Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XII. El Gopat. Vol 3





La princesa Omotonoke (Parte 8)


Cuando la princesa Omotonoke se transformó, cientos de soldados tuvieron que amarrarla sobre una plataforma. Sus ojos, claros y azules, aún conservaban el brillo de la vida… pero estaban anegados de lágrimas por lo que había llegado a ser.

Todos veían un monstruo.
Ella, en cambio, seguía siendo una muchacha de corazón roto. Y ese dolor quedaba reflejado en su mirada mientras los guardias la amordazaban y apretaban las cuerdas contra un cuerpo de bestia que aún conservaba la mente de una joven que, de la noche a la mañana, lo había perdido todo.


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Las semanas pasaron.
La cueva era fría, pero no lo suficiente para apagar el fuego que ardía en su interior. El eco de las alas contra la roca aún resonaba en sus oídos: aquella mañana había vuelto a transformarse en águila y, una vez más, había sentido la furia de chocar contra los muros que le negaban el cielo.

Ahora, ya humana, se abrazaba a sí misma en la penumbra, como si sus propios brazos pudieran darle el calor que le negaba la soledad.

Había cumplido dieciocho años la noche anterior. La víspera en que debía haber estado vestida de seda, cubierta de joyas y encaminada al altar junto al noble comandante de las guarniciones, se había convertido en un amanecer de garras, pico y plumas doradas. Todo lo que le habían prometido, todo lo que esperaba de su vida, había quedado reducido a cenizas en un solo instante.

Sin embargo, en el silencio húmedo de la cueva, algo seguía intacto: su corazón.
Ese corazón que aún latía con fuerza bajo la piel joven, recordándole que había algo que ni maldición ni cadenas podían arrebatarle: el deseo de amar.

No un amor de cuento, ni de deber, ni siquiera de corona.
Un anhelo profundo, instintivo, de ser mirada con ternura. De que alguien, algún día, pudiera ver en ella no solo a la princesa encadenada ni al águila salvaje, sino a la muchacha que soñaba con extender la mano y sentir otra mano aferrándola con firmeza.

A veces se preguntaba si el comandante —aquel hombre de armadura y juramentos— habría sido capaz de amarla en su doble naturaleza. Pero en el fondo sabía la respuesta: los hombres de guerra no suelen amar lo que no pueden dominar.
Y ella no estaba hecha para ser dominada.

Se recostó contra la pared de piedra, cerró los ojos y suspiró. El amor, pensó, era como el vuelo que cada día le era arrebatado: podía estar prohibido, podía ser imposible… pero nunca dejaría de desearlo.

Porque mientras existiera en ella ese espacio de querer amar, la maldición nunca sería completa.


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Aquella noche, tras tantas horas de silencio, el sueño volvió.

Primero sintió el roce tibio de un aliento sobre su piel. Luego, con la lentitud que tienen los milagros y las pesadillas, unos labios se posaron sobre los suyos. Fue un contacto breve, apenas un murmullo, pero suficiente para hacerla temblar.

No sabía si era un recuerdo, un fantasma o un dios que se apiadaba de ella. Entre el sueño y la vigilia, la frontera era tan delgada que juraría que alguien estaba allí, inclinado sobre su cuerpo, besándola con ternura.

El corazón se le aceleró. Quiso alargar la mano, rozar un rostro, encontrar unos ojos.
Pero al abrirlos, solo halló la oscuridad pesada de la cueva. El frío de la piedra. El silencio indiferente de los guardias. Nadie.

El vacío la golpeó con violencia. La dulzura del beso se transformó en una daga invisible que se clavaba en lo más profundo de su pecho. ¿Quién jugaba con ella? ¿Era su propia mente, condenada a inventar caricias imposibles? ¿O había realmente un visitante de la noche que la buscaba y se desvanecía con la luz?

Se incorporó bruscamente, las manos crispadas contra la roca. El llanto no acudió; en su lugar llegó una ira densa, salvaje, que le quemaba la garganta. El sueño, lejos de consolarla, solo hacía más cruel su despertar.

A la mañana siguiente, cuando sus alas crecieron de nuevo y el águila tomó forma, esa furia contenida estalló. Golpeó los muros con violencia feroz, arrancando fragmentos de piedra y obligando a los guardias a retroceder.

No era un águila que buscaba escapar:
era un animal herido, encadenado al eco de un beso que tal vez nunca existió.

***


El águila gritaba con tal intensidad que parecía arrancarse el alma en cada alarido. Sus chillidos se estrellaban contra las paredes de la cueva, trepaban por los pasillos y ascendían hasta los picos afilados de las montañas negras, multiplicándose en ecos interminables. Era un lamento, sí… pero también un desafío, como si gritara contra los dioses que habían torcido su destino.

Los guardias, endurecidos por la guerra, temblaban sin quererlo. Nunca habían oído un sonido tan penetrante, tan desgarrador, tan humano dentro de un cuerpo de ave. Y cuando vieron cómo golpeaba sus alas contra la roca, dejando sangre y plumas en el suelo, comprendieron que, si no la liberaban, acabaría despedazada por su propia furia.

Finalmente, con un gesto torpe y apresurado, retiraron las cadenas.

Y entonces ocurrió.

La princesa-águila desplegó sus alas con un bramido que cortó el aire y salió disparada hacia el abismo. Voló sobre las laderas sombrías, atravesó corrientes heladas, liberando en cada aletazo la rabia acumulada de días, de noches, de sueños rotos.



Furia intensa. Rabia encendida en sus ojos, ahora negros como una noche sin estrellas.

Primero, un grupo de pastores que conducían su ganado por un sendero estrecho. El águila descendió sobre ellos como un rayo, desgarrando el aire con un chillido que partía el alma. Las ovejas se dispersaron en estampida, y los hombres cayeron al suelo, cubiertos de polvo, gritando de terror mientras el ave los acosaba con aletazos furiosos.

Más abajo, un viajero solitario trató de cubrirse con su capa cuando una sombra inmensa lo envolvió. El águila pasó en picado, rozando su rostro con las garras. La tela se abrió en jirones, y el hombre huyó tambaleante, como si hubiera visto al mismo demonio encarnado.

Por último, en un pequeño claro, una carreta tirada por caballos fue atacada sin razón. Los animales relincharon con frenesí al sentir las garras desgarrar el aire junto a sus crines. La carreta volcó, y sus ocupantes rodaron por el suelo, cubriéndose la cabeza para no ser despedazados.

Nada la detenía. No había elección, ni piedad, ni compasión: cada ser vivo que se cruzaba en su vuelo se convertía en víctima de una furia ciega.

El águila giró en el aire, los ojos ardiendo como carbones, y un pensamiento retumbó dentro de ella, mitad humano, mitad bestia:

“Si no puedo amar… entonces haré que todos conozcan mi furia.”

La princesa Omotonoke (Parte 9)


Pasaron los meses, y el reino de Harzaban se hundió en un silencio de miedo.

Primero fue Dahaka. Una bestia descomunal, sin ojos ni cabeza, solo un cuerpo serpentiforme que parecía prolongarse más allá de lo imaginable. De su piel brotaban grietas como de piedra, y en el extremo, una boca infinita devoraba cuanto hallaba a su paso. No cazaba animales ni hombres: devoraba los ríos mismos. Allí donde Dahaka se arrastraba, los cauces quedaban secos, los campos morían y los poblados desaparecían sin dejar más que casas vacías, como esqueletos de barro.

Los ancianos decían que era el fin de los tiempos. Los niños eran acallados cuando lloraban de sed. Y los hombres, al mirar los cauces secos, no sabían si maldecir al cielo… o a los reyes.

Pero si Dahaka arrasaba los valles, en las alturas otro terror reinaba: la leyenda del demonio alado.
Nadie osaba acercarse a las montañas negras. Los pastores hablaban de un águila descomunal que arrancaba las entrañas del ganado y perseguía a los hombres hasta que caían muertos del miedo. Los viajeros juraban haber visto su sombra recortada contra la luna, y el eco de sus chillidos descendía por los desfiladeros como voces de almas condenadas.

El pueblo lo llamaba demonio.
Pero el rey Evaron sabía la verdad.
Sabía que aquella criatura alada era su hija.
Sabía que aquel monstruo sin ojos, Dahaka, había nacido del mismo pacto que él había sellado en la gruta dorada.

El rey ya era viejo, y cada día más encorvado. Apenas podía sostenerse en pie, pero en su mirada habitaba un terror que no se atrevía a confesar. Lo que había hecho por la ambición de tener descendencia estaba devorando el reino, como la serpiente devoraba los ríos.

Cada noche se encerraba en sus aposentos y escuchaba los rumores: campesinos huyendo de las tierras secas, caravanas desaparecidas, madres llorando porque nadie volvía de las montañas negras. Y comprendió que ni sacerdotes ni ejércitos podrían salvar a Harzaban.

Necesitaba a alguien más.
Alguien que no temiera a la serpiente sin ojos.
Alguien que pudiera mirar a la bestia alada y reconocer en ella lo que el mundo ya no veía: a la princesa perdida.

En la soledad de la sala del trono, Evaron murmuró con voz rota:

—Si yo no puedo redimir mi pecado… debo encontrar a quien pueda hacerlo por mí.


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El rey observaba desde lo alto de las murallas una silueta imposible: un muchacho extraño, de manos deformes y piernas gruesas, avanzando con la serenidad de quien no conoce el miedo, acompañado por un jaguar que parecía extensión de su propio cuerpo.

En aquella criatura felina residía la verdadera fuerza de Ghavri: no era su carne lo que lo sostenía, sino la voluntad salvaje de aquel animal que rugía como un eco de los antiguos dioses.

El monarca, envejecido por la desesperanza, comprendió en ese instante que no quedaban más caminos. La salvación de su hija —y del reino entero— dependía de una apuesta contra todo lo razonable. Y en lo profundo de su mirada ofreció lo único que jamás había entregado: el tesoro más preciado de su linaje. Un secreto capaz de inclinar la balanza entre la vida y la muerte.

Ghavri aceptó el desafío sin pronunciar palabra, con la misma firmeza con la que sus dedos se aferraban al pelaje oscuro del jaguar. No buscaba gloria ni reconocimiento, sino la posibilidad de convertirse en algo más de lo que todos creían que era.

Y con la promesa del rey latiendo en el aire, se lanzó hacia el destino que lo aguardaba más allá de las montañas negras.


***
La princesa Omotonoke (Parte 10)
El beso


¿Cómo explicar el amor verdadero sin aplastar lo comprendido durante tanto tiempo?
¿Cómo puede alguien cuyos brazos pequeños y piernas cortas dejaron de crecer por mandato de la naturaleza —y cuyo rostro quedó detenido en la frontera del tiempo como una condena— comprender el dolor del prójimo, su sufrimiento día tras día, su maldición, y que la promesa o el deseo nunca obedezcan a la fortuna de quien nació marcado por el infortunio?

Todos compartimos algo, seamos bajos o altos, hermosos o deformes, sabios o necios. Ese “algo” es la fuerza que nace del corazón, que puede ser oprimida por la desgracia y oscurecerse si no se atiende con razón y ternura. La delicadeza del tacto nutre el sentimiento más puro concedido a los seres vivos en la creación de todas las cosas. Ese manantial —tan frágil y, al mismo tiempo, tan poderoso— es lo que los antiguos llamaban “quebranta-encantamientos”.

No hablo de lo que imaginas. Hablo de la verdadera magia: la que destrona al mal que conspira para adueñarse del corazón, de su luz, de su esencia, de la auténtica agua sagrada que la muerte no puede tocar. Hablo de lo que fluye en nuestro pecho: Agápē.

¿Lo recordáis…?

Los sabios griegos lo llamaban Kairós-Theum: el momento sagrado.
El Kairós-Theum es el punto más pequeño de la existencia: una chispa entre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.
Y, junto con Agápē, tiene el poder de romper lo maldito.

Agápē:
Es la forma más elevada de amar; no el amor que desea ni el que posee, sino el que comprende.
Es lo que ocurre cuando un alma reconoce a otra. No necesita cortejo, ni palabras. Basta una mirada. Un roce de dedos que dibuja patrones invisibles en el aire, como tinta de autenticidad, de verdad, de voluntad, que solo brota del corazón.
Y entonces susurra, sin voz, sin juicio:

> “Si tú sufres, yo sufro contigo.
Si hay que cargar con algo terrible, lo cargaré contigo, para que tú descanses y sigas tu destino.”




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Hubo un instante —apenas la duración de un pensamiento— en que Ghavri comprendió.
Comprendió que aquella joven de rostro hermoso, atrapada en un cuerpo condenado a despertar bestia, no era tan distinta a ella.

Porque Ghavri también había nacido con un destino marcado en la carne: uno que no pidió, uno que no merecía. La maldición de despertar cada día en un cuerpo que no obedecía… y escuchar a otros decidir qué podía o no podía llegar a ser.

En aquel lecho no vio a una princesa.
Vio a una joven a la que jamás se le permitiría ser madre.
A la que no dejarían reinar aunque tuviera la sabiduría para hacerlo.
Una mujer a la que estaban robando su propia historia mientras dormía… tal como a Ghavri le habían robado la posibilidad de que alguien creyera en la suya.

Y entonces sucedió.

Mientras los cuatro guardias roncaban junto al fuego, cansados y confiados… mientras el silencio previo al alba cubría la cueva como un presagio, Ghavri se arrastró fuera de su escondite de piedra. Sentía punzadas en el pecho, las piernas muertas como madera vieja, las manos ensangrentadas por la roca.

Pero siguió.

Paso a paso. Respiración a respiración.
Hasta llegar al lecho de pieles donde la princesa Omotonoke dormía en una paz engañosa.

Ghavri la contempló largo rato, como si quisiera grabar en la memoria cada rasgo de su rostro antes de dar el paso más difícil de su vida.
Se inclinó, apoyando una mano temblorosa en el colchón, y acercó su rostro al de ella.

No había deseo en sus ojos.
Ni pasión.
Solo una inmensa ternura nacida de la injusticia, del anhelo de liberarla del horror que cargaba.

Y en ese punto infinito, donde el tiempo mismo parecía contener la respiración…
Ghavri besó a la princesa en los labios.

Fue un beso breve.
Pequeño.
Suave como un pétalo…
Pero cargado del coraje más puro que un ser humano puede ofrecer.

No decía “te amo”.
Decía algo mucho más profundo:

“Te entiendo.
Te libero.
Comparto tu carga conmigo.”

La princesa Omotonoke (Parte 11)
Las tres fuerzas.


Tras el beso, Ghavri sintió como si algo extraño hubiera penetrado en ella.
La princesa, por primera vez después de meses, abrió los ojos justo cuando los primeros rayos del sol ahuyentaban la oscuridad de la cueva. Ghavri pudo perderse en aquel océano turquesa que eran sus ojos claros.
Si hubiera sido hombre —pensó con un nudo en el pecho—, la hubiera seguido hasta envejecer.

Pero la ternura se quebró en un instante. La mirada de Ghavri se tornó oscura, y un dolor insoportable estalló en su espalda, a la altura de los omóplatos.

Los soldados, que ya se habían despertado, señalaron a Ghavri con sus picas, murmurando entre sí con voces tensas.

De pronto, el rugido del jaguar cortó la cueva como una espada. Las antorchas titilaron; los soldados giraron, tensaron lanzas… pero el felino, herido de ausencia, atravesó el círculo de hombres con un salto que parecía nacido de otra época.

En el suelo, Ghavri se arqueaba de dolor. Algo crecía bajo su piel: un ardor de brasa, un crujido de hueso, un temblor de pluma.
Los guardias se quedaron petrificados. Dos alas enormes y oscuras brotaron de su espalda, primero como cuchillas, después como un manto vivo, extendiéndose temblorosas.

El jaguar dudó al verla. ¿Era ella? ¿Era realmente su compañera de viaje?
Se acercó despacio, y al olerla, reconoció algo en su esencia… y al mismo tiempo, algo diferente. Tenía las mismas piernas cortas, los mismos brazos, pero el olor era otro.
El felino gruñó suavemente, confuso, justo cuando un grito desgarrador de Ghavri retumbó por todas las Montañas Negras.

La princesa Omotonoke se encogió contra la roca, aterrada, sin comprender lo que estaba ocurriendo. Los soldados, con las insignias del Reino de Harzaban, no sabían hacia dónde apuntar: ¿a la joven de alas negras? ¿al jaguar? ¿o a la princesa?

El jaguar bajó la cabeza y ofreció su lomo. Ghavri, jadeando, abrazó a la princesa y le tendió una mano pequeña y rechoncha:

—Confiad en mí, princesa.

La levantó como pudo, y las alas —torpes aún, pero resueltas— se abrieron como una promesa. El felino saltó hacia el borde de la cueva y, con un aleteo brutal, Ghavri alzó a la princesa en brazos y se lanzó al aire.

Los soldados miraron, atónitos, cómo aquella figura imposible se alejaba volando en la claridad de la mañana.

—Sabía que solo el amor verdadero podría romper el hechizo… —dijo uno, con voz temblorosa.
—¿Pero no era una chica? ¿O un chico encima de un jaguar? —preguntó otro, rascándose la cabeza.
—¿Todavía queda vino? —intervino el capitán Morren, con absoluta calma.
Sûran se llevó la mano a la frente y gruñó:
—¡Por las barbas de mi abuela sin cortar! ¿No os dais cuenta de que nos acabamos de quedar sin trabajo?
—¡Ah! —exclamó Morren, encontrando un odre medio lleno—. Aquí hay vino.

****
Sobre desfiladeros y laderas negras, Ghavri volaba.
No era un vuelo de reina del cielo, sino el de una criatura recién nacida, torpe pero firme, que aprendía a respirar en otra forma. Sus alas aún dolían, pero cada aleteo era un juramento silencioso: no soltaría jamás a la princesa.

Sus brazos, cortos pero fuertes, se cerraban alrededor de Omotonoke con la seguridad de un hierro ardiente, y sus piernas se aferraban al lomo del jaguar como raíces aferradas a la roca.

El jaguar moteado miraba desde aquella altura como si sus ojos hubieran heredado la vista de los dioses. Bajo ellos, el mundo se desplegaba como nunca antes lo había conocido: los ríos parecían venas de plata, los campos, parches de fuego apagado, y las aldeas, pequeñas brasas resistiendo al viento. El felino sentía que su cuerpo había cambiado tras la caída: más fuerte, más ágil, como si pudiera enfrentarse sin temor a criaturas el doble de su tamaño. En lo profundo de su pecho, un rugido latente prometía guerra a cualquiera que intentara arrebatarle a su compañera.

La princesa no podía creerlo. ¿Una niña? ¿Cómo podía ser?
Ni siquiera había deseo en aquel beso, ni pasión alguna… y, sin embargo, la había liberado. No un guerrero, no un príncipe, no un hombre de armadura, sino alguien distinto, ajeno a todo lo que ella había esperado.
Se aferraba a Ghavri, temblando, pero no de miedo, sino de una certeza nueva: allí, en los brazos de esa niña marcada por la vida, se sentía segura. Y ese sentimiento la llenaba de entusiasmo, de ansias por contarle a su padre que la maldición había desaparecido para siempre.

Llegaron a Harzaban al caer la tarde. Las murallas, negras y altivas, se abrieron con un estruendo cuando los vigías vieron lo imposible: un jaguar surcando los cielos, acompañado por una niña con alas y la princesa en brazos, intacta bajo la luz del día.

El pueblo gritó. Algunos se postraron, otros huyeron creyendo ver un presagio.

En lo alto de las escaleras de mármol, el rey Evaron bajó a recibirlas. Sus ojos viejos, llenos de culpa, se detuvieron primero en su hija, a quien abrazó con la desesperación de un hombre que había esperado ese momento durante toda su vida.
No hicieron falta palabras: el llanto silencioso de ambos dijo más que cualquier discurso.

Entonces el rey levantó la mirada hacia Ghavri. Y comprendió.
Comprendió quién había salvado a la princesa.

—Si algo he aprendido en todos mis años —dijo con voz quebrada, pero solemne— es que las promesas se cumplen, incluso cuando parecen imposibles. Tú, pequeña, recibirás lo que se te prometió.

Su tono cambió. El rostro se endureció, la sombra de su error volvió a posarse sobre él:

—Una bestia está a punto de asediar nuestro reino. Multitud de hombres, mujeres y niños ya se ocultan tras estas murallas. Pero entrad… descansad. Durante la cena os pondré al tanto de la verdad que aún aguarda.

El Reino de Harzaban

Las murallas de Harzaban no brillaban con mármol ni con adornos, sino que se alzaban severas, de basalto oscuro, formadas por enormes bloques de piedra unidos con argamasa al estilo de los antiguos hititas. Se decía que aquellos bloques habían sido troncos de palmeras y cipreses, convertidos en piedra por obra del pacto ancestral. No había en ellas vanidad ni ornamento: eran una barrera pensada para resistir, no para agradar.

En las esquinas del castillo se erguían cuatro torres angulares, rematadas por almenas cuadradas, concebidas más para escrutar el horizonte que para la belleza. Fue el propio rey Evaron quien, al mirar a través del catalejo de su hermano —la lente de sabiduría absoluta— comprendió cómo debía levantarlas. Y no solo en el castillo: a lo largo de las montañas bajas y los promontorios de roca que punteaban el desierto, hizo erigir torres menores, con hogueras en lo alto, como faros de fuego. Cuando una llama ardía, la señal corría de torre en torre hasta perderse en el horizonte, avisando al reino entero de cualquier amenaza.

La puerta principal no estaba hecha para deslumbrar, sino para recordar. Era un arco doble, grabado con figuras humanas ofreciendo cántaros hacia el cielo. El mensaje era simple, eterno: el agua es vida, y Harzaban es su guardián.

Porque en el corazón del castillo, bajo las piedras más hondas, se custodiaba el verdadero tesoro: la Ánfora de las Aguas Eternas. De su boca manaba un río constante que corría hacia el exterior, ramificándose como venas de plata líquida. Ese río alimentaba los huertos, regaba los campos y daba frescor a los jardines que rodeaban la fortaleza. Palmeras, higueras y campos de cebada crecían como un milagro en mitad de la aridez. Así, la fortaleza parecía un oasis inexpugnable: un baluarte de vida en medio de la muerte del desierto.

Y todo ello, la piedra oscura, las torres de fuego y el río sagrado, no eran solo obra de los hombres, sino del ingenio de un rey que supo usar los dones de sus hermanos para levantar un reino fuerte, austero y eterno.


***

El rey Evaron, aunque anciano, había conocido demasiadas guerras para no comprender el peligro que se cernía. Nadie sabía cómo luchar contra aquella bestia, ni los sacerdotes, ni los capitanes más veteranos. Pero aún así, debía resistir.

Las torres de vigía, encendidas una tras otra sobre las colinas de basalto, lanzaron su mensaje de fuego al horizonte. Las almenas del castillo repicaron con cuernos de bronce, y el eco de los tambores resonó por los valles del desierto.

Los soldados de Harzaban se desplegaron en la explanada. Eran miles: lanceros, arqueros, jinetes sobre caballos de crines brillantes. Alineados bajo el sol poniente, parecían un muro humano dispuesto a proteger el río que nacía de la ánfora eterna.

El silencio se rompió con un temblor.
Primero leve, como un murmullo bajo la arena. Después, más fuerte. El suelo comenzó a agrietarse bajo las botas, y los hombres miraron en todas direcciones. Desde las torres, las hogueras ardían más alto, señalando con destellos rojos la inminencia del desastre.

Entonces, se dieron cuenta del error.
El Dahaka no emergía frente a ellos.
Emergía detrás.

En la retaguardia, el desierto se levantó como una ola negra. Espolones surgieron de la tierra, girando en círculos como las aletas de mil tiburones, y en el centro se abrió el abismo. El rugido de su boca resonó como un trueno, y la arena misma fue absorbida hacia su garganta infinita.

El ejército se volvió con rapidez, pero ya era tarde. Los jinetes fueron arrastrados junto a sus monturas, tragados por el barro que se abría bajo sus cascos. Las lanzas caían una tras otra en el torbellino, los hombres gritaban mientras el aire los succionaba, como si el cielo mismo quisiera devorarlos.

El castillo temblaba. Sus muros de basalto crujieron como huesos viejos. Las madres abrazaban a sus hijos en las casas, mientras los ancianos rezaban a dioses que ya no escuchaban.

Los soldados, uno a uno, desaparecían.
No había batalla.
No había choque de aceros.
Solo un ejército entero hundiéndose en el vacío viviente del Dahaka, como hojas arrastradas por una corriente imposible.

***
Evaron alzó el catalejo mágico, y a través del torbellino de polvo y muerte vio lo que ningún mortal debería ver: un ser monstruoso, apocalíptico, un abismo viviente de colmillos interminables que devoraba a su ejército como si fueran granos de arena.

Ghavri no lo pensó. Saltó a lomos de su jaguar y desplegó sus alas negras.
Desde el aire contempló el horror: el Dahaka, tan vasto que su vacío alcanzaba una de las venas de agua que alimentaban a Harzaban. Sobre las laderas, los pocos supervivientes trataban de huir, creyéndose a salvo… hasta que lenguas viscosas, como lianas vivientes, surgieron de las fauces y los arrastraron uno tras otro hacia la oscuridad.

El silencio se extendió. Polvo, escombros… y un único manantial aún vivo: el agua del ánfora eterna, que seguía brotando sin descanso desde el corazón del castillo.

***
Todo seco. Todo en silencio.
Polvo y escombros.
Y, aun así, el agua seguía cayendo desde el corazón del castillo, como si ignorara el terror que devoraba al reino.

Todo parecía perdido.
Los únicos que sobrevivían eran los refugiados en las cuatro torres.

—Mientras estemos aquí arriba… nada pasará —se atrevió a decir Ghavri, con un hilo de esperanza.

Tal vez el Dahaka lo escuchó. O tal vez no.

Porque la bestia conocía otro talento: podía estirarse, trepar como un río que se enrosca por las grietas de una montaña, hasta alcanzar las alturas.

Primero, una sombra oscura se elevó desde el abismo. Los soldados de la primera torre pensaron que se trataba de polvo levantado por el viento, pero pronto comprendieron el horror.

El Dahaka emergía. No reptaba ni se enroscaba: se alzaba en vertical, lento, como una montaña que decide ponerse en pie. Era tan descomunal que las torres parecían juguetes frente a su magnitud. Su piel, cuarteada y rugosa, brillaba a jirones con reflejos húmedos, y en lo alto se abrió su boca infinita, repleta de colmillos que asomaban como lanzas.

Antes de que los vigías pudieran dar la alarma, lenguas viscosas y pegajosas se dispararon contra ellos. Los soldados fueron arrancados uno a uno de las almenas, alzados en el aire entre chillidos y arrastrados al interior de aquel abismo de carne. Sus gritos se apagaron de golpe, engullidos por la oscuridad.

Entonces la torre, desprotegida, tembló. El Dahaka la devoró entera: primero las almenas, luego los muros, hasta que todo el bloque de piedra fue absorbido por aquella boca insaciable. Cuando el monstruo retrocedió, en el lugar donde se alzaba la primera torre solo quedaba un vacío polvoriento, como si jamás hubiera existido.


La segunda torre creyó tener tiempo para encender su hoguera de señales. Los vigías, desesperados, alzaron antorchas y las lanzaron contra la leña apilada. El fuego prendió, pero apenas alcanzó a brillar en la noche: una sombra inmensa cubrió la torre entera.

El Dahaka había girado su titánico cuerpo, y de su boca surgieron decenas de lenguas que se extendieron como lianas, húmedas y palpitantes. Atravesaron el fuego, sofocaron las llamas y envolvieron a los soldados como muñecos. Algunos lograron blandir sus lanzas, pero fueron arrancados de cuajo de la muralla y alzados hasta el vacío que aguardaba arriba. La torre vibró bajo el peso de la criatura. En un único chasquido, como si masticara huesos, la segunda torre fue engullida y desapareció.

La tercera torre trató de resistir. Sus guardianes, advertidos del horror, descargaron flechas y piedras sobre la bestia. El aire se llenó de proyectiles, pero ninguno sirvió: el Dahaka los absorbía en su piel agrietada como si fueran gotas de lluvia sobre arena. Su boca volvió a abrirse, y los vigías vieron dentro de ella algo más terrible aún: un vacío en movimiento, un torbellino que los llamaba hacia su centro.

El suelo tembló, las piedras se agrietaron, y de pronto toda la torre fue arrancada desde sus cimientos. Con soldados aún sobre ella, la tercera torre se desplomó dentro de la boca infinita del monstruo, dejando solo un hueco humeante y la estela de gritos apagados.

Tres torres habían caído.
Y solo quedaba una.
La más importante: la torre donde se refugiaban el rey Evaron y la princesa Omotonoke.


Entonces la bestia giró.
Su cuerpo, descomunal como un gusano nacido de los abismos, se arqueó con lentitud hacia la única torre que aún permanecía en pie. Sus fauces negras se abrieron de par en par, y las lenguas viscosas golpeaban el aire, probando la distancia, saboreando ya a quienes se refugiaban en lo alto.

En lo más alto de esa torre, entre las almenas, el rey Evaron estrechaba a Omotonoke contra sí, como si pudiera protegerla con sus brazos viejos. Sus ojos, anegados en lágrimas, contemplaban el horror que se acercaba.

A su lado, Ghavri, con las alas desplegadas contra el viento abrasador, miraba la criatura que se cernía sobre ellos. No había tiempo. No había ejército. Solo quedaban la torre, el agua que manaba incesante desde el corazón del castillo… y el coraje desesperado.

Entonces gritó:

—¡Rey de Harzaban! ¡Dadme lo prometido!


Evaron se volvió hacia ella, incrédulo, con el rostro desencajado.
—¿Por qué me pides esto ahora… en medio del fin? —murmuró, como si quisiera detenerla.

Pero al ver el fuego en los ojos de Ghavri, comprendió lo que pedía. Y, con un temblor en las manos, se inclinó sobre el cofre de hierro donde guardaba las reliquias.

De entre todas, tomó la más peligrosa: la mano que convertía en piedra todo cuanto rozaba. La sostenía con firmeza, cogiéndola por la muñeca, tal como había aprendido desde hacía años. Sabía que bastaba tocar su palma para quedar maldito.

El rey quiso decirlo… quiso advertirla. Pero el rugido del Dahaka sacudió la torre, y el aire se llenó de polvo, de gritos, de desesperación. La voz del anciano se quebró, y las palabras se ahogaron antes de salir.

Extendió la reliquia hacia Ghavri.

Ella la tomó con decisión, sin titubear. Pero no supo.
Sus dedos, en la urgencia, se cerraron sobre la palma de la mano petrificadora.

El efecto fue inmediato.
Un escalofrío helado recorrió su brazo, endureciendo la piel, tornándola gris, convirtiéndola en roca viva.

Evaron la miró con horror.
En ese instante ambos supieron: uno había entregado la sentencia, y la otra la había aceptado.

Las reliquias sagradas tenían un poder que solo los elegidos podían usar. Quien las tomara sin el conocimiento debido sería castigado con severidad, pues cada artefacto llevaba consigo la marca de un pacto antiguo.

La mano que convertía en piedra todas las cosas debía cogerse siempre por la parte trasera, por la muñeca endurecida como hierro. Jamás por la palma. Quien lo hiciera sellaría su destino.

Evaron lo sabía. Lo había aprendido de los sabios y lo había practicado con cautela durante años. Pero en medio del furor, del miedo y de la inminencia del fin, lo olvidó. Aterrorizado, entregó la reliquia sagrada a Ghavri sin pronunciar la advertencia.

Ella, con el ímpetu de quien no duda, la tomó. Pero sus dedos se cerraron sobre la palma de la mano maldita.

El efecto fue inmediato: un frío abrasador recorrió su brazo, la carne se endureció, la piel se volvió gris. Ghavri comenzaba a convertirse en piedra.




Dahaka y el Gopat quedaron frente a frente.
La bestia era un torbellino viviente: colmillos infinitos, lenguas viscosas que se lanzaban como látigos, un abismo de dientes tratando de arrancar a Ghavri del cielo.

Ella esquivaba, ascendiendo y descendiendo con las alas negras abiertas, su cuerpo ya entumecido por la petrificación. Sabía que no tenía mucho tiempo.

Entonces, con la astucia de quien comprende en un instante lo que otros nunca verían, se dejó caer en picado hacia el río. El rugido del jaguar resonó en el aire, como si los dioses mismos empujaran aquel vuelo desesperado.

Con el último impulso, Ghavri lanzó la mano maldita —el guante que convertía toda materia en piedra— contra las aguas vivas.

El río se endureció al instante, cristalizándose en roca. Y como Dahaka había nacido y se había alzado desde aquel cauce, su propio cuerpo colosal fue atrapado por la maldición.

Una onda expansiva recorrió el desierto de Erimia. Escamas, colmillos y músculos quedaron convertidos en piedra, congelados en un rugido eterno. La criatura titánica se elevó, endurecida, hasta que su peso la traicionó: el coloso de roca se resquebrajó desde dentro y estalló en miles de fragmentos que llovieron sobre el desierto como una tormenta de esquirlas.

El silencio cayó.
Solo quedaba polvo, roca y el rumor eterno del agua del ánfora en el corazón del castillo.

Ghavi descendió tambaleante, sus alas pesadas como plomo. Aterrizó en la última torre, ante el rey Evaron y la princesa Omotonoke. Su piel ya era piedra hasta la cintura, su rostro todavía humano, sus ojos aún brillando de vida.

La princesa corrió hacia ella, pero era tarde. Ghavri, con labios ya rígidos, apenas pudo sonreír antes de quedar inmóvil.

Omotonoke la besó entonces. No con pasión, sino con un llanto de ternura, como si quisiera atrapar en un instante toda la vida que se le escapaba.

Y el Gopat quedó convertido en estatua: alas abiertas, jaguar a sus pies. 


Nemoshyne: 

“Y el Gopat… se convirtió en el emblema de una nueva dinastía en Harzaban.

Cuentan las leyendas —y aún se repite en la Taberna del Sapo, entre humo y vino agrio— que en aquel reino existió una reina distinta a todas las demás:
una reina cuyo beso podía transformar a los hombres en piedra… Y que junto a ella, en los relatos que sobreviven al tiempo, siempre aparece su guardián: una criatura mitad jaguar, mitad mujer, mitad águila real.
Una efigie durante el día y un ser alado durante la noche.

Os preguntaréis si tubo descendencia…?
Tal vez si… 
Tal vez no…
 Pero eso… es otra historia.

“El Gopat”
***Fin***

Epílogo 


“Quizá esta historia no trate solo de un reino perdido ni de un monstruo sin ojos.
Quizá hable de nosotros.

Porque todos tenemos una sombra que nos cubre en algún momento de la vida, una herida o una ‘maldición’ que nos recuerda que no siempre alcanzaremos lo que anhelamos.
Todos conocemos la sensación de ver nuestro destino quebrarse, como si la senda se interrumpiera bajo nuestros pies.

Y entonces, como Omotonoke o como Ghavri, necesitamos alas para elevarnos, un ánfora de aguas eternas que nos devuelva la esperanza, o un compañero fiel que camine junto a nosotros cuando no tenemos fuerzas.
Pero en todo camino siempre llega el momento del sacrificio: una decisión que nos marca para siempre.

¿Está escrito el destino?
¿O lo escribimos nosotros cuando elegimos en la encrucijada?
Los árboles guardan en sus anillos la memoria de las sequías y las tormentas que soportaron… y del mismo modo, nosotros guardamos en nuestro pecho las huellas de las decisiones que tomamos frente a los monstruos que nos acechan.

Y quizá eso sea el destino: el instante en que decidimos.
Ese momento en que nos atrevemos a mirar al abismo y decir ‘este es mi camino’.
Comprendiendolo . Aceptandolo. Sin oscurece ni un pizca la esencia de lo realmente somos.

¿No creen?”
 
(Una pluma negra cae tras una brisa)


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.

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