Bitácora de Nemoshyne · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 10) DarashGat: La Puerta del Desierto.


 DarashGat: La Puerta del Desierto

Nemoshyne:

A veces, cuando la luz se vuelve demasiado brillante,
algo en nosotros busca instintivamente un lugar donde esconderse.
No es miedo.
No es cobardía.
Es… preservación.

La sombra nace así:
en el borde donde la luz deja de alcanzarnos.

Al principio es pequeña, casi un reflejo,
una silueta detrás de nuestros pasos,
un murmullo que evitamos escuchar.
Pero cuanto más huimos de ella,
más empeñada está en seguirnos.

Porque la sombra sabe cosas que nosotros preferimos olvidar.

Conserva cada palabra que no dijimos,
cada lágrima que no permitimos caer,
cada impulso que sofocamos para encajar,
cada deseo que enterramos para parecer mejores.

Y espera.
La sombra siempre espera.
Con la paciencia de algo que no envejece.

Hay quienes pasan la vida entera huyendo de ella,
creyendo que la oscuridad dentro de ellos es un enemigo.
Y sin embargo,
lo que la sombra quiere no es destruirnos,
sino completarnos.

Pero para eso…
hay que atreverse a mirarla.
A reconocer que no todo lo que está en la oscuridad es peligroso,
y que no todo lo que brilla
es un refugio.

El día en que por fin la enfrentamos,
en que dejamos de correr
y dejamos que se siente a nuestro lado,
descubrimos que no quería lastimarnos.
Solo mostrarnos lo que habíamos negado,
lo que habíamos perdido,
lo que aún podríamos ser.

Porque al final…
¿cómo puedes conocer tu luz
si jamás has hablado con tu sombra?

***

Nemoshyne:

Cuentan los ancianos

que hubo un tiempo en que Persia aún no era un imperio.

Antes de que los navíos persas cruzaran el Helesponto como un enjambre de sombras hambrientas,

antes de que los Inmortales hicieran temblar Grecia con el eco de sus pasos…

solo existía un reino joven, áspero, pobre…

y extraordinariamente ambicioso.

Un reino que aún no sabía

que estaba destinado a cambiar el mundo.

En los días de Ciro I, abuelo de la futura reina Atosa,

Persia no era más que un fragmento disputado entre tribus, mercaderes y pequeñas cortes rivales.

Un país sin rutas de comercio, sin oro, sin aliados.

Un reino que sobrevivía más por tozudez que por fortuna.

Pero Ciro veía más allá de sus colinas.

Sabía que su pueblo no necesitaba alianzas:

necesitaba un milagro.

Y ese milagro llegó en forma de un objeto imposible.

Una caja negra, lisa como obsidiana, sin abertura ni cerradura,

traída por un soldado moribundo que juraba haberla encontrado

guiado por un sueño.


Los sacerdotes la temieron.

Los sabios la estudiaron.

El visir quiso enterrarla.


Pero Ciro I dijo solo una frase:

> “Tal vez los dioses, cansados de los reyes cobardes,

han puesto un enigma en mis manos.”

La caja no podía abrirse…

hasta que apareció un joven carpintero llamado Emir.


Y entonces habló.

Tres seres surgieron:

un jaguar de sombra,

un ave de luz,

y una diosa que dormía en una estatua.


Tres profecías.

Tres rutas.

Tres promesas:


Un tesoro digno de un emperador.

Un saber digno de un emperador.

Un manantial que apagaría la sed de generaciones.


Aquel descubrimiento cambió el destino del reino.

Y aunque la historia lo ocultó bajo campañas, batallas y conquistas…

el imperio nació de esa caja.


Muchos años después,

cuando Darío reinaba y Persia ya era dueña del mundo conocido,

Atosa buscó la verdad que ni cronistas ni sacerdotes se atrevían a escribir.


“¿De dónde salió el oro que levantó nuestro imperio?

¿Qué secreto llevó a mi abuelo a buscar más allá del horizonte?

¿Qué ocultan los silencios de Ciro I…

y los silencios de mi padre?”


La respuesta tenía un único nombre,

susurrado solo en pesadillas,

escrito solo en tablillas rotas...



Asharim Tala.

“ El Alijo digno de un emperador" 

Cuentan los ancianos que hubo un tiempo en que Persia aún no era un imperio.
Pero antes de esa historia… hubo una noche.

El viento del desierto gemía como un animal herido, arrastrando arena y oscuridad entre las dunas.
En medio del manto negro, una figura avanzaba tambaleándose, más sombra que hombre.
Cada paso era un latido a punto de romperse.
Sus labios estaban agrietados, su piel hecha polvo, y sus brazos sostenían un trapo sucio, envuelto con la devoción de un padre que protege a un niño febril.

Nadie entendía cómo seguía en pie.

Cuando las puertas de Anhsan se abrieron ante él, los centinelas bajaron las lanzas con incredulidad.
El hombre se desplomó sobre las losas del patio, dejando un rastro de sangre seca y arena.

—¿Cómo te llamas? —alcanzó a murmurar un guardia.

El soldado alzó la cabeza, como si no le quedara alma suficiente para sostener el cuerpo, y susurró:

—La encontré…

***

En ese entonces, Persia no era un gigante.
Era un reino vulnerable, desgarrado por dentro y presionado por fuera.

Las calles de Anshan hervían con discusiones y deudas.
Los pozos se secaban antes del verano.
Los mercados tenían días sin pan y noches sin agua.
Las caravanas evitaban las rutas persas porque no había nada que ganar en ellas.

Las familias antiguas —los Imuharín, los Bendayas, los Azhura, los descendientes de los Tuareg del Este—
ya no confiaban en la corte.
Cada clan se defendía como podía, aislado, protegiendo sus propios pozos,
sus propios campos, sus propios muertos.
Un reino dividido… no es un reino.

Y la tensión no venía solo desde dentro.

Media vigilaba las fronteras con la paciencia de un depredador hambriento.
Babilonia exigía tributos que Persia apenas podía pagar.
Lidia, rica y engreída, controlaba el comercio como una mano cerrándose lentamente alrededor del cuello persa.

Un mal invierno, una mala cosecha más…
y Persia sería devorada sin que nadie recordara su nombre.

Ciro I lo sabía.
Sentía la desesperación de un rey sin tiempo y sin recursos.

¿Cómo unificar a los clanes?
¿Cómo convencer a los guerreros del desierto, a los nobles orgullosos, a los pastores cansados,
de luchar bajo el mismo estandarte?

Palabras no bastaban.
Promesas tampoco.
Ni siquiera la sangre de los reyes servía ya.

Persia necesitaba un símbolo.
Algo imposible.
Algo que ningún otro reino pudiera reclamar.
Un poder tan antiguo que las familias más viejas —incluso los Imuharín—
se vieran obligadas a escuchar.

Persia necesitaba un milagro.

Y ese milagro… estaba a punto de llegar,
con los pies destrozados de un soldado agonizante que se desplomó ante las puertas de la residencia de Ciro I.

—Llevad… llevadme ante el rey… —susurró con su último aliento.

Y entonces sus ojos se cerraron.


***


Cuando llevaron al soldado al gran salón, el trapo quedó a los pies del trono como un trozo de noche arrancado del desierto.

Los sacerdotes fueron los primeros en acercarse. Uno apartó apenas el paño… y al ver lo que ocultaba, retrocedió con un grito ahogado.

Los demás se persignaron.

—No… no puede ser —murmuró el anciano astrónomo—. Esto… esto recuerda a los relatos de los helenos.

—¿A qué relatos? —preguntó Ciro, sin apartar la vista de la caja.

El sacerdote tragó saliva.

—A los mitos de Occidente, majestad…
A la obra de Gea, la Madre Tierra, cuando encerró fuerzas que ni los dioses podían dominar.
A Hefestos, que forjó vasijas selladas para contener aquello que no debía respirar entre los vivos.

El sabio más joven añadió con voz temblorosa:

—Los griegos hablan de contenedores malditos… cofres sin cerradura, creados para guardar calamidades. Dicen que abrir uno… es tentar al propio destino.

El sumo sacerdote dio un paso adelante, aterrorizado.

—Mi señor… no os atreváis. Puede que esta caja sea una de aquellas reliquias prohibidas.
Si la abrís… podríais desatar algo que ningún reino bajo el cielo podría contener.

Los consejeros cuchicheaban como si un fantasma caminara entre ellos.

—Arrojadla al desierto —rogó uno.
—Enterradla en un templo sin nombre —imploró otro.

Pero Ciro I no se movió.

La luz de las antorchas dibujaba sombras en su rostro cuando se llevó la mano a la barba, pensativo, con esa chispa peligrosa que los sacerdotes temían.

Finalmente murmuró:

—O tal vez… —dijo con una media sonrisa— los dioses han decidido poner un enigma en mis manos.

Los cuchicheos se hicieron aún más frenéticos.
El visir, pálido como un pergamino recién blanqueado, dio un paso al frente y se inclinó profundamente.

—Mi señor… —susurró con un temblor casi imperceptible— ruego permiso para hablar.

Ciro no apartó la vista de la caja.
Apenas movió la mano, permitiendo que continuara.

—Existe alguien… —prosiguió el visir— alguien que quizá pueda comprender este misterio.
Un hombre que abrió aquello que no debía abrirse…
y que hizo posible lo imposible.

Los sacerdotes lo miraron con horror, pero el visir ya había dado el paso definitivo.

—Traed al reo.
Al carpintero.
A Emir…
el que construyó el regalo de vuestra hija, la princesa Dalia.

Ciro levantó una ceja, interesado.
Los guardias se tensaron.

La caja, negra e insondable, parecía esperar.

***
Los rumores crecieron rápido, como los incendios que nacen de una chispa perdida.
Unos decían que un terremoto había desenterrado aquella caja.
Otros juraban que la luna la había dejado caer, como si el cielo quisiera deshacerse de ella.

—¡Saitán! —cuchicheaban algunos, persignándose.

Y hubo incluso quien afirmó haberla visto moverse bajo el trapo…
respirar…
latir…
como si estuviera viva.

Eran buenos sabios, hombres medianamente rectos, pero sus corazones estaban inquietos.
Nada bueno podía contener una caja construida por un dios jónico como Hefestos.

El miedo les cegaba.
O tal vez no…

Pues ellos sabían —aunque lo negaran en voz baja— que mucho antes de reyes, imperios y profecías, una diosa griega, cuyo nombre se desgastó en la memoria del mundo, había cometido un sacrilegio silencioso.

Robó poder a los dioses.
Desafió a quienes gobernaban el Caos y el Tiempo.
Y forjó un cofre para encerrar aquello que no debía despertar jamás.

Algo anterior al Caos.
Más íntimo que el Tiempo.
Un mal tan profundo que incluso los dioses evitaban pronunciarlo.

La misma caja que Hefestos templó en las forjas donde nace la luz.
La misma caja donde Gea selló a los Djinn para que ningún dios volviera a temer la noche.
La misma caja que Pyraustes rozó , envenenándose hasta transformarse en Phylax–Mir.
La misma caja que fue entregada a la reina Omotonoke cuando Tariq al-Safir le confió la Gema del Tiempo.

Ese cofre prohibido, sellado más allá de la voluntad de los mortales…

ahora descansaba sobre un pedestal en la corte de Anshan.

Y esperaba a ser abierto.

Pero el silencio murmuraba preguntas que nadie se atrevía a poner en voz alta:

Si los Djinn fueron encerrados en la Caja de Anshara…
¿cómo era posible que uno hubiera actuado con libertad todos estos años?

¿Quién era aquel supuesto Djinn?

¿Y qué fuerza llevó al soldado a soñar con la caja
y a caminar hasta Del-el-Zamin para traerla a su rey?

***

Fue entonces cuando trajeron a un joven encadenado:
Emir, hijo del desierto, carpintero de manos humildes y ojos extrañamente atentos.

El muchacho no tocó la caja al principio.
Ni siquiera la miró durante un largo tiempo.

Solo la escuchó.

Y eso bastó.

El aire vibró, tenso como la cuerda de un arco recién tensado.
Las antorchas parpadearon.
El suelo del salón tembló… como si algo antiguo despertara bajo la piedra.

Y entonces ocurrió.

Tres criaturas.
Tres misterios.
Tres rutas.

Cada una reveló una parte del mismo destino:

El Jaguar

> “En el horizonte, siguiendo el sol de la noche hasta el cañón de la Media Luna, yace Del-e Zamin, el corazón de la tierra.
Allí aguarda el tesoro más grande que ojos humanos hayan contemplado en generaciones: el alijo digno de un emperador.”


El Simurgh

> “En el desierto del Sur encontrarás el Océano de Fuego.
Sigue el lado opuesto al sol de la noche, justo en el cinturón del cazador, y allí hallarás el saber digno de un emperador.”



Anahita

> “Os revelo el paradero de la mayor fuente sagrada que un emperador pueda poseer.
Atravesad el Egeo por el Helesponto… arrodillaos ante la soberana del mundo…
y obtendréis las aguas de un manantial que apagará la sed de millones de generaciones.”



El salón quedó en silencio.
Los consejeros no respiraban.

Ciro I comprendió, con un estremecimiento, que lo que había llegado a sus manos no era un tesoro…

era un llamado.

Un camino que ningún rey había recorrido antes.
Un mapa que no estaba trazado en pergamino, sino en mito.

Y en el centro de ese mapa estaba él.
Y estaba Emir:

el único capaz de abrir lo imposible.

***

Ciro I comprendió entonces que no se trataba de un cofre. Sino de un mapa.

Un mapa hacia aquello que podía transformar su reino pobre en un imperio. Hacia tesoros jamás vistos. Hacia conocimiento prohibido. Hacia agua eterna en tierras sedientas.

Eligió a su mejor general, Ramir ad Luan.
Eligió a un grupo de hombres marcados por la audacia.
Y eligió, muy a su pesar, a Emir…
el único capaz de abrir lo imposible.

La expedición partió al amanecer.
El reino contuvo la respiración.

***


Expedición hacia Asharim Tala. 
Campamento Ramir ad Luan: Tras la tormenta…

Cuando al fin la tormenta cedió, el silencio cayó pesado.
El mundo parecía recién creado: dunas nuevas, montículos donde antes no había nada, y un olor extraño, metálico, como si la tierra hubiera sangrado bajo la arena.

Tres días tardó la expedición en recuperar el aliento.

Y solo entonces, cuando el sol naciente encendió el horizonte, apareció ante ellos DarashGat.





 DarashGat: La Puerta del Desierto

La sombra imponente de DarashGat se alargaba sobre la arena.
La gran roca perforada, erosionada por siglos de viento, parecía una boca de piedra abierta al desierto.
La luz del amanecer atravesaba el arco natural y dibujaba un rayo estrecho que apuntaba hacia el oeste, marcando el camino que solo unos pocos se atrevían a cruzar.

Allí, bajo la protección mínima que ofrecía aquella piedra gigantesca, en el interior de la carpa con el símbolo del Gopat cosido en la tela, el comandante Ramir ad Luan reunió a sus hombres.
El guía del desierto Barak,
el escriba Tupšarru Hamek,
dos haurabban,
la veterana Namtara y dos šāqītu jóvenes —una de ellas Samtu y Yara—,
además del capitán militar Ardashir.

El papiro antiguo protegido con cuero curtido artesanía tipica del reino de Harzaban, reposaba sobre una mesa improvisada de madera, apenas protegida del viento.
Yata por un momento pudo ver un símbolo en una de las esquinas: “T”, o “J”, no pudo apreciarse muy bien, por lo pequeño que era. Simplemente se quedó con ese símbolo en la retina.


La carpa del comandante Ramir ad Luan se alzaba como una fortaleza de lona enmedio del campamento. Su sombra se extendía sobre la arena como un presagio, y dos braseros humeantes perfumaban el aire con resina y hierro caliente. Dentro, el silencio reinaba con el peso de un juramento antiguo.

Ramir estaba de pie tras una mesa baja, iluminado por la luz trémula de las lámparas de aceite. Su figura era firme como un muro de granito; su mirada, una orden antes de ser pronunciada.

Barak, endurecido por años de desiertos que habían olvidado su propio nombre, aguardaba con los brazos cruzados. A su lado, el escriba Tupšarru Hamek, encorvado y solemne como un cedro milenario, sostenía la tablilla de Tariq al-Safir con manos que parecían conocer historias que ningún hombre debería recordar.

Ardashir permanecía rígido, el puño cerrado sobre la empuñadura de su espada. Yara, Samtu y Namtara aguardaban al fondo, sentadas junto a los odres y los recipientes de arcilla, con la disciplina silenciosa que solo las mujeres encargadas del agua poseen.

Ramir rompió al fin el mutismo.

—Comencemos.
Su voz cayó como un hacha sobre madera seca.

Hamek dio un paso al frente, inclinó la cabeza ante su comandante, y habló:

—El primer tramo, señor… Rig-e Azhdahâ.
—La Arena de la Gran Serpiente —murmuró Ardashir, como quien nombra una tumba.

Hamek asintió.

—El nombre no es leyenda ni bestia. La tierra allí se mueve bajo los pies. Nada permanece quieto; la arena respira. Si una caravana se detiene, si su peso se dispersa… —bajó la voz— la tierra la devorará.

Ramir se apoyó sobre la mesa.

—¿Cuáles son nuestras opciones?

Barak habló entonces, con un tono grave, sin prisa, como si cada palabra saliera de la boca misma del desierto:

—Hay un corredor de roca dura, estrecho, quebrado, casi oculto bajo los médanos. Un hombre puede pasar. Un camello, con esfuerzo. Un carro… quizá ninguno.
Pero es eso o perder vidas.

Ardashir apretó la mandíbula.

—¿Y si parte de la caravana queda atrapada?

El guía lo miró sin vacilar.

—Entonces invocaremos el Šiyati-Dar, mi señor.

Un escalofrío recorrió la carpa.

Samtu, que había permanecido en silencio, levantó la mirada. Yara dejó de atar el odre que tenía entre manos. Incluso Namtara, que raramente mostraba emoción, cerró los ojos un instante.

Hamek murmuró, como si el nombre mismo cargara siglos de polvo:

—Šiyati-Dar…
“La Separación de la Sombra”.

Ramir alzó la vista hacia el guía.

—Explícalo para todos, Barak.

—Como ordene, comandante.
El hombre respiró hondo.
—En Rig-e Azhdahâ, nadie puede detener a la caravana. Si un hombre, mujer o bestia cae en la arena… nadie debe ir tras él.
La columna seguirá avanzando.
Las pérdidas… serán aceptadas.

Ardashir golpeó la mesa con un puño.

—¡Maldita sea! ¿Pretendes que abandonemos a nuestros propios hombres como si fueran huesos sin nombre?

Barak no retrocedió.

—Pretendo que crucemos vivos, capitán.

Un silencio largo cayó, como si la carpa misma contuviera el aliento.

Ramir finalmente habló:

—El Šiyati-Dar se aplicará solo si es absolutamente necesario.
Pero se aplicará.

Las tres mujeres intercambiaron una mirada silenciosa.

Namtara se levantó con dignidad.

—Entonces deberemos llenar el doble de odres —declaró—. Rig-e Azhdahâ nos robará fuerzas y aliento. Ninguno cruzará sin agua suficiente.

Ramir le sostuvo la mirada y asintió, una aprobación solemne.

—Hacedlo. Al tercer día al alba iniciaremos la expedición.

La carpa volvió a inclinarse con el rugido distante del viento nocturno. Afuera, el desierto esperaba.

Y dentro, por primera vez desde que comenzó la expedición, todos comprendieron que ya estaban caminando sobre el filo de la muerte

***
Durante dos días, el campamento de Ramir ad Luan permaneció asentado junto a las dunas hundidas por la tormenta. Lo suficiente para administrar suficientes víveres para atravesar el Rig-e Azhdahâ.

Los soldados pasaban las mañanas limpiando las armaduras con aceite rancio, vaciando los cuencos donde se había acumulado arena, cepillando los camellos que todavía escupían frustración.
Las tiendas permanecían medio cerradas, tensadas para expulsar el peso fino del desierto.
Las šāqītu —las portadoras de agua— ayudaban a lavar la arena incrustada en los odres y recogían lo que había quedado útil tras la tormenta.
El campamento parecía un pueblo cansado tratando de recordar quién era antes de que la arena lo cubriera todo.

Ramir ad Luan, sin embargo, no descansó.

En el corazón del campamento, su tienda se mantenía erguida como una columna de piel sableada.
Dentro, la luz provenía de dos lámparas de aceite colgadas en ganchos de bronce: suficiente para iluminar la mesa de viaje, pero no tanto como para que los hombres desde fuera pudieran leer sus expresiones.

Sobre la mesa, extendida con cuidado, descansaba la tablilla de Tariq al-Safir.
Un mapa que no era mapa.
Una guía que no era guía.
El relato endurecido de un hombre que solo volvió del desierto para morir.

Ramir había pasado horas repasando los tramos marcados en ella:

Rig-e Azhdahâ,
la Arena de la Gran Serpiente, donde la tierra se movía como un monstruo dormido.

Khârbagh-e Gazhdud,
las raíces secas donde el escorpión moteado reinaba.

El Océano de Fuego,
tres días sin agua, donde incluso la sombra moría.

El Cañón de la Media Luna,
el cuello de piedra donde la caravana podía quedar atrapada para siempre.

Del-e-Zamin,
“El Corazón de la Tierra”,
donde Tariq dejó de escribir.

Ramir frunció el ceño.
Las lámparas temblaban con la brisa que se escapaba por la costura de la lona.
Sabía que estaban retrasados:
una tormenta podía perdonarse.
El desierto, no.

Fue entonces cuando la entrada de la tienda se abrió con brusquedad.

Un soldado joven —demasiado joven para tener cicatrices tan profundas en la voz— se inclinó con torpeza.

—Comandante… —tragó saliva—. Hay hombres indispuestos. Tres, quizá cuatro. Fiebre, espasmos… dicen que no es cansancio. Podría ser… una enfermedad.

Ramir levantó la vista lentamente.
Los ojos del general eran como los filos de sus propias dagas: cortaban antes de matar.

—¿Una enfermedad? —repitió, sin emoción—. ¿Y qué esperan? ¿Que me siente a rezar hasta que les pase? ¿O que permanezcamos aquí, plantados como adelfas, a que el desierto nos trague vivos?

El soldado palideció.

—Señor… solo pensé que—

—No piense. Obedezca.
Dígales que mañana marchamos al amanecer.
Si la enfermedad quiere seguirnos, que siga.
Y si quiere quedarse aquí, que muera aquí.
Ahora fuera.

El joven se retiró de la tienda casi a tropiezos.

Ramir, solo de nuevo, exhaló despacio.
No era crueldad.
Era prisa.
El desierto no perdonaba la indecisión.
Cada día perdido era una tumba abierta.

El general tocó el borde de la tablilla.
El símbolo de Del-e-Zamin parecía latir bajo sus dedos, como si la piedra recordara algo que nadie más podía entender.

—Basta —murmuró para sí mismo—.
Mañana avanzamos.
Hacia Asharim Tala.
Cueste lo que cueste.

Y apagó una de las lámparas.

La tienda quedó medio en sombras, como si ya estuviera caminando dentro del corazón del desierto.

***
Ramir salió finalmente de su tienda, el viento nocturno del desierto le golpeó el rostro con un soplo frío.
El campamento dormía con inquietud: algunos hombres tosiendo, otros rezando en susurros, otros fingiendo dormir para no pensar en la marcha que los aguardaba.

Pero Ramir no caminó hacia ellos.
Sus pasos lo llevaron, casi por instinto, hasta la enorme sombra que dominaba el horizonte inmediato:

DarashGat.

La roca megalítica se alzaba como un coloso petrificado.
Su arco natural —cincelado por miles de años de viento y arena— parecía una boca abierta, una grieta en el mundo que invitaba a cruzar… o a ser devorado.

Ramir se detuvo frente a aquella garganta de piedra.
El silencio lo rodeó.
Ni un camello, ni un soldado, ni un suspiro del campamento alcanzaba hasta allí.

Era como estar ante un dios antiguo.

El general entrecerró los ojos, estudiando la curvatura del arco, la manera en que la luna se hundía justo en el centro como si fuera un ojo vigilante.
Tariq al-Safir había escrito una sola frase a propósito de aquel lugar:

“Quien pasa por la boca del gigante, deja atrás su destino viejo.”

Ramir murmuró:

—¿Y qué destino me espera del otro lado, viejo monstruo?

No lo dijo con miedo.
Lo dijo con fastidio.
Con el cansancio de un hombre que ya ha visto demasiados tumbas bajo la arena.

El viento sopló a través del arco, produciendo un sonido hueco que parecía un lamento lejano.

Ramir apretó los dedos sobre el borde de su túnica.

—Mañana te cruzaremos —susurró, como si le hablara a un enemigo—.

***


El viento pareció detenerse, como si fuera un presagio. Pudo contemplar que algo los observaba en aquella gruta. La roca perforada parecía tener un punto negro, a pesar de ser de noche, tal vez las estrellas iluminaban aquella figura justo debajo de la estrella del cinturón del cazador. Tubo una mala sensación. Miró a su campamento, tranquilo, descansando, apaciguado….
“ La muerte nos a compaña está vez." 
“ No creo que ese carpintero de Emir pueda hacer algo al respecto." 

Solo un segundo.
Como si el desierto escuchara. 
“ Necesito pensar en otra cosa" 


Ramir avanzó entre las tiendas como una sombra más del desierto.
No hacía ruido.
No necesitaba hacerlo.

El viento nocturno agitaba las lonas, susurrando nombres de hombres que aún no estaban muertos, pero que ya se sentían reclamados por la arena.

Los soldados dormían a medias, como animales heridos que saben que no deben cerrar los ojos del todo.
Uno murmuraba una plegaria en el dialecto de las montañas de Sarda.
Otro abrazaba su lanza como si fuese un hijo pequeño.
Dos hombres discutían en voz baja, con la vergüenza temblándoles en los labios:

—No quiero cruzar Rig-e Azhdahâ…
—No digas eso en voz alta. El desierto oye.

Ramir no los reprendió.
No era necesario.
El miedo era parte del equipaje.

El general siguió caminando.
Pasó junto a los camellos adormilados, que mascaban la arena con resignación antigua.
Pasó junto a los haurbban que dormían sentados, envueltos en sus turbantes como cadáveres preparados para un funeral.
Pasó junto a las jóvenes portadoras de agua, cuyos odres descansaban llenos, ordenados con una precisión casi maternal.

Samtu dormía con las manos cruzadas sobre el vientre.
Yara, en cambio, tenía los ojos abiertos, fijos en nada, como si el desierto hubiera dejado algo dentro de ella.

Ramir no les habló.
Pero inclinó apenas la cabeza al pasar.
Un gesto casi invisible… un reconocimiento silencioso.
Las dos mujeres pestañearon al unísono.
Era suficiente.

El viento volvió a cambiar de dirección.
Y con él, algo más.

La sensación.

La misma que sintió bajo DarashGat:
que algo los observaba.
Sin ojos.
Sin cuerpo.
Una atención antigua, paciente, como la de un depredador que aún no decide cuándo atacar.

Ramir se detuvo.
El desierto se detuvo con él.
Ni una lona se movió.
Ni un camello respiró.

—Basta —murmuró—.
No voy a jugar a adivinar tus presagios.

Y siguió andando.

Hacia la zona donde la noche parecía más densa.
Donde la luz rojiza nunca terminaba de apagarse.
Donde incluso el viento evitaba cruzar.
Hacia la Carpa Carmesí

La Carpa Carmesí no pertenecía a Ramir.
Ni a Barak.
Ni a ningún soldado.
Pero todos sabían quién dormía en ella.
O mejor dicho…
quién no dormía.

La tela roja ondeaba como una llama lenta.
El interior despedía un brillo rojizo, como el reflejo de una hoguera que nunca consumía su propia madera.

Ramir se detuvo antes de entrar.
La sensación de antes volvió, más fría, más cerca.
Se giró hacia DarashGat, buscando la sombra.

Ya no estaba allí.
Ni en ninguna parte…
Y sin embargo él sabía que seguía mirando.
El general apretó la mandíbula.
Apartó las cortinas de la entrada y desapareció en los profundos misterios de la carpa.

***


© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.





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