Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. (Parte 2) Zafira al Zaman

Nemoshyne:

En la gran ciudad de Rajapuram, joya del subcontinente indio, el sultán Ravanesh Karun reunió a sus aliados en un desafío sin precedentes.
El reto era simple, pero peligroso: exponer ante los demás el tesoro más preciado de cada reino.

El primero en alzarse fue el faraón de Egipto, que mostró un sarcófago de oro macizo, grabado con jeroglíficos que brillaban como llamas.
Dentro descansaban los restos incorruptos de un antiguo rey, acompañado de amuletos que, según se decía, podían guiar el alma más allá de la muerte.

El segundo fue el rey de Nubia, que presentó una corona tallada en ónix y marfil. En ella estaban incrustadas gemas azules que solo se encontraban en los lechos ocultos del Nilo.
"Con esta corona —dijo—, mis ancestros hablaron con los dioses."

El tercero fue el emperador persa, que trajo consigo una alfombra inmensa, tejida con hilos de oro y púrpura.
" No es solo adorno: en sus nudos estaba representado el mapa secreto de las estrellas, guía de caravanas y ejércitos durante siglos.
Está alfombra puede llevaros al fin del mundo, si lo deseas de corazón."

El cuarto fue el gran kan de Mongolia, que expuso un arco forjado en jade y hueso de dragón de las estepas.
Con él, dijo:  "se podía atravesar no solo a los enemigos, sino las voluntades del destino mismo."

El quinto fue el señor de la China Han, quien presentó una campana de bronce tan antigua como su propia dinastía.
"Cuando esta campana suena —explicó—, los espíritus responden, y los emperadores del pasado escuchan lo que acontece en este mundo. Si sonido rompe armaduras y quiebra espadas del mejor acero forjado"

Y entonces apareció el sexto invitado.
No era un rey.
Era una mujer.

Su andar era seguro, su porte imposible de ignorar. Llevaba una diadema sencilla, pero la luz de su mirada eclipsaba a todos los presentes.  Se presentó como Omotonoke, y su escudo real era la silueta de un ser mitológico conocido en Anatolia como " el Gopat".  Ella era la reina de Harzaban. De  entre sus manos expuso una piedra esmeralda que parecía contener el mismo cielo nocturno en su interior. Una estrella brillante con colores verdes irisados como una esmeralda blanquecina.

—"Este —dijo— es el tesoro más apreciado de mi reino.
"Zafira al Zaman, El corazón del desierto de Emiria."

En ese instante, los rostros de los reyes se ensombrecieron.
Las miradas se corrompieron.
Los celos se alzaron como lanzas invisibles.

Y en el fragor de aquel desafío, los tambores de guerra comenzaron a retumbar en todos los rincones del mundo.

La joya más valiosa que jamás se hubiera visto… estaba en las delicadas manos de una joven reina.

El juez —uno de los sabios más antiguos presentes— se levantó del estrado y recorrió la sala.
Sus ojos se posaron en cada ofrenda: el oro egipcio, el arco mongol, la corona nubia, la alfombra persa, la campana china…
Todos espléndidos. Todos dignos de un rey.

Pero mientras caminaba, notaba lo mismo que todos:
cada mirada acababa desviándose, inevitable, hacia la esmeralda verde del reino de Harzaban.

—Está claro quién ha ganado, ¿verdad? —murmuró el mongol, con una sonrisa ladeada.

—Sin duda, la mayor de las piedras —dijo otro de los presentes.

—O, mejor dicho… el mayor de los tesoros —añadió un tercero, con la codicia brillándole en los ojos.


El juez, sin inmutarse, apoyó la mano sobre la barba y se tomó su tiempo antes de contestar. Luego habló con calma:

—No es cierto…

La sala enmudeció. Hasta el repicar metálico de las armaduras en la entrada pareció detenerse.

—Los objetos presentes —continuó— son, sin duda, maravillosos. Obras que encierran la historia y el orgullo de sus pueblos. El oro egipcio, fundido con la paciencia de generaciones; el arco mongol, que ha doblegado estepas enteras; la corona nubia, símbolo de un linaje que resistió al desierto; la alfombra persa, tejida con Aurelen, el hilo del destino de los dioses, capaz de elevarse por los cielos y llevar a su dueño hasta el fin del mundo; la campana china, cuyo sonido puede quebrar armaduras y espadas forjadas con el acero más duro, y que aún así guarda en su bronce los ecos de templos y ancestros…

Al enumerarlos, parecía que cada palabra despertaba un eco en la memoria de los presentes, como si en aquel instante cada objeto cobrara vida: el resplandor del oro reverberaba, la cuerda del arco tensaba el aire, la corona brillaba con un fulgor solemne, la alfombra parecía desplegar su vuelo secreto sobre las cabezas de todos, y un rumor grave, casi aterrador, vibraba en los huesos de quienes escuchaban el recuerdo de la campana.

El juez hizo una pausa, dejando que todos contemplaran de nuevo las ofrendas con otros ojos.

—Sí, son tesoros. Y cada uno guarda en sí un valor que supera al simple brillo o a la codicia. Porque —añadió, elevando apenas la voz— un tesoro es verdaderamente valioso cuando puede ser mostrado con orgullo, compartido a la luz del día, y no cuando es codiciado en la sombra de una mazmorra.

La comparación cayó sobre la sala como un golpe seco.

—El sol —prosiguió— se muestra a todos, sin pedir nada a cambio. Brilla sobre reyes y mendigos, sobre desiertos y mares. Y sin embargo, ninguno de nosotros querría arrancarlo del cielo para encerrarlo en una cámara oscura. Eso no sería poseerlo… sería asesinarlo.

El juez entrecerró los ojos y recorrió una vez más la sala, como midiendo las ambiciones que ardían en cada rostro.


—…si esta joya es la más valiosa de todos los tesoros aquí presentes. Sin duda lo es, y con creces. —El juez inclinó levemente la cabeza, y sus ojos se dirigieron hacia la joven reina de Harzaban, cuyo porte se erguía orgulloso bajo el peso de todas las miradas.— Os felicito, mi señora. Vuestro pueblo  a expuesto una belleza deslumbra incluso a los dioses.

Hubo un murmullo de aprobación. Algunos asintieron, otros apretaron los labios conteniendo la envidia. La reina sonrió apenas, con la calma de quien sabe que su victoria ha sido confirmada.

Pero el juez levantó una mano, y el gesto fue suficiente para quebrar el instante de triunfo.

—Sin embargo… —dijo, y su voz volvió a llenar la sala con la gravedad de un trueno— siento deciros que el tesoro más valioso del mundo no se encuentra en esta maravillosa cámara, ni en esta exposición de maravillas que habéis reunido.

Un silencio más denso que el anterior descendió sobre todos. Los ojos, antes fijos en la esmeralda, ahora se clavaron en él, como si quisieran arrancarle la respuesta.

El juez avanzó unos pasos más, sus sandalias resonando contra las losas de mármol.

—Ningún metal, ninguna piedra, por brillante que sea, puede superar el verdadero tesoro que todos anhelamos y que pocos saben conservar. Porque el oro se funde, la cuerda del arco se rompe, las coronas se arrebatan, las alfombras se desgastan, y hasta las campanas, con el tiempo, enmudecen… —sus palabras eran lentas, como un cincel que marcaba la piedra—. Pero hay algo que, mientras exista, hace que todo lo demás tenga sentido.

Su mirada recorrió a reyes, embajadores, sabios y soldados.

—El tesoro más valioso, señores… es aquel que no puede encerrarse en un cofre ni exhibirse en un salón.

Se detuvo, dejando que cada uno en la sala contuviera el aliento.

—El mayor de los tesoros es aquel que se manifiesta en lo más pequeño y efímero: como en una simple gota de rocío que capta el reflejo del firmamento estrellado en lo que tarda una lágrima del alba en caer sobre la arena.

Su voz se volvió aún más grave, más lenta:

—Y para poseer el instante, para ello… solo hay una condición.

El juez giró despacio la cabeza, y en ese mismo instante sus ojos se clavaron en la reina Omotonoke. El aire de la sala se tensó, como si incluso las antorchas hubieran contenido su llama para escuchar lo que venía.

—Dominar el tiempo.

Asharim Tala ( Parte 2 )
 Zafira al Zaman (la gema del tiempo)
En la era de Ciro I, rey de Persia...

La compañía en busca de los tres sellos seguía despierta aquella noche.

Todos querían saber la verdadera identidad de aquel carpintero que había podido abrir el cofre misterioso.


La hoguera crepitaba en el desierto. El viento levantaba cortinas de arena que parecían sombras pasajeras. Los hombres habían dejado de reír; susurraban entre ellos, expectantes, mientras Ramir ad Luan bebía un sorbo largo de la copa amarga que pasaba de mano en mano.


Sus ojos se clavaron en Emir, como queriendo arrancar un secreto a golpes de silencio.


—Cuando la princesa desapareció de sus aposentos en Pasargada —dijo al fin, con voz grave—, el palacio entero se estremeció.


Los soldados se inclinaron hacia delante. Ramir continuó:


—Un sirviente fue el primero en dar la alarma. Al abrir la puerta, encontró la cama intacta… pero vacía. En segundos, fue apresado. En nuestra ley, custodiar a un miembro de la familia real es una carga sagrada. Perderlo, aunque sea por un instante, es perder también la vida.


El general paseó la mirada por el círculo de rostros iluminados por el fuego.


—El hazārapati, comandante de la guardia, ordenó cerrar las puertas de la ciudad. Nadie entraba, nadie salía. Pasargada quedó sellada como una tumba. El visir acudió de inmediato ante el rey, y los pasillos del palacio se llenaron de rumores: ¿un secuestro?, ¿un complot?, ¿una traición dentro de la propia corte?


El silencio entre los hombres fue absoluto. Solo el chisporroteo del fuego llenaba el aire.


Ramir dejó la copa a un lado. Su voz se endureció.


—Y mientras todo esto sucedía en el corazón del Imperio… yo me seguía preguntando una sola cosa.


Se volvió hacia Emir, que mantenía la vista fija en las brasas.


—¿Quién era realmente aquel carpintero que logró colarse en la vida de una princesa sin que nadie lo advirtiera? —la voz del general se volvió más afilada, casi un filo de acero—. ¿Cómo una sanguijuela como tú pudo traspasar las vigilancias sin ser vista y devolver a la princesa a sus aposentos?


Ramir lo sostuvo en un silencio insoportable y entonces, con una calma aún más cruel, concluyó:


—Yo tengo la respuesta. Pero quiero oírla de tus labios.


Emir tragó saliva. El fuego se reflejó en sus ojos húmedos.

Abrió la boca… pero no dijo nada.


El viento sopló de nuevo, apagando casi por completo la hoguera, como si el propio desierto guardara su secreto.


***

Nemoshyne:

" La noche en Pasargada era serena.

Las antorchas del palacio ardían con calma, y los centinelas recorrían los pasillos con la cadencia de un reloj invisible. Todo debía permanecer en orden.


Pero cuando la medianoche se alzó como un velo sobre la ciudad, el orden se quebró.


El sirviente encargado de velar el sueño de la princesa entró en sus aposentos como cada noche… y descubrió la cama vacía.

El dosel intacto, las sábanas dobladas con un cuidado casi ritual. No había señales de lucha, ni rastro de huida. Solo ausencia.


El grito del sirviente recorrió los corredores como un cuchillo. En segundos, los guardias de la cámara real irrumpieron en la estancia. El hombre fue reducido, atado de pies y manos, mientras otro corría a avisar al hazārapati, comandante de la guardia.


Las órdenes se sucedieron como un trueno:

—¡Sellad las puertas de la ciudad!

—¡Nadie entra, nadie sale!


Las trompetas resonaron en Pasargada. Los accesos principales fueron bloqueados, los portones cerrados con grilletes y las murallas doblaron su guardia.

El palacio se convirtió en una fortaleza dentro de la fortaleza.


El visir fue informado de inmediato, y con él, el rey.

Nadie en la corte podía ignorar lo que significaba aquella desaparición: no era solo la ausencia de una hija, era una brecha en el corazón del Imperio.


El sirviente, pálido y tembloroso, fue conducido ante los jueces menores.

Su suerte ya estaba escrita: culpable por negligencia, sospechoso de traición.

En la Persia de los Aqueménidas, vigilar la vida de un miembro de la familia real era una carga sagrada.

Perderla… equivalía a perder la propia.


Mientras tanto, los pasillos del palacio se llenaron de murmullos:

¿había sido un secuestro?

¿un complot político?

¿o acaso la princesa había decidido desaparecer por voluntad propia?


La luna se erguía sobr

e Pasargada como un testigo mudo,

pero dentro del palacio todo era sombra. "

***

En el taller de Emir, aquella misma noche…

Nemoshyne:

" Emir extendió la mano. El resplandor verde de Zafira al Zaman bañaba sus dedos.

Podía sentirlo: la piedra vibraba como si lo llamara.

La necesitaba. Tal vez aquella gema fuese el último engranaje para su mecanismo, la clave de lo imposible.


Dalia lo miraba sin atreverse a detenerlo.

Él estaba a punto de rozar la superficie de la esmeralda cuando…


Una presencia llenó la estancia.

El aire se volvió pesado: dulce como la miel y frío como la noche en el desierto.


Ella apareció.

Miz.


No como serpiente emplumada, ni como sombra.

Sino como mujer.

Envuelta en túnicas azules, con la piel marcada por símbolos antiguos de su pueblo, los Isimith, que parecían arder.


—No —susurró.


Y antes de que Emir pudiera reaccionar, lo tomó por el rostro y lo besó.


El mundo se quebró.

(Fragmentos, como relámpagos en su mente):

Un mar inmenso atravesando acantilados como un tsunami y devorando una tierra volcánica.

Un pueblo marino, criaturas mitad hombres mitad peces, sufriendo mientras el nivel del mar se evaporaba.

Un charco en medio del desierto, del que emergía un hilo dorado.

Un oasis.

Una palmera.

El sol y la luna brillando al mismo tiempo.

Un eclipse.

Y, al final, una sola gota de rocío reflejando un brazo estrellado de la galaxia de Andrómeda.

La gota cayó y se fundió con la arena.


Todo desapareció.

Todo oscuro.

La nada.

Tan solo una luz parpadeando, pequeña como una estrella que poco a poco perdía su fuerza…


A través de ese contacto, vio.

La verdad de Miz: su condena, su forma original, el pacto roto con la tierra y los dioses, la maldición que la encadenaba a Aurelen, el hilo del destino.

Sintió su hambre, su soledad, su eternidad.


El beso ardió como un sello invisible.

Los labios de Miz sobre los de Emir no fueron pasión, sino sentencia.


El mundo se desgarró, y Emir fue arrastrado al abismo de una visión.


Vio un telar infinito: el tapiz de Aurelen, donde los destinos de dioses y mortales se entrelazaban en hilos de oro y sombra.

Y allí, en medio de aquel entramado perfecto, descubrió un nudo.

Un error.


El beso revelaba la identidad de Miz.

No era djinn, ni diosa, ni bestia.

Era un nudo en el inmenso tapiz del destino.


Una criatura que jamás debió existir.

Un eco de un error.

Un fragmento desprendido de la vasija que contenía todos los males: Pandora.


Cuando Kronos la desmembró por completo, sus pedazos fueron esparcidos en la eternidad.

Gea recogió lo que pudo, los unió con Aurelen, y así el mundo siguió adelante.

Pero olvidó lo más pequeño, lo más insignificante.


Ese fragmento cobró forma.

Un destello de lo que nunca debió ser.

Una chispa errante capaz de transformar la oscuridad en destino irisado.


Ese fragmento tenía nombre.

Ese fragmento era Miz.


—No puedes cambiar el destino… —susurró una voz dentro de él.

La oscuridad lo envolvía todo.

No había madera, ni arena, ni tiempo. Solo vacío.


Ante Emir flotaba una luz irisada, vibrante como un corazón atrapado en un cofre.

No tenía rostro, ni tatuajes, ni voz humana. Era apenas un fulgor: una pequeña estrella perdida en la negrura.


Y, sin embargo, la sintió hablar dentro de él:


—No puedes cambiar el destino, Emir… Si lo intentas, todos los que he ayudado acabarán sufriendo. Y yo… dejaré de existir.


El muchacho flotaba en aquel océano oscuro, sin suelo bajo sus pies, y aun así, por primera vez, no sintió miedo.

Aquella luz era el único calor en medio de tanta soledad.

—¿Por qué me has besado? —preguntó, con la voz quebrada.

La estrella titiló, y el silencio se extendió como una herida.

Miz tenía dos caminos:

guardar el secreto y dejar que todo ocurriera como estaba escrito,

o revelar su verdadera identidad.

Sabía lo que eso significaba.

Si lo hacía, su destino quedaría ligado al de Emir para siempre.

Y aun así… la luz dio un paso hacia él. "


La luz irisada titilaba como un corazón cansado en medio de la nada.

La voz de Miz se quebró al pronunciar lo inevitable:


—Ahora yo soy tuya… y mi poder se desvanece mientras permanezcamos aquí, los dos. La decisión es tuya, Emir: aceptarme… o dejar que me disuelva para siempre.


El muchacho temblaba en aquella oscuridad infinita.

—No puedo permitir que te vayas… —murmuró—. Además… no sé cómo salir de aquí.


Un resplandor cálido recorrió la negrura, y Miz respondió, suave, como un eco en su pecho:


—No te preocupes… eres un mortal. Volverás al momento preciso en que ibas a tocar la gema del tiempo. Pero cuando lo hagas… despertarás algo que ni los dioses podrán controlar.

Mi destino siempre fue este: fundirme en la nada.

Pero recuerda… si cambias el destino, si alteras los acontecimientos… todo el telar se vendrá abajo.


La luz comenzó a apagarse lentamente.

En la distancia, como a través de un sueño, Emir escuchó la voz de Dalia llamándolo, intentando arrancarlo de aquella visión.


—Y si… te acepto? —preguntó, con la voz rota.

El fulgor titiló, débil.

—¿Harías eso por mí?… ¿Dejarías que todo sucumbiera por mi?...

La luz se extinguía cada vez más, como un suspiro que no quería morir.

—¿Qué debo hacer?… No sé qué debo hacer… —clamó Emir.

La voz de Miz fue apenas un aliento suspend

ido en la nada:

—Solo… eli…

La palabra quedó inconclusa, deshecha como arena entre los dedos.


La luz se apagó del todo, y Emir quedó solo en la oscuridad.


No entendía aún lo que ella había querido decir, pero en su pecho ardía el eco de aquel beso extraño, distinto a cualquier otro:

no de pasión, sino de agapé, un beso que cargaba con la verdad y el peso de un destino compartido.


Y aunque no lo supiera, la elección ya estaba hecha.

Emir no sabía qué hacer. No entendía que, aceptando a Miz, ella viviría dentro de él para siempre.

Pero el tiempo no es justo ni para los mortales… ni para los celestiales.


Miz, aquel pequeño y diminuto fragmento de Pandora, desapareció para siempre.

Y así, el tapiz del destino de todas las cosas permaneció intacto.

Intacto… menos el corazón de Emir.

Pues, ¿cómo se puede vivir con una herida que jamás podrá cerrarse?


Nemoshyne


—¿Cómo se puede vivir cuando lo que se pierde se lleva una parte de ti?


Emir abrió los ojos con un sobresalto.

El resplandor verde de la gema seguía allí, intacto, latiendo en silencio dentro del cofre abierto.

Pero en su interior algo se había quebrado.


El vacío le pesaba en el pecho como un hueco irreparable.

Era la misma sensación amarga que se siente al perder a alguien irremplazable, como si la vida hubiese arrancado un trozo de su propio ser.

Su respiración era un sollozo ahogado; su cuerpo, un cascarón vacío.


No tocó la gema.

Se encogió en el suelo, acurrucándose como si tratara de contener con los brazos el dolor que lo atravesaba por dentro, como una daga invisible.


Dalia lo observaba en silencio.

No entendía qué había sucedido, pero reconocía ese temblor, esa mirada perdida en el abismo.

Ella también había sentido lo mismo cuando perdió a su madre: esa grieta que divide el alma en un antes y un después.


Por un instante, lo vio no como al extraño que había abierto un cofre, sino como a un hermano de destino.

Alguien roto, como ella.


Se arrodilló junto a él, y sin pronunciar palabra, apoyó su mano en el hombro de Emir.

Él no levantó la vista, pero en ese gesto encontró algo de calor en medio del frío de su vacío.


El cofre permanecía abierto.

La gema seguía brillando.

Pero aquella luz ya no tenía poder sobre Emir.

Lo único real en ese momento era la ausencia de Miz… y la empatía muda de Dalia, que lo acompañaba en su dolor.



---


La hoguera crepitaba, lanzando chispas al aire frío del desierto.

Ramir ad Luan mantenía los ojos fijos en Emir, esperando más, esperando una confesión que lo revelara todo.


Fue entonces cuando algo insólito ocurrió.

Del ojo izquierdo de Emir resbaló una lágrima.

No era común, no era simple: brillaba con un fulgor irisado, como si la herida que había narrado no solo viviera en su memoria, sino aún abierta en su alma.


Los hombres alrededor callaron.

Las miradas se cruzaron entre desconcierto y burla.


—¿Estás llorando?... —preguntó uno, incrédulo.

—¿En serio? —rió otro, con la torpeza de quien no sabe enfrentar el dolor ajeno.


El viento agitó las llamas y la arena.

Ramir no se rió.

Su rostro, endurecido como la piedra, permaneció serio.

Él había visto hombres morir sin derramar una lágrima, y otros llorar como niños antes de empuñar la espada.

Pero jamás había visto algo como eso: una lágrima que parecía arrancada de otro mundo.


Emir bajó la cabeza, incapaz de responder.

El silencio lo rodeó, y en ese silencio… la duda creció aún más.


¿Quién era realmente ese carpintero?

Se culpaba.

Se castigaba.

Se arrepentía.


—¿Por qué no actué antes? —susurraba en silencio, como si la pregunta misma le abriera la herida una y otra vez.

( Emir siguió contando...)

Mientras en Pasargada la ciudad entera era peinada en busca de la princesa Dalia, en un taller oculto en una bocacalle, un maestro de la madera y del ingenio tallaba un artilugio imposible.


Emir trabajaba como si el mundo se desplomara sobre sus hombros.

Las virutas caían al suelo como arena de un reloj, marcando un tiempo que se le escapaba entre los dedos.


Lo que forjaba aquella noche no era un cofre, ni una mesa, ni una silla.

Era un secreto destinado a desafiar a los dioses:

el Criptex del Tiempo.


Todo estaba en su mente: planos invisibles, engranajes perfectos, ecuaciones talladas con compás, geometría y un don que ardía en su corazón herido.

El mismo don que Miz había sembrado en él.


Zafira al Zaman, la gema del tiempo, fue depositada en el centro del artilugio.

Tres ruedas lo rodeaban:

—Una para girar el futuro, para presenciar lo que aún no había ocurrido.

—Otra para congelar el presente, detener el mundo a merced de un instante.

—Y la tercera… la más peligrosa: girar el pasado, cambiar lo que ya había sido.


Así, la gema encontró su función: latir como el corazón de un dios atrapado en la madera.


Y entonces la paradoja se cumplió.


¿Cómo fue encontrada la princesa en sus aposentos, si nadie la vio salir, si nadie vio entrar al carpintero?

¿Cómo regresó sin dejar rastro?


La respuesta ardía en las brasas de la hoguera, cuando Ramir ad Luan, con voz grave, clavó los ojos en Emir:


—Simplemente… dominando el tiempo.


La hoguera ardía bajo el cielo del desierto.

Los hombres escuchaban embelesados, mientras Emir, con voz grave y entrecortada, contaba lo imposible: la princesa, la gema, el Criptex.


Sus manos temblaban al sacar la caja de madera pulida, con las tres ruedas de bronce brillando al fuego.

Un murmullo recorrió el círculo de soldados.

Ramir ad Luan sonrió con frialdad.


—Lo sabía… —murmuró, sus ojos fijos en el artefacto.


Emir bajó la vista.

Accionó una palanca.


—¡No lo hagas! —exclamó Ramir, levantándose de golpe.


Demasiado tarde.


El aire se contrajo.

El fuego retrocedió sobre sí mismo, las chispas regresaron a la leña, las palabras se deshicieron en un murmullo que volvió a las gargantas de los hombres.

Todo retrocedió.

Hasta que…


De nuevo estaban todos sentados en la hoguera, pasándose el mashk, aquel odre de piel de camello que guardaba vino agrio y dulce como la miel.

Reían, bebían, como si nada hubiese ocurrido.


Emir escondió el artefacto bajo su túnica.

Se levantó con gesto cansado y dijo:


—Lo siento mucho, caballeros. Estoy muy cansado. Me voy a dormir.


Y se retiró hacia la penumbra.


Ramir lo siguió con la mirada, apretando la mandíbula.

Tenía la certeza de haber estado a punto de arrancarle un secreto.

Ahora, la opor

tunidad se le había escapado, como vino derramado en la arena.

Con rabia contenida, tomó el mashk y bebió largo, a regañadientes.


***

Nemoshyne:

“La responsabilidad.

Una palabra tan frágil al pronunciarla y, sin embargo… más pesada que el tiempo mismo.


Todos somos partícipes, aunque no lo queramos.

Cada decisión que tomamos lleva consigo una carga: salvar al uno, condenar al otro; abrir un camino, cerrar mil más.

Son pasos invisibles que alcanzan a quienes ni siquiera vemos.


Culpable o no, la responsabilidad pesa más que cualquier problema cotidiano.

Nos ata, nos limita, nos recuerda que somos tiranos de nuestro propio destino.

Y, aun así, no es una prisión.

Porque aunque sea un peso, también es una liberación.

Quien la asume deja de depender del azar, porque ya no vive al capricho de la fortuna, sino conforme a su deber.


No es un simple hecho.

No es una mera actitud.

Es un hilo invisible que nos ata a quienes amamos, y un lazo que mide no solo nuestras elecciones… sino también sus consecuencias.


Y cuando fallamos a la responsabilidad, no somos los únicos que caemos con ella: arrastramos a los que caminan a nuestro lado, a los que confían en nosotros, a los que nos quieren.


Por eso, la responsabilidad no es un mandato impuesto, sino una promesa silenciosa.

El signo de un alma honorable.


El hombre justo no es aquel que nunca tropieza,

sino aquel que, al sostener su responsabilidad, sostiene también a los demás.


Es un peso, sí.

Pero también es lo que nos hace dignos.

Y, a veces… lo

 que nos salva del olvido.”

¿No creen?...


***


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor


.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora de Nemoshine · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 4)¿Qué hay realmente en el interior de la lágrima?

Bitácora Nemoshyne. Ataraxia VIII

Bruja Piruja. Capitulo 7.Jordi Bernat Montfort ( Bernardino) ( parte 2)