Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XIV. Marae.



Los Deseos

Cuando deseas “ser aceptado, amado, reconocido”, lo que hay debajo es real, pero la forma en que lo buscas puede ser ilusoria. Crees que te lo dará la imitación de una máscara, cuando en realidad solo lo encontrarás en la experiencia auténtica de tus vínculos y tu propio camino.

Esa energía es como la gravedad: te empuja hacia algo. A veces hacia lo falso, otras hacia lo verdadero. Lo que marca la diferencia es si eres consciente o no de qué hay detrás de lo que deseas.

El deseo no solo nos mueve hacia lo que queremos, también nos enseña a valorar lo que ya tenemos antes de que se pierda.
Es, en ese sentido, una llamada de atención de la conciencia: nos recuerda que lo esencial no está en lo que anhelamos ni en lo que perdemos, sino en el camino mismo que no sabemos apreciar mientras lo recorremos.

El deseo es un umbral. Lo cruzas, y entonces debes decidir: o vives en el lamento de lo que perdiste, o descubres lo que ese umbral vino a mostrarte.

***


No, no son simples anhelos.
No son monedas que se lanzan al agua…
ni palabras que se piden al cielo.

Los deseos…

son raíces invisibles.

Crecen dentro de nosotros, en la oscuridad,
antes incluso de que sepamos nombrarlos.
Hay deseos que arden.
Que te empujan.
Que te hacen cruzar límites sin mirar atrás.
Y hay otros,
más silenciosos…
que se esconden entre los latidos
y se disfrazan de decisiones.
El peligro de los deseos no está en tenerlos,
sino en no entenderlos.

Porque hay deseos que no son nuestros.
Que nos han sembrado otros.

Y los llevamos como cadenas,
confundiéndolos con la voz del alma,
cuando en realidad…
son solo el eco del miedo,
el reflejo de una carencia,
o la sombra de una promesa que nunca cumplimos.

Pero cuando un deseo es verdadero,
cuando nace del lugar más profundo…

…entonces sí…

Puede mover mares.
Puede romper maldiciones.

Porque los deseos verdaderos,
los que son fuego puro,
no se deshacen. No caducan. No se olvidan.

Y a veces…
lo hacen desde la oscuridad más honda,
esperando el momento justo
para recordarte quién eras
antes de convertirte en quien el mundo esperaba que fueras.

Así que pregúntate con cuidado:

¿Lo que deseas…
te pertenece?

¿O es solo una máscara que alguien dejó caer en tus manos
cuando eras demasiado joven para saber que podías elegir?

Porque el deseo… es siempre algo que no puedes alcanzar. Es el inicio de un camino. Y como toda aventura, suele comienzar con dos cosas : un peligro inminente , y una gran pérdida.


📖 Los Deseos: La Leyenda de Marae

Entre los Tuaregs, los hombres azules del Sahara, se cuenta una historia que no figura en ningún libro sagrado ni en ningún relato de mercader. Es un susurro que viaja con las caravanas, de oasis en oasis, como si fuera arena movida por el viento.

Habla de Marae, una joven que nunca se conformó con lo que tenía.
Mientras otros pedían agua, dátiles o una sombra fresca, ella pedía más:
un portal, una grieta hacia un mundo distinto.

Dicen que en las noches de luna llena, cuando el desierto se calma y el viento duerme, Marae se arrodillaba frente a las dunas y escuchaba. No buscaba el murmullo de la arena, sino una respuesta al otro lado de la realidad.

Una noche, la luna iluminó un hilo en la arena.
No era de agua ni de metal, sino de luz pura, como tejido con el resplandor de las estrellas.
Ella lo tomó en sus manos… y el desierto respondió.

***

La arena bajo sus pies desapareció.
El mundo se contrajo.
Marae sintió que su cuerpo se encogía, empequeñecía, como si la luna misma la exprimiera en un puño invisible.

Cuando abrió los ojos, ya no era la hija de un pescador.
Era apenas un destello, flotando en un océano inmenso que no era más grande que aquel charco.

Su piel se cubrió de escamas relucientes, sus piernas se enredaron hasta transformarse en una cola palpitante.
De su cuello brotaron branquias como flores heridas.
Y sus ojos, dos perlas turquesas, se abrieron para contemplar un mundo imposible.

Porque dentro de ese charco minúsculo había arrecifes infinitos, criaturas luminosas y ciudades hundidas más grandes que cualquier desierto.
Un océano sin horizonte…
…nacido de una gota de agua en medio de la nada.

Pero allí no hubo bienvenida.
Solo silencio.
Las sirenas le dieron la espalda, y las corrientes la empujaron hacia abajo.

Marae descendió más allá de lo visible, más allá de todo color.
Hasta que el azul se volvió negro.
Y allí se dejó caer, diminuta y sola, en un océano que nadie más podría ver, prisionera para siempre de un charco que, en la superficie, se evaporaría con el primer sol del amanecer.


***

📖 La Leyenda del Mar de Aeshara

Antes de que el Sahara fuese desierto, antes de que las dunas devorasen el horizonte, existía un océano inmenso: el Mar de Aeshara. Sus aguas eran tan profundas que se decía que no tenían fondo, y tan claras que reflejaban el sol como un espejo de fuego.

Ese mar pertenecía a Poseidón, señor de los mares, quien lo recorría con orgullo. Los hombres azules —los ancestros de los tuareg— vivían entonces en sus orillas, alimentados por peces y protegidos por la abundancia de aquel mar.

Pero en una de sus travesías, Poseidón escuchó un rugido extraño. No era ballena ni ola. Era un sonido profundo, de garganta hambrienta.
Un monstruo habitaba Aeshara: Dahaka, el devorador de mares, que bebía la sal del océano hasta dejarlo muerto.

Poseidón lo buscó, pero en lugar de la bestia encontró a ella.
Una mujer cubierta de escamas doradas, con ojos que brillaban como fuego líquido. No era diosa del Olimpo, ni mortal, ni espíritu marino. Era algo más antiguo. Era un djinn.

Y Poseidón, al verla, se enamoró.
Locamente.
Ciegamente.

Se acercó con su tridente en la mano, pero su voz no fue de amenaza, sino de súplica.

—Dime tu nombre —pidió—. Dime quién eres, para poder pronunciarlo cuando el viento reclame mi soledad.

La mujer dorada lo miró sin emoción.

—No tengo nombre que debas conocer. Soy lo que soy. Y no estoy aquí para amarte.

Las palabras atravesaron a Poseidón como lanzas.
Pero él insistió.

—¿Qué puedo ofrecerte para que aceptes mi afecto?

Ella inclinó el rostro, dejando que la luna se quebrara en sus escamas.

—Nada de lo que posees puede comprarme. Pero si insistes…
Ábreme una grieta con tu tridente. Que las aguas del Mar de Aeshara crucen las piedras y entren en Anatolia. Allí el fuego devora hombres y montañas. Yo gobernaré esas aguas nuevas, y allí viviré con mi criatura.

Poseidón sintió la trampa. Sabía que en Anatolia ardían los fuegos de Hades y que intervenir era peligroso. Pero el deseo lo había encadenado ya. Quería verla, tenerla, aunque fuese como sombra.

Cegado por la pasión, golpeó la tierra con su tridente. 
Y una grieta se abrió.
Las aguas de Aeshara corrieron hacia Anatolia, y con ellas se deslizó Dahaka, oculto en las profundidades, devorador insaciable de mares.
Y así se creó el Hesponto.

El mar comenzó a vaciarse. Las costas se secaron.
Y el Sahara nació, no de la arena, sino de la traición.

Antes de marcharse, la mujer dorada extendió entre sus manos un hilo resplandeciente.

—Cada vez que quieras verme —le dijo—, solo tendrás que tirar de este lazo dorado, y me encontrarás.

El corazón de Poseidón ardió de alegría. Creía tener un vínculo con ella, aunque no le perteneciera.

Pero los días pasaron.
El mar murió.
Y Poseidón, con su vista aguda, miró más allá de los horizontes. En medio del nuevo desierto vio algo extraño: un pequeño charco que brillaba bajo la luna llena.

En su superficie se reflejaba el cielo.
Y en su centro… el hilo dorado.

Entonces comprendió.
El lazo no era un puente hacia ella, sino una cadena hacia la nada.
El djinn lo había engañado. Había ganado su reino, había liberado a Dahaka en Anatolia… y él se había quedado con un charco inútil en el centro del desierto.

Desde entonces, cuentan los ancianos, en las noches de luna llena, Poseidón observa el Sahara con furia y tristeza, viendo en la distancia aquel destello dorado.
Un recordatorio eterno de su derrota, de su amor imposible… y del error que lo privó para siempre del Mar de Aeshara.


La Revelación de Ankhara

Allí, en la nada, una presencia sin forma observaba a Marae y le habló:

> —“No vale la pena… No llores.”



Marae, asustada, preguntó con un hilo de voz:

> —“¿Quién eres? ¿Por qué no puedo verte?”



La respuesta vibró en su pecho más que en sus oídos:

> —“Tal vez no tengas forma. Yo soy de aquí y de allá. Solo oyes sonidos… y los traduces como voz.”



Marae tembló, sospechando la verdad:

> —“¿Has venido porque tienes… hambre?”



La presencia sonrió en la penumbra:

> —“Hambre… siempre. Pero no de carne. Mi manjar es de otra clase.”



> —“¿Como cuál?”



Entonces el abismo se iluminó.
Luces de coral fosforescente revelaron la silueta de una mujer, con hilos dorados enredados en sus muñecas como grilletes eternos.

> —“¿Ves estos lazos? No son brazaletes. Es mi prisión. Desde el comienzo del mundo.”



Marae retrocedió un paso, confundida, y susurró:

> —“¿Fuiste tú quien me hizo esto?… Por favor, devuélveme a la superficie. No pertenezco aquí…”



La figura inclinó la cabeza.

> —“No puedo. Los deseos del corazón no pueden romperse.”



De pronto, el abismo se abrió como un paraíso de luz. Criaturas brillantes danzaban, y la mujer mostró su verdadera forma:
Ankhara, Djinn del Agua.
Piel oscura, ojos como pozos infinitos, un símbolo vivo en la frente.

> —“La niña no conoce la verdad de los dueños verdaderos…
La magia no crea el deseo.
La virtud siempre estuvo al alcance de tu mano.
No fui yo… fuiste tú, al desearlo de verdad.
Y el hilo… solo te llevó a la verdadera identidad de tu propia naturaleza.”



Una lágrima perlada escapó de los ojos de Marae. Flotó en el agua como un cristal frágil.
Ankhara la tomó con la uña, delicada como quien sostiene una joya… y se la comió.

Las luces se apagaron.
Las criaturas huyeron.
El paraíso se transformó en sombra.

> —“Tus lágrimas son raras en este mundo.
Contienen verdades más profundas que todos los libros humanos.
Y ahora… esa verdad vive en mí también.”



El agua se volvió fría, pesada.
Marae retrocedió, el corazón golpeando como tambor.

> —“¿Qué es un Djinn… realmente?”



Ankhara avanzó entre sombras ondulantes, y su voz ya no era humana:

> —“¿Quieres saber lo que soy?
Los humanos nos llaman demonios,
ángeles caídos,
sueños malinterpretados.



Pero la verdad… es más antigua.
Fuimos creados antes que la humanidad.
No para proteger.
No para servir.
Sino para observar.

Y fue el deseo… sí, el deseo…
lo que primero nos contaminó a nosotros.

Un Djinn no tiene forma.
No tiene rostro.
Adopta lo que tú deseas ver.

Por eso puedo parecerte mujer.
O fuego.
O consuelo.

Pero si supieras lo que realmente soy…
No te quedarías para mirarlo.”

El fondo del mar se agrietó a lo lejos, liberando un aliento oscuro y antiguo.
Marae retrocedió más, aterrada.

Entonces, Ankhara sonrió con crueldad y añadió:

> —“Una vez, un dios me deseó tanto que entregó un mar entero.
Tú no eres un dios…
pero tu deseo también te ha traído aquí.”



Su voz se hundió en el agua como plomo:

> —“Siempre tenemos hambre.
Pero no por carne.
No por hueso.
Nuestro festín es otro:
seres como tú…
resplandecientes por dentro,
puros de corazón.

 —“¡¿Estás asustada, niña?!
¡Deberías estarlo!
¡No tienes escapatoria!”

***

📖 El Veredicto de las Néphélys

Dicen que en aquel momento, el hilo dorado fue estirado,
y Marae pasó a formar parte del reino de Poseidón.
El gran dios siempre creyó que ella era “la otra”,
la que lo había engañado.
Y por esa razón… nunca volvió a pisar tierra firme.

Pero cuando fue presentada ante las Néphélys —las Moiras de los dioses, guardianas en las profundidades de las fosas Marianas—, ellas hablaron con una sola voz:

> —“No es de este mundo.
Tampoco es tuya.
Su destino está tejido en nuestra tela de Aurelen.
Escucha, gran Rey:
No es un Djinn.
Es una Razón.
El principio de la decadencia de los inmortales…
y el nacimiento de una reina que gobernará dos mundos.”


***
Epílogo 

Nemoshyne:

La voz de la narradora se enciende suave, como un susurro frente a una chimenea. Habla despacio, como si conociera de memoria las heridas de quien escucha.

“Los deseos…
A veces creemos que son simples anhelos, como monedas lanzadas al agua, como palabras murmuradas al cielo.
Pero no…
Los deseos son mucho más.

Son raíces invisibles.
Crecen en la oscuridad, dentro de nosotros, antes incluso de que podamos nombrarlos.

Algunos arden como brasas y nos empujan hacia lo prohibido, hacia lo falso, hacia lo que nunca nos llenará.
Otros son silenciosos, se esconden entre los latidos, se disfrazan de decisiones… y nos encadenan a caminos que no elegimos.

El verdadero peligro no está en desear.
Está en no entender de dónde nace ese deseo.
Porque a veces lo que creemos nuestro… en realidad nos lo sembró el miedo.
O la carencia.
O la sombra de una promesa rota.

Y sin embargo…
cuando un deseo es verdadero, cuando nace del lugar más profundo…
no se apaga.
No se olvida.
Puede romper maldiciones.
Puede incluso dar sentido a una vida entera.

El deseo… es un umbral.
Lo cruzas, y debes decidir:
¿Vas a vivir atrapado en lo que perdiste…?
¿O te atreverás a descubrir lo que ese deseo vino a mostrarte?”


“Porque al final, lo que deseamos no habla del mundo…
Habla de quiénes somos realmente.”

¿No creen?





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