Habitación 333. Día 1.
El sonido del silencio puede ser ensordecedor.
Leo despertó con la sensación de que algo faltaba: un vacío extraño en la cama, en el aire, en su pecho. Alargó la mano en la oscuridad y tocó el lado frío de la cama. Carlos no estaba. Carlos no estaba.
Parpadeó y miró el móvil en la mesita de noche. 2:58 a. m.
Desbloqueó la pantalla con un gesto automático. Ningún mensaje. Ninguna llamada.
Respiró hondo. El hospital tenía su número. Le habrían avisado si algo iba mal, ¿verdad? Sí... tenía que ser eso. No avisaban porque todo iba bien.
Pero el insomnio ya se había instalado en su cuerpo.
Necesitaba distraerse.
Abrió YouTube y comenzó a deslizar el dedo por los vídeos recomendados. Vídeos de ciencia, noticias, viajes, humor... Se quedó viendo un recopilatorio de bloopers de películas de terror. Algo ligero, algo que le quitara peso a la noche.
El móvil empezó a pesar en su mano y los párpados le ardían de cansancio.
Un segundo de desconexión... y el móvil resbaló de su mano.
¡PAM!
Le golpeó directamente en la frente.
-Mierda... -susurró, frotándose el lugar del impacto.
Con un suspiro, dejó el móvil en la mesita, se dio media vuelta y cerró los ojos.
Y entonces, volvió el sueño.
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📍 Un año atrás.
📍 Vall d'Aran, Llavorsí.
📌 Una casa en la montaña.
El cielo estaba despejado, sin una sola nube que rompiera la inmensidad azul. La brisa fresca de los Pirineos arrastraba el aroma de los pinos, del suelo húmedo, de la madera recién cortada.
La casa tenía una estructura moderna pero con esencia natural. Grandes ventanales, vigas de madera, piedra: un equilibrio perfecto entre lo contemporáneo y lo rústico.
Leo y Carlos estaban en la terraza de la habitación de matrimonio. Desde ahí, el mundo parecía pequeño. A sus pies, las montañas se extendían como un océano congelado en el tiempo.
Carlos se inclinó sobre la barandilla, sosteniendo una copa de vino.
-Somos los reyes del mundo.
Leo sonrió y le imitó, dejando que el viento jugara con su cabello.
-Somos los reyes del mundo... -repitió en un susurro.
-...y sin un heredero.
Carlos giró la cabeza hacia ella, con una sonrisa cansada.
-Aún hay tiempo.
Leo miró el horizonte.
El viento era fresco, las montañas infinitas. Se sentía segura.
Se sentía en casa.
Y entonces, el sueño se desvaneció.
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📍 08:15 a. m.
Leo despertó lentamente. La realidad cayó sobre ella como una losa.
Estaba en su casa. Carlos no estaba. Y el hospital seguía sin llamarla.
Suspiró y cogió el móvil.
El mensaje vacío seguía allí.
"333".
No le prestó atención. Ni siquiera lo abrió.
Necesitaba despejarse.
Se levantó y fue directa al baño. Una ducha caliente. Eso le ayudaría a recuperar algo de normalidad.
Abrió el grifo y dejó que el agua corriera por su piel. Se inclinó para coger el jabón...
Y se le resbaló de las manos.
PLAF.
El bote golpeó el suelo de la ducha y rodó hasta la esquina.
Leo frunció el ceño.
-Debo de estar dormida todavía... -murmuró, cerrando los ojos y apoyando la frente contra los azulejos.
Cuando terminó, se envolvió en una toalla, se puso su ropa cómoda y bajó a la cocina. Necesitaba café.
Abrió el armario, sacó la cafetera y puso el agua a calentar. Mientras esperaba, decidió prepararse un desayuno rápido: un par de tostadas, algo de fruta.
Pero entonces, la tostada cayó al suelo.
Con el lado de la mantequilla hacia abajo.
Bufó con frustración y se agachó para recogerla.
Cuando se incorporó para dejarla en la basura, la taza de café se le resbaló de las manos.
El sonido del impacto la hizo estremecerse.
CRASH.
El líquido marrón se esparció por el suelo. La cerámica rota quedó en pedazos a su alrededor.
Leo cerró los ojos y apretó los puños.
-Dios... estoy agotada.
Sacudió la cabeza, suspiró y se puso a limpiar. Preparó otro café y se obligó a desayunar. Todo era cansancio, estrés. Nada más.
Agarró las llaves del coche. Se le cayeron.
Las recogió, fue a la puerta, y cuando intentó meterlas en el bolso... se le volvieron a caer.
Leo se quedó quieta.
Algo en su pecho se apretó.
¿No había dormido bien? ¿O había algo más?
Sacudió la cabeza y se obligó a ignorar la sensación. No había dormido bien. Punto.
Entonces sonó el teléfono.
Se quedó paralizada un segundo antes de reaccionar.
Miró la pantalla.
Hospital de Martorell.
Tomó aire y deslizó el dedo para contestar.
-¿Sí?
La voz del otro lado sonaba mecánica, cansada.
-¿Leo Casamajor?
-Sí... soy yo.
-Soy el doctor Ferran Serra. Llamo para informarle sobre el estado de su marido.
Leo tragó saliva.
-¿Está bien?
-Se encuentra estable... de momento.
El "de momento" la golpeó en el pecho.
Se apoyó en la encimera con la otra mano.
-Dígame la verdad.
-Debemos prepararnos para cualquier escenario.
Leo sintió que el suelo bajo sus pies ya no era firme.
Y fuera, el día nublado amenazaba con tormenta.
Leo seguía con el móvil en la mano, la mirada perdida en la pantalla. Se sentía pesada. Como si su cuerpo estuviera desconectado de su mente.
La llamada con el doctor Ferran Serra la había dejado en un estado extraño. Carlos estaba "estable", pero la manera en que lo había dicho... ese "de momento" que parecía flotar en el aire, como una amenaza velada.
Miró su taza de café. Casi no había probado el desayuno. No tenía hambre. Solo tenía preguntas.
Y solo conocía a una persona que podía ayudarla.
Cogió el teléfono y buscó un número en sus contactos: Esteban Ortuño.
Médico. Especialista en neurología.
Un amigo de la universidad. Uno de los buenos. Carlos, él y ella siempre habían tenido una relación cercana. De esas amistades que no necesitan mantenimiento constante para seguir en pie.
Presionó el icono de llamada y se llevó el móvil al oído.
Tuu... Tuu...
Dos tonos, y la voz de Esteban apareció al otro lado de la línea.
-¡Leo! -Su voz sonaba sorprendida, pero con un tono cálido-. ¿Cómo estás? Hace semanas que no hablamos.
Leo dejó escapar un suspiro.
-Eh... no muy bien, la verdad.
-Sí, me lo imaginaba... -Esteban bajó la voz-. Carlos. Me enteré de que lo ingresaron. Lo siento mucho. ¿Cómo está?
-No lo sé.
-¿Cómo que no lo sabes?
-El hospital no da información. Solo me han dicho que está "estable", pero nada más.
-Joder... -Esteban suspiró. Se notaba su incomodidad-. Están saturados, Leo. Esto es un desastre. No saben cómo gestionar la avalancha de pacientes.
-Lo sé, pero... necesito entender qué está pasando.
-Leo, escucha... No deberías moverte de casa.
-Lo sé.
-No, en serio. Piensa en esto fríamente. Estás en pleno confinamiento. No solo por ti, sino por los demás. Si has estado en contacto con Carlos, podrías estar infectada.
-No tengo síntomas.
-Aún no.
Leo apretó los labios.
-No voy a quedarme de brazos cruzados. Necesito hablar con alguien que entienda lo que está pasando. Alguien en quien pueda confiar.
-Leo... ¿quieres que te diga la verdad? Nadie entiende lo que está pasando. Ni siquiera nosotros.
Su confesión la dejó en silencio.
-Por eso necesito verte. -Leo bajó la voz, como si alguien pudiera escucharla-. Quiero que me hagas un chequeo.
-¿Un chequeo?
-Sí.
-Leo, ¿qué pasa?
-No lo sé... Estoy rara.
-¿Rara cómo?
-Estoy torpe. Hoy se me ha caído el móvil en la cara. La tostada al suelo. La taza del café. Dos veces. Las llaves. No dejo de tirar cosas.
-¿Has dormido bien?
-No mucho.
-Estrés, ansiedad, cansancio.
-¿Y si no es solo eso?
-¿Quieres que te haga un chequeo neurológico?
-Sí.
-Joder, Leo... No puedes venir aquí. Si te ven en la calle sin justificación, te van a multar.
-Necesito saber que estoy bien.
-Vale.
-¿Vale?
-Sí. Pero con condiciones.
-Dime.
-Uno: si te para la policía, di que vienes de la farmacia.
-Hecho.
-Dos: no podemos vernos en el hospital. Nos veremos en mi consulta privada.
-De acuerdo.
-Tres: si tienes fiebre o cualquier síntoma raro, me avisas y cancelamos.
-No tengo fiebre.
-Bien. Entra por la puerta trasera. No quiero que nadie sepa que has estado ahí.
-Gracias, Esteban.
-Leo... solo dime la verdad. ¿Estás asustada?
-Sí.
-Entonces ven cuanto antes.
Colgó.
Leo exhaló y dejó el móvil sobre la mesa.
Se frotó la cara con las manos.
Fuera, el cielo estaba cubierto de nubes. Todo indicaba que pronto llovería.
Tenía que darse prisa.
El sol se había abierto paso entre las nubes. El cielo, que hasta hace unas horas amenazaba con tormenta, ahora lucía despejado.
Leo se sentía exhausta. No era por el camino, ni por el confinamiento, ni siquiera por la falta de sueño. Era otra cosa.
Esteban Ortuño terminó de revisar los últimos resultados y dejó la carpeta sobre la mesa de su despacho. La consulta privada era pequeña, pero acogedora. Estanterías con libros de neurología, diplomas enmarcados, un par de plantas que luchaban por mantenerse con vida.
Él suspiró, apoyándose contra el respaldo de su silla.
-Bueno, Leo... -dijo con tono neutral-. Estás bien.
Leo frunció el ceño.
-¿Cómo que "bien"?
-Exactamente eso. No hay anomalías en tus reflejos ni en tus respuestas neurológicas. Tus análisis están normales, sin alteraciones. Ni infecciones, ni inflamaciones, ni signos de ningún tipo de enfermedad neurológica.
-Pero algo me pasa.
Esteban ladeó la cabeza y juntó las manos sobre la mesa.
-Leo, tu cerebro está... activo. Más activo de lo normal, sí. Pero eso no es necesariamente malo.
-¿Activo cómo?
-Como si estuvieras en un estado de alerta constante. -Esteban hojeó los resultados y señaló una línea en la hoja-. Tus niveles de adrenalina y norepinefrina están elevados. Y hay una leve variación en la actividad eléctrica de tu cerebro. Nada preocupante, pero sí... intensa.
-¿Eso qué significa?
-Que estás en tensión.
Leo cruzó los brazos.
-No es solo eso. Algo me pasa.
Esteban la observó en silencio unos segundos. Luego dejó la carpeta a un lado y apoyó los codos en la mesa.
-Leo... esto no es un tumor. Ni un problema neurológico. Lo que tienes es estrés extremo. Ansiedad, seguramente. Carlos está en el hospital. Llevas días sin dormir bien, te saltaste comidas, estás sometida a un nivel de incertidumbre brutal. Tu cerebro está reaccionando a todo eso.
Leo apretó los labios.
-Pero no es solo eso.
-¿Por qué estás tan segura?
Leo titubeó. Miró la mesa. Miró sus manos. No quería sonar paranoica. Pero algo dentro de ella le decía que su cuerpo estaba reaccionando a algo más.
-¿Te ha pasado algo últimamente, algo fuera de lo común? -preguntó Esteban, inclinándose levemente hacia ella.
Leo tragó saliva.
-Bueno...
-¿Sí?
-Recibí un mensaje en el móvil.
Esteban arqueó una ceja.
-¿Y qué decía?
-Nada.
-¿Cómo que nada?
-Era un mensaje vacío. Solo tenía un remitente: 333.
Esteban se quedó en silencio.
Leo lo miró.
-¿Sabes algo?
-No. -Esteban se pasó una mano por el cabello-. Pero me jode no saberlo.
-¿Perdón?
-Siempre me gustó el mundo de los móviles y la tecnología. -Hizo un gesto vago con la mano-. Pero terminé inclinándome por la medicina.
-¿Eso significa que no puedes ayudarme?
-No, pero conozco a alguien que sí.
-¿Quién?
-Una amiga. Sabe de tecnología. Es un auténtico cerebro en ciberseguridad y hacking. Si alguien puede averiguar el origen de ese mensaje, es ella.
Esteban cogió su móvil y empezó a buscar un contacto.
-Voy a llamarla.
Leo frunció el ceño.
-¿Es... legal lo que hace?
Esteban la miró divertido.
-Digamos que es... creativa con la ley.
Marcó el número y llevó el móvil al oído.
Dos tonos. Tres.
Y entonces, la voz de Clara reventó el altavoz con su energía habitual.
-¡Hombre, Esteban! ¿Qué pasa, mi Príncipe Azul?
Leo levantó una ceja.
Esteban soltó una risa nasal y negó con la cabeza.
-Clara...
-Dime, cariño. ¿Por fin has decidido dejar la medicina para dedicarte a nuestro amor prohibido?
-Sí, justo eso. -dijo con sarcasmo-. Voy a dejarlo todo por ti.
-Lógico. Tanta tensión sexual no resuelta no es sana para nadie.
Leo no pudo evitar soltar una leve risa. El tono de Clara era desenfadado, rápido, con esa chispa de gente que piensa más rápido de lo que habla.
-Escucha, Clara. Te llamo porque tengo un caso para ti.
-Uy, qué formal. Suena interesante. Habla.
-Una amiga mía ha recibido un mensaje extraño.
-Define "extraño".
-Sin contenido. Sin remitente. Solo un número: 333.
Silencio.
-¿333?
-Sí.
-Eso no existe.
Leo se inclinó.
-¿Cómo que no existe?
-Esa numeración no es válida. No corresponde a ningún operador, ni a ningún sistema de mensajería. Técnicamente, no debería poder enviarse un mensaje sin metadatos. ¿Me estáis diciendo que os ha llegado un SMS de la nada?
-Exacto -dijo Esteban.
-Vale, necesito más datos.
Leo desbloqueó su móvil y abrió la conversación.
-¿Puedes revisar la información del mensaje? -pidió Clara.
Leo tocó la pantalla, buscó los detalles del mensaje... y se quedó inmóvil.
Esteban la miró.
-¿Qué pasa?
Leo giró el móvil y se lo mostró.
No había información.
No había número de origen.
No había datos de red.
Nada.
Esteban entrecerró los ojos.
-Eso no tiene sentido.
-No puede ser -murmuró Clara al otro lado-. ¿Puedes enviarme una captura de pantalla?
Leo lo hizo de inmediato.
Silencio.
-Vale... Esto no me gusta.
-¿Qué significa?
-Que alguien te ha enviado un mensaje sin pasar por ninguna red convencional.
-¿Eso es posible?
-No de forma normal.
Leo tragó saliva.
-¿Puedes investigar esto?
-Claro. Pero va a llevar tiempo.
-¿Y si lo vemos en persona? -preguntó Leo.
-Sí. De hecho, prefiero verlo en directo.
-¿Dónde estás?
-En casa.
-¿Dónde vives ahora?
-En El Bruc.
-¿Te has ido al monte?
-Mejor conexión de red de lo que imaginas. Y nadie me molesta.
-Aparte de mí, claro.
-Aparte de ti -rió Clara-. Dile a Leo que venga. Yo me encargo de lo demás.
-¿Puedes ir? -preguntó Esteban.
-Sí -asintió Leo.
-Genial -dijo Clara, entusiasmada-. Nos vemos en unas horas. No me hagas esperar, que me aburro.
Clic.
La llamada terminó.
-¿Sabes que esto suena a paranoia, verdad? -dijo Esteban.
-Sí.
-Pero vas a ir igual.
-Sí.
-Vale.
Leo se levantó de la silla con un movimiento automático.
Y entonces, todo se inclinó levemente hacia la derecha.
El suelo pareció perder su estabilidad por un breve instante. La luz del sol que entraba por la ventana se volvió más intensa, demasiado blanca, como si alguien hubiera subido la intensidad de un foco invisible.
Un mareo extraño le recorrió el cuerpo.
Parpadeó.
Esteban, que estaba guardando los informes, levantó la vista justo cuando vio a Leo vacilar sobre sus propios pasos.
-¿Estás bien? -preguntó con tono casual, sin levantar alarma.
Leo llevó una mano a la frente y exhaló.
-Sí... solo me he mareado un poco.
Esteban la observó con atención.
No solo era el mareo.
Había algo en sus manos.
Las yemas de sus dedos estaban extrañamente pálidas, como si la sangre no llegara bien a ellas. Un ligero temblor recorrió su muñeca derecha. Imperceptible para alguien normal, pero no para un médico.
Algo no estaba bien.
Pero Esteban no dijo nada. Su cara no cambió, su postura no mostró tensión. No quería preocuparla más.
-Debes descansar, Leo -le dijo con una sonrisa amable-. De verdad, no te obsesiones con lo que está pasando.
Leo asintió, aún sintiendo el vértigo en su cuerpo.
-Lo sé. Ha sido un día largo.
Esteban se puso en pie y la acompañó hasta la puerta con su actitud habitual.
-Cuídate, ¿vale?
-Lo haré.
-Y dale recuerdos a Clara de mi parte.
-Le diré que sigues siendo su Príncipe Azul.
-Genial, justo lo que necesito -resopló.
Leo abrió la puerta, respiró hondo y salió.
La puerta se cerró con un suave clic.
La sonrisa de Esteban desapareció en el acto.
Se quedó un instante mirando la puerta cerrada. Inmóvil.
Luego, con un movimiento rápido, agarró la carpeta de los análisis y la abrió de nuevo.
Sacó la diapositiva con la resonancia cerebral de Leo.
Se acercó a la ventana y levantó la imagen contra la luz.
El sol reveló cada línea, cada contorno del cerebro de Leo.
Esteban entrecerró los ojos.
Y entonces lo vio.
No era un tumor.
No era una inflamación.
No era nada que él pudiera identificar.
Pero estaba ahí.
Una sombra en el lóbulo temporal izquierdo.
No debería estar ahí. No podía estar ahí.
Era una forma... simétrica.
Matemáticamente perfecta.
Como si alguien la hubiera colocado ahí intencionadamente.
Esteban sintió un escalofrío en la nuca.
¿Qué demonios era eso?
***
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