Odasiri. El reloj encantado . Capitulo 7



En nuestro vasto universo, la posibilidad de cambiar el presente y, más aún, de prevenir eventos futuros es una idea que despierta una profunda fascinación, casi como si fuese magia, pero sustentada en la ciencia. La clave está en un principio fundamental: la observación y el aprendizaje del pasado. Al observar las señales de patrones en la naturaleza o en el comportamiento humano, descubrimos que el pasado, aunque ya inamovible, guarda una sabiduría poderosa, capaz de enseñarnos a enfrentar lo que está por venir.

En última instancia, la ciencia nos impulsa a reflexionar sobre cómo aprender y adaptarnos. Es cierto que no podemos cambiar el pasado, pero cada lección que extraemos nos brinda la oportunidad de mejorar, de hacer del presente un tiempo lleno de intenciones conscientes. Y así, cada pequeño cambio que hagamos hoy-cada acto de compasión, cada decisión bien pensada-reverbera hacia adelante, dando forma a un futuro en el que nuestras acciones han creado un impacto positivo.

Andrea Leighton había llegado al límite, a ese momento inevitable que, en algún punto de la vida, todos enfrentamos. Con 40 años y un pasado lleno de promesas vacías, el peso de tantas ilusiones rotas la había alcanzado al fin, y ahora el mundo que había construido, ladrillo a ladrillo, comenzaba a desmoronarse como un frágil castillo de arena, arrebatado por la marea de una dura realidad. Vulnerable y cansada, Andrea decidió retroceder. Tomó la decisión de mudarse de vuelta a la casa de su madre, esperando encontrar en la calma del hogar un respiro que le permitiera reencontrarse a sí misma.

El pueblo de Nauvoo, en Illinois, era un lugar pequeño, acogedor y, sobre todo, profundamente tranquilo. Muy lejos de la vida agitada que Andrea había llevado en la ciudad, Nauvoo era un rincón pintoresco entre colinas y el imponente río Misisipi, que serpenteaba lentamente como un guardián antiguo. Era un lugar cargado de historia, con iglesias centenarias, calles empedradas y un aire que parecía guardar secretos en cada esquina. Los residentes de Nauvoo conocían bien las leyendas y mitos del lugar, y ese aire misterioso lo convertía en un lugar casi fuera del tiempo.

Andrea siempre había sido una mujer de carácter firme y complejo, con un temperamento que a menudo resultaba desconcertante para quienes no la conocían bien. Su personalidad era directa, sus palabras cortantes, y su mirada siempre afilada, lo que a veces intimidaba a quienes se acercaban a ella por primera vez. Pero para quienes lograban atravesar esa barrera, Andrea revelaba una naturaleza noble y generosa, un corazón lleno de lealtad, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Aun así, la traición era para ella algo insoportable. Era como una fisura irreparable, una herida que nadie podía sanar.

Fue aquel domingo, una tarde cualquiera que el tiempo transformaría en una fecha imborrable, cuando el verdadero quiebre sucedió. Andrea lloró como nunca antes, con un llanto que parecía provenir de lo más profundo de su alma. Su relación con John, que ella había creído perfecta, había llegado a un abrupto final. John, quien hasta entonces había sido el amor de su vida, parecía haberlo sido todo para Andrea. Entre ellos, había crecido una conexión única, un vínculo lleno de promesas, conversaciones interminables y noches en las que, juntos, crearon un universo propio. Cada encuentro era una nueva promesa de amor, cada risa era una renovada declaración de fidelidad, y cada noche juntos era un recordatorio de la pasión que los unía. Era una historia que parecía tan sólida, tan pura... hasta que se desmoronó en un instante.

Y como suele ocurrir, ese instante llegó en medio de una celebración.

Nueva York celebraba una de sus festividades locales, una de esas noches en las que las familias dejaban sus hogares y las calles se llenaban de risas, luces y música, un eco de alegría que llenaba el aire. Andrea y John estaban allí, disfrutando de la atmósfera de fiesta, rodeados de la embriagadora alegría de todos a su alrededor. Por un momento, todo parecía perfecto. Y luego, entró en escena otra persona: Gema.

Gema era todo lo contrario de Andrea, superficial y carente de profundidad. Donde Andrea era leal y sincera, Gema se dedicaba a impresionar, a brillar en una fachada cuidadosamente construida. No le importaban los lazos, ni la amistad; solo le importaba lo que los demás pensaran de ella. Y esa noche, Andrea vio algo en los ojos de John, una chispa, una atracción que alguna vez había sentido hacia ella... pero que ahora parecía dirigida hacia alguien más. En ese instante, Andrea sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Su mundo, ese que había construido con tanto amor y esperanza, se quebraba en silencio ante ella.

La noche se volvió distante, las luces y las risas se alejaron, y Andrea se sintió atrapada en una pesadilla en la que observaba, impotente, a John dejándose llevar por alguien que ella sabía no era más que una fachada. Era un dolor que no tenía palabras, un dolor que nacía de lo más profundo de su ser.

Esa noche, en su cama, Andrea lloró, como nunca antes. Había creído en el amor, en las promesas, en el futuro que imaginó junto a John. Pero, de repente, todo era vacío, una ilusión rota que se desvanecía ante sus ojos.

Andrea sabía que necesitaba un cambio, que debía alejarse para reconstruirse.

Una tarde, mientras organizaba sus cosas en la vieja habitación de su infancia, Andrea subió al desván en busca de un lugar donde guardar algunas cajas. La puerta del ático crujió al abrirse, y el polvo danzó en la luz que se filtraba suavemente por la ventana, envolviendo el lugar en un aire de nostalgia y un tenue aroma a madera antigua, que trajo consigo recuerdos de tiempos más sencillos. Entre baúles olvidados, cajas cubiertas de polvo y muebles desgastados, algo en la penumbra atrajo su mirada.

Era un reloj. El reloj. Oscuro y profundo, parecía absorber la poca luz que llegaba, como una sombra tangible en el rincón de la habitación. Su estructura de caoba maciza, tan pulida y oscura que casi parecía húmeda, dominaba la esquina con una presencia inquietante. En la parte superior, su esfera redonda y algo decadente ostentaba números romanos desgastados, casi desvanecidos en la bruma del tiempo. Parecían ojos antiguos, observando desde una época remota. Las manecillas, delgadas y filosas, yacían congeladas, sin moverse, pero aún proyectando una sensación de tictac, un eco mudo que resonaba en la quietud.

Pero el reloj tenía algo más... algo que Andrea no podía ignorar. Al acercarse, notó unas inscripciones en latín, talladas con una precisión que hacía parecer que las palabras flotaban bajo la luz tenue, desafiantes y etéreas. A la izquierda, junto a una escena de figuras danzantes, estaban las palabras Quod esse potuit, "Lo que pudo ser." Los rostros tallados en la madera parecían albergar una tristeza antigua, como si supieran de caminos no tomados, de decisiones suspendidas en sombras y sueños.

En el centro, bajo un paisaje de montañas, se hallaba la inscripción Quod est, "Lo que es." Esta escena transmitía una extraña quietud; era como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse allí, atrapado en una muesca de la madera que reflejaba un sendero ni hacia adelante ni hacia atrás, un presente eterno e inmóvil. Las figuras en esa sección, casi imperceptibles, parecían estar atrapadas en un instante interminable, resonando con la angustia de lo que simplemente es.

Y finalmente, en el relieve de la derecha, se leía Quod erit, "Lo que será." Allí, una figura solitaria miraba hacia un horizonte lejano, un destino incierto. Sin rostro definido, pero con una postura cargada de espera, la figura transmitía una esperanza contenida y una angustia silenciosa, como si aguardara algo que sólo el tiempo pudiera desvelar.

Andrea percibió que aquel reloj no era un mero objeto de madera y metal; era un umbral. Una especie de portal en el que el pasado, el presente y el futuro no existían como líneas separadas, sino como un entrelazado de historias, un baile incesante de aquello que fue, lo que es y lo que será.

Casi sin querer, se dio cuenta de que el reloj estaba cubierto por una fina capa de polvo, aunque esto no lograba ocultar su encanto. Era como si el reloj hubiera estado allí, esperando pacientemente a que alguien lo encontrara... a que alguien escuchara sus secretos.

Andrea tocó suavemente la madera y notó que el reloj estaba detenido, sus engranajes inertes, indiferentes al tiempo que solían medir. Pero algo en sus decoraciones la cautivó; los adornos tenían una calidad mística, inspirados en leyendas de épocas remotas. Inscripciones que parecían runas, símbolos extraños que parecían susurrar secretos de un pasado mágico. Aquel reloj, más que un simple objeto vintage, era un auténtico tesoro de otro tiempo, un relicario de algo que escapaba al entendimiento, algo que guardaba más de lo que mostraba.

Andrea, cautivada por el misterio del reloj, no resistió la tentación de tocar las manecillas. Apenas rozó con los dedos la aguja de los minutos y, con una decisión impulsiva, la giró hacia atrás cinco minutos. El reloj, que hasta entonces había estado mudo, emitió un leve crujido, y Andrea sintió un cambio en el aire, un susurro apenas audible que parecía arrastrar consigo ecos de otro tiempo.

Cuando apartó la mano y levantó la mirada, algo extraño la hizo parpadear. En la repisa cercana, una vela que momentos antes había estado a punto de extinguirse ardía de nuevo con una llama joven, como si el paso de los minutos se hubiera revertido. Andrea se acercó con cautela y observó cómo la cera, que estaba derretida y formando un charco en la base de la vela, ahora se solidificaba, regresando a su forma original, levantándose en una estructura suave y firme, como si nunca hubiera sido tocada por el fuego.

Desconcertada, giró hacia la ventana, donde había notado un pequeño insecto atrapado en una telaraña, luchando por liberarse. Al mirar de nuevo, vio algo que la dejó sin palabras: la araña, que había estado acercándose para envolver a su presa, ahora se alejaba, retrocediendo lentamente hasta el rincón de la ventana, como si su danza mortal se deshiciera. El insecto, liberado de su destino, batió sus alas en el aire y voló, escapando de un momento que, para Andrea, había retrocedido en el tiempo.

Finalmente, en la mesa, un periódico que ella misma había dejado descuidadamente abierto ahora estaba doblado, tal y como lo había encontrado al entrar en la habitación, con las páginas intactas y sin huellas de que lo hubiera hojeado minutos antes. Las arrugas en el papel se alisaron, y el periódico volvió a su estado original, como si sus dedos nunca lo hubieran tocado.

Andrea retrocedió un paso, llevándose una mano a la boca. La comprensión la golpeó con un escalofrío: al girar la manecilla, había viajado hacia atrás en el tiempo.

Andrea, perpleja pero decidida a descubrir el secreto del reloj, alargó la mano hacia las manecillas una vez más. Esta vez, cuidadosamente, las giró hacia adelante, como si aquella antigua maquinaria realmente pudiera adelantar el tiempo. Y fue entonces cuando lo vio: a su alrededor, el ambiente comenzó a cambiar sutilmente, como si el mismo día se deslizara hacia el futuro.

Un rayo de sol se intensificó, proyectándose desde la ventana de forma más clara y brillante. Afuera, el cielo adquirió un tono más intenso, y un sonido llegó hasta sus oídos, claro y familiar: era la risa de su abuela Marian, resonando en el aire con una alegría genuina. Andrea se sintió inmersa en una escena de otro momento, atrapada en una franja del tiempo que se desplegaba frente a ella.

Intrigada y llena de una audacia repentina, giró las manecillas más adelante, empujando los minutos hacia un nuevo día. La atmósfera a su alrededor adquirió una cualidad casi etérea; a través de la ventana, pudo ver a su abuela conversando con el vecino Jacobo en el jardín. "Mi nieta, Andrea, está aquí para pasar unos días conmigo," escuchó a Marian decir con aquel tono cálido que solo una abuela orgullosa podía tener. Andrea sonrió, reconociendo el amor y la emoción en la voz de su abuela, pero percibiendo a la vez que algo era extraño, como si se encontrara entre sombras de momentos lejanos, testigo de un tiempo que, aunque real, no podía tocar.

En un acto de pura osadía, Andrea giró las manecillas de manera más drástica, empujando el reloj más allá de días y meses. De pronto, un reflejo la atrapó en el cristal de la sala, y lo que vio la dejó sin aliento: era su propio rostro, pero con signos de un cambio profundo. Los ojos de esa Andrea del futuro brillaban con una calma y una paz que apenas reconocía en sí misma, con una claridad que no había sentido desde hacía mucho. Sus facciones, aunque más maduras, tenían una serenidad y una seguridad envidiables. Era una imagen poderosa, un vistazo al resultado de un camino de sanación y liberación.

El impacto de aquella visión fue suficiente para hacerla detenerse. Se apartó del reloj, pensativa, y una idea se formó en su mente, una oportunidad de cambiar algo en su pasado. Con un toque decidido, giró las manecillas hacia atrás, llevándose a sí misma a aquella noche del festival en que John, el hombre al que alguna vez había amado, había sido tentado por la superficial Gema. Decidida, Andrea se concentró en sus recuerdos, recordando las miradas, los gestos y los momentos que de alguna forma John había elegido ignorar, y su plan se formó con claridad. Creía que, al volver atrás, podría mostrarle a John la verdadera naturaleza de Gema y así evitar el dolor que aquello le había causado.

Pero entonces, algo ocurrió. El reloj comenzó a vibrar suavemente bajo sus dedos, como si sintiera la intensidad de su propósito. La manecilla avanzaba, llevándola hacia su propia casa, de vuelta al día en que encontró el reloj. Andrea, cargándolo con esfuerzo y determinación, no se dio cuenta del sonido lejano de un camión de basura que se acercaba. Antes de que pudiera reaccionar, el reloj fue capturado por el brazo mecánico del camión y arrojado al interior, siendo triturado al instante. Andrea se quedó inmóvil, atónita ante la pérdida, como si el mismo tiempo la estuviera castigando por su deseo de alterarlo.

Sin embargo, la misión que había decidido emprender seguía ardiendo en su mente. Con renovada resolución, se dispuso a enfrentar a Gema directamente, confrontándola y tratando de revelarle que aquella relación con John no era bienvenida. Fue más allá, mostrándole los vacíos y las inconsistencias que sólo alguien tan ciego o enamorado podía ignorar. Con el tiempo, Gema se retiró, dejando a Andrea y a John en paz, y Andrea sintió que por fin había logrado lo que quería.

Pero los caprichos del tiempo no se detienen. Meses después, Andrea y John recibieron una carta que les informaba que la casa de la abuela Marian ahora les pertenecía. Al entrar de nuevo en ese hogar lleno de memorias, Andrea fue recibida por un torrente de emociones. Y fue en aquel desván, entre cajas de recuerdos, que lo vio: el reloj estaba allí, intacto, como si el destino lo hubiera devuelto a su vida por algún motivo profundo e inconfesable.

Andrea, impulsada por una mezcla de curiosidad y temor, giró las manecillas hacia adelante una vez más, esta vez buscando respuestas. La habitación a su alrededor cambió, y pronto se encontró en un lugar oscuro y frío. Las paredes agrietadas parecían pesarle sobre los hombros, y el ambiente opresivo la envolvió. Frente a ella, vio su propio reflejo, más viejo y cansado. Era una Andrea irreconocible: sola, demacrada, conectada a una máquina en lo que parecía ser un hospital. Su reflejo, aunque sin palabras, transmitía una tristeza profunda, como si aquella vida desgastada y solitaria fuera el resultado de decisiones tomadas a lo largo del tiempo, decisiones egoístas y guiadas por la venganza.

Con un grito ahogado, Andrea retrocedió, sus ojos reflejando el terror de un destino al que no quería llegar. Comprendió, entonces, la lección final del reloj: que el tiempo, por mucho que lo deseemos, no es algo que podamos manipular sin consecuencias. El verdadero cambio, la verdadera paz, no se encuentran alterando el pasado, sino enfrentando el presente y aprendiendo a sanar sin intentar forzar la realidad.

El reloj quedó allí, en silencio, testigo de su epifanía.



Andrea miró el reloj detenidamente, cada curva de su marco de madera, cada minúsculo tallado en sus bordes. Los engranajes y las manecillas guardaban más secretos de los que jamás podría descubrir, pero en ese instante, un pensamiento más profundo la embargó. Comprendió que, a veces, el tiempo no era algo para manipular sino para respetar, y que el valor real de cada segundo estaba en la forma en que elegía vivirlo. Se preguntó qué era realmente lo importante en la vida. El amor, la autenticidad, y quizá, la valentía de aceptar las cosas tal y como son. No enmendar el pasado, sino aprender de él.

Con una profunda claridad, Andrea tomó la decisión de girar las manecillas del reloj hacia atrás, hasta el instante en que había conocido a Gema. Al instante, el reloj la transportó, y allí estaba: en medio de una gran multitud, y frente a ella, John, con esa sonrisa que alguna vez le había iluminado el mundo entero. Al verla, John le tomó la mano de manera natural, entrelazando sus dedos con los de ella mientras caminaban juntos por el lugar. Sentir su mano cálida le traía una mezcla de nostalgia y dolor, como si todo lo bueno y lo malo estuvieran atrapados en ese único toque.

Entonces, en un giro casi casual, Gema apareció entre la gente, acercándose a ellos. Llevaba una expresión radiante y despreocupada, sus ojos brillaban de entusiasmo y su voz vibraba con una energía que parecía llenar el espacio. "¡John!", saludó Gema con una alegría contagiosa, y él respondió sin dudarlo, con una sonrisa amplia y sincera que no dejó duda de lo que sentía.

Fue en ese momento cuando Andrea, sin decir una palabra, soltó la mano de John con un gesto lento, casi imperceptible. Él, distraído por la presencia de Gema, ni siquiera lo notó. Andrea sintió cómo su mano, ya libre, se iba enfriando poco a poco, y una oleada de paz la recorrió. No había nada más que decir, ni nada que intentar recuperar. Se dio cuenta de que el amor verdadero, el que debía guardar, no era uno que tuviera que aferrarse para no perder. Era uno que debía fluir, uno que no necesitara de luchas o pruebas.

Sin hacer ruido, Andrea dio un paso atrás, observando cómo John y Gema reían juntos, envueltos en su propio mundo. Luego, se apartó de ellos, fundiéndose en la multitud que la rodeaba. La gente a su alrededor continuaba caminando, hablando y riendo, como si la vida misma se estuviera encargando de borrar la huella de lo que alguna vez sintió. En silencio, se dejó envolver por ese flujo, convirtiéndose en una más entre la marea de personas, dejando a John y a ese capítulo de su vida atrás, para siempre.

Con cada paso que daba, Andrea sintió cómo el peso de los recuerdos y las decepciones se disipaba, dejando en su lugar una libertad tranquila. Caminó sin mirar atrás, sabiendo que aquella despedida silenciosa, sin dramatismo ni reproches, era la manera de cerrar ese ciclo en paz.

Meses después, Andrea volvió al lado de su abuela Marian, quien, ya en sus últimos años, recibía sus cuidados y su compañía con gratitud. Andrea le ayudaba en cada pequeña tarea, desde regar el jardín hasta escucharla contar historias, y en esos días se sentía llena de paz. Un día, mientras preparaba el té, alguien llamó a la puerta. Era Esteban, el nuevo cuidador que venía a asistir a su abuela. En el momento en que sus miradas se cruzaron, una chispa profunda y silenciosa pareció iluminar la habitación. Sus ojos reflejaban la tranquilidad de alguien que había recorrido un largo camino, alguien que, como Andrea, había aprendido a valorar lo esencial.

La abuela sonrió desde su silla, observando el destello en los ojos de Andrea, y una calma se instaló en el corazón de su nieta. Aquel instante sencillo le dio más esperanza de la que había sentido en mucho tiempo.

Y así, Andrea recordó una frase que su abuela alguna vez le enseñó: 

"A veces, el corazón debe romperse para dar espacio a un amor que sepa cuidar sus heridas."

En la penumbra de aquella reflexión, se encuentra un hilo, algo tan frágil y vital que apenas podemos comprenderlo. Tomar una decisión donde el corazón y el alma están en juego es como caminar por el borde de un abismo, un paso podría llevarnos a la libertad o a la caída. No somos seres de venganza, no en nuestro fondo más puro. Nuestras almas no están hechas para habitar en el vacío del rencor; por el contrario, están entrelazadas con un deseo profundo, casi instintivo, de encontrar esa conexión que dé sentido a todo.

Porque, ¿no es ese nuestro destino? Buscar, errar, anhelar... y seguir buscando. No podemos vivir en soledad. No podemos, porque algo en nosotros siempre se aferra a la esperanza de hallar compañía, de encontrar alguien con quien compartir el peso y la dulzura de la vida. Esta búsqueda no es un capricho ni una debilidad, sino un impulso que nos lleva más allá de nosotros mismos, algo tan esencial que, a veces, parece más importante que el propósito mismo de los dioses.

Así que, cuando llegue ese momento, cuando sientas el tirón inconfundible del amor verdadero, no lo sujetes con dudas ni con reservas. En ese instante, entrégate sin miedos, sin juegos. Porque una verdad permanece clara y eterna.

"Cuando ames, hazlo con autenticidad: con respeto, compromiso y confianza, sin caer en la posesión. Amar también es tener la valentía de dejar marchar.."

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© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.


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