Bruja Piruja. Capitulo 1. " una historia de miedo"


Existen heridas que nunca cicatrizan. Estigmas del pasado, huellas de conflictos mal resueltos. Lugares donde el dolor permanece aferrado, como el moho en las casas abandonadas. La oscuridad gobierna en las paredes y en los objetos que aún guardan los recuerdos de lo que alguna vez fue un hogar.

El eco de un abrazo se aferra al aire rancio de las habitaciones, como si dos cuerpos aún buscaran encontrarse en medio del polvo. La sombra de un amor detenido en el tiempo late en las cartas olvidadas, en los muebles desgastados por caricias que ya no existen, en las huellas invisibles de pasos que alguna vez recorrieron aquel pasillo. Es un afecto petrificado, un calor apagado que, en lugar de desaparecer, se pudre y permanece. Los fantasmas de la ternura no se manifiestan con gritos, sino con la ausencia: en las sábanas vacías, en la vajilla que ya no sirve comidas, en la cama que recuerda cuerpos que nunca volverán.**

La grieta devora lentamente la esperanza, como las fotografías que ya no volverán a sonreír. El polvo se posa sobre los rostros, borrando miradas, apagando gestos. Lo que un día fueron sonrisas familiares ahora son manchas borrosas, arrugas de papel amarillento que el tiempo convierte en fantasmas mudos. Cada grieta en la pared es un recordatorio de lo perdido; cada marco vacío, una promesa rota. Y mientras las paredes se desmoronan, también lo hace la memoria de aquellos que alguna vez llamaron hogar a este lugar.

Pero tras esa triste fachada existe algo mucho más antiguo que las familias que habitaron aquellos años felices: una entidad que persiste en mantenerse eterna, no por orgullo… …sino por su propia naturaleza.

En el centro de la estancia reposa un cuerpo redondo, curtido por el tiempo. Su superficie, antaño blanca, está manchada por la tierra y las historias que ya nadie cuenta; los hilos que lo atraviesan parecen venas secas que aún intentan latir. Una marca roja se desdibuja en su piel áspera, como una herida que se niega a cerrar. No emite sonido alguno, pero guarda todos los ecos de risas, gritos y juegos olvidados. Permanece ahí, inmóvil, observando cómo las paredes se desmoronan y los recuerdos se pudren. Es el corazón del abandono: testigo silencioso de lo que alguna vez fue vida. 

“Bruja Piruja”

***

Verano del 92 


El verano del 92 en Montserrat Park ( El Bruc) olía a césped recién regado y a asfalto caliente. Las Olimpiadas estaban en boca de todos en Barcelona, pero allí, entre chalets nuevos y solares aún por construir, los chavales tenían sus propios rituales. Al anochecer, los chicos se sentaban en un banco, las chicas en otro, frente al quiosco y el bar con terraza. Era la rutina del verano: helados baratos, bolsas de gusanitos y conversaciones que empezaban en nada y terminaban en todo. Aquella noche, Marc apareció con un brillo especial en los ojos. Jordi le seguía, riéndose de algo que Víctor había dicho, mientras Xavi arrastraba una linterna prestada por su padre. En el otro banco estaban Clara, Marta y Núria, la recién llegada, que todavía no entendía del todo las bromas internas del grupo. —¿Vamos ya o qué? —preguntó Marc, golpeando con el pie una piedra del suelo. —¿A dónde? —dijo Núria, arqueando una ceja. Marc señaló con un gesto hacia la montaña oscura que se recortaba contra el cielo. —A la explanada. Esta noche seguro que vemos algo. —¿OVNIs? —rió Jordi, levantando los brazos como si fueran antenas—. Yo ya estoy preparado para que me abduzcan. Víctor resopló. —Más fácil que te pique un mosquito que ver un marciano. Las chicas se miraron entre sí. Clara dudaba, como siempre. Marta se encogió de hombros. Núria fue la primera en levantarse. —Pues venga. Quiero verlo.

La explanada quedaba a pocos minutos andando, un claro abierto donde el cielo parecía más grande. Allí, otros chavales también miraban hacia arriba, buscando luces imposibles. El grupo se tumbó en el suelo, entre risas y conversaciones a media voz. —Dicen que hace años se llevaron a un excursionista —soltó Jordi de pronto, rompiendo el silencio. —¿Quién lo dice? —replicó Víctor, con tono burlón. —Todo el mundo —insistió Jordi—. Y si no fueron los ovnis, fue la montaña que se lo tragó. Clara se estremeció. —No empieces… —Bah, pues yo sé otra mejor —intervino Marc—. La chica de la curva. Una tía se sube al coche, avisa al conductor de que hay peligro en la carretera y luego… ¡desaparece! —Eso es más viejo que tu camiseta —rió Marta. Núria, que había estado escuchando con atención, preguntó: —¿Y la historia de la… cómo era? ¿La bruja piruja? Se hizo un silencio breve. Jordi rió, pero su risa sonó forzada. —Eso es solo un mote. Una casa vieja en medio del Park, medio tapada de zarzas. —¿Y por qué le llaman así? —insistió Núria. Marc sonrió con malicia. —Dicen que si entras, no sales igual. Clara negó con la cabeza. —No vayáis a empezar con eso. Pero Jordi ya se había puesto en pie. —Pues vamos. Si Núria quiere verlo, ¿qué mejor bienvenida?

Marta rodó los ojos y cogió la pelota de su hermana pequeña, la que siempre llevaba para matar el tiempo. Una pelota vieja de una serie mítica de los 90, con el logo verde que brillaba débilmente en la oscuridad. —Antes de que empecéis, ¿hacemos un partidillo o qué? —propuso, lanzándosela a Clara. 

La pelota pasó de mano en mano, entre risas, hasta que Jordi la chutó con fuerza. Rodó colina abajo, botando, hasta detenerse justo frente a la verja oxidada de la casa. El grupo enmudeció. La silueta del caserón se alzaba como un monstruo de piedra, con los ventanales vacíos como cuencas de ojos. —Pues ya está —dijo Víctor, rompiendo el silencio—. Alguien tiene que entrar a por ella. Nadie se movió. Entonces Xavi, que había estado callado toda la noche, se levantó. —Yo voy. Es solo una pelota. Cruzó la verja, que chirrió con un quejido metálico, y se perdió en la oscuridad del porche. Un minuto. Dos. Nada. —¿Qué hace ahí dentro? —murmuró Clara, con la voz quebrada. —Xavi, sal ya, no tiene gracia —llamó Marc, intentando sonar firme. 

Una sensación extraña. El ambiente parecía cambiar de calor al calor insoportable. En aquel instante de la oscuridad del interior de aquella casa o masía, salió lo que parecía ser una pelota muy antigua....

Bajó un escalón.
El golpe seco contra la madera retumbó como si alguien hubiera dejado caer un peso muerto.
Otro escalón....
El eco viajó por el porche y se perdió entre los árboles inmóviles, que parecían contener el aliento igual que ellos.

El tercero… Y ahí se detuvo.
No rebotó. No rodó. No cayó al suelo. Sencillamente… se detuvo. Quietecita. Como si una mano invisible la hubiera agarrado por dentro, frenándola justo en el borde del último escalón.

Pasó un segundo.
Quizá dos.
Pero a ellos les pareció una eternidad hecha de vértigo.
El silencio se volvió más pesado, como si ni el viento se atreviera a rozar aquel objeto redondo y sucio, marcado por una gran mancha roja en el centro, casi como un ojo cerrado que pudiera abrirse de un momento a otro. Un recuerdo físico de una serie mítica de los noventa, un juguete olvidado… o algo que fingía serlo.

Nadie osó respirar.

Los ojos de todos quedaron clavados en aquella forma inmóvil, suspendida en un equilibrio imposible. Marta buscó a tientas la mano de Clara y la estrujó con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Jordi tragó saliva, el sonido áspero de su garganta retumbó en el silencio como un pequeño grito. Núria retrocedió un paso, apenas un roce de zapatilla contra grava; aun así, todos lo oyeron.

—Eso… no es normal —susurró Víctor, temblándole la voz.

Y en cuanto esas palabras se materializaron en el aire, como si hubieran roto un hechizo, el pánico hizo el resto.

Corrieron.

Corrieron como si el camino pudiera tragárselos.

***



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