Bruja piruja. Capitulo 2.


Había un tiempo en que el mundo aún no conocía la palabra bruja como la usamos hoy. No era un título, ni siquiera un oficio. Era, más bien, un susurro en la noche, un dedo señalando a quien vivía demasiado cerca de la frontera entre lo humano y lo imposible.

A esas mujeres —y a veces, hombres— se las llamaba de muchas formas. Sagae, si eran sabias de hierbas y remedios. Veneficae, si se creía que sus manos mezclaban venenos o pociones prohibidas. Y Strigae… cuando el miedo era demasiado grande para nombrarlo de otra manera.

Porque la Striga no era simplemente humana. Era el rumor de alas en la oscuridad, el hambre que acechaba a los recién nacidos, el eco de voces que imitaban lo conocido para arrastrarte hacia lo desconocido. Era la encarnación de todo aquello que podía romper la paz con los dioses y arrojar a una ciudad entera al desastre.


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Pompeya, año 79 d.C.

Era verano, y Pompeya celebraba los ludi en honor a Venus Pompeiana, protectora de la ciudad. Desde el amanecer, las calles habían sido un hervidero de vendedores, perfumes y vino. Los juegos en el anfiteatro eran la culminación de la fiesta: espectáculos de sangre para entretener a una multitud que había pagado por ver morir.

La arena estaba todavía húmeda de sangre. El público rugía en las gradas, eufórico tras el espectáculo de gladiadores. Hombres contra hombres, hombres contra fieras: todo había servido para calentar la multitud hasta el delirio.

Entonces, el portón del subterráneo se abrió de nuevo. Y apareció una mujer.

Caminaba lentamente, descalza, con los cabellos largos y negros cayéndole delante del rostro como un velo espeso. Nadie podía verle los ojos. Nadie sabía quién era ni de qué tierras venía. La llamaban la bárbara, aunque ni siquiera los legionarios se atrevían a pronunciar su nombre.

Al principio, la multitud rió. Una mujer contra las fieras era un insulto al espectáculo. Pero el editor del juego —orgulloso, desafiante— alzó la mano, y los portones de hierro se abrieron de golpe.

Los leones salieron rugiendo, como torrentes de músculos y colmillos. La multitud se puso en pie, anticipando el festín.

La euforia exaltada en las gradas parecía desear lo inevitable. Los leones tiraban de las mordazas de hierro encadenadas firmemente a bloques de piedra, los cuales estaban a punto de reventar.

La mujer, en medio del anfiteatro del coliseo de Pompeya, dejaba que su cabello se agitara con el viento, como las ramas de un sauce llorón golpeadas por una marejada invisible. Era una mujer adulta, de unos 35 o 40 años. En su mirada brillaba la esencia de mil torturas y tormentos: el reflejo de una existencia adoctrinada en la soledad y la oscuridad.

Durante un instante, el cabello se apartó, y en su iris verde claro se reflejó la imagen del león, con la boca abierta en un rugido. Poderoso. Decidido. Como lo haría con una deliciosa presa.

Pero al llegar a una distancia de tres metros. Las bestias pararon. Como si pudieran sentir algo extraño y poderoso ante aquella mujer.
Aterrados, las bestias retrocedieron a sus jaulas. Tenían miedo.

El circo enmudeció.
Y la brisa de la mañana, hizo que los estandartes de Pompeya temblaran.
Nadie dijo nada.
Todo el mundo, intento interpretar lo que había ocurrido en la arena.

En el palco imperial, no sabían que hacer. Por alguna razón aquel acto había sobrepasado las expectativas de aquella mujer.


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Dicen que en el año 79 d.C., cuando el Vesubio rugió como un dios traicionado, Pompeya quedó sepultada bajo fuego y ceniza. Y entre los pocos que sobrevivieron, el nombre que temblaba en los labios era siempre el mismo: Strigae

No era romana. Venía del lejano Danubio, de tierras eslavas donde las montañas crujen al caer la noche y los ríos hablan en lenguas oscuras. Allí, la llamaban Strigae: no una simple bruja, sino algo más. Una criatura liminal, mitad mujer, mitad ave nocturna, capaz de caminar entre sombras como si fueran su dominio natural.

En Pompeya la conocían como “ la extranjera”, esclava en otro tiempo, liberta después. Pero los rumores crecían. Algunos aseguraban que podía atraer objetos con un gesto, encender fuego sin tocar madera, enfermar un rebaño entero con un canto. Otros decían que su sola presencia hacía temblar a los perros, y que al pasar por las calles, el aire olía a manada invisible de depredadores.

Cuando el Vesubio estalló, los sobrevivientes la vieron de pie en medio de la lluvia de ceniza, intacta, sus ojos reflejando las llamas. Para ellos, no era la furia de Vulcano la que había destruido Pompeya, sino el poder de la Strigae.


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El Senado no podía permitir que tal relato creciera. Fue apresada, juzgada en secreto bajo la Lex Cornelia de veneficiis. Pero no se la trató como a una simple venefica. El acta la nombró hostis deorum, enemiga de los dioses.
Matarla en Roma era demasiado arriesgado: ¿qué desastre sobrevendría si su sangre tocaba el suelo del Foro?

La solución fue el exilio. Hispania Tarraconensis. Una tierra remota, fértil y misteriosa, donde montañas extrañas parecían custodiar secretos de los dioses. Allí, en un macizo de peñas que siglos más tarde sería llamado Montserrat, la desterraron.


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Allí la vigilaron al principio. Pero pronto los soldados se negaron a acampar cerca: las antorchas se apagaban solas, las cabras caían muertas sin herida alguna, los obreros de las construcciones de acueductos morían arrastrados por las violentas aguas del río Rojo ( Llobregat) un río con furia descontrolada, como un mar bravo, como un “Mar - Torus”
Nunca se pudo construir un puente por entonces. Ya que toda construcción se desplomaba.

Los lugareños empezaron a llamarla Señora de la Montaña. Otros “Ekhante ‘ la hija de Aqueronte “el barquero de la laguna Estigia.
Tras el gran incendio del siglo IV d. c. Y con la llegada del cristianismo, se borró todo documento relacionado con la exiliada.
Y con el tiempo, los romanos dejaron de

Mencionarla o escribir su nombre era invocarla.
Ni siquiera relataron las leyendas sobre la mujer con alas negras.
En las lunas llenas, Tan solo decían “Strigae”.
Y las puertas de las casas y las ventanas se cerraban toda la noche.

El tiempo paso. Y la gente comenzó a olvidar aquella criatura.
Hasta en el año 1938.

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