duermes, viene y te observa. Pero no hay nada. Que cuando se acerca y te susurra al oído “ ¿Que es lo que más deseas en éste mundo? Tú medio dormido y agotado por el esfuerzo de la mañana y el frío del anoche…
Sientes como se mete en tu lecho, como despierta tu interés y luego como durante toda la noche descubres que habían fuerzas de sobra para jugar con aquella cosa que no se ve. el miedo aparece por la mañana. Cuando toda evidencia se presenta ante tus ojos: un esqueleto seco y agrietado debajo de donde dormías. Era real? No lo era? El amor es la única fuerza en este mundo que no muere con la muerte. 

***


Todos rieron tras la advertencia de Abraham. Pero en medio de las carcajadas, Emir se llevó la mano al pecho, donde guardaba el fragmento de túnica que le había dado la princesa.

El general Ramir ad Luan lo observó en silencio. Sus ojos, afilados como cuchillas, se fijaron en el gesto del carpintero. No dijo nada. Solo tomó el odre, bebió un largo trago de aquella mezcla amarga y dulce como miel… y comenzó a hablar.

—El amor… —dijo con voz grave—. Es algo que todos conocemos. No hay nada tan afortunado como sentir que alguien vela por ti en la noche fría. Es acogedor, como si el calor de tu hogar viajara contigo.

Dejó que el viento silbara entre las dunas antes de continuar:

—Pero… ¿qué ocurre cuando lo único que tienes es soledad?

Se inclinó un poco hacia adelante, como si sus palabras fueran especialmente para Emir:

—En Samarcanda, muchos soldados aprendieron lo traicioneras que son las noches del desierto. Todo parece quieto, pero algo te observa. Y aunque no lo ves, lo sientes.
Algunos juraban que, medio dormidos, oían una voz susurrar:
“¿Qué es lo que más deseas en este mundo?”

Si estabas agotado, esa voz te envolvía como un manto. Entraba en tu lecho, te abrazaba, te daba calor, compañía… incluso pasión. No había miedo entonces.

El miedo venía con el amanecer.

Porque al despertar, bajo la arena donde habías dormido, encontrabas un esqueleto reseco, agrietado, con la boca abierta en un grito eterno.

El general dejó que el silencio pesara. Luego, con una mirada fugaz a Emir, remató:

—¿Era real? ¿Un sueño? Nadie lo sabe.
Pero de algo estoy seguro: el amor es la única fuerza en este mundo que no muere con la muerte.

***

—Cuéntanos algo, Emir… —dijo uno de los soldados.

—Sí, carpintero, aquí ya no estamos en la corte —rió otro.

Ramir ad Luan, serio como siempre, asintió con la cabeza y dijo:

—Puedes hablar si lo prefieres. ¿Qué historias posee un carpintero? ( Dijo con sarcasmo).

Emir se aclaró la garganta. La hoguera iluminaba su rostro cansado, y en sus ojos brillaba algo distinto, no miedo… sino recuerdo.

—Se dice que existen tres maderas sagradas —comenzó—. Tres árboles que no crecen en el mismo lugar, pero que juntos guardan un secreto. Son las únicas que pueden atrapar al tiempo por un instante.

Los soldados dejaron de reír.

—La primera es la madera del ciprés de la luna: blanca, ligera, que guarda la memoria de cada noche en sus anillos.
La segunda es la madera del cedro rojo del desierto: fuerte, eterna, que arde sin consumirse y nunca se pudre.
Y la tercera es la más rara de todas: la madera del sicomoro del río oculto… dicen que sus raíces beben agua de un manantial que ya no existe, y que su savia está hecha de susurros de los muertos.

Hizo una pausa, y el viento pareció escuchar.

—Si un artesano las trabaja con la misma presión, con la misma paciencia, sin detenerse ni un instante… entonces puede tallar un artefacto único: un Criptex.

Los hombres fruncieron el ceño, intrigados.

—Un Criptex de madera tiene tres giros.
Si lo haces girar en el sentido de las agujas del tiempo, el mundo avanza.
Si lo giras al contrario, retrocedes a un instante concreto de tu vida.
Y si lo giras en el tercero… —Emir bajó la voz—, paralizas el tiempo.

Nadie habló. Solo el crujido de la leña llenó el silencio.

Emir bajó la mirada y añadió con humildad:

—Eso dicen los viejos carpinteros… aunque yo nunca he visto uno. Tal vez sea solo un cuento.

Pero en los ojos de algunos, la duda había quedado sembrada.


Ramir ad Luan lo miró fijamente.
En su rostro no había burla, solo incredulidad.

El general conocía demasiado bien a sus hombres. Había visto a ladrones y desertores intentar escalar los muros de Pasargada. Ninguno lo logró. Y sin embargo, aquel carpintero… sí.

Apretó el odre entre sus manos, y con voz baja, dirigida solo a él, preguntó:

—Dime, Emir… ¿cómo lo hiciste?

El joven levantó la vista, sorprendido.

Ramir no apartaba los ojos de él.

—Durante noches —prosiguió— sorteaste a mis mejores centinelas. Ninguno de mis hombres te vio pasar. Y lo que superaste no era una cerca de madera ni un muro de taller… eran murallas de cinco metros, custodiadas día y noche.

El silencio de la fogata se volvió denso.
Los soldados se miraron entre sí, tensos, como si fueran testigos de algo prohibido.

Ramir inclinó la cabeza apenas, con la dureza de un juez que no admite mentiras:

—Respóndeme, carpintero…
¿Cómo pudiste ver a la princesa sin que nadie te viera?


Emir se quedó callado.
Tragó saliva. El corazón le golpeaba en el pecho, justo donde escondía la tela de la princesa.
No podía decirlo.
Si lo supieran… su cabeza terminaría en una pica antes del amanecer.

El fuego crepitaba, y todos aguardaban.
Ramir lo observaba sin pestañear, como si pudiera atravesarlo con la mirada.

Finalmente, Emir sonrió con torpeza, forzando la voz:

—Con… bolas de madera.

Hubo un instante de silencio.
Luego, unas carcajadas rompieron la tensión.
Los soldados golpearon las vasijas, riendo y repitiendo entre sí:

—¡Con bolas de madera! ¡Así cualquiera sube murallas!

El ambiente volvió a relajarse, pero Ramir no rió.
El general siguió observando al carpintero con la misma dureza, como si hubiera escuchado una mentira demasiado grande para ser ignorada.

***

La tensión podía cortarse con una daga de filo desgastado.
Ramir se levantó de golpe, y el aire se espesó.
Nadie rió ya.

—He dicho… —su voz retumbó como un trueno—, ¡¿cómo lograste sortear a mis centinelas?!

El eco se extendió entre las dunas.

Un soldado, nervioso, se atrevió a intervenir:
—Señor… creo que ya es suficiente.

Otro añadió:
—Sí… ya nos hemos reído de él. Aún queda mucho camino por recorrer.

Ramir respiró hondo. Su mandíbula se tensó. Sus hombres tenían razón… era absurdo presionar tanto a un carpintero. Pero lo que él sabía no le permitía callar.

Alzó la voz, ahora con un tono helado, casi como si dictara sentencia:

—¿Carpintero, decís? No… Emir no es solo un artesano.

Los hombres lo miraron, incrédulos. Emir bajó la cabeza, tragando saliva.

Ramir prosiguió, cada palabra un golpe contra el silencio:

—En la casa de Smosh Turag, el tesorero principal de Ciro I, hubo una vez un cofre. Un cofre que debía ser un regalo para la princesa Dalia. Nadie en toda la corte pudo abrirlo. Ni sabios, ni sacerdotes, ni guardianes.

Los soldados se inclinaron hacia delante, atentos.

—Y entonces, la princesa recurrió a alguien inesperado… —Ramir lo señaló con el dedo—: este hombre. Emir.
Un “carpintero” de tienda de barrio, fabricante de sillas y mesas.

Ramir dio un paso hacia él, con la voz endurecida:

—No solo abrió aquel cofre. La princesa, sorprendida, le pidió más.
Y lo que abrió después… fue la cámara del tesoro real.

Emir y la cámara secreta del Rey de Persia 


El sol se ocultaba tras las dunas cuando los Imuharín —la tribu de Emir— celebraban en torno a un fuego el regreso de una caravana. El aire olía a leche de cabra hervida, a cuero curtido, a madera trabajada en pequeños cofres de comercio. Su padre, Ashram, era conocido no solo como guerrero, sino como ingeniero del desierto: hacía cerraduras con madera de palma, trampas para defender los pozos, juguetes que parecían cobrar vida en manos de los niños.

Esa noche, los tambores sonaban. Pero bajo la arena, el enemigo ya se acercaba.

Los Kel Adras, rivales eternos, descendieron en silencio, como sombras armadas. No buscaban botín, sino exterminio. Querían poseer el oasis de Ishkar, el último manantial entre semanas de viaje.

Los perros ladraron. Las mujeres gritaron. El fuego se apagó en medio del caos.

Emir, con apenas catorce años, fue empujado por su madre hacia una tienda de cuero. Ella le apretó las manos con fuerza, los ojos húmedos de un brillo extraño, y susurró:

—Este mundo es un recipiente, y nosotros somos los deseos que nunca se cumplieron… Cariño, busca tu destino en él.

Con esas palabras, le colgó al pecho una pequeña bolsa hecha de vejiga de cabra, el odre donde los suyos guardaban el agua más pura. Una cantimplora humilde, pero para Emir se convirtió en herencia y amuleto.

Él se la cruzó como una bandolera, y antes de que pudiera protestar, su madre lo empujó hacia la oscuridad de las dunas.

Entonces lo entendió: corría para vivir.

Detrás de él, el choque de espadas y los gritos se mezclaban con el silbido de las flechas. Su padre cayó defendiendo el pozo. Su madre quedó tendida como una sombra rota sobre la arena. Los cántaros de agua se volcaron, devorados en segundos por la sed de la tierra.

Emir corrió. Corrió hasta que sus pies sangraron. Corrió hasta que la luna lo encontró solo, con el odre golpeándole el costado y el eco de su madre repitiéndose en su cabeza:

"Busca tu destino."

Cuando amaneció, ya no quedaba tribu.
Solo un niño.
Un huérfano.
Un Imuharín que nunca volvería a escuchar el tambor de su gente.

***

El sol no tenía piedad.
Caía como un martillo sobre su cabeza, quemándole la piel, arrancándole la poca fuerza que le quedaba.

Emir avanzaba con los pies hundiéndose en la arena, el odre de cabra golpeándole contra el costado. Cada vez más liviano.
Un sorbo… dos, y ya casi nada.

Subió la duna más alta que alcanzaron sus piernas. Se detuvo jadeando, con las manos en las rodillas, y alzó la vista.
Un mar de dunas infinitas.
Olas inmóviles de arena que no llevaban a ninguna parte.

Se mordió los labios resecos.
Si gastaba lo poco que le quedaba, tal vez no sobreviviría la siguiente jornada.
Si no lo bebía… la lengua ya se le pegaba al paladar como piedra.

Siguió caminando, cada paso más torpe, hasta que el paisaje cambió.
La arena cedió en una vasta esplanada seca, dura, agrietada como la piel de un anciano. Y allí, en la distancia, algo interrumpía la monotonía:

Una pequeña estructura de piedra.
¿Un pozo? ¿Un altar?

Emir sintió que el corazón se le aceleraba. Corrió como pudo, tropezando, hasta acercarse.
Y entonces lo vio.

No estaba solo.

A pocos pasos de aquella construcción, una figura se erguía inmóvil, oscura, deformada.
Parecía un hombre cubierto con harapos, una silueta rígida entre los matorrales secos.

—¡Por favor…! —la voz de Emir salió quebrada, casi un gemido—. ¡Ayúdame! ¡Te lo ruego…!

La figura no respondió.
Ni un gesto.
Ni un aliento.

Emir dio un paso más, tembloroso. La esperanza se le escapaba como arena entre los dedos.
Y entonces lo comprendió.

No era un hombre.
Eran ramas secas.
Matorrales endurecidos por el viento y el polvo, cubiertos de jirones de tela que el desierto había enredado, como si quisiera jugar con la desesperación de los viajeros.

La “figura” no era más que un cadáver de la arena, un espejismo cruel del destino.

Emir cayó de rodillas.
El odre rodó por el suelo.
No le quedaban fuerzas.
Solo un pensamiento ardía en su mente:

"Madre… te prometí buscar mi destino. Pero el desierto me reclama antes.”

***


Emir cayó de rodillas.
El odre de cabra rodó en la tierra cuarteada, casi vacío.

Con los labios agrietados, levantó la vista por última vez hacia aquella figura inmóvil de ramas y telas.
Y entonces lo vio.

Un destello verde.
Una pequeña hoja brotando entre la sequedad, imposible en aquel cadáver de matorrales.

La figura parecía una mujer tuareg, sentada, vigilando el pozo seco que ya no guardaba nada.

—Toma, pequeña… —susurró Emir, apenas un hilo de voz—. A mí ya no me sirve…

Y volcó las últimas gotas de su cantimplora, dejando que cayeran sobre la raíz muerta.

En ese instante, mientras sus ojos se cerraban por el agotamiento, ocurrió.
La figura quebró su rigidez.
Las telas se ondularon con un soplo inexistente.
Y la madera seca se volvió carne y piel.

Ante él se alzó una auténtica mujer del desierto:
Oscura, majestuosa, cubierta de velos antiguos, con un fulgor imposible en sus ojos.

La voz salió de sus labios como si hubiera viajado siglos para llegar a ese momento, hablándole en el idioma primitivo de los tuareg:

—Me liberaste de mi maldición…

El silencio del desierto retumbó como un trueno.
Y Emir se hundió en la inconsciencia, sin saber que acababa de sellar su destino.

***
La Miz

Emir abrió los ojos.

El calor abrasador del día había desaparecido.
Ante él se extendía la entrada de una cueva abierta hacia la inmensidad del desierto. Dentro, un fuego titilaba, arrojando sombras cálidas sobre la piedra.

No estaba solo.

Junto al fuego, una criatura lo observaba.
Era una serpiente emplumada, con plumas tan diminutas que parecían escamas de luz. Tenía cuatro extremidades flexibles y un hocico alargado, recordando vagamente al de un dromedario. Su presencia, sin embargo, no infundía temor.
Su olor era dulce, a hierbas medicinales de los oasis.
Y sus ojos… sus ojos tenían la calma de una fuente en mitad de la arena.

La criatura sonrió, y su voz se deslizó suave, como un murmullo de agua fresca:

—Veo que has despertado…

Mostró los dientes al sonreír: normales, humanos, sin colmillos ni nada monstruoso.

—Permíteme —continuó—, optar por una presencia más acorde con la situación.

Su forma onduló como humo líquido. Las plumas se disolvieron en la bruma del fuego, y cuando volvió a ser visible, ante Emir se alzaba una mujer.
Túnicas azules caían sobre su piel tostada, marcada con símbolos antiguos tatuados como cicatrices sagradas. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían haber visto mil amaneceres.

—Mi nombre es… —dijo, con una voz ahora más cercana, más humana— bueno… en tu idioma sería demasiado largo de pronunciar.

Se inclinó apenas, con un gesto elegante, y sonrió con un aire de secreto eterno:

—Pero puedes llamarme… Miz.

****


—Hola, Miz… yo soy… —susurró Emir, débil.

La mujer sonrió.
Sus ojos brillaban como brasas antiguas.

—Eres Emir… de la tribu de los Imuharín. Tú me liberaste de mi condena. Ahora estoy en deuda contigo.
Dime, pequeño… si te preguntara qué es lo que más deseas tener, ¿qué pedirías?

La noche cubría el misterio del desierto.
Arriba, un millón de estrellas colgaban como lámparas, haciendo del momento un espejo mágico.

Emir tragó saliva.
—Tengo sed… mucha sed…

La Miz juntó sus manos, y de ellas brotó un agua clara, dulce como la miel. Emir bebió, y con cada sorbo, sus heridas se cerraban, su cuerpo se llenaba de fuerza, como si nunca hubiera conocido el cansancio.

Ella lo observó, paciente, y volvió a preguntar:

—Si te pidiera que es lo que más deseas tener, ¿qué pedirías?

Emir no dudó esta vez.
—Recuperar a mi familia.

La Miz alzó los brazos.
Al juntar sus manos, una onda expansiva atravesó el desierto con la velocidad de una tormenta.

Lejos, donde los cuerpos yacían sin vida, los ojos de la madre de Emir se abrieron.
Había vuelto de entre los muertos.

El corazón del muchacho se llenó de esperanza.

La criatura preguntó una tercera vez:
—Si te pidiera qué es lo que más deseas, ¿qué pedirías?

Emir se quedó en silencio. Su corazón le decía que su madre, su gente, estaban vivos otra vez. Sentía el impulso de correr hacia ellos.

La Miz inclinó la cabeza.
—Comprendo… —susurró.

Volvió a su forma de serpiente emplumada y le ofreció el lomo. Emir subió, y juntos volaron hasta el campamento. Allí, como un sueño imposible, la tribu festejaba. La música, el fuego, las risas. Todos estaban contentos por haber regresado de la muerte.

Emir sonrió entre lágrimas. Abrazó al ser con fuerza.
—¡Gracias, gracias, gracias!

Pero cuando se dirigió a su madre, la criatura lo detuvo:

—No puedes. Ese no es tu destino.
Puedes quedarte… si eso es lo que deseas.
Pero mañana, cuando caiga la noche, todo volverá a ocurrir.

Sus palabras fueron un golpe helado.

—No es la primera vez que nos vemos, Emir.

El corazón del muchacho se rompió en mil pedazos.
Observó desde lo lejos el campamento, los suyos celebrando bajo la luna, brillando de felicidad.
Pero supo la verdad.
No se puede cambiar lo que está escrito, por mucho que lo desees.

El destino es una ruta sin atajos.
Y su destino era seguir caminando.

La Miz lo miró con ternura, y una última vez preguntó:

—Y ahora, Emir… dime.
Si pudiera concederte un deseo, uno solo…
¿Qué me pedirías?

Emir la miró con ojos llorosos.

Y el desierto guardó silencio, esperando su respuesta.

***

Pasargada era distinta a cualquier otra ciudad de Oriente.
No cargaba las ruinas de los siglos como Babilonia, ni se enroscaba en templos ancestrales como Susa.
Pasargada había nacido de la ambición de un solo hombre: Ciro.

La llanura verde en la que se levantaba parecía un milagro. Canales de riego surcaban la tierra como venas brillantes, y de ellos brotaban granados, cipreses y palmeras que desafiaban al desierto cercano. En medio de aquella geografía domada, se alzaban los palacios: terrazas de piedra blanca, columnas altas coronadas por toros alados y águilas, relieves donde desfilaban soldados y pueblos sometidos, todos grabados con la misma serenidad.

El aire olía a especias, a lana teñida, a metales recién fundidos. En los bazares, se mezclaban lenguas de Media, Sogdiana, Bactria y hasta lejanas caravanas de la India. Pasargada no era solo una ciudad: era el corazón de un imperio en expansión.

Y allí, en el centro de la plaza principal, se había reunido el pueblo para escuchar la voz de los heraldos.

El decreto de Ciro se proclamó con solemnidad:

—“Desde hoy, las familias nobles de Persia, generales, y hombres de la corte real, deberán sentarse en banquetes y consejos sobre sillas, en torno a mesas de orden y simetría. Que todos sepan, al verlos, la diferencia entre los que sirven y los que gobiernan.”

Un murmullo recorrió la multitud. Para el pueblo llano, que dormía en el suelo y comía sobre alfombras, aquello era un símbolo imposible. Una silla no era madera: era rango. Una mesa no era carpintería: era poder.

Y en ese instante, sin que nadie lo supiera, nació una nueva necesidad en Pasargada: carpinteros capaces de fabricar esas piezas de prestigio.

Entre la multitud, un joven de ojos oscuros escuchaba en silencio. Sus manos, endurecidas por la madera, apretaron con fuerza la bolsa de herramientas que llevaba colgada. Él no lo sabía todavía, pero aquel edicto cambiaría su destino para siempre.

Su nombre era Emir.

***


Emir recorrió Pasargada durante días.
Golpeó puertas, preguntó en talleres, ofreció sus manos a cambio de pan.

Pero siempre recibía la misma respuesta:
—Aquí trabajamos arcones.
—Aquí, puertas para el palacio.
—Aquí no necesitamos un forastero.

Todos los artesanos de madera servían a nobles o comerciantes. Todos miraban hacia lo grande, hacia lo monumental: cofres, portones, columnas.
Nadie tenía tiempo para un muchacho flaco y moreno que hablaba con acento del desierto.

Ya agotado, llegó al último taller, un lugar oscuro lleno de virutas y serrín. El maestro, cansado de su insistencia, le arrojó un tablón astillado.

—Si tanta hambre tienes de madera, llévate eso. Ni para quemar sirve.

Emir miró el trozo despreciado. Después encontró otros tres, abandonados en un rincón.
Los tomó entre sus brazos y, en lugar de marcharse, se dirigió al centro de la plaza de Pasargada.

La gente lo observaba con curiosidad. Nadie entendía qué pretendía aquel muchacho harapiento.

Se arrodilló en el polvo, sacó las herramientas que siempre llevaba colgadas, y comenzó a trabajar.
El sol caía a plomo, pero él no se detuvo.
Cortó, midió, encajó.
Sus manos se movían con precisión imposible: cada golpe exacto, cada corte como si obedeciera a una geometría invisible que solo él comprendía.

Cuando terminó, en medio de la plaza quedaba una silla.
No una cualquiera: era exacta, equilibrada, recta como si hubiera nacido de un cálculo perfecto.
Pero nadie aplaudió.
La multitud, ocupada en sus compras, apenas le dedicó una mirada.
Para ellos no era más que un muchacho del desierto jugando con maderas viejas.

Emir suspiró y se dejó caer sobre la silla.
De entre sus ropas sacó una flauta de caña, sencilla, gastada por los años.
La llevó a sus labios y comenzó a soplar.

No salió sonido alguno.
Ni una nota, ni un silbido.
Para los hombres y mujeres que pasaban, aquel acto fue invisible: solo un muchacho soplando en un tubo hueco.

Pero las bestias del mercado levantaron la cabeza.
Los camellos se acercaron lentamente, dóciles como si reconocieran una melodía antigua.
Los burros rebuznaron quedo, y hasta los perros callejeros se tumbaron en círculo frente a Emir, en un silencio reverente.

El muchacho tocaba una música que ningún hombre podía oír,
pero que los animales seguían como si el mismo desierto respirara en ella.

Y así, sentado en la silla que él mismo había creado, rodeado de bestias en calma,
Emir parecía por primera vez lo que realmente era:
un forastero marcado por un don que no pertenecía del todo a este mundo.

***

La silla nunca fue un espectáculo.
El verdadero milagro fueron las bestias que rodearon a Emir.

Primero los camellos levantaron el cuello y se acercaron con pasos pesados, obedientes a un sonido que nadie más podía oír. Luego los burros dejaron de rebuznar y los perros se tumbaron en círculo, atentos. La plaza enmudeció.

Los niños fueron los primeros en señalar.
Después las amas de casa, que callaron sus voces.
Y finalmente los hombres dejaron de regatear, olvidando sus cuentas y monedas.

—¿Qué es eso? —preguntó uno, en un murmullo.
—¿Una silla? —respondió otro, incrédulo.

Uno a uno se fueron acercando. El mercader de puertas, el herrero de la calle, el sirviente curioso y hasta un noble prudente en gastar… todos probaron la silla. Y algo extraño ocurrió: cada persona que se sentaba, encontraba calma.

Una madre, desesperada por acallar a su bebé, depositó al niño en su regazo y se sentó. El llanto se extinguió como si lo hubiera acunado un arrullo invisible. El pequeño se durmió en segundos. La multitud contuvo el aliento.

Desde ese día, Emir nunca más buscó trabajo.
El trabajo lo buscaba a él.

Le encargaron sillas para nobles, bancos para clérigos, mesas para banquetes, cofres para tesoros. Con cada pieza, el muchacho del desierto fue dejando huella.
Y en Pasargada, donde todos lo habían mirado primero como un forastero, Emir se ganó un espacio propio: un taller pequeño, pero lleno de vida, donde la madera se transformaba en silencio, en calma, en respeto.

Emir tenía un don.
Un don que nadie podía nombrar… pero todos reconocían al sentarse.

***
📖 El primer cofre

Fue un noble quien lo puso a prueba por primera vez.
Entró en el taller de Emir acompañado de dos sirvientes, el manto de lino pesado y los dedos llenos de anillos.
Sus ojos recorrieron las sillas alineadas, las mesas impecables, los bancos que parecían respirar en silencio.

—Necesito un cofre —dijo, sin rodeos—. Uno resistente, digno de guardar lo que no debe caer en manos de nadie.

Emir, sin levantar la vista de la madera que estaba puliendo, respondió con calma:
—No hago cofres. Solo sillas y mesas.

El noble chasqueó los dedos. Uno de sus sirvientes dejó caer una bolsa de monedas sobre la mesa. El cuero inflado tintineó con promesas de oro.

Emir ni siquiera miró.
—Sillas y mesas.

El noble frunció el ceño.
Hizo un gesto, y otra bolsa, más grande, cayó al lado de la primera. El sonido metálico llenó el taller.

El joven carpintero continuó con su cepillo, sereno.
—Sillas. Y mesas.

El noble respiró hondo, contuvo la ira. Con un ademán brusco, ordenó soltar una tercera bolsa, pesada, repleta.
El eco de las monedas rebotó en las paredes de madera como un golpe seco.

Emir dejó el cepillo a un lado.
Se incorporó despacio, miró los tres sacos apilados y después al noble, que lo observaba con la impaciencia de un hombre acostumbrado a obtener todo lo que desea.

Una sonrisa leve se dibujó en sus labios.
—De acuerdo. Pásate mañana por la mañana… y tendrás tu caja.

El noble asintió satisfecho. Pero cuando se marchó, Emir acarició la madera como si en ella hubiera un secreto que solo él podía leer.

Porque aquel cofre… no sería un cofre cualquiera.

***


La ciudad de Pasargada dormía bajo un manto de estrellas.
El taller de Emir, sin embargo, estaba despierto.
El joven miraba la madera sin saber por dónde empezar. El oro del noble descansaba en un rincón, pesando más que cualquier deuda.

—¿Cómo voy a hacer esto? —murmuró—. No sé construir cofres. No sé encerrar lo que otros quieren guardar.

Entonces, en el silencio, una voz conocida se abrió como un susurro antiguo:

> —El mundo es un recipiente…
y todos nosotros somos deseos no cumplidos.



Emir giró la cabeza.
Allí estaba Miz, no como la criatura del desierto, sino como una mujer de túnicas azules y piel tostada, cubierta de símbolos antiguos. Su presencia no iluminaba la sala, pero hacía que el aire respirara distinto.

Se acercó sin ruido y, con suavidad, tomó la mano de Emir.
La guió hasta la madera que yacía sobre la mesa.

—¿Recuerdas lo que te enseñé? —susurró ella.

Él tragó saliva, nervioso, y asintió.
—Debo… debo sentir la madera.

Miz sonrió apenas, con ternura.
—Exacto. Escúchala. ¿Qué te dice? ¿Qué quiere ser esta madera realmente?


Los dedos de Emir se deslizaron por la superficie áspera, siguiendo las vetas y los nudos de la madera. Cerró los ojos, y por primera vez no vio un tablón muerto.

Lo que apareció ante él fue un corazón palpitante.
Un tiempo contenido.

Y entonces, algo más.

Como si el interior de su mente se abriera, comenzaron a desplegarse círculos invisibles, engranajes diminutos que giraban y se conectaban entre sí. Cerraduras imposibles, minúsculas, que se abrían y se cerraban como si respiraran.
Era un plano exacto y milimétrico, dibujado en el aire de su imaginación.

Emir contuvo el aliento.
No lo había aprendido en ningún taller, nadie se lo había enseñado.
Era como si la madera misma le dictara su destino.

Abrió los ojos.
La visión se desvaneció, pero quedó grabada en sus manos.

Sin dudar, tomó su herramienta.
Y comenzó a trabajar, siguiendo el diseño que solo él había visto.

***

📖 El amanecer del cofre

El amanecer bañó Pasargada con tonos de cobre. Emir, con las manos aún manchadas de serrín, observaba su obra.
Durante la noche había comprendido algo que lo sacudió hasta la médula: si podía hacer esto, podía hacer cualquier cosa.

Y en su mente, como un destello fugaz, apareció un pensamiento imposible:
—¿Y si existiera una forma… de controlar el tiempo?

El cansancio lo venció y cayó dormido sobre la mesa.


---

Cuando despertó, el noble ya estaba en su taller.
Sus sirvientes apartaban las sillas con desdén, buscando el cofre prometido.

—¿Dónde está mi cofre? —tronó el hombre, con voz impaciente—. Si no lo tienes, tendrás consecuencias muy serias.

Los curiosos de la plaza se arremolinaron en la entrada. Emir se levantó, aún con sueño en los ojos, y con calma tomó un simple madero que reposaba en la mesa.

Lo sostuvo entre sus manos.
—Este es tu cofre.

La carcajada fue inmediata.
Los sirvientes se burlaron. Los vecinos se taparon la boca para no reír en voz alta. Incluso el noble se inclinó hacia adelante, los ojos ardiendo de ira.

—¿Acaso te estás riendo de mí, muchacho? —gruñó, con una furia contenida.

Emir no retrocedió. Su voz, tranquila, cortó el aire.

Las risas estallaron en la plaza.
El noble se irguió, ofendido, a punto de ordenar que lo arrestaran.

Pero Emir, con calma, alzó la voz:
—Dime una palabra… la palabra que encierra lo que nadie debería saber.

El noble lo miró con desconfianza.
—¿Qué clase de juego es este?

—No es un juego —respondió Emir—. Dila. Pero dila en tu lengua, la de tus ancestros.

Un murmullo recorrió a los presentes. Los ojos del noble se entornaron. Y con un hilo de voz, casi como si temiera despertar algo, pronunció:

—¡Raz!.

En ese instante, el madero vibró en las manos de Emir.
Las vetas se iluminaron como hilos dorados, los nudos giraron como engranajes ocultos y toda la pieza comenzó a abrirse, desplegándose como una flor mecánica que brotaba de sí misma.

Ante los ojos atónitos de todos, el bloque tosco reveló un cofre perfecto en su interior, con bisagras invisibles y un compartimento secreto que parecía imposible de tallar por mano humana.

El silencio fue absoluto.
Nadie respiraba.
Nadie se atrevía a reír.

Todos quedaron maravillados.

Y aquella hazaña llegó a oídos de la princesa Dalia.
“ Si existe alguien así, quizá pueda abrir mi cofre que me regaló mi padre. Pero necesito que nadie sepa quién me ayudó…”

***

Nemoshyne:

No basta con un único gran deseo.

“El mundo es un recipiente, creado por un propósito.
Y nosotros somos las diversas interpretaciones de un deseo no cumplido.”

Para alcanzar el deseo primordial —el verdadero, el que mueve el destino—
antes hay que desbloquear los deseos del camino.
Aquellos otros deseos que, aunque parezcan minúsculos o insignificantes,
forman parte de un engranaje mayor.

Como una caja de secretos.
Como un reloj de cuerda.
Todos los engranajes deben moverse al unísono
para que el cerrojo se abra
y quede libre la magia primogénita del verdadero deseo.

¿Qué pidió Emir a Miz, en aquel desierto de arena y espejismos?
¿Qué puede pedir un joven que lo ha perdido todo?

¿No sufrir?
¿Ser más fuerte?
¿Ser el mejor guerrero del mundo?

Miz no le dio fuerza.
Ni valentía.
Ni velocidad, ni poder sobrehumano.

Miz le otorgó la verdadera magia de todas las cosas.
Le otorgó el don que los Tuaregs llaman “Tifawin n’aman”:
la Opertura.

El don de escuchar el corazón oculto en todas las cosas.


---

En el reino de Pasagarda, aquella historia no tardó en llegar a oídos del trono.
El gran Ciro I, rey de Persia, escuchó con atención y murmuró:

—Si existe una persona así… yo quiero conocerlo.

Pero su visir, Hamdabul, celoso y calculador, se inclinó ante el trono.

—Mi señor… dejadlo en mis manos.
Os aseguro que pronto poseeréis una de esas cajas maravillosas.

Y con astucia añadió:

—El décimo octavo cumpleaños de vuestra hija se acerca.
¿Qué mejor obsequio que un cofre imposible de abrir,
y en su interior un pergamino?
Así la princesa podrá pedir el deseo que más quiera en este mundo.

El rey guardó silencio.
Y el destino de Emir comenzó a sellarse en las sombras de aquel plan.

***
📖 El plan sutil del visir Hamdabul

El rey Ciro I meditaba, pensativo. Había escuchado demasiados rumores sobre aquel joven carpintero llamado Emir. Un artesano, decían, capaz de abrir cofres imposibles.

Hamdabul, siempre un paso por delante, habló con voz suave, casi melosa:
—Mi señor… permitidme sugeriros algo. Vuestra hija Dalia está próxima a cumplir dieciocho años, y bien merece un presente digno de su linaje. ¿Por qué no un cofre? Un cofre como esos de los que habéis oído hablar, imposible de abrir salvo para manos verdaderamente dotadas.

El rey arqueó las cejas.
—¿Un cofre? ¿Y qué pondríamos dentro?

Hamdabul sonrió, con un brillo oculto en la mirada.
—La joya, majestad. Aquella que vuestros exploradores trajeron de la cueva en el desierto de Emiria. La piedra que refulge como si el tiempo mismo latiera en su interior.

El monarca recordó el hallazgo: un tesoro extraño, único, hallado entre ruinas y arenas, que los sabios aún no habían logrado descifrar.

—¿Y creéis que esa joya sería apropiada para Dalia? —preguntó el rey.

—No solo apropiada —respondió Hamdabul, inclinándose con respeto—. Será el símbolo perfecto. Una caja imposible, con un tesoro imposible. Que lo guarde la princesa, hasta que alguien digno de ella pueda abrirlo.

Lo que Hamdabul no dijo es que, en su fuero interno, no había nada que deseara más que esa joya. La llamaban Zafira al-Zaman, la Piedra del Tiempo.

Para el rey era un regalo.
Para la princesa, un misterio.
Pero para el visir… era la llave hacia un poder que ni los mismos dioses habían concedido a los hombres.

***
Ciro I asintió, intrigado. El plan estaba sellado.

Y en el día señalado, la princesa recibió el obsequio en medio de un banquete. Todos aplaudieron, todos alabaron la obra del visir. Pero cuando ella trató de abrir el cofre, nada ocurrió.

Noche tras noche, la joven intentó sin éxito desvelar el secreto. Hasta que, en un impulso, tomó una decisión arriesgada. Se cubrió con un manto sencillo, ocultó sus joyas y salió de palacio como una plebeya más.

Caminó hasta el taller de un artesano que había ganado fama en la ciudad por sus sillas y mesas, y al que algunos llamaban “el carpintero de los enigmas”.

Empujó la puerta de madera y entró. El hombre estaba en su banco de trabajo, las manos manchadas de polvo de madera.

—¿Puedes abrir esta caja? —preguntó, colocando el cofre sobre la mesa.

Emir levantó la vista. Su ceño se frunció al reconocer las vetas y los mecanismos.

—¿Dónde has conseguido esto? —dijo con voz grave.

—Eso no importa —respondió ella, esquiva.

Él se inclinó hacia adelante, casi susurrando:
—Esta caja… la hice yo mismo. Fue un encargo del visir.
Se quedó en silencio, mirando la muchacha a los ojos.
—Si la abro… me pondrás en un aprieto.

***


La princesa, envuelta en harapos, se mordió el labio. Buscó una treta, cualquier mentira que la salvara.
—Es… —dijo titubeando—, era de mi abuela. Dentro hay algo muy importante para mí.

Emir la miró fijo, con una seriedad que la incomodó. Y entonces, soltó una risa seca.
—¿De tu abuela? —repitió, burlón—. ¿Y por qué vienes con harapos si dices ser nieta de alguien que guardó un tesoro así?

Dalia apretó los puños.
—¡Está bien! ¿No quieres abrirla? Pues no lo hagas.

Ambos se cruzaron de brazos, tensos, como dos niños obstinados.

—Tengo trabajo —gruñó Emir, dándole la espalda.

Entonces, ella dio un paso, lo tocó suavemente en el brazo. Un roce apenas, pero suficiente para que él sintiera un calor extraño, difícil de explicar.
—Por favor… —susurró ella—. No quiero que la abras. Solo dime qué debo hacer yo para abrirla.

Él se giró. La observó un largo instante. Después tomó la caja, sus manos rozando las de ella otra vez. Y dijo en voz baja, como si confiara un secreto prohibido:
—Esta caja fue hecha para la hija del rey. Le dije al visir que el mecanismo solo respondería a una palabra… una palabra que solo la princesa desearía de verdad.

Dalia tragó saliva.

—¿Y cuál es? —preguntó apenas audible.

Emir la sostuvo con la mirada.
—Tu madre murió cuando tú eras una niña, ¿verdad? Si hubiera una palabra que te representara… sería esta: “bazgasht” (volver).

La palabra persa brotó de sus labios como una plegaria.

Al instante, la caja vibró. Los engranajes invisibles se movieron como un coro secreto. Y el cofre se abrió despacio, como una flor desplegándose en primavera.

Un resplandor verde llenó el taller. Allí, en el centro, latía una gema que parecía un corazón vivo.

Los dos quedaron enmudecidos.

Dalia, con un hilo de voz, no pudo contenerse:
—No puede ser… ¿me ha regalado la gema del tiempo?

Emir la miró fijamente, con los ojos entrecerrados, como si buscara la verdad detrás de esas palabras.
—¿La… gema del tiempo? —repitió en voz baja.

***

Nemoshyne:

En el Kosmikón Lógos —la Razón Universal—
la primera norma escrita fue también la más desconcertante:

“No hay normas.”

El ser nace a merced de las cadenas impuestas por la existencia,
un seguro para que el alma trascienda una vez concluida la misión.

Algunos creen que el objetivo siempre fue el ego.
Otros, que lo único que debíamos cumplir era encontrar al alma gemela.
Solo unos pocos comprenden la verdadera importancia de existir,
y es, simplemente: ser lo que eres.

No lo que quieren los demás de ti,
no la máscara que celebran con aplausos,
sino el tú verdadero: con tus irregularidades y defectos,
ejercidos en un mundo frío y cruel.

(Nemoshyne lanza unas semillas en la tierra y se da la vuelta.
Entonces, multitud de depredadores se disputan la comida sin dejar que germinen.
Algunos luchan por ese bocado necesario para sobrevivir,
y en la lucha la tierra se remueve, permitiendo que unas pocas semillas
logren hundirse más profundamente en el suelo.)


---

¿Qué es malo?
A menudo, el ser humano, en su templo de justicia, dicta sentencia con los ojos cerrados.
Es una forma de confrontar la ruptura del yo ante una herida mal cerrada,
un estigma oculto tras una sonrisa forzada,
que se manifiesta en el tribunal del juicio al prójimo.
Una mirada guiada por un corazón agrietado y debilitado
por experiencias mal resueltas.
La ceguera es solo el síntoma; la ira, la enfermedad del alma,
que grita con el dedo y dicta: “eso es malo.”

¿Qué es sufrir?
Duele porque se sabe la verdad.
Una verdad amarga que nos somete y manipula como un tirano,
gobernando entre el terror y una libertad reclusa.
El sufrimiento es el vacío que queda cuando el corazón se amordaza
y se silencia en el tribunal de nuestro propio templo,
donde los inocentes son culpados por ser quienes son.

La reclusión de los sentimientos verdaderos
es el mayor de los exilios:
encierra al juez, borra la ley, condena al inocente por su autenticidad.
Entonces, el corazón pierde credibilidad,
y el juez es destronado.
Las doctrinas ajenas ocupan el trono,
y la mazmorra de la vergüenza abre paso a la oscuridad.
¿Qué mayor encierro que condenarse al silencio eterno
por miedo a uno mismo y a la ceguera de los propios sentimientos?


---

(La lluvia moja la tierra.
La noche es fría y húmeda.)

Lo que aprendemos hoy
es lo que mañana nos permitirá confrontar las dificultades del camino.
Pueden pasar horas o años,
sumergidos en una oscuridad que nos lleva a preguntarnos:

¿Cuando fuimos creados… acaso se equivocaron?

Ese pensamiento nos hace sentir que no pertenecemos a nada,
que nuestra existencia solo depende de las inclemencias del tiempo.

(El alba ilumina el campo.
El rocío nutre la tierra húmeda y los brotes comienzan a surgir.)

Cuando decidimos existir, aceptamos una norma primogénita:
“La primera norma es: no hay normas.”

No hay normas… siempre que decidamos vivir.
Con aceptación.
Con el perdón hacia uno mismo.
Con el amor que libera de la condena más injusta:
la que dictamos en nuestro propio tribunal.

Porque, una vez encerrados,
¿qué mejor juez que nosotros mismos
para concedernos la absolución?

(Las plantas crecen a un ritmo continuo,
como si los años pasaran en un instante fugaz.
Las estaciones giran como brisas que atraviesan
la cortina de la noche.
Y al alba, los árboles ofrecen sus frutos.
El tiempo ha pasado en un suspiro.
Nemoshyne se gira y te mira…)

¿No creen?

***

© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.




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