Nemoshyne:
Las criaturas celestiales no lo son per se.
Ellos —o ellas— también tuvieron que pasar por una transformación del espíritu.
Su fuerza nunca fue un regalo de los dioses ni de entidades sobrenaturales: su poder fue adquirido mediante la comprensión de los opuestos, la “oscuridad” y la “luz”, el “mal” y el “bien”.
En un principio también llevaron una mordaza física y terrenal,
pues no hay mejor manera de aprender que desde lo más insignificante y simple:
esas son las auténticas maestras del saber.
El sufrimiento —mero aprendizaje— es el canal de liberación de la carne (lo terrenal),
para alcanzar una espiritualidad limpia y brillante.
Los celestiales también fueron piedras o rocas sin rumbo,
vegetales con espinas o flores de dulce aroma,
insectos despreciables, hormigas esclavas de su labor,
seres acuáticos y mamíferos herbívoros.
Y luego, seres humanos.
De ahí, la siguiente fase de la transformación.
El rumbo siempre fue la iluminación,
pues siempre fueron paladines de la luz,
como nosotros lo seremos algún día,
en nuestro eterno recorrido.
Cuando el corazón confía y es herido,
siente como si el Cielo hubiera cometido una injusticia.
Pero el Cielo no hiere: el Cielo enseña.
La irritación es el roce entre lo que creemos perfecto
y lo que realmente es.
En ese roce nace el fuego que pule el jade.
Si no hubiera traición, no conoceríamos la fidelidad.
Si no hubiera desengaño, no sabríamos reconocer lo verdadero.
La irritación, cuando se mira con humildad,
se convierte en maestro silencioso.
La magia, el dominio del tiempo
y el poder de hacer surgir lo imposible
nacen del conocimiento y de la comprensión
de las múltiples etapas que conducen
a la transformación final.
Sí, “final”.
Porque, a pesar de todo,
al final todos —dioses y humanos,
criaturas reales o inventadas,
seres grandes y pequeños, visibles e invisibles—
deben cruzar el mismo umbral:
aquel donde el alma se contempla a sí misma
en la verdad de las aguas cristalinas
de la laguna Estigia.
***
Philax-Mir
En los tiempos en que la arena aún recordaba los pasos de los dioses,
existía Piraustes, guardiana del rocío eterno: Asharim Thala,
una lágrima suspendida sobre la hoja de una palmera que nunca marchitaba.
En aquella gota dormía el tesoro más grande del mundo:
la pureza del primer amanecer.
Pero la guardiana fue maldita.
Su corazón, que había custodiado la luz sin mancha,
se tornó en llama y escama.
Y así nació Philax-Mir,
la serpiente emplumada, desterrada de su santuario.
Cayó sobre el desierto como un relámpago sin rumbo.
Intentó alzar el vuelo, pero el aire la rechazó;
sus alas nuevas eran pesadas, torpes,
y una y otra vez se estrelló contra la arena ardiente.
Hasta que, exhausta, halló refugio en un laberinto de piedra:
rocas talladas por el viento,
enormes y silenciosas, como los restos de un sueño olvidado.
Allí se arrastró hasta una grieta que respiraba sombra
y se dejó caer en el fondo.
El sueño la cubrió como un manto.
Cuando despertó, ya no era serpiente.
Era mujer.
Su piel, morena como la arena que la había recibido,
estaba cubierta de tatuajes que parecían moverse con la luz.
Cada trazo era una memoria:
alas que aún no sabía usar, fuego que aún ardía en su interior.
Abrió los ojos, y en el silencio de la cueva
comprendió que su caída no era castigo, sino comienzo.
---
El agua del arroyo no corría; estaba inmóvil, como un espejo sin voluntad.
Philax-Mir se inclinó sobre él.
Por primera vez, vio un rostro que no reconocía:
ojos de un azul tan pálido que dolían,
piel oscura como la noche sin estrellas,
y una expresión que no era ni humana ni divina,
sino la sombra de ambas.
Alzó las manos, temblorosas,
y vio que ya no eran alas ni escamas,
sino carne, tendones y un pulso que latía con miedo.
Trató de hablar, de invocar su antiguo nombre,
de pronunciar las palabras que alguna vez
habían hecho temblar los cimientos de los mundos.
Pero de sus labios no salió voz alguna,
solo un gemido áspero, húmedo,
una vibración que se enroscaba en el aire
como el siseo de una serpiente que ha perdido su fuego.
El sonido la asustó.
Era un gemido roto,
a medio camino entre el llanto y el rugido,
entre la súplica y la amenaza.
Y sin embargo, en aquel sonido había algo familiar:
la memoria de su antigua forma,
el eco del viento que rozaba sus plumas.
Intentó repetirlo,
como si al hacerlo pudiera recordar quién era,
pero cada intento era más débil que el anterior.
Hasta que comprendió que ya no podía hablar el lenguaje de los dioses,
ni el de las criaturas.
Solo el del dolor.
Cayó de rodillas,
y las lágrimas, al caer sobre el agua inmóvil,
dibujaron círculos que se expandían lentamente,
rompiendo por un instante el espejo de su nueva humanidad.
Entonces sintió algo:
una leve vibración bajo la tierra,
como si el corazón del desierto hubiera reconocido su gemido.
Era el eco de Dili-Surkh, el corazón que había jurado proteger.
Aún latía, en algún lugar.
Y ella, aunque rota, aún estaba unida a él.
***
Mir tocó otra vez el suelo, con la delicadeza de quien teme despertar a la tierra.
Bajo sus dedos, la arena palpitaba.
Era un latido tenue, profundo, como un tambor lejano que marcaba el ritmo del corazón que alguna vez custodió: Dili-Surkh.
Entonces lo vio.
Sus lágrimas, las que habían caído sobre la arena, no se hundían ni se secaban.
Permanecían intactas, suspendidas sobre los granos dorados como gotas de luna.
Cada una brillaba con una luz propia, fría y pura, imposible para algo nacido del dolor.
Mir sintió que algo fluía desde sus manos:
una corriente suave, antigua, el vestigio de un poder que no había muerto,
solo dormido en el silencio de su exilio.
Levantó la palma hacia el cielo.
Las lágrimas obedecieron.
Ascendieron lentamente, flotando entre sus dedos como si reconocieran a su creadora.
Eran orbes pequeños, perlados,
vibrantes como estrellas jóvenes,
y en su interior danzaban destellos de todos los colores del alba.
Mir las contempló maravillada.
No necesitaba tocarlas;
al mover las manos, ellas seguían su gesto,
girando, girando, dibujando espirales de luz sobre la arena.
El aire se llenó de un murmullo suave,
como si cada orbe cantara una nota de un himno antiguo.
Entonces comprendió: no eran lágrimas,
eran fragmentos de camino, brújulas en la oscuridad.
Se alineaban frente a ella, una tras otra,
trazando un sendero de luces perladas que se perdía hacia el horizonte.
Mir sintió en su pecho un impulso,
una mezcla de temor y esperanza.
A cada paso que daba, las luces avanzaban también,
abriendo el desierto como si el tiempo mismo retrocediera ante su voluntad.
El corazón del mundo la estaba llamando.
---
Mir caminó como pudo durante toda la noche.
El frío del desierto le mordía la piel,
y cada grano de arena se clavaba en sus pies descalzos
como agujas de fuego y memoria.
Estaba desnuda, cubierta solo por la sombra y el polvo,
pero no sentía vergüenza,
solo la extraña conciencia de no pertenecer ni al cielo ni a la tierra.
La suerte —o el destino— quiso que encontrara un asentamiento:
tiendas de lona azul y roja, camellos dormidos,
el suave rumor del agua en un oasis escondido entre dunas.
Las antorchas titilaban como luciérnagas cautivas,
y el aroma a té y cuero le recordó por un instante
la tibieza de lo que alguna vez fue hogar.
Mir observó desde lejos, oculta entre las palmeras.
No sabía cómo acercarse, ni si debía hacerlo.
Pero el viento sopló, y su cuerpo tembló.
Sin pensarlo, avanzó hacia una de las tiendas,
donde una tela ligera, tendida para secarse, se movía con la brisa.
La tomó con manos temblorosas y se envolvió en ella,
como si aquel gesto simple pudiera devolverle algo de dignidad.
Entonces escuchó un sonido leve, humano.
De una tienda cercana salió una niña,
no más de cuatro años,
el cabello enmarañado, los pies desnudos.
Salía somnolienta, arrastrando un pequeño cántaro,
buscando el rincón donde aliviar su cuerpo.
Mir se escondió instintivamente tras las palmeras,
conteniendo la respiración.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
La niña se detuvo, alzó la vista,
y por un instante pareció mirar directamente hacia ella.
Los ojos de la pequeña eran oscuros y profundos,
y en su mirada había una inocencia que Mir no recordaba haber visto jamás.
Sintió un estremecimiento:
la pureza de aquella criatura era un reflejo vivo
de la lágrima de rocío que una vez custodiara, Asharim Thala.
Mir no se movió.
Pero las orbes perladas —las que aún la acompañaban, flotando invisibles a los ojos humanos—
comenzaron a brillar tenuemente,
y una de ellas descendió sin que ella pudiera detenerla.
Fue a posarse sobre la arena, a los pies de la niña.
La pequeña la miró, sonrió,
y sin miedo alguno, recogió aquella luz con sus manos diminutas.
Mir contuvo el aliento.
El destino acababa de entrelazarlas.
***
Un siglo antes del ascenso de Ciro de Anshan, cuando los reinos del este aún competían por dominar las rutas del incienso y los desiertos eran mares sin nombre, vagaban por las arenas los Banu Tazalim, los Hijos de la Sombra que Guía.
Eran mercaderes del viento, descendientes de antiguos nómadas que cruzaban las dunas siguiendo las estrellas.
Sus camellos, cubiertos con telas teñidas en índigo, cargaban cofres de sal, resinas sagradas, perfumes, cuentas de vidrio y metales rojos que cambiaban por grano, agua o seda en los mercados de Memfis, Asur o las ciudades caravaneras del sur.
El patriarca era Azhir ibn Khaelan, un hombre de voz grave y mirada serena, que conocía el lenguaje del sol en las dunas y los presagios del viento del este.
A su lado, su esposa Samira de Ténéré, mezclaba mirra y aceite en pequeños frascos de piedra, elaborando ungüentos que decían curar la fiebre del desierto y atraer sueños proféticos.
De su unión habían nacido cuatro hijas:
Nadirah, la fuerte y prudente;
Leila, que hablaba con las estrellas;
Zahara, la risueña que domaba los camellos;
y la pequeña Amira, apenas un soplo de vida, cuyos ojos reflejaban la inocencia del amanecer.
Vivían entre oasis y ruinas antiguas, llevando consigo las historias de los pueblos que encontraban en su travesía.
Para ellos, el desierto no era vacío, sino un libro escrito por los dioses,
y cada duna una palabra, cada piedra un recuerdo.
Aquella noche, acamparon junto a un arroyo que apenas murmuraba entre las rocas.
El cielo era tan claro que las estrellas parecían colgar de los brazos de la Vía Láctea.
No sabían que, más allá de las palmeras,
alguien los observaba:
una mujer desnuda, recién nacida del exilio de los cielos,
cuyo nombre había sido Philax-Mir,
y que pronto cambiaría el destino de los Banu Tazalim para siempre.
***
Mir entre los Banu Tazalim
Los días se volvieron semanas, y las semanas, estaciones.
Mir, la forastera de ojos azules y piel de noche, se quedó entre los Banu Tazalim.
Al principio no entendía sus palabras, solo los gestos:
las risas al compartir el pan,
el silencio respetuoso al encender el fuego,
el murmullo de la lengua Tamaz’thar,
que sonaba como el roce del viento en las dunas.
Amira, la niña que primero la vio, fue su maestra.
Le señalaba las cosas: “aman” —agua, “talah” —palmera, “akh” —hermano.
Y Mir repetía con dificultad, su voz temblando como si cada palabra pesara siglos.
A veces se equivocaba, y las niñas reían;
ella también aprendió a reír.
Nunca había sentido calor que no viniera del fuego sagrado o del sol.
El calor humano la desconcertaba.
Samira le tocaba la frente cuando enfermaba,
Zahara trenzaba su cabello con cuentas de vidrio,
Leila le enseñaba a cantar por las noches,
y Nadirah, la mayor, la llevaba al pozo para ayudar con el agua.
Poco a poco, la extraña se volvió hermana.
Su nombre, difícil de pronunciar para ellos, se volvió más suave:
“Mir”, decían, como si fuera una flor.
En las noches del desierto, Mir escuchaba las disputas y risas de la familia.
Veía la pasión con que se amaban, y también con que se herían.
Los humanos, comprendió, eran criaturas hermosas en su contradicción:
capaces de proteger y de destruir, de callar y de perdonar.
A veces, mientras dormían, ella salía del campamento.
Se sentaba bajo las estrellas y movía los dedos sobre la arena,
dibujando círculos invisibles.
De vez en cuando, una pequeña luz perlada —una lágrima antigua—
brotaba del suelo, recordándole que su destino no había terminado.
Pero por primera vez, no tenía prisa.
Había encontrado un hogar.
---
Fue una tarde cuando Samira, la madre, comenzó a enfermar.
La fiebre subía sin pudor, como un sol que se negaba a ponerse.
El calor dentro de la tienda era espeso; el aire olía a resina y a miedo.
Azhir, preocupado, pidió agua del pozo,
pero el sol ya se había hundido tras las dunas.
Ir al pozo de noche era peligroso.
Decían que cuando el mundo dormía,
las arenas despertaban,
y los pozos, en lugar de dar agua, robaban almas.
Encender fuego para ver el camino era peor aún:
para los antiguos del desierto,
una llama en la noche era una llamada al mal,
una señal visible para demonios y ladrones.
Aun así, Nadirah, la mayor, tomó el ánfora.
—Voy yo, padre —dijo con firmeza.
Mir se levantó también.
—No irás sola.
---
Caminaron a oscuras.
El cielo apenas se dibujaba bajo la media luna,
y el viento del desierto rozaba sus rostros
como una voz que advertía: regresad… regresad…
El silencio pesaba tanto que podían oír sus propios pasos sobre la arena.
No había estrellas, solo la negrura inmensa,
como si el mundo entero esperara contener la respiración.
—¿Sabes por qué no nos dejan salir a altas horas de la noche? —preguntó Nadirah.
Sus palabras flotaban en el aire, suaves, temblorosas.
—Antiguamente, las mayores nos contaban historias para que las niñas fuéramos a dormir temprano.
Fueron muchas… pero una en concreto siempre me mantuvo en vela —dijo,
mientras caminaban a tientas.
—Y no enciendas ningún fuego, Mir. Todo el recorrido debe hacerse a oscuras.
> “Zhal’Arrak,”
susurró entonces.
“El de las patas largas. El que vive en las profundidades de la tierra.
Dicen que, si escucha voces en la noche,
Zhal, con sus oídos finos, puede interceptar a las niñas desobedientes.
Espera pacientemente hasta que se cansan de hablar o de reír.
Solo toma a la que no puede guardar silencio.
Al resto las deja.”
Nadirah se detuvo un instante, la voz más baja.
—Siempre he creído que los pozos son sus puertas,
sus accesos al mundo de los Tuareg…
Mir tragó saliva, su respiración acelerada.
—¿Y… qué aspecto tiene? —preguntó en un hilo de voz,
mitad curiosa, mitad temerosa.
Conocía los nombres de los dioses y de los titanes,
pero aquel nombre… Zhal’Arrak…
le erizó la piel como si lo recordara de un sueño muy antiguo.
***
—“Zhal’Arrak”, —dijo Nadirah en voz apenas audible—.
“El señor de patas largas.”
Mir alzó la cabeza.
—¿Qué es eso?
—Un ser antiguo, del que los ancianos hablan en las noches sin luna.
Dicen que su torso es el de un hombre seco,
su piel tirante como cuero viejo,
y su boca… grande, dentada, tan ancha que podría tragarse el eco de un grito.
Tiene orejas de chacal,
y brazos y patas de araña, largas y huesudas,
que se mueven sin hacer ruido.
Viste una casaca hecha de sombras,
y en su espalda lleva una bolsa.
Dicen que allí guarda las voces de quienes se atrevían a hablar demasiado alto.
Por eso, cuando el cielo calla,
el desierto también debe callar.
Primero —susurró— no lo ves a él.
Primero llegan sus Tifin’zarën,
las arañas pálidas del desierto.
Pequeñas, frágiles, pero veloces como el pensamiento.
Se acercan sin ser vistas,
tejen círculos diminutos en la arena,
y esperan.
Son sus ojos… sus chivatos.
Cuando ellas aparecen, significa que Zhal’Arrak ya viene.
Mir se estremeció.
Su mirada buscó instintivamente el suelo.
¿Sugestión? Tal vez…
La cuestión es que Mir no paraba de escuchar cosas en la oscura noche del desierto.
El pozo estaba cerca, pero la travesía se hacía ahora más pesada, más lenta.
---
Cuando llegaron al pozo, la brisa de aquella noche sin estrellas soplaba con más fuerza que nunca.
El viento trajo un gemido, un lamento que pareció subir desde el fondo del pozo.
Mir sintió un escalofrío subirle por la espalda.
Levantó las manos, sin pensarlo, dejando que su poder fluyera libre.
Y entonces, el agua del pozo comenzó a brillar.
Las partículas suspendidas en el aire se agruparon lentamente,
mientras el cubo de piel curtida descendía, rozando la superficie.
Una luz azul, fría, brotó del fondo,
como un corazón que despierta tras milenios de sueño.
El agua se elevó en espiral:
una serpiente líquida, viva y luminosa,
que se alzó hacia el cielo, rompiendo la oscuridad.
Brillante. Resplandeciente como un espectro celestial.
El oasis entero se iluminó.
Las palmeras proyectaron sombras temblorosas,
y las dunas centellearon como espejos de cristal.
—¡Mira, Mir! —gritó Nadirah, maravillada—. ¡No es hermoso!
Pero al volverse, vio el fuego azul reflejado en los ojos de Mir.
Y comprendió quién había despertado aquel poder.
“¿Quién era esa mujer?” —pensó—.
¿Una Tin Hinan?... ¿O una Ahal-Nefza?...
Pero en el folclore tuareg,
solo las Tamaharët,
las mujeres tocadas por el aliento del viento,
eran capaces de hablarle al agua dormida.
Y hacía siglos que nadie había visto una.
---
> Dicen que los Djinn están hechos de los deseos de los dioses no cumplidos
y del polvo de la esperanza retenida.
Pero las Tamaharët están hechas de fuego, aire, agua y estrella.
Son hijas del cielo,
nacidas solo cuando el corazón de un dios se rompe en mil pedazos.
Custodian la sabiduría del silencio,
la verdad de las verdades
y el poder de curar las heridas profundas.
Son las que saben arreglar lo roto,
y su amor es tan inmenso y tan puro
que puede romper cualquier hechizo.
Dicen las leyendas tuareg que, mucho antes de los hombres del hierro y las ciudades,
hubo mujeres que caminaban con el viento.
No eran magas ni diosas, sino Tamaharët:
almas elegidas por el desierto,
capaces de oír el susurro de las arenas,
el murmullo de las aguas dormidas
y la voz del fuego en las noches sin luna.
Las Tamaharët no buscaban poder,
sino equilibrio.
Donde el agua moría, ellas la despertaban.
Donde la oscuridad crecía, llevaban luz.
Se decía que en sus venas no corría sangre,
sino viento y ceniza,
y que su destino era unir y enseñar entre los mundos,
entre los inmortales y los simples,
para recordar a los hombres
que la tierra no fue hecha solo para ellos,
sino que también fue ofrecida a la mujer,
en elogio por su don de dar vida.
Con el paso de los siglos, su nombre se volvió leyenda,
y su presencia, un mito.
Nadie había visto una desde hacía generaciones.
Hasta esa noche.
---
El silencio se hizo espeso,
tan pesado que ni el viento se atrevió a moverse.
El aire olía a hierro y a rocío,
a algo que había nacido y aún no comprendía su forma.
Nadirah seguía mirando a Mir,
temblando entre la fe y el miedo.
Sus labios se abrieron apenas:
—Entonces… tú… ¿puedes salvar a mi madre? —susurró.
Mir no respondió.
El brillo azul de sus ojos se apagaba lentamente,
como un fuego que busca reposo.
No sabía si aquello que había hecho era un milagro o un error.
Solo sentía el peso del agua regresando al pozo
y el rumor del desierto moviéndose a su alrededor,
como si el mundo hubiera escuchado demasiado.
Nadirah, aún con la respiración entrecortada,
recogió el cántaro lleno y lo sostuvo contra su pecho.
—Si puedes curarla… —dijo apenas, con un hilo de voz—,
entonces nada más importa.
Mir asintió, pero sus manos temblaban.
Algo en ella había despertado, algo que no podía volver a dormir.
El fuego azul aún palpitaba bajo su piel,
y cada pulso le recordaba que aquel poder tenía un precio.
---
El milagro de la fiebre azul
Corrieron de regreso al campamento,
apretando contra el pecho el ánfora que aún temblaba con el resplandor del pozo.
La arena se alzaba bajo sus pasos como una nube de polvo dorado,
y el aire olía a lluvia que nunca llega.
Cuando llegaron, Samira ardía en fiebre.
Las otras hermanas se habían reunido en torno a ella;
Zahara lloraba en silencio,
Leila murmuraba oraciones antiguas.
El patriarca Azhir, con el rostro tenso, se volvió hacia Nadirah.
—¿Trajiste el agua?
Nadirah asintió y la vertió en la taghilt,
el cuenco de barro que usaban para lavar.
El agua brilló con un resplandor tenue, casi imperceptible.
—Vamos, mojad el paño —ordenó Azhir, aunque su voz temblaba.
Pero Nadirah lo detuvo, y su mirada buscó a Mir.
—No —dijo con una calma que nadie le conocía—.
Dejadla a ella.
Ella puede curarla.
El silencio cayó sobre la tienda como un manto.
Mir se quedó inmóvil.
—Yo… no sé cómo hacerlo —susurró.
—Sí sabes —respondió Nadirah con voz firme—.
Lo hiciste allá afuera.
Mir miró el agua.
Algo en su interior se movía, como un susurro que no provenía de este mundo.
Se arrodilló junto a la taghilt y posó las manos en la arena.
El contacto fue como tocar el pulso del universo.
Sintió bajo la tierra un latido profundo,
antiguo, oscuro, pero familiar.
El corazón de Hades, Dili-Surkh,
palpitaba en algún rincón de su alma,
respondiendo a su llamada.
El fuego azul despertó.
Subió desde el suelo, recorriendo su cuerpo,
hasta llegar a sus palmas.
Mir alzó lentamente las manos y las colocó sobre el agua.
Las gotas temblaron, se elevaron,
y comenzaron a girar sobre el cuenco en una danza de luz.
El aire se llenó de un zumbido leve,
como si mil voces invisibles cantaran en un idioma olvidado.
---
Entonces Mir, al mirar el cuerpo de Samira,
vio más allá de la carne.
Ante sus ojos se desplegó un mapa de luz y sombra:
multitud de puntos negros se extendían por los órganos,
asfixiando los pulmones, el páncreas, el hígado,
incluso los huesos.
Se arrodilló, temblorosa.
Cuando posó las manos sobre el pecho de la mujer,
un ejército de partículas perladas
atravesó la piel, la carne, los tejidos,
buscando lo corrupto.
Las esferas brillantes se adherían a las sombras
como luciérnagas sobre la peste,
y al tocarlas, lo oscuro se tornó azul espeso,
retorciéndose antes de salir expulsado del cuerpo.
El mal, condensado, tomó forma:
una esfera de luz —un orbe perfecto—
flotó en el aire,
girando sobre sí misma,
brillando como una estrella atrapada.
Durante un instante,
todo el interior de la tienda se iluminó como el día.
…Las esferas brillantes se adherían a las sombras
como luciérnagas sobre la peste,
y al tocarlas, lo oscuro comenzó a transformarse.
Lo que antes era denso y enfermo
se volvió traslúcido, cristalino,
como si la corrupción recordara su origen.
Mir lo vio:
los fragmentos del mal se desprendían del cuerpo de Samira
y flotaban suavemente en el aire,
cada uno buscando su lugar de regreso al mundo.
Unos se posaban sobre el suelo
y se fundían con la arena, volviendo a ser tierra.
Otros se adherían al metal de las jarras,
resplandeciendo un instante antes de apagarse.
Algunos se disolvían en el aire,
brillando como polvo de estrellas,
y otros se hundían en la madera, en la tela,
en cada cosa viva o muerta que tocaban.
Era como si el mal se hubiera repartido entre los elementos,
purificado al volver a su principio.
Entonces Mir comprendió —sin palabras—
que nada era realmente impuro,
que incluso lo que corrompe
no deja de ser parte del todo.
Que la enfermedad no había sido un castigo,
sino un exceso de vida sin cauce,
una luz confundida que había olvidado su lugar.
Cuando la última partícula se extinguió,
solo quedó el resplandor azul flotando en el aire,
puro, vibrante, inmóvil.
Y el desierto, afuera,
pareció respirar aliviado.
Cuando la luz se disipó,
Samira dormía tranquila, su piel fría y limpia.
El orbe se desvaneció, disolviéndose en polvo de estrellas.
Y entonces, Azhir, con la voz quebrada,
pronunció un nombre que hasta los dioses habían olvidado:
—Tamaharët.
El silencio volvió.
Y el desierto, por un instante, pareció inclinarse para escuchar.
***
Afuera, la noche seguía en calma.
Las estrellas habían vuelto a sus lugares,
y el viento, antes agitado, reposaba sobre las dunas.
Pero a muchos kilómetros del oasis,
donde el desierto se abría como un mar sin nombre,
un grupo de jinetes acampaba junto a los restos de una caravana saqueada.
El fuego de su campamento era débil,
una brasa triste escondida entre los escudos.
De pronto, uno de ellos se incorporó.
—¿Habéis visto eso? —dijo.
En el horizonte,
un destello azul se alzó sobre la línea de arena,
tan intenso que por un instante pareció amanecer.
El brillo cruzó el cielo como una herida de luz,
y luego se desvaneció lentamente,
dejando tras de sí una estela pálida,
como si el desierto hubiera parpadeado.
Los hombres se miraron unos a otros.
Nadie habló.
Pero todos lo sintieron:
aquello no era fuego ni relámpago.
—Oro —murmuró el más viejo.
—O milagro —respondió otro.
El jefe del grupo sonrió con los labios resecos.
—Sea lo que sea, —dijo—, lo encontraremos antes del amanecer.
A lo lejos, el oasis dormía,
sin saber que el resplandor que había salvado una vida
acababa de marcar su destino.
Y así, el desierto guardó silencio,
mientras la oscuridad emprendía el camino hacia la luz.
****
Nemoshyne:
Cuando el corazón del cielo se rompe,
nacen los que unen lo que fue separado.
Pero en esa grieta donde todo parece perderse,
el Cielo deposita su semilla más pura.
De la ruptura nace el movimiento.
Y de ese movimiento, la oportunidad de unir lo que fue separado.
Así, cuando un dios llora,
su llanto no es condena, sino comienzo.
Cada lágrima cae sobre un pedazo del mundo,
y donde toca, florece alguien que recuerda el equilibrio.
A veces son hombres,
otras veces son mujeres,
y otras veces son almas que no pertenecen del todo a ninguno de los dos.
Todos ellos
son los que restauran el tejido invisible,
los que unen el agua con el fuego,
el aire con la tierra,
la luz con la sombra.
Ellos no se glorían de su nacimiento,
porque saben que provienen de una herida.
Y quien nace del dolor,
si es sabio, aprende a no herir.
Por eso, cuando el corazón del cielo se rompe,
no es el fin, sino el recordatorio:
que incluso el Cielo necesita fragmentarse, perderse y morir,
para luego despertarse y recordarse
que siempre se trató de ser.
La enfermedad no nació con el cuerpo,
sino con el miedo.
Los poderosos la usaron como cadena,
los sabios la entendieron como espejo.
Porque la verdadera enfermedad
no es el contagio,
sino no comprender lo que nos habita.
La enfermedad no siempre mata;
a veces enseña,
y quien la teme sin escucharla
se enferma dos veces:
en la carne y en el alma.
La curación comienza
cuando el hombre deja de luchar contra ella
y empieza a preguntarse por qué lo eligió el dolor.
Nadie desea enfermar.
Ni el sabio ni el necio,
ni el justo ni el cruel.
Porque todos, incluso en su enojo con la vida,
saben en el fondo que vivir es una forma de reverencia.
La enfermedad no es deseo,
es el temblor del equilibrio.
Cuando el cuerpo se enferma,
no siempre es el cuerpo el que se rebela,
sino el vínculo entre el hombre y su camino.
Los poderosos la usan para gobernar cuerpos,
pero los sabios miran en ella el lenguaje del Cielo.
No llega para castigarnos,
llega porque algo en nosotros olvidó la música.
Curarse no es vencerla,
es recordar la melodía.
El hombre teme a la enfermedad porque teme mirar su interior.
Pero si el enfermo logra, aunque sea por un instante,
comprender que el aliento aún lo habita,
entonces ha comprendido la mayor de las verdades:
que la vida, incluso herida,
sigue siendo sagrada.
¿No creen?
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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