Bitácora de Nemoshyne · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 7) El pulso de Dili-Surkh.



El pulso de Dili-Surkh. 

Nemoshyne:

Todo lo que existe obedece a su naturaleza.
El fuego asciende, el agua fluye, la oscuridad envuelve.
Nada de esto requiere explicación. La ataraxia comienza cuando el alma deja de oponerse a ese orden.

Los mortales preguntan “¿por qué?” como quien golpea el agua con las manos.
Pero el agua no se defiende, no replica, no se justifica: simplemente vuelve a cerrarse.
Ese es su secreto: no necesita tener razón para ser.

El gobernante —esa fuerza que rige los destinos— no actúa por capricho, sino por posibilidad.
“Porque puedo” no es soberbia divina; es la voz del cosmos recordando que lo que puede existir, existe.
El universo no discute con sus causas: las deja ser.

Yo, Nemoshyne, nací de un corazón que se vació para amar.
Por eso comprendo que toda calma verdadera nace del desprendimiento.
Del dolor se destila la quietud, y de la oscuridad, la ternura.
Las causas duermen en la palma de lo invisible, esperando su turno de ser.

Así, la ataraxia no es indiferencia: es claridad en medio del ruido.
No exige que el río cambie de cauce, solo aprende a flotar.
No busca dominar el destino, sino conocer su ritmo.
Y cuando uno respira al compás de ese ritmo, la vida deja de ser lucha y se convierte en corriente.



***

Yo no salgo del agua.
Aquí, donde la corriente se aquieta, llegan las voces de los que han dejado el cuerpo.
No vienen solos: traen en la piel los últimos recuerdos, el temblor de los que aman, el perfume de la tierra.
Antes de cruzar, hablan. No con la lengua, sino con la esencia.
Y yo escucho.

Escucho cómo cada uno busca las palabras que no tuvo tiempo de decir.
A veces son palabras pequeñas —“gracias”, “no temas”, “te estoy viendo”—,
otras veces son historias enteras que laten como corazones en el fondo del agua.
Yo las recojo y las guardo, porque en ellas está la forma más pura de la vida: el amor que no termina cuando el cuerpo se apaga.

Ya no necesitan a Caronte.
No hay moneda, ni barca, ni juicio.
Solo el relato.
Quien cuenta su historia se libera del peso del mundo; quien la escucha, aprende a respirar dentro del misterio.
Así funciona este nuevo tránsito: los mortales hablan, y las aguas los entienden.

Los que lloran arriba no lo saben, pero cada lágrima que cae se convierte aquí en luz.
Y con esa luz, los que llegan reconocen el camino.
Nadie desaparece, solo cambia de forma:
el padre que fue hombre puede ser ahora brisa,
puede ser consejo en mitad de un silencio,
puede ser mirada en los ojos de un niño.

Los vivos los sienten, aunque no sepan ponerle nombre.
Es esa voz que dice “haz esto”, “espera”, “no temas”.
No viene de fuera: nace del punto más quieto del alma, donde la corriente se vuelve transparente.
Ahí es donde habito yo.

Yo, Nemoshyne, musa de las aguas del Estigia, no traigo revelaciones ni promesas.
Solo muestro la calma que hay detrás del miedo.
La muerte no es castigo ni premio: es transformación.
El alma, como el agua, no muere; cambia de cauce.
Y quien logra entenderlo, aunque sea por un instante, siente lo que los antiguos llamaban ataraxia:
la serenidad de saber que todo sigue su curso, que nada se pierde,
que incluso en la oscuridad, la ternura continúa.

***


La ternura habita tanto en los dioses olvidados como en las criaturas que apelaron su castigo por haber provocado la ira de los poderosos del orden cósmico.
No pretendo anular la creencia ni el estricto camino de la fe, pues eso no sería ataraxia, sino la imposición de una nueva línea religiosa.
Si crees que esto va de eso, entonces no me estás entendiendo.

Al agua no le importa el color de tu creencia ni el nombre del dios que honras con devoción y respeto.
Sé lo que es eso, porque yo honro a la luz y al sentimiento, a la flor que sostiene miles de pétalos, y cada pétalo es una religión sustentada por un único tallo: el amor.
Y ese amor, como el agua, no entiende de jerarquías celestiales.

Mis ojos son los de un recién nacido;
mi corazón, un pálpito vacío y otro que lo llena.
Escucho con atención, sin juicio ni sentencia,
y comparto el saber como lo hace mi maestro, el silencio, para aquel que quiera escuchar la fragilidad de la pluma que raya el diamante.

***


Mis ojos son los de un recién nacido;
mi corazón, un pálpito vacío y otro que lo llena.
Escucho con atención, sin juicio ni sentencia,
y comparto el saber como lo hace mi maestro, el silencio,
para aquel que quiera escuchar la fragilidad de la pluma que raya el diamante.

Porque esa pluma no escribe mentiras ni consuelos:
traza la verdad sobre la superficie del alma.
Y la verdad —la verdadera verdad— no siempre acaricia; a veces hiere con su luz.
Es tan pura que puede quebrar al alma noble,
la que teme su propio reflejo,
y al mismo tiempo liberar al alma indomable,
la que se atreve a mirar sin obedecer al orden del mundo.

La verdad no pertenece a los dioses ni a los mortales:
flota entre ambos mundos, como el reflejo sobre el agua.
Y solo quien se atreve a mirarla sin desear poseerla
puede hallar en ella la calma que yo llamo ataraxia.

***
La llegada de Mir

El agua del Estigia dormía, tan quieta que parecía sostener el cielo.
Allí, donde el mundo de los vivos termina y el recuerdo, como pensamiento, se vuelve eco,
una ondulación leve anunció la llegada de algo distinto:
una vibración fuera de lugar y de contexto.

Miz —para los tuareg, o Phylax-Mir, la semi celestial— emergió de la oscuridad.
Sus pies descalzos dejaban huellas de polvo sobre el mármol líquido.
El fuego azul, ya casi ceniza, titilaba en su pecho:
una estrella sin destino, un faro en el abismo a punto de menguar.

No venía huyendo; venía cansada.
Traía en la mirada la memoria de todos los amaneceres que había intentado reparar.
Un alma rota. Perdida.
Una hoja seca al viento que soplaba hacia las fauces del mundo de los muertos.

El agua oscura de la laguna Estigia la reconoció antes que su anfitriona.
Nemoshyne, la musa que nunca tuvo forma ni cuerpo ni voz,
abrió los ojos desde el fondo.
Y el tiempo, obediente, se detuvo.

—No se puede deshacer ningún nudo en el gran telar del universo...
tu presencia aquí rompe los esquemas de lo establecido,
pequeña Pyraustes, protectora de Asharim Thala y de Dili-Surkh,
la mortal y heredera Tamaharet...
no deberías estar aquí.

La voz de Nemoshyne era un pensamiento pronunciado dentro del agua.
Miz no respondió.
Solo miró su reflejo y vio en él todas sus formas:
Pyraustes, la mariposa de fuego;
Phylax-Mir, la serpiente emplumada;
Tamaharet, la mujer de piel oscura, esclava del tiempo y del agua.

—He intentado salvarlos… —dijo Miz, apenas un suspiro.
Una lágrima de dolor surgió de uno de sus ojos
y resbaló por su mejilla como una estrella irisada—.
He fracasado.

Una mano femenina emergió de las aguas del Estigia,
atravesando el velo del misterio de la laguna,
y tocó el pecho de la penitente.

En ese instante, una corriente de imágenes —flashbacks, memorias, visiones—
la envolvió como una marejada de luz y sombra:
cada vida, cada intento, cada pérdida,
resonando en el agua como ecos de un mismo sueño.


****

100 años antes….

El sol despuntó tímido, como si temiera la verdad que la noche había revelado.
El oasis despertaba en murmullos:
los camellos bufaban, el agua respiraba despacio,
y la familia se movía con cuidado alrededor de la tienda de Samira.

Mir estaba sentada afuera, con la manta sobre los hombros.
Tenía los ojos abiertos, pero la mente lejos,
como si alguna parte de ella aún siguiera en aquel sueño
donde hablaba con el agua y el fuego sin miedo.

El aire a su alrededor era distinto.
Más denso.
Más atento.
Como si el desierto hubiera aprendido su nombre.

Samira salió de la tienda con ayuda de Zahara.
Estaba pálida, pero viva.
Su respiración ya no ardía:
era la calma tras la tormenta.

—Gracias —susurró, tocando la mejilla de Mir con manos temblorosas.

Mir bajó la cabeza.
No sabía recibir gratitud.
En su mundo antiguo, sanar no era un acto de bondad,
era un mandato divino.

Azhir se acercó con pasos lentos, aún incrédulo.
Observó a Mir en silencio,
y su voz apenas fue un aliento:

—Tamaharët…

Mir no entendió la palabra,
pero sintió un escalofrío recorrerle la columna.
El fuego azul, su secreto, ya no era solo suyo.


---

A lo lejos, la tierra empezó a vibrar.

Los Banu Tazalim estaban acostumbrados a los sonidos del desierto:
al viento, al canto de los cuervos, al ladrido distante de los perros salvajes.

Pero eso no era viento.
Ni cuervos.
Ni perros.

Era metal golpeado contra metal.
Era hombres tragando arena a caballo.
Era la sombra de una guerra que había querido ser gloria
y terminó siendo hambre.

Azhir alzó la vista.
Sus ojos se estrecharon.

—Jinetes… —dijo con voz seca—.
Se acercan.

El corazón de Mir latió más rápido,
como si reconociera un eco del pasado.
Una voz dormida susurró en su interior:

Huye.

Pero otra, más profunda, más antigua, respondió:

No. Quédate.

Sus dedos temblaron.
Las palmas ardieron.
El fuego azul quería nacer otra vez.

Nadirah tomó la mano de Mir:
—Quédate con nosotras. —dijo—.
Ahora eres familia.

Mir la miró sin entender del todo ese concepto.
Familia.
Una palabra con calor dentro.

Ella nunca había tenido una…
Hasta ahora.


---

Del otro lado de la duna, los jinetes levantaron polvo.
Sus sombras se alargaron,
como uñas negras arañando la luz del amanecer.

La oscuridad venía hacia la luz.
Y el desierto, que había guardado silencio,
por fin empezó a respirar hondo.

Se avecinaba algo.

Algo que pondría a prueba cada paso que Mir había dado hacia la humanidad.

Y esta vez,
el fuego azul
no bastaría.

***

El aire cambió primero.
Fue un temblor leve, un suspiro que recorrió las palmeras y las hizo inclinarse,
como si el desierto entero se preparara para guardar silencio.

Mir lo sintió antes de oírlo.
Algo en su pecho se contrajo.
Giró la cabeza hacia el horizonte,
hacia las dunas que todavía dormían bajo la luz del alba.

Y allí, más allá de la última colina,
vio una sombra.
Alta. Inmóvil.
El viento no la movía.
Era como un hombre… o un dios olvidado… o algo que no pertenecía al ahora.

Por un instante, el tiempo pareció suspenderse.
Mir no sabía por qué, pero aquella presencia le resultaba dolorosamente familiar.
No era miedo.
Era reconocimiento.
El tipo de reconocimiento que solo existe entre los que alguna vez fueron uno y luego se separaron.

La sombra no se acercó.
Solo observaba.
Desde su distancia imposible, la sombra contemplaba el oasis,
como si esperara algo.
Como si ya supiera lo que estaba a punto de ocurrir.

Y entonces —el sonido.
Un trueno metálico, seco, repetido.
El eco de cien cascos rompiendo el amanecer.


Los jinetes irrumpieron desde el norte.
Polvo, gritos, acero.
El resplandor de sus lanzas cortaba el aire,
y el sol recién nacido se reflejaba en sus cascos abollados,
como si cada uno de ellos llevara una chispa de infierno sobre la cabeza.

Azhir gritó una orden.
Los hombres del oasis intentaron resistir,
pero eran pocos, y los enemigos, demasiados.

El fuego azul quiso despertar en las manos de Mir,
pero el miedo la paralizó.
La escena se volvió irreal:
Samira empujando a sus hijas hacia el interior de la tienda,
Leila cayendo al suelo con una flecha en el pecho,
Zahara gritando un nombre,
y Nadirah intentando cubrirlas con su cuerpo.

El campamento ardía.
El agua del pozo se volvió humo.
El viento traía el olor de la carne y del miedo.

Mir trató de invocar su poder,
pero el fuego dentro de ella no obedecía.
Se agitaba sin control, rugiendo por salir,
como si también temiera lo que estaba ocurriendo.

Entonces, en medio del caos,
Mir volvió la mirada hacia la colina.
La sombra seguía allí.
Inmutable.
Observando.

Y en ese instante lo comprendió:
aquello que veía no era un hombre,
ni un enemigo.
Era algo de su pasado.
Algo que había existido antes de su caída.
Un testigo, o tal vez un juez.

El desierto entero parecía inclinarse hacia esa figura,
mientras las tiendas eran arrasadas una a una.


Cuando todo se volvió fuego,
Mir corrió.
Corrió sin rumbo, sin aliento, sin voz.
Corrió con la arena clavándose en los pies y el alma ardiendo.

Detrás de ella, el oasis moría.
Sus risas, sus canciones, su hogar… todo se disolvía en el rugido del viento.
Y mientras corría, escuchó un sonido que no olvidaría jamás:
el llanto del pozo,
el mismo que una vez había despertado con luz,
ahora lloraba oscuridad.

El cielo se tornó rojo.
Y en la lejanía, la sombra seguía observando,
hasta que Mir desapareció entre las dunas.

Cuando el viento volvió a calmarse,
solo quedaban cenizas y ecos.
Y sobre una roca, en lo alto de la colina,
la sombra se movió por fin.
No caminó.
Se desvaneció.
Como si nunca hubiera estado allí.

***

Mir corrió hasta que el aliento se le volvió ceniza.
Las dunas se abrían y cerraban a su paso como olas sin fin.
Cuando por fin cayó de rodillas, el sol ya había desaparecido.
Solo quedaba el polvo rojo de la tarde
y el silencio que sigue a la muerte.

Hundió las manos en la arena.
Primero con rabia, luego con desesperación.
Las enterró hasta los codos,
como si quisiera alcanzar el corazón del mundo y arrancárselo.

—¡Devuélvemelos! —gritó,
pero su voz se quebró en un gemido que el viento devoró al instante.

Y entonces lo sintió.
El pulso.
Aquel latido oscuro, profundo, que conocía.
Dili-Surkh.
El corazón del inframundo.
El mismo que una vez custodiara cuando aún era Piraustes.

La arena tembló.
El aire se agrietó.
Una ola invisible recorrió el desierto
y el tiempo, obediente, comenzó a doblarse.


---

El mundo se quebró como un espejo.
La noche se volvió día.
El fuego azul volvió a encenderse en sus manos,
y las sombras corrieron hacia atrás,
como si el universo respirara al revés.

Mir estaba otra vez en el oasis.
Las niñas reían.
El agua caía del pozo.
Samira aún vivía.

Mir se levantó temblando.
Lo había conseguido.
Había retrocedido.
Tenía una nueva oportunidad.

Corrió hacia las tiendas, gritando,
tratando de advertirles,
de impedir lo que sabía que vendría.
Pero el destino no escucha.
El sonido de los cascos volvió a llegar, idéntico.
Los jinetes irrumpieron otra vez.
El mismo fuego.
Los mismos gritos.
La misma muerte.

Todo volvió a arder.


---

Otra vez el desierto.
Otra vez las manos hundidas.
Otra vez el pulso.
Otra vez la plegaria sin respuesta.

Y de nuevo,
el mundo giró hacia atrás.


---

Una y otra vez.
Cada intento una variación,
cada intento una herida.

Les gritaba antes,
huía con ellas,
se interponía entre las lanzas,
liberaba su fuego azul sobre los atacantes.

Nada cambiaba.
Solo el modo del final.
A veces morían rápido,
a veces lentamente.
Pero siempre morían.

El tiempo se convirtió en un círculo,
y ella, en su centro.
Una espiral sin salida.
Una condena de arena y memoria.


---

Hasta que una noche,
ya sin lágrimas,
Mir no corrió hacia el oasis.
No trató de salvarlas.
Subió a la colina desde donde había visto, por primera vez, aquella sombra.

El aire estaba quieto.
Abajo, el fuego del ataque comenzaba.
Los gritos eran los mismos de siempre.
Solo cambiaba su mirada.

Y entonces lo entendió.

La sombra, aquella figura inmóvil que observaba todo…
era ella.
Ella misma.
El reflejo de sus fracasos apilados en el tiempo.
El eco de todas las veces que había tratado de cambiar el destino.

Se vio a sí misma, abajo, corriendo, gritando,
hundiendo las manos en la arena,
como un espectro condenado a repetir su dolor.

Y la sombra que era ella,
la que observaba desde la colina,
lloró sin sonido,
porque comprendió al fin que el destino no se vence,
solo se comprende.

El viento se levantó.
El fuego azul se apagó.
Y Mir, multiplicada en infinitos instantes,
quedó sola. Quebrada. Con la mirada apagada. Con el peso de la culpa en su alma. 
Y la oscuridad, comenzó a brotar de ella…

***
El silencio del hambre

Pasaron los años y el devenir de las décadas..
Y después, el tiempo se volvió arena.

Mir caminaba sin rumbo entre las dunas que se movían como bestias dormidas.
El viento la llamaba por su antiguo nombre,
pero ella no respondía.
Había olvidado cómo hacerlo.

El sol le había robado la voz,
la arena, la piel,
y el silencio, el alma.


---

Una tarde, después de una tormenta,
encontró algo bajo el polvo del cielo:
un pequeño pájaro,
medio enterrado,
temblando con el último aliento del viento.

Su corazón diminuto latía a un ritmo débil,
como si aún esperara un milagro.

Mir lo tomó entre las manos.
Sintió la fragilidad del cuerpo,
la tibieza de la vida.
Y por primera vez en mucho tiempo,
su poder no fue un arma,
sino ternura.

Dejó que una gota de su esencia azul cayera sobre el ave,
y el fuego de la vida respondió.
El pájaro respiró, abrió los ojos,
y el desierto pareció suspender su soplo.

Mir sonrió.
Había salvado algo.
Pequeño, pero vivo.


---

Pasaron las estaciones.
Ella lo cuidó, lo alimentó con restos,
lo protegió de la arena y del frío.
El ave se volvió su única compañía,
un canto diminuto entre los rugidos del desierto.

A veces le hablaba,
le contaba historias que ya nadie recordaba,
y el pájaro inclinaba la cabeza,
como si comprendiera.

Era lo más cercano a un hogar que había tenido desde la caída.

Pero la soledad tiene hambre.
Y el hambre tiene voz.


---

El cuerpo de Mir empezó a debilitarse.
Su fuego interno se apagaba,
y sus manos temblaban incluso al sostener el agua.
Llevaba días sin comer.
El pájaro dormía,
acurrucado entre sus plumas.

Y entonces la culpa comenzó a respirar dentro de ella.
No el hambre.
La culpa.

La culpa de no haber salvado a la familia.
La culpa de estar viva cuando todos estaban muertos.
La culpa de ser guardiana de un poder que no pudo proteger.

La culpa se le metió en los huesos,
y la voz interior —esa que solía ser fuego—
se volvió susurro de sombra.


Una noche, el pájaro cayó, débil, sin fuerzas.
Mir lo tomó en las manos,
temblorosa.
Podía curarlo.
Podía salvarlo.
Pero tenía hambre. Mucha hambre. Aquella cosita indefensa parecía tan tierna y jugosa….


Entonces, cerró los ojos y se lo comió.
Aquella injesta calmo su ansía por un momento. Todo aquel diminuto alimento, le dio toda la fuerza que precisaba por entonces.


La culpa se volvió materia,
una sombra viva que se le pegó al corazón. La oscuridad crecía y crecía en su interior. 

Y el desierto, sabio y silencioso,
no la juzgó.
Solo la observó seguir caminando,
con el alma partida
entre la vida y el remordimiento.

***

El niño del desierto

El sol moría sobre las dunas,
pintando el mundo de un rojo cansado.
El viento traía olor a hueso y silencio.

Entre la arena, un niño caminaba solo.
Los labios partidos, los pies desnudos,
y la mirada perdida en un horizonte que no terminaba nunca.

Su nombre era Emir,
aunque ya nadie quedaba para pronunciarlo.
Buscaba una sombra que no existía,
un eco de risas que el desierto había devorado.


Desde lo alto,
algo lo observaba.

Una sombra alada, serpenteante,
que cortaba el aire con el rumor de un trueno contenido.

Mir o Phylax -Mir 
La serpiente emplumada.
El fuego encarnado en carne de culpa.

Su vuelo era lento, pesado,
como si cada batir de alas doliera.
Y sin embargo, al ver al niño,
algo oscuro —muy antiguo— despertó en ella.

El hambre. Otra vez. Un hambre atroz. Una ansiedad que reclamaba su tributo de carne para poder sobrevivir en el imperio del sol y las dunas infinitas.

Recordó el sabor del pajarillo,
la tibieza de la vida bajo su lengua. Lo sabroso. Lo tierno y dulce de una carne débil y moribunda. Pero está era más grande que la anterior. Más fácil de catar. Una presa desorientada y libre de cualquier responsabilidad. Los ojos se tornaron depredadores y la adrenalina tenso los músculos del cuerpo serpenteante de Phylax -Mir. Entonces… ¡descendió!


El niño cayó al suelo, agotado.
Apenas tuvo tiempo de mirar hacia arriba
antes de que la sombra lo cubriera.

Mir lo envolvió con su cuerpo serpenteante,
sintiendo la fragilidad de aquel pequeño pulso.
Una parte de ella —la humana— tembló.
La otra —la oscura— susurró:
“Es solo carne. Es fuerza. Es supervivencia. Es tan solo…silencio.”

Pero cuando lo miró a los ojos,
vio en ellos algo imposible:
un reflejo de Asharim Thala,
la lágrima sagrada que una vez había custodiado.
El niño tenía la misma inocencia,
la misma luz, y lo poco celestial que le quedaba a ella, la contuvo. Y los colmillos retrocedieron hasta llegar a ser simples incisivos de herbívoro.

Mir se detuvo y se aferró a la piedad.
Finalmente, la compasión ganó.
Mir alzó al niño,
y lo llevó a su guarida,
una cueva abierta entre las rocas del desierto.

Pasaron horas...
El niño despertó sobre un lecho de arena tibia.
A su lado, una hoguera azul respiraba.
Y frente a él, una mujer.
De ojos que no eran humanos,
ni del todo divinos.

—¿Quién eres? —preguntó él, con voz débil.

Mir lo observó largo rato antes de responder:
—¿Qué es lo que más deseas? —le preguntó.

—Quiero… volver a ver a mi familia —dijo el niño.

Mir lo miró,
y un temblor recorrió su piel.
El deseo era puro,
y en su pureza había un eco que el universo no ignoró.

El aire se quebró.
El mundo se dobló sobre sí mismo,
y el fuego azul se convirtió en un río de luz.
Cuando el silencio volvió,
ya no estaban en la cueva.

El sol brillaba alto sobre las tiendas del oasis.
Las voces familiares resonaban.
El niño se quedó inmóvil,
las lágrimas cayéndole como perlas.

—¡Mi familia! —gritó, y corrió hacia ellos.

Mir, aún en forma de serpiente emplumada,
lo observó desde la sombra de una palmera.

 —le advirtió con voz que temblaba—:
hoy los abrazarás,
pero mañana volverá a ocurrir lo mismo.
Nada puede cambiar el curso del tiempo.

El niño se detuvo, paralizado,
y su llanto se mezcló con el viento. No lo entendía. Tal vez si. Tal vez fue miedo. O tal vez por alguna razón sabía que ella tenía decía la verdad.

Entonces, Mir cambió de forma.
Volvió a ser mujer.
Se acercó y lo tomó del rostro.

—Ahora que lo has comprendido…
si pudiese concederte un deseo,
¿qué es lo que más desearías?

El niño la miró,
con una madurez que no correspondía a su edad.

—Si no puedo tener lo que he perdido,
entonces enséñame lo que tú sabes.

Mir asintió.
El hambre cesó. La oscuridad se durmió.
De momento….

***
La gema del tiempo “Zafira al Zaman” 

Los años pasaron, o parecieron pasar.
En el desierto el tiempo no avanza,
solo se transforma.

Mir enseñó a Emir a escuchar el pulso de la tierra,
a oír el canto del agua dormida,
a leer los símbolos del viento.

Le habló de la ingeniería celestial,
de cómo cada ser, roca o estrella,
tiene una vibración que sostiene el equilibrio del mundo.


El niño creció. 
Su voz se volvió sabia,
su mente aprendió a captar la esencia de los objetos.
 ¿Su oficio? Carpintero.

Entonces llegó Dalia,
que portaba en una caja majica que Emir construyó, dentro una gema que brillaba:
la Gema del Tiempo” Zafira al Zaman” .

Emir la observó fascinado. La capacidad de 
 detener la muerte, de cómo invertir los días, de como cambiar el destino de todas las cosas.


Pero Phylax -Mir, sabía que era Zafira al Zaman y lo que conlleva manipular el tiempo. Mir conocía demasiado bien todo eso….

—No la escuches —le advirtió—.
¡El tiempo no se domina, no sé puede cambiar el destino de las cosas!

Pero Emir era joven,
y la promesa de comprender lo imposible
brillaba más que cualquier advertencia.

Mir, movida por el miedo,
corrió hacia él.
Lo tomó entre sus brazos,
y antes de que tocara la gema
lo besó en los labios.
Y entonces…

…El mundo se quebró.
Y ambos fueron arrastrados a un plano intermedio, donde el tiempo no fluye, solo contiene y suspira.

Allí, Mir, en aquella nada, lo sostuvo con ternura, como una estrella que perdía su brillo . 

La oscuridad lo envolvía todo.
No había lugar, ni arena, ni tiempo. Solo vacío.

Ante Emir flotaba una luz irisada, vibrante. Un faro con una luz a punto de menguar.
 Era apenas un fulgor: una pequeña estrella perdida en la negrura.

Y, sin embargo, la sintió hablar dentro de él:

—No puedes cambiar el destino, Emir… Si lo intentas, todos los que he ayudado acabarán sufriendo. Y yo… dejaré de existir.

El muchacho flotaba en aquel océano oscuro, sin suelo bajo sus pies, y aun así, por primera vez, no sintió miedo.
Aquella luz era el único calor en medio de tanta soledad.

—¿Por qué me has besado? —preguntó, con la voz quebrada.

La estrella titiló, y el silencio se extendió como una herida.
Miz tenía dos caminos:
guardar el secreto y dejar que todo ocurriera como estaba escrito,
o revelar su verdadera identidad.

Sabía lo que eso significaba.
Si lo hacía, su destino quedaría ligado al de Emir para siempre.

Y aun así… la luz dio un paso hacia él.

La luz irisada titilaba como un corazón cansado en medio de la nada.
La voz de Miz se quebró al pronunciar lo inevitable:

—Ahora yo soy tuya… y mi poder se desvanece mientras permanezcamos aquí, los dos. La decisión es tuya, Emir. Aceptarme… o dejar que me disuelva para siempre.

El muchacho temblaba en aquella oscuridad infinita.
—No puedo permitir que te vayas… —murmuró—. Además… no sé cómo salir de aquí.

Un resplandor cálido recorrió la negrura, y Miz respondió, suave, como un eco en su pecho:

—No te preocupes… eres un mortal. Volverás al momento preciso en que ibas a tocar la gema del tiempo. Pero cuando lo hagas… despertarás algo que ni los dioses podrán controlar.
Mi destino siempre fue este: fundirme en la nada.
Pero recuerda… si cambias el destino, si alteras los acontecimientos… todo el telar se vendrá abajo.

La luz comenzó a apagarse lentamente.
En la distancia, como a través de un sueño, Emir escuchó la voz de Dalia llamándolo, intentando arrancarlo de aquella visión.

—Y si… te acepto? —preguntó, con la voz rota.

El fulgor titiló, débil.
—¿Harías eso por mí?…

La luz se extinguía cada vez más, como un suspiro que no quería morir.

—¿Qué debo hacer?… No sé qué debo hacer… —clamó Emir.

La voz de Miz fue apenas un aliento suspendido en la nada:
—Solo… eli…

Y la luz se apagó del todo.
Emir había vuelto al mundo de los mortales. Y Mir terminó la frase…— Solo elige....me …—

El tiempo había terminado.
La maldición de la caja de Anshara había cumplido con su compromiso. Mir o Phylax -Mir 
descendió al Inframundo.

***

En el inframundo 


Mir permanecía de rodillas,
la cabeza baja, los ojos cerrados de dolor.
De sus labios escapó un susurro que no buscaba respuesta:

—Elígeme… —dijo, dejando caer una lágrima otra vez,
como si estuviera de nuevo frente a Emir,
como si él pudiera escuchar esa palabra cargada de sentimiento y verdad.
Pero en su lugar, Nemoshyne tenía la palma de su mano de musa
sobre el pecho de Mir.

Nemoshyne apartó la mano.

Vio a la niña que lloraba entre dunas,
a la serpiente que abrazaba al niño perdido,
a la mariposa que custodiaba el corazón de Hades.
Vio su hambre, su culpa, su amor, su renuncia.
Y en cada fragmento descubrió un hilo invisible
que conectaba su dolor con la armonía del todo.

La culpa de Mir no era una mancha:
era el tejido que mantenía unido el universo.
Su caída no había sido error,
sino el precio de la continuidad.
Porque sin ella, sin ese corazón que había aprendido a arder y a apagarse,
no existiría la misericordia.
El telar mismo del cosmos se desharía
sin un punto de dolor donde las almas pudieran redimirse.

Nemoshyne retiró lentamente su mano.
El agua goteó de sus dedos,
como si el tiempo volviera a fluir.

Mir alzó la vista.
Sus ojos, antes vacíos, ahora reflejaban una chispa de comprensión.

—No te equivoques, hija del fuego —dijo la musa—.
Tú no has sido un error, sino la costura que sostiene lo que existe.
Si tú desapareces, la red se romperá,
y el silencio devorará incluso a los dioses.

—El Dios del Inframundo aún aguarda su corazón —continuó Nemoshyne—.
Y tú eres el camino para devolverlo.
Tu misión no ha terminado.
Emir debe llegar a Asharim Thala,
y solo tú puedes abrirle el paso.

Mir cerró los ojos.
Por primera vez no lloró.
El fuego en su pecho se avivó,
y el Estigia respondió con un murmullo luminoso.
El agua y la llama se reconocieron como hermanas.

Nemoshyne la miró con ternura.
Era la primera vez que una musa sentía compasión.
Y con voz apenas audible, pronunció:

—Vuelve, Phylax-Mir.
El cosmos aún te necesita.
Tú eres el equilibrio entre lo que arde y lo que fluye.

La laguna se abrió como un espejo quebrado,
y Mir fue envuelta por una luz dorada que ascendía.
Mientras desaparecía,
el agua susurró su nombre como una plegaria.

Y Nemoshyne, sola otra vez,
miró sus manos temblar.
Sabía que había desobedecido las leyes eternas.
Pero también sabía que el orden solo existe
mientras haya alguien capaz de amar lo imperfecto.

Nemoshyne alzó la voz, y su eco atravesó planos y tiempos:

—¡Tú no deberías estar aquí!

Un zumbido tan potente como una supernova
y tan veloz como un suspiro rompió el aire.

***

El renacer de Miriam

(Época de Ciro I, rey de Persia)

Mir abrió los ojos.
El fuego azul había desaparecido.
Sus manos, cubiertas de arena, sostenían un cántaro de barro.
El viento olía a especias, cuero y humo de leña.
Y las voces que oía ya no eran las de los muertos,
sino las de un campamento humano.

Se incorporó despacio.
El sol del amanecer le quemó los párpados.
Un reflejo de su propio nombre vibró en su mente,
pero no era Mir.

Ahora era Miriam,
sirvienta en el campamento de Ramir ad Luan.

El bullicio la envolvía:
telas persas agitadas por el viento, caballos relinchando,
aromas de pan y aceite mezclados con el hierro de las armas.
El rugido distante de los tambores marcaba el paso de una gran marcha.
A lo lejos, los estandartes de Persia ondeaban sobre el horizonte,
y el rumor de las caravanas recorría el aire.

Miriam dejó el cántaro en el suelo.
El agua se agitó apenas, reflejando el resplandor del amanecer.
Alzó la vista y contempló el inmenso campamento extendiéndose hasta donde alcanzaba la mirada,
una marea de tiendas, lanzas y camellos que se dirigía hacia Sharim-Tara,
el enclave donde, sin saberlo, aguardaba Emir.

El corazón le latía con una fuerza desconocida.
No era solo cansancio ni emoción:
era presencia.
Sintió en su pecho una energía más poderosa que antes,
como si algo dormido hubiera despertado.

Sus manos comenzaron a temblar.
Y entonces lo percibió.
No necesitó tocar la tierra ni invocar su fuego:
bajo su piel, entre los huesos y la sangre,
podía sentir el latido del corazón de Hades,
el antiguo Dili-Surkh,
palpitando de nuevo en ella.

***

Nemoshyne:

El alma que renace no recuerda el motivo de su regreso,
pero el universo sí lo recuerda por ella.
La calma no está en entender el propósito,
sino en caminar dentro de él sin miedo.

La ataraxia no es ausencia de movimiento,
sino danza sin resistencia:
la quietud del fuego que acepta su propio arder.

Todo lo que el agua toca, lo recuerda.
No importa si cambia de forma, si huye o se eleva:
en su interior guarda la huella de lo que ha sido.

Así ocurre también con las almas:
olvidan los rostros, pero no los latidos.
Por eso, cuando el corazón vibra ante lo desconocido,
no es miedo: es reconocimiento.
Es la materia recordando lo que el espíritu ya sabía.

Y entonces, por un instante, el universo se calma.
El agua y el fuego se miran sin juzgarse.
El dolor deja de ser herida y se vuelve raíz.

No hay alma pura que sostenga el mundo.
Solo aquellas que han caído y aprendido a perdonarse
pueden mantenerlo en pie.

El equilibrio no es una línea,
sino una oscilación constante entre la culpa y la luz.
Quien comprende eso deja de buscar la perfección
y se convierte en parte del orden.

Ese es el secreto de la calma eterna:
no huir del error,
sino abrazarlo hasta que deje de doler.

¿No creen?

***



© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.




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