Bruja Piruja. Capitulo 3. Strigae
Durante la Guerra Civil Española, entre 1937 y 1939, los lugareños volvieron a hablar de la Señora de la Montaña.
Un destacamento de soldados fue enviado a vigilar las laderas de Montserrat. Nunca regresaron. Solo uno, el más mayor de todos, alcanzó tambaleándose la localidad de Olesa de Montserrat.
Los vecinos lo encontraron al amanecer, cubierto de polvo, con la mirada perdida y los labios partidos de tanto murmurar oraciones.
Dijo haber visto a una mujer de cabellos negros recorrer las crestas de la montaña como un ave de presa, los ojos rojos brillando en la penumbra. Juró que imitaba las voces de sus compañeros, llamándolos por su nombre, una y otra vez, hasta que se internaban solos en la oscuridad y ya no volvían.
El Ejército Nacional lo capturó de inmediato. Y en su interrogatorio estuvieron presentes el cura, el alcalde y el sargento. Querían saber qué había ocurrido realmente, qué enemigo oculto rondaba aquellas montañas.
***
16 de noviembre de 1938 – Ayuntamiento de Olesa.
Lluvia torrencial. El repiqueteo sobre los tejados de teja y el chapoteo de las botas en los charcos ahogan la noche en Olesa de Montserrat.
Un coche militar se detiene frente al ayuntamiento. De él baja el Mosén Antoni, empapado a pesar de la capa negra que lo cubre. Cruza la plaza a paso rápido, esquivando la lluvia que cae como cuchillas.
En la puerta lo esperan el Sargento Valcárcel y el Alcalde Ferrer, fumando con el cigarro a medio consumir, apagado casi por completo por el agua.
Valcárcel (con voz seca):
—Mosén, gracias por venir con este tiempo de mierda.
Mosén Antoni (sacudiéndose el agua del hábito, resoplando):
—Hijo, no seas mal hablado, ¡joder! (alza la vista hacia la tormenta) Pero tienes razón… el Señor parece disgustado. (pausa, medio en broma) Supongo que habrá un poquito de brandy en la despensa, ¿no?
Ferrer (aplastando la colilla con el zapato):
—Por supuesto, padre. Vamos, antes de que nos calemos hasta los huesos.
Valcárcel:
—No le hubiéramos llamado si no fuera importante. En la abadía nos dijeron que usted podría ayudarnos en este asunto.
Mosén Antoni (mirándolo fijo):
—Mi sargento… para usted las armas y las trincheras son su trabajo. El mío, hijo, es luchar contra los lobos que pretenden descarriar al rebaño.
Los tres cruzan el umbral. El estruendo de la lluvia queda atrás como si cerraran la puerta de otro mundo.
El interior del ayuntamiento huele a humedad y tabaco frío.
Una bombilla desnuda parpadea en la sala de interrogatorios, proyectando sombras temblorosas contra las paredes desconchadas.
En medio, sentado frente a una mesa metálica, está el soldado Juan Herrera.
Su uniforme está hecho jirones, los dedos ennegrecidos de barro seco, la piel ajada como cuero viejo. Los labios agrietados se mueven sin descanso: tiembla, murmurando entre dientes, como si rezara… o hablara con alguien invisible.
(Ferrer traga saliva; incluso Valcárcel aprieta la mandíbula, incómodo. El mosén no aparta los ojos del soldado, como si ya intuyera lo que va a escuchar.)
Valcárcel (cerrando la puerta con un portazo):
—Herrera. Ha llegado el mosén, como pediste. Él va a ayudarte a recuperarte…
(se inclina al oído del soldado)
—Pero entre tú y yo, soldado… no me toques más los cojones. Habla de una puta vez o te dejo en pelotas toda la noche en la puerta del ayuntamiento hasta que decidas cantar.
Herrera (temblando, cabeceando):
—Sí… sí, mi sargento…
El mosén se sienta despacio frente al soldado, coloca el rosario sobre la mesa como si marcara territorio. Ferrer aparece con una taza metálica y una botella de brandy medio vacía. Sirve un chorro. El mosén lo toma, da un sorbo largo y se inclina hacia el oído del alcalde.
Mosén Antoni (en susurro):
—Sé que tenéis al profesor abajo. Tráelo como esté… necesitamos a alguien que entienda de estas cosas.
Ferrer (murmura, incrédulo):
—¡Padre, no me jodas!
(El mosén lo mira con seriedad, apretando el rosario entre los dedos.)
Ferrer (nervioso, susurrando):
—¿Al republicano?… Padre, Valcárcel se va a poner como una fiera.
Mosén Antoni (voz firme, sin apartar la mirada):
—Demonios o republicanos… necesitamos saber qué coño pasa en esa montaña, hijo.
El alcalde se muerde los labios, retrocede hasta un rincón de la sala. El sargento, que ha notado el cuchicheo, golpea la mesa con la palma de la mano. El estruendo hace temblar la taza de brandy.
Valcárcel (con voz seca, amenazante):
—¿Qué pasa, padre? ¿Todo bien?
El mosén da un sorbo del brandy, sin pestañear.
Mosén Antoni:
—Todo perfecto, sargento. He mandado que traigan al profesor.
(Valcárcel abre los ojos de par en par, suelta una carcajada irónica.)
Valcárcel:
—¡Perfecto! Nacionalistas y republicanos trabajando juntos… ¡tócate los huevos!
El soldado tiembla, hundido en la silla, murmurando entre dientes. Ferrer evita la mirada del sargento, sudando frío. El mosén se inclina hacia adelante, los ojos fijos en Herrera.
Mosén Antoni (con voz grave):
—Hijo… cuando quieras, puedes comenzar.
Herrera (temblando, con los ojos clavados en el suelo):
—Cogimos a uno… se escondían en una cueva, cerca de Collbató. Luego seguimos a unos cuantos más, hasta el camino que sube hacia Manresa…
(su respiración se acelera, empieza a sudar)
—Y entonces… esa cosa. Imitaba las voces de los demás. Incluso la mía… ¡joder, la mía!
(se encoge, casi rompe a llorar)
—Vi su rostro… y llevaba algo, un abrigo con plumas… o algo así.
(Mientras Herrera habla, el mosén Antoni aprieta contra su pecho el medallón que cuelga de su cuello. Sus dedos se cierran en torno a la figura, como si buscara fuerza en el metal frío. Sus labios se mueven en un murmullo inaudible, quizá una oración.)
Herrera (murmurando, como perdido):
—Se fueron… los llamaba una voz… y entraron en la niebla.
(Un trueno sacude los cristales. El mosén levanta la vista hacia la ventana, inquieto, y por primera vez suelta el medallón. La cadena resbala y la medalla queda al descubierto, brillando bajo la bombilla parpadeante. Herrera fija los ojos en ella.)
Herrera (con un hilo de voz, horrorizado):
—Eso… eso no es un dragón.
(Todos giran la vista: bajo la espada de San Jorge, el monstruo vencido no tiene escamas… sino alas de ave y la silueta de un rostro femenino cubierto de cabellos largos: una arpía. El silencio se vuelve espeso. El mosén aprieta la mandíbula, sin confirmar ni negar nada.)
(Todos esperan que el mosén diga algo. Él mantiene la mano sobre el medallón, la mirada perdida en la ventana. Su silencio pesa como plomo. La tensión se corta en seco cuando la puerta chirría y se abre.)
El profesor Ayerdi entra acompañado por el alguacil. Sus muñecas aún llevan la marca de las esposas. Tiene el rostro amoratado, un ojo hinchado y una costra de sangre seca en el labio. Camina encorvado, con pasos torpes, pero en cuanto cruza la sala sus ojos se clavan en los presentes: desconfiado, tenso, como animal acorralado.
Valcárcel (con una media sonrisa, voz cargada de veneno):
—Ahora que estamos todos, el grupito, y con el brandy encima de la mesa… podemos celebrar una fiesta de puta madre.
(Da un trago directo de la botella, sin servirse. Luego golpea la mesa con ella, cambiando el tono de golpe.)
Valcárcel (se inclina hacia adelante, duro):
—Pero no estamos aquí para celebrar nada…
(Se gira hacia Herrera, que sigue temblando en la silla.)
Valcárcel:
—¡Soldado Herrera! Vuelva a explicar lo que ha pasado en la montaña de Montserrat. A ver si este rojo —(señala a Ayerdi con la botella como si fuera un arma)— canta al menos algo de una puta vez.
(El profesor se queda inmóvil, la respiración entrecortada. Mira a Herrera con el ceño fruncido, como si no entendiera nada. Ferrer traga saliva. El mosén aprieta los labios, sin soltar palabra. Solo la lluvia repiqueteando contra los cristales acompaña el silencio antes de la tormenta.)
Herrera (temblando, mirando al suelo):
—¡Sí, mi sargento! Seguimos a unos por el camino del jabalí, aquel que está en los pies de la montaña de Montserrat. Pasamos Collbató y llegamos hasta la altura del Bruc. En el cruce que va hacia Igualada, Manresa y al monasterio… empezamos a escuchar gritos y disparos.
(se pasa la lengua por los labios secos, la voz quebrada)
—Al acercarnos, los encontramos a todos allí… muertos. Y en la cima de los cadáveres… una mujer joven, con una casaca de plumas. Sus ojos eran… rojos, como la sangre.
(Mira a Valcárcel con desesperación, como buscando aprobación a su propia locura.)
—Esteban me preguntó: “¿Qué es eso, señor?” Y esa cosa repitió su voz. ¡La misma voz! “¿Qué es eso, señor?”...
(se agarra la cabeza con ambas manos)
—Luego imitó a Juan Carlos… a Ramírez… a Marcos. ¡Nos estaba devolviendo nuestras propias voces! Todos nos acojonamos. Le apuntamos con el Mauser… y entonces…
(Se detiene, las manos temblando. Su voz se rompe en un gemido. La sala queda en silencio, rota solo por la lluvia contra los cristales.)
Ayerdi (serio, con voz controlada):
—En esa zona… ¿había una masía?
Herrera (confuso, tratando de recordar):
—Creo que sí… pasamos por un terreno lleno de zarzas y muros caídos…
Ayerdi (asiente, casi para sí mismo):
—El Mas de los Bonesvalls. El médico de Barcelona compró aquellas tierras en 1916 para levantar una casa de verano. Una familia respetada, en el Paseo de Gracia… pero allí todo se torció. Tragedias, muertes, desapariciones… nadie quiso volver.
(Mira a Herrera fijamente, con un brillo extraño en los ojos.)
Ayerdi:
—Dígame una cosa, soldado. Esa mujer… ¿qué calzado llevaba?
Herrera (exaltado, con un grito ahogado):
—¡Joder! ¡No llevaba zapatos!
(su voz se vuelve un susurro)
—Y… no eran pies…
Ayerdi (se inclina hacia adelante, con voz baja):
—¿Patas?
Herrera (cerrando los ojos, como si al decirlo le quemara):
—Sí… como las de un ave… o algo parecido.
(Un silencio sepulcral. Ayerdi retrocede en la silla, su rostro pálido. En su mente, el recuerdo de un viejo libro resurge: “Mites i ombres de Catalunya”, encontrado en la biblioteca de Barcelona. Un capítulo en concreto: "Strigae "Una historia sobre un ser monstruoso que vivia en el Baix Llobregat y el por qué nunca se pudieron construir acueductos en la zona de Montserrat, para enviar el agua hasta la ciudad de Barceló. “
Una frase, en catalán, le atraviesa como un cuchillo: “Cuida’t de l’ombra en la lluna plena… cuida’t de la Strigae.”)
Ayerdi (en voz baja, casi para sí):
—Strigae…
(En ese instante, las luces se apagan. La sala queda sumida en la oscuridad total. Un trueno retumba, iluminando la estancia a fogonazos. Y en cada relámpago, el mosén Antoni ya no parece el mismo.)
Sus ojos arden en rojo, como carbones encendidos. Sus manos se han alargado, dedos finos terminados en uñas afiladas. Una sonrisa imposible se dibuja en su rostro, grotesca, inhumana. Y aunque él no se mueve… su sombra sí lo hace: se estira por la pared y el suelo, arrastrándose hacia Herrera.
Herrera (gimiendo, aterrado):
—¡No… no!
Las sombras lo alcanzan. Brazos oscuros se adhieren a su piel, penetrando como agujas heladas. Su cuerpo se arquea de dolor, los gritos llenan la sala, ensordeciendo a todos. El alcalde retrocede contra la pared, Valcárcel intenta desenfundar su pistola pero se queda paralizado. Ayerdi observa, petrificado, con la sangre helada.
Entre los relámpagos, la escena es insoportable: Herrera convulsiona, su boca desencajada en un alarido inhumano. Las sombras se introducen por sus brazos y por su boca, como si lo vaciaran desde dentro. Su mirada se apaga poco a poco, hasta quedar fija, vidriosa.
(De pronto, la luz regresa. La bombilla parpadea y vuelve a encenderse. El mosén ya no está. Solo queda Herrera, con la mirada vacía y la mandíbula grotescamente desencajada, como si hubiera intentado gritar algo al morir.)
Valcárcel (a Ferrer, furioso, agarrándolo del brazo):
—¡Coge tus cosas y vamos!
(Ferrer está paralizado, la cara desencajada, incapaz de articular palabra. El sargento se da cuenta de que no reacciona, y se vuelve hacia el profesor Ayerdi.)
Valcárcel (señalándolo con el dedo, colérico):
—¡Y tú! Como cuentes algo de lo que ha pasado aquí… (se persigna rápido, juntando índice y pulgar en forma de cruz, y lo besa con violencia) …¡por éstas que te reviento, rojo de mierda!
Ferrer (balbuceando, aún en shock):
—¿A… a dónde?
Valcárcel (lo agarra de la solapa y lo sacude):
—¿A dónde va a ser, coño? ¡A la puta montaña de los cojones!
(a un alguacil que observa desde la puerta, pálido)
—¡Tú! Tráete al republicano, y rápido. Que se enfría la noche.
(Salen del ayuntamiento. El aire afuera huele a tierra mojada y pólvora. Los charcos reflejan los faroles de la plaza, deformando las siluetas como espectros. El aguacil lleva a Ayerdi esposado, con pasos cortos y torpes. El alcalde Ferrer tropieza al bajar las escaleras, todavía con las manos temblorosas. El sargento va al frente, los dientes apretados, como si solo la rabia le mantuviera firme.)
Entonces, los faros de un coche militar cortan la lluvia. El mismo coche que había recogido al mosén horas antes se detiene frente al ayuntamiento. La puerta se abre, chirriando, y de él baja el mosén Antoni.
Va empapado, la capa negra pegada al cuerpo, el rostro sereno. Cruza la plaza con paso rápido, esquivando la lluvia que cae como cuchillas. Su voz resuena grave, tranquila.
Mosén Antoni:
—Siento llegar tarde…
(Se detiene. Al ver los rostros lívidos de Valcárcel, Ferrer y Ayerdi, frunce el ceño. Parecen cadáveres en vida, blancos, los ojos desorbitados, las manos temblorosas.)
Mosén Antoni (acercándose, preocupado):
—Sargento… hijo… no tenéis buena cara.
(El silencio es absoluto. El agua gotea de las tejas y de la capa del mosén. Valcárcel retrocede un paso, los labios torcidos, el rostro desencajado. Mira al mosén… luego al edificio vacío detrás de él… y vuelve al mosén otra vez. La mandíbula le tiembla.)
Valcárcel (con un rugido que no logra ocultar el miedo):
—¡Me cago en San Blas!… ¿Pero qué cojones…?
Ayerdi levanta la cabeza hacia el cielo encapotado. La tormenta amaina unos segundos, y entre los jirones de nubes grises se dibuja un juego inquietante de sombras y claros. No es un rostro… pero lo parece: La luna llena, clavada en el hueco de la “cuenca”, brilla como un iris que observa la tierra.
Ayerdi (en un susurro apenas audible):
—Strigae…
***
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