Belleflur. capitulo 18: Cronología
Antes de Carol Duvalier...
Año 1410
Era el año 1410, y el viento frío de otoño recorría los campos cercanos al pequeño poblado de Levallon. La neblina cubría la tierra como un sudario pálido, haciendo que todo pareciera desvanecerse en sombras. Al borde del pueblo, más allá de los robles retorcidos y las colinas olvidadas, se erigía la Mansión Bellefleur, una construcción oscura y majestuosa que dominaba el horizonte como un gigante dormido.
Nadie en Levallon hablaba mucho de Bellefleur. Decían que la familia que la construyó había desaparecido hacía décadas, pero pocos se atrevían a acercarse lo suficiente para confirmar si era verdad. La mansión tenía una presencia imponente, con torres que parecían arañar el cielo gris, ventanas estrechas y alargadas como ojos vigilantes, y muros de piedra negra que siempre parecían estar cubiertos de humedad, aunque no lloviera. Un portón de hierro forjado, cubierto de enredaderas secas, bloqueaba el paso al jardín, pero se decía que aquellos que entraban nunca regresaban.
Mireille, una jovencita de 17 años, no creyó en las historias. Para ella, Bellefleur no era más que una vieja casa vacía, un lugar que alimentaba los miedos de los supersticiosos. Con un abrigo de lana ajustado sobre sus hombros, comenzó su camino hacia la mansión, movida por una mezcla de curiosidad y desafío. El sol ya comenzaba a hundirse en el horizonte, y la luz menguante teñía el paisaje de sombras alargadas. Los árboles parecían susurrar entre sí mientras ella avanzaba por el sendero que llevaba a Bellefleur.
Al llegar, se detuvo frente a las enormes puertas de madera que llevaban décadas cerradas. El portón de hierro se había abierto de par en par, algo que la sorprendió, pero no retrocedió. Empujó la puerta con esfuerzo, y esta se quejó con un largo chirrido. El aire dentro era espeso, cargado de polvo y algo más... un olor metálico, como de hierro viejo. El vestíbulo era amplio, con suelos de mármol negro y blanco que se extendían como un tablero de ajedrez. Un par de escaleras de madera oscura subían hacia el piso superior, donde las sombras parecían moverse sin motivo alguno.
Las paredes del vestíbulo estaban decoradas con retratos antiguos de la familia Bellefleur. Rostros severos y pálidos, casi todos los cuales parecían seguirla con la mirada mientras ella cruzaba el umbral. Un enorme candelabro colgaba del techo, con velas apagadas que, a pesar de los siglos, no parecían haber perdido su cera. Mireille, sintiéndose observada, decidió subir las escaleras. Algo en su interior la empujaba a seguir, aunque una voz en su cabeza le decía que se detuviera, que diera la vuelta y huyera.
Subió hasta el primer piso, donde los corredores eran largos y oscuros, apenas iluminados por la tenue luz que se colaba por las ventanas polvorientas. El aire estaba helado, y cada paso que daba resonaba como un eco lejano, como si alguien más estuviera caminando detrás de ella. Sin embargo, cuando se detenía a escuchar, solo escuchaba su propia respiración acelerada.
Finalmente, llegó a una gran sala, que debía haber sido el salón principal de la mansión. Unos ventanales enormes cubrían la pared del fondo, mostrando el bosque oscuro y la luna apenas visible entre las nubes. En el centro del salón, una gran mesa de madera estaba cubierta con un mantel antiguo, y sobre ella, platos y copas dispuestas como si alguien esperara una cena que nunca llegó. Algo en esa disposición era profundamente perturbador. Era como si la mansión estuviera congelada en el tiempo.
De repente, sintió un golpe seco detrás de ella. Giró rápidamente, pero no había nada. El aire se volvió más pesado, como si la misma mansión hubiera cobrado vida. Un susurro, apenas audible, recorrió la habitación. Mireille sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. El instinto de huir se hizo más fuerte, pero algo más la retenía allí, como si una presencia invisible la estuviera observando.
Las velas en la sala, que hasta ese momento habían estado apagadas, se encendieron de golpe. La luz temblorosa reveló una sombra en la esquina de la habitación, una figura oscura que no debía estar ahí. Mireille intentó moverse, pero sus piernas no respondían. Era como si la mansión la hubiera atrapado, como una mosca en una telaraña. La sombra comenzó a moverse lentamente hacia ella, sin hacer ningún sonido. No podía ver su rostro, pero podía sentir su presencia... fría, antigua, y llena de odio.
Un grito ahogado escapó de sus labios cuando la sombra se cernió sobre ella, pero nadie en Levallon escuchó.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a salir, unos cazadores del pueblo pasaron cerca de Bellefleur. Vieron las puertas abiertas, algo que nunca antes había sucedido, pero ninguno tuvo el valor de acercarse. Días más tarde, cuando finalmente entraron, no encontraron rastro de Mireille, ni de ningún cuerpo. Solo hallaron un lazo de su abrigo de lana tirado en el suelo del vestíbulo, y una sensación de que algo, en las sombras de la mansión, los observaba.
Nadie volvió a hablar de Bellefleur. Nadie volvió a acercarse. Y el destino de Mireille se perdió en las nieblas del misterio, como tantos otros antes que ella.
Año 1466
La familia Deveraux, renombrada por sus viñedos y su distinguido linaje, habitaba la mansión Bellefleur. Los campos alrededor de la propiedad eran vastos y fértiles, extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba. El vino que producían era conocido en toda la región, especialmente uno en particular, un oscuro y espeso vino tinto llamado Sangre de la Tierra, reservado solo para los eventos más importantes de la familia. Ese año, el matrimonio de Alexandre Deveraux, el hijo mayor, con la joven noble Delphine Valmont, era motivo de celebración.
La mansión Bellefleur, aunque grandiosa y majestuosa, siempre había tenido una atmósfera sombría, como si guardara secretos en sus muros oscuros. El sótano de la mansión, ubicado en el ala sud-oeste, era donde se almacenaban los mejores barriles de vino. El acceso al sótano se hacía por un pórtico tallado en madera, que había sido esculpido por un artesano anónimo mucho antes de que la familia Deveraux tomara posesión de la propiedad. La talla era espeluznante: una representación de almas retorcidas y en agonía, atrapadas en llamas eternas, condenadas al infierno. Los detalles eran tan precisos que uno podía casi escuchar los gritos de las almas al observarlas. Se decía que el propio tallador se había vuelto loco antes de terminar su obra y que sus gritos resonaban en las noches de luna llena por el pórtico.
El día antes de la boda, Lucienne, una joven trabajadora de la familia Deveraux, fue enviada junto con Etienne, otro trabajador, a buscar cinco de los mejores barriles de Sangre de la Tierra desde el sótano. El aire en la mansión estaba denso con los preparativos y la emoción por la boda, pero Lucienne no podía quitarse de la mente el pórtico del ala sud-oeste, que siempre le había causado una profunda incomodidad.
“Ven, Lucienne, cuanto antes lo hagamos, antes salimos de este lugar frío”, dijo Etienne con una risa nerviosa mientras ambos se dirigían hacia el oscuro pórtico. La escultura de almas ardiendo parecía casi palpitar bajo la luz mortecina del crepúsculo. Lucienne sintió que los ojos de las figuras talladas la seguían mientras cruzaban la entrada al sótano, y su corazón comenzó a latir más rápido.
Cuando bajaron los primeros peldaños, el aire se volvió más espeso, con un aroma fuerte a tierra y vino añejo. Etienne encendió una linterna y la luz danzó entre las sombras del oscuro pasillo. Mientras descendían, Lucienne empezó a sentir una opresión en el pecho. Algo no estaba bien.
“¿Lo sientes?” susurró ella, aunque no esperaba que Etienne entendiera a qué se refería.
“No hagas caso a los cuentos viejos. Solo estamos aquí por el vino”, respondió él, aunque su voz temblaba ligeramente.
Al llegar al sótano, entre los grandes barriles de madera, Lucienne sintió que no estaban solos. Era una presencia pesada, opresiva, algo que se movía en las sombras. Cuando Etienne comenzó a rodar uno de los barriles, Lucienne notó algo extraño: unos ojos rojos, brillantes, que la observaban desde el fondo del sótano, llenos de una ira insondable. Su respiración se volvió entrecortada y su cuerpo comenzó a temblar.
Sin decir nada, dejó caer el barril que intentaba levantar y, como si fuera guiada por una fuerza invisible, subió corriendo las escaleras de piedra. Etienne la llamó, pero sus palabras se perdieron en el eco de la oscuridad. En vez de salir por el pórtico, como era lógico, Lucienne se desvió hacia los jardines, sus pies moviéndose por voluntad propia, como si algo la empujara a huir hacia la puerta principal de la mansión.
El aire exterior era frío, pero no la calmó. Corrió entre los rosales y los árboles nudosos, sintiendo que algo la seguía. No miraba atrás. Sabía que si lo hacía, los ojos rojos volverían a encontrarse con los suyos.
Cuando llegó a la puerta principal, ésta se abrió ante ella, como si la esperara. Entró jadeando y, sin saber por qué, subió rápidamente las escaleras principales. Algo, o alguien, la llamaba desde lo alto. Era un susurro bajo, tentador y profundo, que le pedía que siguiera.
Subió más rápido de lo que jamás había subido, y cuando llegó al primer piso, se dio cuenta de algo desconcertante: los pasillos, que solían ser relativamente cortos, ahora se extendían interminablemente hacia ambos lados. Las ventanas parecían estar más lejos de lo que debería ser posible, y las puertas se multiplicaban a lo largo de las paredes, distorsionando la arquitectura familiar.
Comenzó a caminar, como atraída por algo al final del pasillo, pero con cada paso, las sombras crecían, más densas, más oscuras. Detrás de ella, escuchó una respiración. No era la de Etienne, ni de nadie que conociera. Era profunda, gutural, como si proviniera de algo que no pertenecía a este mundo.
Lucienne aceleró el paso, pero el pasillo se alargaba ante sus ojos, como si nunca fuera a terminar. La respiración se hizo más fuerte, más cerca, y sentía la presencia detrás de ella, siguiéndola, acechándola. El suelo crujía bajo sus pies, y la desesperación creció en su pecho. No sabía qué la esperaba al final de ese pasillo, pero cualquier cosa sería mejor que lo que sentía detrás.
Cuando por fin se echó a correr, notó que las puertas a ambos lados comenzaban a cerrarse con un estruendo, una tras otra, como si algo invisible estuviera sellando su destino. El aire era frío, y la respiración detrás de ella se volvió un gruñido bajo, casi animal.
El pasillo seguía alargándose ante sus ojos, sin fin, como si la mansión misma hubiera decidido jugar con ella, atrapándola en un ciclo eterno. De repente, las paredes comenzaron a torcerse, y las sombras se arremolinaban a su alrededor. El susurro la llamaba con más fuerza, y la respiración tras ella era ya un rugido inhumano.
Lucienne cayó al suelo, agotada, sus rodillas golpeando el frío mármol, y se giró por primera vez. Allí, al final del pasillo, los ojos rojos la miraban, llenos de rabia y odio indescriptible. Pero no había cuerpo, no había figura. Solo ojos flotantes en un vacío absoluto.
Gritó, pero el sonido fue tragado por el silencio. Lo último que vio antes de que la oscuridad la envolviera fue el suelo bajo sus pies, que se desmoronaba, como si Bellefleur se la tragara por completo, condenándola a perderse en sus interminables pasillos.
A la mañana siguiente, los sirvientes la buscaron, pero no encontraron rastro de Lucienne. Solo un barril a medio rodar y la puerta del pórtico cerrada firmemente. Nadie habló de los ojos rojos, pero todos, en secreto, sabían que algo en Bellefleur la había reclamado.
Año 1525
Sire Guillaume d'Aubigné, un caballero francés agotado tras días de viaje, y su escudero Adrien, cabalgaban en busca de refugio. Cuando el sol se escondía tras las colinas, divisaron la oscura silueta de la mansión Bellefleur, desmoronada por el tiempo y envuelta en un aire de abandono. Decidieron acampar en el jardín, bajo la sombra de un viejo roble que se alzaba junto a los muros.
La noche era extrañamente silenciosa. Nada perturbaba la calma, ni siquiera el canto de los grillos. Sin embargo, algo más perturbador comenzó a apoderarse de Guillaume: una sed implacable. Tomó su cantimplora y bebió hasta la última gota, pero el alivio no llegaba. Su boca seguía seca, y su garganta ardía como si no hubiera bebido en días.
—Adrien, necesito más agua —murmuró Guillaume, su voz raspando el aire frío.
Adrien revisó las provisiones, pero apenas quedaba agua suficiente para otro trago. Nervioso, ofreció lo poco que tenía, pero ni siquiera eso aliviaba la sed de su señor. Guillaume, desesperado, se puso de pie y, sin decir palabra, comenzó a caminar hacia la mansión, atraído por un impulso que ni él mismo entendía. Adrien lo siguió de cerca, temeroso de lo que pudiera encontrar.
La puerta de la mansión estaba entreabierta, y aunque no se veía vida alguna en su interior, algo los invitaba a entrar. El vestíbulo estaba cubierto de polvo, las paredes ennegrecidas por el moho, pero había una sala en el ala este que permanecía casi intacta. Allí, en el centro, una fuente de piedra brillaba bajo la luz de la luna, el agua fluyendo de manera misteriosa.
Guillaume se arrodilló junto a la fuente, ansioso por beber. Sin pensarlo dos veces, sumergió sus manos en el agua y comenzó a beber en grandes tragos. Pero algo extraño sucedía. Mientras más bebía, más intensa era su sed. El alivio que esperaba nunca llegó. Al contrario, el agua parecía empeorar la sensación, como si se secara más con cada sorbo.
Adrien observaba con creciente preocupación. El rostro de Guillaume empezaba a cambiar. Su piel, que antes había estado pálida por el cansancio, comenzaba a verse más tirante, más seca. Las sombras de la sala parecían oscilar a su alrededor, creando la ilusión de que la fuente misma estaba absorbiendo algo de él.
Guillaume, ahora frenético, bebía sin control. Sus manos temblaban, intentando retener el agua que ya no lo calmaba. A cada trago, parecía que su cuerpo perdía vitalidad. Su piel comenzó a arrugarse, y su rostro adquirió una expresión angustiosa. Lo que había comenzado como una simple sed se había convertido en un tormento.
Adrien, sin saber qué hacer, intentó acercarse para detenerlo, pero una fuerza invisible lo mantenía a distancia. Era como si la mansión misma lo obligara a observar. Mientras su señor seguía bebiendo, su cuerpo se encogía, su piel se pegaba a sus huesos, y su rostro se volvía una máscara de sufrimiento. Ya no era el caballero valiente que conocía; ahora parecía una sombra de lo que había sido, consumido por algo más allá de lo físico.
Finalmente, Guillaume se desplomó junto a la fuente, sus manos aún sumergidas en el agua, pero su cuerpo reducido a una figura frágil, casi irreconocible. El agua había dejado de fluir, y la fuente, antes cristalina, ahora parecía contener algo oscuro, algo que había tomado más de lo que daba.
Adrien, con el corazón acelerado, miró alrededor. Las sombras que habían llenado la sala empezaron a desvanecerse lentamente, y el aire pesado se disipó. El silencio volvió a reinar, pero no era el mismo silencio de antes. Era el silencio de una mansión que había reclamado otra vida.
Con el poco valor que le quedaba, Adrien salió corriendo de la mansión, dejando atrás a su señor, ahora prisionero de su propia sed. No volvió a hablar de lo sucedido en Bellefleur, pero durante el resto de su vida, las imágenes de esa noche lo persiguieron. Siempre pudo sentir la presencia oscura de la mansión, como si lo llamara desde la distancia, recordándole que nadie salía realmente indemne de sus muros.
Guillaume había encontrado lo que buscaba, pero nunca había comprendido que, en Bellefleur, los deseos más oscuros se volvían condenas.
Año 1570
La mansión Bellefleur, en sus días de esplendor, había sido un símbolo de poder y riqueza en los alrededores de Levallon. Sin embargo, para 1570, se erguía como un lugar envuelto en sombras y rumores. Nadie se atrevía a acercarse a sus imponentes muros. Se decía que algo más que las piedras antiguas y el viento habitaba aquel lugar. Algo oscuro, algo antiguo.
El Abad Clément, un monje erudito de la abadía de Saint-Étienne, llevaba años investigando sobre textos perdidos que mencionaban la mansión. Entre los documentos que había encontrado, escritos en pergaminos marchitos, se hablaba de una colección secreta de libros oscuros, ocultos dentro de Bellefleur. Estos textos, según las leyendas, contenían conocimientos prohibidos, magia antigua y herejías que habían llevado a la destrucción de muchos.
Clément, conocido en la abadía por su curiosidad insaciable y su fe inquebrantable, decidió emprender el peligroso viaje a la mansión Bellefleur. Lo hacía no por codicia, sino por la necesidad de proteger el conocimiento sagrado de los peligros del mundo exterior. Creía que si esos libros realmente existían, debían ser destruidos o sellados para siempre.
Llegó a Levallon una tarde nublada, donde los habitantes lo miraron con recelo cuando preguntó por la mansión. Los pocos que se atrevieron a hablar con él le advirtieron que Bellefleur no era solo una casa olvidada, sino un lugar donde la misma oscuridad respiraba entre las piedras. Le contaron sobre los extraños desaparecidos, sobre los gritos que a veces se escuchaban en las noches sin luna, y sobre las sombras que parecían tener vida propia.
Clément, firme en su misión, no se dejó amedrentar. Al anochecer, se dirigió hacia la mansión. El cielo se oscurecía rápidamente, y el viento soplaba con fuerza, como si la naturaleza misma intentara detenerlo.
Al llegar, la enorme puerta de roble de Bellefleur se abrió con un crujido profundo. El aire en el interior era espeso y pesado, lleno de polvo y de una extraña sensación de ser observado. Clément recorrió los pasillos vacíos, iluminados solo por la tenue luz de una lámpara de aceite que llevaba consigo. Las sombras bailaban a su alrededor, y el eco de sus pasos resonaba en los largos corredores.
Al cabo de unos minutos, llegó a la sala de la biblioteca, una estancia enorme con paredes revestidas de estantes llenos de libros antiguos. Los volúmenes estaban cubiertos de telarañas y polvo, pero entre ellos, algo llamó su atención: una pequeña puerta de madera, oculta tras una cortina de terciopelo desgastado. Se acercó, con el corazón acelerado. La puerta parecía mucho más antigua que el resto de la mansión, como si hubiera sido construida para proteger algo mucho más antiguo y peligroso.
Clément abrió la puerta, y frente a él apareció una escalera en espiral que descendía a las profundidades de la mansión. El aire era aún más denso y frío mientras bajaba, y a medida que avanzaba, la sensación de ser observado se intensificaba. El pasadizo lo llevó a una habitación subterránea. En el centro de la estancia, una mesa de piedra yacía cubierta de manuscritos antiguos. Eran los libros que tanto había buscado, los textos prohibidos.
Los examinó, con la sensación de que lo que tenía ante sí no debía existir. Páginas escritas en lenguas olvidadas, símbolos oscuros que apenas podía comprender. Sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Estos no eran simples libros. Eran portales a algo que el hombre no debía conocer.
De repente, el aire en la habitación se volvió denso, y un susurro suave comenzó a llenar el espacio. Clément levantó la cabeza, nervioso, y vio que las sombras en las paredes parecían moverse por sí solas. Algo estaba despertando. Sabía que debía actuar rápido. Cerró el primer libro con un golpe seco y comenzó a rezar, esperando que su fe lo protegiera de lo que fuera que se estaba desatando.
Pero las sombras no retrocedían. Al contrario, comenzaron a tomar forma. Una figura oscura emergió de las tinieblas, alta y delgada, vestida con un hábito monástico raído y cubierto de polvo. Era un monje, o al menos lo había sido alguna vez. Su rostro era una máscara de piel tensa sobre los huesos, con ojos vacíos y oscuros como el abismo.
Clément retrocedió, horrorizado. Sabía que lo que tenía frente a él no era un ser vivo, sino una manifestación de la maldad contenida en los libros. Intentó hablar, pero su voz se ahogó en su garganta. El monje espectral levantó una mano, y al hacerlo, las páginas de los libros comenzaron a agitarse solas, como si fueran movidas por un viento invisible.
—Estos libros... no son para los ojos de los vivos —susurró la figura, con una voz que resonaba como un eco lejano.
Clément intentó rezar con más fuerza, pero las palabras parecían perderse en el aire denso. La figura se acercó más, sus ojos vacíos fijos en él. Sabía que debía escapar, pero sus pies parecían enraizados al suelo. La sombra del monje lo envolvía, y una sensación de frío extremo lo invadió.
De repente, las velas que había encendido parpadearon y se apagaron. La oscuridad se apoderó de la habitación, y Clément sintió una presión sofocante en su pecho. Intentó correr, pero tropezó y cayó. En el suelo, sintió que algo tiraba de él, como si las mismas sombras estuvieran vivas y lo arrastraran hacia el abismo.
Desesperado, soltó un último grito de auxilio, pero fue sofocado por el vacío que lo envolvía. La figura del monje se desvaneció en las tinieblas, y la puerta del sótano se cerró con un estruendo.
Cuando los monjes de la abadía de Saint-Étienne fueron en su búsqueda días después, solo encontraron la mansión vacía y los libros secretos esparcidos por el suelo. De Clément, no había ni rastro. La mansión Bellefleur, como tantas otras veces, había reclamado otra víctima, y los secretos de los libros oscuros permanecían protegidos por su guardián eterno: el monje de sombras.
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