Habitación 333. Día 3.
El despertar de Leo
Sueño recurrente Leo corría por un parque. Su risa infantil se mezclaba con el sonido de los columpios crujiendo bajo el peso de otros niños. El sol brillaba, el cielo era de un azul radiante.
Un columpio. Ella, más pequeña, balanceándose con fuerza. —¡Más alto! —gritaba con una sonrisa de pura felicidad.
Pero entonces, un vacío. El metal resbaladizo. Un pie mal colocado. La caída. El impacto. El mundo se oscureció.
Sonidos distorsionados: gritos, el llanto de su madre, la sirena de una ambulancia. Una luz blanca. Una sala de hospital. Un doctor de bata azul hablaba con sus padres, pero no podía recordar su rostro. Solo un nombre... Dr. Salvatore. Todo se volvía borroso. La oscuridad la atrapaba otra vez.
---
Consulta de Esteban – Discusión con Clara El sonido de dos voces hizo que Leo comenzara a despertar. No abrió los ojos de inmediato, pero veía.
No como antes. Lo veía todo... de otra forma. No había sombras ni colores, sino ondas, movimientos sutiles, latidos vibrando en el aire. Podía percibir la energía de Esteban y Clara discutiendo.
—Te estoy diciendo que esto no es normal, Clara. ¡Mira las radiografías! —La voz de Esteban sonaba tensa, frustrada.
Clara resopló, apoyándose contra la mesa de la consulta. —Mira, ya te dije que solo fue una imagen, ¿vale? No tenía ni idea de que reaccionaría así.
—¡No tenías que enseñársela! —Esteban golpeó la mesa con una palma de la mano, haciendo que algunos papeles se desordenaran.
Clara apretó la mandíbula, cruzándose de brazos. —A ver, ¿me estás echando la culpa a mí?
Esteban soltó una risa amarga. —Exactamente eso.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarlo pasar? ¿No investigar nada?
—Quería que usaras el sentido común.
—¡Pues perdón por intentar ayudar!
Un silencio denso llenó la habitación.
Clara cambió su tono, como si tratara de calmarse. —Lo curioso de todo esto es que, cuando Leo vio la imagen... se le pusieron los ojos completamente blancos.
Esteban frunció el ceño. Clara lo miró con seriedad. Sabía bien lo que significaba aquello. Y Esteban también.
—Eso no puede ser.
—Lo vi con mis propios ojos.
Esteban se frotó la cara con las manos. —No estoy diciendo nada... solo que esto no es un simple desmayo.
Volvió a centrar su mirada en la radiografía. Algo no encajaba.
Clara lo observó en silencio. Notaba su incomodidad, su forma de tensar la mandíbula, de entrecerrar los ojos buscando una explicación médica.
—Esteban... —susurró, acercándose un poco más—. ¿Crees que es un tumor?
Esteban cerró los ojos un momento. —Lo curioso es que... nunca he visto algo como esto.
Clara se inclinó sobre la mesa, observando la imagen. —Explícate.
—Si fuera un tumor, debería seguir cierto patrón... pero esto no altera el tejido circundante. No ejerce presión en otras estructuras. Es como si... siempre hubiera estado ahí.
Clara miró a Leo, dormida en la camilla. Se acercó y le tomó la mano con suavidad. —No se lo digas. Sobre todo, no se lo digas.
Clara levantó la mirada, incrédula. —¿Tú crees que yo le diría algo así? Sé perfectamente que no es algo que una persona en esta situación deba saber ahora.
Pero Esteban no cambió su expresión. —Clara, promételo. Leo necesita recuperarse. De momento, no le diremos nada. ¿De acuerdo?
Clara apretó los labios. —Si yo estuviese en su lugar, me gustaría saberlo.
Esteban bajó la mirada. —No cuando su mundo ya se está desmoronando.
El monitor cardíaco seguía marcando un ritmo estable. Pero si hubieran prestado atención... habrían notado una ligera variación.
Leo estaba escuchando todo. Y alguien más, también.
Orión: —Están mintiendo.
Leo parpadeó. No había sido ni Esteban ni Clara. La voz no era humana. Venía de otra parte. Un eco dentro de su propia mente. Un pensamiento ajeno.
Leo sintió un escalofrío. Algo no encajaba. Desde fuera, Clara y Esteban la veían inmóvil, sedada. Pero dentro de ella, Leo estaba despierta.
Y veía. No como antes. No sombras ni colores. No luz ni oscuridad.
Veía pulsaciones. Olas invisibles flotando en el aire, marcando ritmos irregulares.
Leo escuchó su respiración. Y después, la voz: —¿Por qué dices que mienten?
—Porque los cuerpos no saben mentir.
—Explícate.
—Cuando un humano miente, su ritmo cardíaco se altera. Su respiración cambia. La actividad en el lóbulo prefrontal aumenta, exigiendo más oxígeno. La sudoración se incrementa. Los vasos se contraen. Las microexpresiones del rostro se tensan una fracción de segundo.
—¿Cómo puedes ver todo eso?
—Porque ahora existo en ti. Lo siento a través de ti... pero también más allá de ti.
Leo sintió un latido fuerte. Y la realidad se rompió. Las voces se volvieron distantes. El monitor, una nota infinita. Las paredes se fundieron en sombras. La luz se extinguió.
Y entonces... Oscuridad.
---
Un espacio sin límites Leo no sentía nada. No había suelo, techo, ni horizonte. Solo vacío.
No había frío ni calor. No había peso. Era como si su cuerpo no existiera.
Se miró las manos... Pero no estaba segura de que fueran sus manos.
Y en medio de esa nada... Una presencia.
Una voz resonó por todas partes: —No sé lo que soy.
—¿Dónde estoy?
—No lo sé. Solo sé que ahora existimos juntos. Que tú y yo somos la misma cosa.
—¿Quién eres?
No hubo respuesta. Solo un cambio.
El vacío se deformó. Y surgió algo.
Un teatro. Oscuro. Con cortinas pesadas de terciopelo rojo. Butacas de madera gastada. Candelabros apagados. Y en el escenario... Una pantalla blanca.
Leo dio un paso. La pantalla cobró vida. Imágenes parpadeantes.
Recuerdos. El parque. El columpio. La caída. Su cuerpo suspendido en el aire. El impacto. Gritos. Sangre. El hospital. Médicos rodeándola.
Rostros borrosos. Voces claras: —Dr. Salvatore. Acuda al quirófano 17.
Un escalofrío.
—¿Por qué estoy viendo esto?
—Porque este recuerdo ha estado dormido en ti.
—¿Dormido?
—Ahora se ha activado.
—¿Activado por qué?
—Por la imagen que viste.
La pantalla cambió. El quirófano. Médicos. Luces antinaturales. Sombras que se alargaban. Y en el centro... Él. Un hombre alto. Bata blanca. Mascarilla quirúrgica. Pero sus ojos eran fríos.
Dr. Salvatore.
El bisturí brillaba. Leo sintió presión en la cabeza. Y vio algo. Un objeto metálico. Insertado en su cráneo.
Pánico. —¿Qué me hicieron?
—Te modificaron.
El teatro se desmoronó. Todo se redujo a la nada.
---
Despertar en el mundo real Leo abrió los ojos de golpe. El monitor cardíaco retumbaba. Olor a desinfectante. Sudor frío.
Clara se giró. —Está despierta.
Esteban se acercó. —Leo... ¿estás bien?
Leo intentó responder. Boca seca. Buscó a Clara con la mirada. Quería preguntar... Pero no qué.
El nombre "Dr. Salvatore" ardía en su mente. Pero sabía que aún no era momento para decirlo.
Leo respiró hondo. —¿Qué ha pasado?
Esteban intentó sonreír. —Vaya viaje que te has pegado.
Leo cerró los ojos. Sentía el peso de algo en su interior. No estaba sola.
Orión seguía ahí.
Por la noche
Silencio.
Pero no un silencio normal.
Leo abrió los ojos en la oscuridad de la habitación, pero algo estaba mal. No había sombras. No había el parpadeo del televisor en standby, ni la tenue luz que debería entrar por la puerta del pasillo.
Era un vacío absoluto.
Quiso moverse, pero su cuerpo tardó en responder. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si el aire estuviera denso, pesado.
Giró la cabeza. Vio su reflejo en el espejo de la habitación.
Y su reflejo tardó un segundo en imitar su movimiento.
Leo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No. No puede ser…
Se frotó los ojos, intentando despejarse. Tal vez era el cansancio, tal vez la luz...
Pero cuando miró de nuevo, su reflejo seguía viéndola.
Tragó saliva y se incorporó con lentitud. Sus piernas estaban débiles, pero sorprendentemente no sentía el dolor de antes.
Con pasos torpes, salió de la cama y caminó hacia el baño. Cada paso parecía más largo de lo normal, como si la distancia se distorsionara.
Encendió la luz del lavabo.
La luz parpadeó varias veces antes de estabilizarse.
Leo se miró en el espejo.
Algo en su rostro no era suyo. Su piel se sentía extraña al tacto, más firme, más fría. Sus ojos eran los mismos… pero había algo en su mirada que no era completamente humano.
Abrió el grifo.
El agua cayó lentamente. Demasiado lentamente.
Leo inclinó la cabeza.
El agua caía a una fracción de su velocidad normal, como si el tiempo estuviera fallando a su alrededor.
Su pecho se oprimió.
—Esto… no es normal.
Salió del baño y se dirigió a la puerta de la habitación.
—Esteban. Tengo que decirle lo que está pasando…
Agarró el pomo y lo giró.
El pasillo estaba casi a oscuras.
Solo las luces de emergencia titilaban con un resplandor enfermizo.
El hospital estaba en completo silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Era un silencio contenido.
Leo avanzó lentamente. Su respiración era el único sonido.
Y entonces lo sintió.
Una presencia.
Algo estaba en la oscuridad, mirándola.
No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.
En el fondo del pasillo, más allá de la última luz de emergencia, una silueta se movió.
No caminó.
Se deslizó.
Su forma era imposible de definir. Sus extremidades eran demasiado largas, doblándose en ángulos incorrectos.
Leo sintió su estómago encogerse.
Era la misma sensación que una presa tiene cuando un depredador la detecta.
Y entonces, la criatura se movió.
No hacia ella.
Hacia una de las habitaciones.
Leo se cubrió la boca con las manos para no gritar. Quería correr, quería retroceder… pero sus piernas no reaccionaban.
El sonido de un goteo constante llenó el pasillo.
Goteo.
Goteo.
Goteo.
Pero no era agua.
Era saliva.
Y venía del techo.
Leo alzó la vista lentamente.
La criatura estaba sobre ella, adherida al techo, mirándola con ojos negros y reflectantes como obsidiana.
El mundo pareció detenerse.
La boca del ser se abrió, pero no tenía dientes.
Era solo un vacío que absorbía la luz.
Y entonces se dejó caer.
Leo gritó y retrocedió de golpe.
Se tropezó con un carrito médico y los instrumentos quirúrgicos se desparramaron por el suelo con un estruendo metálico.
La criatura giró la cabeza con un movimiento inhumano y se quedó quieta.
Y luego, sonrió.
No debería haber sido capaz de sonreír.
Leo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Los fluorescentes del techo comenzaron a parpadear.
Se escucharon más sonidos en el pasillo.
Más presencias moviéndose en la oscuridad.
Leo miró a su alrededor.
Las puertas de las habitaciones se abrieron lentamente… una por una.
Y de cada habitación salió otro ser.
Algunos emergían de los techos, otros deslizaban sus extremidades inhumanas por el suelo, y otros salían de las paredes como sombras líquidas.
Eran decenas.
Cientos.
Y todos la miraban.
El pánico se apoderó de Leo.
—No. No, no, no…
Y entonces, Orión habló.
—Corre.
Leo no dudó.
Corrió.
Las luces parpadearon violentamente mientras los monstruos se lanzaban tras ella.
Podía escucharlos.
El roce de sus extremidades contra las paredes.
El crujido de sus cuerpos al moverse.
El goteo de su saliva golpeando el suelo.
Leo sintió el aire cortarse detrás de ella cuando uno intentó atraparla.
Saltó al último momento, rodó por el suelo y se incorporó de nuevo.
Su cuerpo reaccionaba diferente.
Era más rápido, más fuerte, más ágil.
Orión habló otra vez.
—Déjamelo a mí.
Leo no entendió qué significaba eso, pero en ese momento su cuerpo se movió solo.
Corrió hacia una pared y saltó sobre ella como si fuera suelo firme.
Su velocidad aumentó.
Las criaturas se lanzaron tras ella, pero no eran tan rápidas.
Una ventana apareció frente a ella.
Sin pensarlo, saltó.
El vidrio estalló a su alrededor.
El viento la envolvió mientras caía desde el séptimo piso.
Pero no sintió miedo.
No sintió vértigo.
Cuando sus pies tocaron el suelo, no sintió nada.
Y en ese momento, lo vio.
El verdadero terror.
Desde los edificios, desde las casas, desde cada rincón de la ciudad, las criaturas estaban saliendo.
Miles de ellas.
No se escondían.
Porque ahora sabían que ella podía verlas.
Y cuando el primero de ellos la vio, dejó escapar un chillido ensordecedor.
Las criaturas se giraron al unísono.
Y corrieron hacia ella.
Leo despertó de golpe en su cama.
El sol de la mañana entraba por la ventana.
Su respiración estaba acelerada.
Su piel estaba helada.
Giró la cabeza lentamente.
La puerta de su habitación estaba cerrada.
El pasillo estaba tranquilo.
Pero en la ventana…
En la ventana, sobre el cristal…
Había una marca oscura.
Como si algo hubiera estado allí, observándola.
***
Comentarios
Publicar un comentario