Belleflur. Capitulo 19. El jardin Octario. Parte 1


Año 1645

La Mansión Bellefleur había vuelto a llamar la atención de la nobleza francesa, no por su oscura reputación, sino por los jardines que la rodeaban. La mansión, una vez temida por su historia de desapariciones y misterios, estaba ahora en manos de un noble menor que, intrigado por las leyendas y ansioso por demostrar su poderío, deseaba restaurar el lugar. Pero lo que más lo fascinaba no era la arquitectura de la casa, sino los jardines que la envolvían. Allí, en un rincón olvidado, se encontraba el proyecto inacabado del afamado ingeniero y arquitecto italiano, Giovanni Bellucci: El Jardín Octario.

Bellucci había llegado a Francia tras ganar fama por sus innovadoras obras de jardinería en Italia, y su ambición era crear un diseño que dejara huella en la historia. El Jardín Octario, su obra maestra incompleta, era un jardín que seguía una estructura única, un patrón octogonal perfecto. Ocho caminos simétricos se extendían desde un centro de fuentes y esculturas, y cada sección representaba un aspecto de la naturaleza que, según él, controlaba los elementos. Pero por razones nunca del todo claras, el proyecto se abandonó a mitad de camino, y la vegetación había reclamado lo que quedaba.

Giovanni había sido contratado para restaurar y finalizar el jardín con la esperanza de que su diseño llamara la atención del rey Luis XIV y pudiera ser utilizado como inspiración para los futuros Jardines de Versalles. Si conseguía terminarlo, su nombre sería inmortal en los anales de la arquitectura y la jardinería real. Así que, decidido a completar lo que había comenzado, Giovanni llegó a Bellefleur con entusiasmo, pero con una extraña sensación de inquietud que no podía explicar del todo.

Al llegar, el noble propietario le permitió moverse libremente por los terrenos, ansioso por que el proyecto fuera finalizado. Giovanni, caminando por los antiguos senderos de lo que quedaba del Jardín Octario, quedó impresionado por la precisión geométrica de las antiguas estructuras que había diseñado años atrás. Pero algo más le llamó la atención. En el centro, donde debían estar las fuentes y las estatuas que simbolizaban los elementos, encontró un pedestal vacío. No recordaba haber dejado esa parte sin terminar, y la imagen lo desconcertó.

A medida que pasaban los días, Giovanni comenzó a notar que el jardín tenía una vida propia. Las plantas parecían moverse ligeramente cuando no miraba, y las sombras de los altos árboles parecían extenderse más allá de lo que la luz solar debería permitir. En especial, durante el crepúsculo, el jardín adquiría una atmósfera extraña, casi sobrenatural. Los senderos, que de día eran claros y bien delineados, parecían alargarse y retorcerse cuando caía la noche.

Una noche, mientras trabajaba bajo la luz de una lámpara, Giovanni notó que algo en el suelo se movía. Pensó que podría ser algún animal, pero al acercarse, vio que era una raíz que lentamente emergía de la tierra. Al principio, lo atribuyó a la naturaleza impredecible de los viejos terrenos, pero cuando una segunda raíz apareció, y luego una tercera, empezó a preocuparse.

El jardín parecía estar vivo. No solo en el sentido botánico, sino en una forma que iba más allá de la lógica. Los antiguos símbolos tallados en las piedras que delimitaban los caminos del Jardín Octario comenzaban a brillar tenuemente al anochecer, y Giovanni podía sentir una vibración en el aire cada vez que se acercaba al centro del jardín, donde aún faltaba la gran fuente que debía coronar su diseño.

Esa misma noche, en la quietud de Bellefleur, mientras todos dormían, Giovanni decidió investigar el centro del jardín. Algo en su interior lo impulsaba a resolver el misterio. Al llegar, la luna llena iluminaba los contornos del espacio, y el pedestal vacío ahora parecía más imponente. Se arrodilló frente a él, tratando de recordar qué había planeado colocar allí años atrás, pero su memoria se tornaba confusa, como si algo lo estuviera borrando.

De repente, sintió un susurro en el viento. Una voz baja, apenas audible, que parecía provenir de todas partes y de ninguna. "Completa lo que has comenzado", decía, como un eco en su mente. Giovanni, temblando, se levantó. Los símbolos tallados a su alrededor comenzaron a brillar con mayor intensidad. El aire estaba pesado, casi sofocante, y el susurro se hizo más claro: "Completa lo que has despertado."

Aturdido, dio un paso hacia atrás, y al hacerlo, el suelo bajo sus pies se hundió ligeramente. Fue entonces cuando lo vio: debajo del pedestal, la tierra se movía. Algo estaba enterrado allí. Giovanni, dominado por una mezcla de terror y curiosidad, tomó una pala y comenzó a cavar. La tierra era extrañamente suave, como si nunca hubiera sido tocada.

Al cabo de unos minutos, golpeó algo sólido. Al desenterrarlo, se dio cuenta de que era una caja de piedra sellada, cubierta de inscripciones que no recordaba haber diseñado. No era parte de su proyecto original. Giovanni, respirando con dificultad, levantó la tapa de la caja, y dentro encontró un antiguo libro de páginas amarillentas y cubiertas de cuero desgastado.

El título del libro estaba escrito en latín arcaico: "De Ritu Octarii" (El Ritual de los Ocho). Sintió una fría corriente de aire al tocar las páginas, y al abrirlo, leyó sobre un antiguo ritual asociado con el Jardín Octario, uno que supuestamente otorgaba control sobre los elementos a aquellos que lo completaban. Pero el precio era alto: cada uno de los ocho senderos debía ser consagrado con un sacrificio. Al comprenderlo, Giovanni dejó caer el libro, retrocediendo aterrorizado.

Los susurros ahora eran gritos. Las raíces comenzaron a surgir violentamente del suelo, enredándose a su alrededor. El aire se llenó de un zumbido ensordecedor, y las sombras que antes parecían inofensivas tomaron forma, alargándose como figuras espectrales que lo observaban desde los bordes del jardín. Giovanni intentó correr, pero sus pies estaban atrapados por las raíces que se aferraban a él con fuerza creciente.

El centro del jardín, donde debía haberse erigido la fuente, ahora parecía un pozo oscuro, un abismo que se abría ante sus ojos. Las sombras se acercaban, y los gritos en su cabeza se volvieron insoportables. "Completa el octario... completa el octario...", repetían una y otra vez, como un cántico infernal.

Giovanni gritó por ayuda, pero su voz fue absorbida por la oscuridad. Mientras las sombras lo arrastraban hacia el pozo, comprendió que el Jardín Octario no era una simple obra arquitectónica, sino un portal, un ritual que nunca debió ser completado.

A la mañana siguiente, los criados encontraron el jardín vacío, salvo por el libro que yacía abierto en el suelo, sus páginas movidas por una brisa fría e inexplicable. Giovanni Bellucci nunca fue encontrado, y la leyenda de Bellefleur se hizo más oscura aún.

El Jardín Octario quedó abandonado una vez más, cubierto por la maleza, pero aquellos que se atrevían a pasar cerca juraban que, en noches de luna llena, se escuchaban susurros en el viento, como si los secretos antiguos del jardín aún buscaran una forma de completarse

***


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