Bitácora Nemoshyne. Ataraxia. Capitulo XV. Asharim Tala. Parte 11. El Canto de Alandur .




📜 El Canto de Alandur

(poema tradicional, autor: Alandur )

Hablan los antiguos…
del amor que desafía lo imposible…
 que nace cuando dos sombras
deciden caminar juntas bajo una sola luna, 
del deseo de compartir una vida plena
con aquellos a quienes el destino les prohíbe…»
…y de cómo todo lo hermoso… nace desde dentro, de la unión entre dos almas que se entienden, donde el diálogo no es el habla sino las miradas limpias y sinceras y los gestos sustentan la verdad prometida.
Unión que nace del fuego perpetuo, que en la noche se manifiesta entre susurros en la sombra, caricias conspiradas, que se consolidan en promesas eternas.
Entra la virtud en el hogar y la primavera , embellece la vida, la madera vieja y destartalada, como las telas de las cortinas que aún perdiendo el color, palpitan al unísono conjuntamente con el resto del ajuar de un pastor y de una doncella de alta cuna.
La luz del hogar eclipsa el alba.
Y hacen que los días sean horas y los minutos atardeceres fragmentados.
El mal penetra en la estancia, cual bocanada de aire gélido del norte. Congela. Irrumpe sin desprecio y cubre la vigorosa vida en estalactitas, cual rosa con espinas .
Dos senderos de traición para salvar a dos tallos arrancados. Decisión robada prematuramente. Ni fuerza ni valor para un solo corazón a tientas en desierto del castigo por ser y existir. El alma muere. Porque nada es para siempre.»

***

Nemoshyne:

Hay historias que no nacen en los libros ni en los palacios.
Historias que no se escriben con tinta, sino con arena, sangre… y decisiones que ningún mortal debería enfrentar.

Esta es una de ellas.

En tiempos en que los reyes aún no tenían nombre y los dioses caminaban demasiado cerca de los hombres, hubo un pastor llamado Alandur.
Un hombre sencillo, construido con la misma calma que las colinas donde crecían sus ovejas.
Un hombre que jamás imaginó que el destino —o quizá el capricho de los astros— lo arrancaría de su vida para convertirlo en leyenda…

…y en monstruo.

El Canto de Alandur

Su historia comienza, como tantas tragedias, con algo hermoso:
una mirada robada en la estación de las flores,
un corazón que latió donde no debía,
y un amor que, por existir, ya estaba condenado.

Nadie recuerda exactamente qué viento soplaba aquel día,
ni qué sombra cruzó la colina antes de que sus ojos se encontraran.
Lo que sí recuerdan quienes hablan de él junto al fuego es esto:

Que el amor puede elevar a un hombre por encima de sí mismo.
Y también puede arrancarle el alma con una sola decisión.

Alandur eligió amar.
Y con ello, sin saberlo, eligió perderlo todo.

El resto —dicen los ancianos—
es la historia del nacimiento de Nârhesh,
el Tigre que Camina Entre Sombras…

…pero antes de hablar de la bestia,
hay que hablar del hombre.

Y de la primera grieta que abrió su destino.

***

Dicen que la paz tiene un sonido.
A veces es el balido lejano de una oveja…
otras, el crujido del barro seco bajo los pies.
Para Alandur, la paz sonaba a eso:
a viento, a hierba rara, a respiración tranquila.

Su vida era pequeña, sí… pero estaba completa.

Cada amanecer, antes de que el sol rompiera el horizonte, él salía de su casa de barro y madera, estiraba la espalda, y miraba a sus hijos dormidos como quien mira un tesoro que teme despertar.
Su esposa, Mira, ya estaba encendiendo el fuego.
Siempre madrugaba antes que él.
Siempre.

Alandur subía con su rebaño a las Colinas Grises, un lugar donde el mundo parecía simple… casi bondadoso.
Las ovejas trotaban perezosas, los cuervos pasaban listos para robar lo que pudieran…
y desde lo alto, podía ver la ruta de los ricos, trazada como una cicatriz brillante entre los montes.

A veces pasaban caravanas: hombres vestidos con telas finas, caballos enormes, estandartes que brillaban incluso con poca luz.
Formaban parte de un mundo que no tocaba al suyo.
Un mundo que él observaba desde lejos, como quien ve una estrella caer sin esperar que cambie nada.

Alandur no deseaba más.
No soñaba con castillos ni ciudades.
No imaginaba otro destino.

Nunca pensó que un corazón puede ser fiel a la tierra…
hasta que escucha un latido distinto.

Aquel día —dicen los viejos— el viento soplaba hacia el norte.
Una brisa suave, casi festiva, que traía olor a fruta madura.
Y con ese viento llegó una caravana pequeña: elegante, silenciosa, como si el sol la escoltara.

Y entonces él la vio.
O quizá… fue ella quien lo vio primero.

Una joven se separó del grupo.
Ligera, curiosa, como si no temiera nada.
Bajó de su caballo y subió la colina,
el velo moviéndose como un pensamiento demasiado libre.

Alandur no lo sabía entonces…
pero ese instante —pequeño, simple, casi insignificante—
era la grieta por donde su vida iba a romperse.

No por maldad.
Ni por destino.

Solo porque, a veces, el amor abre puertas que nunca debieron existir.

***

Alandur caminaba entre su rebaño como cada mañana, guiando a las ovejas hacia una zona de hierba fresca que había encontrado días atrás.
El sol todavía no ardía y el aire olía a tierra húmeda.
Nada anunciaba que el destino se estaba acercando por detrás de una colina.

Nada… excepto una presencia que no era humana.

Entre las sombras de unas rocas, algo aguardaba.
Un remanente antiguo, un fragmento de noche que nunca conoció el amanecer.
Observaba a Alandur como un cazador observa a un ciervo,
pero no con hambre…
sino con paciencia.

Y de pronto, la caravana apareció.

El rebaño no se sobresaltó; estaban acostumbrados al ruido lejano de caballos y caravanas.
Pero una de las ovejas, una joven ovejita gris de orejas caídas, levantó la cabeza y rebuznó con un balido temeroso.

Alandur no lo oyó.
Estaba pendiente de otra parte del rebaño.

La ovejita retrocedió, tropezó con una raíz, y cayó en una grieta estrecha entre dos rocas.
Una caída corta, sin peligro mortal, pero suficiente para dejarla atrapada, pataleando, incapaz de levantarse.

Y eso fue lo que llamó la atención de Sarimeh.

Ella detuvo su caballo sin pensarlo, ignorando el grito de advertencia de uno de los guardias.

—¡Lady Sarimeh! ¡No se acerque tanto! —exclamó un soldado.

Pero la joven ya descendía, recogiendo la falda con una mano, aferrándose a las rocas con la otra.

—Es una oveja —dijo, sin mirar a nadie—. Está atrapada. Hay que ayudarla.

La presencia oscura en las rocas la observó con un interés distinto.
Como si un hilo invisible se tensara entre ella y Alandur.
Como si hubiera estado esperando aquel instante.

Sarimeh llegó primero.
Se arrodilló junto a la grieta, metió las manos bajo el cuerpo tembloroso del animal y lo sacó con un esfuerzo inesperadamente delicado.

—Tranquila, pequeña… ya está, ya está —susurró, acariciando el lomo de la oveja.

Sólo entonces levantó la vista…
justo cuando Alandur se acercaba corriendo, al fin consciente del balido.

—¡Por Ahura! —exclamó, tomando al animal entre sus brazos con cuidado—. ¿Estaba aquí? No la había visto…

Sarimeh no lo miró a los ojos.
No todavía.

—Se habría quebrado una pata —dijo, aún recuperando el aire—. O se habría quedado atrapada hasta morir de sed.

Alandur bajó la cabeza en señal de gratitud.

—Gracias. No sé cómo…

—No se preocupe —respondió ella, y por primera vez, lo miró a medias.
No fue una mirada completa.
Fue un destello.
Un roce.
El tipo de contacto que no dura… pero deja algo dentro.

En ese instante, la entidad oscura se movió.

No se acercó.
No habló.
No tocó nada.

Solo… exhaló.

Como si su respiración pudiera inclinar el destino.
Como si empujara dos hojas para que cayeran juntas y no por separado.

Una ráfaga leve de viento envolvió a Alandur y Sarimeh.
Un viento que no venía de ninguna parte.

La ovejita baló.
El rebaño se agitó un poco.
Sarimeh sintió un escalofrío que no supo explicar.

Y Alandur…
Alandur sintió por primera vez en su vida que el mundo acababa de cambiar, sin entender por qué.

Ninguno de los dos dijo nada más.
Ella retrocedió un paso.
Él sostuvo a la oveja como si fuera más frágil que el propio destino.

Sus miradas no se encontraron del todo.
Pero tampoco se evitaron.

A veces, eso basta.

La entidad oscura se difuminó entre las rocas,
como una sombra satisfecha.

Había sembrado algo.
Y ahora solo tenía que esperar.

***


La noche cayó sobre las Colinas Grises con una suavidad engañosa.
Todo el valle parecía dormir en paz:
las ovejas quietas,
el viento débil,
la luna escondida detrás de un velo tenue de nubes.

Dentro de la casa, Alandur dormía profundamente.
Había sido un día largo.
Alineó los animales, arregló la cerca, y aquella noche, Mira —su esposa— se acurrucó contra él con un deseo extraño, repentino, tierno.

Habían hecho el amor.
Habían reído.
Se habían quedado dormidos entrelazados como lo hacían en sus mejores tiempos.

Alandur era feliz.
Satisfecho.
Completo.

Y quizás porque su alma estaba abierta… la sombra encontró por dónde entrar.


---

No hubo ruido.
No hubo brisa.
No hubo cambio en la temperatura.

Solo… presencia.

Una presencia que no pertenecía a ese espacio, ni a esa era, ni a esa forma humana de entender la noche.

Entró por la rendija inferior de la puerta como una tinta viva, una oscuridad que reptaba sin peso y que no proyectaba sombra porque ella misma era la sombra.

Flotó sobre el suelo, rozando apenas las pieles de oveja del piso, acercándose a la cama donde Alandur y Mira dormían abrazados.

Mira respiraba en calma.
Alandur, también.

La sombra se detuvo junto a él.
Se inclinó despacio…
como una madre que observa a su hijo.
Como un amante que examina a su amado.
Como un dios torcido que decide qué pieza mover.

Entonces apareció un rostro, pero no humano:

ojos vacíos,

un hueco donde debería haber boca,

piel que no era piel, sino humo solidificado,

un contorno que vibraba como un insecto atrapado en cristal.


Y algo salió de esa “cara”:
una especie de forma curvada, larga, oscura… como los restos de un antifaz que jamás existió.

La sombra se inclinó…
despacio,
muy despacio…

y besó a Alandur en la frente.

El beso no fue cálido.
No fue frío.
No dolió.
No reconfortó.

Fue algo peor:
fue un permiso.

El permiso para invadir sus sueños.

Alandur se agitó.
Sus dedos se cerraron en el aire.
Murió una parte diminuta de él, tan pequeña que no notó su ausencia.

Y entonces, en su sueño, vio algo:

una figura subiendo por una colina,
el velo movido por el viento,
ojos luminosos,
y el sonido del balido de una ovejita gris.

Sarimeh.

Su nombre aún no existía en su mente…
pero su imagen sí.

La sombra retrocedió, satisfecha.


---

Al mismo tiempo —porque las sombras no conocen distancias—
otra parte de ella, la misma, la duplicada, la continuación,
entró al palacio de la Casa Varashan.

Allí, Sarimeh dormía en una cama de satén claro,
las sábanas limpias,
el aroma de aceites dulces en el aire.

Ella era luz.
Su habitación era luz.
Todo en ella era luz.

La sombra avanzó igual que lo hizo en la casa de Alandur,
pero aquí…
se hizo más densa.
Más pesada.
Más hambrienta.

Apoyó sus manos huesudas sobre la seda de las sábanas.
Las uñas —largas, afiladas, amarillentas como hueso enfermo—
dejaron pequeñas arrugas en la tela perfecta.

La vela del rincón tembló.
El aire se espesó.
La temperatura bajó lo suficiente para que la joven frunciera el ceño aun dormida.

La sombra avanzó,
centímetro a centímetro,
como un cadáver arrastrándose hacia un susurro.

Se inclinó sobre ella.

Sarimeh respiraba con suavidad.
El cabello oscuro se extendía por la almohada como tinta derramada.
La piel de su cuello brillaba con la luz tenue.

Entonces la sombra abrió su “boca”,
o algo que simulaba ser una boca,
y soltó un vaho oscuro,
un soplo viscoso, pesado,
que entró por la nariz y boca de la muchacha como un vapor venenoso.

Ella suspiró,
dio un pequeño gemido,
y su cuerpo se tensó apenas un instante.

Las sombras no dejan besos.
No dejan marcas.
No dejan huellas.

Pero dejan semillas.

Sarimeh, aun dormida,
soñó con hierba fresca…
una oveja gris…
y un pastor de mirada triste.

La sombra se apartó despacio.
Muy despacio.

Y mientras se desvanecía en la habitación,
como si nunca hubiera estado ahí,
la vela que temblaba se apagó sola.

La oscuridad cerró el círculo.

El vínculo estaba hecho.

Y nada —ni hombre, ni mujer, ni dios— lo rompería ya.

***

Alandur despertó antes del amanecer.
Pero no despertó bien.

Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera pasado la noche luchando en sueños.
La garganta le ardía levemente, los ojos estaban hinchados, y un cansancio amargo le recorría los huesos.

Mira aún dormía junto a él, tranquila, con la mano sobre su pecho…
Pero él no sentía nada.
Ni ternura,
ni calma,
ni la satisfacción de la noche anterior.

Solo irritación.

Un desasosiego nuevo, extraño, como si el aire de la casa le resultara ajeno.
Como si su vida, de pronto, no le encajara en la piel.

Se incorporó con un gruñido.
Mira se movió apenas.

—¿Alandur…? —susurró—. ¿Qué ocurre?

—Nada —mintió él—. Solo… dormí mal.

No quiso más conversación.
No quiso explicarse.
No sabía cómo hacerlo.

Alandur salió con las ovejas antes de que el sol asomara por completo.
El rebaño avanzó sin entusiasmo, como si también ellos notaran algo distinto.


---

Llegaron al lugar donde la ovejita había quedado atrapada días atrás.

Y allí estaba Sarimeh.

Como si lo hubiera estado esperando.

Pero no era la Sarimeh que él recordaba.
Sus ojos brillaban demasiado.
Su respiración era rápida, irregular.
Su postura, tensa.
Su voz… casi desesperada.

—Por favor —dijo ella, avanzando hacia él—. Por favor, ven. Ven aquí. Ven conmigo. Por favor…

Alandur retrocedió un paso, confundido.

—Lady Sarimeh… ¿qué hace aquí a estas horas? ¿Qué…?

—Por favor —insistió ella, y esta vez extendió la mano, temblorosa—. No te vayas. No me dejes sola. Por favor, por favor…

Había una urgencia irracional en su voz.
Un deseo pegajoso, inquietante, que no encajaba con la muchacha que él había visto días atrás.
Él dio un paso atrás, incómodo.

—No puedo —dijo, tenso—. Soy un hombre casado. Tengo hijos. No sé qué te ocurre… pero no puedo hacer esto.

Ella no lo escuchó.

O quizás…
no podía escucharlo.

Sarimeh se acercó más.
Demasiado.

—No entiendes —murmuró, y su voz parecía doble, como si otra garganta hablara dentro de ella—. Te necesito. Necesito que estés conmigo. Ahora. Por favor…

Alandur tragó saliva.

—No —repitió—. Basta. Algo te pasa, no estás bien. Vete. Vuelve a tu casa.

Ella negó con la cabeza de forma brusca, casi espasmódica.

Y entonces ocurrió.

Sarimeh se abalanzó sobre él.

No con violencia,
sino con una urgencia desesperada, animal.
Lo rodeó con los brazos, apretándolo contra sí con fuerza inesperada.

Alandur trató de separarla.

—¡Sarimeh, no! ¡Detente!

Pero ella no escuchaba.
No podía.

Su respiración ardía contra su cuello.
Sus manos lo aferraban como garras.

Y antes de que él pudiera apartarla…

Sarimeh lo besó.

No un beso humano.
No un beso de deseo.
No un beso de amor.

Un beso invadido,
infectado,
manipulado.

El mismo vaho oscuro que la sombra le había dejado la noche anterior salió de su boca, espeso y frío.
Entró en Alandur como humo venenoso:
por los labios,
por la garganta,
por la nariz,
por los pulmones.

Él intentó apartarse, horrorizado.
La empujó.
Tropezó hacia atrás, cayendo al suelo de rodillas mientras el mundo giraba.

Sarimeh dio un jadeo, como si algo la abandonara.

Y de pronto,
como si despertara de un trance,
se quedó rígida.
Su rostro cambió:
la confusión, el miedo y la vergüenza reaparecieron en sus ojos,
como si no entendiera qué acababa de hacer.

—¿Qué…? —susurró—. ¿Qué… acabo…?

Pero Alandur ya no la escuchaba.
El veneno oscuro recorría sus venas.
Sentía una mezcla imposible de ansia, tristeza, rabia y deseo.
Un torbellino que no provenía de él…
sino de algo más.

Algo que los había tocado a ambos.

Sarimeh retrocedió, temblando, con lágrimas que no entendía cayendo por su rostro.

Alandur se llevó una mano a la boca, aturdido, respirando con dificultad.

Y en lo alto de las rocas…
la sombra observaba.

Sin ojos.
Sin rostro.
Sin forma clara.

Pero satisfecha.

El segundo paso estaba dado.

***
Sarimeh se quedó helada al ver el humo oscuro entrar en el cuerpo de Alandur.
Fue un instante, como un latido, pero lo vio claramente:
una masa negra, húmeda, viva, deslizándose por los labios del pastor y perdiéndose dentro de él como si fuese absorbida por sus pulmones.

—¡Alandur! —exclamó, horrorizada.

Él se tambaleó, respirando con dificultad, con los ojos brillantes de una forma enfermiza.

—Sí… Sarimeh… contigo… claro que contigo… —balbuceó con una sonrisa que no era suya.

La chica sintió una punzada de terror, pero también de compasión.
Aquello no era deseo humano.
Era posesión.

—Ven conmigo. Te llevaré a quien puede ayudarte —dijo ella, decidida, tomándolo del brazo.

Alandur la siguió dócilmente, como un niño que obedece sin comprender.


---

Su caballo estaba a unos metros.
Sarimeh lo montó de un salto, extendiendo la mano hacia él.

—Sube —ordenó—. Tenemos que llegar antes de que anochezca.

Alandur obedeció sin dudarlo, sentándose detrás de ella.

Durante los primeros minutos, el caballo avanzó rápido por el sendero de tierra.
Sarimeh intentaba mantener la calma, concentrada en llegar a Namtara.
Pero entonces sintió algo…

Las manos de Alandur.
Tocando su cintura.
Apretando.
Deslizando los dedos hacia su cadera… de una forma que no era él.
No como él.

—Alandur, no. Para —advirtió ella, tensándose.

Él no escuchó.
Su respiración era húmeda, irregular.
La sombra seguía dentro.

—Sarimeh… tú… tú eres mía… ven aquí… quédate conmigo… —susurró, acercando el rostro a su cuello.

Ella se apartó de golpe.

—¡Te he dicho que NO! —gritó, tirando de las riendas para detener el caballo.

El animal relinchó.
Un silencio espeso cayó sobre ellos.

Sarimeh bajó del caballo con furia contenida, los ojos llenos de miedo y rabia.

—Esto no eres tú. No te atrevas a tocarme otra vez.
No lo permitiré. ¿Me oyes?

Alandur estiró las manos hacia ella desde lo alto del caballo, casi suplicando.

—Sarimeh… no te vayas… ven aquí… abrázame… no puedes alejarte… tenemos que estar juntos… tú y yo… —susurró con una voz que ya no sonaba humana.

Ella retrocedió un paso, luego otro.

—Voy a ayudarte, Alandur —dijo con la voz quebrada—. Pero no así. No mientras estés… poseído por lo que sea que te ha tocado.

Sin esperar respuesta, comenzó a caminar a pie por el camino.
Alandur la siguió desde el caballo, incapaz de dejar de mirarla.

Parecía hipnotizado.
Como si cada movimiento de ella tirara de un hilo invisible dentro de su pecho.

—Sarimeh… no corras… espera… no me dejes… —susurraba él, la voz rota, el alma atrapada en un hechizo que no comprendía.

Ella no respondió.
Solo caminaba, firme, respirando hondo para no temblar.

Así avanzaron:

ella a pie, marcada por el miedo y la determinación;

él a caballo, tembloroso, poseído por algo que lo arrancaba de sí mismo;

y detrás de ambos, invisible, deslizándose entre las rocas… la sombra.


Observando.
Acompañando.
Disfrutando.

Porque cada paso en ese camino los acercaba más a su destino…
y más lejos de quienes creían ser.

***

El camino descendía por un barranco estrecho, donde la luz del sol apenas se atrevía a entrar.
El aire allí era distinto: más frío, más denso, casi húmedo, como si el lugar guardara su propia respiración.

Sarimeh caminaba delante, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo en los oídos.
Alandur iba detrás, todavía a caballo, murmurando su nombre como un rezo febril.
Cada tanto, la sombra se deslizaba por la ladera, invisible para ellos, siguiendo sus pasos como un invitado silencioso.

Al final del sendero apareció la casa de Namtara.

No parecía una casa…
parecía una herida en la tierra.

Hecha de barro y adobe ennegrecido, con grietas profundas que parecían escribir palabras en un idioma olvidado.
En la entrada colgaban pieles secas, endurecidas por el tiempo, moviéndose con un vaivén lento como si respiraran.
Había vasijas rotas en el suelo, cada una marcada con símbolos blancos que brillaban débilmente incluso sin luz.

Namtara no era una curandera común.
Y su hogar lo gritaba.

Sarimeh tragó saliva, aferrando las riendas del caballo para obligar a Alandur a detenerse.

—A pie —susurró—. No entrarás así.

Él obedeció torpemente.
Desmontó, casi cayendo.
Sarimeh lo sostuvo por el brazo, no por cariño, sino por necesidad.

La muchacha golpeó la puerta con tres toques secos.
Exactamente tres.
No más.
No menos.

Y la voz de Namtara respondió al instante, áspera como madera vieja:

—Entra, hija de Varashan.
Y trae contigo… al hombre marcado por la noche.

Sarimeh sintió un escalofrío.
Alandur respiró hondo, como si aquella voz lo llamara desde dentro de sí mismo.

La puerta se abrió sola.

Un olor espeso salió de la oscuridad interior:
una mezcla de humo negro, resina amarga y algo más…
algo viejo, antiguo, como tierra que nunca vio la luz.

Sarimeh dio un paso.
Alandur la siguió, tembloroso.

Y juntos cruzaron el umbral,
entrando en un lugar donde la noche parecía tener paredes.

***

La puerta de la cabaña estaba entreabierta.
No del todo.
Justo lo suficiente para que diera la sensación de que la casa, por sí misma, decidía quién podía entrar y quién no.

Sarimeh empujó el cuero que hacía de cortina.
El olor la golpeó como un muro invisible:
hierbas quemadas, tierra húmeda,
y algo… agrio.
Demasiado agrio.

—Por los dioses… —murmuró tapándose la nariz.

El interior era oscuro, pero inquietantemente vivo.
Los cuencos de arcilla parecían observar.
Algunos líquidos, inmóviles, brillaban con colores que no existían fuera de esa casa.
Los amuletos colgantes parecían respirar.
Y en el centro, un brasero alto ardía sin llama:
solo brasas de colores —azules, rojas, verdes—
palpitando a distinto ritmo,
como un corazón enfermo que no lograba decidirse por un latido.

Namtara estaba sentada al fondo, absolutamente inmóvil, con la espalda recta como un poste seco.

No saludó.
No preguntó.
Solo levantó lentamente un dedo huesudo.

—Pasad. Ahora estoy con vosotros…

Su voz era áspera.
No sonaba a garganta humana.
Más bien parecía salir de una grieta en la tierra.

Sarimeh entró.
Alandur la siguió tambaleándose, casi cayendo encima de ella.
Le acarició el brazo, luego la cintura, y después intentó tocarla más abajo.

—¡Quita! —bufó Sarimeh apartándolo—. ¡Te he dicho que no!

Pero al mismo tiempo algo extraño ocurría:
cuando Alandur la rozaba,
un tirón interno,
como si algo dentro de ella la empujara hacia él,
la obligaba a detenerse un segundo.

Sarimeh frunció el ceño.

¿Qué demonios es esto…?

Namtara seguía sin hablar.
Solo respiraba.

Un segundo.
Dos.
Tres.
Cinco.

De repente, la anciana exhaló un suspiro larguísimo.

—Calma interior… calma interior…
calma interior… —murmuraba para sí misma, con voz muy baja—.
A ver, respira…
Calma…
Calma…

Y de pronto gritó:

—¡¡¡CALMA MIS COJONES!!!
¡Demonios, qué mierda de aura traéis encima!
¡Ni calma ni hostias, joliiiin!

Sarimeh pegó un salto.
Alandur se rió sin querer.
Namtara lo fulminó con la mirada.

—¿De qué te ríes tú, alma de cántaro? ¡Calla!

La vieja entornó los ojos como si intentara enfocar.

—A ver… —se inclinó hacia adelante—.
¡Anda!
Sois dos…
¿Una jovencita y… —miró a Alandur de arriba abajo— un maromo que te saca qué… veinte años? ¿Veinticinco?
Vaya, vaya…
Si que sois modernos, ¿eh?

Sarimeh se sonrojó de golpe.

—Namtara, por favor… necesito tu ayuda…

La curandera la miró, ladeando la cabeza.
Frunció los labios.
Se frotó los ojos.

—A ver… oh… —parpadeó— pues no es tan feo el hombre…
—Luego añadió por lo bajo—: para lo que hay por aquí, oye…

Sarimeh casi lloró.

—¿Me ayudas o no?

Namtara levantó una ceja.

—¿Ayudarte?
Bueno… hace años que no hago un trío…

Sarimeh abrió la boca, horrorizada.

Alandur también, pero por razones distintas.

La curandera dio un golpecito con su bastón.

—Es broma, niña.
Broma.
¿Nunca has visto a una vieja reírse de sí misma?
Jolines… qué sensibles sois los jóvenes…

Namtara se inclinó hacia Alandur de golpe, como un buitre cayendo sobre un cadáver.

—A ver…
mírame esos ojos…

Alandur la miró con expresión perdida.
Namtara gruñó.

—Ojos cristalinos…
Mirada perdida…
Existencia narcisista…
¿Se ha enamorado?

Lo miró como si fuera una cucaracha con moquera.

—Puaj.
Qué asco.

Alandur intentó tocar la mano de Sarimeh otra vez.
Namtara le pegó con el bastón en los nudillos.

—¡Quieto, bicho! ¡Las manos donde yo las vea!

El hombre se quedó quieto de inmediato.

Namtara bufó, molesta.
Caminó hacia una esquina de la cabaña y abrió un arcón enorme lleno de pergaminos, tablillas y objetos que parecían prohibidos por ley divina.

—A ver…
A ver…
Este no.
Tampoco.
Ni soñarlo.
¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Si esto es de magia para verrugas!
Este tampoco.
¡Ay, este no lo toquéis que explota!
Ah…
A ver…
Aquí… ¡AQUÍ ESTÁ!

Sacó un libro grueso, encuadernado con piel vieja, que parecía latir.

—Ya os vale… —gruñó—.
Esto no se lo deseo ni a mis enemigos.

Sarimeh se acercó, tragando saliva.

—¿Qué… qué nos está pasando?

Namtara abrió el libro de golpe.
Una nube de polvo negro salió despedida.

Los amuletos de la pared tintinearon.
Las brasas cambiaron de color.

La anciana sonrió.
Una sonrisa torcida, irónica, casi malvada.

—Ay, niña…
lo que os ha pasado…
se llama…

Drujyah…

Las brasas cambiaron de color.
El rojo se volvió verde.
El verde se volvió azul.
El azul… negro.

La cabaña se encogió.
No se oscureció:
se volvió más pequeña,
como si las paredes escucharan
y contuvieran el aliento.

Y la curandera comenzó a leer….


***

…Cuando Namtara pasó el dedo por la página,
la habitación pareció inclinarse hacia ella.
Un gesto sutil,
como si algo antiguo quisiera escuchar también.

Habló de un tiempo remoto,
cuando la luz y la sombra tenían fronteras
y el caos obedecía a un instante perfecto:
Kairos-Theum,
el momento sagrado.

Un latido breve
capaz de contener incluso a Drujyah,
la sombra volátil,
el humo inteligente que nunca debió tener forma.

Pero los instantes perfectos
no permanecen.

Entonces Ada,
el que gobierna lo que yace bajo la tierra,
tomó una decisión que cambió el destino del mundo.

No perdió su corazón.
Se lo arrancó.
Voluntariamente.
En silencio.
Sin gloria.

Lo llevó hasta Asharim-Tala,
la lágrima de la tierra,
y allí lo dejó:
palpitante, ardiente, vivo.

No lo ocultó.
Lo entregó.
Porque para crear el Tártaro,
el abismo para los titanes,
debía convertirse en un dios sin corazón.

Y aunque Ada se marchó
a forjar aquella oscuridad eterna,
su corazón no quedó solo.

Pýrastes,
hija de Kairos-Theum,
la mariposa de fuego,
decidió quedarse.
No por mandato.
No por deber.
Por amor.
Por protección.
Por instinto.

Ella era la luz que contenía a la sombra.
La que mantenía a raya a Drujyah.

Hasta que desapareció.

Hace un siglo,
dicen las Tamaharet,
ella se desvaneció sin rastro.
Sin despedida.
Sin señal.

Y cuando su luz desapareció,
los seis candados del Tártaro
comenzaron a agrietarse.
No con ruido.
No con violencia.
Sino con un susurro.
Una presión suave.
Una grieta.

Drujyah no necesitó más.

Escapó.
Como humo entre los dedos del mundo.
Y así comenzó la era de tinieblas.

Namtara cerró el libro.
Despacio.
Como quien guarda un secreto que duele.


***

Hay historias que no deberían contarse,
pero persisten.
Historias que sobreviven
como heridas en la memoria de un pueblo.

Hubo una pareja,
tiempo atrás,
cuando Drujyah vagaba recién liberado.
Una pareja que se amaba
como pocas almas consiguen amarse.

Y fue ese amor
lo que llamó a la sombra.

Una noche, Drujyah los visitó.
No entró caminando.
No se deslizó por la puerta.
Entró como entra la oscuridad en una habitación sin fuego:
llenándola de golpe.

Los tocó a los dos
sin que ninguno lo supiera.

La primera semana
fue casi hermosa.
Solo querían estar juntos.
Verse.
Respirar el mismo aire.
Dormir con los dedos unidos.
No comían.
No bebían.
No hablaban con nadie.

La gente lo llamó amor joven.

Pero el amor se transformó en hambre.

Una hambre profunda,
sin nombre,
que no venía del cuerpo
sino del alma.

Comenzaron a morderse.
A desgarrarse.
A probar la piel del otro
como si intentaran entrar en ella.

Era deseo llevado al extremo
por la sombra.

Luego llegó la fusión.

Después de yacer una noche,
despertaron pegados.
No abrazados.
Pegados por la carne.
Venados como barro húmedo.

Intentaron separarse.
Gritaron.
Lloraron.

Nada funcionó.

Cada día
se unían más.

Hasta convertirse en uno solo:
un cuerpo retorcido,
con dos cabezas llorosas,
cuatro brazos temblorosos,
cuatro piernas incapaces de sostenerse.

Un engendro nacido del amor
y de Drujyah.

Vivió así un tiempo,
pidiendo limosna en silencio.
Cubierto por mantos.
Temblando con frío y vergüenza.

La gente lo evitaba.
Los niños lloraban al verlo.
Solo una niña pequeña
se acercó algún día.
Con fruta.
Con pan.
Con una inocencia
que él ya no recordaba.

Esa niña era Sarimeh.

***

Namtara levantó la mirada.

Esta vez no habló como narradora de antiguos mitos.
Ni como guardiana de secretos.
Sino como alguien que estaba a punto de romper la vida
de una joven que había visto crecer.

—Con el paso del tiempo…
aquel engendro dejó de moverse —dijo.

Sarimeh se tensó.

—Cayó en la calle.
Solo.
Sin fuerzas.
Sin voz.

La curandera respiró hondo.

—Los guardias lo recogieron al amanecer
y lo arrojaron al foso.
Como a un animal.
Como a un despojo.

El silencio se volvió tan denso
que parecía hundirse.

Namtara dio un paso hacia Sarimeh.

—Y tú lo conociste, niña.
Tú le diste comida.
Tú fuiste la única mano
que él recibió.

Sarimeh sintió un golpe en el alma.

La anciana sostuvo la mirada un segundo más
y dijo la verdad que ya no podía callar:

—Ese engendro…
eran dos amantes malditos.
Justo como vosotros dos
si no detenemos a Drujyah.

***


A veces, cuando una verdad cae sobre un alma joven,
no lo hace como una revelación…
sino como un derrumbe.

Sarimeh retrocedió un paso,
dos,
tres,
como si las palabras de Namtara la hubieran empujado por dentro.

—No… —susurró al principio,
leve,
tembloroso.

Y luego explotó.

—¡NO!
¡Por los dioses, no puede ser esto! ¡No puede ser así!
¡Tú no eres sacerdotisa! ¡Eres una curandera!
¡Una curandera!
¡No tienes derecho a decir esto!
¡Nadie nos va a casar! ¡Nadie puede hacerlo!
¡Es imposible!

Las últimas palabras se rompieron entre sollozos.
Alandur, incapaz de sostenerla o sostenerse,
solo miraba como quien contempla un fuego que no entiende.

Namtara no se alteró.
Ni siquiera pestañeó.

No necesitaba hacerlo.

Caminó lentamente hacia una estantería baja,
cubierta de frascos,
polvo
y pequeñas reliquias del desierto.
De un cuenco de barro extrajo una rama seca,
curvada,
de un tono ambarino extraño:
ramas de humāra,
la planta que las Tamaharet usaban en los ritos antiguos
para jurar verdades que los dioses escuchaban.

No era un símbolo de amor.
Era un símbolo de destino.

La anciana tomó la rama entre las manos
y volvió hacia ellos.

—No necesito ser sacerdotisa —dijo,
con una calma que cortó el aire—.
Ni reyes.
Ni templos.
Ni testigos.

Se acercó.
Alzó la rama.
Y, sin pedir permiso,
tomó la mano de Sarimeh
y la de Alandur,
juntándolas suavemente,
como si sus dedos fueran dos ríos obligados a encontrarse.

Los envolvió con la rama de humāra,
anudándola con un gesto lento
que parecía más antiguo que el propio desierto.

—La unión sagrada —dijo Namtara,
su voz profunda,
más cercana a un eco que a un habla—
no pertenece a los hombres.
Ni a los templos.
Ni a los nombres.
Lo que los dioses atan…
ningún hombre puede desanudarlo.

El brasero cambió de color.
El aire vibró.
Un escalofrío recorrió la cabaña
como si algo invisible asistiera al ritual.

Sarimeh sintió que el mundo giraba.
Que el suelo se deslizaba bajo sus pies.
Que la rama ardía sin fuego
entre sus dedos.

—No…
no, por favor… —susurró.

Sus rodillas cedieron.
El cuerpo completo cayó con un golpe seco contra la tierra.
Los dedos se soltaron de los de Alandur
solo cuando la rama ya estaba anudada.

Sarimeh apoyó las manos en el suelo,
temblando,
gimiendo como quien acaba de despertar
a una pesadilla que no sabe cómo detener.

—¡No puede ser…!
¡Esto no puede ser verdad!
¡Por favor… no!



***

Nemoshyne:

Ninguna sombra externa puede oscurecer el corazón que se gobierna a sí mismo.
La desgracia entra por la puerta que uno deja abierta con el desorden interior.
Antes de temer al mal ajeno, endereza tu propio centro.

Quien cultiva la rectitud, la serenidad y la claridad, se vuelve como el bambú:
los vientos pasan, pero no lo arrancan.

No preguntes quién te maldice, pregunta qué parte de ti escucha esa maldición.
Si fortaleces tu virtud, ninguna mirada dañina podrá alcanzarte.

El sabio no combate la oscuridad; simplemente enciende su lámpara.”

A veces sentimos que algo oscuro nos sigue, como si una sombra hubiera aprendido nuestro nombre.

El mal utiliza la distracción in situ.
No suele llegar como un trueno ni como un monstruo visible, sino como un torbellino de pequeños acontecimientos, casi imperceptibles, que te empujan a actuar de un modo que no reconoces como tuyo.
Un retraso absurdo.
Un comentario que te descoloca.
Un gesto torpe que no sueles tener.
Y, sin darte cuenta, ya no eres tú quien decide el rumbo, sino ese leve desajuste que se va acumulando, milímetro a milímetro, hasta convertirse en un golpe de timón.

El marinero sabe de lo que hablo.
No el marinero moderno, que confía en motores, pantallas y rutas digitales.
Me refiero al antiguo aprendíz de los vientos y las estrellas, aquel que escuchaba al mar igual que otros escuchan a un viejo maestro.
Para él, un pequeño error —una cuerda mal tensada, una nube que no debería estar allí, el crujido extraño de la madera— podía transformar una travesía en una prueba.
Sabía que el mar habla en susurros antes de levantar su furia.

Así también opera la oscuridad: primero te desvía un grado, luego otro.
Y cuando quieres darte cuenta, ya no navegas hacia tu destino, sino hacia donde te arrastró la tormenta silenciosa.
Pero, igual que el marinero antiguo, puedes recuperar el rumbo: basta con alzar la mirada a tus propias estrellas interiores y recordar quién sostiene el timón.

¿No creen?

***

 
© 2025 Óscar Fuillerat Cruz. Todos los derechos reservados.Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio, sin el consentimiento expreso del autor.





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