Habitación 333. Día 2
El Bruc. Un refugio digital en medio de la nada.
Leo aparcó el coche y miró la casa: un cubo de hormigón con una antena gigante en el tejado y demasiados candados en la puerta.
Sobre el marco, un cartel pintado a mano decía:
⚠️ ZONA WIFI: SI ENTRAS, ES BAJO TU PROPIO RIESGO.
Leo suspiró y se ajustó la mascarilla. No era la primera vez que visitaba a alguien con precaución, pero esta era la primera vez que sentía que estaba entrando en territorio enemigo.
Tocó la puerta.
Nada.
Volvió a tocar.
Silencio.
Tres segundos después, la puerta se abrió bruscamente.
Clara apareció en el umbral con una taza de café en una mano y un cigarro apagado en la otra. El gorro de lana cubría su cabello rizado, y la camiseta desgastada de algún grupo de rock de los 80 la hacía parecer recién salida de un búnker.
—Así que tú eres la famosa Leo.
Leo arqueó una ceja.
—Y tú la famosa Clara.
—Correcto. Ahora que ya hemos establecido nuestras identidades, ¿qué carajo haces aquí?
Leo bajó un poco la mascarilla.
—¿No te avisó Esteban?
Clara tomó un sorbo de café y sonrió de lado.
—Claro que me avisó. Me llamó con voz de príncipe azul y todo.
Leo sonrió.
—Yo… estaba delante cuando te llamó.
—Lo sé… —Clara la miró de arriba abajo—. Estoy de guasa. Anda, pasa… y vamos a mirar esa preciosidad de mensaje que tienes en tu “centro de operaciones milenial”.
Leo parpadeó.
—¿Perdona?
—“Clara, mi bella dama, una amiga mía requiere de tus servicios” —dijo en tono solemne, imitando a Esteban.
Leo rodó los ojos.
—Dios, qué pesado.
—Mucho. Pero me cae bien.
Clara se giró y caminó hacia el interior.
—Ciérrala bien. Si la dejas abierta, me entra el gobierno.
Leo entró y cerró la puerta tras de sí. El interior de la casa era un caos estructurado.
📌 Cuatro pantallas encendidas.
📌 Archivos desordenados.
📌 Un dron desmontado sobre el sofá.
📌 Y en la pared… diplomas de la Universidad de Barcelona.
Leo se acercó y leyó los títulos:
📜 Grado en Historia.
📜 Máster en Ciberseguridad.
📜 Tesis: "Construcciones del Siglo XX en Cataluña y su impacto en la sociedad contemporánea".
Se giró hacia Clara.
—¿Eres historiadora?
Clara tecleó algo en su ordenador sin mirarla.
—Casi. Me desvié un poco.
—Un poco bastante, diría yo.
—Nah. Hackear gobiernos y estudiar documentos antiguos es lo mismo. Se trata de encontrar lo que la gente no quiere que encuentres.
Leo dejó los diplomas y se sentó frente a ella.
—Entonces encuentra quién me envió este mensaje.
Le tendió su móvil.
Clara lo cogió, lo conectó a su sistema y empezó a teclear. La luz azul de las pantallas iluminó su rostro con un brillo artificial.
—¿Cuánto sabes sobre ciberseguridad?
—Lo justo para saber que debería haberme quedado en casa.
Clara sonrió de lado.
—Por lo menos tienes sentido del humor.
El análisis comenzó.
Leo observaba la pantalla. Clara frunció el ceño y tecleó algo más.
—Interesante.
—Esa palabra no me gusta.
Clara giró la pantalla hacia ella.
—El mensaje no tiene remitente.
—Sí, eso ya lo sé.
—No. —Clara la miró. Esta vez no bromeaba—. No es que esté oculto. Es que no existe.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Cómo que no existe?
Clara se quitó el gorro de lana y se frotó la cabeza.
—Vale, esto es raro.
De repente, se levantó, cruzó la habitación y sacó algo de un estante alto.
Leo entrecerró los ojos.
—¿Qué es eso?
Clara arrastró un viejo ordenador portátil hasta la mesa. Plástico amarillento. Teclado gastado. Un auténtico fósil digital.
Leo parpadeó.
—¿Me estás jodiendo?
—Si quieres saber la verdad, tienes que usar la tecnología equivocada.
Encendió el aparato. El ventilador sonó como un avión despegando.
Leo cruzó los brazos.
—¿Y qué tiene eso que no tenga un ordenador moderno?
Clara sonrió.
—Un sistema operativo que no pueden corromper.
Empezó a teclear. Pantalla negra. Letras verdes. Un viejo sistema DOS.
—Voy a buscar patrones.
Leo apoyó los codos en la mesa.
—¿Patrones de qué?
Clara no respondió. Solo trabajaba.
Después de unos segundos, la pantalla mostró un código. Repetitivo. Simétrico.
—¿Qué es eso?
—Algo viejo.
El sonido del teclado resonaba en la casa de Clara mientras la pantalla mostraba una línea de código tras otra. Leo observaba, sin entender la mitad de lo que pasaba, pero confiando en que Clara sí lo hacía.
—Vale, escúchame —dijo Clara sin apartar los ojos del monitor—. Voy a explicártelo como si fueras una niña de cinco años.
—Aprecio el esfuerzo.
—Primero, vamos a descartar lo básico. ¿Este mensaje fue enviado desde un número de teléfono?
Tecleó un comando. La respuesta apareció en pantalla:
NULL.
—No.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Sí, pero lo que te estoy diciendo ahora es que ni siquiera hay un intento de envío. Normalmente, aunque un mensaje sea anónimo, hay un registro. Este no.
Clara giró la pantalla para que Leo lo viera.
—No hay servidores. No hay IPs. No hay rutas. Es como si este mensaje hubiera aparecido por arte de magia en tu móvil.
—Eso no tiene sentido.
—Para nada.
Clara tomó aire y continuó.
—Segunda fase: buscar qué carajo dejó este mensaje en tu móvil.
📌 [02:58:00] Mensaje recibido.
📌 [02:58:00] Proceso desconocido ejecutado en segundo plano.
📌 [02:58:00] Archivo temporal creado y eliminado.
—Aquí está la clave. Justo cuando el mensaje llegó, se ejecutó un proceso desconocido y se generó un archivo temporal.
—¿Qué significa eso?
—Que el mensaje no es un simple mensaje. Es un disparador.
—¿Disparador de qué?
Clara no contestó. Buscaba lo que quedaba del archivo antes de que el sistema lo borrara.
Acceso denegado.
—Hijo de…
Intentó otra vía. Esta vez, la pantalla empezó a llenarse de datos crudos. Símbolos, letras, números aparentemente aleatorios.
—¿Esto es lo que quedó del mensaje?
Clara asintió.
—Voy a hacer algo arriesgado.
—Define arriesgado.
—Voy a ampliar el título del mensaje al máximo.
—¿El título?
—Sí. Aunque parezca vacío, todo mensaje tiene una estructura. Incluso un título que no vemos.
Ejecutó el comando.
Título: 333
—Nada nuevo —dijo Leo.
—¿Estás de broma?
—¿Qué?
—Amplía la pantalla.
Clara hizo zoom en el código hexadecimal del título. Los números comenzaron a distorsionarse. Ya no eran simples cifras.
—No puede ser… —murmuró Clara.
Siguió ampliando.
Los números se fragmentaron en un patrón.
Era una ecuación.
(x - a)² + (y - b)² = r²
—Esto es geometría —dijo Clara en voz baja—. La ecuación de una circunferencia.
Leo frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Clara hizo zoom de nuevo.
Ahora había tres ecuaciones.
Tres círculos.
Tres intersecciones.
Clara exhaló, sentándose de nuevo.
—Esto es… el problema de Apolonio.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Qué está pasando?
—No tengo ni puta idea.
—Genial.
—No, es broma. Sí tengo una idea. No una, sino tres.
—Tres —repitió Leo con cautela.
—Mira, cuando encuentras algo así, algo que desafía la lógica, la primera regla es no asumir que es imposible. —Clara señaló las ecuaciones—. Esto es un patrón. Y cuando hablas de patrones escondidos en mensajes, hay tres grandes ejemplos en la historia en los que pensar.
Se giró en su silla y la miró directamente.
—Podría ser criptografía militar.
—¿Criptografía militar?
Clara asintió.
—Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis usaban un sistema de encriptación que se consideraba imposible de romper: la máquina Enigma. Los mensajes parecían una serie de letras aleatorias, sin sentido. Nadie podía leerlos… hasta que Alan Turing descubrió el patrón.
Tecleó en el ordenador y en la pantalla apareció una imagen de la máquina Enigma: un dispositivo mecánico con engranajes y teclas antiguas.
—Esta cosa generaba códigos que cambiaban cada día. Solo alguien con la clave correcta podía entender el mensaje.
Leo asimiló la información.
—¿Y me estás diciendo que…?
—Que si alguien te envió este mensaje, tal vez no estaba destinado a ser leído por cualquiera. Tal vez es un código oculto.
Leo sintió un escalofrío.
Clara no le dejó espacio para procesarlo.
—La otra opción… —continuó— es que esto no sea un mensaje, sino una simulación matemática.
—¿Simulación?
—Sí. Algo similar a lo que se usó en el Proyecto Manhattan.
Apareció en pantalla una imagen de científicos rodeados de planos, fórmulas en pizarras gigantes, gafas gruesas, tensión.
—Para construir la bomba atómica, los físicos tuvieron que calcular cómo interactuaban esferas de energía. Estas ecuaciones… —señaló la pantalla— se parecen demasiado a esos cálculos.
Leo tragó saliva.
—¿Me estás diciendo que este mensaje tiene algo que ver con armas nucleares?
—No estoy diciendo eso. —Clara la miró con seriedad—. Pero sí digo que estas ecuaciones no son casuales.
Silencio.
Clara bajó un poco la voz.
—Y hay una tercera posibilidad. Y esta… es más rara.
—¿Más rara que todo esto?
—¿Has oído hablar de Cicada 3301?
Leo negó con la cabeza.
Clara resopló.
—Vale. En internet circulan acertijos imposibles creados por una organización anónima. Publican códigos encriptados, mensajes con coordenadas, problemas matemáticos… Nadie sabe quiénes son. Y sus códigos no son textos: son geometría avanzada.
Mostró un cartel negro con el emblema de una cigarra.
—Los que resuelven los acertijos reciben mensajes secretos. Acceden a redes ocultas. Es como si estuvieran reclutando… para algo.
Leo frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que este mensaje… podría ser de esa gente?
—Digo que no podemos descartar nada.
Leo guardó silencio. Todo sonaba a locura, pero... algo en su interior le decía que no debía ignorarlo.
—Entonces… ¿qué hacemos ahora?
Clara suspiró, mirando la ecuación.
—Seguimos tirando del hilo.
En ese momento, la luz del monitor parpadeó.
Leo y Clara se quedaron quietas.
En la pantalla, las ecuaciones cambiaron solas.
📌 (x - a)² + (y - b)² = r²
📌 (x - c)² + (y - d)² = s²
📌 (x - e)² + (y - f)² = t²
El cursor parpadeaba. Luego, las cifras comenzaron a reorganizarse por sí mismas. Letras intercambiaban lugar, valores aparecían y desaparecían.
—Espera… —Clara se inclinó, tecleando rápido—. Esto no es aleatorio.
La pantalla generó una figura.
Primero, un círculo.
Después, un triángulo dentro del círculo.
En cada vértice, una circunferencia tangente a las otras dos.
Leo sintió que se le detenía la respiración.
Clara murmuró:
—Esto es… el problema de Apolonio.
Leo miró la figura y, de pronto, algo se rompió en su mente.
Un pitido ensordecedor le atravesó los oídos.
Uno.
Dos.
Tres.
Parpadeó.
La habitación se esfumó.
El monitor, Clara, la mesa, incluso el aire…
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en la consulta de Esteban.
***
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