Bitácora de Nemoshyne · AtaraxiaCapítulo XV — Asharim-Tala (Parte 9) La carpa Carmesí
Nemoshyne habló con suavidad,
como quien comparte un secreto que no pertenece a los dioses,
sino al corazón del mundo.
Nemoshyne:
“¿Quieres saber cómo se crea el agua de la nada?”, dijo.
“Parece una pregunta sencilla…
pero ni el sabio más viejo podría responderla sin detenerse a pensar.”
Luego añadió:
«El agua nace cuando el Vacío recuerda que desea moverse.
Cuando la Nada se observa a sí misma
y descubre dentro un pequeño anhelo: fluir.»
Y así, en el mismo instante en que el Vacío quiso moverse,
nació el tiempo,
porque el tiempo no es un reloj,
sino el rastro que deja todo aquello que se mueve.
Los Dijnn lo sabían desde antes de los primeros hombres:
«Quien gobierna el agua… gobierna el movimiento de las cosas.»
---
“Muchos creen que Zafira al Zaman controla el tiempo”, continuó Nemoshyne,
“pero eso no es del todo cierto.”
Zafira no controla los días ni las horas.
Lo que controla es el fluir:
el impulso que empuja a las cosas a avanzar, detenerse o volver atrás.
Como el cauce de un río,
la gema ordena el movimiento del mundo sin tocar directamente el tiempo.
Porque:
lo que no se ve, gobierna lo que se ve.
Bajo una piedra, siempre hay una fuerza que la sostiene.
Bajo la vida, un aliento que la impulsa.
Y así como el Cielo guía las estaciones,
también existe un principio invisible que mueve las cosas pequeñas.
Nada se mueve por sí solo.
Algo lo toca,
algo lo empuja,
algo invisible respira dentro de ello.
«Debajo de la energía hay vibración.
Debajo de la vibración hay intención.
Y debajo de la intención… el deseo:
el primer impulso del Vacío de querer dejar de estar quieto.»
En los confines de la oscuridad, donde la Nada gobierna el principio,
existe una fuerza que nadie puede ver.
Es el palpitar del anhelo,
el latido del universo.
No es solo materia.
Es memoria:
memoria de un movimiento antiguo que nunca se detuvo,
y que comenzó cuando el señor de la Oscuridad contempló su propia existencia.
Chaos tembló, vibró y se abrió una grieta.
De esa grieta nacieron las partículas,
y con ellas el movimiento…
y con el movimiento, el deseo…
y con el deseo, el tiempo.
Pues nada se mueve sin un propósito.
Una intención con una responsabilidad: cumplir su destino.
El agua fluye hacia abajo porque desea volver a la unidad.
Y el hombre desea avanzar para honrar el don de su vida.
Deseo y objetivo.
Objetivo y deseo.
Porque el deseo no es pasión ciega,
sino la fuerza que empuja al universo hacia su orden.
Incluso al regente de la oscuridad: Chaos.
***
Nemoshyne habló,
y su voz parecía surgir desde el corazón mismo del vacío:
> «Todo es un palpitar.
Un latido lento, vasto, profundo,
que resuena en la helada noche eterna
donde no existe ni luz… ni memoria.»
Fue en aquella oscuridad sin principio
donde Gea avanzó,
envuelta en un resplandor que parecía desobedecer al abismo.
Porque todas las cosas tienen un corazón:
los mortales, los dioses…
y también el Chaos.
> «La tentación», susurró la Musa,
«imperaba tanto en la luz como en la oscuridad.»
Y entonces la voz de Gea quebró el silencio:
Gea:
«Concédeme tres amaneceres, señor del tiempo.
A cambio… te daré el trono del Inframundo.»
Las sombras se agitaron.
El remolino eterno del tiempo devorador rugió como un sol negro despertando.
Kronos:
«¡Insensata, arrogante tejedora del equilibrio!
Voy a devorarte…
y deleitarme con tu esencia inmortal.»
Pero Gea no retrocedió.
La luz que la rodeaba tembló, pero no se apagó.
Gea:
«Por el poder de las sombras
y de los portadores de luz
en la noche sin rostros…
¡atrás, engendro de las calumnias,
hijo de la Nada, paladín del Chaos!
No vengo a combatir.
Vengo a presentar una propuesta que no podrás rechazar.»
Un estremecimiento recorrió el abismo.
Kronos:
«¿Qué pretendes, Gea…?
¿Tú, la tejedora que devolvió la vida a Pandora?»
Y Nemoshyne continuó:
> «Porque antes del primer latido,
antes de la luz,
del primer error se abrió una grieta
en el vacío absoluto.
Y del temblor surgió un llanto.
Y de ese llanto… una lágrima.»
Zafira al Zaman.
La lágrima cayó
como fragmento de conciencia rota
y en el fondo del abismo se cristalizó
en piedra verdosa:
la Gema-del-Deseo,
el Tiempo Primordial.
Gea:
«Quien rompe la quietud… convoca el fluir.»
Y añadió, con voz firme:
«Concédeme tregua en el interior de la Tierra
y te ofreceré el Inframundo.
Tres días pido.
Nada más.»
Nemoshyne narró:
> «Y fue Zafira al Zaman,
la lágrima del Primer Deseo,
quien desintegró a Pandora.
Ninguna entidad podía contener la potencia
del Vacío deseando moverse.»
Gea, con paciencia de eternidad, reunió sus fragmentos
y los unió con el Hilo de Aurelen,
donde respira el destino.
El orbe reconstruido se convirtió en la Tierra
y fue ocultado en un refugio entre mundos:
fuera del alcance de Kronos
y más allá del abrazo del Chaos.
Pero allí dentro…
quedó atrapada Zafira al Zaman.
Y con ella, los Djinn,
residuos del Error, conciencias tan antiguas
que si despertaban
doblegarían al cosmos entero.
Kronos rugió:
Kronos:
«¿Por qué ofrecerme, a mí,
madre y abuela de los Olímpicos,
un poder que podría destruirme?
¡Insensata!
No puedes ofrecerme lo que ya me pertenece…
por derecho.»
Y Nemoshyne añadió con solemnidad:
> «Nada puede destruir al que devora el tiempo.
Nada puede corromper al que mantiene el mundo en su puño.
Nada puede contenerse…
una vez existe.»
Pero Gea respondió, sin bajar la mirada:
Gea:
«No es cierto.
En el interior de la Tierra habita Zafira al Zaman.
Y dentro de ella, la profecía del ocaso de la Nada
une toda existencia.»
Si quería sellar a los Djinn,
necesitaba algo imposible:
un lugar donde el movimiento se detuviera.
Un sitio donde el tiempo mortal pudiera ser suspendido.
Y solo Kronos podía otorgarlo.
Kronos:
«Toma Anamke.
Tres noches te ofrezco.
Si fallas…
tu insolencia será deleitada por las huestes del Ocaso.
Tus hijos… y tus nietos… devorados.»
Pero entonces ocurrió lo inesperado.
Gea no podía moverse.
El poder de Kronos la absorbía lentamente.
Por primera vez, un ser celestial sintió miedo.
Gea:
«¡¿Qué haces?!
Déjame marchar…»
La oscuridad se cerró en torno a ella.
Kronos:
«No creo que lo hayas entendido, Tejedora.
Este pacto carece de sentido…
si no hay una ofrenda.»
Gea tembló.
Gea:
«¿Ofr… ofrenda…?»
Kronos:
«¿Qué me ofreces,
más valioso que las almas de dioses y mortales?»
Y entonces Nemoshyne habló:
> «¿Qué puede ofrecerse al devorador del tiempo?
¿Qué es más grande que el Reino del Hades?
¿Qué parte del deseo
podría apetecerle a un ser cuyo anhelo
es consumirlo todo?»
La luz de Gea se apagaba.
Su fulgor menguaba,
devorado casi por completo…
Hasta que lo comprendió.
La respuesta surgió de sus labios como un trueno blanco:
Gea:
«La hija de Kairos…»
El abismo se congeló.
El tiempo dejó de avanzar.
Kronos detuvo su hambre.
La luz de Gea regresó.
Kronos:
«Pyraustes…»
Lo saboreó.
Con deleite.
Con hambre antigua.
Si Kronos hubiera tenido rostro,
habría sonreído.
***
En los días en que aún no había días,
cuando la oscuridad era vasta y sin nombre,
y los mundos no habían despertado,
existió una llama que no pertenecía a ningún reino.
Su nombre era Pyraustes,
y antes de tener forma o voz
fue tan solo fuego:
fuego del kairos-Theum,
el Tiempo Sagrado que no avanza,
que no retrocede,
sino que aparece allí donde el destino
decide abrir un sendero nuevo.
Pyraustes era posibilidad,
chispa que transforma,
llama que engendra caminos.
Pero aun el fuego teme a una sombra antigua:
al Tiempo que no fluye.
Y ese tiempo tiene nombre entre los dioses:
Amanké,
el fragmento endurecido del dominio de Kronos;
el tiempo detenido,
la inmovilidad sin amanecer,
el silencio donde nada crece
y nada muere.
Fue entonces que Pyraustes tocó la Caja de Anshara,
y todo cuanto era se quebró.
Porque la Caja había sido mancillada
por la maldición del Djinn de Zafira al-Zamán,
y en su interior ardía el deseo primero
que nació del Error primordial.
Y así, el deseo —Zafira—
y el tiempo detenido —Amanké—
se mezclaron dentro de la esencia de Pyraustes,
como dos ríos que jamás debieron encontrarse.
Y ninguna hija del kairos-Theum
podría soportar tal tormenta.
Así Pyraustes se desgarró,
y de su ruptura nacieron dos destinos:
✦ Phylax–Mir,
la serpiente emplumada,
custodia de lo sagrado,
dotada del don de transmutación
y del eco del tiempo.
✦ Mir,
la parte humana de lo divino,
portadora de dones que ningún mortal
debió haber conocido jamás:
sanar, mover el agua,
y percibir el fluir del tiempo.
Pero dentro de Mir resonaban tres voces, como una oscuridad que la devoraba por dentro: la voz de Zafira, que concede el deseo y mueve los hilos del cambio; la sombra de Kronos, que recuerda que todo debe regresar al origen; y el eco de Amanké, que ofrece detener los días y suspender el destino mismo.
Pesado es ese fardo
incluso para los dioses.
Insufrible para quien es la hija del kairos-Theum.
Mir quiso detener el destino de una familia tuareg.
Puso en ello su fuerza y su fe…
pero el tiempo mortal no cedió.
Y las voces hablaron:
Kronos reclamó aquello que ya pertenecía al Chaos.
Amanké quiso congelarla para que dejara de sentir.
Zafira avivó la maldición de Anshara,
llenando su alma de tinieblas.
Mir fue vencida.
Y su espíritu, roto y lloroso,
descendió por los velos del sueño
hasta la Laguna Estigia,
donde los recuerdos se hunden
y las almas pierden su nombre.
Pero ella no se hundió.
Porque alguien aguardaba su llegada.
***
Nemoshyne:
Cuando la vi,
no contemplé a una diosa caída.
No vi a un ser celestial corrompido por su propia grandeza.
Vi a la criatura más pura que jamás se reflejó
en las aguas silenciosas de la Estigia.
Mi compromiso…
mi traición a lo que represento en el Hades…
mi propio error.
“Una hebra suelta que aún debe tejerse a un destino mayor.”
Entonces toqué su pecho
como solo se toca a quien se ama
con Agápē, el amor que no exige,
el amor que sostiene incluso cuando todo se desmorona.
—Tu dolor es el mío. No estás sola.
Reconozco tu herida y la hago mía,
para que puedas seguir tu destino.
Pero para devolverla a la vida,
quebranté una ley tan antigua
como el primer silencio del inframundo.
“No se puede quitar la vida de una mortal para entregársela a otro ser.”
Un acto prohibido.
Un acto que hiere los cimientos de Ada…
y cuyo precio es la lenta desintegración del Hades.
---
Mir dejó de ser Mir en las aguas de la Laguna Estigia.
Y yo, Nemoshyne,
me quedé con su reflejo y con su oscuridad…
por Agápē.
Solo así podía romperse
la maldición que la Caja de Anshara había dejado en ella;
solo así podía cumplirse
el pacto sellado por Kronos y Gea
en los abismos del principio.
Tomé sobre mí
el peso que no le correspondía llevar,
y dejé que su dolor, su sombra y su destino
reposaran en mi esencia,
para que ella pudiera regresar libre
del eco del Error.
Entonces su espíritu, desnudo de heridas,
fue moldeado de nuevo
y arrojado al mundo
con otro cuerpo
y otro nombre:
Miriam.
(Nemoshyne te mira ahora)
…Y eso hizo que los candados de las puertas del Tártaro se agrietaran.
***
MIRIAM — La carpa Carmesí
(Época de Ciro I,
rey de Anshan — siglo VII a. C.)
La noche había caído hacía horas, pero la caravana seguía avanzando.
El desierto no dormía: respiraba.
Se movía.
Se estiraba como un animal antiguo bajo el manto azul profundo del cielo.
Los camellos caminaban con su paso lento y sabio, levantando remolinos dorados.
Las antorchas apenas iluminaban unos pasos delante de la columna; el resto del mundo era una boca de oscuridad que podía devorarlos sin aviso.
El estandarte de la expedición ondeaba entre dunas que parecían montañas negras bajo la luna.
El guía —un nómada viejo y silencioso— avanzaba al frente.
Levantaba la mirada una y otra vez hacia las estrellas, buscando un punto casi invisible que solo él sabía interpretar:
la estrella que conducía a Asharim Tala,
la ciudad escondida del tiempo,
el lugar que Ciro I deseaba encontrar.
Los soldados marchaban tensos, escudos en alto, lanza corta al costado, las grebas golpeando suavemente contra la arena endurecida por el frío nocturno.
Entre ellos, las sirvientas portaban odres que tintineaban como campanas apagadas.
Miriam caminaba entre ellas.
Nadie sabía quién era.
Para todos, era solo una joven del desierto contratada para cargar agua.
Pero en su pecho seguía latiendo algo que ninguna otra mujer llevaba dentro:
el eco dormido de Dili-Surkh,
el corazón de Ada, señor del Hades;
un rastro, apenas un susurro…
***
Un guardia retrocedió con un grito ahogado.
Una serpiente del color de la arena emergió entre las rocas.
Estática.
Atenta.
Como si el propio desierto hubiera despertado para observarlos.
El asû, el médico de la expedición, se adelantó.
Sus ojos conocían ese peligro:
una mordedura así mataba en menos de un amanecer.
La serpiente se retiró,
la caravana siguió avanzando,
pero todos sintieron la misma punzada en la nuca:
algo los seguía bajo la arena.
***
Primero un hilo dorado en el horizonte.
Luego un rugido.
Por último, un muro de arena que devoró la luna.
—¡Cubrirse! —gritó el guía.
Los soldados alzaron escudos,
las sirvientas se arrodillaron protegiendo los odres,
los camellos bufaron con desesperación.
Durante horas, el viento golpeó la caravana como un ejército furioso.
La arena raspó piel, escudos, ojos, huesos.
Y Miriam sintió el dolor tanto como los demás.
Pero sobrevivieron.
Cuando el cielo volvió a su azul profundo,
la estrella guía reapareció.
El desierto les devolvía el rumbo,
como si hubiera decidido dejarlos vivir… por ahora.
***
Miriam estaba exhausta.
No había dormido.
Ni bebido.
Ni comido.
Los labios se le abrían en grietas dolorosas;
las manos, endurecidas por callos, sangraban lentamente;
sus pies temblaban con cada paso,
como si fueran ajenos a ella.
Cada músculo ardía.
Cada respiración era un hilo frágil.
Y aun así, caminaba.
—¿Dónde estás, fuerza mía…? —susurró.
Su voz era un temblor entre la arena.
—¿Qué me hiciste… espíritu del agua…?
¿Por qué no respondes?
Nadie la escuchó.
O eso creyó.
—¡Tú! ¿Con quién hablas? —murmuró un soldado.
—Nadie sabe quién es… —respondió otro.
—Yo sí —dijo un tercero, bajando la voz—.
Es la hija de Abdul, el panadero.
La enroló para deshacerse de ella.
La vi en el mercado antes de partir…
Pero no lo entiendo.
Estaba muy enferma.
Miriam apretó los labios.
Su mente era un remolino lento, pesado, pero lúcido.
Tal vez mi don esté dormido…
esperando…
aguantando…
tratando de adaptarse a este cuerpo frágil…
Bajo la lona agitada por el viento, arropada por sombras y arena que golpeaba como bestias invisibles, Miriam se encogió sobre sí misma.
Sed.
Hambre.
Frío.
Dolor.
Pero también un susurro, apenas perceptible, en algún lugar profundo:
Espera…
Espera un poco más…
Y Miriam cerró los ojos, sin un gramo de fuerza, pero con una determinación desconocida incluso para ella.
***
A la mañana siguiente,
el campamento de Ramir ad Luan amaneció cubierto por un manto espeso de arena.
Las tiendas parecían dormir bajo una nevada dorada;
las cuerdas tensadas se hundían en pequeños montículos,
y solo los estandartes sobrevivían erguidos,
bailando al viento como lanzas pintadas contra el cielo rojizo del alba.
El estandarte de la Casa de los Luan,
con su sol naciente tejido en hilo carmesí,
y el estandarte del Rey de Persia,
que mostraba al león alado de Anshan,
eran los únicos colores que aún se movían sobre el desierto inmóvil.
El resto era silencio y arena.
Arena hasta donde alcanzaba la vista.
***
En la vanguardia, los hombres despertaron con la solemnidad de quienes han visto la muerte pasar de largo.
Agradecían a sus ancestros,
tocaban el suelo con la frente
y murmuraban oraciones al dios que cada uno llevaba consigo.
Unos pedían fortaleza.
Otros pedían que sus familias no los olvidaran.
Otros, simplemente, pedían agua.
En la retaguardia, en cambio, el tono era muy diferente.
Los soldados de rango medio se movían entre las tiendas golpeando los postes con la lanza,
ordenando a gritos que se levantara el campamento.
—¡Arriba, que la tormenta no mató a nadie!
—¡Agua! ¡Traed agua para revisar los odres!
—¡Las bestias primero! ¡Desenterrad las cuerdas!
Los sirvientes obedecían como podían,
quitándose la arena de los ojos, de la ropa, del alma.
Algunos lloraban en silencio.
Otros se tambaleaban aún mareados por la tormenta nocturna.
Pero todos trabajaban, sin preguntar, sin quejarse.
Porque en el desierto,
la disciplina mantenía vivos a los humanos
más que sus propios cuerpos.
***
La tienda de cocina había quedado medio abierta,
la lona arrancada por el viento durante la tormenta.
Los fogones estaban apagados,
pero el aroma del pan plano y las cenizas calientes aún flotaba en el aire.
Una decena de metros más allá,
la forja portátil seguía intacta.
El yunque, negro como un trozo de cielo caído,
esperaba sobre una base de piedra enterrada en la arena.
Las brasas, increíblemente, seguían vivas bajo la capa fina de polvo del amanecer.
El herrero retiró la arena de un manotazo
y el rojo latente volvió a respirar.
Humos ligeros se elevaron,
dibujando figuras inciertas en el aire frío.
—Aún sirve —gruñó el hombre—.
El fuego de los dioses siempre resiste.
Colocó el martillo junto al yunque
como si fuera un arma sagrada,
preparándose para reparar lanzas torcidas,
fijar escudos agrietados
y forjar de nuevo las herramientas que la tormenta había castigado.
***
En la época de Ciro I,
los Āb-ravān eran los buscadores de agua.
En antiguo persa, su nombre significaba “los que siguen el agua”,
“los que persiguen el curso del agua”.
Se movían como sombras claras entre las dunas.
Reconocían la dirección del viento por el sabor del aire.
Sabían leer la forma de ciertos arbustos
y escuchar el rumor de la arena
como otros escuchan el rumor de un río.
Esa mañana, mientras el campamento despertaba,
ellos fueron los primeros en partir.
Cargaban cuencos de cerámica,
varas de madera ligera
y bolsas de cuero encerado para tomar muestras del suelo.
En silencio, se alejaron siguiendo una línea casi invisible
entre una duna abierta y una roca agrietada.
Iban a buscar agua.
Y en el desierto…
buscar agua
era buscar vida.
---
Cuando el sol aún no se elevaba del todo,
el grupo de las šāqītu inició su marcha hacia el pequeño pozo
que Namtara, la anciana, había descubierto días atrás.
Avanzaban en silencio, envueltas en mantos que las protegían del viento seco.
Delante de ellas caminaban dos hombres:
los Āb-ravān,
encargados de vigilar el camino y espantar a las bestias del desierto.
Ellos abrían ruta.
Las mujeres aseguraban el agua.
Así había sido siempre.
Miriam, la nueva, caminaba detrás de Namtara,
cargando un odre vacío que chocaba suavemente contra sus caderas.
Era joven, de ojos color miel,
y aunque estaba acostumbrada al trabajo duro,
el campamento aqueménida le parecía un mundo aparte.
Entonces Miriam miró a su izquierda.
Entre las sombras se levantaba una tienda más grande que las demás.
Sus telas eran de un rojo oscuro, casi negro a la distancia,
como si estuviera hecha de sangre seca y silencio.
La joven frunció el ceño.
—Yara… —susurró, acercándose a su compañera,
una mujer morena y fuerte que llevaba dos cántaros atados al pecho—.
¿Qué es esa tienda? Nunca la había visto tan de cerca.
Yara sonrió, sin dejar de caminar.
—Eres nueva. Es normal que preguntes —respondió en voz baja—.
Esa es la Carpa Carmesí.
Miriam la observó confundida.
—¿Y qué hay dentro? ¿Algún tipo de… curanderas?
Yara soltó una risa suave.
—No, pequeña. Ahí viven las SinSamu.
No curan el cuerpo… curan el ánimo de los soldados.
Cortesanas, acompañantes, confidentes.
Algunas libres, otras no tanto.
Sin ellas, este campamento ya se habría devorado a sí mismo.
Miriam abrió los ojos con sorpresa.
—¿Y por qué es roja?
—El rojo es protección —respondió Yara, seria—.
Protege a las mujeres… y amansa a los hombres.
Ese color mantiene alejados a los espíritus del desierto.
Y también frena a los soldados más temerarios.
—¿Podemos entrar nosotras?
—No —dijo Yara con firmeza—.
Escucha esto, Miriam:
tu mundo es el agua, el de ellas es el fuego.
Si las SinSamu necesitan agua, nos llaman.
Dejamos el odre y salimos.
Nada más.
No mires demasiado.
No preguntes demasiado.
Y nunca… nunca te acerques sola por la noche.
Miriam tragó saliva.
—¿Por qué?
Yara le puso la mano en el hombro con un gesto casi maternal.
—Porque la Carpa Carmesí guarda secretos.
Pero también sabe devorar a quien no está lista.
Hay demasiados ojos dentro… y demasiadas sombras.
Los Āb-ravān levantaron la mano: la zona era segura.
El grupo se detuvo.
Namtara se volvió hacia ellas.
—Aruma, Samtu, Yara —ordenó—. Al pozo.
Miriam, ven conmigo. Hoy aprenderás a escuchar el agua bajo la arena.
La joven dejó de mirar la tienda roja y corrió hacia la anciana.
Pero mientras se alejaba,
la Carpa Carmesí se estremeció con el viento
y por un instante Miriam creyó ver una figura femenina observándola
desde la entrada.
Sus ojos brillaban en la penumbra,
como brasas silenciosas.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Yara murmuró a su lado:
—No temas.
El desierto siempre nos mira…
pero las SinSamu miran de otra manera.
Y siguieron caminando hacia la vastedad,
donde los Āb-ravān vigilaban el horizonte
y las šāqītu buscaban, una vez más,
el agua que mantenía vivo al campamento.
***
Pero en las expediciones importantes,
como lo era aquella enviada hacia Asharim Tala,
no podía faltar la Carpa Carmesí.
A pocos pasos del centro del campamento,
entre las dunas que se erguían como murallas naturales,
se alzaba una tienda más alta que el resto.
Su lona estaba teñida en un rojo oscuro,
casi negro bajo la luz de la noche.
Allí vivían las SinSamu.
Los soldados la llamaban en murmullos,
como quien pronuncia el nombre de un espíritu.
Ninguno decía “Carpa Carmesí” en voz alta durante el día:
era un secreto aceptado,
una puerta que nadie abría sin permiso.
Durante la mañana,
solo las portadoras de agua podían entrar
para dejar los odres llenos.
Durante la noche,
entraban los hombres…
y salían distintos.
Fue entonces cuando Miriam escuchó la frase
que la acompañaría durante toda la jornada:
—Nosotras somos portadoras del agua…
y ellas del fuego.
La dijo Yara, con naturalidad.
Pero a Miriam le atravesó el pecho.
Mientras regresaban al campamento,
la joven miró de reojo la tienda roja.
El viento alzó un pliegue de la lona
y por un instante creyó ver sombras moviéndose dentro,
como llamas que danzan sin quemarse.
Miriam se detuvo.
Su respiración se volvió más lenta.
Sus manos temblaron sobre el odre vacío.
“Del fuego…”
repitió en silencio.
La palabra la rozó como un recuerdo olvidado.
No como un pensamiento,
sino como un latido antiguo,
un calor que brilló en su pecho
y se apagó enseguida.
Sintió una punzada en el corazón,
como si hubiese perdido algo que alguna vez fue suyo.
Algo que ardía.
Algo vivo.
Algo que no pertenecía a esa vida,
ni a ese nombre.
Por un instante —solo un destello—
el desierto pareció iluminarse desde dentro.
Un resplandor sin luz.
Un calor sin fuego.
Y Miriam sintió nostalgia
de algo que no sabía nombrar.
De una llama que ya no tenía.
De un poder que alguna vez fue suyo
y que ahora no era más
que un eco enterrado bajo la arena
de una memoria perdida.
Yara la llamó desde adelante:
—Miriam, vamos. El sol subirá pronto.
La joven parpadeó.
El mundo volvió a ser solo arena y viento.
Pero su mente seguía atrapada en aquel eco:
“Fuego…”
La palabra se clavó tan hondo
que Miriam no vio la piedra semienterrada frente a ella.
Tropezó.
Y en un instante,
todo se vino abajo.
El odre que llevaba en brazos chocó contra el suelo,
rodó, golpeó otra jarra,
y en cuestión de segundos
tres recipientes de cerámica estallaron
como pequeños truenos en la arena dura.
El sonido fue brutal,
un estallido seco que partió el silencio de la mañana.
Las mujeres se detuvieron al instante.
Namtara giró sobre sí misma, sus ojos como cuchillas.
Yara palideció.
El resto de las šāqītu retrocedieron un paso,
como si el desastre pudiera contagiarse.
—¡Miriam! —exclamó Yara, corriendo hacia ella—. ¡Por los dioses, mira lo que has hecho!
La joven intentó disculparse,
pero su garganta se cerró.
El polvo se levantó en un pequeño remolino
que le ardió en sus ojos.
Namtara se abrió paso con su vara,
golpeando la arena con autoridad.
—¡Basta! —tronó—. ¿Sabes cuánto cuesta un recipiente así?
¿Sabes cuánto trabajo has echado a perder?
Miriam bajó la cabeza, temblando.
—Lo… lo siento… fue un descuido—
—¿Descuido? —escupió la anciana—.
Un descuido aquí significa sed.
Significa muerte.
¡El agua no perdona errores, niña!
Las demás murmuraban entre ellas.
Algunas con compasión.
Otras con fastidio.
Y una de ellas, la más joven, susurró:
—Tiene que estar maldita.
Entonces apareció un hombre,
uno de los guardias asignados para acompañar a los haurabban.
Era alto, de barba gruesa y ojos siempre dispuestos al juicio.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó acercándose.
Yara respondió rápido:
—La nueva. Ha roto tres ánforas.
El guardia observó los pedazos desperdigados.
Chasqueó la lengua.
—Demasiado torpe —dijo—.
Si no sirve para llevar agua…
Y miró a Miriam de arriba abajo.
El tono cambió.
Se volvió más áspero.
Más sucio.
—…quizá sirva para otra cosa.
El silencio cayó.
Las mujeres tensaron los hombros.
Miriam contuvo el aliento.
El guardia continuó, sin pudor:
—Podemos entregarla a la Carpa Carmesí.
Seguro que allí sabrán qué hacer con ella.
Los soldados están hambrientos de distracción.
Miriam sintió que el estómago se le encogía.
Un frío la atravesó, más duro que el viento del desierto.
Yara dio un paso adelante, indignada:
—¡No! Ella es una šāqītu. Su función es el agua, no—
—Su función —la interrumpió el guardia con desprecio—
es hacer algo útil para la expedición de Ciro.
Y si el agua le queda grande…
Dejó la frase abierta,
como una trampa.
Namtara respiró hondo.
Se notaba que la anciana no quería perder a una muchacha más,
pero la ley del campamento era dura, implacable.
—La decisión no es nuestra —dijo con voz amarga—.
Si vuelve a fallar…
no podré protegerla.
Miriam, temblando, recogió los fragmentos de cerámica con manos sangrantes.
Intentó mantener la calma,
pero las palabras del guardia persistían en su mente:
"…quizá sirva para otra cosa."
"Entregarla a la Carpa Carmesí…"
El viento sopló,
levantando los velos polvorientos del amanecer.
Y a lo lejos, la tienda roja parecía observarla,
brillando débilmente,
como si hubiera estado esperando ese momento.
Como si reconociera
a la llama que había olvidado ser.
***
Nemoshyne:
Hay momentos en la vida que parecen empezar sin avisar.
Una grieta pequeña.
Un cambio casi imperceptible.
Y, aun así, algo dentro de ti sabe que nada volverá a ser igual.
No es un trueno lo que lo anuncia,
ni un presagio,
ni una voz que te diga qué va a pasar.
Es un silencio.
Un silencio tan profundo que casi puedes escucharlo moviéndose bajo tus pies.
El destino opera así.
No con estridencias,
sino con una suavidad inquietante.
Una mano invisible que cambia el rumbo de las cosas cuando tú todavía crees tener el control.
A veces te arrebata lo que amabas,
o te empuja por un camino que nunca pediste recorrer.
Y crees que es injusto.
Crees que te están quitando algo que era tuyo.
Pero la verdad es más sencilla… y más difícil de aceptar.
Cada pérdida, cada ruptura, cada desviación
no viene a destruirte.
Viene a prepararte.
A darte la forma que necesitarás más adelante,
cuando el mundo te ponga a prueba de verdad.
Lo que hoy parece una herida sin sentido
mañana será la razón por la que no te rompas.
Porque el destino no da lecciones inmediatas.
Las desliza en tu vida despacio,
casi con ternura,
como quien coloca velas en un pasillo oscuro
para que no tropieces cuando llegue la noche.
Y al final, cuando todo encaje—
cuando entiendas por qué sucedió lo que sucedió—
descubrirás que el destino nunca te abandonó.
Solo te estuvo preparando para convertirte
en alguien capaz de sobrevivir a lo que aún no ha llegado.
Después de todo…
¿cómo podrías reconocer la luz
si nunca hubieras tenido que caminar a oscuras?
¿No creen?
***
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.
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