Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. (Parte 3)
“El corazón es custodio de la certeza.
Es juez de la verdad absoluta,
la justicia sin venda en los ojos,
inmune a la calumnia,
y libre de las ataduras de la mentira y del tiempo.
Es oscuridad en su totalidad, para consolidar la esencia.
Solo el penitente, al cruzar el abismo por un instante,
puede alzar la vista y ver la estrella.
Sin rencor.
Sin miedo.
Con comprensión, sabiduría y entendimiento,
acatando su destino,
y con ello cargar el peso de la verdad hasta el fin de los días,
como Sísifo con su piedra, la montaña,
y el cuervo devorando el hígado.
Toda posesión adquirida con honradez,
sin tretas ni embustes,
es de dominio propio, intransferible,
y legada por destino.
Como el mal en el umbral de un hogar:
si no es invitado, no tiene poder sobre la familia que lo habita.
Pues todo “bien” robado está maldito.
Y toda maldición… requiere un tributo.”
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No pretendo convencer.
La razón nunca fue mi devoción,
pues más revelo lo que se me contó que aquello que pueda demostrar.
En el reflejo de las aguas de la laguna Estigia
no se señala al más oscuro ni se honra al más brillante…
la verdad puede habitar en ambos al mismo tiempo,
aunque bajo distinta interpretación.
El universo escucha los anhelos tanto del poseedor como del ladrón.
Ambos guardan verdades fundadas.
Ambos poseen la posibilidad de confrontar el abismo por igual.
Es el peso la balanza que dicta sentencia,
pues el juez, en el tribunal de la verdad, es el corazón.
Y este también es juzgado, al final, por la sentencia definitiva.
¿Se entiende?
Comprendo… antes de decidir y apartar la vista de mis palabras…
Déjenme contarles un cuento.
No se preocupen, tiene que ver con la historia que llevo narrando hasta ahora…
Asharim Tala y El Califa de los ladrónes
“Solo en los oasis del desierto, cuando la noche respira fría y callada, nace el milagro del rocío.
Una lágrima diminuta se forma en la hoja, y en ella se refleja el todo.
La luna, el sol dormido, la Vía Láctea extendida como un río de fuego… todo atrapado en un cristal que apenas dura un suspiro.
En esa lágrima, el universo se entrega.
Como en un romance predestinado, un amor intenso, puro y absoluto.
No hacen falta manos que se busquen, ni cuerpos que se rocen.
No hay caricias, ni promesas susurradas en la penumbra.
Ni siquiera la necesidad de una mirada compartida.
Porque el amor verdadero —como esa gota suspendida— no depende del contacto,
sino de lo que se sabe en silencio.
Es el reconocimiento de uno en el otro, sin necesidad de palabras.
Un eco que vibra en la profundidad del ser y basta por sí mismo.
Así, toda la magnitud del cielo,
todas las mil maravillas de la creación,
quedan atrapadas en lo más pequeño, lo más frágil, lo más efímero:
una lágrima de rocío.
Un instante donde el cosmos entero cabe en lo diminuto,
y donde lo efímero se vuelve eterno.
El verdadero tesoro…
El tesoro digno de un emperador.”
****
Nemoshyne:
Tarik al Safir. El guerrero más grande y poderoso que el mundo haya conocido.
Dicen que en tiempos antiguos, cuando los reyes aún se disputaban desiertos y montañas, hubo un guerrero cuyo nombre era temido desde el Sudan, Egipto y hasta a la India:
Tarik al-Safir estaba predestinado a ser grande.
Su ambición no conocía límites, y pronto acumuló lo que nadie había soñado: el mayor de los tesoros: Montañas de oro, cofres de piedras preciosas, perlas Rubís, Esmeraldas y Zafiros
Pero entonces nació la pregunta que atormenta a todo hombre rico y poderoso.:
“¿Cómo proteger el tesoro más grande jamás conocido? “
El rey de los ladrones se despertó tras una pesadilla.
Al día siguiente…
Tarik convocó a tres sabios de renombre, cada uno venido de un extremo del mundo.
El primero, forjador de metales, habló con voz grave:
— desconsolida tús riquezas mi señor y Haz construir cientos de cofres con el hierro más duro y el bronce más puro. Que sea indestructible, sellado con fuego y martillo. Ni el tiempo ni la guerra podrán abrirlo.
Tarik negó con la cabeza.
—Todo cofre tiene llave. Y toda llave, un traidor.
El segundo, maestro de arquitectos, inclinó la frente y dijo:
—Excava en lo más profundo de la tierra. Haz un laberinto de trampas, con esclavos que no vuelvan a ver la luz. Que nadie entre… y si entra, que no salga con vida.
Tarik apretó los labios.
—¿Y cómo sacaré yo mi propio tesoro, cuando lo desee?
El tercero, un anciano tuareg de mirada encendida, esperó a que el silencio se hiciera.
Era el Sabio de la ciudad de Rajapuram, unos de los consejeros más sabios del sultán Ravanesh Karun.
Sus palabras fueron como arena arrastrada por el viento:
—Guerrero, el error de tus sabios es pensar en grande. Tú no necesitas muros, ni cofres, ni trampas. Lo que necesitas es un guardián tan grande como tu codicia, pero tan pequeño… que ningún ladrón pueda verlo.
Tarik lo miró con desconfianza.
—¿Qué quieres decir, anciano?
El tuareg sonrió.
—Existe una leyenda entre los míos… la de dos amantes eternos: el Sol y la Luna. Cuando se encuentran frente a frente en el cielo, y el Cinturón del Cazador brilla entre ellos, nace un instante único. De su abrazo imposible, surge una lágrima. Una lágrima de rocío en medio del desierto.
El anciano bajó la voz, casi en un susurro:
—En esa lágrima cabe el universo entero. Allí puedes esconder tu tesoro. Pues nadie lo verá, salvo quien sepa buscarlo en el momento preciso…
Los otros dos sabios rieron, llamando loco al tuareg. Pero Tarik al-Safir no rió. Se quedó pensando….
Finalmente cogió su caballo y cabalgó con sus hombres a una aventura sin retorno.
Mucho se perdió en aquel viaje y finalmente, en la tierra del océano de fuego, al atravesarlo moribundo y sin nada que comer ni beber, siguió la estrella del cinturón del cazador. Finalmente, encontró un cañón con forma de media luna. Atravesando los acantilados estrechos en una oquedad como si fuera el templo del desierto, un pequeño oasis. Con tres palmeras. De sus copas, frutos para saciar la sed. De sus hojas, un gota crecía en la inmensidad de la nada para resbalar y morir en un estanque natural de agua contenida.
Pero¿Como se puede entrar?
El Sabio le menciono que toda cámara precisa de una llave. Y que en la península de Anatolia existe un reino llamado “Harzaban “ la reina que gobierna una ciudad donde habita el ánfora de las aguas eternas.
“ No beseis a la regente, mi señor. Si no queréis convirtiros en piedra. Proponerle un regalo, a cambio de Zafira al Zaman: La gema del tiempo.
Solo así, mi señor, podréis entrar en la lágrima.”
Reino de Harzaban
Omotonoke le propuso una prueba:
Besame y prueba tú valía.
Luego contesta al Oráculo de la verdad ¿ que es lo más valioso para ti en este mundo?
La reina descubre que el es un ladrón y que ha robado todos los tesoros de los demás reinos y amigos del sultán Ravanesh Karun.
Pero para ofrecerte lo más valioso de mi reinó deberás demostrar que eres digno de Zafira la gema.
***
El sol descendía sobre el horizonte como un disco de cobre incandescente cuando Tarik al Safir y su caravana alcanzaron las colinas que guardaban el reino de Harzaban.
Tras semanas atravesando arenas sin agua y montañas que parecían cuchillos clavados en el cielo, al fin vislumbraron la ciudad.
Harzaban surgía como un espejismo hecho carne: un inmenso oasis con ríos como venas brotando desde el corazón de la roca, manantiales que rebosaban vida y alimentaban campos verdes en mitad del desierto. Sus murallas, altas como acantilados, parecían palmeras petrificadas en granito y diorita; sobre ellas, torres coronadas con almenas doradas, y más allá, un palacio que ascendía en terrazas como si escalara hacia el mismo sol.
—No acamparemos cerca —dijo Tarik a su lugarteniente, Bahir, un hombre curtido como el cuero de los camellos—. Que la reina no sepa cuántos somos ni de qué somos capaces.
La caravana fue desviada hacia un valle oculto entre rocas, donde hombres y bestias aguardaron en silencio, como un ejército dormido.
Esa noche, Tarik escogió solo a Bahir y dos guardias. Avanzaron hacia las puertas de Harzaban portando lanzas envueltas en telas —no para combatir, sino como símbolo de respeto— y un cofre repleto de perlas de los mares del sur.
Pero el verdadero plan de Tarik no se encontraba en el cofre ni en las telas. Su idea no era pedir la Zafira al Zaman no era robarla como bandido, sino conquistar el corazón de Omotonoke. la reina sin consorte, solitaria cuya fama atravesaba Reinos e imperios desde Anatolia hasta el golfo persico,...
”la mujer que convertía en piedra a los hombres con un solo beso”
***
Las puertas de bronce del palacio se abrieron con un estruendo solemne.
Un aire perfumado de jazmín y especias se deslizó hacia afuera, mezclándose con un silencio expectante. Dentro, columnas de alabastro se erguían como bosques petrificados, sosteniendo un techo que parecía no tener fin. En los muros, tapices multicolores narraban gestas y batallas antiguas, hilos de oro y púrpura entretejidos como si fueran llamas inmóviles.
Uno de esos tapices atrapó a Tarik al Safir.
Allí, un monstruo descomunal devastaba Harzaban, reduciendo torres y campos a cenizas. En un extremo, una criatura mitad mujer, con extremidades de jaguar y alas de águila real, se alzaba contra la bestia. El final era claro: el ser quedaba convertido en piedra, atrapado para siempre en la frontera entre mito y sacrificio.
Omotonoke lo observó en silencio, antes de hablar con voz grave:
—Fueron tiempos muy oscuros. Harzaban habría desaparecido… de no ser por el Gopat.
Tarik no apartaba los ojos del tapiz.
—Mi señora… vuestro folklore es… no tengo palabras.
La reina entrecerró los ojos, casi ofendida.
—No es folklore, Tarik. —Sus palabras eran firmes como hierro en la arena—. Esto ocurrió hace apenas diez años. El Dahaka consumía la riqueza y la vida de todo este reino. El Gopat fue nuestro único salvador.
Tarik esbozó una sonrisa escéptica, disimulando su incredulidad. ¿Un monstruo que devora riquezas? ¿Una criatura con alas y garras deteniendo lo imposible? Para él, aquello era propaganda tejida en tapices, un cuento diseñado para impresionar extranjeros.
Pero entonces notó algo extraño: las piedras que rodeaban Harzaban… tenían la misma forma, el mismo relieve que la criatura petrificada en el tapiz. La coincidencia lo incomodó.
Aun así, prefirió volver a lo que conocía: la seducción.
Avanzó hacia Omotonoke con palabras calculadas, con la seguridad de un hombre que había conquistado reinos y corazones.
Lo que Tarik no sabía es que su sonrisa de lobo nada podía contra el peso de un destino ya sellado.
Porque el corazón de Omotonoke no estaba libre.
Nemoshyne:
Antes de convertirse en piedra, el Gopat fue besado por la princesa Omotonoke. Y en ese instante —ese kairós-tehúm, ese segundo suspendido entre eternidad y abismo— la maldición del guardián cayó sobre ella.
El beso no fue de pasión, sino de Agápē:
> “Si tú sufres, yo sufro contigo.
Si hay que cargar con lo terrible, lo cargaré contigo,
para que tú descanses y sigas tu destino.”
Desde aquel día, Omotonoke carga con esa maldición en su propia carne, reina y prisionera de un destino compartido.
Y Tarik… pobre Tarik.
No tenía nada que hacer.
Porque él no era mujer.
En ese momento, una concubina de la reina entró en la sala. Se inclinó, se acercó sin miedo, y la besó en los labios.
Tarik contuvo el aliento, esperando ver cómo se petrificaba ante sus ojos.
Pero no ocurrió nada.
Solo un instante de ternura. Una sonrisa compartida, íntima, indestructible.
Y entonces lo entendió, con un escalofrío recorriéndole la espalda:
Los hombres se convertían en piedra.
Las mujeres… no.
****
Omotonoke se incorporó en su trono, dejando que las joyas de su diadema brillaran como si fueran estrellas. Sus ojos se clavaron en Tarik como dagas envueltas en seda.
—Sé quién sois, Tarik. —su voz fue un río de calma envenenada—. También conozco al sabio del sultán Ravanesh Karun. Vuestra fama os precede… y lo que me gusta de vos es que no habéis saqueado mi reino, sino las riquezas de todos los súbditos del sultán.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.
—No os extrañe que dude de vuestras intenciones. Pero no voy a castigaros.
Hizo un gesto con la mano, y las puertas que daban al jardín interior se abrieron. Allí, bajo un cielo abierto y perfumado de flores, se alzaba una efigie colosal del Gopat, tallada en piedra. A sus pies, un estanque cuyas aguas parecían moverse con vida propia.
—Creo que voy a proponeros dos pruebas. —su mirada no se apartaba de él—. La primera… la encontraréis en ese jardín. Allí donde veis la efigie de mi salvadora se hallan las aguas mágicas: “Sirsu Gizem “ el Oráculo de la Verdad.
Tarik entornó los ojos. El estanque parecía palpitar con un brillo sobrenatural, como si cada ola contuviera un recuerdo ajeno.
Omotonoke continuó, su voz cargada de solemnidad:
—Esas aguas no son comunes. Son lo que quedó del Dahaka cuando fue derrotado. Su esencia se disolvió en este manantial. Y su magia eclipsa incluso al poder de los dioses y de los Djinn.
Se inclinó hacia delante, como una cazadora tendiendo una trampa invisible.
—Miraos en esas aguas. Expresad una verdad importante y oculta en vos, y pasaréis la primera prueba.
Guardó silencio, dejando que las palabras descendieran sobre Tarik como un peso imposible de ignorar.
Luego, con un movimiento de mano, los guardias alzaron las lanzas.
—Negaos… y mi guardia os cortará la cabeza ahora mismo.
Sus ojos brillaron con un desafío que ningún guerrero podía confundir:
—Decidme, encantador Tarik, ladrón de reyes y tiranos… ¿qué vais a hacer?
***
Tarik se inclinó sobre las aguas de Sırsu Gizem.
El estanque parecía inmóvil, pero en cuanto su reflejo tocó la superficie, la calma se quebró. Sombras ligeras, como figuras atrapadas, comenzaron a moverse bajo el cristal líquido: eran rostros, manos, espectros que parecían suplicar desde las profundidades.
El corazón del guerrero golpeó como un tambor.
Sintió un vértigo extraño, un peso en los párpados.
Y entonces, sus ojos se tornaron completamente blancos.
Los soldados presentes retrocedieron con miedo, mientras Bahir, su lugarteniente, lo miraba sin atreverse a intervenir.
Tarik levantó el rostro hacia el cielo, como si lo guiara una fuerza invisible. Su voz, grave, retumbó en el patio como si no le perteneciera:
—El mayor de los tesoros… se encuentra en una lágrima de rocío…
Atravesando el océano de fuego…
En el cañón de la media luna…
Siguiendo la estrella del Cinturón del Cazador…
El eco de sus palabras quedó flotando en el aire, y durante un instante nadie respiró. Las aguas del estanque se calmaron como si nada hubiera pasado.
Tarik cayó de rodillas, recuperando la vista. Sus ojos, ahora normales, brillaban de sudor y desconcierto. Apenas recordaba lo que había dicho.
Omotonoke lo observaba en silencio. No había burla en su mirada, ni desprecio. Solo una mezcla peligrosa de fascinación y cautela.
Omotonoke avanzó despacio hasta el borde del estanque.
Su reflejo se fundía con el de la luna, como si fuera parte del mismo cielo.
Y entonces habló, sin apartar los ojos del agua:
—No hace falta que digas más, Tarik al-Safir.
Tus palabras han traicionado tu ambición.
Yo sé lo que buscas.
El desierto lo susurra a quienes escuchan.
Una lágrima imposible… nacida del encuentro de dos amantes eternos, el Sol y la Luna, bajo la mirada de Orión.
Su voz se elevó, clara, como si no hablara solo para él, sino para todos los siglos venideros:
—La llaman Asharim Tala, la lágrima del alba.
Un instante de pureza tan frágil que ningún cofre podría contenerlo, y tan vasto que podría devorar el cielo junto a todos los dioses.
Espejo del todo, cárcel de lo visible, tentación de los codiciosos.
Se giró hacia Tarik, y la dureza de su mirada atravesó su porte de guerrero como si fuera un niño ante un tribunal.
—¡Eres un necio!
He visto a hombres perder reinos por una joya menor.
He visto imperios desmoronarse por un simple rumor de oro enterrado.
Pero la Asharim Tala… no es un tesoro, Tarik, ladrón de reyes.
Es una mazmorra.
El viento agitó los jardines, y por un instante el murmullo de las fuentes pareció callar para escucharla.
—¿Por qué quieres un lugar así? —susurró.
Lo miró fijamente… y en ese instante lo comprendió.
—Quieres esconder tu alijo, ¿verdad?
No has venido a conquistarme… quieres mi gema para poder entrar.
Omotonoke palideció, su pulso se aceleró. Unos sirvientes acudieron para sostenerla, la abanicaban con plumas ligeras.
Tarik rompió el silencio, con voz áspera, cargada de desesperación:
—¡No lo entendéis! Necesito esconder lo que nadie pueda hallar…
Omotonoke levantó una mano, deteniendo al sirviente que la sostenía.
Su voz recobró firmeza, casi con furia contenida:
—Oh, sí que lo entiendo.
Si un tirano se hiciera con tu tesoro, podría conquistar el mundo cien veces.
Y por eso… te propongo otra prueba.
Se enderezó, y su sombra parecía más grande que ella misma.
—No me negaré a entregarte la Zafira al Zaman si es por un bien mayor.
Pero necesito un contrato sagrado entre los dos:
cuando lo hagas, cuando uses la gema para tu propósito,
deberás volver a este reino y devolverme la joya.
***
Omotonoke sostuvo la mirada de Tarik, inmóvil, como si lo sopesara en lo más profundo de su ser.
Entonces, con un gesto, ordenó traer un cuenco de cristal tallado.
El líquido que vertieron en él era oscuro, casi negro, con reflejos verdosos como el de un escorpión a la luz de la luna.
Un silencio pesado cayó sobre el jardín.
—Este brebaje —dijo con voz lenta, grave, cargada de un eco ancestral— es llamado Ananta.
No mata al instante.
Su veneno viaja por las venas como un río silencioso, secando la vida poco a poco.
Alzó el cuenco entre sus manos, y la luna se reflejó en su superficie.
—Si quieres mi gema, deberás probarlo.
Y cuando cumplas tu propósito, cuando regreses a Harzaban y me devuelvas la Zafira al Zaman, yo misma te daré el antídoto.
Solo entonces vivirás.
El murmullo de las fuentes pareció apagarse, como si toda la ciudad aguardara la respuesta.
Tarik apretó los puños. El guerrero acostumbrado a conquistar por la fuerza entendía que, por primera vez, su destino no dependía de su espada… sino de un sorbo de veneno.
Omotonoke acercó el cuenco hasta quedar entre ambos, su mirada era tan luminosa como cortante:
—Bebe, Tarik al-Safir.
Y prueba si tu codicia es más fuerte que tu miedo a la muerte.
***
El cuenco brillaba bajo la luna como un pequeño abismo líquido.
Omotonoke lo sostuvo entre sus manos con la calma de quien dicta sentencia.
Un paso detrás, Bahir, el lugarteniente de Tarik, dio un manotazo al aire y susurró con un temblor apenas contenido:
—¡No lo hagas, mi señor! ¡Es locura!
Pero Tarik no apartaba los ojos.
En lo alto del estrado, sobre un cojín de terciopelo púrpura, la Zafira al Zaman reposaba.
Un corazón verde que parecía latir con la respiración misma del universo.
El resplandor de la gema bañaba el jardín entero, y hasta las hojas de los naranjos temblaban como si quisieran inclinarse hacia ella.
Tarik sintió el pulso en sus sienes. Era como si aquella luz lo llamara por su nombre.
Su pecho ardía con una certeza insaciable: ese poder debía ser suyo, aunque le costara la vida.
Cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, la decisión ya estaba hecha.
Con un movimiento rápido, arrebató el cuenco de las manos de Omotonoke.
El líquido oscuro se agitó como un río en tempestad.
Sin vacilar, lo alzó y lo bebió entero de un solo trago.
El sabor era amargo, metálico, como hierro oxidado mezclado con fuego.
El veneno descendió por su garganta como hielo y brasas a la vez.
Cuando dejó caer el cuenco vacío al suelo, el eco resonó como un trueno en el silencio absoluto del jardín.
Omotonoke no sonrió. Sus ojos, tan claros como la aurora, lo atravesaron con gravedad.
—Así sea —murmuró, y con un gesto ordenó que trajeran la gema.
El resplandor verde iluminó el rostro de Tarik, que respiraba agitado, sudoroso… pero con una sonrisa de victoria dibujada en los labios.
***
Nemoshyne:
> “Dicen que los dioses condenaron a Sísifo a empujar una roca por la eternidad.
Pero en ningún momento dijeron cuál debía elegir.
Algunos imaginan que, antes de comenzar su castigo, Sísifo observó el campo de piedras que tenía frente a él: grandes, pequeñas, lisas, irregulares…
Y comprendió que, si debía cumplir con su destino, al menos elegiría una roca que pudiera mover con sus propias fuerzas.
No desafió a los dioses.
No huyó de la condena.
Simplemente eligió cómo cargar con ella.
Tariq, de algún modo, hizo lo mismo.
Sabía que, si robaba la gema, estaría trayendo sobre sí la maldición que pesa sobre todo aquello que no pertenece por destino.
Todo su alijo estaba maldito según las leyes del desierto:
“Pues todo bien robado está maldito.
Y toda maldición… requiere un tributo.”
Podía haber huido con la gema, como siempre, pero esta vez no lo hizo.
Aceptó el trato de la reina Omotonoke y bebió el veneno, asumiendo el precio por adelantado.
Lo que nadie notó, lo que nadie pensó —ni siquiera se dijo en esta historia— es que, cuando Tariq sostuvo la copa en sus manos, recordó la ley del desierto.
Y entonces comprendió que, sacrificándose, creando así un Kairos-Theum, todos los tesoros de todos los reyes pasarían automáticamente a formar parte de sus dominios, por derecho.
Con ese gesto, lo que antes era un tesoro maldito pasó a ser verdaderamente suyo.
Porque la maldición exige un tributo y, —como Sísifo— él decidió cuándo y cómo pagarlo.
El veneno comenzó a atacar su cuerpo desde el momento en que lo bebió.
Pero con cada grano de arena que caía en el desierto, una parte de su majestuoso botín se convertía en suya por destino.
A partir de entonces, cualquiera que osara robar una sola moneda de oro sufriría el peso de la ley del desierto con severidad.
Y así, el mayor de los tesoros del mundo pasó a ser un alijo legítimo, dominio absoluto de Tariq.
Esa es la diferencia.
La ley no cambió.
El castigo no desapareció.
Pero la forma en que él se relacionó con esa ley transformó su historia.
No siempre podemos evitar las consecuencias de nuestras elecciones.
Existen leyes profundas que rigen el mundo…
pero sí podemos decidir cómo caminar bajo ellas.
“Los dioses protegen a los hábiles y a los astutos.”
¿No creen?”
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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